Capítulo 1 · 8 min de lectura · 10 min de escucha
Secciones 1-7
1. Lo que me propongo en las páginas siguientes es dar una relación clara y precisa de los pasos por los cuales fui llevado, en el curso de muchos años, a abrazar la doctrina de la perfección cristiana. Esto se lo debo a la parte seria de la humanidad, a quienes desean conocer toda «la verdad como está en Jesús». Y solo a ellos conciernen cuestiones de esta clase. A ellos quisiera declararles llanamente la cosa tal como es, procurando mostrar en todo momento, de un período a otro, tanto lo que pensaba como por qué lo pensaba.
2. En el año 1725, cuando cursaba el vigésimo tercer año de mi edad, di con las «Reglas y ejercicios para vivir y morir santamente» del obispo Taylor. Al leer varias partes de este libro me sentí sumamente conmovido, en particular por la parte que trata de la pureza de intención. Al instante resolví dedicar toda mi vida a Dios, todos mis pensamientos, y palabras, y acciones; pues estaba plenamente convencido de que no había término medio, sino que cada parte de mi vida (no solo algunas) había de ser un sacrificio, o bien a Dios, o bien a mí mismo, es decir, en efecto, al diablo.
¿Puede alguna persona seria dudar de esto, o hallar un término medio entre servir a Dios y servir al diablo?
3. En el año 1726 di con el «Modelo del cristiano» de Kempis. La naturaleza y el alcance de la religión interior, la religión del corazón, se me presentaron entonces con una luz más fuerte que nunca antes. Vi que aun entregar toda mi vida a Dios (suponiendo que fuera posible hacer esto, y no ir más lejos de nada me aprovecharía, a menos que le diera mi corazón, sí, todo mi corazón.
Vi que la «sencillez de intención y pureza de afecto», un solo propósito en todo lo que hablamos o hacemos y un solo deseo que gobierne todas nuestras disposiciones, son en verdad «las alas del alma», sin las cuales ella jamás puede subir al monte de Dios.
4. Uno o dos años después pusieron en mis manos la «Perfección cristiana» y el «Llamamiento serio» del señor Law. Estos me convencieron, más que nunca, de la absoluta imposibilidad de ser medio cristiano; y resolví, por su gracia (de cuya absoluta necesidad yo era profundamente consciente), consagrarme por entero a Dios, darle toda mi alma, mi cuerpo y mis bienes
¿Dirá algún hombre reflexivo que esto es llevar la cosa demasiado lejos? ¿O que a aquel que se dio a sí mismo por nosotros se le debe algo menos que darnos a él nosotros mismos, todo lo que tenemos y todo lo que somos?
5. En el año 1729 comencé no solo a leer, sino a estudiar la Biblia, como la una y única norma de verdad y el único modelo de religión pura. De ahí que viera, con una luz cada vez más clara, la necesidad indispensable de tener «el sentir que hubo en Cristo» y de «andar como Cristo también anduvo»; es decir, de tener, no solo una parte, sino todo el sentir que hubo en él; y de andar como él anduvo, no solo en muchos o en la mayoría de los aspectos, sino en todas las cosas. Y esta era la luz en que por aquel tiempo consideraba yo generalmente la religión: como un seguimiento uniforme de Cristo, una conformidad entera, interior y exterior, con nuestro Maestro. Y a nada temía más que a doblegar esta regla a mi propia experiencia, o a la de otros hombres, o a permitirme la más mínima disconformidad con nuestro gran Modelo.
6. El 1 de enero de 1733 prediqué ante la Universidad, en la iglesia de Santa María, sobre «La circuncisión del corazón», y la describí con estas palabras: «Es aquella disposición habitual del alma que en las Sagradas Escrituras se llama santidad; y que implica directamente el ser limpiado del pecado, “de toda inmundicia de carne y de espíritu”; y, en consecuencia, el ser dotado de aquellas virtudes que hubo en Cristo Jesús; el ser de tal manera “renovado en el espíritu de nuestra mente”, que seamos “perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto”». (Vol. V, p. 203.)
En el mismo sermón observé: «“El cumplimiento de la ley es el amor, el fin del mandamiento.” No es solo “el primero y grande” mandamiento, sino todos los mandamientos en uno. “Todo lo justo, todo lo puro, si hay virtud alguna, si alguna alabanza”, todo se comprende en esta sola palabra: amor. En esto está la perfección, y la gloria, y la felicidad. La ley real del cielo y de la tierra es esta: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas”. El único bien perfecto será tu único fin último. Una sola cosa desearás por sí misma: el goce de Aquel que es todo en todos. Una sola felicidad te propondrás para tu alma, a saber, la unión con Aquel que la hizo, el tener “comunión con el Padre y con el Hijo”, el estar “unido al Señor en un espíritu”. Un solo designio has de perseguir hasta el fin del tiempo: el gozar de Dios en el tiempo y en la eternidad. Desea las demás cosas en la medida en que tiendan a esto; ama a la criatura en cuanto conduce al Creador. Pero en cada paso que des, sea este el punto glorioso en que termine tu mirada. Que todo afecto, y pensamiento, y palabra, y acción, se subordine a esto. Cuanto desees o temas, cuanto busques o evites, cuanto pienses, hables o hagas, sea en orden a tu felicidad en Dios, el único fin, así como la fuente, de tu ser.» (Ibid., pp. 207, 208.)
Concluí con estas palabras: «He aquí la suma de la ley perfecta, la circuncisión del corazón. Vuelva el espíritu a Dios que lo dio, con todo el séquito de sus afectos. Otros sacrificios de nosotros no quiso; pero el sacrificio vivo del corazón ha escogido. Sea de continuo ofrecido a Dios por medio de Cristo, en llamas de santo amor. Y no se consienta a criatura alguna compartirlo con él, porque es un Dios celoso. Su trono no lo dividirá con otro: reinará sin rival. No se admita allí designio ni deseo alguno que no lo tenga a él por su objeto último. Este es el camino por donde anduvieron una vez aquellos hijos de Dios que, estando muertos, aún nos hablan: “No desees vivir sino para alabar su nombre; tiendan todos tus pensamientos, palabras y obras a su gloria.” “Llénese tu alma de un amor tan entero por él que no ames nada sino por amor de él.” “Ten una pura intención de corazón, un firme respeto a su gloria en todas tus acciones.” Porque entonces, y no antes, está en nosotros aquel “sentir que hubo también en Cristo Jesús”, cuando en cada movimiento de nuestro corazón, en cada palabra de nuestra lengua, en cada obra de nuestras manos, “no buscamos nada sino en relación con él y en subordinación a su beneplácito”; cuando tampoco pensamos, ni hablamos, ni obramos para cumplir “nuestra propia voluntad, sino la voluntad del que nos envió”; cuando, “ya comamos, o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa”, lo hacemos todo “a gloria de Dios”». (Ibid., p. 211.)
Puede observarse que este sermón fue el primero de todos mis escritos que se publicaron. Esta era la visión de la religión que yo tenía entonces, y que ya entonces no vacilé en llamar perfección. Esta es la visión que tengo de ella ahora, sin adición ni disminución sustancial alguna. ¿Y qué hay aquí a lo que pueda objetar un hombre de entendimiento que crea en la Biblia? ¿Qué puede negar sin contradecir abiertamente la Escritura? ¿Qué puede recortar sin quitar de la palabra de Dios?
7. En este mismo sentir permanecimos mi hermano y yo (con todos aquellos jóvenes caballeros a quienes por burla se llamaba metodistas) hasta que nos embarcamos para América, a finales de 1735. Fue al año siguiente, estando yo en Savannah, cuando escribí los versos que siguen:—
¿Hay acaso algo bajo el sol
que quiera mi corazón contigo partir?
¡Ah, arráncalo de allí, y reina solo,
Señor de todo movimiento en él!
A comienzos del año 1738, cuando regresaba de allá, el clamor de mi corazón era:
¡Oh, concede que nada en mi alma
more, sino solo tu amor puro!
¡Oh, que tu amor me posea entero,
mi gozo, mi tesoro y mi corona!
Aleja de mi corazón fuegos extraños;
¡sea amor cada acto, palabra y pensamiento!
Nunca oí que nadie objetara a esto. Y, en verdad, ¿quién puede objetar? ¿No es este el lenguaje, no solo de todo creyente, sino de todo aquel que está verdaderamente despertado? Pero ¿qué he escrito yo, hasta el día de hoy, que sea más fuerte o más claro?
Capítulo 1 completado
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