Nuestro andar diario
Octubre

Capítulo 10 · 1 h 9 min de lectura · 1 h 29 min de escucha

Octubre

1 de octubre

LAS DIMENSIONES DEL AMOR DE DIOS

«Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; a fin de que, arraigados y fundados en amor, podáis comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento». — Efesios 3:17, 18, 19

¡LAS DIMENSIONES del amor de Cristo! Es ancho como la humanidad, «porque de tal manera amó Dios al mundo» (Juan 3:16; cf. 1 Juan 3:16); su longitud: el amor de Dios no tuvo fecha de origen, ni la tendrá de conclusión. Dios es amor (1 Juan 4:8, 16); continúa siempre, indisoluble, inmutable, un perpetuo tiempo presente. Su altura: así como el Diluvio sobrepasó los montes más altos, así ese Amor cubre nuestros más altos pecados (Romanos 5:20). Es tan alto como el cielo sobre la tierra. Su profundidad: Cristo nuestro Señor descendió a lo más bajo antes de subir a lo más alto. Ha tocado el abismo sin fondo de nuestro pecado y nuestra miseria, de nuestra tristeza y nuestra necesidad. Por muy baja que sea tu caída, o muy humilde tu suerte, los brazos eternos (Deuteronomio 33:27) de su amor están siempre debajo de ti.

El apóstol habla con hipérbole cuando ora para que alcancemos a conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. No podemos medir el amor de Cristo, pero sí podemos disfrutarlo. Probablemente la única manera de conocer el amor de Cristo es empezar a mostrarlo. El sentimental, al que conmueven fácilmente los llamamientos a los sentidos, no lo conoce; el teórico o el rapsoda no lo conocen; pero el alma que se esfuerza por mostrar el amor de Cristo lo conoce. A medida que el amor de Cristo se ensanche, se alargue, se ahonde y se eleve a través de ti, conocerás el amor de Cristo, no intelectualmente, sino por experiencia (1 Juan 4:11, 1 Juan 4:12; 1 Juan 4:20, 21).

Pero dices: «Hay personas en mi vida a las que no puedo amar». Concedido; pero tienes que distinguir entre el amor y la emoción o el sentimiento del amor. Puede que al principio no seas capaz de sentir amor, pero sí puedes estar dispuesto a ser el cauce del amor de Cristo. Yo no puedo amar, pero Cristo está en mí, y él sí puede. ¿Es pedir demasiado que todo esto se haga realidad en nosotros y en otros? No, porque Dios ya está obrando dentro de nosotros por su Espíritu Santo, y es poderoso para hacer infinitamente más allá de todas nuestras más altas peticiones o pensamientos. Pide lo más lejano, piensa lo más alto, y el Amor divino va siempre infinitamente por delante.

ORACIÓN

Te damos gracias, oh Dios, por el amor infinito que nos has dado en Jesucristo. No tenemos medida para sus alturas y profundidades, sus anchuras y longitudes. Enséñanos, con todos los santos, a conocer más porque amamos más. AMÉN.

2 de octubre

EL CONOCIMIENTO DEL AMOR DE DIOS

«Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero».— 1 Juan 4:16, 17, 18, 19

DIOS ES amor. Jesucristo fue el primero en traer a los hombres la idea de que el hombre ama a Dios únicamente porque Dios lo amó primero. En vano buscamos semejante idea en las filosofías de Grecia y Roma. Los hombres que fijaron este pensamiento en la literatura de la humanidad fueron seguidores de Jesucristo. El poder y la majestad eran las ideas dominantes antes de Cristo; pero desde su venida pensamos en el Amor entronizado en la naturaleza divina.

Su amor excede a todo conocimiento. Podemos aplicarle la magistral acusación del Salmo 139. Aventa nuestros caminos. Nos rodea por detrás y por delante. Pone sobre nosotros su mano suave que nos refrena. Es alto, no podemos alcanzarlo. Si subimos a los cielos, allí está; si hacemos nuestra cama en el sepulcro, allí está para alzarnos hasta su corazón; si tomamos las alas del alba, brilla como la aurora; si pasamos a las tinieblas, hace que la medianoche resplandezca como el día. Nos cubrió en nuestro nacimiento, y nos cuidará en la vejez. Cuán precioso es, y cuán innumerable en sus expresiones, ningún labio mortal lo puede decir.

Ni siquiera nuestro pecado disminuirá ese Amor. ¿Quién puede dudar de que Pedro pecó gravemente? Pero ¿puso eso un muro entre él y Cristo? No, porque cuando Cristo resucitó, mandó a llamarle especialmente a él. En el huerto lo restauró, y a orillas del lago le enseñó que su amor sería tan aceptable como siempre (Marcos 16:7; Juan 21:15).

Su amor no nos consentirá. ¡Jesús miró al joven rico y lo amó! Pero lo leyó de parte a parte y, con misericordia, le dio el veredicto que no deseaba oír: «Ve, vende todo lo que tienes… y sígueme». ¡Él se fue triste, y Cristo quedó triste! Pero nos ama demasiado para consentirnos. El amor de Dios es compatible con un trato severo contra aquellas cosas que podrían hacernos perder lo mejor.

Creemos en el amor de Dios cuando parece que no es así. «Hemos conocido», dice el apóstol, que «Dios es amor», ¡inefable e inmutable! Pero hay momentos en que tenemos que creer en él, es decir, en la perplejidad de los problemas de la vida. A menudo nos enfrentamos a incidentes y providencias que nos parecen incompatibles con el amor de Dios. Entonces debemos creer que ese mismo Amor está allí. Dios es amor, y nada puede alcanzarnos si no es a través de su Amor.

ORACIÓN

Que no me contente con hablar de tu Amor o meditar en él, oh Dios. Concédeme la gracia de manifestarlo, no solo en las grandes crisis, sino en medio de las pequeñas molestias y del roce diario de la vida. AMÉN.

3 de octubre

LA MARAVILLA DEL AMOR DE DIOS

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Juan 3:16.

DE NIÑOS leímos «Alicia en el país de las maravillas»; ¡pero al final de la vida todavía nos hallaremos en el país de las maravillas! Quizá haya una verdad más profunda de lo que sabemos en la descripción de la vejez como una segunda infancia, porque el espíritu del niño vive siempre en un paraíso de misterio, de preguntas y de asombro.

¡Hay motivos de asombro en el breve espacio de este versículo! El primero es que Dios amó y ama al mundo. No nos sorprende saber que hizo el mundo, porque, salvo donde los hombres lo han estropeado, es muy hermoso. Ni que tenga un nombre para él, porque a todas las estrellas llama por sus nombres, y saca por cuenta su ejército. ¡Tan pequeño es nuestro mundo en medio de las miríadas de constelaciones y, sin embargo, está ceñido, rodeado y envuelto por el amor de Dios!

La segunda maravilla es que el Hijo unigénito vino a habitar con nosotros. ¿No es maravilloso que el Hijo de Dios pasara de largo todos los demás mundos y viniera a este? Que esta tierra fuera hollada por sus benditos pies; que él haya incorporado su polvo transfigurado a la textura de su naturaleza divina: todo esto es tan maravilloso que nos inclinamos a creer que nuestro mundo debe de ser el eje del universo, su vivero, su colegio y su campo de entrenamiento.

La tercera maravilla es que la vida eterna está al alcance de todo aquel. La versión autorizada usa la palabra «perdurable», pero la versión revisada la traduce «eterna». Dios no nos da cantidad, sino calidad de vida. El tiempo es una forma de pensar que nos imponen nuestras limitaciones humanas, y por eso algún día llegará a su fin. La vida eterna es un AHORA siempre presente, de amor, de vida y de luz, disfrutado en comunión con Dios. ¡Y esto es para todo aquel! Cada uno de nosotros puede poner su nombre en el espacio en blanco y decir: «para que yo tenga vida eterna». Es tan maravilloso que el ingenio humano no habría podido inventar ni sugerir tal pensamiento. Lleva la impronta y el sello de Dios mismo, que nos hizo a su imagen y conforme a su semejanza, para que llegáramos a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia (Génesis 1:26; 2 Pedro 1:4).

ORACIÓN

El mundo te es querido, oh Padre celestial; enviaste a tu Hijo unigénito para salvarlo, y a tu Espíritu para consolarlo y renovarlo. Que él se cierna sobre el caos de este mundo trastornado, y que el orden, la paz y el amor reinen entre los hombres. AMÉN.

4 de octubre

AMOR Y LIBERTAD

«Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos».— Romanos 14:7-8.

LA CLAVE de este maravilloso capítulo, tan lleno de sano juicio y de sentido común santificado, es la reiterada referencia que el apóstol hace al Señor, que aparece unas diez veces en catorce versículos. El hecho de que Jesús es Señor tanto de los vivos como de los que han muerto y siguen viviendo al otro lado de la muerte es la solución a la dificultad de qué debe hacer o dejar de hacer el cristiano. Póngase cada uno de nosotros ante el tribunal de Cristo, o al menos ante el reflejo de ese tribunal que se refleja en la serena superficie de la conciencia, y tendremos una guía infalible para nuestra conducta.

La cuestión que se debatía en Roma era la observancia del séptimo o del primer día de la semana como día de reposo cristiano; y qué principio debía regir el uso de los alimentos: el de Levítico o el del uso común. El apóstol insiste en que estas no son cuestiones que afecten ni a nuestra salvación personal ni a nuestra aceptación delante de Dios. En su opinión, son asuntos que cada cristiano debe resolver y decidir por sí mismo. Hay ciertos hechos claros como la luz, o negros como la noche, sobre los cuales no puede haber controversia; pero hay otras cuestiones para cuya solución cada uno debe aplicar uno u otro de estos principios generales, que le guíen por el laberinto.

¿Qué querría Jesucristo, mi Señor y Maestro, que yo hiciera? Soy su siervo, y él me dará a conocer su voluntad por la enseñanza de su Espíritu en mi corazón. Tanto si actúo como si me abstengo, debo hacerlo para él; y en mi libertad o en mi abstinencia debo darle gracias.

¿Qué es lo mejor para los demás? Tengo influencia sobre algunos; quizá sean más de los que imagino los que buscan en mí orientación. Debo guardarme de poner tropiezo en el camino de otro. Aunque ciertas cosas sean inocentes para mí, si van a destruir, directa o indirectamente, a uno por quien Cristo murió, será mejor que me abstenga de ellas.

¿Qué es lo mejor para mí mismo? Pido a Dios que no me meta en tentación, pero yo no debo meterme en ella. Debo despojarme de todo peso así como de los pecados, para poder seguir a Cristo cuando sale a la conquista del mal.

ORACIÓN

Oh Señor y Maestro, que te seamos fieles en las cosas pequeñas, siguiendo siempre la luz interior, hasta que nos conduzca al día perfecto. AMÉN.

5 de octubre

AMADOS Y DESATADOS

«Al que nos ama, y nos desató de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo un reino, sacerdotes para su Dios y Padre; a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén».— Apocalipsis 1:5-6 (R.V.).

SEA LO que sea lo que signifique además la Sangre de Cristo, sin duda significa que Cristo ha considerado nuestro pecado de una gravedad tremenda. Para él no es una dolencia leve que se cura con un régimen de dieta y ejercicio. Es profundo, radical, peligroso; pone en peligro la estructura misma de la salud de nuestra alma y el alcance de su mirada hacia el futuro.

Ninguna religión que ignore este hecho elemental de la conciencia humana está destinada a perdurar. Decir con Buda que el pecado puede borrarse con buenas obras, o con Mahoma que Dios es bueno y no será duro contigo, no basta. El credo religioso que trata el pecado de la manera más radical y drástica es el que siempre tocará con más fuerza el corazón humano; y porque Jesucristo no ha tratado el pecado a la ligera, sino que ha desatado de él a los hombres por su sangre, está entronizado para siempre.

Así habla a toda alma cargada de pecado, profundamente consciente de sus pesados eslabones, que suspira por la libertad de los hijos de Dios. Este perdón y esta liberación son para ti. Lo que Cristo fue como Alfa, lo es como Omega. Es el mismo hoy que en el ayer del pasado. Todo lo que hizo por aquellos primeros que creyeron en él, aguarda para hacerlo por nosotros, con tal que lo reclamemos de sus manos con humilde arrepentimiento y fe. ¡Él nos ama! Nos compró para sí, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con su preciosa sangre. Rompe el poder del pecado cancelado, y nos dice que hemos sido desatados de su esclavitud. Nos ha hecho libres, y no tenemos por qué volver a ceder a las cosas malas de las que nos avergonzamos, como tampoco la mujer a quien él sanó tenía por qué seguir andando encorvada Lucas 13:11, 12, 13, R.V.). Levantémonos y salgamos a glorificar a Dios con un andar y una conducta rectos; a reinar en esta vida por medio de un solo Hombre, Cristo Jesús (Romanos 5:17).

ORACIÓN

Santísimo y adorable Señor, que me has desatado de mis pecados: acepto con gratitud la redención que has comprado y la alegre libertad de la culpa y del poder del pecado. Capacítame para andar desde ahora en novedad de vida. Y a ti, mi Señor y Rey, sean la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. AMÉN.

6 de octubre

EL AMOR RESTAURADOR DE DIOS

«Tomad con vosotros palabras, y convertíos al Señor; yo sanaré su rebelión; los amaré de pura gracia».— Oseas 14:2, 3, 4.

«Simón… ¿me amas? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo».— Juan 21:16.

LAS CAUSAS de la apostasía son muchas. Hemos aparentado vivir una vida más consagrada de lo que en realidad era; descuidamos velar en oración; dejamos que el pecado secreto carcomiera el corazón de nuestra piedad, como la hormiga blanca causa estragos en Oriente; o cedimos a la tentación y luego intentamos justificarnos frente a las protestas de la conciencia; o cedimos al temor de los hombres y nos dejamos llevar por la multitud para hacer el mal; o prosperamos y confiamos solo en nuestra riqueza; o empobrecimos y sucumbimos a la codicia y a la amargura de la desesperación.

El mundo desprecia a los caídos y no cree en la posibilidad de una restauración completa. Siempre recela de los que han caído de su alta posición: el preso en su celda, que antes fue un financiero respetado; la mujer hermosa que ha caído bajo la influencia degradante de la bebida o de las drogas; el ministro o el médico que ha incurrido en vergüenza y deshonra; a todos ellos les resulta difícil ser rehabilitados. Pero Dios se inclina sobre el desechado con compasión y amor infinitos, y promete perdón y restauración a todos los que vuelvan a él.

Así trató nuestro Señor a Pedro. Sabía que, a pesar de su grave caída, había una fuerte corriente profunda de amor consagrado, y no vaciló en confiarle el cuidado de sus ovejas y sus corderos. En cierto museo hay una preciosa estatua de mármol que fue hallada rota en cientos de pedazos. Los fragmentos se recogieron con cuidado y se ensamblaron con infinita paciencia. Finalmente se logró una tarea al parecer imposible, y la estatua se alza en toda su integridad y belleza originales. Así el Señor Jesús tomará los pedazos rotos de cualquier vida que venga a él y, con su toque hábil y tierno, la rehará en algo útil y hermoso para su servicio. Este es el significado de la Redención. Lo único que Cristo nos pide a cada uno es que le sigamos. Ya podamos caminar o necesitemos que nos lleven; ya sea joven la vida en nosotros o vaya menguando, sigámosle, amémosle, obedezcámosle, y él sanará nuestras rebeliones y nunca más las mencionará.

ORACIÓN

Oh Señor, queremos ser tuyos; no permitas que jamás nos apartemos de ti. AMÉN.

7 de octubre

PASOS HACIA EL CIELO

«Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo».— 2 Tesalonicenses 3:5 (R.V.).

EL DISCÍPULO amado saluda a sus compañeros como participantes «en la tribulación y en el reino, y en la paciencia de Jesucristo» (Apocalipsis 1:9). Es una noble combinación; como si la realeza del carácter cristiano estuviera en proporción a la parte que tenemos en la callada espera de nuestro Señor. Él esperó con paciencia desde toda la eternidad, hasta que llegó el cumplimiento de los tiempos y sonó la hora de su encarnación; esperó con paciencia treinta años en Nazaret, mientras se preparaba para la obra de su vida. Cuando volvió triunfante al Padre, se sentó a su diestra hasta que sus enemigos fueran puestos por estrado de sus pies. A lo largo de los siglos espera en silencio, con la segura expectación del fin señalado, cuando todo dominio, toda autoridad y todo poder serán suprimidos. Toda la angustia del mundo pesa sobre su corazón; él siente cada pregunta acerca de la justicia y la equidad de Dios. Lo soporta todo con paciencia inquebrantable, porque ve el fin y sabe que al final Dios será todo en todos. Es a este amor y a esta paciencia adonde hemos de ser encaminados.

«Al amor de Dios». Cada vez que nos atrevemos a afirmar que, a pesar de las apariencias, Dios es amor; cada vez que mostramos ese amor a los demás, aunque nuestro propio corazón se esté rompiendo; cada vez que decimos No al yo y Sí a Dios, avanzamos un poco más en su amor. Atrévete a creer en el amor de Dios, aun cuando las tinieblas parezcan velarlo. Atrévete a creer que está sobre todo, y por todo, y en todo.

«A la paciencia de Cristo». Ejercitemos la paciencia de Cristo hasta que las penas y las pruebas de la vida hayan cumplido el propósito al que están destinadas. Hay una explicación suficiente para la condición presente del mundo, si la conociéramos. Por tanto, no juzgues nada antes de tiempo, sino ten buen ánimo y afirma tu corazón, porque tu Dios vendrá y no callará. Entre tanto, guardemos la palabra de su paciencia, y manifestemos la paciencia y la fe de los santos.

ORACIÓN

Benditísimo Señor, guía nuestros pies errantes, te lo suplicamos, al amor de Dios y a tu propia paciencia infinita. Perdónanos por haber sido tantas veces impulsivos y obstinados, y por haber murmurado contra tu aparente lentitud en responder a nuestras oraciones. Acalla nuestros corazones inquietos con tu propia paz. AMÉN.

8 de octubre

PONER EN PRÁCTICA EL CRISTIANISMO

«Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte».— 1 Juan 3:14.

ES UN gran consuelo descubrir que el apóstol no considera el amor como si fuera un asunto meramente emocional o sentimental, ¡pues cada referencia apunta a la acción! El amor de Dios se manifestó en que él puso su vida, y nosotros hemos de estar dispuestos a seguir sus pisadas (1 Juan 3:16). El mandato es que amemos de hecho. No hemos de cerrar nuestro corazón a la compasión, sino ayudar a nuestro hermano necesitado. Si empezamos haciendo actos bondadosos y amorosos, acabaremos sintiendo lo mismo. Muchas veces, cuando alguien ha venido a decirme que el amor hacia otra persona se ha extinguido por completo en su vida, le he pedido que vuelva y actúe con amor, haciendo del otro el centro y el objeto de un servicio solícito; el resultado invariable es que se refrescan y se reavivan los cálidos géiseres del afecto.

No esperes a sentir amor; empieza enseguida a mostrarlo, porque es lo justo y es tu deber, y a medida que avances con fe sencilla descubrirás que Dios hará que abunde en ti toda gracia, a fin de que abundes para toda buena obra. Un amor así se da a sí mismo, y es don del Espíritu de Dios. Esta flor exótica no puede prosperar en nuestro suelo invernal; el corazón del hombre no puede producirla. Puede haber algunos brotes silvestres, pero no admiten comparación con su hermosa flor y su fruto. El amor es de Dios. Procede de su naturaleza, y es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado. «El fruto del Espíritu es amor», y al estar unidos a Cristo por la fe, el amor de Dios será derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, y podremos amar con el amor de Dios.

Sabemos que hemos nacido de lo alto en cuanto nos encontramos dispuestos a anteponer los intereses de otro a los nuestros, no porque tengamos un afecto o una afinidad natural con él, sino porque él y nosotros pertenecemos a Dios. Si hay odio o aversión en nuestro corazón hacia alguien, ¡cuidado! Tenemos que arrancarlo de raíz con actos generosos, o traerá tinieblas a nuestra propia vida (1 Juan 2:9, 10, 11).

ORACIÓN

Capacítanos, oh Dios de la paciencia, para sobrellevar los unos las cargas de los otros, y para soportarnos los unos a los otros en amor. Oh, enséñanos y ayúdanos a todos a vivir en paz y a amar en verdad. Somete todo amargo resentimiento de nuestra mente, y que la ley de la clemencia esté en nuestra lengua. AMÉN.

9 de octubre

¡MI HERMANO!

«Y el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé; ¿soy yo guarda de mi hermano?».— Génesis 4:9.

«El que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas».— 1 Juan 2:11.

LA CAÍDA del hombre, fuera lo que fuera además, produjo un cambio completo en el centro de su ser. Fue hecho a semejanza de Dios, y la naturaleza de Dios es absolutamente desinteresada. La voluntad y el propósito de Dios eran la única regla de la existencia del hombre, hasta que llegó el momento en que nuestros primeros padres pusieron la satisfacción del yo en lugar de la voluntad y la ley de Dios. Desde aquella hora la vida del yo se convirtió en el principio dominante de la humanidad, y el mundo es lo que es porque la esencia de la vida es el servicio del yo.

No sabemos qué causó realmente la diferencia de disposición entre Caín y Abel. Hay indicios y sugerencias, pero la razón fundamental por la que estos dos hermanos fueron tan distintos está velada en el misterio, aunque algo semejante sigue apareciendo en nuestros hogares. San Juan nos da la clave en su primera epístola, donde dice que Caín mató a su hermano porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas.

Dios reconvino a Caín y le advirtió que el pecado estaba echado a la puerta de su corazón, esperando entrar. Lo exhortó a velar y a no permitir que se introdujera. Cuando se consumó el terrible hecho, Caín descubrió que toda la naturaleza estaba en armas contra él, y se convirtió en un proscrito. La sangre de Abel clamaba contra Caín, porque todo pecado clama a Dios, y él es el Vengador y el Defensor de los agraviados que con sencillez y fe se han arrojado en sus brazos. Gracias a Dios, hay también un clamor más fuerte que el de Abel, que no pide juicio sino misericordia (Hebreos 12:24).

Este mundo está lleno de envidia, celos, contiendas y homicidios, porque los hombres se guardan a sí mismos en lugar de guardar a sus hermanos; porque nuestro propio bienestar, y no el del otro, gira en torno al eje del «yo». La primera epístola de san Juan es la antípoda de esta historia del Génesis, y contiene su corrección, porque es cuando amamos a Dios primero y por encima de todo cuando amamos a nuestro hermano; y al abrir toda nuestra alma a la gran marea del amor de Dios, somos levantados por encima de las rocas afiladas de la vida del yo hasta el ancho y pleno océano de la vida que es verdadera vida (1 Juan 3:14, 15, 16, 17).

ORACIÓN

¡Padre nuestro! Ayúdanos a tener en cuenta los intereses de los demás y a obrar generosamente con ellos, porque somos tus hijos y tus recursos infinitos están a nuestra disposición. AMÉN.

10 de octubre

EL PERDÓN

«Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?».— Mateo 18:21.

LOS MAESTROS religiosos del tiempo de Cristo enseñaban que cuatro veces era el límite extremo del perdón. Pedro lo superó en su cálculo, ¡pero cuán lejos quedó incluso él del ideal divino! Para los judíos el siete era el número de la perfección, de modo que ninguna expresión podía transmitir con más fuerza la impresión de una repetición siempre renovada y eterna que «¡setenta veces siete!». ¡Cuánto consuelo hay aquí para cada uno de nosotros! Porque si Dios espera que el hombre perdone así a su hermano, ¡cómo no hemos de contar con su perdón!

Esta parábola muestra el gran daño que nos hacemos a nosotros mismos, y también a nuestro hermano, cuando no perdonamos. He aquí un hombre al que se le había perdonado la enorme deuda de dos millones de libras esterlinas, pero que no se ablandó ni se humilló por esa remisión, pues salió inmediatamente de la presencia de su señor para poner manos violentas sobre un desdichado consiervo que le debía menos que un billete de cinco libras. Es sordo a las razones que poco antes habían llenado su propia boca, y se olvida de todo, salvo de que esa deuda debe pagarse al instante.

¿No somos todos tentados a abusar del amor perdonador de Dios, y a ser censuradores, vengativos, implacables y rencorosos? Si quieres ser lo contrario, ¡considera cuánto se te ha perdonado! Siéntate y suma tu enorme deuda con Dios, y mira con cuánta generosidad te ha perdonado. Solo los que perdonan son perdonados: «Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas». Si somos inflexibles, lentos para reconocer el mérito, rápidos para observar las faltas; si albergamos rencor y resentimiento por agravios recibidos quizá hace años, y si nos aferramos a ese espíritu y lo alimentamos, podemos estar seguros de que nunca hemos sido perdonados.

¿Cómo hemos de alcanzar ese estado de ánimo que perdona tantas veces y puede ganar al más descarriado? La parábola nos enseña que hemos de recibir el perdón de Dios con el espíritu debido, que hemos de recordar nuestros propios fracasos y pecados, y que siempre hemos de estar dispuestos a echar el manto del amor perdonador sobre los pecados y fracasos de quienes nos rodean.

ORACIÓN

Oh Señor, que te oigamos decirnos: Tus pecados, que son muchos, te son todos perdonados; ve en paz; y que nosotros, a nuestra vez, perdonemos como hemos sido perdonados, y que no se ponga el sol sobre nuestro enojo. AMÉN.

11 de octubre

NUESTRAS POSESIONES

«Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee».— Lucas 12:15.

«Hijitos, guardaos de los ídolos».— 1 Juan 5:21 (R.V.).

LA PETICIÓN dirigida a Cristo en este pasaje, del que se ha tomado nuestro texto, se le ha hecho constantemente en las épocas posteriores. Los hombres siempre le están exigiendo que reparta la herencia con más equidad. Pero nuestro Señor no vino a arreglar las relaciones humanas mediante el ejercicio de su voluntad soberana. Se ocupa más bien de la avaricia codiciosa y acaparadora que lleva a los ricos a retener, y del descontento que impulsa a los pobres a murmurar. Vio en la demanda del suplicante una inclinación a la misma codicia que movía al otro hermano a retener la porción de la herencia que no era justamente suya.

Nuestro Señor proclamó la verdad de largo alcance de que la vida no consiste en lo que poseemos, sino en lo que somos. Somos ricos, no en proporción a la suma que tenemos a nuestro favor en el banco, o a la extensión de nuestra heredad, sino a la pureza, la fuerza y la generosidad de nuestra naturaleza. Cuando hacemos tesoro para nosotros mismos, nos volvemos indigentes en el universo de Dios. La única manera de tratar con la avaricia, que hace un ídolo del dinero o de las posesiones, es considerar nuestros bienes solo como dones que se nos confían para beneficio de otros. Hagamos morir el espíritu de codicia, tan fuerte en todos nosotros, sembrando el terreno de nuestra vida como se indica en 2 Corintios 9:1-15.

Para muchos, el apetito sensual es un ídolo (Filipenses 3:19). Comer y beber, los banquetes y la búsqueda del placer son ídolos ante los cuales muchos se postran. Y hay otros ídolos además de estos, porque siempre que algún objeto terrenal absorbe nuestra alma e intercepta el amor y la fe que deberían pasar de nosotros a Dios, es un ídolo que debe ser derribado. Siempre que podamos alzar la vista desde algo que poseemos hasta el rostro de Dios, y darle gracias como su Dador, podemos usarlo y disfrutarlo sin temor. No es probable que hagamos un ídolo de lo que recibimos directamente de la mano de nuestro Padre celestial, a quien le place dar buenas dádivas a sus hijos (1 Timoteo 4:4-5).

ORACIÓN

Oh Señor, Porción de nuestra herencia, danos gracia, te rogamos, para no aspirar ni desear jamás nada fuera de ti. Lo que podamos disfrutar en ti, dánoslo conforme a tu voluntad; lo que no, niéganoslo. AMÉN.

12 de octubre

LA LARGUEZA Y LA GENEROSIDAD DE DIOS

«¿Podrá Dios poner mesa en el desierto? He aquí, él hirió la peña, y brotaron aguas, y los torrentes se desbordaron; ¿podrá también dar pan? Comieron, y se saciaron en gran manera».— Salmos 78:19, Salmos 78:20, Salmos 78:29.

ESTE ES siempre el clamor de la incredulidad: ¿Podrá Dios?, mientras que la afirmación triunfante de la fe es: Dios puede. ¡Qué diferencia produce el orden de las palabras! ¿Podrá Dios poner mesa en el desierto? Dios puede preparar una mesa aun en el desierto, y en presencia de nuestros enemigos nuestra copa puede rebosar. ¿Podrá también dar pan? Él puede colmar el deseo de todo ser viviente con solo abrir su mano. ¿Puedes hacer algo por nosotros? ¡Nuestro hijo está gravemente poseído por el demonio! Si puedes creer, al que cree todo le es posible.

Las peregrinaciones de los israelitas durante cuarenta años se debieron a que miraron sus dificultades y se preguntaron si Dios podría vencerlas. De todo el pueblo, solo Caleb y Josué apartaron la vista de los cananeos y de sus ciudades fortificadas para ponerla en aquel que los había llevado hasta donde estaban y que se había comprometido a sacarlos adelante. Algunos hablan de Gigantes con G mayúscula y se olvidan de engrandecer el poder de Dios. ¡No es de extrañar que se tengan por langostas y se desanimen! No olvidemos que somos hijos e hijas de Dios, «herederos de Dios, y coherederos con Cristo». (cf. Números 13:33 y Romanos 8:17.)

Mira hacia atrás, al pasado; ve lo que Dios ha hecho por ti; recuerda que él se ha comprometido a terminar lo que ha comenzado. Si dio agua, ciertamente puede dar pan.

«Comieron, y se saciaron en gran manera». Cuando somos pobres y necesitados, nos inclinamos a la oración humilde. Pero si de pronto cambia nuestra suerte, y hay abundancia en lugar de pobreza, ¡con cuánta frecuencia cambia nuestro comportamiento! Tendemos a volvernos indulgentes con nosotros mismos y a olvidar las necesidades del mundo. En lugar de recordar que seguimos siendo pensionistas de Dios, nos engrandecemos como si fuéramos dueños exclusivos. Probablemente por eso Dios mantiene a algunos de nosotros en la pobreza, pues no podría sobrevenirnos mayor tentación que vernos rodeados de riquezas. De este modo responde a nuestra oración diaria: «¡No nos metas en tentación!»

ORACIÓN

Te damos gracias, Padre celestial, por las nuevas misericordias de cada día que vuelve, por todo lo que nos has dado, y no menos por lo que nos niegas. Que seamos receptivos a todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad. AMÉN.

13 de octubre

LA BENDICIÓN DE LA GRATITUD

«Dando gracias siempre por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo».— Efesios 5:20.

«Ofrezcamos siempre a Dios sacrificio de alabanza».— Hebreos 13:15.

ALGUNAS PERSONAS parecen haber nacido con un temperamento hosco y febril, y les cuesta mucho iluminarse con sonrisas y cantos. Pero sea cual sea nuestra disposición natural, si pertenecemos a Cristo, tenemos el deber ineludible de cultivar un corazón agradecido. Una persona melancólica ejerce una mala influencia sobre los demás. Es penoso tener que trabajar con un pesimista empedernido, o a sus órdenes. Nada está bien, nada le agrada, no hay una palabra de elogio ni de aliento. Una vez, estando en Adén, observé a una cuadrilla de lascares que trasbordaban el correo. Daba gusto verlos, uno tras otro, cargando los sacos alegremente, porque su jefe los hacía cantar todo el tiempo mientras trabajaban. Si, en lugar de buscar faltas en nuestros empleados o sirvientes, buscáramos cosas por las que pudiéramos elogiarlos y darles las gracias, probablemente hallaríamos un cambio milagroso en su actitud.

La ventaja del gozo y la alegría es que son una fuente de fuerza para el alma de cada uno y para todos los que entran en su radio de acción, ¡y hacen recomendable nuestro cristianismo! Sidney Smith dice: «Una vez di a una señora veintidós recetas contra la melancolía; una era un fuego vivo; otra, recordar todas las cosas agradables que le habían dicho; otra, tener una caja de confites sobre la repisa de la chimenea y una tetera hirviendo a fuego lento en el fogón. En aquel momento me pareció una simple bagatela, pero más adelante en la vida he descubierto cuán cierto es que estos pequeños placeres disipan a menudo la melancolía mejor que objetos más elevados». Podemos interpretar el consejo de este humorista y ensayista convirtiendo en gozosa alabanza todos los incidentes de nuestra vida diaria, y elevándonos con gratitud y acción de gracias desde cada buena dádiva y cada don perfecto hasta el Padre de nuestro Señor Jesucristo. El mundo está triste, y tiene que pagar a sus bufones y a quienes lo divierten; para él es un misterio que el rostro del cristiano esté radiante y sonriente, aunque la higuera no florezca ni haya fruto en las vides. Contemos nuestros tesoros y bendiciones, y hallaremos que aun en la vida más triste y solitaria hay algo que convierte nuestra tristeza en canto (2 Corintios 6:10).

ORACIÓN

Ayúdanos, oh Señor, a estar siempre gozosos, a orar sin cesar y a dar gracias en todo. AMÉN.

14 de octubre

LLEVAR LAS CARGAS

«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo».— Gálatas 6:2.

EN ESTAS palabras el apóstol piensa evidentemente, sobre todo, en las faltas y pecados en que caen hombres y mujeres. No hemos de alegrarnos de su caída, ni hablar de ella con otros, sino considerarnos a nosotros mismos, recordando que también nosotros estamos expuestos a caer si nos sobreviene la tentación. Hemos de ser tiernos, amables y compasivos, ayudando a llevar la carga de la tentación, del remordimiento y de la vergüenza. Hay gran consuelo para todos nosotros en estas palabras, porque, ciertamente, si nuestro Señor espera que perdonemos y restauremos a nuestro hermano, ¡podemos contar con que él hará otro tanto por nosotros!

Pero el pecado no es la única carga que hemos de llevar con nuestros hermanos. El joven o la muchacha que no logra abrirse camino; el hombre de negocios que sufre un revés repentino; los que padecen una amarga decepción; cuando los rostros se apartan y las lenguas se ocupan afanosamente en la crítica, busquemos a aquel que, consciente de ello, ha defraudado a todos, y ayudémosle con nuestra simpatía fuerte y tierna. Es como la llegada del buen Ananías a las tinieblas de Saulo, con el saludo: «¡Hermano Saulo!»

Podemos ayudar a llevar la carga del duelo: cuando el marido es abatido de repente, o la madre es arrebatada y no queda nadie que cuide de los hijos, entonces podemos mostrar nuestra simpatía y nuestra ayuda prácticas. Durante toda su vida en la tierra, nuestro Señor procuró llevar las cargas del pueblo, y nosotros hemos de seguir sus pisadas. Simpatía significa sufrir con otro; y al esforzarnos por entrar en las penas y tristezas de quienes nos rodean, en la medida de la carga de dolor que llevamos logramos aligerar la carga ajena. No puedes llevar una carga sin sentir su peso; y al llevar las cargas de otros, hemos de estar dispuestos a sufrir con ellos.

Esta era la ley de Cristo, el principio de su vida y el precepto que encargó cumplir a sus seguidores. Recordemos también que, al llevar las cargas de otros, a menudo perdemos las nuestras.

ORACIÓN

Por los amigos de arriba; por los amigos que aún quedan abajo;

por los raros lazos invisibles entre ellos;

por los dulces corazones afinados en la más noble caridad;

por los grandes corazones que se afanan en las tinieblas de fuera;

por las manos amigas tendidas en tiempo de necesidad,

por todo pensamiento, palabra y obra de bondad;

¡te damos gracias, Señor! AMÉN.

15 de octubre

LO QUE SIGNIFICA SER CRISTIANO

«Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo».— Lucas 14:33.

TRES VECES en este capítulo nuestro Señor pronuncia estas solemnes palabras: «no puede ser mi discípulo». Hay tres condiciones para el discipulado. Primera, hemos de estar dispuestos a poner primero lo primero; segunda, hemos de estar dispuestos a sufrir una crucifixión diaria; tercera, hemos de estar desprendidos de todas las cosas, porque estamos unidos a Cristo. Las condiciones parecen severas, pero tienen que cumplirse si queremos entrar en la escuela de Cristo.

Discípulo quiere decir aprendiz. (Lucas 14:26) Nuestro Señor está dispuesto a enseñarnos los misterios del reino de Dios; pero es inútil entrar en su clase si no estamos resueltos a hacer lo que él dice. Pon primero lo primero. Cuando nuestro Señor emplea la palabra aborrecer, quiere decir claramente que el amor que hemos de tenerle a él ha de ser tanto mayor que, en comparación, nuestro afecto natural será como si fuera aborrecimiento. Nadie pudo haber amado a su madre más que nuestro Señor. En su agonía de muerte, su pensamiento y su cuidado especiales fueron para ella; y, sin embargo, en tres ocasiones distintas la puso a un lado. A veces somos llamados a poner a un lado a los más cercanos y queridos, si sus exigencias chocan con los derechos de Cristo.

La cruz de cada día. (Lucas 14:27) En cada uno de nosotros está el principio del yo, y para cada uno de nosotros hay una necesidad perpetua de negarse a sí mismo. Algunos hablan de llevar la cruz con ligereza, pero su verdadero significado es vergüenza, sufrimiento y dolor que nadie conoce sino Dios, y que quizá se hunde más hondo en las raíces de nuestro ser a medida que envejecemos. Hay en tu vida, respecto de alguna persona o circunstancia, una oportunidad de comprender cada vez más hondamente la unión con Cristo en su muerte, y para ella debes estar dispuesto cada día a rendir tu propio camino y tu propia voluntad.

La renuncia. Puede ser necesario rendir todo lo que tenemos por Cristo, o puede ser que él nos pida que lo retengamos todo como administradores o depositarios para él y para los demás. Nadie puede fijarle la regla a otro. Lo principal que hay que decidir es esto: «¿Estoy dispuesto a hacer lo que Cristo quiere que haga; a entregarle mi voluntad para que él la moldee, y mi vida para que él obre por medio de ella?». Si es así, todo lo demás se ajustará por sí solo.

ORACIÓN

Oh Señor, sálvame a pesar de mí mismo. Que yo sea tuyo; enteramente tuyo, y tuyo a toda costa. En la humillación, en la pobreza, en la abnegación de mí mismo, tuyo. Tuyo del modo que tú sabes que es más conveniente, a fin de que tú seas mío ahora y siempre. AMÉN.

16 de octubre

EL GOZO DEL SEÑOR

«Día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza».— Nehemías 8:10.

EL GOZO y la alegría son un elemento muy necesario para el bienestar humano. No podemos vivir nuestra mejor vida si la tristeza y el abatimiento dominan sin oposición. En este capítulo se mencionan tres fuentes de gozo.

El pueblo entendió la Palabra divina y sacó provecho de ella. Su avidez por oír, cuando Esdras abrió el Libro sagrado, fue notable (Nehemías 8:3, 5, 12, 18, 10). Deleitémonos también nosotros en Dios por medio de su Palabra. No leamos la Biblia como una tarea, sino meditemos en ella, hasta que sus bellezas queden entretejidas en nuestros pensamientos y en nuestra vida. Así es como la vida se purifica y se enriquece. Ya no desearemos cosas bajas o corruptoras, sino que Dios nos concederá los deseos de nuestro corazón, y quedaremos satisfechos, si nos deleitamos en él.

Compartieron buenas cosas con aquellos que no tenían nada preparado (Nehemías 8:10, 11, 12). No hay remedio para la tristeza y el corazón quebrantado como sanar corazones quebrantados. No hay consuelo para nosotros mismos como el que damos a otros. Nehemías no pudo haber dado mejor consejo que cuando mandó a su pueblo compartir sus alegrías y sus dulces con aquellos cuya vida estaba desprovista de consuelos y de lujos.

Por supuesto, el cristianismo encierra otras fuentes de gozo. Nuestro Salvador nos da su gozo, porque nos revela al Padre, nos hace descansar en él y da a nuestra vida un objeto digno; hace ligero el trabajo porque él lo ha señalado, soportable la tristeza porque él la comparte, y deseable la muerte porque él ha abierto la puerta de la casa del Padre. En su gozo podemos participar (Juan 15:11; Juan 16:22, 23, 24).

Su obediencia. En cuanto entendieron las palabras que oían, empezaron a ponerlas en práctica. No es de extrañar que hubiera gozo, porque en guardar los mandamientos de Dios hay grande galardón. Fue durante la fiesta de los Tabernáculos cuando nuestro Señor habló del Espíritu Santo que entra en el corazón para quitar su sed, y para derramarse como ríos sobre un mundo que muere (Juan 7:37, 38, 39). No podemos hacer mucho sin que el Espíritu Santo more en nosotros. Solo por medio de él podemos estar bien con Dios; solo por medio de él podemos estar verdaderamente alegres; solo por medio de él podemos transmitir gozo y consuelo a otros.

ORACIÓN

Te damos gracias, oh Dios, porque podemos tener comunión con nuestro Señor en su propósito redentor. Que los dones que él ha recibido aun para los rebeldes llenen nuestro corazón y nuestra vida de gozo y alegría. AMÉN.

17 de octubre

HACER UN PACTO CON DIOS

«Nosotros hacemos fiel pacto, y lo escribimos».— Nehemías 9:38.

«Él es mediador de un mejor pacto».— Hebreos 8:6.

ES BUENO que un alma haga un pacto con Dios. En su vigésimo tercer cumpleaños, Milton escribió estas memorables palabras:

Este fue su pacto con Dios; y a lo largo de todos los años, ya en la plenitud de su vida bajo Cromwell, ya en su hermosa vejez bajo Carlos II, nunca se apartó del camino que había escogido.

¿Quién puede olvidar aquellos magníficos versos de Wordsworth, que cuentan cómo volvía de una fiesta de aldea que había durado toda la noche, y he aquí que la gloria de un amanecer de verano despuntaba sobre los montes? Describe su belleza, y añade:

«Se hicieron votos por mí,
de que yo había de ser, so pena de pecar gravemente,
un espíritu consagrado».

Hay ciertos principios esbozados en estos capítulos de Nehemías que bien podrían incluirse en nuestro pacto con Dios:

(1) No permitir jamás nada, en la vida privada o en los negocios, que no esté en consonancia con los elevados ideales de la Biblia.

(2) Apartar cierta proporción de nuestros ingresos y de nuestro tiempo para el sostenimiento de la obra y de la casa de Dios.

(3) Guardar el día de reposo.

Pero un pacto se hace entre dos. Ninguna resolución nuestra es lo bastante fuerte para mantenernos fieles. Las protestas y los votos más fervientes pueden fallarnos en el día de la prueba, y nuestros pactos solo son permanentes en la medida en que Dios es parte en ellos. Pero si Jesús firma con nosotros, habrá una salvaguarda y una certeza que todos los poderes del mal no podrán derribar.

El pacto de Livingstone con Dios fue que pudiera sanar la llaga abierta del tráfico árabe de esclavos. Un pacto así, en algunos casos, se ha firmado con sangre. Esta fue la oración de D. L. Moody cuando era joven: «¡Gran Dios, que el mundo aprenda, por medio de mi vida, lo que tú puedes hacer con un hombre enteramente consagrado a ti!»

ORACIÓN

Te presentamos, oh Dios, a nosotros mismos en sacrificio vivo, santo y agradable, que es nuestro culto racional. Cumple por medio de nosotros todo el beneplácito de tu bondad y la obra de fe con poder. AMÉN

18 de octubre

EL PODER QUE PREVALECE

«Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban la palabra de Dios con denuedo».— Hechos 4:31

LA ORACIÓN que prevalece es la que inicia el Espíritu Santo.

Él es el medio de comunicación entre el cielo y la tierra, y nos revela los pensamientos y deseos de Dios, para que no pidamos mal. Así como el éter une un continente con otro, siempre que el transmisor y el receptor estén en sintonía, así el Espíritu Santo es el Medio entre nosotros y el Redentor glorificado. La oración se transmite desde nuestro corazón, es llevada adelante por el Espíritu y queda registrada en el corazón de nuestro Señor. Quizá sea mejor decir que se origina allí, se nos transmite a nosotros y es devuelta desde nosotros a él. Sabemos que con las ondas de nuestro pensamiento podemos ayudar a nuestros amigos en lugares lejanos; así que, ciertamente, es posible que las ondas de nuestro pensamiento lleguen al Señor Jesús. ¡Oh, que estemos siempre en tal comunión y sintonía con él que no se pierda ninguno de sus pensamientos hacia nosotros!

Hay cuatro clases de oración.

La oración de comunión. Es como un padre que pregunta a su hijito por qué entra una y otra vez en su despacho, y descubre que el niño no tiene ninguna razón especial, sino que solo quiere estar con él. Así, no deberíamos contentarnos con el conocimiento de Dios nuestro Padre que poseen los hombres corrientes, sino tener tales aptitudes y anhelos que solo puedan saciarse con la comunión, el trato íntimo y el amor que adora.

La oración de petición. Quizá le damos más importancia al principio de la vida que después. A medida que la vida avanza, nos contentamos con dejarnos en las manos sabias y tiernas de nuestro Padre celestial, y nos basta saber que él cuida de nosotros. Aprendemos a dar gracias porque algunas oraciones no han sido contestadas, y a comprender que Dios está haciendo por nosotros muchísimo más de lo que pedimos o entendemos.

La oración de intercesión. Es la que más se acerca al sentir de Cristo. Él lleva nuestros nombres sobre su corazón, y vive siempre para interceder.

La oración de combate. A veces somos llamados a entrar en el huerto y a llevar con él parte de la carga de su combate por las almas contra los principados y potestades del mal. ¡En tales momentos hay urgente necesidad de velar y orar!

ORACIÓN

Calienta mi frío corazón, Señor, te lo suplico. Quita todo lo que me impide entregarme a ti. Dame gracia para obedecerte en todas las cosas, y para seguir siempre tu bondadosa dirección. AMÉN.

19 de octubre

LA PROVINCIA APARTADA

«Y volviendo en sí, dijo… Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado…».— Lucas 15:17, 18, 19.

NO NECESITAMOS viajar lejos para llegar a la provincia apartada: el pensamiento del pecado, las alas de un deseo malo y apasionado, el relámpago de una mirada, pueden dejarnos tan lejos de Dios como está lejos el oriente del occidente. La esencia de la provincia apartada es el egoísmo. Fíjate en cómo el pródigo carga el acento sobre sí mismo: «dame la parte de la hacienda que me pertenece». No está mal usar y disfrutar todas las buenas dádivas y dones perfectos con que Dios siembra nuestra vida, mientras los tengamos con gratitud, reconociéndolo a él y en comunión con él. Pero cuando nos apartamos de Dios, hay desperdicio, porque nos falta el único objeto que reúne todas nuestras actividades en un foco digno; disolución, porque en ausencia de Dios no hay corrección ni antídoto suficiente para la pasión fuerte y dominante; necesidad, porque el alma fue hecha para Dios, y nunca podrá estar satisfecha hasta que descanse en él.

¡Qué necio es que un hombre se separe de Dios y se arrime a un ciudadano de la tierra del olvido! Los ciudadanos de este mundo no tienen nada que dar al alma hambrienta del hombre, salvo enviarla a apacentar los cerdos, que representan los deseos más bajos de nuestra naturaleza. Esta es la alternativa que proponen demasiados sabihondos: «Conoce la vida, sáciate de placer; llena las horas pasajeras de juerga, diversión y disipación». Pero el hambre del alma no puede aplacarse así. Aunque las algarrobas sean buenas para los cerdos, no bastarán para los hijos de los hombres. Como el sabio de antaño, clamamos: «Ha puesto la eternidad en mi corazón… ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!». No podemos descansar en lo que contenta a otros. Desde los pútridos comederos de los cerdos anhelamos el alimento de que disfrutan los jornaleros en la casa de nuestro Padre; desde las charcas estancadas tenemos sed del agua cristalina.

Es en tales circunstancias cuando volvemos en nosotros, cuando volvemos a nuestro Padre. Creamos en el amor de Dios nuestro Padre, que suspira por nosotros mientras estamos lejos de él, que nos ve cuando todavía estamos lejos, y que correrá a recibirnos, cuando volvamos, con perdón y restauración.

ORACIÓN

Tú sabes, oh Señor, lo que más necesito; ayúdame, y del tesoro de tu bondad socorre mi alma necesitada. AMÉN.

20 de octubre

VICTORIA QUE NACE DE LA DERROTA

«Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud».— Oseas 2:15.

EL VALLE de Acor es el emblema de la derrota, del fracaso y del corazón desfallecido. Por su largo paso habían huido los fugitivos aterrados, llevando a Josué la noticia de la derrota (Josué 7). ¿Hay una sola vida sin su valle de Acor? ¿Hay alguno de nosotros que no haya subido contra un enemigo que de lejos parecía del todo insignificante, pero que ha resultado ser más fuerte que todas las resoluciones con que nos habíamos armado para hacerle frente? ¿Puede salir bien de semejante mal, y dulzura de tan amarga desesperación?

La trágica historia que se cuenta en el capítulo siete de Josué muestra cómo aquella derrota produjo bien. El desastre llevó a descubrir el pecado de Acán y a cortar la gangrena que, de otro modo, habría devorado el corazón de Israel. Llevó a la humillación, al examen de sí mismo, a la oración y a la fe, y finalmente a la victoria. ¿No podemos decir otro tanto de nuestras derrotas? Ciertamente, habría sido mejor que no hubieran echado su sombra sobre nuestro pasado; pero no han estado exentas de lecciones de valor incalculable. Cada valle de Acor ha tenido su puerta de esperanza. El pecado ha reinado para muerte, pero la gracia de Dios ha reinado para vida eterna. Por nuestros pecados hemos aprendido, como nunca antes, a apreciar el perdón de Dios; por nuestros fracasos se nos ha enseñado nuestra propia debilidad, y hemos sido llevados a engrandecer la gracia que se perfecciona en la debilidad.

De tales experiencias brota el canto: «Allí cantará como en los tiempos de su juventud». Dices que la primavera y la alegría de la vida se han ido para siempre. Insistes en que tendrás que andar enlutado todos tus días, y en que la vida solo te traerá más dolor. ¡Pero Dios dice que cantarás! Aunque el verano se haya ido, habrá un segundo verano, un veranillo de San Martín, aún más dulce que el primero. Dios quiere darte una nueva revelación de su amor, atraerte a su amistad y comunión más tiernas, elevarte a la vida de victoria y satisfacción. Y cuando todo esto suceda, y puede empezar hoy mismo si vuelves a él, descubrirás que ha puesto en tu boca un cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios.

ORACIÓN

Padre celestial, te damos gracias porque abres puertas de esperanza en el valle de Acor, porque nos das gloria en lugar de ceniza, y óleo de gozo en lugar de luto. Pon hoy un cántico nuevo en nuestra boca, y haznos gustar de nuevo el gozoso sentir de tu amor perdonador. AMÉN.

21 de octubre

UNA NUEVA CREACIÓN

«De modo que si alguno está en Cristo, hay una nueva creación: las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas». 2 Corintios 5:17 (R.V. marg.).

EL VERDADERO cristianismo es muy diferente de mucho de lo que vemos a nuestro alrededor y que se conoce por ese nombre, y que se resume en la ortodoxia del credo, en el culto religioso, en dádivas y obras que cuestan poco o nada. Si el cristianismo es algo, es darse a sí mismo, aun hasta la muerte. Si el cristianismo significa algo, tenemos que renunciar al yo como centro de nuestra vida y estar dispuestos a sacrificarnos por los demás. Nada salvará al mundo, maldito por el espíritu del egoísmo, sino la repetición y el cumplimiento, en cuanto sea posible, del sacrificio de Cristo por parte de quienes profesan ser sus siervos y seguidores. El egoísmo destruye, pero el amor que se da a sí mismo hasta la sangre y las lágrimas edifica.

Pero hemos de estar seguros de que el pensamiento supremo de cada palabra y cada acto sea Cristo, que murió y resucitó (2 Corintios 5:14, 15). No vivamos solo para la humanidad, sino para el Hijo del Hombre; y al vivir para él, lo amargo será dulce y lo áspero llano, y nos encontraremos viviendo para toda la raza humana por la cual él murió.

Cuando esta se convierte en la ley de la vida, somos necesariamente una nueva creación; vivimos bajo un cielo nuevo y andamos sobre una tierra nueva. Los objetos más familiares de nuestro entorno adquieren un aspecto nuevo. No es que ellos hayan cambiado, sino que nosotros hemos pasado del yo a lo espiritual; de la vieja vida de pecado a la nueva vida cuyo centro es el Salvador glorificado. En su libro «Gracia abundante», Bunyan expresa este pensamiento del maravilloso cambio que pasa sobre la faz de la creación y el aspecto de la vida humana en cuanto el corazón se llena del amor de Dios.

Notemos el énfasis de 2 Corintios 5:18. Dios estaba en Cristo cuando llevó la carga del pecado del mundo en la cruz, y es por su gracia que hemos llegado a conocerlo y amarlo. Es también Dios quien nos ha dado el derecho de llevar el mensaje de misericordia y perdón a todos los que están a nuestro alcance. «Nos dio», es decir, a ti y a mí, «el ministerio de la reconciliación». Nos toca salir al mundo, con el corazón lleno del amor de Cristo, diciendo a hombres y mujeres que este es un mundo redimido, y que Dios está esperando que acepten su amor y su misericordia. Este es el mensaje del cristianismo.

ORACIÓN

Oh Señor, perdona lo que he sido; santifica lo que soy; y ordena lo que seré. AMÉN.

22 de octubre

LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO

«Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños».— Hechos 2:17.

EN SU sermón del día de Pentecostés, el apóstol Pedro citó la última parte de esta predicción del profeta (Joel 2:28). No se sabe mucho de este profeta, que probablemente vivió en Judá durante el reinado de Uzías. Pero es evidente que su anticipación del derramamiento del Espíritu divino tuvo su cumplimiento en aquellas memorables escenas en que nació la Iglesia cristiana.

Antes del día de Pentecostés, el Espíritu Santo había descendido solo sobre las almas escogidas de la raza hebrea: sobre Abraham y Moisés, sobre Samuel y Elías, sobre Isaías y otros de los profetas. Este don supremo de Dios estaba reservado en aquellos días para la aristocracia espiritual de Israel, para los hombres llamados a un cargo y una responsabilidad eminentes, como reyes, profetas o caudillos. Pero Joel dijo que llegaría el tiempo en que el Espíritu Santo, que había estado reservado para unos pocos, sería derramado sobre muchos: los jóvenes y las doncellas profetizarían; aun los esclavos y las clases más despreciadas de la sociedad participarían de la experiencia divina.

Signifique lo que signifique Pentecostés, está abierto para que todos nosotros lo recibamos y lo disfrutemos. «Cada uno de vosotros», dijo san Pedro, «recibirá el don del Espíritu Santo». Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llame (Hechos 2:38, 39). Tomémoslo a pecho.

Hace algunos años, la electricidad era privilegio de unos pocos, pero ahora la muchacha o el muchacho más pobre puede utilizarla y ser llevado en el tranvía eléctrico; y es el orgullo de nuestros científicos e inventores poder poner los beneficios de sus descubrimientos al alcance de los más necesitados de entre nosotros. Y Pentecostés se le parece en que las fuerzas y los dones del Espíritu eterno están ahora al alcance de la mano más débil que se extiende para apropiárselos. Pero primero ha de haber el abandono del mal, el vaciamiento de nuestro corazón, el hambre y la sed del alma por la justicia, antes de que Dios pueda darnos nuestra parte en el Don que fue hecho una vez para siempre a la Iglesia, pero que cada creyente, uno tras otro, debe reclamar.

ORACIÓN

Que tu Espíritu Santo more en mí continuamente, y haga de mí tu templo y tu santuario. AMÉN.

23 de octubre

LA LISTA DE LA FE

«El tiempo me faltará contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté… que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas».— Hebreos 11:32, 33

LA FE es el vínculo entre nuestra alma y Dios. Es la capacidad de entrar en comunión con el Amor y el Poder eternos, de modo que podamos hacer todas las cosas con la conciencia de que no somos nosotros quienes las hacemos, sino Dios en nosotros y con nosotros. La fe es la puerta y la ventana abiertas hacia Dios. Por la fe nuestro corazón sale hacia Dios en dependencia confiada, y Dios entra para fortalecernos con su plenitud divina.

En la vida humana, cuando confiamos en un hombre, sacamos de él todo lo que es capaz de proporcionar; en la vida divina, la fe saca de los recursos de Dios, de modo que fluyen libremente en nuestra naturaleza, y los resultados de la obra de nuestra vida se multiplican inmensamente. La fe es posible en medio de mucha ignorancia. Está claro que Gedeón, Barac, Sansón y Jefté ignoraban la verdad que el evangelio ha revelado; y, sin embargo, sabemos que su obra se debió en gran parte a su fe. Las dispensaciones vienen y van; la revelación de Dios crece de menos a más; pero la actitud de la fe es siempre la misma: tanto en la mujer sencilla que tocó el borde del manto de Cristo como en san Juan, el discípulo amado, que pasó años de formación en la escuela de Cristo.

La fe logra resultados muy diferentes. En unos produce la fuerza heroica que hace retroceder la batalla hasta la puerta; en otros, el sufrimiento paciente que soporta la larga prueba del dolor. Aquí embota el filo de la espada; allá tapa la boca de los leones. Sabemos cómo la fuerza eléctrica puede aplicarse a toda la diversa maquinaria de la vida humana. En un lugar se usa para la luz radiante, en otro para mover el automóvil, o para enviar como un relámpago el mensaje de la música y de la palabra de un continente a otro. Así la fe puede apropiarse el poder de Dios para cualquier propósito que esté dentro del ámbito de la tarea de la vida, sea activa o pasiva. (Véase Hebreos 11:32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39)

Dios da testimonio a todos los que confían en él. Nunca nos falla en la hora de la necesidad. Su respuesta es el eco de nuestro clamor. En cuanto el brazo levantado del tranvía toca el cable aéreo, salta la chispa y entra al instante la fuerza eléctrica. Así responde Dios a la fe.

ORACIÓN

Oh Dios, estamos llenos de necesidad, pero hemos aprendido que tú das esfuerzo al cansado y multiplicas las fuerzas al que no tiene ningunas. Cambia nuestra debilidad en tu fortaleza; nuestra ignorancia en tu sabiduría; nuestra inconstancia en tu constancia eterna. AMÉN.

24 de octubre

CRISTO, EL BUEN PASTOR

«Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen».— Juan 10:14.

BUENO NO significa aquí simplemente benévolo y amable, sino genuino y verdadero. Se contrapone al ladrón y al asalariado. Hasta cierto punto, este último puede hacer su trabajo de manera honrosa. No abandonará el rebaño por consideraciones triviales; ¡se ganará su paga! Pero cuando llega la prueba suprema de sacrificar su vida, el asalariado falla y deja su rebaño expuesto a la fiera. Hay pastores así, que han tomado el oficio pastoral como medio de vida.

¡Qué diferente es nuestro Señor, el buen Pastor, que dio su vida por las ovejas! ¿Por qué nos amó tanto? ¡Siempre será un misterio! Él busca a los que pertenecen a su redil pero se han extraviado por las sendas oscuras del pecado. ¡Jesús va tras la que se perdió hasta que la encuentra! Así obra el Príncipe de los pastores.

La versión R.V. pone de relieve el conocimiento íntimo que Cristo tiene de su rebaño: «Conozco a las mías, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre». Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y nadie al Hijo sino el Padre. Pero con esa misma intimidad y certeza nos conoce el Señor Jesús a cada uno de nosotros. Conoce nuestro sentarnos y nuestro levantarnos; nuestros motivos, a veces mal comprendidos; las ansiedades que nublan nuestras alegrías; nuestros temores y esperanzas. Él calma, como ningún extraño puede hacerlo, la amargura de nuestro corazón. Es bueno ser conocidos así, porque no necesitamos dar ninguna explicación trabajosa de nosotros mismos.

Cristo busca a los que no pertenecen a un redil (Juan 10:16). Probablemente siempre habrá muchos rediles, porque, por la constitución de su mente, los hombres tienden siempre a ver la Verdad desde ángulos diferentes. Algunos no lo ven así, y sostienen que si no creemos exactamente como ellos, no tenemos derecho a suponer que pertenecemos al rebaño. Olvidan que puede haber muchos rediles y, sin embargo, un solo rebaño. Sea cual sea tu redil particular, la única gran pregunta que debes responder es esta: ¿Oyes y obedeces la voz del Pastor? Si es así, ciertamente perteneces al único rebaño, y nadie te arrebatará de la mano del Pastor (Juan 10:27, 28, R.V.).

ORACIÓN

¡Oh Cordero de Dios, que estás en medio del trono, pero quieres ser nuestro buen Pastor y recorrer el áspero camino de este mundo junto a cada corazón tembloroso! Que quedemos abundantemente saciados con tu provisión y sigamos tus pisadas. AMÉN.

25 de octubre

LA ORACIÓN DE NUESTRO SEÑOR

«Padre santo, a los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean uno, como también nosotros».— Juan 17:11.

ESTE MARAVILLOSO capítulo diecisiete del Evangelio de san Juan ha sido llamado el Altar del Incienso del Nuevo Testamento. Está lleno de la dulce fragancia de la intercesión de nuestro Señor por los suyos. Detengámonos en él un poco, para que sus maravillosas profundidades se desplieguen ante nuestros ojos. Es una ventana abierta a su conciencia íntima, por la que podemos leer algunos de los pensamientos que habitualmente llenaban su alma.

La renuncia de Cristo a sí mismo. Los motivos que animaron el ministerio terrenal de nuestro Señor eran todos para la gloria del Padre. De hecho, él anticipó aquellas grandes palabras del apóstol: «De él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea gloria por siglos» (Romanos 11:36). En esto tenemos un ejemplo, para que sigamos sus pisadas. También nosotros debemos hallar en él nuestros frescos manantiales, como él los halló en Dios; también nosotros debemos estar dispuestos a dejar y rendirle todas las cosas, teniéndolas como mayordomos suyos; también nosotros debemos apropiarnos, momento a momento, de sus inescrutables riquezas. Si alguna gloria llegara a tocarnos en suerte, debemos ponerla a sus pies y compartirla con aquellos que han sido confiados a nuestro cuidado.

La afirmación de sí mismo de Cristo. Aunque nuestro Señor renunció a sus propios intereses, había muchas cosas que eran inalienables y de las cuales no podía despojarse. Sabía que siempre había sido uno con Dios, y que siempre lo sería, y que el amor que había existido entre el Padre y él había de ser compartido por una multitud que nadie podía contar. A nosotros nos toca saber que somos amados con un amor que no cambia, que en Cristo somos enriquecidos hasta la medida de la inmutable plenitud de Dios. ¡Ah!, ¿por qué no compartimos más hondamente la renuncia de Cristo a sí mismo por los demás, para que podamos estar con él en esas alturas gloriosas, fuera del alcance de la duda y del temor?

La plena realización de Cristo. Escucha sus palabras gozosas: «He sido glorificado en ellos». «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad». Solo cuando ve su gozo resplandecer en miríadas de almas redimidas, y halla su amor reproducido en sus vidas, queda él colmado y satisfecho.

ORACIÓN

Te damos gracias, Padre celestial nuestro, por el don de Jesús nuestro Señor para que sea nuestro Salvador y Amigo. Atráenos a una unión más estrecha con él, para que por medio de él te conozcamos mejor y seamos hechos conformes a tu imagen. AMÉN.

26 de octubre

LA VIDA IRREPRENSIBLE

«Ruego a Dios que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará».— 1 Tesalonicenses 5:23, 24.

ÉL LO hará. Hay en estas palabras un tono de confianza que revela la fe inquebrantable del apóstol en la fidelidad y el poder de Dios para hacer por aquellos primeros cristianos lo que en verdad todos nosotros necesitamos: primero, ser santificados por completo, y segundo, ser guardados sin reprensión hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Apenas podemos imaginar cuánto significaba esto para hombres y mujeres criados en medio de los excesos y males de aquellos días, cuando la religión era otro nombre del desenfreno sin límites. La irreprensibilidad de vida, el hábito inmaculado del alma, el dominio propio: estos eran los atributos de unos pocos cuya naturaleza parecía forjada en un molde especial. Y, sin embargo, ¡cuán firme es la afirmación del apóstol de que, frente a dificultades insuperables, el Dios de paz haría otro tanto por ellos!

Debemos distinguir entre ser irreprensibles y ser sin falta. Lo segundo solo podrá ser nuestro cuando hayamos pasado a la presencia de su gloria y seamos presentados sin falta delante de él con grande alegría (Judas 1:24). Lo primero, en cambio, está al alcance de cada uno de nosotros, porque Dios ha dicho que lo hará. El Agente de la vida irreprensible es Dios mismo. Ningún otro podría lograr un resultado tan maravilloso, y él lo hace dignándose habitar en el alma. Así como su gloria llenó el templo de Salomón, así espera él llenar el espíritu, el alma y el cuerpo de los que confían en él.

Él lo hará como el Dios de paz. Las fuerzas más poderosas son las más silenciosas. ¿Quién oyó jamás romper el día, o percibió los pasos de la primavera? ¿Quién piensa en escuchar el latido de la gravitación, o el golpe de las fuerzas que enrojecen la uva, doran el trigo y cubren los melocotones de su flor aterciopelada? Así obra Dios en el corazón de los que le pertenecen. Cuando creemos que no hacemos ningún progreso, es cuando más está obrando él. La presencia del ozono en el aire solo puede detectarse por un leve color en un trozo de papel tornasol, y la obra de Dios en el alma solo se hace visible cuando la flor del amor perfecto se muestra en la vida.

ORACIÓN

Dios todopoderoso, que nos amas y a quien son conocidos nuestros anhelos de esta vida bienaventurada: obra tú dentro de nosotros, quieta, suave, poderosamente, librándonos del amor al pecado y produciendo en nosotros esa irreprensibilidad del alma que a tus ojos tiene un valor incalculable. AMÉN.

27 de octubre

PRIMAVERA EN EL CORAZÓN

«Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa».— Isaías 35:1.

HAY TRES cosas que hacen la primavera en el alma. El sentido de la presencia de Dios. Sabemos que él está cerca aunque los bosques estén desnudos, la escarcha apriete la tierra en su garra de hierro y el viento amontone las hojas muertas; pero lo sentimos más cerca cuando cada seto se viste de flores, cada zarza arde en fuego, cada árbol bate sus palmas frondosas y cada alameda se llena de dulces coristas. El optimismo de una esperanza ilimitada. La primavera es la juglaresa de la Esperanza. Toma su lira y canta del hermoso verano que viene en camino. La vida brota por miríadas de cauces y se muestra más fuerte que la muerte, pues la primavera vence al invierno, como el bien demostrará vencer al mal. La exuberancia del Amor. La primavera es la estación del amor. Toda la creación se siente atraída por una afinidad natural, y el amor reina en el bosque y en el campo.

Estos tres elementos se unieron en el corazón de los desterrados que volvían, e hicieron que el mundo pareciera joven y hermoso otra vez. El corazón contempla el mundo exterior con colores prestados de sí mismo. Cuando la vida es joven y alegre, todos los ecos resuenan con notas de gozo; pero cuando el gozo de la vida ha huido, ¡qué burla nos devuelven aun los paisajes exteriores más tiernos!

Para nosotros la lección es clara. Atesora el sentido de la presencia de Dios; cultiva una Esperanza ilimitada; sé consciente de un Amor que fluye hacia ti y desde ti. Medita en la misericordia y la tierna compasión que te han precedido y seguido todos los días de tu vida, y también para ti se alegrarán el desierto y la soledad. Al fin y al cabo, la vida no es del todo lo que las circunstancias hacen de ella. Estas pueden ser todo lo que el corazón puede desear, y aun así el Rey Escarcha puede reinar dentro y echar su manto helado sobre todo; mientras que hay hombres y mujeres que lo tienen todo en contra en sus circunstancias, pero, porque llevan la primavera en el corazón, hallan flores y cantos por todas partes.

El sequedal se convertirá en manaderos de aguas. ¡Tú sabes lo que significa la sed: de afecto humano, de aprecio, de una palabra de aliento, de éxito! ¡Tú eres esa tierra sedienta! Pero cuando tu corazón esté lleno de Dios, lo hallarás musical de arroyos, y en los lugares donde yacían los chacales habrá un verdor de juncos.

ORACIÓN

Señor, haznos volver de nuestra cautividad. Llena nuestro corazón del sentido de tu presencia, para que sea transformado y renovado, y lleno del espíritu del cielo. AMÉN.

28 de octubre

CÍÑETE Y SIRVE

«Prepárame la cena, cíñete, y sírveme... y después de esto, come y bebe tú».— Lucas 17:8.

HAY DOS aspectos del trabajo rural: el agrícola, que es arar, y el pastoril, que es apacentar las ovejas. Entre ambos abarcan también nuestro servicio a los hombres por amor de Cristo. Algunos de nosotros estamos ocupados en arar. En los cortos días de invierno, cuando las últimas hojas caen de los árboles y los cielos están cubiertos de nubes densas que gotean, salimos con nuestro arado, o llevando la preciosa semilla. En soledad, abatimiento y temor, cruzamos los surcos y volvemos clamando: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo del Señor?». O somos llamados a apacentar el rebaño, buscando a la descarriada, defendiendo a la atacada, cuidando con ternura a la enferma y a la débil. En cualquiera de estas ocupaciones a menudo nos cansamos, y en ese estado «volvemos del campo».

Cuando termina la jornada de duro trabajo, ¡qué propensos somos a relajarnos! Seguramente, pensamos, podemos entregarnos a satisfacer un apetito natural e inocente. Pero eso es justamente lo que nuestro Maestro no quiere, porque conoce la sutil tentación de las horas de descanso. Cuando volvemos de nuestra labor, no nos dice: «Pasa, siéntate a la mesa», sino que nos sale al encuentro en el umbral, diciendo: «Prepárame la cena, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú».

De esta parábola hemos de inferir, sin duda, que nuestro Señor dice en efecto: «Has estado trabajando para mí, pero te he echado de menos. Has estado tan ocupado guiando el arado por la pesada arcilla, o vigilando contra el león y el oso, que te has olvidado de mí, y has dejado pasar las horas sin dirigirme una sola palabra ni prestar oído a mi voz».

Cuando la obra de Cristo esté hecha, volvámonos al Señor mismo y ministrémosle a él; preparémosle un banquete de fe, de amor y de gozo; de melodía del corazón y de música de la voz. Después de esto podremos comer y beber. Él incluso se ceñirá y saldrá a servirnos (Juan 13:4-14).

ORACIÓN

Deseamos, amado Señor, que tú seas para nosotros más que tu obra. No nos basta con arar tus campos o apacentar tus ovejas; queremos servirte a ti por encima de todo. Ayúdanos a tenerte presente todo el día, y que todo lo que nuestras manos hallen para hacer, lo hagamos por amor a ti. AMÉN.

29 de octubre

GUARDADOS PARA JESUCRISTO

«Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, amados en Dios Padre, y guardados para Jesucristo».— Judas 1:1 (R.V. marg.).

LA PALABRA guardar resuena como un estribillo a lo largo de esta carta. Sugiere un poder que se origina en la voluntad divina y actúa mediante la energía del Espíritu Santo dentro de nosotros. Detrás de nuestro querer y obrar, de nuestro escoger y elegir; detrás de todas las influencias que se ejercen sobre nosotros, hay un movimiento divino y lleno de gracia, en virtud del cual estamos siendo «guardados para Jesucristo». Nuestro espíritu está siendo guardado para que su Espíritu lo habite; nuestra alma está siendo guardada para que su mente la vigorice; nuestro corazón está siendo guardado como la taza de una fuente, para que su amor entre y salga de él; nuestra imaginación y nuestra fantasía están siendo guardadas, para que él las use como lo hizo con Bunyan y con Rutherford; nuestro cuerpo está siendo guardado para que él disponga de sus miembros: ¡un vaso útil para los usos del Señor! Démonos cuenta de cuánto necesita Cristo a cada uno de nosotros, y de cuánto perderemos si frustramos el propósito mismo para el cual nacimos y fuimos enviados al mundo.

No presumas del poder guardador de Dios, porque siempre existe la terrible posibilidad de frustrarlo. ¡Conservaos, pues, en el amor de Dios! ¿Tienes la luz? ¡Sigue su destello! ¿Estás en mitad de la corriente? ¡No te desvíes hacia un remanso! ¿Te está usando Dios? Hiere tu cuerpo y ponlo en servidumbre, no sea que, habiendo predicado a otros, tú mismo vengas a ser reprobado.

Hay Uno que es poderoso para guardarnos de tropezar, no solo desde dentro, mediante una guarnición, sino desde fuera, mediante centinelas que montan guardia y vigilan. Somos más grandes que los mundos o los soles, más grandes que el tiempo o el espacio, más grandes que el universo en que nos hallamos, como el niño es más grande que el palacio real, porque el Señor nos necesita. Somos «guardados para Jesucristo»; no seamos olvidadizos ni ingratos, porque a lo largo de los siglos esta oración no cesa de subir del corazón de nuestro Redentor: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal».

ORACIÓN

Te damos gracias, Padre celestial, porque nos has llamado a la comunión de tu Hijo. Guárdanos por tu gran poder, mediante la fe, para tu salvación y tu servicio. AMÉN.

30 de octubre

LA CRUZ INTEMPORAL

«¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras muertas para que sirváis al Dios vivo?».— Hebreos 9:14.

¿QUÉ SIGNIFICA esa gran palabra, eterno? Con demasiada frecuencia se emplea como si fuera sinónimo de perpetuo. Pero las dos palabras designan dos cosas muy diferentes. Perpetuo transmite la idea de duración en el tiempo; mientras que eterno designa la cualidad y el carácter de la existencia a que se refiere, la cual es absolutamente intemporal. Lo eterno es aquello que no se mide por la duración, que no tiene sucesión de años, que no puede describirse como pasado o futuro. Es el presente sin fecha, y por tanto solo puede aplicarse a Dios, el YO SOY, porque él vive en el ahora eterno. Nunca fue ni será jamás nada que no sea en este momento presente, y solo aquello que participa de su Ser puede llamarse eterno.

Por tanto, cuando se nos dice que nuestro Señor se ofreció a Dios por el Espíritu eterno, debemos creer que en la cruz había este elemento de intemporalidad. Nuestro Señor fue el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). La cruz de Cristo ha sido contemporánea de todas las generaciones de la humanidad, y es este atributo de intemporalidad lo que da a la cruz su poder perenne. Hay un sentido en que Cristo está siempre siendo herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, castigado por nuestra paz, y llevando las llagas que nos procuran la sanidad.

La cruz de Cristo está en pie con los brazos abiertos para dar la bienvenida a toda alma pecadora. Los clavos no se han oxidado ni embotado con los años transcurridos desde que fueron hundidos en la carne de Cristo nuestro Señor. Y cuando nos humillamos y sometemos nuestra vida del alma, orgullosa y egoísta, a ser clavada con él en la cruz, en el poder del Espíritu eterno, del sufrimiento brota vida para aquellos a quienes ministramos, mientras servimos al Dios vivo, y podemos decir con el apóstol: «De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida». (2 Corintios 4:10-12).

ORACIÓN

Te bendecimos, Señor Jesús, porque no te negaste a la cruz. Capacítanos por el Espíritu eterno para entregar nuestra vida al Calvario, a fin de que tu vida resucitada se manifieste en nuestra carne mortal. AMÉN.

31 de octubre

COMPLACER A DIOS

«Se complace el Señor en los que le temen».—Salmos 147:11.

DIOS SE complace en nuestra fe. «Sin fe es imposible agradar a Dios»; pero sin duda lo contrario también es cierto: que nuestra fe es preciosa a sus ojos, aunque solo sea como el toque del borde de su manto.

Dios obra en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. El apóstol dice que debemos andar de manera que agrademos a Dios. ¿Cómo podemos andar así? No está en nuestro poder. Pero ¡qué bendito es saber que, si tan solo llevamos a la práctica lo que él obra dentro de nosotros, y nos abandonamos a él, nos hará aptos en toda obra buena para que hagamos su voluntad (Hebreos 13:21)!

Hay muchas maneras en que podemos agradar a Dios. La generosidad es un sacrificio acepto y agradable a Dios; la obediencia agrada al Señor; un andar santo y humilde con Dios, como el de Enoc, obtendrá este testimonio: que ha agradado a Dios. No le decepcionemos, sino «andemos como es digno del Señor, agradándole en todo».

ORACIÓN

Oh Dios, te rogamos que nos hagas lo que tú quieres que lleguemos a ser, para que te agrademos perfectamente y engrandezcamos dignamente tu santo nombre. AMÉN.

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