Capítulo 4 · 1 h 2 min de lectura · 1 h 20 min de escucha
Abril
1 de abril
LA ELECCIÓN DE LA OBRA DE UNA VIDA
«Yo soy apenas un niño pequeño: no sé cómo salir ni entrar... Da, pues, a tu siervo un corazón entendido».— 1 Reyes 3:7-9.
NUNCA ELEGIREMOS bien el rumbo de nuestra vida hasta que estemos resueltos a poner primero lo primero. La riqueza, los honores, la fama, el aventajar a nuestros rivales no son lo principal que debemos considerar; de lo contrario, nuestro juicio quedará dañado y nuestra visión deformada. Precisamente porque Salomón deseó y buscó el reino y la gloria de Dios, Dios le dio también las cosas que no había pedido (1 Reyes 3:13; Mateo 6:33).
Impresionado por la grandeza de sus responsabilidades, el joven rey había ido a Gabaón a adorar a Dios. Deseaba aprovechar sus oportunidades en la más alta medida y servir a su patria, pero era consciente de su incapacidad. ¿Te sientes tú así? Te das cuenta de las maravillosas oportunidades y responsabilidades de la vida en esta época asombrosa, y anhelas ser útil a Dios y a tus semejantes; pero ¿qué puedes hacer? No eres más que un niño pequeño, y «no sabes cómo salir ni entrar». «Salir» representa la vida activa en el mundo de los hombres; «entrar», las horas que se pasan en el hogar, en el descanso y en el trato social. Es como la sístole y la diástole del latido del corazón, que deberían estar igualmente consagradas a Dios y al servicio de los hombres.
Salomón pidió un corazón entendido, para discernir entre lo bueno y lo malo. Todos necesitamos esta facultad, para distinguir entre cosas que se parecen mucho, pero que son diferentes en su naturaleza y dirección (Hebreos 5:14; Filipenses 1:9-10; R.V. marg.). No es un don de capacidad intelectual, sino de gusto y discernimiento morales. Se ha dicho que la dificultad de la vida no está en distinguir entre el blanco y el negro, sino en elegir entre los distintos matices de gris. En nuestras amistades, diversiones, lecturas y negocios, necesitamos con urgencia el corazón entendido, que escucha y atiende la voz de Dios.
Salomón ofreció mil holocaustos sobre el altar (1 Reyes 3:4). A nosotros se nos pide que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Dios, que es nuestro culto racional. Nuestra carrera la determinan a menudo nuestras circunstancias, o nuestros dones y talentos particulares, y, en general, tenemos más éxito en hacer lo que más nos gusta. Pero si nos entregamos a hacer la voluntad de Dios, él enderezará nuestras veredas.
ORACIÓN
Oh Dios, haznos diligentes en el trabajo, fervientes en espíritu, sirviendo al Señor. Que examinemos todas las cosas y retengamos lo bueno. AMÉN.
2 de abril
LO QUE DIOS PIDE
«¿Qué pide de ti el Señor, sino hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios?».— Miqueas 6:8.
MIQUEAS ERA un hombre del pueblo y un verdadero patriota. En sus días el panorama político era sumamente sombrío, y el profeta sentía que solo una cosa podía salvar a su país: un avivamiento de la religión, profundo y extendido. Cuando el pueblo preguntó si el Señor deseaba el sacrificio de animales, o de niños pequeños, que los pueblos paganos de alrededor inmolaban para librar su conciencia del pecado, llegó la respuesta de que Dios pedía algo más espiritual y más escrutador: «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, etc.».
Hagamos nuestro este triple mensaje. Hacer justicia, sin dar ni una fracción menos de lo que con derecho se nos puede reclamar. Cada uno de nosotros debe reconocer las justas demandas de su círculo familiar y de sus vecinos, y debemos atender esas demandas dando a cada uno lo que le corresponde.
Amemos la misericordia. Hay algunos que quizá han perdido todo derecho a nuestra misericordia: el preso, el caído, el desvalido, nuestros enemigos. Debemos ayudar a todos ellos, no de mala gana, sino con alegría y de buen grado. No intentes amar la misericordia hasta que empieces a practicarla. Atrévete a lanzarte a una vida de beneficencia desinteresada, y al hacerlo llegarás a amarla. Santiago insiste en que la religión pura consiste tanto en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones como en guardarse sin mancha del mundo.
Andemos también humildemente con Dios, sin quedarnos atrás ni adelantarnos, sino caminando con él, de la mano. A lo largo de los siglos, desde Enoc en adelante, ha habido quienes anduvieron con Dios con vestiduras sin mancha. No es en los sacrificios, ni en los ritos, ni en la asistencia a la iglesia, ni en las limosnas, aunque estas cosas vendrán después, sino en una vida santa y humilde donde se hace realidad el corazón de la verdadera religión.
¿Es eso todo? ¡No! ¿Qué se hará por los que lo han intentado y han fracasado, por los que son conscientes de su culpa y de su pecado? En los versículos finales de este libro está la respuesta. Allí aprendemos que Dios no solo perdonará, sino que sujetará nuestras iniquidades. Volverá a tener misericordia de nosotros, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados. ¡Él se deleita en la misericordia! ¿Qué Dios como tú?
ORACIÓN
Oh Señor, que tu gracia todopoderosa me haga tan perfecto como me has mandado ser. AMÉN.
3 de abril
EL CORAZÓN DIVIDIDO
«Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso».— Mateo 6:21-22.
«El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos».— Santiago 1:8.
LOS PÁRRAFOS finales de Mateo 6 están llenos de ejemplos de un corazón dividido. La palabra griega que se traduce por afán significa aquello que divide.
A algunos los divide la ansiedad. El alma ansiosa no puede seguir un rumbo firme y recto, como tampoco puede dormir el hombre que se pregunta si ha echado el cerrojo de la puerta o si ha dado cuerda a su reloj. A otros los divide el espíritu de contradicción, una disposición del alma de lo más difícil y complicada. Quisiéramos ser agradables, serviciales, afables y amables, pero sentimos corrientes contrarias que nos frenan y nos vuelven torpes y desagradables, y nos encontramos desgarrados entre dos fuertes influencias: una que nos lleva a ser semejantes a Cristo y llenos de gracia, y otra a ser distantes y ásperos. Otros están divididos por impulsos caprichosos y apasionados. Dichosos los que pueden tenerlos bien sujetos. Aun san Pablo nos dice que era consciente de estas dos voluntades: el yo mejor, que anhelaba hacer la voluntad de Dios, y el yo inferior, egoísta y apasionado, que lo sometía a servidumbre. San Agustín nos cuenta que, aunque las oraciones de Mónica, su madre, lo conmovían profundamente, una y otra vez un estallido de pasión lo arrastraba lejos de su ideal.
Bunyan ilustra también la misma condición, diciendo que dos yoes estaban en guerra dentro de él. El diablo vino y le dijo: «¡Véndelo!». Pero él resistió, hasta la sangre, diciendo: «¡No lo haré!». Pero como el Tentador seguía insistiendo: «¡Véndelo!», Bunyan finalmente cedió, y sufrió una agonía de remordimiento, pues por un lado aceptaba a Cristo como su única esperanza, y por el otro estaba dispuesto a cambiarlo por cualquier cosa.
Al corazón dividido le falta el primer elemento de la fuerza: es inconstante. Los hombres que dejan su huella en el mundo son los que pueden decir: «Una cosa hago». Pero necesitamos más que concentración: necesitamos consagración. No solo debemos estar unificados en nosotros mismos; debemos estar unidos en Dios. Hagamos nuestra la oración de Salmos 86:11: «Une mi corazón a ti, para que tema tu nombre». Entrégate a Dios para que él te desligue del mundo y te entreteja en su propia vida.
ORACIÓN
Oh Señor fiel, concédenos, te rogamos, corazones fieles, consagrados a ti y al servicio de todos los hombres por amor de ti. AMÉN.
4 de abril
EL CORAZÓN DE NIÑO
«Llamó a sí a un niño, y lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos».— Mateo 18:2, 3 (R.V.).
¡NUESTRO SEÑOR nos manda buscar el corazón de niño! ¡No ser infantiles, sino como niños! Se cuenta del ilustre soldado Naamán que, después de lavarse en las aguas del Jordán, su carne se volvió como la carne de un niño pequeño. Es una combinación noble: la estatura y la fuerza del hombre adulto unidas a la pureza y la dulzura encantadoras de un niño pequeño. Ninguno de nosotros puede alcanzar estas dos cualidades si no está dispuesto a pagar el precio. Los rangos en el reino de los cielos son diametralmente opuestos a los de nuestros reinos terrenales. Aquí los hombres se esfuerzan siempre por elevarse por encima de sus semejantes; ¡pero en el reino de Cristo se inclinan para servir, y al inclinarse son coronados!
El Rey de gloria se ciñó con una toalla y, arrodillándose, lavó los pies de sus discípulos; ¡y los nobles de su reino son los que han llegado a estar dispuestos a ser siervos de todos!
La sencillez, la humildad y la ausencia de preocupación por uno mismo son rasgos naturales de la primera infancia. ¡Ay, qué pronto aprenden de nosotros a buscar la atención, la protección y el primer lugar! ¡Qué feliz estaba aquel pequeño mientras se acurrucaba junto al corazón del Salvador! Tres veces en este capítulo habla el Maestro de «estos pequeños». ¡Cuánto amaba a los niños, y cada vez debió de estrechar más al niño contra sí! ¡Así se encontraban lo semejante con lo semejante!
Son los corazones como de niño los que se ponen de acuerdo en la tierra en la sinfonía de la oración. Uno puede ir al oriente y otro al occidente, pero bajo el toque del Espíritu de amor estarán unánimes, es decir, en comunión armoniosa unos con otros y con Cristo (Mateo 18:19, 20). El espíritu de niño estará dispuesto, además, a perdonar y olvidar (Mateo 18:15, Mateo 18:21, Mateo 18:22).
ORACIÓN
Concédeme, oh Señor, llegar a ser como un niño pequeño en tu reino. Que mi corazón se llene de tu amor; mis labios, de palabras amables y útiles; y mis manos, de obras bondadosas y desinteresadas. AMÉN.
5 de abril
EL CLAMOR DEL CORAZÓN POR EL PERDÓN
«Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones».— Salmos 51:1.
«Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados: vuélvete a mí, porque yo te redimí».— Isaías 44:22.
ESTA ESCALERA la han recorrido miríadas de almas penitentes. Pocos de los santos escogidos de Dios han pasado por la vida sin haber subido penosamente sus peldaños. En la pared frente al jergón de la celda donde murió san Agustín, este primer versículo estaba escrito allí donde sus ojos pudieran verlo constantemente.
El salmista usa tres palabras para el perdón que anhela: que sus rebeliones sean borradas, como las leyendas garabateadas sobre los antiguos Evangelios del palimpsesto; que su maldad sea lavada, como la suciedad del lino; y que todo rastro de su pecado pasado sea perdonado y limpiado, como la lepra de Naamán fue borrada de tal modo que su carne se volvió como la de un niño pequeño. ¡Con cuánta ternura respondió Jesús al clamor angustiado del leproso que pedía ser limpio: «Quiero, sé limpio»!
¡De qué manera tan maravillosa son contestadas estas peticiones del alma agobiada por el sentimiento del pecado! ¿Pides ser purificado con hisopo? Escucha la voz de Dios que dice: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados». Él nos purifica con la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios. ¿Pides ser emblanquecido más que la nieve? «Estos son los que han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero». ¿Pides oír gozo y alegría? «Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este, mi hijo, se había perdido, y es hallado». ¿Deseas ofrecer a Dios sacrificio de alabanza y acción de gracias? Dale tu corazón contrito y humillado; ¡no pienses que él lo despreciará! ¡La fragancia de un vaso de alabastro quebrado llena el cielo y la tierra hasta el día de hoy!
ORACIÓN
Que ninguno de nosotros dude de que tú perdonas, aun hasta lo sumo, a todos los que se acercan a ti con arrepentimiento; para que los que entre nosotros están tristes porque han pecado tengan hoy el gozo del Señor. AMÉN.
6 de abril
LA BIENAVENTURANZA DEL ALMA LIMPIA
«Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado».— Salmos 51:2.
«Bienaventurados los que lavan sus ropas».— Apocalipsis 22:14 (R.V.)
EN EL último capítulo del libro del Apocalipsis hay un cambio muy interesante de la Versión Autorizada a la Versión Revisada, que acentúa una línea de pensamiento en la que nunca se insistirá demasiado. La Versión Autorizada dice: «Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para que tengan derecho al árbol de la vida». La Versión Revisada dice: «Bienaventurados los que lavan sus ropas». ¿No hemos de estar agradecidos de que esta sea la condición, y no el cumplimiento absoluto de sus mandamientos, que podría introducir el legalismo y el fariseísmo en nuestro carácter y nuestra experiencia? Somos muy conscientes de nuestro pecado día tras día; pero, al lavar nuestras ropas y emblanquecerlas en la sangre del Cordero, podemos acercarnos al árbol de la vida y comer de su fruto.
Hay otras dos referencias al árbol de la vida en este capítulo maravilloso. En Apocalipsis 22:2 se nos dice que da cada mes el alimento propio de ese mes; en Apocalipsis 22:19 aprendemos que cada uno de nosotros tiene una parte distinta e individual en ese árbol. Sus hojas son para nuestra sanidad, y su fruto se adapta a cada fase de la experiencia humana. El árbol de la vida fue plantado originalmente en el paraíso junto con el árbol del conocimiento (Génesis 2:9). Así como este alimentaba la vida del alma de nuestros primeros padres con el conocimiento del bien y del mal, aquel representaba la vida del espíritu, nutrida y alimentada por el Espíritu de Dios.
Al saber que da fruto cada mes, ¿no se nos recuerda que todo lo que cada experiencia pasajera de la vida humana requiera será suplido de la plenitud de las provisiones divinas? ¡Días de enero, con sus nuevos propósitos y esperanzas! ¡Días de febrero, con tormentas y heladas! ¡Días de mayo, con las flores de la esperanza! ¡Días de junio, con calor y luz! ¡Días de septiembre, de fruto maduro! ¡Días de diciembre, de enfermedad o de vejez! Pero sea cual sea el mes o el día, siempre hay una provisión de gracia suficiente y adecuada que obtener de la comunión con nuestro amado Señor. Él es el complemento de toda necesidad, y quizá somos conducidos a través de estas experiencias diversas para tener la oportunidad de aprender aspectos y aprovechar recursos de nuestro Salvador que, de otro modo, nunca habríamos conocido.
ORACIÓN
Danos gracia, oh Señor, para acudir a ti en busca de limpieza diaria, y para todas nuestras necesidades en las diversas circunstancias por las que somos llamados a pasar, a fin de que con una vida santa te glorifiquemos en nuestro vivir diario. AMÉN.
7 de abril
LA BIBLIA COMO SALVAGUARDA
«En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti».— Salmos 119:11.
LA ORACIÓN «Enséñame tus estatutos» aparece ocho veces en este salmo maravilloso. Puede decirse que es su nota dominante. Los estatutos de Dios son la senda de la pureza. Si el joven los guarda, su camino quedará limpio. El paso de la Palabra de Dios por el corazón, como el agua limpia que corre por una tubería, lo purificará. El estudio constante de la Biblia es la condición de la salud del alma.
La consagración está estrechamente unida al estudio de la Biblia (Salmos 119:10). La santidad es integridad, es decir, la entrega de todo corazón de una naturaleza entera a Dios, la consagración de toda facultad a su servicio. Esto nos lleva a apoyarnos con fuerza en Dios y a buscar su compañía y su comunión. Salmos 119:11 nos habla de algo bueno guardado en un buen lugar, y de su resultado. En plena temporada social de Londres, y en medio del ajetreo y la agitación de una crisis política, William Wilberforce escribió en su diario: «Caminé desde Hyde Park Corner repitiendo el salmo 119 con gran consuelo»; John Ruskin dijo: «Es extraño que, de todos los pasajes de la Biblia que me enseñó mi madre, el que más me costó aprender, y el que a mi mente de niño resultaba más repulsivo, el salmo 119, se haya convertido ahora, de todos, en el más precioso para mí por su gloriosa pasión por la ley de Dios».
El estudio de la Biblia nos capacita para dar testimonio de Dios (Salmos 119:13). Un inspector de uno de nuestros ferrocarriles me contó una vez que había tenido una visión de Dios mientras estudiaba su Biblia y oraba de rodillas. De allí se fue a sus deberes en el andén de la estación. En un extremo del tren, un hombre le ofreció whisky, pero él pudo responder: «He tomado una bebida mejor que esa», y le señaló el agua de vida (Juan 4:14; Apocalipsis 22:17). En el otro extremo del tren, otro hombre le pidió un «Testamento», que en jerga significaba una baraja de naipes, ¡y mi amigo pudo darle un Nuevo Testamento de bolsillo! Cuando la Palabra de Dios llena el corazón, rebosa por los labios y por las acciones; y es lo que rebosa de nosotros lo que de verdad ayuda y bendice a nuestros semejantes. «De su interior correrán ríos de agua viva». Vivamos en comunión con Dios por medio de su Palabra. Esto iluminará nuestra vida con alegría en medio de muchas tristezas. No esperes al cielo: aquí y ahora, día tras día, sé gozoso de corazón y en tu vida (Salmos 119:14-16).
ORACIÓN
Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. AMÉN.
8 de abril
LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN
«Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo».— Romanos 10:9.
SALVACIÓN ES una gran palabra. Se conjuga en tres tiempos. El tiempo pasado. Fuimos salvos en el momento en que confiamos en Cristo por primera vez.
Esta salvación es un asunto claro y definido, que es nuestro en el momento en que ejercemos una fe sencilla en Jesús. «Estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira» (Romanos 5:9).
El tiempo presente. «Para nosotros, los que estamos siendo salvos, Cristo es el poder de Dios»: tal es la traducción exacta de 1 Corintios 1:18. Estamos siendo salvados continuamente del amor y del poder del pecado. El desinfectante de la presencia de Cristo aleja sin cesar los gérmenes de la tentación mortal. El brazo poderoso del Guardador divino sostiene siempre la puerta contra los asaltos del adversario. El agua fluye siempre sobre el ojo para quitar la arenilla o la mota diminuta que pueda caer en él. «Estamos siendo salvos por su vida» (Romanos 5:10).
El tiempo futuro. Somos guardados por el poder de Dios para una salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1 Pedro 1). Salvación es una gran palabra. Incluye el perdón que no se acuerda más de nuestro pecado; la liberación de la maldición y del castigo de nuestros malos caminos; la emancipación de la esclavitud de los malos hábitos; la creciente conformidad del alma con la imagen de Cristo, y la resurrección final del cuerpo en belleza y energía espirituales, para ser para siempre el compañero y el vehículo del espíritu redimido.
ORACIÓN
Oh bendito Espíritu de Dios, te rogamos que nos des la seguridad de ser hijos de Dios, hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso; y prepáranos así para la gloria que ha de sernos revelada, y para aquella gran hora en que toda la creación, que ahora gime a una y está con dolores de parto, será libertada de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. AMÉN.
9 de abril
¡NUESTRA POSICIÓN GLORIOSA!
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús».— Romanos 8:1.
LAS CARACTERÍSTICAS de esta posición gloriosa. Es presente: «Ahora».
Si estamos en Cristo, no necesitamos esperar entre dudas y temores el veredicto del gran trono blanco. Sus decisiones no pueden hacer más clara nuestra posición ni más segura nuestra aceptación; pero allí aprenderemos el sentido de los tratos de Dios con la humanidad, y triunfaremos en la vindicación victoriosa de sus caminos. Nunca podremos estar más libres de la condenación de la justa ley de Dios de lo que lo estamos en este momento.
Es segura: «Ninguna condenación hay». Tienes que captar este acento de convicción, y poder hablar sin voz vacilante de tu segura aceptación ante Dios, si quieres entrar en la rica herencia de este capítulo, a la que estas palabras iniciales sirven de puerta de entrada. La sombra de un «quizá» no puede vivir a la luz de esa certeza de la que habla el apóstol.
Es invariable. Hay algunos que viven en una escala móvil entre la condenación y la aceptación. Si la salud es vigorosa y el corazón está lleno de canto, están seguros de su aceptación ante Dios; pero si el sol se oscurece y vuelven las nubes, cuando el corazón está apagado y triste, se imaginan que están bajo la sentencia del desagrado de Dios. Olvidan que nuestra posición en Cristo Jesús es una cosa, y nuestra percepción y disfrute de ella otra muy distinta. Puede que tu propio corazón te condene; que la memoria, la cronista del alma, convoque del pasado pruebas contra ti; que el gran Acusador de las almas presente contra ti cargos graves y bien fundados; que la marea de tus sentimientos se retire muy lejos por la playa; que tu fe se debilite y pierda su fuerza y su asidero; que el sentimiento de tu indignidad se vuelva cada vez más opresivo: nada de esto puede tocar tu aceptación ante Dios si cumples su única condición, que lo abarca todo: «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Esta unión mística con el Hijo de Dios solo es posible para la fe que obra por el amor (1 Juan 3:23-24).
ORACIÓN
Nos encomendamos hoy a tu cuidado y protección; que tu gracia sea poderosa en nosotros y suficiente para nosotros, y que produzca en nosotros así el querer como el hacer, por tu buena voluntad; y danos fuerza para todos los deberes del día. AMÉN.
10 de abril
LA MORADA DEL ESPÍRITU
«Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él».— Romanos 8:9.
ES DE suma importancia saber que hemos nacido de lo alto, de la simiente incorruptible de la naturaleza de Dios implantada en nosotros. ¿Cómo podemos estar del todo seguros de que somos hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso? El apóstol amado nos da muchas seguridades en la primera epístola de san Juan. Si somos hijos de Dios, nos contentaremos con ser desconocidos para el mundo (1 Juan 3:1). Los dirigentes y los poderosos de la sociedad quizá nos miren con desprecio, como miraron a nuestro Señor, pero nos negaremos a entrar en alianza alguna con los hijos del mundo, y perderemos el gusto por las cosas que antes nos atraían.
Seremos muy sensibles a la dirección del Espíritu Santo, como lo fue Felipe cuando se arrancó del avivamiento de Samaria para ir a un lugar solitario del desierto y esperar allí la llegada del alto funcionario etíope. No hubo vacilación en su obediencia al mandato: «Levántate y ve hacia el sur.., y él se levantó y fue» (Hechos 8:26-40). ¿Estamos obedeciendo el llamado y el mandato de nuestro Señor de anunciar las buenas nuevas del Evangelio a los que nunca las han oído? ¿O ponemos toda clase de excusas para nuestra apatía?
Ciertamente amaremos a los hermanos (1 Juan 3:14). Quizá empecemos amándolos con nuestras propias fuerzas, y sacrificándonos por ellos, pero pasaremos por las distintas fases del sacrificio de uno mismo hasta que al fin lleguemos a amar con el Espíritu de Cristo. Seremos muy celosos de la honra de nuestro Señor, y cuando los hombres hablen mal de él, nos apresuraremos a confesar nuestro discipulado y nuestra devoción.
Seremos muy sensibles al pecado. En cuanto hayamos ofendido la ley del amor, estaremos inquietos e infelices hasta haberlo confesado y haber sido perdonados y limpiados. Acudiremos en seguida a nuestro misericordioso y fiel Sumo Sacerdote para que quite la mancha. Un antiguo puritano dijo una vez que una cerda y una oveja podían caer en el mismo hoyo cenagoso; ¡la una se revolcaría en él, mientras que la otra no descansaría hasta salir de allí y quedar limpia!
ORACIÓN
Oh Dios, hazme cada vez más consciente de la morada de tu Espíritu Santo en mí; que él dé testimonio a mi espíritu de que, a pesar de todos mis pecados y faltas, sigo siendo hijo tuyo. AMÉN.
11 de abril
LA OBRA SÉPTUPLE DEL ESPÍRITU DE DIOS
«Y reposará sobre él el Espíritu del Señor; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor».— Isaías 11:2.
TENEMOS en este capítulo un maravilloso anuncio anticipado de la persona y la obra de nuestro Salvador; y probablemente ningún otro pasaje del Antiguo Testamento parece resumir tan perfectamente la obra séptuple del Espíritu Santo de Dios. El tronco de Isaí podía parecer cortado hasta la raíz, pero de él saldría el Mesías. La madre de nuestro Señor era tan pobre que solo pudo ofrecer los dos pichones de los más humildes y pobres como expresión de su gratitud por su nacimiento; pero él fue concebido por el Espíritu Santo, y en su bautismo fue ungido y capacitado para el servicio por el mismo Espíritu.
Fíjate en la hermosa traducción alternativa de Isaías 11:3 en la Versión Revisada: «Su deleite estará en el temor del Señor». En el margen, el sentido literal de «deleite» es ¡olfato! La frase podría traducirse: «Respirará en el temor del Señor». Nuestro Salvador, aunque vivía en este mundo, nunca fue contaminado por el mal que lo rodeaba. Procuremos vivir así: ¡en el mundo, pero no del mundo! Sabemos instintivamente cuándo respiramos el aire fétido de ciertos lugares y ambientes. ¡Qué diferencia con el aire puro del océano o el aliento de los montes! Si nuestra suerte nos ha puesto en la atmósfera turbia de la gran ciudad, tengamos más cuidado de respirar el aire puro de la Sagrada Escritura y de la oración.
El Espíritu Santo de Dios unge para el servicio descendiendo sobre nosotros, y luego edifica dentro de nosotros su gracia séxtuple. Todos necesitamos sabiduría en el espíritu e inteligencia en el entendimiento; todos necesitamos consejo y dirección en cuanto al propósito de nuestra vida, y poder para ejecutar el plan que Dios nos ha dado; todos necesitamos hacernos estudiantes en el conocimiento de Dios y en la reverencia piadosa. ¿Por qué no hacer de cada una de estas cosas el tema de nuestro trato especial con el Paracleto, que da generosamente a todos los que rinden su voluntad, su mente y su vida a su gobierno (Gálatas 5:22)? Entonces toda la creación nos responderá; habrá una belleza nueva en el cielo arriba y en la tierra abajo, prefacio y presagio de aquella nueva creación que surgirá cuando nuestro Salvador vuelva para introducir el milenio de bienaventuranza y de paz.
ORACIÓN
Señor Jesús, morador de nuestro corazón, llénanos de tu Espíritu Santo, y prepáranos para aquella vida nueva en que todas las malas pasiones serán sometidas, ¡y el conocimiento de tu amor redentor cubrirá el mundo como las aguas cubren el lecho del océano! AMÉN.
12 de abril
EL DESAFÍO DE DIOS AL HOMBRE
«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia».— Job 38:4.
EN ESTE capítulo grandioso, Dios parece acercarse al alma perpleja y herida, que está sentada cavilando sobre los problemas de la vida humana, y le muestra que misterios igualmente insolubles están sobre su cabeza y bajo sus pies; que vive y se mueve entre ellos. El hombre se inquieta y se desespera ante un misterio que el dolor y la pérdida le han impuesto. No puede interpretarlo, y se estremece hasta lo más hondo; pero todo el universo rebosa de misterio. El hombre no puede explicar la creación del mundo, la separación del cielo y la tierra, la influencia recíproca del uno sobre la otra. La luz y la oscuridad, el viento y la lluvia, la nieve y el hielo, la tormenta y el sol; los instintos de los animales: todo esto desafía el entendimiento absoluto del hombre.
¡Pero quién se inquieta por el misterio insondable que envuelve estos fenómenos naturales! Nos servimos de todos ellos y los hacemos servir a nuestro propósito.
No puede sorprendernos, pues, que descubramos misterios semejantes en los tratos de Dios con nosotros. Él no responde a nuestras preguntas contándonos siempre sus razones secretas. Sus pensamientos y sus caminos son más altos que los nuestros, como son más altos los cielos que la tierra, y no podríamos entender sus razones más de lo que los niños pequeños pueden entender los misterios de la vida humana. Pero detrás de todo misterio late el corazón del Padre, y una voz de Padre nos ruega que confiemos en él. Hijitos, no podéis entender, pero me sois infinitamente queridos; aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar; «lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; mas lo entenderás después». Confiad en mí, y «no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
ORACIÓN
Oh Dios, hay tantos misterios en el mundo y en la vida humana, y nuestros ojos se cansan de escudriñar la oscuridad. Ayúdanos a creer en tu amor inmutable, y a confiar donde no podemos ver ni entender. AMÉN.
13 de abril
LA HEREDAD DE DIOS EN LA HUMANIDAD
«La porción del Señor es su pueblo».— Deuteronomio 32:9.
«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor».— Efesios 1:4.
NO NOS hacemos propiedad de Dios cuando nos consagramos a él; solo despertamos para ver que ya somos suyos, y adoptamos la manera de vivir propia de quienes no son suyos, sino que han sido comprados por precio (1 Corintios 6:19-20). Los tres símbolos del cuidado de Dios por los suyos, tal como Moisés los enumera en su Cántico, son de una belleza exquisita.
«Lo guardó como a la niña de su ojo» (Deuteronomio 32:10). Casi instintivamente levantamos la mano para proteger los ojos si algo nos amenaza, y así es el cuidado de Dios por nosotros. ¡Con cuánto esmero se preserva el ojo de la impureza y del mal: por la fuerte cuenca ósea en la que está engastado, por las cejas y las pestañas que detienen el polvo y la arenilla, por el párpado que se cierra sobre él y por las lágrimas que lo lavan! Así el alma a la que Dios ama puede atravesar el mal del mundo sin contagio ni mancha, gracias a su bondadoso poder guardador.
«Como el águila» (Deuteronomio 32:11). Cuando los aguiluchos ya pueden volar, pero revolotean alrededor del nido sin atreverse a dejar el risco, la madre deshace su nido en las alturas, empuja a los polluelos al aire, los obliga a usar las alas, revolotea por debajo para recogerlos si están a punto de caer, y los sostiene sobre sus fuertes alas hasta que pueden volar solos. Así sucede en la vida: a veces Dios tiene que deshacer las condiciones felices a las que estamos acostumbrados desde nuestro nacimiento, y empujarnos fuera. Pero es para nuestro bien, pues solo así podemos adquirir el glorioso poder de un vuelo sostenido sobre las alas del viento.
La dirección divina (Deuteronomio 32:12). Dios nos enseña a andar como una madre a su niño pequeño; su mano conduce y guía nuestros pasos vacilantes (Oseas 11:3-4).
La epístola a los Efesios nos da una lista de las bendiciones, como un collar de perlas, que Dios nuestro Padre, el Dueño y Amante de nuestras almas, derrama sobre nosotros y espera que nos apropiemos y usemos (Efesios 1:3). Su amor por nosotros no es un capricho pasajero, sino el cumplimiento de un propósito eterno. Él nos redime del amor y del poder del pecado; hace sobreabundar para con nosotros las riquezas de su gracia; somos guardados y sellados por el Espíritu Santo; y al fin seremos presentados delante de él sin mancha, para alabanza de su gloria.
ORACIÓN
¿Qué me puede faltar si te tengo a ti, que eres todo Bien? En verdad, el corazón anda inquieto hasta que descansa solo en ti. AMÉN.
14 de abril
PESADOS EN LA BALANZA
«¡Jerusalén...! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!».— Mateo 23:37.
EL MINISTERIO de nuestro Señor comenzó con una octava de bienaventuranzas, pero terminó con un séptuple ay que pronunció contra los dirigentes religiosos de su tiempo. No amenazaba; anunciaba el resultado inevitable de sus malos caminos.
Los hombres citan a menudo el castigo que sigue al pecado como señal de algún sentimiento duro o vengativo por parte del Ser divino. No entienden que, mientras las sentencias humanas son a menudo arbitrarias, los juicios de Dios son naturales, es decir, son el resultado inevitable de la maldad. La pena forma parte de la constitución del universo. El juicio final del gran trono blanco no hará más que anunciar la pena que el pecado del hombre ha producido.
Dios es misericordioso además de justo; pero si un hombre juega con explosivos, él no le salva la cara ni los miembros. Nuestro Señor no se movía por invectiva personal cuando pronunció los terribles juicios de este capítulo. Había lágrimas de tristeza en su voz cuando dijo que aquel templo ya no era la casa de su Padre, sino «vuestra casa os es dejada desierta».
Leemos de «la ira del Cordero», pero es la contrapartida del amor; ¡no una ira vengativa, sino la amargura del amor defraudado! Fíjate en el destello de luz al final de este capítulo. Jesús parecía oír la bienvenida que se le daría en aquel día en que aparezca finalmente para vindicar y salvar a sus hermanos según la carne (Mateo 23:39).
ORACIÓN
Oh Señor, haz, te lo imploramos, que te amemos de tal manera que seas para nosotros un fuego de amor que purifica y no destruye. AMÉN.
15 de abril
MI APOSENTO
«El Maestro dice: ¿Dónde está mi aposento, donde he de comer la pascua con mis discípulos?».— Marcos 14:14 (R.V.).
EVIDENTEMENTE había habido un acuerdo previo entre nuestro Señor y el padre de familia, que probablemente era un amigo y seguidor devoto. Jesús sabía que los principales sacerdotes tramaban su muerte, y que Judas deseaba entregarlo aquella misma noche. Quería participar en la cena de la Pascua, y por eso no dijo a los dos discípulos que envió a prepararla dónde se iba a celebrar, no fuera que alguien lo oyera y se produjera su arresto. El lugar de aquella última reunión con sus discípulos les fue revelado a los dos por la señal del hombre que llevaba un cántaro de agua cuando llegaron a Jerusalén, y al resto del grupo solo cuando llegaron de hecho.
Nuestro Señor supo lo que es la traición en el círculo íntimo. Quizá tú lo estés viviendo. Tu amigo íntimo, en quien confías, puede ser del todo indigno de confianza: ¡un colador por el que se filtran tus confidencias secretas, o una víbora que espera para morder! Pero Cristo también lo experimentó, y sufrió, como todos sufrimos, el sentimiento de cohibición en presencia de alguien que no simpatiza con nosotros y nos critica (Juan 13:31).
Jesús supo lo que significa una amistad devota. Lo que no podía confiar al grupo de los apóstoles pudo darlo a conocer al padre de familia de esta casa. Evidentemente habían hablado juntos y acordado que aquel aposento estuviera a disposición del Maestro, amueblado y preparado para recibirlo.
Nuestro Señor nos pide el uso de nuestro aposento. Todavía está a la puerta y llama, diciendo: «Si alguno abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». Hay un aposento en cada corazón que él desea para sí. La Versión Revisada añade la palabra «mi». Somos suyos por derecho de creación y de redención; seamos suyos por elección. Una vez que le hayamos dado el aposento de nuestro corazón, ¿no podemos seguir adelante y dar nuestro cuarto de huéspedes a sus discípulos, y nuestra hospitalidad amorosa a los que salen por amor de su nombre (3 Juan 1:5-8)?
ORACIÓN
¿Hay alguna cosa bajo el sol
que contigo mi corazón quiera compartir?
¡Ah, arráncala de allí, y reina tú solo,
Señor de cada impulso que haya en mí! AMÉN.
16 de abril
¡AL MISMO PASO!
«Venid a mí; llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga».— Mateo 11:28-30.
UN YUGO… ¡para dos! A lo largo de toda su vida terrenal, Jesús decía: llevad mi yugo. ¿Cuál era su yugo? Sin duda era su deseo de hacer la voluntad del Padre. Esta fue la consigna de su vida (Juan 5:30; Juan 6:38). Tan persuasivo era su llamado, que los hijos de Zebedeo dejaron a su padre y la barca; Andrés y Simón, sus redes; y Mateo, su banco de tributos, para hacerse sus discípulos. Mujeres abandonaron sus pecados, y hombres sus ambiciones, para llegar a ser sus humildes amigos y seguidores. Saulo, el orgulloso joven fariseo, oyó su llamado y, abandonando todo lo que podía conducirle a altos honores y al éxito mundano, tuvo por su mayor gloria asociarse con Cristo en la redención de un mundo perdido. Pero esta asociación o comunión requiere acuerdo, identidad de propósito. «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» (Amós 3:3). Por eso no puede haber comunión entre la luz y las tinieblas, entre el alma cristiana y el incrédulo (2 Corintios 6:14-18; 1 Juan 1:6-7). El yugo significa arar el subsuelo. La salvación de un mundo perdido, o de una sola alma humana, no es un juego de niños. Cristo veía delante de sí la dura superficie de la humanidad, el espíritu del hombre endurecido por largos años de descuido y de resistencia. Antes de que pueda efectuarse la salvación hay que remover el subsuelo, y que sean revelados los pensamientos de muchos corazones (Jeremías 17:9-10). El yugo significa comunión. ¡Lo divino y lo humano se unieron para alimentar a los cinco mil, para convertir el agua en vino, para resucitar a Lázaro! Nunca ha habido una isla rescatada del canibalismo para el servicio de Cristo, ni un paralítico limpiado y sanado, sin la cooperación de lo divino y lo humano. Llevar el yugo anticipa la cosecha. Así aramos el surco con esperanza, sabiendo que un día la mies estará madura, y Uno semejante al Hijo del Hombre meterá su hoz aguda y segará. ¡Qué gozo participar en esa fiesta de la cosecha!
ORACIÓN
Las ataduras que tú impones, oh Señor, son alas de libertad. Rodea mi corazón con el cordón de tu amor cautivador. Átame a ti como atas los planetas al sol, para que llegue a ser la ley de mi naturaleza dejarme guiar por ti. AMÉN.
17 de abril
NUESTROS RECURSOS
«Contentos con lo que tenéis ahora; porque él ha dicho: No te desampararé, ni te dejaré».— Hebreos 13:5.
¡LO QUE tenéis ahora, y algo más! El griego significa literalmente que hay dentro de nosotros un poder no desarrollado que solo espera ser llamado, y que habrá suficiente. Quizá esté hablando a personas que desearían tener más dinero, o más talento, o más influencia. Sueñan con las vidas que vivirían, con las obras que harían, si tan solo estuvieran en mejores circunstancias. ¡Pero Dios dice que no! Tienes presentes, dentro de los estrechos límites de tu propio alcance, las cualidades que el mundo necesita. Úsalas, y conténtate con lo que tienes. Nunca has explorado los recursos de tu propia alma.
«Lo que tenéis ahora»: Moisés solo tenía una vara, pero una vara con Dios puede abrir el mar Rojo. David solo tenía cinco piedras lisas, pero estas, con Dios, derribaron a Goliat. La mujer solo tenía una vasija de aceite, pero aquella vasija de aceite, con Dios, pagó todas sus deudas. La viuda pobre rascaba el fondo de la tinaja, pero con Dios el puñado de harina sustentó a su hijo, a ella misma y al profeta hasta que llegó la lluvia. El muchacho solo tenía cinco panecillos y dos pececillos, pero con Jesús bastaron para cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. ¡Calcula lo que tienes, y luego cuenta a Dios en la cuenta! Él nunca suelta tu mano. ¡Nunca dejará ni desamparará a los que confían en él!
¡Por tanto, conténtate! Las obras más gloriosas que han bendecido y enriquecido al mundo no las han hecho hombres ricos. Nuestro Señor no tenía ninguno de los bienes de este mundo; los apóstoles no tenían ni plata ni oro; Carey era solo un pobre zapatero remendón; Bunyan, un calderero ambulante; Wesley dejó dos cucharas de plata. No es dinero lo que se necesita, sino amor humano y Dios. Por tanto, no seas avaro; no acumules, ¡da! Sé fuerte y vive contento. Di confiadamente: «El Señor es mi ayudador; no temeré», ¡para la vida o la muerte, para la tristeza o el gozo!
ORACIÓN
Al alma que en Jesús buscó su descanso
él no puede, no quiere, a sus enemigos dejar;
y aunque todo el infierno se esfuerce en tomarla,
¡él nunca, no, nunca, la habrá de abandonar! AMÉN.
18 de abril
ALABANZA Y ORACIÓN
«A ti aguarda la alabanza, oh Dios, en Sion; y a ti se cumplirá el voto. Oh tú, que oyes la oración, a ti vendrá toda carne».— Salmos 65:1-2.
¡QUÉ ARREBATOS hay aquí! Le recuerdan a uno la alondra al amanecer, que llena los espacios del aire con una música que amenaza con desgarrar su diminuta garganta. El salmista está en comunión con Dios. Disfruta tanto de su oración y de su alabanza que le parecía que toda carne debía despertar para disfrutarlas también. Sus iniquidades y rebeliones han sido purgadas. Siente que Dios lo hace acercarse a su lugar secreto, y toda la naturaleza adquiere un nuevo resplandor y una nueva belleza.
¡Los pronombres personales referidos a Dios, tú, ti, tu, aparecen al menos veinte veces en trece versículos! Recordamos que Wordsworth habla de una Presencia que fluye a través de todas las cosas: «Un sentimiento sublime de algo hondamente compenetrado, cuya morada es la luz de los soles ponientes, y el océano redondo, y el aire vivo, y el cielo azul: un movimiento y un espíritu». ¡El poeta era un amante de los prados, y de los bosques, y de las montañas!
También a muchos de nosotros la naturaleza nos parece apenas la delgada cubierta o vestidura que solo en parte oculta la gloria y la belleza de la presencia de Dios. La zarza todavía arde en fuego. Las cumbres de los montes están llenas de los caballos y carros de los ángeles guardianes. «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos». No hay voz ni lenguaje que el sentido ordinario del hombre pueda percibir; pero cuando nuestro corazón está limpio y nuestros oídos abiertos, nos damos cuenta de que estamos en contacto con Aquel a quien un día veremos cara a cara, pero que ya ahora se revela a los de limpio corazón (Mateo 5:8).
ORACIÓN
Oh Dios, Padre celestial nuestro, renueva en nosotros el sentido de tu bondadosa presencia, y que sea en nosotros un impulso constante hacia la paz, la confianza y el valor en nuestra peregrinación. AMÉN.
19 de abril
¡LA CONFIANZA DEL AMOR!
«Enviaron, pues, sus hermanas a él, diciendo: Señor, he aquí, el que amas está enfermo».— Juan 11:3.
EL PASO de los años hizo posible que el Apóstol descorriera el velo que cubría la feliz amistad y comunión de Cristo en el hogar de Betania. ¡Fue el único oasis verde en el áspero desierto por el que pasó camino de la cruz!
Había diversidad en aquel hogar: Marta, práctica, enérgica y atenta a todo lo que pudiera contribuir a la comodidad de aquellos a quienes amaba y servía; María, dotada de percepción espiritual y de tierna simpatía; Lázaro, probablemente hombre de pocas palabras, callado y discreto; pero Jesús amaba a cada uno (Juan 11:5).
Las hermanas nunca dudaron de que Cristo se apresuraría, a cualquier riesgo, a salvar a Lázaro en cuanto el mensajero jadeante le llevara la noticia de su enfermedad. Cualquier cosa menos que el Amor infinito se habría lanzado al instante a socorrer aquellos corazones afligidos; solo el Amor divino podía contener el ímpetu del tierno corazón del Salvador hasta que el Ángel del Dolor terminara su obra. Él quería enseñar a sus discípulos lecciones inolvidables, y anhelaba además que creciera espiritualmente la fe de las hermanas.
Este capítulo podría llamarse con más verdad «La resurrección de Marta», porque nuestro Señor la capacitó, prosaica y práctica como era, para comprender que él era la Resurrección y la Vida. Insistió en que la fe de ella era condición esencial para que su hermano volviera a la vida. El énfasis recae en la palabra «tú» (Juan 11:40). Nuestro Señor necesita siempre que la fe colaboradora de algún corazón sincero esté con él cuando obra un milagro, y escogió a la menos indicada de las dos hermanas para proporcionar el punto de apoyo sobre el cual pudiera descansar la palanca de su ayuda divina. Cuando ella retiró su objeción a que se quitara la piedra, su fe se volvió de pronto capaz de reclamar el mayor de los milagros de Cristo.
Él nos llama también a nosotros a ayudar a nuestros hermanos. En muchos casos, los que han recibido vida de Cristo siguen atados con las vendas del sepulcro; viejos hábitos y malas compañías se aferran a ellos y estorban su avance, y él nos manda: «Desatadle, y dejadle ir». Nos pide nuestra cooperación en la liberación de los que han estado sujetos bajo el poder del Maligno.
ORACIÓN
Oh Dios, nos gozamos de poder volvernos a ti en medio de una gran ansiedad y encomendar todas nuestras aflicciones a tu ayuda segura. Así como estás con nosotros a la luz del sol, quédate con nosotros en la nube. Sostennos con tu presencia cercana, y que los consuelos que hay en Jesucristo llenen de paz nuestros corazones. AMÉN.
20 de abril
VIDA ABUNDANTE: GRACIA QUE SOBREABUNDA
«Porque, si por el delito de uno reinó la muerte por uno, mucho más reinarán en vida por uno, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia».— Romanos 5:17.
¡FÍJATE EN esa palabra: Recibir! Primero recibimos el perdón, o la reconciliación, y luego la abundancia de la gracia (Romanos 5:11-17). No podemos merecer ni ganar lo uno ni lo otro; todo lo que tenemos que hacer es tomar lo que Dios ofrece, mediante un acto de la voluntad que acepta y se apropia. Si los hombres se pierden, es porque rehúsan recibir la gracia y el amor de Dios, que se nos han asegurado, a pesar de nuestro fracaso y de nuestro pecado, por medio del segundo Adán. Debemos creer que hemos recibido, aun cuando no tengamos conciencia de ninguna experiencia nueva (Juan 1:12). Es algo bendito, cuando nuestra vida emocional está en bajamar y nos sentimos decaídos, recibir, aspirar, beber «la abundancia de la gracia», y saber que él obra en nosotros con poder.
No hay límite para la abundancia de la provisión de Dios: ¡sobreabunda! El Apóstol repite esa palabra, que en realidad significa «rebosar» (Romanos 5:15, Romanos 5:17, Romanos 5:20). Y el resultado de recibir más y más de la plenitud de Dios es que reinamos, no en la vida futura, sino en esta. Nuestra vida se vuelve regia, soberana, triunfante.
Esta vida gloriosa, en la que cada día vencemos el pecado, cada día usamos y esparcimos las inescrutables riquezas de Cristo, cada día ayudamos a otros a subir hasta la vida del trono, está al alcance de todo el que lee estas palabras. Dios quiere que entres en ella; ha hecho toda provisión para ella, y en este mismo momento te insta a entrar en ella. Lo único que tienes que hacer es recibir la abundancia de su gracia y del don de la justicia. Abre tu corazón y tu vida, y él los llenará; atrévete a creer que los ha llenado, aunque no lo sientas; y sal a vivir una vida regia, ¡repartiendo la largueza de su real generosidad!
¡Pero debemos derramar a medida que Dios derrama en nosotros! Solo así podrá confiarnos su plenitud. Nuestro amor a los demás, nuestra disposición a ayudarlos, nuestra prontitud para perdonar y nuestra paciencia deben llegar hasta el agotamiento de nosotros mismos, si queremos conocer la vida abundante y la gracia que rebosa.
ORACIÓN
Por las almas redimidas, por los pecados perdonados; por los medios de gracia y la esperanza del cielo, Padre, ¿qué se te puede dar a ti, que todo lo das? AMÉN.
21 de abril
NUESTRA VIDA DE ORACIÓN
«Y Daniel, cuando supo que la escritura estaba firmada, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba, y daba gracias delante de su Dios, como solía hacerlo antes».— Daniel 6:10
LA HORA escogida. Fue en el momento en que los enemigos de Daniel parecían haber logrado su caída y su muerte —«cuando supo que la escritura estaba firmada»— cuando este heroico estadista se arrodilló, oró y dio gracias a Dios. Hay momentos en que la oración es la única salida de nuestras perplejidades. George Müller dijo: «Nuestra misma debilidad da ocasión a que se manifieste el poder del Señor Jesucristo. Aquel Bendito nunca nos deja ni nos desampara. Cuanto mayor es la debilidad, más cerca está él para manifestar su fuerza; cuanto mayores son nuestras necesidades, más motivo tenemos para confiar en que se mostrará nuestro Amigo. Esta ha sido mi experiencia durante más de setenta años: cuanto mayor la prueba, cuanto mayor la dificultad, más cerca la ayuda del Señor. A menudo parecía que iba a ser abrumado, pero nunca llegó a tanto, y nunca llegará. Más oración, más fe, más ejercicio de la paciencia traerán la bendición. Por tanto, nuestra tarea es sencillamente derramar nuestro corazón delante de él; y la ayuda, a su tiempo y a su manera, vendrá con toda seguridad».
La dirección escogida. «Abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén». Allí había estado el santo Templo, y el altar del incienso; allí Dios había prometido poner su Nombre y encontrarse con su pueblo. Cuando oramos, nuestras ventanas deben estar abiertas hacia nuestro bendito Señor, que ministra por nosotros en el cielo y mezcla el mucho incienso de su intercesión con las oraciones de todos los santos (Hebreos 7:25; Apocalipsis 8:3).
La actitud escogida. «Se arrodillaba». Es muy apropiado arrodillarse ante Dios en homenaje y adoración. San Pablo doblaba sus rodillas, aun con las manos encadenadas, ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 3:14). Pero también podemos orar mientras caminamos, o estamos sentados, o vamos de viaje. Nehemías lanzó una oración al Dios del cielo antes de responder a la pregunta del rey, pero también oraba delante de Dios día y noche. Adquiramos el hábito de orar y dar gracias tres veces al día. Tarde, mañana y mediodía, que Dios oiga tu voz.
ORACIÓN
Siempre queremos bendecirte,
servirte como tus huestes de arriba;
orar y alabarte sin cesar,
gloriarnos en tu amor perfecto. AMÉN.
22 de abril
LA LUCHA DE MEDIANOCHE
«Y Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios… Y Jacob se quedó solo, y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba».— Génesis 32:1, Génesis 32:24.
¡ASÍ ES nuestra vida mortal! ¡Encontramos ángeles antes de toparnos con nuestros Esaús! Sus escuadrones invisibles deben contarse entre nuestros bienes permanentes.
«¡Oh almas cortas de vista! Quizá no veamos a nuestros ayudadores en su vuelo descendente, ni oigamos el rumor de alas de plata que baten despacio en el silencio de la noche». Pero ciertamente están presentes (Salmos 34:7; Hebreos 1:14). Si nos acostumbramos a su presencia y a su ayuda, podremos llegar pronto, como Jacob, a una experiencia del Eterno ante la cual todo lo demás quedará reducido a la insignificancia. Cuando nuestras Raqueles y Leas, el bullicio de los niños y el mugido de los rebaños quedan lejos; cuando el único sonido es el suave murmullo del arroyo o el suspiro del viento nocturno; cuando la sensación de soledad invade el espíritu y las huestes estrelladas se despliegan sobre nosotros, es entonces cuando podemos entrar en contacto personal con Aquel cuyas delicias, desde la antigüedad, eran con los hijos de los hombres. Él es el Verbo de Dios, pero es también el Salvador, el Amante y el Amigo del hombre.
En nuestro primer encuentro, él luchará con nosotros para quebrantar nuestra obstinación; tocará el tendón de nuestra fuerza hasta que no podamos resistir más; se apartará de nosotros hasta que insistamos en que no podemos dejarlo ir; despertará en nosotros un anhelo y una urgencia misteriosos que solo él puede satisfacer. Y al terminar esa memorable entrevista, nos habrá enseñado que prevalecemos mejor cuando estamos en nuestra mayor debilidad, y nos habrá susurrado al oído, en respuesta a nuestra súplica, su propio Nombre sublime, Siloh, ¡el Dador de la Paz eterna!
¿Por qué no habrías de encontrarte con ese Ángel y dejar que él te haga príncipe?
ORACIÓN
No te canses de mí, buen Señor. Soy todo debilidad, pero tú eres Todopoderoso, y puedes desplegar perfectamente tu fuerza en mi debilidad. Hazme aborrecer de veras todo lo que tú aborreces, y amar fervientemente todo lo que tú amas, por Jesucristo. AMÉN.
23 de abril
LA DIRECCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
«Intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Y se le mostró a Pablo de noche una visión: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos».— Hechos 16:7-10.
EL ESPÍRITU de Jesús cierra a menudo puertas en los largos corredores de la vida. Avanzamos probando una tras otra, pero hallamos que todas están cerradas con llave, para que entremos en la que él ha abierto para nosotros (Apocalipsis 3:7-8). A veces, al seguir la dirección del Espíritu, parecemos llegar ante un muro ciego. El pequeño grupo misionero se encontró frente al mar. No habían pensado cruzar a Europa, pero no parecía haber otro camino abierto. Caminaban de un lado a otro por el malecón o el embarcadero, contemplando las olas inquietas y observando los extraños atuendos de marineros y viajeros reunidos en aquel próspero puerto, que llevaba un nombre famoso en todo el mundo por el sitio de Troya.
Con tales pensamientos en el corazón durmió San Pablo aquella noche en su humilde alojamiento, y en sus sueños un hombre de Macedonia, semejante a uno que había visto en el muelle, se puso en pie y le hizo señas (Hechos 16:10, R.V.).
Cuando es posible que el juicio llegue a una conclusión acertada a partir de las sugerencias que el Espíritu divino pueda proporcionar, se nos deja pensar por nosotros mismos los problemas de nuestra carrera. Al alcance de tu mano están los materiales necesarios para formarte un juicio correcto; úsalos, sopesa los pros y los contras y, mirando a Dios para que te guarde de equivocarte, actúa. Una vez que hayas tomado una decisión, en fe y oración, sigue adelante, sin dudar ni mirar atrás.
Una puerta pequeña puede conducir a una vasta oportunidad. San Pablo pudo haberse desanimado por la acogida que tuvo en Europa. Buscó al hombre que había visto en la visión, pero el único rastro del culto a Dios que pudieron hallar fue la reunión de unas pocas mujeres. ¡Cuánto debieron de sobresaltarse ellas ante la súbita aparición de estos misioneros! Pero una obra poderosa para Dios comenzó en la vida de al menos una de ellas, «el corazón de la cual abrió el Señor». No despreciemos la más pequeña abertura, porque nunca podemos saber a qué lugar espacioso puede conducirnos.
ORACIÓN
Oh Dios, puesto que no sabemos lo que traerá un día, sino solo que la hora de servirte está siempre presente, haz que despertemos a los reclamos inmediatos de tu santa voluntad; que no esperemos a mañana, sino que nos rindamos hoy. Consagra con tu presencia el camino por donde vayan nuestros pies; y la obra más humilde resplandecerá, y los lugares más ásperos serán allanados. AMÉN.
24 de abril
DIMENSIONES ESPIRITUALES
«Y la ciudad está situada en cuadro; la longitud, la anchura y la altura de ella son iguales».— Apocalipsis 21:16.
EL CUBO era evidentemente una unidad de medida predilecta de los hebreos. El Lugar Santísimo era un cubo, y también lo era la Nueva Jerusalén, la Ciudad Santa, que San Juan vio en visión, «que descendía del cielo, de Dios». Se nos recuerda la longitud, la anchura, la profundidad y la altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Efesios 3:18). ¿No debería ser esta la medida de toda vida bien ordenada?
Debe haber Longitud, es decir, el avance del alma que deja lo que queda atrás y se extiende a lo que está delante. Nunca debemos darnos por satisfechos con lo que ya hemos alcanzado, ni creer que somos perfectos.
Pero junto con la longitud debe haber Anchura. Nuestra vida debe extenderse a derecha e izquierda para ayudar a los demás. La cruz representa el desprendimiento de uno mismo, y los que afirman haber sido crucificados con Cristo deben vivir, no para sí mismos, sino para aquel que murió por ellos, y por medio de él para todo lo que él cuida y ama. El mundo está lleno de vidas solitarias, cansadas y desoladas, a las cuales Cristo nos enviaría si estuviéramos dispuestos para su servicio.
Debe haber también Profundidad. ¡Debemos habitar en lo hondo! El Apóstol dice arraigados, es decir, debemos hundir nuestras raíces en el subsuelo; fundados, debemos tener nuestros cimientos en las profundidades mismas de una vida escondida con Cristo. De su vida debemos brotar como manan las fuentes de las profundidades de los montes. Las raíces de los árboles necesitan extenderse bajo tierra tanto como las ramas por encima.
Debe haber Altura. Nuestros ideales deben elevarse siempre. Debemos poner la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Subamos allá por el pensamiento y la oración, y moremos donde Cristo está sentado a la diestra de Dios (Colosenses 3:1-4).
ORACIÓN
Oh Dios eterno, santifica mi cuerpo y mi alma, mis pensamientos y mis intenciones, mis palabras y mis acciones; que mi cuerpo sea siervo de mi espíritu, y cuerpo y espíritu siervos de Jesús; para que, haciendo aquí todas las cosas para tu gloria, sea yo partícipe de tu gloria en el más allá, por Jesucristo nuestro Señor. AMÉN.
25 de abril
CULTIVAR LA ALEGRÍA
«El corazón alegre hace bien como una medicina (trae buena sanidad); mas el espíritu triste seca los huesos».— Proverbios 17:22.
«Estad siempre gozosos; orad sin cesar; dad gracias en todo».— 1 Tesalonicenses 5:16-17 (R.V.).
UN CORAZÓN feliz y alegre es cuestión de cultivo. No podemos permitirnos abandonarnos por completo a nuestros estados de ánimo. Hay momentos en que nos sentimos abatidos y tristes sin ninguna razón especial, ¡salvo que nos domina un estado de ánimo! Es en esos momentos cuando necesitamos ungir nuestra cabeza y lavar nuestro rostro, para no dejarnos consumir por nuestra irritabilidad ni imponer a los demás nuestro abatimiento, ¡porque nada hay peor que ser un aguafiestas! (Mateo 6:16-18.)
Por otra parte, nada hay más molesto que estar siempre en compañía de una persona cómica que cree que toda ocasión ha de servir para la broma. Al cabo de un tiempo uno se cansa tanto de los chistes y de los perpetuos juegos de palabras como de la melancolía; pero, al evitar este extremo, no debemos caer en el otro: llevar una expresión lúgubre y entregarnos a un humor sombrío que no tiene explicación.
Podemos cambiar nuestras disposiciones y nuestros estados de ánimo mediante una acción resuelta de la voluntad. Podemos negarnos a parecer desdichados, a hablar en tono lastimero, a ser pesimistas, a contagiar el abatimiento. Con espíritu desinteresado podemos revestirnos de un ánimo alegre, ataviarnos con las vestiduras del gozo, ungirnos con el espíritu de alabanza y gratitud, y salir al mundo a derramar sobre el sendero de la vida rayos de sol, y no sombras. No alimentes la tristeza de tu corazón, no sea que tu espíritu y el de los demás queden quebrantados.
Podemos fomentar un corazón alegre deteniéndonos en las cosas luminosas de nuestra suerte, contando las misericordias que nos quedan en lugar de pensar en lo que hemos perdido. Cuando el corazón está lleno de la luz y del amor de Dios, ¿puede ser otra cosa que alegre? ¿Y cómo se obtiene esto, sino por una unión viva con Jesucristo? En él hay una provisión infinita de paz y gozo, de sol y de luz. Abrámosle nuestro corazón, y revistámonos de estas cosas como nos vestimos cada mañana con nuestra ropa (Isaías 61:3-10).
ORACIÓN
En todas las cambiantes escenas de la vida,
en la angustia y en el gozo,
las alabanzas de mi Dios ocuparán
siempre mi corazón y mi lengua. AMÉN.
26 de abril
LOS DÍAS DE NOÉ
«Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor reverente preparó un arca para la salvación de su casa; y por esa fe condenó al mundo, y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe».— Hebreos 11:7.
HACEMOS BIEN en prestar atención a la descripción de los «días de Noé», porque nuestro Señor dijo que como fue en aquellos días, así será en los días que cierren la era presente (Mateo 24:37-39). El mundo de aquel tiempo había hecho grandes progresos en las artes y en la civilización. Pero, como ha sucedido una y otra vez a lo largo de la historia humana, el gran lujo produjo una inmoralidad infame, crueldad y una indiferencia generalizada hacia los derechos de Dios. En aquellos tiempos antiguos sucedieron cosas que tienen su equivalente en las grandes ciudades de nuestra época. En aquella atmósfera febril abundaba toda clase de pecado, y, por misericordia hacia la raza, no hubo otra alternativa que poner fin a aquella generación perversa. «Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, y no conocieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos».
En medio de todo esto, Noé llevó una vida intachable y justa. Andaba en diaria comunión con Dios (Génesis 6:8-9). Su Amigo todopoderoso podía revelarle sus intenciones. «El secreto del Señor es para los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto».
Mantente cerca de Dios, para que puedas oír los acentos de su voz apacible y delicada. Nuestra experiencia más feliz es cuando andamos con él en comunión ininterrumpida y él nos introduce en pacto consigo mismo. Por medio de un solo individuo cuyo corazón sea perfecto para con él, Dios salvará a otros. También nosotros cruzaremos el Diluvio de la Muerte y entraremos en la nueva vida de la Resurrección; pero debemos ser prontos para discernir su voz, y nuestras manos diestras para cumplir las revelaciones de nuestro divino Maestro y Amigo.
ORACIÓN
Guíame, oh Señor, por camino recto hacia ti, y guárdame en tu gracia hasta el fin. AMÉN.
27 de abril
EL AMOR A LA HOSPITALIDAD
«Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad; porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles». Hebreos 13:1-2.
NUESTRO TEXTO se refiere a aquella escena memorable en que Abraham estaba sentado a la puerta de su tienda, probablemente adormecido por el calor del mediodía. De pronto vio a tres hombres que, al parecer, esperaban limosna y ayuda. Muchos viajeros habían llegado antes a su puerta en busca de ayuda y hospitalidad, que él había dado generosamente. Pero, aunque el calor era intenso, y aunque quizá se había visto decepcionado una y otra vez por quienes recibían su generosidad, sintió que era mejor ser decepcionado cien veces que perder la ocasión de mostrar hospitalidad y acogida. Por eso se levantó de un salto, llamó a Sara para que le ayudara, y entre los dos atendieron con prontitud a los tres desconocidos. ¡Cuán agradecido debió de estar por no haberse negado a hospedarlos, pues dos de ellos eran ángeles, y el tercero era el Hijo de Dios!
En nuestras vidas atareadas, donde escasea el espacio, nos resulta menos fácil cuidar de las personas que puedan llegar como extranjeros entre nosotros; pero hay una hospitalidad de la mente que todos podemos ejercer cuando abrimos el corazón a alguna historia de dolor. Ninguno de nosotros se da cuenta del todo, a menos que haya sufrido de ese modo, de cuánto ayuda a algunas personas poder desahogar sus cargas y sus penas. Es mucho tener una mente hospitalaria, un oído compasivo, y hacer sitio en nuestro corazón para la historia de dolor, tristeza y soledad humanos que algunos, casi desconocidos, quieran confiarnos. Bien podemos reprocharnos que nuestro corazón no se parezca más al albergue o a la posada donde las almas tristes o cansadas puedan deslizarse en busca de refugio. Aunque no puedas decir mucho, siempre puede estar abierta la puerta de tu corazón, por donde entren los solitarios y desolados y hallen en ti un fuego de simpatía, bondad y buena voluntad.
28 de abril
UN OFICIO CAMBIADO
«Salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió».— Lucas 5:27-28.
EL COMERCIO entre el Oriente y las vastas poblaciones del Mediterráneo pasaba por el lago de Galilea, lo que suponía un negocio muy provechoso para Capernaúm y para las ciudades y pueblos más pequeños. La aduana en la que este hombre, Leví, ocupaba un puesto lucrativo estaba probablemente muy cerca del lago, que nuestro Señor frecuentaba mucho, y así pudo haber tenido ocasión de escuchar su enseñanza. Por otra parte, es posible que el llamamiento del Salvador le resultara absolutamente inesperado, aunque provocó una respuesta inmediata, pues se levantó, lo dejó todo y siguió a Jesús. Sin duda volvió más tarde para cerrar sus libros y entregar el saldo que pudiera estar a su cargo.
Nuestro Señor lo llamó Mateo, que significa «don». Fue una gran adquisición para el grupo de los discípulos, y el don de su Evangelio a la Iglesia ha hecho al mundo entero deudor suyo. Mateo oculta, con hermosa modestia, que preparó un gran banquete para el Maestro, quizá en parte para señalar su adhesión a su nueva vocación, y en parte como ocasión para presentar a su Amigo recién hallado a los publicanos y pecadores, es decir, a los excomulgados de la ciudad (Lucas 5:29-30). Aquel banquete pudo haber sido el primer paso hacia la fundación de la Iglesia cristiana. Nuestro Señor aprovechó con gusto la ocasión para declarar su propósito de buscar y salvar lo que se había perdido, de crear una nueva sociedad sobre ese principio y de hacer posible que estas ovejas perdidas fueran recogidas en el redil con el rebaño.
Si Zaqueo se hallaba entre los presentes aquel día, es probable que para él fuera el comienzo de una vida nueva, y que, sentado allí bajo la fascinación de Cristo, ¡resolviera reparar el daño a todo aquel a quien hubiera engañado o cobrado de más!
Procuremos que haya más gozo en nuestra vida religiosa. Busquemos a las personas que se creen excomulgadas para siempre de la Iglesia. ¡Puede que encontremos entre ellas a un Mateo, a un Agustín o a un John Bunyan!
ORACIÓN
Oh Dios, adondequiera que nos guíes queremos ir, porque tus caminos son perfecta sabiduría y amor. Une nuestra voluntad con la tuya, y entonces no tendremos que temer ningún mal, ni aun la muerte misma, porque todas las cosas han de ayudarnos a bien. AMÉN.
Así, las manos frías hallarán calor, y las almas heladas por falta de amor y simpatía podrán ser abrigadas y reconfortadas, y descubriremos que, al mostrar amor a un extranjero, hemos estado sirviendo a nuestro amado Señor mismo, que dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».
ORACIÓN
Ayúdame, bendito Señor, a sobrellevar las flaquezas de los débiles, a socorrer a los que están abrumados en la lucha de la vida y a llevar las cargas de los demás. AMÉN.
29 de abril
EL TESTIMONIO DE LA CONCIENCIA
«Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente su conciencia, y acusándolos o excusándolos sus razonamientos unos con otros».— Romanos 2:15 (R.V.).
LA CONCIENCIA sostiene el espejo ante la vida interior y nos muestra exactamente lo que somos a la luz de la infinita pureza y justicia de Dios. La palabra deriva del latín con, «con», y scio, «yo sé». La conciencia es lo que un hombre sabe consigo mismo o contra sí mismo.
A veces podemos encontrarnos con nosotros mismos con una sonrisa; esto es lo que llamamos una buena conciencia; otras veces no nos gusta encontrarnos con nosotros mismos, sino que sentimos vergüenza: no podemos engañarnos ni burlar a la conciencia. Sabemos, y sabemos que sabemos, que esto está bien y aquello mal; que esto es bueno y aquello malo. La conciencia es mala compañera de cama, dice el viejo proverbio, y cuando nos turban malos sueños y damos vueltas, nos agitamos y nos incorporamos sobresaltados, el descanso se vuelve imposible. Es muy necesario mantenerse en buenos términos con la propia conciencia, y no nos extraña que el Apóstol se propusiera conservar una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hechos 24:16).
Todos los hombres tienen conciencia; de lo contrario, Dios no podría juzgarlos, pues no habría norma por la cual probarlos o condenarlos; pero en la mayoría de los casos la conciencia carece de instrucción. Juzga rectamente hasta donde sabe, pero su conocimiento es escaso y su capacidad de hacer distinciones precisas es limitada. La conciencia cristiana es iluminada e instruida por la luz que cae sobre ella desde el rostro de Cristo. Procura que tu conciencia sea corregida constantemente por la norma de Cristo. Nunca manipules la conciencia, ni amordaces sus protestas, ni ahogues su voz. Nunca digas que por una vez no importa. Nunca te atrevas a dejar que su voz se apague de cansancio. Obrar así es manipular la maquinaria moral más delicada del universo. Procuremos que nuestros corazones sean purificados de mala conciencia en la sangre de Jesús, para que nos acerquemos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe (Hebreos 10:19-23).
ORACIÓN
Oh Señor, dame tu Espíritu Santo en mayor medida, para que su presencia salvadora limpie mi conciencia y su santa inspiración ilumine mi corazón. AMÉN.
30 de abril
COLABORACIÓN EN EL SERVICIO CRISTIANO
«Hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas».— Lucas 5:7 (R.V.).
TODOS QUEREMOS llenar nuestras redes y nuestras barcas con los peces que hemos pescado para Cristo. ¿Cómo lo haremos? Hay ciertas condiciones del servicio cristiano fructífero que deben observarse. Nuestras redes deben estar limpias. Ellos estaban «lavando sus redes». Fue bueno que se hubiera hecho este trabajo necesario; de lo contrario, no habrían podido zarpar al instante y echar sus redes a la orden del Maestro (Lucas 5:4). «Si alguno se limpiare…, será vaso para honra, santificado y útil para los usos del Señor». Procuremos estar siempre dispuestos a responder al llamamiento de Cristo.
Debemos estar preparados para obedecer a Cristo en las cosas pequeñas. Nuestro Señor pidió primero a Pedro que apartara un poco su barca de tierra. Él sabía lo que iba a hacer después, cuando exigiera mucho de la obediencia y de la fe de Pedro; pero primero le hizo esta ligera petición. Los deseos del Maestro se cumplieron con presteza, y el púlpito flotante, que subía y bajaba con el oleaje del agua, quedó al servicio del Señor mientras él, sentado, enseñaba a la gente. Recuerda que siempre que prestes tu barca vacía a Jesús, él te la pagará devolviéndotela llena de peces.
La voluntad de Cristo debe obedecerse aun en contra de nuestro propio criterio. Pedro había pasado toda su vida como aprendiz del lago, y sabía todo lo que había que saber del arte de pescar. Cuando nuestro Señor le mandó: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes», ¡echar las redes de día iba en contra de todo su conocimiento y de toda su experiencia práctica, sobre todo después de haber trabajado toda la noche en vano! Felizmente para él, dijo: «¡En tu palabra echaré la red!».
Debemos estar dispuestos a compartir con otros. Pudo haberse quedado con la pesca para sí, pero anhelaba que los demás participaran de la generosidad del Maestro, «y vinieron, y llenaron ambas barcas».
ORACIÓN
Oh Dios, tú nos has encomendado nuestra obra, y nosotros queremos encomendarte nuestros cuidados. Haz que sintamos que no somos nuestros, y que tú atenderás nuestras necesidades mientras nosotros estamos atentos a tu voluntad. AMÉN.
Capítulo 4 completado
Abril