Capítulo 5 · 1 h 13 min de lectura · 1 h 34 min de escucha
Mayo
1 de mayo
LA ESCUELA DE LA ORACIÓN
«Señor, enséñanos a orar».— Lucas 11:1.
NO HAY otro Maestro como Cristo. Él era el Maestro en el arte de la oración, y ha enseñado a todos los más grandes intercesores entre los hijos de los hombres. Su propio ejemplo ha sido su estímulo. Fue porque lo vieron orar por lo que uno de los discípulos le pidió que les enseñara a orar: un ejemplo del poder de la influencia inconsciente. Si un muchacho se arrodilla a orar en el dormitorio del colegio, es casi seguro que moverá a otros a orar.
Sé natural en la oración. No repitas oraciones cuyo relieve se ha borrado por el uso constante. Averigua aproximadamente cuáles serán tus necesidades, y pide la gracia necesaria como un hijo a su padre.
Intercede por otros. No uses exclusivamente «yo», «me» y «mi», sino «nosotros», «nuestro» y «nos». Recuerda cómo Cristo entretejió la intercesión en cada petición de la oración que enseñó a sus discípulos.
Asegúrate de recibir, y no solo de pedir. Ningún mendigo se conforma con pedir: insiste en su demanda hasta que recibe. ¡Ay, cuántas veces nos conformamos con pedir sin pensar siquiera en recibir! Antes de levantarnos de nuestras rodillas, habiendo suplicado algo que está contenido en las promesas divinas, debemos atrevernos a creer que recibimos las peticiones que hemos deseado. «Tened fe en Dios» significa en realidad: cuenta con la fidelidad de Dios para contigo. No mires tu fe. El que está siempre pendiente de su salud acabará siendo un inválido; el que siempre mira hacia abajo, a su fe, cortará las mismas raíces de las que la fe crece, y cerrará el paso al rayo del cual la fe vive. Aparta la mirada hacia el carácter de Dios, el Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia para siempre.
Deja las respuestas últimas de tu oración a su sabiduría infinita. No pocas veces, invirtiendo las palabras de nuestro Señor, los hijos piden piedras y no pan, suplican escorpiones y no peces. En tales circunstancias es sabio y bueno de parte de Dios decir No a nuestras peticiones, y darnos lo que pediríamos si lo supiéramos todo como él lo sabe. Cuando lleguemos al cielo tendremos que darle gracias tanto por las oraciones no contestadas como por las contestadas.
Asegúrate de dar tiempo al Maestro para que te enseñe a orar. Es necesario esperarle cuando nos sentimos menos fervorosos, lo mismo que cuando el fuego arde con más vehemencia. Le gustan las horas regulares para sus alumnos, y que no se aparten con prisa e impetuosamente de sus palabras de gracia.
ORACIÓN
Enséñame a orar, oh Señor, como enseñaste a tus discípulos en otro tiempo, y criba mis oraciones, para que desee y pida solamente lo que es conforme a tu voluntad. AMÉN.
2 de mayo
LA PRIMERA LECCIÓN
«Cuando oréis, decid: “Padre”».— Lucas 11:2.
EL CIELO ES «la casa del Padre». Es nuestro Hogar. Aquí somos extranjeros y peregrinos, de camino a casa. ¡Qué fascinación hay en esa palabra! El hogar atrae al marinero, al soldado, al explorador, al pródigo desde los confines de la tierra. Dios ha dado a la mayoría de nosotros el querido recuerdo de lo que es un hogar, para que adivinemos lo que nos espera y nos invada la nostalgia. «¡Bienaventurados los que sienten nostalgia del hogar, porque llegarán a casa!»
Pero el encanto del cielo será la presencia manifiesta de nuestro Padre. Todas las dudas y todos los malentendidos se disiparán. Conoceremos y veremos como somos vistos y conocidos. En los versículos finales de Judas se nos dice que seremos presentados delante de su gloria, irreprensibles, con gran alegría. Es como si nuestro Salvador fuera a introducirnos en la presencia manifiesta del Padre.
Pero no necesitamos esperar hasta entonces. Si conocemos a nuestro Señor, conocemos al Padre. A Cristo le dolía que sus discípulos hubieran estado tanto tiempo con él en trato familiar y, sin embargo, no hubieran comprendido que la belleza y la santidad que irradiaban de su naturaleza eran rayos del carácter del Padre. Tener a Jesús es tener al Padre. Conocer a Jesús es conocer al Padre. Orar a él es orar a Dios, porque él es Dios manifestado en carne. No es simplemente una encarnación de Dios en el sentido de la antigua mitología griega, que adoptaba un manto o un disfraz que después se desechaba. Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo.
Debe haber reverencia en nuestra oración. Dios está en el cielo, y nosotros sobre la tierra. No debemos irrumpir sin ceremonia en su presencia, como si fuera una habitación común y demasiado familiar, donde se dejan a un lado la cortesía y el respeto. Debemos recordar constantemente que en la oración estamos en la cámara de audiencias del gran Creador, Sustentador y Soberano del universo. Nos limpiamos los zapatos y nos quitamos el sombrero al entrar en la casa de un amigo; no olvidemos nuestros modales en las primeras frases de la oración. Los ángeles cubren su rostro y claman: «¡Santo!».
Pero puede haber una bendita fe y confianza cuando oramos. El Padre de Jesús nos espera. Él subió a su Padre y a nuestro Padre. Oramos a Aquel que nos ama en su Hijo amado con amor eterno, y que extiende hacia nosotros el cetro de oro.
ORACIÓN
¡Te adoro, Padre celestial! No hay límite para tu poder ni para tu amor. ¡Eres digno de suprema alabanza! ¡Eres digno de ser grandemente amado! Acepta el homenaje de mi alma y de mi vida, por Jesucristo nuestro Señor. AMÉN.
3 de mayo
HONRAR A DIOS
«Santificado sea tu nombre».— Lucas 11:2.
EL NOMBRE de Dios es su naturaleza: sus atributos, las diversas cualidades que hacen que él sea lo que es. Cuando pedimos que sea santificado, pedimos que todo lo que lo oscurece sea barrido como la niebla ante el alba. Damos gracias a Dios por todo lo que se conoce de su Ser maravilloso: por el mensaje de la naturaleza, por la revelación dada a videntes y profetas, por el Verbo que vino de él y por el Espíritu Santo que lo revela. Pero aún quedan vastas extensiones inexploradas en el Ser de Dios de las que nada sabemos, y hay multitudes que saben todavía menos que nosotros. Por su ignorancia pecaminosa y su superstición, los hombres han entendido mal y han desfigurado el carácter de Dios; por eso necesitamos orar para que en este mundo, y en todos los demás mundos, su gloriosa persona sea comprendida, apreciada y amada.
Cuando oramos «Santificado sea tu nombre», es para recordarnos la grandeza y la gloria de Dios nuestro Padre. Antes de pronunciar peticiones por ti mismo, ¡guarda silencio! Obliga a la multitud entrometida de las necesidades y deseos diarios a quedarse fuera de la cerca que rodea el pie del monte. Sube a encontrarte con Dios, deseando mirar las necesidades del mundo y de tu propia pequeña vida como subordinadas a tu gran deseo de que Dios sea amado, honrado y obedecido. Pon los intereses de Dios por encima de los tuyos. Entronízalo en tu pensamiento y en tu petición.
En un mundo que ni conocía ni santificaba el nombre de Dios, Jesús se propuso revelar y desplegar todas sus maravillosas profundidades. Procuremos cada día conocer más de ese Nombre y darlo a conocer. Es por ignorancia de Dios por lo que los hombres se apartan de él. Tienen ideas distorsionadas, sacadas de la vida y de las palabras de personas que profesan ser religiosas, que a menudo son una triste parodia y falsificación de Dios. Si los hombres conocieran de verdad a Dios, sin duda el amor con que él los ha amado entraría en su corazón y lo llenaría.
Se cuenta que la pasión de los soldados franceses por Napoleón era tan grande que, aun mortalmente heridos, se incorporaban cuando él pasaba a caballo y gritaban: «¡Viva el Emperador!». Cuando estemos completamente absortos en dar gloria a Dios en las alturas, conoceremos la paz en nuestro corazón y llegaremos a ser canales de buena voluntad para con los hombres, como hombres de buena voluntad, es decir, hacedores de la voluntad de Dios.
ORACIÓN
Padre celestial, revélame, te lo pido humildemente, el dulce misterio y la belleza de tu Nombre: Abba, Padre. AMÉN.
4 de mayo
EL GOBIERNO DE DIOS
«Venga tu reino».— Lucas 11:2.
EN UNO de esos vuelos sublimes en que abundan las epístolas de San Pablo, nos dice que viene el tiempo en que el Hijo entregará el reino a Dios y al Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. De esto podemos inferir que el reino era originalmente del Padre, y que por el pecado y la caída del hombre ha sido sustraído de su dominio.
El Señor Jesús se encarnó con el propósito de recuperar el reino por su agonía, su sangre y sus lágrimas; aunque todavía no es suyo, lo está adquiriendo. Por tanto, cuando oramos: «Padre, venga tu reino», pedimos que se apresure la victoria completa de Jesucristo; que triunfe pronto sobre todos los obstáculos y enemigos; que la verdad reine en el gobierno, en el arte y en la ciencia; que el comercio se vea libre de trampas y fraudes; que la tiranía sea extinguida y la corrupción desenmascarada; que él envíe a sus ángeles para recoger de su reino todos los escándalos y a los que hacen iniquidad, que destruya al postrer enemigo, la muerte, y que introduzca la edad de oro en que todos los hombres conocerán y amarán al Padre y serán sus hijos obedientes.
Hay muchas explicaciones del reino de los cielos. Quizá, como manera rápida y aproximada de interpretar la frase, podríamos decir: la Realeza divina. Cuando captamos esa idea, se convierte en la nota dominante de la vida. Es la llave maestra que abre todas las cerraduras. Basta creer, en lo más hondo del alma, que el Padre de Jesús, nuestro Padre, es Rey. Que el Dios a quien conmueve la caída de un pajarillo de su nido, el que se describe en las parábolas de la oveja perdida y del hijo perdido, es Rey del mundo y de todas sus fuerzas, y de todo lo que hay en la vida humana. Saber y creer esto es obtener algo que vale más que todo lo demás.
¿No quieres, aquí y ahora, ponerte bajo el gobierno del Rey? Deja que él gobierne tu corazón, para que ames solo dentro de los límites que su Espíritu puro y santo pueda permitir. Deja que gobierne tu mente, para que no se permita a ningún pensamiento impuro alojarse y echar raíces en ti. Deja que gobierne los libros que lees, las compañías y amistades que formas, los métodos de tu negocio, la inversión de tu dinero, la manera en que empleas tu tiempo libre: todo debe estar bajo el gobierno de su reino, porque él no será Rey en absoluto a menos que sea Rey en todo.
ORACIÓN
Apresura, oh Dios, la venida de tu reino y la consumación de tu obra redentora. Que el reino de Cristo venga en nosotros y por medio de nosotros: su voz hablando por nuestros labios; su poder obrando por nuestro toque; su amor latiendo en nuestro corazón. AMÉN.
5 de mayo
LA VOLUNTAD DE DIOS
«Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».— Mateo 6:10.
MUCHAS PERSONAS retroceden ante la voluntad de Dios. Piensan que siempre significa dolor, o tristeza, o duelo. Se ponen melancólicas en cuanto se les habla de hacer la voluntad de Dios. ¡Ay, cómo ha calumniado el diablo a Dios! La voluntad de Dios es la voluntad de un Padre. Es la paternidad de Dios puesta en acción. «No es la voluntad de vuestro Padre que se pierda uno de estos pequeños». «La voluntad de Dios es vuestra santificación».
Si tan solo se hiciera la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo, habría paz entre las naciones, y amor y felicidad en todos nuestros hogares. El amor cimentaría la unión de todos los hombres en una ciudad de bienaventuranza. La condición actual del mundo no es ningún argumento contra la bondad y la bienaventuranza de la voluntad de Dios. ¡Las cosas están como están precisamente porque los hombres no quieren hacer la voluntad de Dios!
En nuestra propia vida nunca estaremos verdaderamente bien ni seremos felices hasta que hayamos llegado al punto de decir: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado». Quizá no empecemos ahí. El primer paso es escogerla; luego llegaremos a aceptarla con amor y gratitud; pero finalmente nos gozaremos y deleitaremos en ella. Si no puedes decir «Hágase tu voluntad», di: «Estoy dispuesto a que me hagas dispuesto a que se haga tu voluntad». Si tu voluntad es como un trozo de hierro áspero y tosco, dile a Dios que estás dispuesto a que la sumerja en el horno de su amor, para que todo lo que es inflexible y obstinado desaparezca ante el ardiente calor del Fuego divino. Ten por seguro que él no fallará, ni se desanimará por el largo proceso que pueda requerirse, y que no será rudo ni violento. Detendrá su viento solano. Mantendrá la mano sobre el pulso, para advertir el menor síntoma de que la prueba es demasiado fuerte.
Al principio puede haber una punzada de dolor, como cuando un miembro dislocado se vuelve a colocar en su sitio, pero después viene la bendita restauración de un vigor sano. Solo perderás lo que con gusto entregarías si supieras tanto como Dios sabe acerca de lo que favorece la salud del alma. «Todo aquel —dijo nuestro Señor— que hiciere la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, y hermana, y madre». «En su voluntad está nuestra paz».
ORACIÓN
Oh Dios lleno de gracia, cuya voluntad es justicia conocer y amar: ilumina nuestras almas con el resplandor de tu presencia, para que conozcamos tu voluntad y seamos capacitados para cumplirla. AMÉN.
6 de mayo
LA PROVISIÓN DE DIOS
«Danos hoy nuestro pan cotidiano».— Mateo 6:11.
SI QUIERES el pan de cada día y deseas pedirlo como conviene, debes pedirlo como un hijo; y debes poner primero, antes que tu propia satisfacción, la santificación del nombre de Dios y el cumplimiento de su voluntad. Implícitamente das a entender que, si él te da pan, usarás en su servicio la fuerza que ese pan te dé.
Pensemos siempre en Dios como el Dador espléndido y generoso. Con demasiada frecuencia se le ha descrito como duro y austero, y como resultado los hombres temen a Dios y solo piensan en él cuando han obrado mal. Pero debemos describirlo como el Dador de todo, que da todas las cosas a todos con la más regia generosidad. Da rayos de sol y gotas de rocío, lluvias y arcoíris, gracia y gloria, su Hijo amado y su Espíritu, el amor y la amistad humanos, la mesa que se nos pone cada día, la provisión de todo lo que necesitamos para la vida y la piedad. Ya sea que velemos o durmamos, que seamos malos o buenos, que le agrademos o no; a los que lo olvidan y blasfeman lo mismo que a los santos y mártires de la Iglesia, Dios da con ambas manos, medida apretada y rebosante. No podemos comprar, no merecemos, no podemos reclamar, pero podemos confiar en que él dará. Dios es amor; y el Amor no puede abstenerse de dar, o deja de ser Amor.
¡Y sin embargo, cuánto se inclina Dios! Es tan grande que su grandeza es inescrutable. Habita en la altura y la santidad. Su sol está a noventa y siete millones de millas de nuestra tierra; ha llenado los cielos de innumerables constelaciones, y a cada una la llama por su nombre. Pone el Himalaya en la balanza, y las islas son como polvo en sus pesas; pero Jesús nos ha enseñado a decir: «¡Padre nuestro, danos pan!». Cuando nos turben la inmensidad del cielo y las distancias del universo, volvamos al discurso del que forma parte esta oración, y que nos dice que el gran Dios piensa en el vestido de los lirios, en el vello de las alas de una mariposa, en el alimento de los leoncillos del bosque, en la provisión de bellotas que las ardillas acumulan para su sustento. Es maravilloso recordar que, desde los primeros días de la estancia del hombre en la tierra, nuestro Padre ha estado acumulando provisiones para nosotros. Aunque seamos de los hijos más jóvenes del Tiempo, llegamos a una mesa tan ricamente surtida y provista como la de los que probaron primero su generosidad. «No temáis, porque al Padre le ha placido daros».
ORACIÓN
Padre celestial, que no me inquiete por la provisión ni por el camino de mañana, sino que confíe en que tú proveerás y guiarás hoy. Abre tu mano y colma el deseo de todo ser viviente. AMÉN.
7 de mayo
EL PERDÓN DE DIOS
«Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que falta a su deber para con nosotros».— Lucas 11:4. WEYMOUTH
EL PERDÓN es la prerrogativa exclusiva del cristianismo. Las escuelas de la moral antigua tenían cuatro virtudes cardinales: la justicia en las relaciones humanas; la prudencia en la dirección de los asuntos; la fortaleza para soportar la aflicción o el dolor; la templanza o dominio propio. Pero nada sabían de la misericordia ni del perdón, que no es natural al corazón humano. El perdón es una planta exótica que Cristo trajo consigo del cielo. Mientras permaneció en la tierra, perdonó, y dejó como mandato y como ejemplo que su pueblo había de perdonar así como había sido perdonado.
Nuestro Señor no quiere decir que el perdón de Dios se mida por el nuestro, ni que nuestro perdón sea la causa del de Dios. Ninguna de estas es la verdadera interpretación de esta cláusula, sino que Dios no puede perdonar a un espíritu que no perdona. El único indicio seguro de que nuestra contrición y nuestro arrepentimiento son genuinos es que perdonemos a quienes nos han ofendido. Si no perdonamos, eso demuestra que nunca hemos llegado a esa verdadera posición del alma delante de Dios en la cual él puede perdonar.
¿Qué hay de ti? ¿Perdonas? ¿O hay hombres y mujeres a quienes te niegas obstinadamente a perdonar? Si los hay, eso muestra que tu propia alma no está bien delante de Dios; tu amor a Dios se mide por tu amor a los hombres; tu relación con Dios se revela en tu relación con tus semejantes. El que no ama a su hermano al cual ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto. Descubre dónde estás hoy. Si hay alguien en tu vida por quien te niegas a orar y a quien te niegas a perdonar, sabe que tu corazón no está bien con Dios.
Haz lo primero: comienza a orar por ellos, y di: «Perdónanos: a ese que me ha herido, a ese hombre que me ha ofendido; él necesita perdón, pero yo lo necesito igualmente. Los dos estamos en falta. Pude haberle hecho más fácil obrar bien de lo que se lo hice». En segundo lugar, pide la oportunidad de encontrarte con él. En tercer lugar, reclama que, cuando lo encuentres, haya en ti la realeza de la gracia de Dios, para que te conduzcas con ese amor raro y lleno de gracia que cubre multitud de pecados. Está dispuesto a que, por tus labios, la compasiva misericordia de Dios se derrame en palabras de bondad y ternura humanas.
ORACIÓN
Perdónanos, te rogamos; aparta nuestro pecado tan lejos como está el oriente del occidente. No te acuerdes más de él; échalo tras de ti como en lo profundo del mar. Que seamos benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó en Cristo. AMÉN.
8 de mayo
LA LIBERACIÓN DE DIOS
«No nos metas en tentación, mas líbranos del mal».— Mateo 6:13.
NUESTRO SEÑOR une su propia oración a la nuestra cuando dice que oremos: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal». Recordamos que él fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado, y que fue tentado «en todo» según nuestra semejanza, aunque en su caso sin pecado. Es admirable saber que, por una maravillosa unidad de naturaleza, el Hijo de Dios mismo recorrió la temida senda de la tentación.
Y si bien tenemos esta naturaleza moral que nos une, por un lado, al Cristo eterno, nuestro Capitán, que pasó por la misma prueba, también estamos unidos a todo hombre, mujer y niño del mundo entero. Pues, aunque podríamos suponer que hay tal diversidad de vidas que algunas estarían seguras de verse libres de la tentación, una inspección más atenta de nuestra suerte común revela que es inevitable para todos nosotros.
La tentación se cuela en la habitación del enfermo lo mismo que en el apogeo de nuestra salud. Encuentra el camino hasta el retiro del estudiante, así como persigue los pasos del hombre de mundo en sus negocios. Llega al ministro, con su tendencia a la euforia o al desaliento, tanto como al criminal; al pobre tanto como al rico. No hay vida, por protegida que esté, que no esté expuesta a la ráfaga y al siroco de la tentación. Por eso pronunciamos esta oración como uno solo: «nos».
¡Pero cobremos ánimo! Recuerda que es al Padre a quien se dirige esta oración. Él nos hizo, y sabe exactamente lo que podemos soportar; nos ama, y su tierno socorro está siempre a nuestro lado. Se acerca y dice: «Estoy contigo en este valle oscuro, y puedo sostenerte en pie; no te habría traído aquí si no hubiera calculado el costo. Puedo ser tu pronto auxilio en este tiempo de angustia. He llevado a otros a través de esta prueba, y puedo llevarte a ti; solo mantente cerca de mí; aparta tu mirada del tentador y ponla en mi rostro; deja de confiar en ti mismo y depende absolutamente de mí, y yo, que te traje a este lugar de prueba, te sacaré de él. ¡Ten buen ánimo! Mira, allí te espera la corona que el Señor, juez justo, dará a cada soldado que le haya sido fiel en la hora de la prueba, y no podrías obtenerla si no soportaras esto. Es porque quiero que venzas por lo que te doy la oportunidad de esta dura batalla».
ORACIÓN
Padre, así sea; mi carne y mi corazón desfallecen, pero tú eres la roca de mi corazón y mi porción para siempre. No permitas que seamos vencidos por el mal; ayúdanos a vencer con el bien el mal. AMÉN.
9 de mayo
EL TRIUNFO DE DIOS
«El reino del mundo ha venido a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos».— Apocalipsis 11:15.
EN MEDIO de esta babel de voces discordantes nunca ha faltado el clamor de la Iglesia: «¡Tuyo es el reino!». El dominio sobre los hombres pertenece a Cristo por derecho; pero así como Absalón se hizo rey en oposición a David, así Satanás se ha hecho príncipe de este mundo en oposición a Cristo. Nuestra tierra es escenario de una gran rebelión acaudillada por Satanás, pero Cristo es, a pesar de todo, el legítimo Rey de los hombres. Su reino se extiende de corazón en corazón, y dentro de poco el príncipe de este mundo será echado fuera, y toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Cristo es el Señor. Entonces todos dirán: «¡Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria!». ¡Pero es nuestro privilegio decirlo ahora, cuando las apariencias parecen estar del todo en contra; ahora, cuando el poder del usurpador es tan fuerte!
Sin embargo, no basta con decirlo en general; debemos decirlo en particular. Debemos decir a Cristo nuestro Señor, como los hombres de Israel dijeron a Gedeón: «Reina tú sobre nosotros, pues nos has librado».
«Tuyo es el poder». El millonario dice: «Mío es el poder del dinero»; el orador: mío es el poder de mover multitudes con la palabra; el autor: mío es el poder de las palabras escritas y de los cantos; el científico afirma: mío es el poder de arrancar sus secretos a la naturaleza. Pero al cabo de un tiempo la riqueza se desvanece, la lengua se paraliza, la mente decae, y así aprendemos que no tenemos ningún poder propio. Nos vienen visiones de lo que es bueno y el deseo de hacerlo, pero cómo realizarlo, esa es la dificultad, y clamamos: «Dame poder para servir, poder sobre mí mismo, poder para vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente». Y en respuesta llega esta palabra del Señor ascendido: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra»; y al captar esas palabras, respondemos así: «Tuyo es el poder». ¡Es tuyo para que sea mío!
«Tuya es la gloria». Vivamos el espíritu de esta oración. Cuando alguien nos alabe por alguna excelencia o algún logro en la vida o en el carácter, no olvidemos nunca levantar los ojos a él y decir: «Tuya es la gloria». Vivamos de tal manera que los hombres queden detenidos por el resplandor de nuestro carácter, y digan: «¡Cuán glorioso debe de ser el Cristo que ha hecho tan hermosos a estos!», y se sientan constreñidos a seguirle.
ORACIÓN
Ayúdanos, oh Dios, a entronizar a Cristo en nuestro corazón, para que, habiéndolo glorificado, recibamos su Espíritu como ríos de agua viva. AMÉN.
10 de mayo
NUESTRO ASENTIMIENTO
«Diciendo: ¡Amén!».— Apocalipsis 7:12.
AMÉN SIGNIFICA: «Así sea; ciertamente». Es la palabra que en los Evangelios se traduce constantemente por «de cierto». Contiene el consentimiento del corazón y la respuesta de la vida. Amén significa que te apropias de cada palabra que se pronuncia, que tu corazón le dice Sí y la marca con el sello de su consentimiento. Que tu vida diga «Amén» a Dios, «Amén» a la providencia, «Amén» a la redención, «Amén» al cántico del cielo.
Cuando te veas probado y perplejo por las aflicciones y los problemas de la vida, apártate de ellos —que marean la mente y enferman el corazón— y considera al Padre de nuestro Señor Jesucristo, «Padre nuestro», de quien ha emanado todo rayo de amor del universo; y recuerda que nada puede ser permitido ni dispuesto por él que no esté en armonía con el trato más tierno y más verdadero que un padre terrenal pudiera dar a su hijo. Así podrás decir: «Amén, Señor».
No debemos detenernos en las cuestiones oscuras y desconcertantes que bullen y hierven a nuestro alrededor. Debemos levantar los ojos al cielo azul de sol sin nubes: el corazón de nuestro Padre. Él tiene que ser Amor, más allá de nuestros conceptos más profundos, más tiernos y más elevados de lo que es el amor. En su trato con nosotros y con todos los hombres, el amor es la esencia y la ley de su naturaleza. En la medida en que creas humildemente en el Padre, podrás decir «Sí», que es una traducción fiel de la palabra griega que en nuestra versión se traduce «Así» (Mateo 11:26).
Nuestro Señor pudo decir no solo «Así, Padre», sino también «Te doy gracias»; y vendrá un día en que los veinticuatro ancianos, que representan a la Iglesia redimida, verán el juicio de su gran adversario y dirán: «¡Amén! ¡Aleluya!» (Apocalipsis 19:4). Aquí podemos decir «Amén», y no a menudo «Aleluya»; allá, las dos cosas: el asentimiento y el consentimiento; la aquiescencia y la aclamación; la sumisión a la voluntad de Dios y el estallido triunfante de alabanza y adoración. Anticipemos aquella edad en que conoceremos como somos conocidos; en que estaremos perfectamente satisfechos, perfectamente jubilosos, perfectamente bienaventurados; en que toda sombra de malentendido y de error se disipará, y nos uniremos al himno de la Iglesia redimida: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los siglos».
ORACIÓN
Oh Dios, hay muchas cosas que tememos, pero estamos encerrados en ti; no pueden tocarnos sino con tu permiso, y si permites que entren en nuestra vida cosas que parecen malas, ha de ser para bien. Haznos creer que todas las cosas ayudan a bien. AMÉN
11 de mayo
UN SALMO DE BIENAVENTURANZA
«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos. Antes en la ley del Señor está su delicia».— Salmos 1:1-2.
EL HOMBRE bienaventurado, o feliz, se describe en forma negativa (Salmos 1:1). Hay una gradación en la actitud, en la esfera de influencia y en la condición de sus compañeros. En la actitud, podemos empezar andando, pasar a estar de pie y terminar sentados. Si queremos evitar sentarnos, guardémonos de andar o de detenernos. En la esfera de influencia, el comienzo de la apostasía es cuando un hombre escucha el consejo; después se desliza al camino que pisan los pecadores, y finalmente se endurece lo bastante para sentarse donde la conversación burlona lo rodea por todas partes. La condición de las malas compañías. Nos repelería vernos arrojados de repente al contacto con los escarnecedores, pero quizá nuestro sentido moral no se sienta especialmente ofendido por el consejo de los malos. De hecho, el consejo que dan los malos se parece a veces mucho a lo que nuestro corazón sugiere y nuestro gusto prefiere. Es tan engañoso, tan aparentemente sensato y natural, que nos cautiva. Solo poco a poco nos deslizamos de los que olvidan a Dios a los que desafían su ley o blasfeman abiertamente contra él.
Debemos considerar cuidadosamente nuestro motivo para ir entre los impíos. Si es para ayudarlos y salvarlos, como hizo nuestro Señor, ningún daño nos vendrá. Pero si entramos en el camino de los pecadores para nuestra propia diversión, ¿hemos de sorprendernos si la lozanía se va del fruto, y el filo de la herramienta? Examinémonos. ¿Nos sobresalta y escandaliza ahora, como antes, una alusión indecente o una palabra blasfema? ¿Hay un proceso de embrutecimiento en marcha? Aun donde no nos daña la mundanalidad, podemos sufrir por el contacto con los bajos ideales de nuestros hermanos en la fe. Velemos y oremos; considerémonos unos a otros y exhortémonos los unos a los otros cada día, para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Hebreos 3:13).
El hombre bienaventurado, o feliz, se describe también en forma positiva (Salmos 1:2). Esta delicia brota con tanta naturalidad como el apetito cuando el alma está sana. Bajo la inspiración de esa delicia meditaremos continuamente en la Palabra de Dios, guardándola en el corazón y recitándola cuando vamos de viaje o en la oscuridad.
Recuerda que el Señor conoce el camino que tomas. Siente cada sacudida y cada vaivén, las colinas pedregosas y el valle fácil, los enemigos que acechan. Bajo su custodia nunca llegarás a ser como el tamo ligero, ni como el camino de los malos, que perece, escrito en el polvo.
ORACIÓN
Nos encomendamos a ti, amado Señor, a nosotros mismos y a los que amamos. Ponemos nuestra mano en la tuya, para que nos guíes por el camino no transitado». AMÉN.
12 de mayo
UN SALMO DE LA VIDA
«El Señor es mi pastor; nada me faltará. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida».— Salmos 23:1-6.
¡ESTE ES «el ruiseñor» entre los cantores de los Salmos! El primero que aprendemos en la infancia, el último que susurramos con labios moribundos. Implica consagración, porque Dios es esto solamente para el alma que se le ha rendido por completo. No puedes tener todo de Dios, ni a Dios en todo, hasta que estés dispuesto a rendir tu todo. ¿Quieres poner «mi», el pronombre posesivo, delante del nombre de Dios? Entonces debes estar dispuesto a responder a su voz y a seguirle adonde él te guíe. «Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen; mas al extraño no seguirán».
¡Mañana! La guía del Pastor. Cuando saca sus ovejas del redil, en la mañana cubierta de rocío, va delante de ellas por la hierba o por la senda del monte hacia los pastos. Nunca convendría que el rebaño fuera delante de él. Cualquiera que sea la aspereza que encuentres en tu camino, recuerda que el Pastor ha ido delante. «Me guiará». Recuerda también que su nombre y su carácter están comprometidos en hacerte pasar «por amor de su nombre».
Mediodía: el alivio del descanso. En todas las vidas hay momentos en que él nos hace yacer, o nos conduce junto a aguas de reposo. A veces es un período de convalecencia tras una enfermedad. A veces unas vacaciones, un intervalo entre la presión de los compromisos, una tregua cuando la tensión y el esfuerzo del trabajo han pasado: estos son nuestros tranquilos pastizales. Otras veces, en medio del ajetreo y el tumulto de la vida, nuestra alma es guardada en reposo en la paz de Dios. El corazón descansa una fracción de segundo entre latido y latido. «¡En lugares de delicados pastos me hará yacer!»
Noche: el aceite y la copa. El rebaño ha llegado al redil donde ha de abrigarse. A la puerta está el Pastor, observando a cada oveja que pasa. Esta se ha arañado y desgarrado la cabeza al atravesar un seto, y para ella está el aceite de la unción. Cerca de su mano están el alimento y el agua, con la que llena el cuenco para lavarle la cara o darle refrigerio; y como rebosa, ¡es evidente que hay de sobra!
El bien y la misericordia siguen al rebaño, mientras el Pastor va delante. «La casa del Señor» es el redil del que nunca más saldremos, y el Cordero será nuestro Pastor y nuestro gozo permanente para siempre.
ORACIÓN
Oh Señor, sostennos todo el día de esta vida turbulenta, hasta que las sombras se alarguen y llegue la tarde, se acalle el mundo afanoso, pase la fiebre de la vida y nuestra obra esté hecha; entonces, Señor, en tu misericordia concédenos un albergue seguro, un santo descanso y paz al fin, por Jesucristo nuestro Señor. AMÉN.
13 de mayo
UN SALMO DE COMUNIÓN
«Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor».— Salmos 116:13.
«Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados».— Mateo 26:27-28.
TODO DISCÍPULO cristiano debería participar regularmente de la Cena del Señor. Es un Sacramento. En los días de la república romana, a los jóvenes se los llevaba al altar y se les hacía jurar que servirían a su patria hasta la muerte. Así, nuestra primera Comunión es nuestro juramento de lealtad a nuestro Rey. Es una proclamación, o confesión, de nuestra fe. Damos testimonio de la muerte de Cristo como nuestra esperanza de perdón y de salvación. Atestiguamos nuestro deseo de poner su cruz y su sepulcro entre nosotros y el mundo. Es también un vínculo de unión cristiana.
Es una Prenda del Pacto. La muerte de la cruz fue la señal y el sello de Dios para el nuevo pacto, cuyas disposiciones se enumeran en Hebreos 8:1-13. Cuando bebemos el vino es como si dijéramos: «Acuérdate de tu pacto». Permíteme hacer un llamamiento a todos, y especialmente al joven discípulo, a acercarse y tomar el pan y el vino, y a meditar profunda y reverentemente en aquel Don supremo que exige la entrega de nosotros mismos. «¿Qué pagaré al Señor? Tomaré la copa, pagaré mis votos» (Salmos 116:13-14).
La expresión de este Salmo es notable: «Tomaré la copa de la salvación». Cuando preguntamos qué salvación, leemos: «Rompiste mis prisiones» (Salmos 116:16), y recordamos Apocalipsis 1:5: «Al que nos ama, y nos ha desatado de nuestros pecados con su sangre». Estamos atados y ligados por nuestros pecados; nuestros hábitos pecaminosos nos sujetan fuertemente con sus correas. Pero nuestro Señor nos desata por su cruz.
Observa con qué triunfo el salmista confiesa su lealtad a su Señor celestial. Una y otra vez declara: «Oh Señor, ciertamente yo soy tu siervo. Yo soy tu siervo». Y nosotros somos los siervos, o esclavos, de Jesús. Si se pregunta qué son «los sacrificios de acción de gracias», podemos responder: primero, el sacrificio de nosotros mismos (Romanos 12:1). Después, el sacrificio de nuestra alabanza y de nuestras ofrendas (Hebreos 13:15-16). No de mala gana ni sin pensar, sino con alegre presteza, acerquémonos al altar de Dios. Por todo lo que le debemos, no dejemos nunca de vivir y servir, de alabar y dar.
ORACIÓN
Te pedimos que podamos comer y beber, y hacer todo lo que se nos llame a hacer, en memoria de Cristo y para manifestar su vida. Que el espíritu de adoración impregne cada acto de la vida diaria. AMÉN.
14 de mayo
UN CÁNTICO DEL SANTUARIO
«Señor, la habitación de tu casa he amado, y el lugar de la morada de tu gloria».— Salmos 26:8.
PROBABLEMENTE NUNCA valoramos tanto la casa de Dios como cuando estamos separados de ella. El autor de este Salmo estaba evidentemente en el destierro.
Envidiaba a las mismas aves que anidaban en los lugares santos donde él solía adorar. Los peregrinos que iban de camino hacia allá, y los porteros que estaban en el umbral, le parecían, en su ardiente anhelo, en mejor situación que él. Robinson Crusoe echaba de menos el sonido de la campana de la iglesia cuando ya no podía acudir a su llamada. Hay una extraña fascinación en el sonido del culto para quienes durante años se han visto privados de ese privilegio. Seamos agradecidos por «los medios de gracia» y hagamos buen uso de ellos con reverencia mientras están a nuestra disposición.
Para hallar «amables» las moradas de Dios, debemos amar al Señor de los ejércitos como nuestro Rey y nuestro Dios. Pon a Dios en el lugar que le corresponde en tu corazón y en tu vida, y amarás sus palacios. Cuando Dios es adorado como Rey, seremos reverentes, seremos puntuales, vendremos con el corazón preparado y expectante. Cualquier cosa que distraiga en la manera del ministro, en el canto del coro o en el ambiente del lugar no afectará al alma que está ocupada con Dios.
Es una bendición que los caminos hacia Sión tengan un lugar en el corazón de un hombre: que esté decidido a recorrerlos, sueñe con ellos y los ame por la meta a la que conducen. En nuestra peregrinación terrenal tenemos nuestros valles de abatimiento y de lágrimas, lo mismo que nuestras cumbres de transfiguración. Gracias a Dios, la vida no es una larga y aburrida monotonía. No censuremos el camino, sino saquemos de él el mejor partido. Cada fase de nuestra experiencia tiene sus compensaciones. Búscalas. Si tomas el valle, hallarás el manantial; si tomas el monte, tendrás el horizonte. Pero sea valle o monte, cualquiera de los dos te lleva a la meta deseada.
Este Salmo deja claro que Dios es el Escudo de su pueblo. En la noche es nuestro Sol; de día, cuando los rayos del sol nos hieren como espadas, es nuestro Escudo (Salmos 121:5-6). Cualquiera que sea tu suerte, Dios será su contrapeso y su equivalente. Cuando el alma ha sufrido un desastre y se ve perseguida, ¡qué consuelo es esconderse en Dios como nuestro Escudo! Lo que es una puerta blindada de hierro cuando el fuego se precipita por el corredor, eso es Dios para el alma que se refugia en él. Él nos rodea por detrás y por delante.
ORACIÓN
Danos gracia, te suplicamos, para no perder, por nuestra apatía o nuestra incredulidad, nada de lo que tú esperas concedernos. Enséñanos a apropiarnos de lo que nos ofreces y a recibir lo que quieres impartirnos. AMÉN.
15 de mayo
UN SALMO DE GRATITUD
«Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios».— Salmos 103:2.
AL SALMISTA le gusta dirigirse a su alma, como para despertarla del letargo. Dentro hay todo un coro de músicos: ¡que despierten todos! Todo lo que hay dentro de nosotros debe estar afinado para Dios y su alabanza. No suspiremos por el pasado ni nos afanemos por el futuro. A menudo olvidamos los raros beneficios del momento presente, porque suponemos que hay algo más plenamente satisfactorio por delante. Aquí y ahora Dios está perdonando, sanando, rescatando, coronando, saciando y haciendo justicia. ¡Vive en el presente! ¡Vive en Dios, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos! Es suficiente. Los registros pasados del trato de Dios con su pueblo son un estímulo para la fe. Lo que él fue, lo es. Es una fuente que rebosa de amor compasivo, el cual se desborda en misericordia y perdón.
Hay cuatro comparaciones y contrastes en Salmos 103:10-18. «Como la altura de los cielos… Cuanto está lejos el oriente… Como el padre… En cuanto al hombre…». Los antiguos pensaban que el firmamento era sólido, una especie de techo azul. ¡Qué inmensidad de nuevo significado podemos leer en las palabras: «Como la altura de los cielos sobre la tierra»! Hay una distancia infinita por encima de nosotros, pero no más infinita que la misericordia de Dios. Para la mente oriental, el oriente y el occidente eran los puntos donde el sol parecía levantarse sobre la superficie de la tierra, «reclinando su barbilla en la ola oriental», y corriendo las cortinas de la noche. Para nosotros, el telescopio revela la distancia casi inconcebible entre la tierra y el sol; pero esa es la distancia a la que Dios ha alejado nuestras rebeliones. La compasión de un padre por su débil y diminuta criatura es muy conmovedora. ¡El argumento más fuerte ante Dios es el de la debilidad indefensa! El Hijo de Dios fue hecho semejante a los hombres, y «él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo».
El último contraste estaba en la mente de nuestro Señor cuando señaló las flores a sus pies (Mateo 6:30). Generaciones de flores brotan y mueren en la vasta extensión de la naturaleza: tan frágiles, tan hermosas, tan pasajeras. Las generaciones de la humanidad no son más permanentes. Pero la misericordia del Señor es desde la eternidad y permanece para siempre.
Se oye la voz del salmista: «¡Bendice, alma mía, al Señor!». Nos recuerda al director de una inmensa orquesta y coro, cuyo oído educado echó de menos la nota del flautín. Así Dios echará de menos tu voz si te abstienes de alabarle.
ORACIÓN
Oh Dios bendito, siempre ocupado en darnos tus dones más escogidos a nosotros, tus hijos indignos, acepta la gratitud para la que no tenemos palabras. Que nos gocemos en todo el bien que nos envías. AMÉN.
16 de mayo
EL SALMO DEL ARREPENTIMIENTO
«Yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos».— Salmos 51:3-4.
«Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios».— Romanos 3:23.
ESTE SALMO es una escalinata del templo, gastada por los pies de miríadas de penitentes. Sus páginas están mojadas por las lágrimas tanto de los más santos como de los más pecadores. Agustín hizo escribir estos versos en las paredes de su diminuta celda de Hipona, para apropiárselos constantemente. Quizá nos sean más preciosos al final de la vida que al principio.
Observa las definiciones del pecado. Es un borrón o mancha en la hermosa página de la vida; de ahí el clamor: «Borra mis rebeliones». ¡Ojalá Dios borrara los garabatos y los borrones de nuestros años posteriores y nos devolviera la fresca belleza de nuestra juventud! Es una mancha en la túnica blanca del alma; de ahí la petición: «Lávame más y más de mi maldad». Solo hay un camino para entrar en la Ciudad Santa: «Bienaventurados los que lavan sus ropas, y las blanquean en la sangre del Cordero». Es lepra; de ahí el clamor: «Límpiame de mi pecado; purifícame con hisopo, y seré limpio». Había, pues, un significado especial para ti y para mí cuando Jesús extendió su mano y tocó al leproso, diciendo: «Sé limpio».
Observa la condición del perdón. Es la confesión. La rebelión debe ser reconocida. Debemos comprender que el pecado no es solo contra el hombre, sino contra Dios, a quien el hombre pertenece, y que se siente agraviado por todo pecado como si se cometiera directamente contra él. Y nuestra confesión no debe ser superficial, sino profunda y escudriñadora del corazón. Debemos remontarnos a nuestros orígenes más tempranos, a nuestra relación con una raza pecadora, a lo íntimo y oculto de nuestro ser.
Observa el clamor por la pureza y la justicia de vida. El corazón limpio tiene que ser creado, porque no hay en nosotros materiales de los cuales pueda ser formado o moldeado. Efesios 4:24 nos dice que se ha hecho plena provisión para ello. Deseamos un espíritu «recto», o firme, que no se desvíe a derecha ni a izquierda, sino que avance derecho hacia la meta. La palabra griega para pecado significa «errar el blanco». Anhelamos un espíritu que no se desvíe. Deseamos un espíritu «libre», o dispuesto (R.V. marg.). ¡Ah, qué transformación hay aquí! Pero se ha efectuado en miríadas (1 Corintios 6:11).
ORACIÓN
¡Padre celestial! Perdona nuestros muchos pecados, ignorancias y fracasos, y límpianos de toda maldad por amor de Jesucristo, nuestro Señor. Que aborrezcamos el pecado como tú lo aborreces, y que tu gracia penetre más hondo en nuestro corazón, purificando las fuentes del pensamiento y de la acción. AMÉN.
17 de mayo
LA SED DEL ALMA POR DIOS
«Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas».— Salmos 63:1.
EL ANHELO del alma por Dios solo se hace sentir cuando todos los deleites menores y los gozos terrenales quedan relegados a su justo lugar. Si no tienes conciencia de esta sed del alma, es porque tu corazón trata de saciarse en el mundo y está ocupado en cavar pozos que no pueden retener el agua. La mujer dijo con razón a Jesús que venía desde tan lejos a sacar agua porque no tenía otra alternativa; pero en cuanto él sació la sed de su alma abriendo el manantial dentro de ella, «dejó su cántaro». La mayoría de nosotros estamos tan ocupados con los negocios, la búsqueda del placer, el hacer dinero y las nimiedades, que no tenemos tiempo ni interés para Dios.
«Mi alma será saciada» (Salmos 63:5). Se necesita muy poco y muchísimo para saciar el alma. Muy poco de este mundo. Como dijo nuestro Señor a Marta, solo una cosa es realmente necesaria. Y sin embargo muchísimo, porque nada menos que Dios bastará; y más no podemos pedir. Desear a Dios es tenerlo. Tener sed del agua de vida es beberla. Por eso dice nuestro Señor: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia». No suspiremos por cosas y personas que no están aquí con nosotros. Podemos estar en pobreza, privación y soledad, y sin embargo todas las cosas y todas las personas son nuestras en este momento, porque tenemos a Dios. ¿Por qué no decir, aquí y ahora: «Tengo a Dios, y por tanto tengo todo lo bueno que hay en cada persona y en cada cosa»? ¿Por qué habría de lamentarse el pez que tiene el océano para nadar?
«Mi alma te sigue de cerca» (Salmos 63:8). Dios parece a veces retirarse del alma, como la madre suelta al niño que está aprendiendo a andar, para animarlo, sin que él lo sepa, a seguirla mientras ella retrocede con los brazos extendidos. ¿No se retiró Cristo de la mujer, induciéndola a seguirle de cerca (Mateo 15:21-28)? Así pues, «prosigamos en conocer al Señor».
Al cerrar esta porción, preguntémonos si podemos repetir sinceramente el primer versículo. ¿Podemos decir de Dios: «Dios mío eres tú»? Él es nuestro, pero debemos buscarle. Debemos, por así decirlo, levantar las cercas de nuestra fe en un recinto cada vez más amplio de Dios, nuestro Padre y nuestra Porción. Al emigrante no le basta con tener lo que llama «una concesión». Tiene que explotar los recursos que yacen enterrados en su parcela. Los diamantes de El Cabo se descubrieron por primera vez gracias a un niño que jugaba con una piedra blanca, pero desde entonces no se ha dejado de buscarlos.
ORACIÓN
Oh Dios, algunos de nosotros estamos llenos de un deseo infinito. Abre tu mano y sacia nuestros anhelos. Acércate a nosotros cuando te invocamos. Oye nuestra oración y sálvanos. AMÉN.
18 de mayo
EL SALMO DE LA HEREDAD
«Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel».— Números 18:20.
«Mi porción es el Señor, dice mi alma; por tanto, en él esperaré».— Lamentaciones 3:24.
ES ALGO maravilloso poder mirar a Dios como nuestra porción, poder poner la mano sobre toda su naturaleza y decir que no hay nada en Dios que no contribuya de algún modo a mi fuerza y a mi gozo. Le hace a uno pensar en los primeros días del asentamiento de los emigrantes en el Lejano Oeste de Canadá o en Australia. El colono y su familia avanzaban lentamente, con sus aperos y sus semillas, hasta llegar a la parcela de tierra que el Gobierno les había asignado. Al principio la familia acampaba en el borde; después la exploraba, y recorría de un lado a otro sus acres con la sensación de que todo les pertenecía, aunque había que ponerlo en cultivo. El primer año, dentro de la cerca levantada a toda prisa, el granjero y sus hijos comenzaban a cultivar una pequeña porción de su territorio recién adquirido. Esto daba las primeras cosechas; al año siguiente empujaban las cercas más afuera, hasta que, al cabo de cierto número de años, todo quedaba cultivado.
Así sucede con la poderosa naturaleza de Dios. Cuando nos convertimos y somos llevados a conocerle por nosotros mismos, apenas podemos pretender comprender una pequeña porción de la longitud, la profundidad, la anchura y la altura de su amor; pero a medida que los años pasan lentamente, en medio de las circunstancias de la aflicción y la tentación y de la pérdida de las cosas terrenales, somos llevados a contar cada vez más con Dios, hasta que la inmensidad de nuestra heredad, que nunca podrá ser plenamente explorada ni aprovechada, se abre ante nuestro entendimiento. No es de extrañar que el salmista prorrumpa en acción de gracias en Salmos 16:6-7 y en el Salmo 91.
El alma piadosa se goza en Dios como su gran Heredad. Cuando él está siempre presente en nuestra mente, cuando nos servimos constantemente de él, cuando nos sorprendemos volviéndonos a él con naturalidad a lo largo de las horas del día, entonces desciende sobre nosotros tal paz y reposo que ninguna ansiedad del presente o del futuro puede movernos. La muerte misma no cambiará nada, salvo que el cuerpo que ha nublado nuestra visión quedará atrás, y el alma emancipada podrá explayarse más plenamente en su heredad, que es incorruptible, incontaminada e inmarchitable (1 Pedro 1:4-5).
ORACIÓN
Te damos gracias, oh Señor, porque todas las cosas son nuestras en Cristo, y obran para nosotros, cooperan con nosotros y nos llevan adelante hacia el glorioso destino para el cual nos estás preparando. AMÉN.
19 de mayo
EL BORDE PLATEADO DE LA NUBE OSCURA
«¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, a él, que es la salvación de mi rostro, y mi Dios».— Salmos 42:5, Salmos 42:11; Salmos 43:5.
ESTOS DOS Salmos son evidentemente uno solo. ¡Mira cómo el mismo estribillo resuena en ambos! Generalmente se sitúan en aquel triste tiempo de la historia de David en que la rebelión de su hijo predilecto, Absalón, lo empujó al destierro más allá del Jordán (2 Samuel 15:14). Pero en medio de los grandes dolores que pasaban sobre su alma, había un ingrediente alegre. ¡Tres veces el salmista se anima a sí mismo a esperar! Para muchas almas afligidas este es un emblema fiel. En medio de toda la decepción y la desesperación de la vida, hay siempre una cuerda de esperanza: ¡Dios! Puede que estemos en pie entre las ruinas de nuestras esperanzas terrenales. Por mala conducta o por error, como resultado de la necedad o del pecado, quizá nos hayamos reducido a nosotros mismos y a nuestros seres queridos al último grado de la miseria; pero el alma siempre puede volverse de su bajo estado hacia Dios, segura de que él tendrá misericordia, será amplio en perdonar y hará retroceder la presión adversa de la marea.
¡Mira cómo el quebrantado de corazón todavía puede hablar de Dios! Este hombre había pecado gravemente. Parecía haber perdido todo derecho al reconocimiento y al cuidado de Dios. Había traído vergüenza y deshonra a la causa de la religión. A lo largo de los años, la historia de su maldad daría a los enemigos de la verdad abundante motivo para blasfemar. ¡Y sin embargo, mira cómo se atreve a hablar de Dios! Lo describe como el Dios de su vida, como su Roca, como la Salvación de su rostro, el Dios de su fortaleza y la Alegría de su gozo. ¡Esta es una gran lección! Nosotros podemos cambiar, pero Dios no cambia nunca. Podemos apartar de él nuestro rostro, o permitir que alguna cosa mala se interponga entre nosotros y el claro resplandor de su rostro. Pero él sigue brillando, y cuando confesamos nuestros pecados y los desechamos, nos hallamos de nuevo en el claro haz de sus rayos luminosos. Puede que hayas perdido toda esperanza en ti mismo, en tus amigos, en tus circunstancias, pero nunca debes perder tu esperanza en Dios.
El pasado, que solo puede contemplarse con arrepentimiento, está perdonado; el presente, en el cual Dios está dispuesto a serlo Todo en todos; el futuro, cuando de nuevo el alma le alabará con labios de júbilo. La esperanza mira al futuro. «Aún he de alabarle».
ORACIÓN
Padre nuestro, perdona, te rogamos, nuestras murmuraciones y nuestro descontento, nuestra perversidad y nuestro capricho. Enséñanos a discernir el borde plateado de las nubes amenazadoras y a confiar en tu amor, que nos conduce con seguridad y por camino recto a nuestro hogar. AMÉN.
20 de mayo
EL SALMO DEL PORTERO
«Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad».— Salmos 84:10.
ESTE SALMO ha sido uno de los favoritos del pueblo de Dios en todas las épocas. Cuando Carlyle dejaba, lleno de duda y desaliento, su tranquilo hogar montañés de Craigenputtock por el tumulto desconocido de Londres, citó este Salmo como consuelo para su hermano y para sí mismo, diciendo: «Vuelvo mis pensamientos hacia el cielo, porque solo en el cielo hallo algún fundamento para nuestra pobre peregrinación en la tierra. Tan ciertamente como la cúpula azul del cielo nos rodea a todos, así nos rodea la providencia del Señor del cielo. “Ninguna cosa buena negará a los que le aman”. Esto, como fue la fe del antiguo salmista, sea también la nuestra. Es, a mi juicio, el Alfa y la Omega de todas las posesiones que pueden pertenecer al hombre».
En la ausencia y en la distancia, el corazón del verdadero creyente se vuelve a Dios. Cree que tiene acceso directo a él y que su oración será aceptada (Salmos 84:8). David, como rey ungido, tenía derecho a pedir que Dios, que era su Escudo, mirara su rostro; pero nosotros tenemos un argumento aún mejor, porque podemos pedir que Dios mire el rostro de su propio Hijo glorioso y amado, y nos acepte en él (Salmos 84:9).
Imitemos la humildad de este hombre y estemos dispuestos a tomar el último lugar (Lucas 14:10-11); pero debemos guardarnos de enorgullecernos de nuestra humildad. Algunos ocupan los últimos asientos para que se les pida pasar adelante. Malinterpretan las palabras del Señor. Se dice que siempre hay sitio en la cumbre; igualmente cierto es que hay mucho sitio abajo; y si hombres y mujeres se ciñen de verdad con una toalla y lavan los pies de los discípulos, si están dispuestos a ser porteros en sentido literal y a entregarse al servicio, se les permitirá hacer su obra con poca alabanza, salvo la del Rey mismo.
A todas estas almas humildes Dios da gracia y gloria (Salmos 84:11). Con ambas manos dará y volverá a dar. Solo que debemos practicar el hábito de tomar. La gracia es el capullo cuya flor es la gloria. Si Dios ha dado la una, no negará la otra (Salmos 84:12). Si algo se nos niega, podemos estar seguros de que no es absolutamente para nuestro bien. Ninguna cosa buena negará el Padre; pero no nos dará escorpiones, por hermosa que sea su apariencia, ni piedras, aunque estén pintadas para parecer pan.
ORACIÓN
Enséñanos a permanecer contigo en nuestra vocación diaria, y a comprender que cada esfera puede ser un templo para el servicio sacerdotal. AMÉN.
21 de mayo
LA VOZ DE DIOS EN LA NATURALEZA Y EN LA REVELACIÓN
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Salmos 19:1.
VERSÍCULOS (Salmos 19:1-6): Los que tienen el corazón afinado con Dios pueden oír en la naturaleza voces que son inaudibles para el hombre común. El poeta Blake dice: «Cuando el sol de la mañana asciende por el cielo de oriente, tú quizá veas solo un disco de luz amarilla, mientras que yo veré y oiré a la multitud infinita de la hueste celestial clamando: ¡Santo, Santo, Santo!». Y sin embargo, aunque no hay dicho ni palabras, ¿no es cierto que «sus palabras salieron hasta el extremo del mundo»? No hay nación de hombres que no haya oído la voz de la naturaleza hablando de Dios (Hechos 14:16-17; Romanos 1:20-21).
En Salmos 19:7-11 el salmista describe el efecto de la Palabra de Dios cuando el Espíritu de verdad obra por medio de ella y con ella sobre el alma. Hay muchas maneras de leer la Biblia: como historia, como revelación de los tanteos del hombre en busca de Dios, como una gran obra literaria; pero la mejor manera es pedir al Espíritu divino que haga de ella un medio por el cual pueda acercarse a lo más íntimo de nuestra naturaleza. Escucha la voz de Dios que habla dentro de ti. Guarda silencio para poder oír. El Espíritu escudriña lo profundo de Dios y lo revela a nuestro espíritu (1 Corintios 2:10). Todo lo que Dios ha dicho o ha sido para otros, lo dirá y lo será para ti, con tal que tu corazón sea humilde y contrito. «Háblame, Señor, por profeta y salmista, por lírica y prosa, por relato y exhortación. ¡Habla por tu Palabra para restaurar mi alma, alegrar mi corazón e iluminar mis ojos!». Cuando Dios usa así su propia Palabra con el alma quieta y expectante, es más deseable que el oro fino y más dulce que la miel que destila del panal.
El efecto de la Palabra de Dios, cuando la usa el Espíritu Santo, es muy notable (Salmos 19:11-14). Convence de pecado. Así como el lino se muestra descolorido junto a la nieve recién caída, así nosotros nos damos cuenta de nuestros errores y clamamos para ser limpiados de las faltas ocultas y secretas.
David sabía poco de la gloria y la maravilla de la cruz, donde Dios no perdonó ni a su propio Hijo, sino que en él se inclinó para reconciliar al hombre consigo mismo. Los cielos estrellados, que cuentan la gloria de Dios, y aun la Ley misma, no pueden decirnos lo que nos dice la cruz de Jesús: de un Amor que se midió con el odio, y de una Gracia que no se dejó rechazar por el pecado humano.
ORACIÓN
Te ruego, Señor misericordioso, que no pierda ninguna de las lecciones que deseas enseñarme por tu Espíritu, tu Palabra y tu providencia. AMÉN.
22 de mayo
EL SALMO DE LA ASCENSIÓN
«Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo, y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús».— Efesios 2:4-6.
ESTE SALMO 24 parece estar en dos partes, y sin embargo tiene un solo tema: la subida del alma santa y del Salvador triunfante a la presencia de Dios. Para nosotros, la ascensión de nuestro Señor precede a la nuestra; pero en los días del salmista ese orden estaba invertido.
La Ascensión de nuestro Señor. En un arrebato de poesía, encendido por el Espíritu divino, el salmista anticipa la llegada del Rey de gloria a las puertas de la Ciudad eterna, aquella Ciudad ideal que a lo largo de los siglos ha atraído hacia adelante el corazón de santos y patriotas, y que en Apocalipsis 21 se ve descender a nuestra tierra. Era como si las puertas de lo invisible le cerraran el paso. Se habían abierto a Dios, pero nunca antes a «Dios manifestado en carne». Era algo nuevo que él llevara nuestra naturaleza consigo al mundo invisible y eterno.
La ascensión del alma (Salmos 24:3-6). En Cristo hemos ascendido y estamos sentados a la diestra de Dios. Ningún cambio en tus emociones, ni siquiera el ser sorprendido en alguna falta, puede alterar eso. Pero tenemos que hacer firme nuestra vocación. Lo que es nuestro en el propósito divino debe ser reclamado y apropiado como experiencia viva y diaria. Hay ciertas cualidades de carácter que se requieren de los que han de ser tenidos por dignos de estar en pie delante del Hijo del Hombre, no solo en el más allá, sino ahora, aquí y siempre (Lucas 21:36).
Debemos tener manos limpias. El dinero que ganamos debe ser dinero limpio. Si somos escritores, artistas, mecánicos, profesionales o comerciantes, hombres o mujeres, nunca debemos producir nada que contamine la imaginación o el corazón. Debemos tener un corazón puro. En Isaías 33:14-17, que es un pasaje paralelo, el Espíritu Santo es comparado a un fuego consumidor, en cuya presencia ninguna cosa mala puede vivir. Pidámosle que nos posea así y que limpie los pensamientos de nuestro corazón por su inspiración. No debemos elevar nuestra alma a la vanidad, es decir, no debemos dejarnos envanecer por el aplauso o las recompensas del mundo. Muchos venden su alma por ellos, y solo al final de la vida despiertan para descubrir cuán poco valen. No debemos jurar con engaño, es decir, debemos ser absolutamente transparentes y sinceros, porque solo los veraces pueden estar en la presencia del Rey de la Verdad.
ORACIÓN
Que vivamos como quienes han resucitado con Cristo y están sentados con él. AMÉN.
23 de mayo
EL GUARDA QUE NO DUERME
«No se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador».— Salmos 121:3-5.
ESTE SALMO ha sido llamado el Salmo del Viajero. Cuando los peregrinos partían de sus lejanos hogares para subir al Templo, ninguno de ellos podía prever lo que le sucedería antes de volver a casa. Había peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros en el desierto, peligros de fieras en el camino. Por eso era bueno que se encomendaran a sí mismos y a sus seres queridos al cuidado de Aquel que no se adormece ni duerme. No basta con que el cuerpo sea guardado; necesitamos que el alma sea guardada de todo mal, al salir al mundo con sus microbios de tentación, o al volver al lujo y la comodidad de nuestra morada. Hay tentación por todas partes; ni por un momento estamos absolutamente inmunes.
Hay una diferencia entre adormecerse y dormir. La madre o la niñera que vela al niño puede a veces tener unos momentos de sopor; no es muy reparador, pero hay una breve pausa de inconsciencia. Pero esto nunca le sucede a Dios. Ni por un momento se adormece ni deja de velar por nosotros. Dios nos guarda rodeándonos por detrás y por delante, y pone su mano sobre nosotros (Salmos 139:5). Como un centinela va y viene delante del palacio confiado a su custodia, así la paz de Dios, como un centinela, monta guardia en torno al alma. Hablamos de la torre del homenaje, el círculo interior de la defensa; así la presencia de Dios es nuestra Torre. Pensamos también en la caja fuerte, alrededor de la cual puede jugar el fuego sin tocar su contenido; así el hijo de Dios puede andar en medio del peligro y la tentación, pero Dios lo rodea; está dentro del abrigo del Altísimo, y ninguna arma forjada contra él puede alcanzar ese santuario interior. Entreguemos la custodia de nuestras almas a él como a fiel Creador (1 Pedro 4:19).
Las palabras finales de este Salmo nos recuerdan Juan 14:1-6. Habrá una última salida y una última entrada, cuando la casa de nuestra vida quede vacía y partamos hacia el Padre, a la Casa de muchas moradas, a la gran compañía que nos espera al otro lado. Entonces, en el tránsito entre este mundo y el venidero, y en medio de todos los misterios que se agolparán sobre nosotros, no tendremos que temer mal alguno, porque, traiga lo que traiga la eternidad, siempre estaremos abrigados y guardados por el cuidado del Todopoderoso.
ORACIÓN
¡Dios todopoderoso! Tú sabes que no tengo poder en mí mismo para guardarme. Guárdame por fuera en mi cuerpo y por dentro en mi alma, para que sea defendido de todas las adversidades que puedan sobrevenir al cuerpo y de todos los malos pensamientos que puedan asaltar y dañar el alma. AMÉN.
24 de mayo
EL SECRETO DEL CORAZÓN QUIETO
«Estad quietos, y conoced que yo soy Dios».— Salmos 46:10.
«Quédate quieta, hija mía, porque aquel hombre no descansará hasta que concluya hoy el asunto».— Rut 3:18.
EL PARAÍSO HA desaparecido de nuestro mundo, como desaparece la imagen de un paisaje cuando lo barre la tormenta. Y nuestra raza está casi en la misma situación que Noemí y Rut en esta antigua historia. Hemos perdido nuestra heredad, y la única barrera que se interpone entre nosotros y la desesperación es la Persona y la Obra de nuestro Señor Jesucristo. Pero, gracias a Dios, no tenemos por qué dudar del desenlace. Porque así como Booz reclamó la heredad para Rut, así podemos estar seguros de que Jesucristo nunca descansará hasta que este mundo manchado por el pecado y trastornado sea restaurado a su orden y su belleza primitivos, como cuando alababan todas las estrellas del alba.
Jesús es nuestro Pariente cercano por haber asumido nuestra naturaleza. Es el Amigo más cercano y más querido de nuestra raza, que se humilló hasta morir por nuestra redención. Y el hecho de que llevara nuestra naturaleza en sí mismo al cielo, y la lleve allí, es un vínculo indisoluble entre nosotros. ¡Quédate quieto! ¡No te inquietes! ¡Él nunca fallará, como ciertamente nunca te desamparará!
Busquemos el corazón quieto en nuestras oraciones. La oración debe brotar dentro de nosotros como una fuente de profundidades desconocidas. Pero debemos dejar que Dios responda a su manera, que es la más sabia. Somos tan impacientes, y pensamos que Dios no responde. Una niña pidió a Dios buen tiempo para su cumpleaños, ¡y llovió! Alguien le dijo: «Dios no contestó tu oración». «Oh, sí —respondió ella—, sí contestó; Dios siempre contesta, ¡pero dijo que No!». ¡Dios siempre contesta! ¡Nunca falla! ¡Quédate quieto! Si permanecemos en él, y él permanece en nosotros, pedimos lo que queremos, y nos es hecho. Así como un sonido puede desprender un alud, así la oración de fe pone en movimiento el poder de Dios.
En tiempos de dificultad, ¡quédate quieto! ¡Tus enemigos traman tu caída! ¡Se ríen de tu firme confianza! Pero ¿no has oído su voz que dice: «Este es el camino, andad por él»? Entonces déjale a él que trate con tus enemigos, vengan de donde vengan. Él es tu Roca, y las rocas no se mueven. Él es tu Torre alta, y una torre alta no puede ser inundada. Necesitas misericordia, y de él es la misericordia. ¡No corras de acá para allá presa del pánico! Espera tranquilamente, acallando tu alma, como él acalló los temores de sus amigos en vísperas de Getsemaní y del Calvario. «Descansa en el Señor, y espera en él con paciencia». «Quédate quieto, porque él no descansará hasta que concluya hoy el asunto».
ORACIÓN
Si hoy me perdiera entre las perplejidades de la vida y el ajetreo de muchos deberes, búscame tú, Señor misericordioso, y tráeme de nuevo a la quietud de tu presencia. AMÉN.
25 de mayo
DÍAS DE ALEGRÍA
«Todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a enviar porciones, y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado. Y hubo alegría muy grande. Y leyó en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer día hasta el postrero; e hicieron la fiesta siete días».— Nehemías 8:12, Nehemías 8:17, Nehemías 8:18.
LA ALEGRÍA ES salud. Si logras que un enfermo mire el lado luminoso de las cosas, habrás hecho mucho para que vuelvan a subir en él las mareas de la vida.
Siempre que somos optimistas y alegres, miramos las cosas desde el lado divino y bebemos algo de la eterna alegría de Dios. Y si cultivamos este temperamento, sabremos lo que querían decir Nehemías y Esdras cuando dijeron: «El gozo del Señor es vuestra fortaleza» (Nehemías 8:10).
Si tienes alguna pena secreta, cuéntasela a Dios, pero no la cargues sin necesidad sobre los hombres. Unge tu cabeza y lava tu rostro, para no parecer a los hombres que ayunas, y el que ve las lágrimas en secreto te consolará en público (Mateo 6:17-18). El dolor y la tristeza del mundo son innegables, peores aún de lo que muchos de nosotros imaginamos, pero esto se debe en gran parte a la intrusión del pecado y del egoísmo, que solo el Amor puede expulsar. Y aun esto da ocasión a ese ministerio y esa entrega desinteresados que son las llaves de la vida bienaventurada. En la medida en que dedicamos nuestra vida a ayudar a Cristo en su obra redentora de librar almas de la potestad de las tinieblas y trasladarlas al Reino de la Vida y de la Luz, participamos de su perenne bienaventuranza.
Debió de ser un tiempo de gozo excepcional cuando los desterrados que habían vuelto contemplaron el muro terminado que ahora ceñía la ciudad. Tenían conciencia de una obra acabada. Siempre es una delicia haber hecho lo mejor que podíamos un trabajo que era necesario hacer. Uno de los ingredientes de unas vacaciones verdaderamente gratas es poder mirar atrás a una buena obra de construcción, a un trozo de obra de ladrillo o de piedra que perdurará en el edificio de nuestra propia vida o de la vida de otros.
Además, estaba el Libro de la Ley de Dios, en el cual leían día tras día. ¡Llevemos la Biblia con nosotros en nuestras vacaciones! Veremos que nos da un sentido nuevo cuando la estudiamos junto al lago o en la montaña; cuando meditamos en ella por los caminos del campo o a la orilla del mar, Uno semejante al Hijo del Hombre caminará a nuestro lado y nos aplicará su enseñanza hasta que nuestro corazón arda dentro de nosotros y ya no estemos tristes.
ORACIÓN
Te damos gracias por los ojos que ven, por los corazones que aman y por una naturaleza capaz de disfrutar de tus dones buenos y perfectos. Oh Padre, en quien no hay mudanza, ni sombra de variación. AMÉN.
26 de mayo
HECHURA DE DIOS
«Nosotros somos el barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros».— Isaías 64:8.
EL OFICIO DEL alfarero es casi el más antiguo del mundo, y su método apenas ha cambiado a lo largo de los siglos. Tanto Jeremías como Isaías se refieren a él (Jeremías 18:1-4). Mientras el profeta estaba de pie mirando al alfarero, lo vio tomar un trozo de barro húmedo del montón que tenía al lado, colocarlo sobre la rueda y empezar a darle forma según un diseño que llevaba en el pensamiento. Cuando ya estaba casi terminado, el barro se desplomó entre sus manos; una parte cayó al suelo y otra sobre la misma rueda. Para sorpresa de Jeremías, el alfarero no barrió los fragmentos rebeldes, sino que los recogió y los volvió a hacer otra vasija. Esto es lo que Dios sigue haciendo.
El Maestro artesano es nuestro Padre. «Ahora pues, Señor, tú eres nuestro Padre». Algunos de los que leen estas palabras han sido padres. Han gustado el éxtasis de la paternidad cuando el hijo fue puesto por primera vez en sus brazos. En ese momento brotó en el corazón una pasión nueva, y nuevos propósitos se impusieron al alma. Proteger, defender, educar, ayudar, amar y enseñar a amar: todo esto está incluido en ese primer abrazo. El apremio que nace de la indefensión del niño es un motivo supremo para el padre o la madre. Se elevan oraciones que encuentran eco en el corazón de Dios, de quien brotaron.
¿Ha puesto Dios estos sentimientos en el corazón humano, y no tendrán su original y su modelo en él mismo? Por un momento no pienses en ti como hijo, sino en Dios como tu Padre. Tu espíritu ha salido del Padre de los espíritus. Fuiste llamado a la existencia por su palabra. Llevas en tu naturaleza algún pensamiento o idea a la que él quiso dar expresión. ¿No es él, por tanto, consciente de su responsabilidad de perfeccionar lo que te concierne? Desde luego, puedes frustrarlo, como el barro se echó a perder en la mano del alfarero. Puedes partir a una provincia apartada y malgastar los preciosos años de formación en placeres egoístas. Pero si dejas que el gran Padre lleve a cabo todo su propósito en tu educación, en tu crecimiento y, especialmente, en tu vida de oración, descubrirás con Isaías que ni ojo ha visto ni oído ha oído un Dios como el nuestro, que obra por el que en él espera.
ORACIÓN
Oh Dios, Padre nuestro, que nunca dudemos de tu misericordia perdurable. Que no nos asuste el estruendo de las ruedas en tu gran taller. Haznos capaces de creer que tú estás tejiendo la hermosa tela de nuestra vida en el telar de las circunstancias diarias. Te suplicamos que perfecciones lo que nos concierne. AMÉN.
27 de mayo
LO QUE DIOS PREPARA
«Desde el principio del mundo nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto, oh Dios, fuera de ti, lo que él ha preparado para el que en él espera».— Isaías 64:4.
ESTE CAPÍTULO es un cofre de joyas preciosas. ¡Miremos algunas de ellas! ¡No es de extrañar que san Pablo amara ese versículo cuarto, que cita en 1 Corintios 2:9! Aquí leemos que Dios obra a favor de los que esperan en él; para el apóstol, estas palabras transmitían la idea de que los que esperan en él han de ser los que lo aman, y de que Dios ha pensado de antemano su plan preparado, de modo que ellos solo tienen que creer en él y seguir adelante para descubrir que el camino ha sido allanado para que anden por él. Los que aman a Dios no temen las montañas que les cierran el paso; saben que Dios hará que se derritan y les abrirá un sendero para sus pasos. ¡Los hombres de este mundo, desde la antigüedad, nunca han oído con el oído ni percibido con el ojo lo que nuestro Dios hará por los suyos!
A menudo, mientras recorremos el camino del servicio, gozándonos en que él nos ama y obrando la justicia que podemos, encontramos a Dios que viene hacia nosotros, como el padre se encuentra con sus hijos, que han salido a recibirlo cuando vuelve del trabajo. O bien, en la hora que tememos —la hora de aquella operación, de aquel encuentro temido, la hora del duelo—, mientras avanzamos por el camino, veremos una luz que se nos acerca, cada vez más brillante. Es el rayo que anuncia la llegada de Dios. «¡Sales al encuentro de los que se acuerdan de ti en tus caminos!».
Es en medio de tanta misericordia cuando más conscientes somos del pecado. Todas nuestras justicias, que pasaban revista a la luz del sol, a su mirada escrutadora parecen trapos de inmundicia, y nos damos cuenta de cuán pasajeras son nuestras resoluciones. «Caímos todos nosotros como la hoja».
Quizá lo que más nos avergüenza sea nuestro fracaso en la vida de oración. No nos despertamos para asirnos de Dios.
Aquí debemos tener especial cautela al hablar a otros de esos pasajes ocultos del alma en los que a Dios nuestro Padre le place encontrarse con nosotros y refrescarnos, no sea que llevemos a tomar el camino más alto a quienes aún no han pisado el más bajo. Cada alma conoce su propio secreto con el Señor, y debemos vivir solo conforme a lo que hemos recibido. El lema de san Bernardo era: «Mi secreto es para mí».
ORACIÓN
Hay un lugar secreto de reposo
que solo los santos de Dios conocen;
no lo hallarás al este ni al oeste,
aunque lo busques por doquier;
una celda cuya puerta es Jesús,
y su amor la única llave;
quien entra no saldrá ya más,
sino que allí con Jesús estará.
28 de mayo
¡NOCHE Y MAÑANA!
«Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría».— Salmos 30:5 (R.V.).
La noche de la duda, la mañana de la fe. Es de veras un momento memorable en la historia del espíritu humano cuando de pronto despertamos y vemos que el Todopoderoso es el Padre todo amor, que la justicia de Dios ya no es motivo de ansiedad y de temor, sino de esperanza segura; que él no quiere la muerte del pecador, sino que se vuelva de su maldad y viva. ¡Qué hora tan feliz fue para Tomás cuando, después de una semana de oscuridad más negra que la noche, volvió a estar cara a cara con Jesús y supo que su corazón latía con compasión por él y que sus manos traspasadas se le tendían! Atrévete a creer que el Amor que murió por ti se ocupa de todos los misterios, desajustes y oscuros problemas de tu vida. El lloro puede durar toda la noche en que te encierras a solas contigo mismo, ¡pero no es más que un huésped de paso! La alegría vendrá a la mañana, cuando abras tu corazón a Cristo.
La noche de la perplejidad, la mañana de la visión. No podemos explicar todos los tratos de Dios con el hombre, y mucho menos los misterios de la naturaleza divina. Nube y oscuridad están alrededor de él, aunque la justicia y el juicio son el asiento de su trono. Pero de vez en cuando alcanzamos una visión fragmentaria de su propósito, de su obra y de su meta. Entonces la voz del gozo resuena en nuestro corazón; ¡entonces nuestra boca se llena de risa y nuestra lengua de cánticos! Los hombres nos llaman soñadores, pero nosotros los tenemos por ciegos. ¡Tarde o temprano Cristo vendrá! El poder de Satanás será quebrantado y su reinado llegará a su fin. Las cosas que profetas y reyes anunciaron, y murieron sin verlas, se cumplirán. Los hijos de la luz levantarán la cabeza, porque habrá llegado el tiempo de la redención. Huirán la tristeza y el gemido, ¡y en aquella mañana gozosa se oirá el grito de júbilo!
La noche del duelo, la mañana del reencuentro. ¡Su estancia con nosotros fue demasiado breve! Apenas habíamos empezado a sondear su dulzura y su belleza. Poco imaginábamos que solo se nos permitiría probar la copa de dicha que ellos habían traído a nuestra vida. Y entonces oyeron una Voz que los llamaba, vieron una Mano que les hacía señas, y se levantaron y se fueron. ¡Ah, aquella noche de llanto! Pero la mañana del gozo viene, cuando volveremos a ver sus rostros radiantes dándonos la bienvenida en la otra orilla. En aquella hermosa mañana, el gozo estará en plena marea, para nunca más retirarse.
ORACIÓN
¡Bendito Cristo! La tormenta arrecia, la noche es oscura. Ven a mí, te lo suplico. En tu presencia hay plenitud de gozo. AMÉN.
29 de mayo
LA FORTALEZA DEL CORAZÓN
«Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón».— Proverbios 4:23.
«La paz de Dios guardará vuestros corazones».— Filipenses 4:7.
EN LA MAYORÍA de los castillos antiguos hay una torre del homenaje interior, protegida no solo por murallas y baluartes poderosos, sino también por el rastrillo de la puerta y por centinelas apostados en cada acceso, que daban el alto a todo el que entraba o salía. Así también el corazón es asediado continuamente por el bien y por el mal, por las frivolidades y vanidades del mundo y por las insidiosas sugestiones de la carne. Es como una posada o un mesón, con continuas llegadas y partidas. Los viajeros entran y salen en tropel, algunos con malas intenciones, esperando encontrar cómplices o encender fuegos que se extiendan hasta que todo el ser quede arrasado por la pasión, reduciendo a cenizas en una hora la obra de años.
Por eso necesitamos estar siempre en guardia; debemos guardar nuestro corazón por encima de todo lo demás que guardamos, porque de él mana la vida (R.V., margen). Nuestro Señor dice que «del corazón del hombre salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, los hurtos», etc. El diablo y el mundo de fuera serían menos temibles si no hubiera dentro tendencias tan fuertes hacia el mal, muchas de ellas heredadas de largas generaciones de antepasados que, ¡ay!, nos transmiten los peores rasgos de su carácter igual que los mejores.
Mantenlo limpio. Así como el ojo del cuerpo es lavado continuamente con el agua de las lágrimas, pidamos que la preciosa sangre de Cristo limpie cualquier mancha de impureza. Recuerda cuán delicado es el corazón y cuán sensible al polvo de un mal pensamiento, que le impediría al instante ser el órgano de la visión espiritual. ¡Sursum corda! ¡Levantad los corazones! ¡Los levantamos al Señor!
El centinela de la paz. Entonces la paz de Dios llegará a ser el guardián o centinela del corazón, ¡y sobrepuja todo entendimiento! Podemos entender la paz aparente de algunos hombres. Han hecho dinero, y sus sacos de oro se amontonan a su alrededor como una fortaleza; tienen amigos ricos e influyentes, bajo cuya protección se imaginan resguardados y defendidos; gozan de buena salud y son tenidos en alta estima. Podemos entender esa paz, aunque a menudo resulte efímera. ¡Pero hay una paz que sobrepuja todo entendimiento! A ella se refiere nuestro Señor cuando dice: «Mi paz os doy; no como el mundo la da». «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
ORACIÓN
Guárdame, Padre celestial, como a la niña de tu ojo; defiéndeme con tu poder todopoderoso; escóndeme de esta contienda de lenguas y de los dardos de fuego del maligno. Que mi corazón sea como el palacio que el que es más fuerte que el hombre fuerte guarda en perfecta paz. AMÉN.
30 de mayo
LA PERSISTENCIA DE LA VIDA
«El Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Y él no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven para él».— Lucas 20:37-38.
¿QUÉ ES la muerte? No es un estado, sino una transición; no una morada, sino un paso; no una casa, sino una puerta. La Escritura se refiere a ella como un nacimiento: «el primogénito de los muertos»; como un éxodo: «después de mi éxodo», dice Pedro; como el desmontar de una tienda: «en breve debo dejar este tabernáculo»; como el levar de un ancla: «ha llegado el tiempo de soltar amarras de la orilla». Cada una de estas metáforas subraya el hecho de que la muerte no es más que un acto momentáneo. Un momento estamos ausentes del cuerpo, y al siguiente presentes con el Señor.
La persistencia de la personalidad. En aquel otro campo, sin duda nos reconoceremos unos a otros, y estaremos tan unidos —sí, más unidos aún— que en los felices días de antaño, cuando los corazones conversaban dulcemente o colaboraban en un ministerio útil. Abraham seguirá siendo Abraham; Isaac, Isaac; y Jacob, Jacob. No fantasmas sin cuerpo, sino personas vivas, espiritualizadas y transfiguradas. Moisés y Elías fueron reconocidos como tales por los discípulos asombrados en el monte de la Transfiguración; y María reconoció al Maestro en el huerto. ¿De qué le habría servido al ladrón moribundo la promesa de Jesús de que estaría con él en el Paraíso, si al llegar allí no hubiera podido reconocer al Señor?
La persistencia del amor. ¡El amor nunca deja de ser! Pero ¿cómo puede existir sin un objeto, y cómo puede olvidar? ¿Por qué prometió Jesús las «muchas moradas», si no quería decir que habría hogares? Él sabe que el corazón se aferra, aun a la luz de la resurrección, a los queridos objetos del afecto humano; de otro modo nunca habría mencionado el nombre de Pedro, ni enviado un mensaje a sus discípulos, ni vuelto una segunda vez por Tomás. ¿Y desatenderá esos anhelos naturales en nosotros, a quienes ha amado más que a sí mismo? ¡Qué profunda y dulce es su seguridad: «De otra manera, os lo hubiera dicho»! Charles Kingsley pidió que en la lápida que había de cubrir a su esposa y a él mismo se grabaran las palabras: «Amavimus, Amamus, Amabimus»: hemos amado, amamos, seguiremos amando. ¿Y quién pondrá en duda la verdad o el acierto de estas palabras?
La persistencia de la actividad. «¡Sus siervos le servirán!». Las tareas que aquí echamos a perder con nuestras manos de aprendiz se harán posibles; y desenredando nuestras madejas enmarañadas, tejeremos telas como nunca las imaginaron nuestros sueños más atrevidos.
ORACIÓN
Te ruego, oh Señor, que me libres del temor de la muerte; y cuando mis ojos se abran en el alba del cielo, que te vea de pie para darme la bienvenida, ¡y que reciba tu «Bien hecho»! AMÉN.
31 de mayo
EL AMOR INFALIBLE DE DIOS
«Hasta vuestra vejez yo mismo, y hasta las canas os llevaré yo» yo hice, yo llevaré; yo cargaré y os libraré.— Isaías 46:4.
¡QUÉ PROMESA tan maravillosa es esta! ¡En días de presentimientos sombríos, cuando tememos lo que pueda haber tras el velo del futuro impenetrable!
¿Enfermedad? ¿Pobreza? ¿Sufrimiento? ¿Duelo? No lo sabemos, pero podemos volvernos con confianza a nuestro Dios. Él sabe exactamente cuánto podemos soportar, porque él nos hizo: «Yo hice, yo llevaré, y os libraré».
¡Hasta la vejez! La escarcha puede platear la cabeza, el ruido de la muela puede debilitarse, el cordón de plata puede gastarse hasta romperse, los seres queridos y los amigos pueden haber partido al otro mundo; como la última manzana en la rama, puede que quedemos solos; pero en la segunda infancia como en la primera: «Hasta vuestra vejez... yo os llevaré»; «Porque él ha dicho: No te desampararé, ni te dejaré. De tal manera que digamos confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré» (Hebreos 13:5).
ORACIÓN
Oh Dios, Padre nuestro, tuyos somos. Que nunca dudemos de tu misericordia perdurable. ¡Te damos gracias! AMÉN.
Capítulo 5 completado
Mayo