Capítulo 9 · 1 h 5 min de lectura · 1 h 24 min de escucha
Septiembre
1 de septiembre
¡VIGÍLATE A TI MISMO!
«Guarda (vigila) tu corazón por sobre todo lo que guardas, porque de él mana la vida».— Proverbios 4:23 (véase el estudio a fondo)
DIJO PEDRO a nuestro Señor: «Ten compasión de ti mismo y líbrate de esa muerte de que hablas; ¡ese amargo sufrimiento y esa angustia nunca serán tuyos!».
Esas palabras se siguen diciendo continuamente, y son muchas las voces que nos invitan a tener compasión de nosotros mismos: las voces de los amigos que nos aman, las voces de la prudencia y de la sabiduría del mundo, las voces de nuestro propio corazón rebelde.
No seas indulgente al juzgarte a ti mismo. Nunca te permitas hacer cosas que serías el primero en condenar en otros. Nunca supongas que hay razones para que tú hagas un mal que en ninguna circunstancia tolerarías en tu prójimo.
No te ahorres nada al confesar tus pecados y tus errores. La confesión es una de las pruebas de la nobleza. No pocos están dispuestos a confesarse ante Dios, pero nunca intentan confesarse ante los hombres. Es una pregunta seria si es genuina y lo bastante profunda la tristeza por el pecado que no lleva al culpable a pedir perdón a su prójimo, así como se lo pide a su Dios. Nada podría ser más claro que las palabras de Cristo: siempre que recordemos que nuestro hermano tiene algo contra nosotros, hemos de dejar nuestra ofrenda ante el altar e ir primero a buscar la reconciliación con él, antes de ofrecer nuestro sacrificio a Dios.
La prueba suprema de la bondad no está en los incidentes mayores, sino en los menores de nuestro carácter y de nuestra conducta; no en lo que somos cuando estamos bajo el reflector del escrutinio público, sino cuando llegamos al resplandor vacilante del fuego de nuestro hogar; no en lo que somos cuando un toque de clarín resuena en el aire y nos convoca a luchar por la vida y la libertad, sino en nuestra actitud cuando se nos llama a montar guardia en la mañana gris, cuando la hoguera del campamento arde ya baja. Es imposible dar lo mejor de nosotros en el momento supremo si el carácter está corroído y carcomido por la inconsecuencia diaria, la infidelidad y el pecado que nos asedia.
No puedes ayudar de verdad a la gente sin gastarte a ti mismo. La única obra que cuenta es la que te cuesta algo. El oro, la plata y las piedras preciosas nunca podrán edificarse en la nueva Jerusalén si no estás dispuesto a desprenderte de ellos, sacándolos de los depósitos de tu propia vida.
ORACIÓN
Padre amantísimo, que el amor llene y gobierne mi corazón. Porque entonces brotará y se cultivará entre tú y yo una semejanza de carácter y una unión de voluntad, de modo que yo escoja y rechace lo que tú escoges y rechazas. AMÉN.
2 de septiembre
VELAR POR LAS ALMAS
«Cristo en vosotros, la esperanza de gloria; a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría».— Colosenses 1:27, 28.
«Velad, acordándoos que de noche y de día no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno».— Hechos 20:31
EL MINISTERIO de la advertencia debería ser una parte reconocida de la obra de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. La sirena de niebla advierte al barco de las rocas mortales; la luz roja advierte al tren de un peligro inminente; en los días de la peste se advertía a la gente que se alejara de las zonas infectadas: ¡cuánto más deberíamos nosotros, que conocemos la ira de Dios que permanece sobre los que rechazan a Cristo, alzar la voz para advertir! Deberíamos hacerlo deliberadamente, con fervor, con paciencia y confiando en que el Espíritu de Dios hará que nuestras palabras, por mucho que se tomen a mal, sean el medio de apartar al impío del error de su camino, y de impedir que sigan adelante los que están dando sus primeros pasos por sendas prohibidas (Ezequiel 33:7, 8, 9).
¡Qué maravilloso es que Dios no encargue a los ángeles llevar sus advertencias y sus llamamientos, sino que confíe a los hombres la obra que a los ángeles les encantaría hacer! Descuidamos a nuestro propio riesgo las oportunidades que tenemos en este sentido. Si el guardavía está apostado en un punto donde se cruzan o se separan muchas líneas férreas, y se duerme en su puesto o descuida su deber, puede ser juzgado por homicidio; y si sabemos de personas en el círculo inmediato de nuestra influencia que corren el peligro de arruinar su bienestar físico, moral y espiritual, estamos obligados a alzar una voz de advertencia. Si viéramos, en el curso alto de un río, una barca llena de gente que se precipita hacia los rápidos sin hacer caso del peligro, sin duda seríamos culpables de complicidad en su destrucción si no hiciéramos algo para advertirles del peligro.
Junto con nuestras palabras de advertencia debe ir la clara y repetida proclamación del amor de Dios. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se vuelva de su maldad y viva. No basta con intentar impedir que los hombres tomen el camino equivocado; debemos instarlos y atraerlos a seguir los caminos deleitosos de la justicia y de la paz. Todos están incluidos en el amor de Dios. Ni siquiera el pecado puede apartar su amor, que es como el que se describe en la parábola del hijo pródigo, o en 1 Corintios 13:1-13.
ORACIÓN
Oh Dios, hemos dejado sin hacer muchas cosas que debíamos haber hecho. Se han tendido hacia nosotros manos en busca de una ayuda que no hemos dado; se han vuelto hacia nosotros corazones en busca de una compasión con la que no los hemos bendecido. Perdónanos, te rogamos, y que, cueste lo que cueste, sigamos a Cristo en su propósito redentor. AMÉN.
3 de septiembre
LA LOCURA DE NO ESTAR PREPARADOS
«Y mientras ellas iban a comprar, vino el Esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta». — Mateo 25:10.
LAS VÍRGENES insensatas cometieron cinco grandes errores.
(1) No hicieron provisión para que su luz continuara. No basta con tener la lámpara; hay que encenderla y mantenerla, porque el fuego necesita algo de que alimentarse. ¡Cuántos hay que arden de fervor durante la primera etapa de su vida religiosa, pero no han hecho provisión para mantener la llama que la gracia de Dios ha encendido! Tienen lámparas, pero se han descuidado de llevar aceite. El aceite representa la comunión con el Señor Jesús, la gracia del Espíritu Santo, el estudio diario de la Biblia y la comunión de la adoración con los demás cristianos, que enciende el alma.
(2) Se durmieron. Había una diferencia entre el sueño de las insensatas y el de las prudentes. Hay dos clases de sueño. Uno nace de un sentimiento de seguridad y de confianza. Se han hecho todos los preparativos; se ha hecho todo lo que se podía hacer, y nos entregamos deliberadamente al cuidado de Dios. Así durmió Pedro en la cárcel antes de que viniera el ángel a librarlo. Pero hay otra clase de sueño: el del centinela cuando el enemigo se acerca a hurtadillas por el desfiladero; el del piloto cuando el barco se dirige hacia los dientes afilados de las rocas; el de la enfermera cuando la vida del paciente pende de un hilo. Aquellas insensatas no tenían derecho a dormir cuando estaban tan completamente desprevenidas para salir al encuentro del Esposo. No debemos dar las cosas por sentadas, ni decir: «¡Paz, paz, cuando no hay paz!».
(3) Pensaron que podrían conseguir aceite de las prudentes. Pero la súplica fue en vano. Cada uno debe llevar su propia carga de responsabilidad delante de Dios. Podemos «comprar sin dinero y sin precio», pero cada uno debe apropiarse por sí mismo de la gracia viva y del poder de Jesús.
(4) Pensaron que podrían entrar: «¡Señor, Señor, ábrenos!». ¡Pero la puerta estaba cerrada irrevocablemente! «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?».
(5) Pensaron que el Esposo las reconocería. Pero él dijo: «No os conozco». Pregúntese cada uno: «¿Me conoce Jesús? ¿Me reconocerá al final?». La única manera de estar seguro es arrodillarse al pie de su cruz hasta que él nos selle con el Espíritu Santo y nos diga: «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú».
ORACIÓN
Oh Señor, te rogamos que nuestras vidas sean lámparas a las que tú suministres el aceite. Ayúdanos a ser antorchas que arden y alumbran en este mundo oscuro. AMÉN.
4 de septiembre
EL TRIGO Y LA CIZAÑA
«Pero mientras él dormía, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue».— Mateo 13:25.
¡CON QUÉ claridad enseñó nuestro Señor la personalidad de Satanás! Al explicar esta parábola dijo expresamente: «El enemigo que la sembró es el diablo». Sabía que en todo corazón, tanto en la Iglesia como en el mundo, el gran enemigo del reino de Dios y de la felicidad humana está siempre obrando, sembrando cizaña. La semilla puede ser muy pequeña, pero en una sola noche puede causarse un daño irreparable.
Observa que llegamos a ser como la semilla que recibimos: los que reciben la semilla del trigo se vuelven trigo; los que reciben la semilla de la cizaña se vuelven cizaña. «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él». ¡Cuánto cuidado deberíamos tener con los libros que leemos, las compañías y amistades que formamos y las diversiones en que tomamos parte! Esos son algunos de los procesos por los que se va formando nuestro carácter. Si somos irreflexivos y descuidados, nos exponemos a recibir semilla de cizaña, que germina en malas hierbas y desperdicios. Desde luego, si nuestros deberes necesarios nos llevan a lugares donde el mal abunda, podemos reclamar el poder guardador de Cristo y escondernos en él. Así como el médico o la enfermera se impregnan de desinfectante cuando los llaman a una casa donde se ha declarado la peste o la fiebre, así el Espíritu Santo, en quien podemos bañar nuestras almas, será como el antiséptico, y nos librará de los microbios de la tentación (Gálatas 5:16, 17).
Se dice que no hay mucha diferencia entre el trigo y la cizaña en las primeras etapas del crecimiento; solo cuando llega la siega se define claramente la distinción. Así, en la Iglesia y en el mundo hay muchas falsificaciones: personas que parecen buenas y sinceras, pero que no son lo que parecen, y en el día de la cuenta serán arrancadas y echadas fuera como desperdicio. Las dos clases que al final serán rechazadas son «todos los que sirven de tropiezo, y los que hacen iniquidad» (Mateo 13:41, R.V.). Puede que tú no estés entre los que hacen iniquidad en alguna de sus formas escandalosas; pero ¿no estarás haciendo tropezar a otros con tu conducta inconsecuente o tu mundanalidad? Examinémonos cada uno con cuidado, y abramos el corazón para recibir de la mano del Señor Jesús la simiente incorruptible que él espera implantar por medio de su Palabra.
ORACIÓN
Danos, oh Señor, un juicio puro y un verdadero entendimiento de tu Palabra, para que no seamos engañados ni arrastrados por ningún error; antes concédenos que crezcamos en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. AMÉN.
5 de septiembre
LUMINARES QUE RESPLANDECEN
«Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa, entre la cual resplandecéis como luminares en el mundo, reteniendo la palabra de vida».— Filipenses 2:15, 16 (R.V.).
EL ESPÍRITU del hombre, dice el sabio, es la lámpara del Señor (Proverbios 20:27). Por naturaleza somos como otras tantas lámparas y velas sin encender. Así como la mecha está hecha para la llama, pero permanece oscura y fría hasta que se enciende, así nosotros no podemos irradiar luz alguna hasta que nuestra naturaleza es encendida por la Naturaleza eterna de aquel que «es luz, y en él no hay ningunas tinieblas». ¿Ha sido encendida la vela de tu vida por el contacto con Cristo, el Sol de justicia?
Nuestro Señor dice: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres». Muestra lo absurdo que es encender una lámpara y luego ocultar sus rayos poniéndola debajo de un almud. El propósito de encenderla se frustra si la luz queda cubierta. ¡Ah, cuántos de nosotros ponemos almudes sobre la luz de nuestro testimonio para Dios: el almud de las palabras poco caritativas, del mal genio, de un espíritu descontento y quejumbroso! Estas faltas, igual que otras más llamativas, nos impedirán resplandecer como luz en un mundo oscuro. No nos toca a nosotros encender la llama ni suministrar el aceite. Lo único que tenemos que hacer es mantener nuestras lámparas limpias y brillantes, y guardarnos de todo lo que pueda obstruir el resplandor del amor y de la vida de Dios a través del alma. Si cuidamos de que se quite todo lo que pudiera estorbar el efecto de nuestro testimonio y empañar nuestra influencia, Cristo se encargará de que nuestra luz cumpla la plena medida de su propósito.
En contraste con el almud está el pie, o candelero. El Señor de la casa puede colocarte en un rincón muy pequeño y oscuro, y sobre un pie muy humilde; pero algún día, cuando él pase, alumbrarás sus pasos mientras sale a buscar y a salvar lo que se había perdido. ¿Cuál es tu candelero? Tu lugar en la sociedad, tu posición en el hogar, tu empleo en alguna casa de comercio, fábrica o escuela: dondequiera que sea, no importa, con tal que tu luz resplandezca, firme y clara, advirtiendo y guiando a hombres y mujeres en el camino de la vida.
ORACIÓN
Oh Cristo, que el fuego de tu divino amor consuma nuestros almudes; ayúdanos a resplandecer como luminares en este mundo oscuro. AMÉN.
6 de septiembre
EL REMEDIO PARA LA VISTA CORTA
«Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas es ciego, y solo ve lo que está cerca».— 2 Pedro 1:8, 9 (R.V.).
LAS GRACIAS cristianas que hemos de añadir se presentan a la mente del apóstol como los eslabones de oro de una cadena o de un collar, que empieza con la fe y termina con el amor, de modo que la fe y el amor se abrochan en el centro (2 Pedro 1:5, 6, 7).
La idea de un gasto generoso va unida aquí a la palabra traducida «añadid» (2 Pedro 1:5, 6, 7, 8, 9, 10, 11). Entre las antiguas costumbres de Grecia estaba la de que los ciudadanos principales expresaran su buena voluntad hacia la sociedad costeando espectáculos públicos en honor de los bienhechores o de los generales que volvían victoriosos de la guerra. Los ricos pedían como favor que se les permitiera correr con los gastos, así como en nuestros días hay hombres que dotan hospitales y bibliotecas.
Así dice el apóstol: Procurad no escatimar gasto alguno en la gloriosa provisión de «estas cosas»; no escatiméis ni pensamiento ni esfuerzo, con tal que estas gracias cristianas estén en vosotros y abunden. Entonces habrá también para vosotros una bienvenida celestial de profusa generosidad. No entraréis en la Ciudad celestial sin que nadie lo note, ni a solas. Os espera un recibimiento con coros y procesión. ¡No entraréis en el puerto como un barco anegado, sino con las banderas al viento y todas las velas desplegadas! (2 Pedro 1:11).
Observa el orden de estas gracias. Cada una está dentro de la otra, como esas cajas chinas que contienen otras más pequeñas encajadas en su interior. Al abrir la que lleva escrito Fe, debería descubrirse un valor varonil; al abrir el valor, debería aparecer el conocimiento; del conocimiento deberíamos pasar al dominio propio; dentro del dominio propio debería estar la paciencia; dentro de la paciencia que tenemos para con los hombres debería estar la piedad para con Dios; luego encontramos el amor fraternal; ¡y por último llegamos al amor!
El apóstol dice que los que carecen de «estas cosas» son cortos de vista: solo ven las cosas de este mundo, no las realidades verdaderas de la eternidad. El versículo diez nos advierte que el cultivo cuidadoso de estas cosas en el corazón nos impedirá tropezar en la vida exterior (Judas 1:20-24). Muchos esperan a sentirse buenos antes de obrar el bien. El método divino es echar a andar por la senda de la obediencia a Cristo, creyendo que él suplirá la gracia necesaria.
ORACIÓN
Acepta, oh Padre misericordiosísimo, esta renovada consagración que te hacemos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, alma y espíritu. Concédenos ser como Jesús: puros y sin mancha, mansos y apacibles, pacíficos, pacientes, contentos y agradecidos. AMÉN.
7 de septiembre
¡PONTE EN LA PROA!
«Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta».— Filipenses 3:13, 14
¡PONTE SIEMPRE en la proa! Deja la popa, con su mirada hacia atrás, y dirígete a la proa. Pasar el tiempo repasando con tristeza los pecados y fracasos del pasado no es sacarles el mejor provecho. ¡Confiésalos, y cree que por amor de Cristo están absolutamente perdonados! El fracaso proporciona a menudo el material para el éxito, y nuestro yo muerto puede convertirse en peldaño hacia cosas mejores. ¿No dijo nuestro Señor a sus discípulos: «Dormid ya, y descansad» (el pasado es irreparable), pero añadió en seguida: «¡Levantaos, vamos!» (el futuro está a nuestro alcance)? Por tanto, deja la popa, con su mirada hacia atrás, y dirígete a la proa.
Es cierto que el cielo que tenemos delante puede estar oscurecido por nubarrones. Los profetas del tiempo dicen que el mundo está desechando sus antiguas normas sin reemplazarlas por otras mejores; que siete civilizaciones han pasado ya y que vamos a presenciar la muerte de la octava. Sea así; pero olvidan que Dios sostiene las aguas tempestuosas en el hueco de su mano; que Jesús anduvo sobre las olas amenazadoras para socorrer a sus amigos. Olvidan que, cuando la tierra estaba desordenada y vacía, el Espíritu de Dios se movía sobre el caos y las tinieblas, creando los cielos y la tierra. No alcanzan a percibir la voz del Creador que dice: «¡He aquí, yo hago nuevas todas las cosas!». Del caos nace el cosmos. Cada época termina con dolores de parto, de los que nace una época nueva.
Mira hacia el vasto círculo del horizonte y prepárate para las nuevas tierras que hay que explorar, los maravillosos descubrimientos que nos esperan, las grandes misiones escondidas en el futuro que aguardan su cumplimiento. No dudes nunca de que las nubes se abrirán. No sueñes nunca que el mal triunfará. No te consideres nunca abandonado ni olvidado por Dios. Puede parecer que el Maestro duerme sobre su cabezal, ajeno y despreocupado, pero su mano está en el timón. Él guía tu rumbo. Él gobierna las olas, y ellas le obedecen.
ORACIÓN
Él cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus olas. Entonces se alegran, porque se calmaron; y así los guía al puerto que deseaban. ¡Alaben los hombres al Señor por su bondad! AMÉN.
8 de septiembre
EL USO DEVOCIONAL DE LA ESCRITURA
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». — Salmos 119:105.
EN CADA versículo del Salmo 119, salvo uno, el salmista menciona las Escrituras; y las constantes citas del Antiguo Testamento por parte de nuestro Señor y de sus apóstoles dan abundante prueba de una comunión amorosa y reverente con los santos hombres de las edades pasadas, que escribieron y hablaron inspirados por el Espíritu Santo. Es especialmente notable que el Señor Jesús, en su tentación, en toda su enseñanza y en la agonía de la cruz, diera constante testimonio de la autoridad única de la Palabra de Dios pronunciada por medio de los santos del Antiguo Testamento.
Podemos conocer a Dios, dice el salmista, por medio de una revelación triple. Aunque no tienen voz audible ni lenguaje, los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento del espacio, tachonado de miríadas de estrellas, anuncia la obra de sus manos. Aunque mudos, sus palabras dan testimonio de él hasta los confines de la tierra.
La estrofa final de este gran salmo despliega la obra de Dios en la formación y la dirección de nuestra naturaleza moral. Entre estos broches de oro, el salmista ensalza las Escrituras con diez imágenes llamativas, y verdaderamente extraordinario tendría que ser el carácter que no quedara al alcance de alguna de ellas. El alma que necesita ser restaurada; el sencillo que quiere hacerse sabio; el corazón triste que quiere alegrarse; los ojos que quieren ser alumbrados; el alma que anhela el oro de la verdad; el deseo de sinceridad y de realidad; la búsqueda de entendimiento y de justicia: todas estas necesidades, y muchas más, quedan satisfechas por una lectura devota de la Sagrada Escritura.
Todos los grandes ministerios que se han mantenido frescos y fragantes a lo largo de muchos años han demostrado la riqueza de enseñanza e inspiración inagotables que yace escondida en la Biblia. Resolvamos cada uno empaparnos de la Escritura antes de volvernos a la oración, como el agua que se vierte para humedecer el pistón de la bomba ayuda a hacer subir el agua.
ORACIÓN
Enséñanos, oh bendito Espíritu de inspiración, a leer, notar, aprender y digerir interiormente tus palabras de tal manera que seamos enteramente preparados para toda buena obra, y capacitados para llevar a otros a una verdadera comprensión y a un verdadero amor de sus tesoros escondidos. AMÉN.
9 de septiembre
¡BENEDICITE!
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos .... Antes en la ley del Señor está su delicia».— Salmos 1:1, 2.
EL TEMA de este primer salmo es la bienaventuranza de guardar «la Ley», que es la transcripción de la mente y de la voluntad de Dios. David nunca se cansaba de alabarla: «¡Cuánto amo yo tu ley; todo el día es ella mi meditación!».
Lo que todos necesitamos hoy es un amor apasionado por la voluntad y los mandamientos de Dios. La docilidad para aprender y la fe para cumplir son las dos cualidades por las cuales nuestro corazón puede conservarse puro y como el de un niño, y por medio de las cuales llegaremos a entender la Biblia, la naturaleza y la vida humana. ¡Con razón el Salterio, que consagra la obediencia a la Ley de Dios, empieza con «Bienaventurado» y termina con «Aleluya»!
Aquí están, en primer lugar, las negaciones del alma leal y sincera. Si nos negamos a andar en consejo de malos, nunca nos sentaremos en silla de escarnecedores. Pero estas negaciones valen sobre todo porque contribuyen a lo positivo, como el muro protege la planta que crece detrás de él. Nuestra vida religiosa debe alimentarse de manantiales escondidos, como las raicillas del árbol se deslizan bajo la tierra para beber del arroyo (Salmos 1:3). Una vida así se vuelve fructífera y hermosa. Es también próspera, porque permanece en la voluntad de Dios. El mal no puede dañarla de verdad, y en el sentido más profundo cumple el propósito para el cual Dios la comisionó.
Toda vida que rehúsa reverencia y obediencia a la voluntad de Dios tiene que parecerse al tamo sin raíz, sin fruto y sin vida, que esparce el viento al aventar.
¿A cuál de los dos se parece tu vida? ¿Eres el árbol de raíces profundas, que da belleza, fruto y sombra a muchos, o se está desperdiciando tu vida como el tamo sin valor?
ORACIÓN
Ábreme, te ruego, oh Espíritu de verdad, los tesoros de tu Palabra, para que mi alma sea continuamente enriquecida, y yo abunde en toda buena palabra y obra, para tu honra y gloria. AMÉN.
10 de septiembre
EL ATRACTIVO DE LA HUMANIDAD DE CRISTO
«Le siguieron grandes multitudes».— Mateo 19:2.
«¡Todos te buscan!».— Marcos 1:37.
UNA FRASE que una vez se pronunció en un teatro romano, y que fue acogida con estruendosos aplausos, se cumplió abundantemente en el Hijo del Hombre: «Soy hombre, y nada de lo que toca a la humanidad me es ajeno». Fue verdad durante su vida terrenal, y es verdad siempre, y de ello tenemos amplia ilustración en el relato del evangelio.
Nuestro Señor bendice al marido y a la mujer que viven en santo matrimonio; toma en sus brazos a sus hijos; inspira a los jóvenes, hombres y mujeres, los ideales más elevados; advierte a los hombres contra el mal uso de la riqueza y del poder; promete a los que están dispuestos a pasar por esta vida negándose, por amor de él, las alegrías del hogar, de los padres y de los hijos, que serán compensados infinitamente.
No hay faceta de la vida humana que Jesús no esté dispuesto a compartir, y a través de todas las relaciones y circunstancias espera exhalar la fragancia del amor perfecto. ¿No es esa una bendición que todos necesitamos, pero que tantos pierden? ¿Por qué salen mal tantos matrimonios? ¿No es a menudo porque cada uno busca más recibir que dar, ser servido más que servir? Si a cada uno lo inspirara un amor que hiciera del otro el centro de sus pensamientos, de su cuidado y de su ternura, las campanas de boda seguirían sonando a lo largo de todos los años.
El amor de Cristo es tan atrayente que, cuando se le presenta como es debido, los muchachos y las muchachas se vuelven a él como las flores se vuelven al sol. ¡Ay, que con nuestro mal ejemplo y nuestros fracasos tantas veces se lo impidamos! ¡Qué pobre es nuestra estima de su amor y nuestra respuesta a él! Estamos dispuestos a guardar los mandamientos de una vida moral y respetable porque nos conviene y nos agrada; pero cuando se trata de seguirle y de renunciar a la riqueza, a la posición y a complacernos a nosotros mismos por su amor, ¡nos volvemos atrás! Admiramos sus ideales y su enseñanza, pero con cuánta frecuencia nos vamos tristes, ¡porque en realidad nos amamos a nosotros mismos más que a él!
ORACIÓN
Más alto que los altos cielos,
más hondo que el hondo mar.
Señor, tu amor al fin ha vencido;
concédeme ahora lo que pide mi alma:
nada del yo, y todo de ti. AMÉN.
11 de septiembre
LA LÍNEA DIVISORIA
«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?».— Mateo 25:44.
YA NO podemos servir a nuestro Señor como lo hacían en los días de su carne, cuando le servían con sus bienes. Pero él ha dejado tras de sí a sus representantes, y todo lo que hacemos por ellos lo recibe como hecho a él mismo. Por tanto, somos deudores a todos los hombres; a cada miembro de la familia humana debemos devolver una parte de nuestra deuda infinita con el Hijo del Hombre (Romanos 1:14).
La línea divisoria en el más allá no será de credo: no «¿Cuánto crees?». Ni siquiera de devoción: «¿Cuánto oraste?». Será práctica: «¿Qué hiciste?». El apóstol Santiago muestra que nuestra fe se demuestra por nuestras obras (Santiago 2:14-20). No basta con decir: «¡Señor, Señor!». Debemos mostrar el mismo espíritu que nuestro Maestro en el amor a nuestros semejantes, o seremos rechazados al final.
Los hermanos del Señor están esparcidos por todo el mundo. Siempre que encontramos al hambriento y al sediento, al forastero y al que no tiene hogar, al enfermo o al alma encarcelada, nos encontramos con alguien a quien él llama «hermano» o «hermana», y ayudar a cualquiera de ellos es hacer vibrar de gozo el alma de nuestro Redentor. Debemos tener los ojos despiertos del amor para penetrar los muchos disfraces que nuestro Señor adopta. Se cuenta que, cuando san Francisco cabalgaba por una llanura, vio a un leproso de pie junto al camino, pidiendo limosna. Se apeó, y no solo le dio, sino que lo besó en la mejilla. Cuando se alejaba, miró atrás y vio a Cristo mismo de pie donde había estado el mendigo, y supo que se le había concedido besar a su Señor.
Observa que los santos, por lo general, no se dan cuenta de haber hecho algo directamente por Cristo: «Señor, ¿cuándo te vimos?». La belleza de la bondad es su modestia y su discreción, así como el encanto de la niñez es su inconsciencia. Observa también que, a los ojos de Cristo, no hacer es un delito. Moisés dice que es malo hacer el mal; Jesús, que es malo no hacer el bien. Algunos fueron desechados, como se desechan las malas hierbas, no porque hubieran quebrantado los Diez Mandamientos, sino porque dejaron de cumplir la Ley del amor.
Consagrémonos al servicio de hombres, mujeres y niños por amor de aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.
ORACIÓN
Ayúdanos, amado Señor, a atender las necesidades de los demás, a cuidar de los pobres y necesitados, de los desamparados y marginados, y a mostrarte nuestro amor con nuestra compasión y nuestra ayuda al más pequeño de tus hermanos. AMÉN.
12 de septiembre
ÍDOLOS SECRETOS
«Jesús, mirándolo, lo amó, y le dijo: Una cosa te falta .. vende todo lo que tienes, y da a los pobres .... Ven, toma tu cruz, y sígueme. Y él, entristecido, se fue apesadumbrado, porque tenía muchas posesiones».— Marcos 10:21, 22.
¡CUÁNTOS HAY que saben en su corazón cuál es su deber, pero no lo cumplen porque esconden alguna cosa prohibida! Se niegan a lanzarse a la corriente que pasa junto a ellos porque están anclados en secreto a un banco de arena; van de un maestro a otro, con apariencia de buscar fervientemente la vida eterna, búsqueda que nunca llega a nada, porque no están dispuestos a renunciar a su ídolo secreto.
En el caso de este joven, era el amor al dinero. «Tenía muchas posesiones». No hay nada malo en el dinero. Es uno de los dones de Dios a los hombres; pero es difícil poseerlo sin llegar a considerarlo como propio, en vez de comprender que solo somos administradores. Por esta razón nuestro Señor le propuso esta prueba suprema. San Francisco de Asís pensó que estas palabras se aplicaban a todos, y fundó la orden de los franciscanos, consagrada a la pobreza. Pero parece más en armonía con el espíritu del evangelio creer que fue una prueba especial puesta a este buscador de la verdad, para revelarle a sí mismo.
La ley del amor no es solo negativa, sino positiva. La condición más esencial para cada uno de nosotros es estar dispuestos, como otro joven que vivía en aquel tiempo, a «estimar todas las cosas como pérdida, para ganar a Cristo y ser hallado en él» (Filipenses 3:8). Si quieres seguir a Cristo y estás preparado para entregarlo todo por amor, probablemente se te confiará mucho más, porque Cristo sabe que puede hacerte su limosnero sin temor de que el polvo de oro se te quede pegado a la palma al pasar por ella.
Guardémonos del ídolo del dinero o de las posesiones. Las riquezas, que abren la mayoría de las puertas, no proporcionarán una llave maestra para entrar en el cielo. Procuremos actuar siempre como administradores de los bienes de Dios; pero esto no es posible si no vivimos continuamente en comunión con nuestro Maestro, que, siendo rico, por amor de nosotros se hizo pobre, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecidos, y que también nos dice: «Ven, toma la cruz, y sígueme».
ORACIÓN
El ídolo más querido que he conocido, sea cual sea ese ídolo, ayúdame a arrancarlo de tu trono y a adorarte solo a ti. AMÉN
13 de septiembre
PESCADORES DE HOMBRES
«Jesús vio a dos hermanos que echaban la red en el mar, porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».— Mateo 4:18, 19.
ASÍ ES como Cristo se adapta al entendimiento y al corazón. Pescó a estos pescadores con un cebo adecuado para ellos. Observa la certeza sin vacilación de su promesa de hacer de estos dos hermanos pescadores de hombres, que echarían su red barredera no en las aguas del mar de Galilea, sino en el gran océano de la humanidad. ¡Qué imposible habría sido convencer entonces a Pedro de que, antes de cuatro años, haría la gran redada de tres mil almas (Hechos 2:41)! ¡Ah, nunca sabemos lo que nos espera cuando lo dejamos todo para seguir, en obediencia, el llamamiento del Maestro!
«¡Sígueme!». Nuestro Señor siempre está lanzando este desafío (Juan 21:19, 20, 21, 22). Significa llevar la cruz; pero debemos estar dispuestos a seguir a Cristo hasta que, como él, caigamos en tierra y muramos: muertos a nuestras propias ambiciones, a nuestro amor al poder y a la influencia, a nuestra propia fuerza y a nuestros dones, para dejar paso a Dios, a fin de que obre por medio de nosotros. Debemos aprender a no entrometernos, sino a quedar escondidos. La primera, la segunda y la tercera condición para pescar con éxito es mantenerse fuera de la vista. El mejor sedal y el mejor cebo para pescar hombres son aquellos en que el elemento humano queda oculto, y nuestro único propósito es servir al designio de Cristo y glorificarle.
Tiene que haber un abandono de nuestras redes y barcas, e incluso de los más cercanos y queridos (Mateo 4:20, 21, 23). Debió de costarles a estos hermanos un buen tirón dejar sus redes y su pesca para seguir a Cristo. Pero el atractivo de su persona prevaleció. No es difícil persuadir a los hombres a renunciar a lo bajo e inferior, si se les puede mostrar el inmenso valor de la perla de gran precio. Entonces venderán con gusto todo lo que tienen para comprarla.
ORACIÓN
Jesús nos llama: por tus misericordias,
Salvador, haznos oír tu llamamiento.
Rinde nuestro corazón a tu obediencia,
para servirte y amarte sobre todo. AMÉN.
14 de septiembre
LA COMPULSIÓN DEL AMOR
«Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa».— Lucas 14:23.
NUNCA PODREMOS medir el amor anhelante de Dios por las almas de los hombres. Nos ve absortos en la agricultura y en la industria, en los negocios y en los placeres, en nuestros hogares y en la vida de familia, y sabe que todo esto pasará como un sueño al primer contacto con la eternidad. Con intensa pasión desea que quedemos verdaderamente satisfechos con gozos que permanecen.
El banquete que él prepara es abundante y está dispuesto (Isaías 25:6; Isaías 55:1, 2). Un banquete es un tiempo que hace feliz. Mientras los invitados están sentados juntos, fluye una conversación brillante, chispea la risa, se disfrutan las cosas buenas servidas y se intercambian amistad y comunión. Todo lo que un banquete significa, Dios está esperando dárnoslo. «Él nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos». ¡Qué extraño es que los hombres, burlados por el maligno, se dejen engatusar hasta perder su lugar en la mesa del banquete que Dios ha preparado para ellos!
El pueblo judío fue el primer invitado, pero estaba demasiado ocupado con las cosas materiales para responder a la invitación de la gracia. Las excusas que presentaron eran superficiales y necias; la verdadera razón está mucho más hondo, en la desgana del alma para despertarse y echar mano de la vida que es verdaderamente vida. Pero el propósito de amor de Dios no puede ser frustrado (Lucas 13:28, 29, 30; Hechos 13:45, 46, 47, 48).
«Ve por los caminos y por los vallados». ¡He aquí nuestra tarea como siervos suyos! Las carreteras, por las que pasan constantemente las corrientes del comercio y del placer, bodas y entierros, estadistas y hombres de negocios, jóvenes, amas de casa y niños. Los vallados son los caminos apartados y tranquilos del campo, cubiertos unas veces de flores de primavera y otras de los tonos del otoño. El automóvil moderno o el carro de campo que avanza a trote lento son símbolos de modos de vida diferentes, pero las almas que los usan necesitan igualmente el mensaje de la buena nueva. ¡Salgamos y constriñámoslas a entrar, para que se llene la casa de nuestro Maestro!
ORACIÓN
Bendito Señor, ¡ten misericordia de los que rechazan la invitación de tu amor! Quita de nosotros toda ignorancia, toda dureza de corazón y todo desprecio de tu Palabra; y así tráenos a casa, amado Señor, a tu rebaño, para que seamos salvos y lleguemos a ser un solo rebaño bajo el gran Pastor de las almas. AMÉN.
15 de septiembre
¡QUERER ES PODER!
«Y no hallando por dónde meterlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado lo bajaron con el lecho en medio, delante de Jesús».— Lucas 5:19.
¡QUÉ HERMOSA historia humana es esta! Las multitudes que se reunían en torno a nuestro Señor mientras les enseñaba eran tan grandes que no solo llenaban la casa donde él se hospedaba, con los fariseos y los doctores sentados allí, sino que desbordaban en un gran gentío por el patio de delante. Puede que el Maestro estuviera de pie en el balcón de una casa de dos pisos, para poder llegar a la gente de dentro y de fuera.
Mientras enseñaba, se acercaron cuatro hombres que llevaban, en una hamaca colgada entre ellos, a un paralítico. No se nos dice expresamente que fueran jóvenes, pero su fervor y su ingenio inclinan a pensarlo. Quizá habían sido compañeros de escuela y, al crecer, se habían metido por malos caminos, habían «corrido juntos sus aventuras», y uno de ellos sufría quizá las consecuencias, pues nuestro Señor puso muy claramente el perdón de sus pecados antes de la curación de su cuerpo. Sus cuatro compañeros probablemente habían oído predicar a Cristo y se habían hecho sus seguidores, pues fue «viendo la fe de ellos» como obró este milagro de salvación y de sanidad. Se pusieron de acuerdo en que, por las buenas o por las malas, llevarían a su amigo a la presencia llena de gracia de Cristo. Al no poder abrirse paso entre la multitud, no se amilanaron, sino que subieron al tejado, y el relato dice que «por el tejado lo bajaron». Bajada por manos fuertes con sus cuatro cuerdas, la hamaca fue a parar a los pies del Maestro, y los ojos expectantes y suplicantes de aquel pobre hombre no podían pedir ayuda con más elocuencia que la fe evidente de los que lo llevaban.
Las palabras con que nuestro Señor lo saludó fueron muy tiernas y llenas de gracia: «¡Hombre, tus pecados te son perdonados!». Uno de los medios seguros de la salud física es tener la seguridad de la limpieza y del perdón espirituales (Santiago 5:14, 15, 16). ¡Ojalá todos estuviéramos igualmente deseosos de llevar a nuestros amigos a Cristo! Si cuatro se pusieran de acuerdo acerca de un quinto, y nunca descansaran hasta que él o ella fuera llevado a Jesús, ¡qué avivamiento estallaría! (Juan 4:28, 29, 30).
ORACIÓN
Ensancha nuestras almas con un amor divino, para que todo lo esperemos, todo lo soportemos, y lleguemos a ser mensajeros de tu misericordia sanadora para los agravios y las enfermedades de los hombres. AMÉN.
16 de septiembre
MIRAR ATRÁS
«Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído el Señor tu Dios estos cuarenta años».— Deuteronomio 8:2.
LA NOTA clave de este capítulo es «¡Acuérdate!». La fe empieza sin evidencias seguras de tipo externo y positivo, pero a medida que avanza la vida, cada día que pasa añade el peso de su testimonio indiscutible. Si damos el paso partiendo de la suposición de que hay un mundo eterno y espiritual que nos envuelve por todos lados, llegaremos a una seguridad tan clara y tan nítida de él que nos sería más fácil dudar de nuestra propia existencia. Es bueno mirar atrás y ver el camino; es tan cierto como cualquier cosa puede serlo que el hilo del propósito divino va ensartando los eslabones multicolores de nuestra vida.
Observa la aliteración de Deuteronomio 8:15, Deuteronomio 8:16: «Que te llevó»; «que te sustentó». ¡Donde Dios guía, Dios sustenta! Mira atrás, al pasado, y verás que su cuidado ha sido tan seguro como su dirección. Nada les falta a los que se dejan guiar por él en sus propias sendas.
¡Mira atrás, al pasado! Sus pecados y sus rebeldías: déjalos atrás para siempre, y levántate a una vida nueva. Su disciplina: destinada a corregirnos y fortalecernos. Sus pruebas: destinadas a revelar el poder de Dios para librar en la hora de la angustia, para que le glorifiquemos. El desierto espantoso de la soledad, las serpientes ardientes de la tentación, el maná que nunca ha faltado, el agua que la Roca siempre ha dado. Deuteronomio 8:17, 18 nos enseña la lección de la humildad. Si por alguna razón se te ha colocado en una posición de riqueza, honra o influencia, no te enorgullezcas ni pienses que la alabanza se debe a tus talentos o capacidades. Da gracias a Dios, y recuerda que es él quien da el poder para hacer las riquezas o alcanzar la honra, ¡y lo hace con un propósito muy definido! ¿No te comprometerás a servirle y adorarle? Al subir a la cresta de la colina y empezar a descender a la llanura, sin saber lo que hay delante, velado por la niebla, no temas: ciñe tu cinturón, pon tu mano en la suya y anda con él, para ser su instrumento de bendición para el mundo de los hombres.
ORACIÓN
Señor Dios de los ejércitos, quédate aún con nosotros;
¡no sea que olvidemos, no sea que olvidemos! AMÉN.
17 de septiembre
EL TRIUNFO REAL
«He aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna. Y las multitudes aclamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».— Mateo 21:5, 6, 7, 8, 9; cf. cumplimiento de la profecía mesiánica = Zacarías 9:9.
EL
REY de gloria (Salmos 24:7, 8, 9, 10) se acercó a la Ciudad Santa, no montado en un caballo de guerra ricamente enjaezado ni seguido por una brillante tropa de soldados, sino cabalgando en un humilde asno y acompañado por una gran multitud de peregrinos campesinos. No le dio la bienvenida el gobernador Pilato, ni Caifás el sumo sacerdote, sino los niños, la gente más pobre, los ciegos y los cojos a quienes había sanado. Su lugar de alojamiento era el suelo desnudo del monte de los Olivos, y al menos en una ocasión tuvo tanta hambre que buscó fruto en la higuera llena de hojas.
Sin embargo, había en él un poder misterioso ante el cual fue expulsada la chusma que llenaba de ruido y de inmundicia los atrios del templo, y que los principales sacerdotes y los escribas tuvieron que reconocer cuando le pidieron cuentas de su autoridad (Mateo 21:23; cf. Mateo 7:28, 29). Su autoridad era la de la verdad, la de la pureza y la de Dios. Era un rayo escapado de su majestad intrínseca. Uno que lo conoció íntimamente dijo: «Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre (Juan 1:18; 3:16, 18; 1 Juan 4:9), lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14; cf. Juan 1:16; 2 Corintios 12:9; 2 Timoteo 2:1; Apocalipsis 22:21, ¡el último versículo de la Biblia!).
Alma humana, ¡también a ti viene tu Rey! ¡Que las puertas de tu corazón alcen sus portales y le dejen entrar! Al principio quizá temas la revolución que su venida anuncia, pero apresúrate a entregar a Emanuel, el Príncipe, todas las llaves de Almahumana. ¡Entronízalo en tu corazón! Él es el Rey y el Heredero, y te hará coheredero con él (Romanos 8:17). Que el reino de tu vida llegue a ser el reino de Dios (Juan 3:3) y de su Cristo. Que todo pensamiento sea llevado cautivo a su obediencia (2 Corintios 10:3, 4, 5). Pero si, por el contrario, te contentas con edificar la casa de tu vida aparte de él (Mateo 7:24, 25, en contraste con Mateo 7:26, 27), ten por muy cierto que estás desechando la única Piedra angular (Salmos 118:22; Isaías 8:14, 15; 28:16; Mateo 21:42; Hechos 4:11; Efesios 2:20; 1 Pedro 2:6; véase el estudio sobre Cristo, nuestra Roca), la única que puede dar a su estructura la estabilidad y la belleza necesarias. Perderla supondrá la destrucción total del edificio en el que quizá hayas gastado toda la energía de tu vida (Mateo 7:27). (Se han añadido algunas citas bíblicas).
ORACIÓN
Mas sobre todo, en nuestro pecho ya limpio,
oh Eterno, haz que repose tu Espíritu,
y haz de lo secreto de nuestra alma
un templo puro y digno de ti.
¡Hosanna en las alturas! AMÉN.
18 de septiembre
LA PRÁCTICA DE LA PRESENCIA DE DIOS
«¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra».— Salmos 139:7, 9, 10.
LA HISTORIA del monje que usaba constantemente esta expresión es bien conocida por la mayoría. Fue en el siglo XVI, un día de invierno, cuando el hermano Lorenzo, paseando por el bosque, se encontró de pie bajo un árbol despojado de su follaje. De repente le asaltó el pensamiento de que, dentro de no mucho, aquel mismo árbol estaría cubierto de las hojas y de la gloria de la primavera. «Entonces Dios debe de estar aquí», se dijo, y todo su ser quedó sobrecogido y lleno del pensamiento de Dios. Aquella impresión le acompañó el resto de su vida, y decía que sentía más hondamente la presencia real de Dios en la cocina, cuando preparaba la comida para sus hermanos monjes, que cuando estaba arrodillado ante el Sacramento.
Es una experiencia bendita que el alma viva en esta conciencia de Dios; que vivamos, nos movamos y seamos en él, ya sea que tomemos las alas del alba y vayamos con el sol en su carrera hacia el mar de occidente, o que descendamos al valle de sombra de muerte. Leamos de nuevo este salmo (Salmos 139:1-23), recordando que nuestro Señor dijo: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo». (Mateo 28:20)
El hábito de practicar la presencia de Dios se adquiere especialmente cuando nos acostumbramos a recurrir a los recursos divinos. Podemos recordar dos ejemplos sobresalientes: uno lo da el fiel siervo de Abraham, y el otro Nehemías. En el primer caso, el viajero elevó su corazón a Dios pidiendo dirección para escoger esposa para el hijo de su amo; y el otro nos cuenta que, entre la pregunta del rey sobre el motivo de su tristeza y su respuesta, lanzó un clamor a Dios pidiendo una respuesta adecuada, y le fue dada. ¿Por qué no hacemos nosotros lo mismo, y en cada momento de incertidumbre y perplejidad, cuando el tentador se acerca, reclamamos al instante el equivalente de la ayuda llena de gracia de Dios?
ORACIÓN
Espíritu de gracia, capacítanos de tal modo por tu gracia que vivamos en el temor de Dios todo el día; y que las dificultades y tentaciones de nuestra experiencia diaria nos lleven a dar cada paso con la conciencia de la presencia de Dios. AMÉN.
19 de septiembre
LA TIERRA COLMADA DE CIELO
«Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria».— Isaías 6:3.
LA PROSPERIDAD del reinado del rey Uzías parece haber debilitado el carácter de la nación; una degeneración profundamente arraigada le estaba carcomiendo las entrañas. El verano ininterrumpido de cincuenta años de prosperidad y riqueza había provocado una decadencia moral que llenaba de consternación el corazón del profeta. Fue en ese estado de abatimiento cuando Isaías entró en el Templo, donde el ceremonial de los sacerdotes y levitas, la ofrenda del sacrificio y el canto alterno de los coros parecen haber conmovido aún más su espíritu.
La visión (Isaías 6:1, 2, 3, 4). Las limitaciones del edificio terrenal se desvanecieron de su vista, y percibió la adoración de los serafines: sus rostros velados ante la Majestad divina, sus cuerpos cubiertos de humildad, y sus alas restantes dispuestas para la obediencia inmediata. Cantaban a coros alternos, incitándose unos a otros a una reverencia más humilde y a una alabanza más extasiada.
¡Qué lección encierra esto para nosotros! ¡Qué contraste con nuestra adoración aletargada y nuestra obediencia, tantas veces tardía! Este gran Dios es nuestro Padre por medio de nuestro Señor Jesucristo, pero ¿mezclamos suficiente reverencia con nuestra confianza de niños? ¿No somos con demasiada frecuencia ligeros en nuestras oraciones? ¿Nos damos cuenta de que necesitamos un corazón puro y manos limpias cuando nos arrodillamos delante de él?
El llamamiento (Isaías 6:5, 6, 7, 8). La humilde confesión del pecado debe ser también la nuestra. Los serafines sabían que solo había una respuesta. Las brasas del altar habían absorbido la sangre del sacrificio y ahora ardían al rojo blanco. Servirían para purificar e inspirar, y una vez cumplido esto, ya nada quedaba que demorase el llamamiento al servicio.
La comisión (Isaías 6:9, 10, 11, 12, 13). El profeta no iba a sentirse defraudado. Había de perseverar en su mensaje, aunque solo hubiera destellos de luz en medio de las tinieblas.
ORACIÓN
Gran Dios y santo, límpianos en el corazón, en la palabra y en la acción con la Sangre derramada en el Calvario y con el Fuego de tu Espíritu, para que seamos aptos para tu santo servicio. ¡Límpianos, llámanos y envíanos! AMÉN.
20 de septiembre
¡NUESTRA ÁNCORA DE ESPERANZA!
«Que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina; sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel».— Efesios 4:14, 15.
«Y cualquiera que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».— 1 Juan 3:3.
NUESTRO DESTINO es el más alto posible: «Seremos semejantes a él». Para esto fuimos creados, redimidos y santificados: para ser hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios, a fin de que él sea el Primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29).
El apóstol dice que los que tienen esta Esperanza se purificarán. Una joven amiga mía me pidió en cierta ocasión que intentara ver a su prometido, pues mi tren iba a detenerse en una pequeña estación de un lejano estado del Oeste. Era una noche oscura cuando llegamos, y mantuvimos una conversación apresurada en los escalones del gran vagón Pullman. Descubrí que, en medio de las muchas tentaciones de la vida de un ranchero, aquel muchacho se mantenía firme en la pureza y en la verdad. Me dijo que muy rara vez tenía ocasión de asistir a algún culto, pero que las cartas que le llegaban de la vieja patria habían sido su áncora de esperanza. Comprendí lo que quería decir. Se daba cuenta de la fuerte corriente de las circunstancias, pero ser amado por una muchacha dulce y pura, que lo hacía objeto de su oración incesante, y recibir sus cartas alentadoras, lo guardaba de ceder al mal que lo envolvía como una atmósfera; y el pensamiento de que dentro de poco podría reclamarla como su esposa le ayudaba a purificar y afianzar su vida. Así, la esperanza de estar con Cristo y de ser semejantes a él debería ser para nosotros, que llevamos su Nombre, como un áncora de esperanza.
Ver a Cristo cara a cara, estar con él en comunión ininterrumpida y ser semejantes a él: este es el triple destino de toda alma cristiana. ¡Pero qué poco podemos imaginar nuestra vida futura! En vano nos esforzamos por penetrar el denso velo de niebla: cómo será el cuerpo de la resurrección; en qué consistirá el trato con los seres santos; qué ministerio se nos asignará. No sabemos lo que hemos de ser, pero «sabemos que seremos semejantes a él», ¡y eso basta! Todo lo que alguna vez hemos soñado y esperado hallará su flor y su fruto en aquel alegre tiempo de verano.
ORACIÓN
Oh Dios, es mi ferviente deseo no solo vivir, sino crecer: crecer en la gracia y en el conocimiento de mi Señor y Salvador Jesucristo. Que crezca en paciencia y fortaleza de alma, en humildad y celo, en espiritualidad y en una disposición celestial de la mente. AMÉN.
21 de septiembre
LOS RECURSOS DE DIOS
«¿Hay para el Señor alguna cosa difícil?».— Génesis 18:14.
«¡Ah, Señor Dios! He aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder y con tu brazo extendido, y no hay nada que sea difícil para ti».— Jeremías 32:17.
NO HAY duda alguna en cuanto a la identidad de los tres huéspedes que aparecieron de repente ante la puerta de la tienda de Abraham. Se nos dice expresamente que «se le apareció el Señor». Así anticipó nuestro Señor su Encarnación. Vino de incógnito, y «sus delicias eran con los hijos de los hombres» (Proverbios 8:31). Durante su vida terrenal amó los hogares de los hombres, se hospedó con Pedro y con Zaqueo, y en aquel hogar querido donde María amaba y Marta servía. Después de su resurrección se quedó con dos de ellos en la posada de la aldea. Así vendrá a tu corazón y al mío. Aunque él es el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, con todo suplicará que se le deje entrar para cenar con nosotros, y nosotros con él (Apocalipsis 3:20). Pero a menudo viene disfrazado de caminante, hambriento y sediento. «Salgamos corriendo a recibirlo», recordando Mateo 25:40.
Dios no es deudor de nadie; siempre paga su alojamiento: ¡de ahí su promesa a Sara! Ella se rio con incredulidad; pero ¿hay para el Señor alguna cosa difícil? Esa es una de las preguntas de Dios que no tienen respuesta. Ha interpelado a la conciencia humana a lo largo de todos los siglos. Apartemos la mirada de las dificultades que impone la naturaleza, y pongámosla en aquel que sostiene los océanos en el hueco de su mano todopoderosa. Entonces podremos estar con él en la ladera del monte e interceder por Sodoma; entonces Dios mismo nos animará a pedir más y todavía más, hasta que, cuando nuestra fe se agote, él hará algo que vaya mucho más allá de todo lo que pedimos o pensamos.
ORACIÓN
Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a él sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús, por todas las edades, por los siglos de los siglos. AMÉN.
22 de septiembre
LA GRACIA DE LA CONVERSACIÓN CRISTIANA
«El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal, y sus labios no hablen engaño».— 1 Pedro 3:10.
«Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal». — Colosenses 4:6.
EL IDEAL de la conversación cristiana nos lo dan las palabras del apóstol a los colosenses. Nuestras palabras deben estar siempre llenas de gracia; y la gracia significa misericordia, caridad, la disposición a dar la mejor interpretación a las palabras y acciones de los demás. Ayuda mucho, cuando hay que hacer frente a la envidia, los celos o los sentimientos poco amables, obligar a nuestros labios a hablar como Cristo quiere que hablen. Si tienes celos de alguien, la tentación es decir cosas poco amables o despectivas; pero si vivimos en el poder del Espíritu Santo, él nos capacitará para frenar tales palabras y sustituirlas por otras que sugieran una consideración bondadosa, tanto de nuestra parte como de la de otros. Procura decir todo el bien que pueda decirse, y nada del mal. Es notable que, cuando hacemos el esfuerzo de hablar con bondad en favor de aquellos contra quienes nos sentimos exasperados, todo el talante interior cambia y adopta el tono de nuestra voz.
Debe haber sal en nuestras palabras: pureza que preserve de la corrupción, y chispa como la del libro de Proverbios. Un ingenio juguetón o una réplica viva no son incompatibles con la norma del apóstol; pero siempre que conversemos con la gente, deberían percibir en nosotros algo que les haga imposible entregarse a la murmuración malintencionada o a los chistes groseros.
Debemos perseverar en la oración para que Dios nos abra puertas para la palabra, a fin de que podamos hablar de la belleza y la gloria ocultas de nuestro Salvador. A veces también, cuando estamos en apuros sin saber cómo responder a preguntas difíciles, se nos da en aquella misma hora lo que debemos decir, y descubrimos que el Espíritu Santo ha hallado voz por medio de nuestros labios (Lucas 12:12; 1 Pedro 3:15).
Se cuenta de nuestro Señor que durante su juicio no dijo una sola palabra a Pilato ni a Herodes; pero tan pronto como llegó a la cruz, derramó su corazón como Intercesor de ellos, diciendo: «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!». Habla más con Dios que con los hombres que quizá te estén injuriando y amenazando. Es una bendición comprender que él puede guardar la puerta de nuestros labios, porque probablemente no hay parte de nuestra naturaleza que tenga mayor necesidad de su poder guardador.
ORACIÓN
Vive en nosotros, bendito Señor, por tu Espíritu Santo, para que nuestras vidas sean evangelios de ayuda y de bienaventuranza. Que toda palabra necia y toda codicia, amargura, enojo e ira sean quitados de nosotros, junto con toda malicia. AMÉN.
23 de septiembre
EL ESPÍRITU DE LAS VACACIONES
«Venid vosotros aparte, y reposad un poco: porque eran muchos los que iban y venían, que ni aun tenían tiempo para comer».— Marcos 6:31.
HAY ALGO en nuestra sangre que en ciertas épocas clama por descanso y cambio. Podemos amar nuestro hogar, nuestro trabajo y la oportunidad de hacer nuestra parte en las fatigas de este mundo laborioso; pero cuando llega el verano anhelamos escapar de la ciudad abarrotada y del trabajo arduo, y suspiramos por tregua y descanso. El amor a la naturaleza es una herencia sagrada del amor de Dios, y es su voz la que nos llama: «Venid, hijos míos, alegraos conmigo; respirad el aire perfumado que he aromatizado a su paso por los campos de trébol, las aulagas y los brezos; regocijaos en los bosques y las flores, en los ocasos dorados y las montañas purpúreas, en la gloria del océano y de la orilla del mar».
Pero si queremos disfrutar de verdad de nuestras vacaciones, hemos de ser desinteresados. Es difícil resistir la tentación de sacar el mayor provecho posible de nuestro dinero, y un poco más, aun a costa de los demás. Piensa siempre en algún otro: ¡el Zaqueo bajito que no alcanza a ver por encima de tu hombro! ¡El niño al que le encanta mirar por la ventanilla del vagón; el enfermo que no soporta la corriente de aire; la madre cansada con sus niños inquietos! Busca oportunidades diarias de mostrar la mansedumbre, la dulzura y el desinterés del Señor Jesús.
Reserva tiempo para estar a solas de vez en cuando. Es un error estar siempre en presencia de otro. El alma necesita estar tranquila y en silencio. Hay acentos en la voz de Dios tan profundos y tan quedos que la respiración de un compañero puede hacerlos inaudibles. Pero es una delicia tener un amigo y compañero escogido con quien mantener una dulce comunión, y «amigo hay más unido que un hermano». Él se acercará y caminará contigo, y mientras te hable por el camino, tu corazón arderá dentro de ti.
Acuérdate de los que están en pobreza, en enfermedad y en necesidad, y en medio de tu propia alegría y gozo, envía porciones a los que no tienen nada preparado (Nehemías 8:10, 11, 12).
ORACIÓN
¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?
Te alabaré, te bendeciré y te daré gracias todos los días de mi vida. Digno eres, oh Señor, de recibir la gloria, la honra y el poder. AMÉN.
24 de septiembre
¡GANARSE EL PAN!
«Él respondió: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre», «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas».— Mateo 4:4; Mateo 6:33.
LA PREGUNTA que Satanás planteó a nuestro Señor tiene que resolverse en toda vida. ¿Qué lugar ocupan el pan y el ganarse el pan? ¿Han de ser nuestra primera consideración o la última? Según la manera de ver la vida de Satanás, la cuestión del pan es suprema; según Cristo, secundaria. ¿Te has preguntado alguna vez seriamente cuál es tu política, y qué harías si tuvieras que escoger en una crisis decisiva? Esta tentación que vino a nuestro Señor nos sobreviene a todos; tarde o temprano, ya sea en la solitaria ladera del monte o en las concurridas avenidas de la vida, el diablo viene a nosotros con la sugerencia de que tenemos que vivir, y de que, en última instancia, hemos de hacer o conseguir nuestro pan, dejando que la pureza, la verdad, la honra de Dios y la eternidad queden en segundo lugar.
En cada momento decisivo de la historia de la vida interior se nos proponen estos dos métodos. Satanás dice: «Di que estas piedras se hagan pan»; Cristo dice: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios». Hemos de escoger entre Dios y las riquezas. Estamos expuestos a ataques de hambre en diversas partes de nuestra naturaleza: de alimento, y Satanás nos manda arrebatarlo; de amor, y somos tentados a satisfacerlo al margen de Dios; de conocimiento, y tendemos a buscarlo por caminos que no están iluminados por la luz de la verdad eterna.
Dios, que nos dio estos fuertes apetitos y deseos, sabe que necesitamos alimento. El cuerpo es más que la comida, y si él dio lo uno, se ha hecho responsable de proveer lo otro. Los benditos ángeles de su auxilio están ya en camino hacia ti, y se les ha encargado traer consigo provisión para cada necesidad de tu vida. ¡No saques tu vida de las manos de Dios para obrar al dictado de la pasión! Echa toda la responsabilidad sobre él; no serán avergonzados los que esperan en él. Recuerda al ángel que preparó la comida para Elías en el desierto, y el desayuno que nuestro Señor mismo preparó para sus amigos cansados y hambrientos. Si te atreves a confiar en él y a esperarle, aunque no haya más que un paso entre ti y la muerte, él suplirá todo lo que te falta conforme a sus riquezas en gloria. «Confía en el Señor, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y en verdad serás alimentado».
ORACIÓN
Danos gracia para buscar primeramente tu reino y su justicia, con la fe firme y segura de que todo lo demás nos será añadido. AMÉN.
25 de septiembre
EL QUE ENCABEZA LA FILA
«He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos, por guía y jefe a los pueblos».— Isaías 55:4.
CUATRO VECES en el Nuevo Testamento se llama a nuestro Señor Guía o Príncipe.
Originalmente la palabra significa el primero de una fila de hombres y, por tanto, su capitán u oficial al mando (véase Hechos 3:15; Hechos 5:31; Hebreos 2:10; Hebreos 12:2).
Cristo guía de la muerte a la Vida. Probablemente Josué fue el primero en cruzar el lecho seco del Jordán, mientras los sacerdotes permanecían allí llevando el arca del pacto; pero esto, al menos, es cierto: nuestro Salvador nos ha precedido a través de las aguas de la muerte, y las contendrá hasta que cada uno de los rescatados haya acabado de pasar (Josué 3:17).
Cristo guía a sus seguidores a la victoria. Cuando nuestro Señor fue exaltado a la diestra del poder, abrió un camino que a lo largo de los siglos recorrería una multitud que nadie puede contar. Como él venció, nosotros podemos vencer; como él reina sobre todo principado y potestad, así creemos que quebrantará a Satanás debajo de nuestros pies y nos hará más que vencedores.
Cristo guía a los que sufren a la perfección. Aunque era el Hijo de Dios, aprendió la obediencia por lo que padeció, y transformó el sufrimiento, mostrando que es un alambique, un horno purificador, un medio de disciplina, de fortaleza y de ennoblecimiento. Si somos arrojados al horno de fuego, hallaremos al Hijo de Dios caminando a nuestro lado, y saldremos sin nuestras ataduras y sin olor de fuego sobre nosotros. Jesús encabeza una larga procesión de mártires y de sufrientes. No nos conduce por estancias más oscuras que las que él atravesó antes; sabe exactamente cuánto podemos soportar, y no nos probará más allá de nuestras fuerzas. Está con nosotros «todos los días», y nos ayudará a aprender la obediencia, la fe y la esperanza, mientras seguimos sus pisadas.
ORACIÓN
Oh Señor, cuyo camino es perfecto, ayúdanos a confiar siempre en tu bondad, para que, andando contigo y siguiéndote con toda sencillez, tengamos una mente sosegada y contenta, y echemos toda nuestra ansiedad sobre ti, porque tú tienes cuidado de nosotros. AMÉN.
26 de septiembre
ROPAS HERMOSAS
«Despierta, despierta, vístete de tu fortaleza; vístete tu ropa de hermosura».— Isaías 52:1.
«Es ya hora de levantarnos del sueño: desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz».— Romanos 13:11, 12.
VÍSTETE DE fortaleza. No tenemos que comprarla, ni producirla a fuerza de oraciones y resoluciones, sino simplemente vestirnos de ella. Al despertar en las primeras horas de la mañana, cuando hemos de salir a la arena de la vida, que tantas veces ha presenciado fracasos y derrotas, vistámonos de la fortaleza y el poder del Cristo vivo. Él aguarda para fortalecernos con todo poder, conforme a las riquezas de su gloria (Efesios 3:16). No te limites a orar pidiendo ser guardado y ayudado; vístete de toda la armadura de Dios. «El Señor es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme?» (Salmos 27:1)
Vístete tu ropa de hermosura. La imagen de la vida del alma cristiana es la del esposo o la esposa (Apocalipsis 19:7) adornados de joyas, o la de un huerto lleno de hermosas flores (Isaías 61:10, 11). No solo hemos de hacer cosas rectas, sino hacerlas con hermosura; no solo decir la verdad, sino decirla en amor (Efesios 4:15); no solo dar a quienes necesitan nuestra ayuda, sino hacerlo con gracia y con gozo. Debemos cultivar la lozanía del alma, que se compone de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y generosidad (Colosenses 3:12). La hermosura del Señor nuestro Dios debe estar sobre nosotros.
No podemos tejer estas hermosas vestiduras ni confeccionarlas con lo que hay en nuestra propia naturaleza; pero todas están preparadas para nosotros en Cristo, el cual «nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención». (1 Corintios 1:30) Despertemos del sueño (Efesios 5:12), desechemos las obras de las tinieblas (Romanos 13:13) y vistámonos del Señor Jesucristo, que es la armadura de la luz. (Romanos 13:14)
ORACIÓN
¡Señor de poder y de amor! Vengo, confiando en tu fuerza todopoderosa y en tu bondad infinita, a pedirte lo que me falta a mí mismo: esa gracia que me ayude a ser tal y a obrar tal como tú quieres que yo sea y obre. Confiaré en ti, en quien está la fortaleza eterna. Sé tú mi ayudador, para llevarme más allá de mis propias fuerzas y hacer que todo lo que pienso, digo y hago sea agradable delante de ti, por Jesucristo. AMÉN.
27 de septiembre
MILAGROS MODERNOS
«Y muchos venían a él, y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad. Y muchos creyeron allí en él».— Juan 10:41, 42.
LA GENTE se inclinaba a menospreciar la vida de Juan el Bautista porque no hizo ningún milagro. Pero sin duda toda su vida fue un milagro; de principio a fin vibró con el poder divino. Este sigue siendo el error de los hombres. Afirman que la era de los milagros ya pasó. Si admiten que tales prodigios quizá ocurrieron alguna vez, insisten en que el mundo los ha superado, y en que la humanidad, en su madurez, los ha dejado a un lado como cosas de niños.
¡Ningún milagro! Pero el verano pasado Dios hizo que los puñados de grano que los labradores echaron en los campos bastaran para alimentar a todos los pueblos del mundo, con la misma facilidad con que hizo que cinco panes de cebada bastaran para más de cinco mil personas. ¡Ningún milagro! Pero el otoño pasado convirtió el rocío de la noche y los chubascos de la mañana en los frutos que alegran el corazón del hombre, como una vez en Caná convirtió el agua sacada de las tinajas de piedra en vino sonrosado. ¡Ningún milagro! Pero la próxima primavera, de semillas diminutas y de bulbos de aspecto muerto, vestirá el mundo de belleza, de color y de perfume.
Muchos de los que lean estas líneas parecen incapaces de obrar milagros. Para ellos, la monotonía de lo común, el cielo gris de una rutina sin acontecimientos, parece la suerte que les está destinada. ¡Pero cobren ánimo todos ellos! La verdadera grandeza de la vida está a su alcance, con tal que la reclamen por la gracia de Dios. No intentes hacer algo grande, o quizá desperdicies toda tu vida esperando una oportunidad que tal vez nunca llegue. Pero, puesto que las cosas pequeñas reclaman siempre tu atención, hazlas según vienen, movido por un motivo grande: la gloria de Dios y el bien de los hombres. Ninguna de esas acciones, por insignificante que sea, queda sin el pronto reconocimiento y la recompensa final de Cristo. ¡Toda la vida es tan interesante, pero necesitamos ojos para ver y corazón para entender! Atrévete a ser tú mismo: un seguidor sencillo, humilde y sincero de Jesús, y quizá se diga también de ti: «No hizo ningún milagro, pero con su vida y con su palabra dijo cosas verdaderas acerca de Jesucristo, que nosotros mismos hemos comprobado. Más aún, nos llevó a creer en Cristo por nosotros mismos».
ORACIÓN
Enséñame, mi Dios y Rey,
a verte a ti en todo,
y que lo que haga, sea lo que sea,
lo haga como para ti.
Un siervo con esta cláusula
¡hace divina la faena!
Quien barre un cuarto como por tus leyes
hace hermosos el cuarto y la acción. AMÉN.
28 de septiembre
OBEDIENCIA
«Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que en mí cree no permanezca en tinieblas».— Juan 12:46. (cf. Salmos 119:130, Juan 1:9, 1:4, 3:19, 20, 21, 8:12, 9:5, 2 Timoteo 1:10, Isaías 9:2, Malaquías 4:2)
LA LUZ de Cristo se distingue siempre, porque significa la impresión más profunda de lo que es recto, la convicción más clara de la voluntad de Dios. Por todas partes los hombres preguntan cómo pueden llegar a conocer a Cristo, y no hay más que una respuesta: cree que él te ama, que murió en la cruz para salvarte, que por su Espíritu te está impulsando a seguir toda percepción y todo anhelo de una vida mejor y más santa.
¡Qué diferente es esta enseñanza de la del mundo que nos rodea! Allí se nos manda conocer antes de atrevernos a confiar nuestra vida a cualquier guía, por hermosos que sean sus discursos y sus promesas; pero Cristo nos manda obedecer el primer destello de luz que despunta sobre nosotros, y se compromete a que, si lo hacemos, no andaremos en tinieblas. La desobediencia, como escamas, nos oculta a Cristo, mientras que la obediencia nos conduce a su misma presencia (cf. Juan 7:17, 1 Samuel 15:22, 23). El juicio siempre se vuelve recto y la visión clara cuando nos negamos a nosotros mismos (Marcos 8:34; ¡Lucas 9:23 añade «cada día»!) para seguir todo lo que es amable, verdadero, puro, justo y de buen nombre (Filipenses 4:8).
Puede que, mientras lees estas líneas, haya algún deber que eludes, alguna cruz que te niegas a levantar, algún acto ante el cual retrocedes. Aunque quizá no lo hayas relacionado directamente con Cristo, no puedes dudar de que es su voluntad para ti, y de que al hacerlo le agradarás (2 Corintios 5:9). Es inútil intentar conocerle hasta que se cumpla ese acto de obediencia más próximo. Los hombres nunca pueden saber lo que las poderosas fuerzas de la naturaleza harán por ellos hasta que se proponen obedecer sus leyes en el más mínimo detalle. Y así sucede en relación con Cristo y las leyes del reino espiritual. Fue una palabra verdadera la que la madre de nuestro Señor dijo a los sirvientes en Caná: «¡Haced todo lo que os dijere!» (Juan 2:5). Probablemente había aprendido esa lección en aquellos largos, tranquilos y benditos años de Nazaret. Sabía que no hay mejor manera de comprenderle que obedecerle al pie de la letra, y nos transmitió a todos el fruto de su experiencia.
«Andad entre tanto que tenéis luz» (Juan 12:35); así conocerás la Luz y llegarás a ser luz en el Señor. (Efesios 5:8)
ORACIÓN
Hijo mío, déjate a ti mismo y me hallarás. Señor, ¿cuántas veces me resignaré, y en qué me dejaré a mí mismo? Siempre, sí, a todas horas, así en lo pequeño como en lo grande. AMÉN.
29 de septiembre
EL RELATO DE LOS AÑOS
«Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un cuento que se cuenta».— Salmos 90:9.
ESTE SALMO (Salmos 90) casi no tiene igual en sublimidad; es un digno monumento al genio inspirado de Moisés, «varón de Dios». Refleja los peregrinajes y las experiencias de la marcha por el desierto: la vigilia nocturna contra la incursión del ladrón beduino o el merodeo de la fiera; la avenida de las aguas causada por la lluvia torrencial, que desaparece con la misma rapidez en el suelo arenoso; la hierba de la mañana, abrasada por el siroco; los relatos de los espías del campamento, tan pronto acabados; la decepción de las fuentes de Mara; ¡la inevitable partida de Elim!; los largos y fatigosos días de marcha, la madre y su criatura, los ancianos y los niños pequeños, el débil en la senda del desierto; el constante plantar y levantar de las tiendas: todos estos emblemas de lo pasajero, que pintan las duras experiencias de la fatiga y la prueba de la vida. Pecados e iniquidades secretos; el rostro de Dios apartado a causa de la transgresión; la muerte del anciano a los ochenta años, y la del niño pequeño, segado como una frágil flor. ¡Sí! Pero, a pesar de todo, Dios es la morada y el hogar de cada alma, como lo es de cada generación que sucede a la anterior.
¿No haremos nuestras las peticiones con que concluye este salmo? Porque también nosotros somos peregrinos que atraviesan el desierto hacia el Hogar eterno. Necesitamos cuidar más nuestros días, vigilando su número menguante, con cuidadoso afán por aprovechar al máximo los que nos quedan. Necesitamos ser saciados y renovados cada mañana con la misericordia de Dios, para tener fuentes perennes de regocijo y alegría. Anhelamos ayudar a derribar el poder del mal, y a medida que envejecemos, pedimos que la hermosura del Señor nuestro Dios esté sobre nosotros, y que sintamos que él ha dado permanencia a la obra de nuestras manos.
ORACIÓN
¿CÓMO te daremos gracias suficientes, amado Señor, porque has destruido la muerte y has sacado a la luz la vida y la inmortalidad? Danos gracia para seguirte todos los días de nuestra vida, y cuando nos llegue el llamamiento a pasar al otro lado, que las aguas del río estén en su reflujo más bajo. AMÉN.
30 de septiembre
EL TALISMÁN DE LA VICTORIA
«En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».— Romanos 8:37.
¿HAY ALGO que pueda separarme del amor de Cristo? Esa era la única pregunta que a san Pablo le parecía digna de consideración. En este párrafo toma las condiciones extremas del ser y las investiga con cuidado, sabiendo que abarcan todo lo que hay entre ellas. Primero interroga a la existencia: «la muerte y la vida»; luego, a las inteligencias creadas: «ángeles, principados y potestades»; luego, a los extremos del tiempo: «lo presente, lo por venir»; luego, a los del espacio: «lo alto y lo profundo»; por último, al universo creado: «ninguna otra cosa creada». Cada uno de estos extremos pasa revista. Es como un hombre que prueba cada eslabón de la cadena de la que va a colgarse para balancearse sobre el abismo. Con cuidado y con fervor lo ha probado todo, y está convencido de que nada de ello puede separarlo del amor de Dios.
Juzgamos y desconfiamos extrañamente del Amor de Dios nuestro Padre, y pensamos que nuestras aflicciones y sufrimientos, nuestros pecados y fracasos, pueden hacer que nos ame menos. Pero en el hogar no es el grupo de hijos robustos lo que más absorbe los cuidados de la madre, sino la vida enclenque y débil que yace en la cuna, incapaz de valerse por sí misma y de corresponder a su amor. Y en el mundo, la muerte y el dolor, la enfermedad y la tristeza, el pecado y el fracaso, lejos de separarnos del amor de Dios, nos unen más estrechamente a él.
¡Oh bendito Amor, que desciende a nosotros desde el corazón de Jesús, esencia del amor eterno de Dios! Nada puede jamás estancarlo, agotarlo ni interceptarlo. No es nuestro amor a él, sino el suyo a nosotros; y puesto que nada puede separarnos del amor de Dios, él seguirá amándonos para siempre y derramando en nosotros toda la plenitud de su vida y de su gloria. Sean cuales sean nuestras dificultades, nuestra debilidad y nuestra flaqueza, seremos guardados firmes y constantes, creciendo siempre en la obra del Señor; ganando con nuestras pérdidas, triunfando por nuestros fracasos, venciendo en nuestras derrotas, y siempre más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
ORACIÓN
Sí, a través de la vida, del dolor y del pecado, él me bastará, porque ya me ha bastado: Cristo es el fin, porque Cristo fue el principio; Cristo es el principio, porque el fin es Cristo.
Capítulo 9 completado
Septiembre