Nuestro andar diario
Febrero

Capítulo 2 · 1 h 10 min de lectura · 1 h 31 min de escucha

Febrero

1 de febrero

EL PROPÓSITO DE LA VIDA

«Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad».— Juan 18:37.

ESTA FUE la respuesta de nuestro Señor a la pregunta de Pilato, y hasta cierto punto cada uno de nosotros puede apropiarse sus palabras. Los inmortales versos de Wordsworth sugieren que estuvimos delante de Dios para recibir nuestra comisión antes de ser revestidos de este cuerpo de humillación. No necesitamos discutir si el poeta acierta o no en su suposición de que «no en completa desnudez ni en completo olvido venimos de Dios, que es nuestro hogar». Basta saber que Dios, que no aborrece nada de lo que ha hecho, nos envió a realizar un ideal, a cumplir un propósito, a dar testimonio de algún aspecto de la verdad. ¿No deberíamos preguntarnos, como en su presencia, si estamos cumpliendo el propósito divino de lo que el Apóstol llama «nuestro supremo llamamiento»? (Filipenses 3:14).

Dios creó cada alma con un propósito. El alfarero toma en sus manos un trozo de barro con un designio concreto. Cuando lo coloca sobre la rueda horizontal, se propone hacer de él una vasija que adorne un templo o un palacio, o tiene en mente que sirva para algún uso doméstico. La rueda que gira, por un lado, y su hábil manejo, por otro, irán desarrollando y completando su propósito. «¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero?, dice el Señor».

«Tú me hiciste y me formaste. Tú escogiste el tiempo y las circunstancias de mi nacimiento, mis padres y mi herencia, mis dotes mentales y mi constitución física. Desde el principio conociste la estructura de mi cuerpo, que formaste en lo oculto y entretejiste en lo más profundo de la tierra».

A nuestra humilde pregunta: «¿Por qué me has hecho así?», Dios no siempre da una respuesta audible. Su respuesta es a menudo silenciosa; penetra en el alma sin que lo notemos, y sabemos que estamos cumpliendo su propósito. Si estás ocupado en alguna tarea ingrata que evidentemente es tu deber; si estás encerrado como compañero de alguien a tu cargo con quien no congenias; si eres llamado a servir a personas que parecen indiferentes o faltas de comprensión, pide que el Salvador y tú seáis uncidos al mismo yugo, que su voluntad se haga por medio de ti, que su amor y su bondad soporten y sufran en ti, y que des testimonio de la verdad, tal como está en Jesús.

ORACIÓN

Oh Dios, algunos de nosotros rehuimos la obra de nuestra vida, a aquellos con quienes tenemos que tratar, el trabajo ingrato y las tareas fastidiosas. Haznos capaces de ver tu plan y de confiar en ti, que estás llevando a cabo tu plan en nuestra vida. Que el amor de Cristo nos constriña a no vivir ya para nosotros mismos, sino para él. AMÉN

2 de febrero

EL MISTERIO DE LA REGENERACIÓN

«Jesús le dijo: El que no naciere de lo alto, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?».— Juan 3:3-4.

¡NO TE maravilles!, dijo Jesús a Nicodemo; pero, a pesar de ello, es difícil no maravillarse ante la maravilla y el misterio del nuevo nacimiento.

El nacimiento, como en el caso del pollito, es una salida. Es la salida de una diminuta criatura desde la oscuridad y el encierro al gran mundo, con su bóveda azul, su manto verde y su abundante riqueza. Así, el mineral puede nacer al vegetal, el vegetal al animal, el animal al humano, el humano a lo divino. Pero en cada caso el proceso es el mismo. Nacemos de lo alto. (Véase la lectura marginal de la A.V. y de la R.V. en Juan 3:3-7.) En otras palabras, el reino que está por encima de nosotros tiene que inclinarse y tomarnos en unión consigo mismo.

Este nuevo nacimiento de lo alto es la cara celestial de la fe. Así como la mano extendida tiene dos caras, la palma y el dorso, así el acto por el cual somos incorporados a la vida eterna tiene dos caras: los ángeles hablan de él como nacer a la vida de Dios; nosotros lo describimos como confiar en Jesucristo para salvación. Si creemos, si confiamos en él, hemos nacido de lo alto. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna». A los que le reciben, Jesús les da potestad de ser hechos hijos e hijas de Dios. «Ahora somos hijos de Dios».

Este es el misterio del nuevo nacimiento. «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritos todos mis miembros, que fueron luego formados, cuando aún no existía ninguno de ellos». Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí. Alto es, no lo puedo alcanzar». Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él, el Primogénito de entre los muertos, se manifieste, ¡seremos semejantes a él!

Es una maravilla que de algún modo misterioso despertemos y nos encontremos unidos por los lazos del nacimiento y de la naturaleza a este mundo maravilloso. ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el verdadero significado de esta disciplina de dolor y cansancio entrecortada de gozo y alegría? ¡No lo sabemos! Pero ¿no es más maravilloso aún que nos encontremos perteneciendo a aquel mundo eterno por medio de Jesucristo nuestro Señor; que él sea la escalera que une este mundo con el suyo, y que donde él está, estaremos también nosotros?

ORACIÓN

Te damos gracias, oh Salvador, porque nos has enseñado a conocerte y a amarte; pero sobre todo te damos gracias porque nos has adoptado en tu familia y nos has hecho hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso. Que andemos como hijos de luz y pasemos por el mundo cumpliendo los ministerios del cielo. AMÉN.

3 de febrero

LA FUENTE DE LA VIDA

«El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; mas el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna».— Juan 4:14.

UNA MAÑANA, cuando la tierra estaba alfombrada de flores de primavera, una mujer despertó en el pequeño pueblo de Sicar, que estaba en el regazo de los montes gemelos Ebal y Gerizim. Poco imaginaba que aquel día revolucionaría no solo su propia vida, sino la de incontables miles. Por lo que sucedió aquel día, su historia quedaría embalsamada en la historia de la humanidad, y ella daría el primer paso de un camino que, según cuenta la tradición, terminó en el martirio.

Su naturaleza era apasionada e intensa. ¡El pozo era hondo! Había procurado satisfacer su corazón con el amor humano, pero en vano, y había dejado de creer en el amor. Había perdido su reputación, y sus vecinas no toleraban su presencia junto al antiguo pozo, de modo que no le quedaba más remedio que llevar allí su cántaro en el bochorno del mediodía, en lugar de hacerlo al fresco de la tarde, cuando las mujeres venían a sacar agua.

No carecía de religión. Estaba la antigua tradición de la fe de Jacob, pues él había vivido a la vista de aquellos montes y había bebido de aquel pozo. Ella creía en esta religión de sus antepasados, que había existido en su sublime sencillez antes de que surgiera la división entre judíos y samaritanos, y había escuchado muchas discusiones sobre los derechos rivales de los templos de Jerusalén y de Gerizim. Creía también que algún día aparecería el Mesías tanto tiempo esperado y lo explicaría todo. Mientras tanto, sin embargo, estaba enferma y cansada de corazón. Su visita diaria y solitaria al pozo parecía resumir su experiencia interior. «Dame, extranjero —parecía decir—, algo que calme esta sed del alma y me restituya los años que comieron la langosta y el pulgón. ¡Entonces dejaré de tener sed y de venir hasta aquí a sacar agua!».

¿No es ella figura de miríadas? Algunos de mis lectores han bebido de todos los pozos cavados por manos humanas y los han hallado salobres o vacíos. Se han apartado de todos ellos con el antiguo veredicto: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». ¿Te pasa así a ti, amigo mío? Entonces puede ser que aquel que se apartó mucho de su camino habitual para hallar y ayudar a esta alma angustiada esté cerca de ti también, esperando abrir esos manantiales ocultos de los cuales, si un hombre bebe, no volverá a tener sed jamás.

ORACIÓN

Oh Cristo, que te sentaste junto al pozo de Jacob, dame a beber del agua de la vida y a oír tu voz, que es como música; haz que aquella fuente de la que hablaste a la mujer brote dentro de mi corazón para vida eterna. AMÉN.

4 de febrero

¡SUBE, OH POZO!

«El que tiene sed, venga. El que quiere, tome del agua de la vida de balde».— Apocalipsis 22:17.

LA VERDADERA religión es la unión del Espíritu de Dios con el espíritu humano, y esto se realiza en Jesucristo y por medio de él. «El que se une al Señor, un espíritu es. Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres. Él revela al Padre, nos une con el Padre y viene con el Padre a hacer morada con nosotros (Juan 14:21-23).

Siguiendo con el pensamiento de la lectura de ayer, así es como nuestra vida religiosa llega a ser una fuente que brota. La mujer hablaba de «el pozo»; nuestro Señor, de «la fuente en el pozo». Ella hablaba del cansancio de sacar el agua; él, del agua que sube. Para demasiados, la religión no es espontánea, sino derivada. Necesitan cultos religiosos, o un predicador que los entusiasme, o libros que les sirvan de estimulante religioso. Todos nos beneficiamos de las ayudas externas, pero no debemos depender de ellas. Aprende el hábito de estar quieto delante de Dios, hasta que su amor brote dentro de ti con anhelo y fervor.

Todo lo que impida el brotar de la fuente debe ser abandonado. En cierta ocasión ocurrió algo curioso en un seminario. La casa estaba llena de estudiantes cuando, de repente, falló por completo el suministro de agua. Después de hacer todos los esfuerzos por localizar la avería, se mandó llamar a un fontanero, que fue directamente a la unión entre la tubería general y la de la casa. Al abrirla se descubrió un sapo enorme que había llenado el orificio y hacía imposible que pasara el agua. Había entrado como un diminuto renacuajo, se había alojado en la junta, viviendo del agua, hasta que, ya crecido, había taponado el paso.

Algo así puede suceder en nuestra vida. Un pecado oculto puede crecer dentro, sin que nada lo frene, hasta ahogar el amor de Dios que entra. Jesús sabía que en el corazón de la mujer había un pecado no confesado que le impedía recibir el agua viva. En su misericordia, puso al descubierto aquella cosa mala, el obstáculo fue quitado, y la fuente de la vida brotó en el acto. Ella dejó sus argumentos y se hizo discípula. Olvidó sus prejuicios y, dejando atrás el cántaro, se fue al pueblo diciendo a todos los que encontraba que por fin había hallado al Mesías. Al poco tiempo volvió con todo el pueblo detrás de ella, ¡y Jesús supo que había llegado el tiempo de la siega!

ORACIÓN

¡Oh Salvador de los hombres! No soy más que una vasija de barro común; pero haz que sea limpiado y purificado, y luego lleno de tu tesoro celestial. Sumérgeme hondo en el agua de la vida, y da refrigerio por medio de mí a muchos corazones sedientos y cansados. AMÉN.

5 de febrero

LA MANO DE DIOS QUE GUÍA NUESTRA VIDA

«El Señor es mi pastor; nada me faltará».— Salmos 23:1.

«Cuando ha sacado fuera todas sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz».— Juan 10:4.

¿NECESITAS DIRECCIÓN para tu camino? Mira a Jesús; siempre es posible distinguir su figura, aunque esté en parte velada por la niebla; y cuando la pierdas de vista, quédate quieto hasta que él vuelva a buscarte y restablezca la bendita comunión. No te fíes de las impresiones, que a menudo se contradicen unas a otras, que suben y bajan con caprichosa inconstancia y son como remolinos sobre una corriente; no busques dirección en amigos que discreparán entre sí, y de los cuales no habrá dos que te den el mismo consejo por las mismas razones; mira más bien a Cristo; échale a él la responsabilidad de hacerte conocer el camino que debes tomar; déjale a él hacerlo tan claro que no puedas hacer otra cosa que seguirlo; dile incluso que te quedarás quieto hasta que ponga sus brazos debajo de ti y te lleve adonde quiere que estés. No te inquietes ni te agites. Pon el gobierno de tu vida sobre su hombro y déjale llevar a cabo su plan.

A veces nos guía al reposo de los delicados pastos y a la quietud de las aguas de reposo. En otras palabras, se nos deja durante meses y años felices cumplir con lo ordinario y cotidiano de la vida, contentos de ocupar un pequeño espacio y recibiendo grandes aumentos de fuerza espiritual para el servicio futuro. Otras veces somos guiados desde los pastos de la llanura hacia los montes. El camino es soleado; por encima de nosotros, los riscos escarpados; por debajo, el torrente oscuro y turbio; pero esto está bien; no querríamos estar siempre tendidos en los pastos ni andar siempre despacio junto a las aguas. Es bueno subir a las alturas, con su amplia vista y su aire vigorizante.

Al caer la tarde, el Pastor puede llevar a su rebaño de vuelta a los valles, a través de los bosques oscuros, donde las ramas se juntan por encima y la fiera acecha emboscada; pero sabemos que en una mano tiene la vara o garrote, con que golpear a cualquier cosa que nos ataque, y en la otra el cayado para sacarnos del hoyo. No nos llevaría a un valle oscuro que él no hubiera explorado, y cuyos peligros no estuviera preparado para vencer. La oscuridad, el dolor o la muerte no prueban que hayamos perdido su dirección o tomado el camino equivocado, sino más bien que él nos considera capaces de soportar la prueba por la fe en él.

ORACIÓN

Dinos, oh Señor, adónde llevas hoy a tu rebaño, para que sigamos tus huellas. No te pedimos que vengas por nuestro camino, sino que nos enseñes el tuyo. AMÉN.

6 de febrero

EL IDEAL CRISTIANO

«Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».— Filipenses 3:13 Filipenses 3:14

UN IDEAL es una concepción mental del carácter conforme a la cual deseamos moldear nuestra vida. Es el fresco que pintamos en las paredes de nuestra alma y que contemplamos sin cesar en nuestras horas de soledad; y como el corazón se educa por los ojos, nos vamos asemejando cada vez más a lo que admiramos.

Nuestro ideal debe estar claramente más allá de nosotros. Debemos estar dispuestos a tensar los músculos y a poner a prueba nuestras fuerzas, intentando algo que los que mejor nos conocen nunca nos creyeron capaces de lograr. Como san Pablo, debemos tener por estiércol las ambiciones ordinarias de los hombres, olvidar lo que queda atrás y proseguir hacia lo que está delante.

Debemos escoger como objetivo algún ideal que esté manifiestamente a nuestro alcance, a nuestro juicio o al de otros. Es un error poner ante nuestra mente un ideal que esté del todo en desacuerdo con la constitución de nuestra naturaleza. Por eso debemos aprender a decir con el Apóstol: «…prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús». Ten la seguridad de que Dios te creó y te redimió con un propósito concreto. Descubre ese propósito y dedícate a cumplirlo.

Nuestro ideal debe dar unidad a la vida. Feliz el hombre que es capaz de perseguir su ideal en cada hora de conciencia, y que puede decir: «¡Una cosa hago!». Tales personas son irresistibles. Los que conocen a fondo un solo tema, o dedican todas sus energías a perseguir un solo propósito, lo arrollan todo a su paso. La búsqueda de un carácter santo puede proseguirse siempre y en todas partes. En cada acto y pensamiento podemos llegar a ser más semejantes a Cristo.

El ideal de Cristo es el ideal más alto. «Para ganar a Cristo, y ser hallado en él». Pero tal ideal solo se realizará a costa de la negación de uno mismo. Tienes que dejar a un lado tu propia justicia para obtener la suya; tienes que estar dispuesto a tener todas las cosas por pérdida; tienes que desoír las exigencias imperiosas de la pasión. Así estarás preparado para la hora en que aun «el cuerpo de tu humillación» sea transformado a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo. Su poder obra a tu favor; en ti y por ti él sujetará a sí mismo todas las cosas.

ORACIÓN

Tú, oh Cristo, eres todo lo que quiero. Que tu gracia abunde para conmigo, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abunde para toda buena obra. AMÉN.

7 de febrero

VISIÓN Y PROPÓSITO

«Y dije: ¿Qué haré, Señor?».— Hechos 22:10.

«No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo a la meta».— Filipenses 3:12, 13, Filipenses 3:14.

CUANDO EL apóstol Pablo fue llevado de repente a la presencia del Eterno, todo el curso de su vida cambió. En aquel destello de Luz vio al Salvador exaltado, y comprendió que se estaba oponiendo a los propósitos de la gracia redentora; y aquella visión transformó todos sus propósitos y todas sus acciones. Desde aquella gran hora olvidó lo que quedaba atrás, y se esforzó por asir aquello para lo cual había sido asido por Cristo Jesús. Su ambición era edificar su vida conforme al modelo que se le había mostrado en el monte.

Años después, al repasar la obra de su vida —las iglesias que había fundado, las ciudades que había evangelizado, las epístolas que había escrito—, bien podría haber pensado que ya lo había alcanzado; pero cuanto más subía, más alturas divisaba que lo llamaban por encima de lo que había logrado. ¿No nos sucede lo mismo a nosotros cuando comparamos la visión del propósito de Dios con lo que hemos hecho realidad? ¡Ah, si se nos devolvieran los años que se fueron, para hacerlo mejor, para ser más exactos y más acertados al convertir en hechos vivos aquellos hermosos ideales que nos llamaron hace tantos años! Puede que la visión del santuario nunca llegue a realizarse perfectamente por estas torpes manos de aprendiz. Sin embargo, Dios acepta y perdona los errores, como la madre acepta las puntadas torpes de su hijita que procura ayudarla con la costura. «No que ya lo hayamos alcanzado, ni que ya seamos perfectos, sino que proseguimos», ¡y Dios perdona y acepta nuestros pobres remiendos!

¿Qué debemos hacer para alcanzar nuestros ideales? Debemos estar más a menudo en el santuario, en comunión con Cristo, a cuya imagen hemos de ser conformados. Con el salmista debemos decir: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra». Al contemplarlo a él, seremos transformados a su semejanza. Como él es, así llegaremos a ser nosotros. Mártires la noche antes de su agonía; reformadores que vacilaban ante su tarea; eruditos que se preguntaban si su larga abnegación valía la pena; padres y madres; maestros y obreros; predicadores y misioneros: todos ellos han permanecido en el santuario de Dios hasta ver la visión y el ideal. Entonces han contado con que aquello que Dios les había enseñado a anhelar, él estaba dispuesto a capacitarlos para llevarlo a cabo. «Al que cree todo le es posible».

ORACIÓN

Concédeme gracia, oh Señor, para que pueda percibir y conocer lo que debo hacer, y tenga también gracia y poder para cumplirlo fielmente. AMÉN.

8 de febrero

FIDELIDAD EN LA VIDA DIARIA

«Sirviendo con buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres».— Efesios 6:7.

LA RUTINA común de la vida diaria puede ser un llamamiento divino. A menudo decimos de un joven que «ha sido llamado al ministerio»; pero es igualmente apropiado decir que el carpintero ha sido llamado al banco de trabajo, el herrero a la fragua y el zapatero a su horma. «Hermanos», dijo el apóstol, «cada uno en lo que es llamado, en esto permanezca para con Dios».

Recuerda que tu vida ha sido dispuesta por la sabia providencia de Dios. Dios envió a José tanto a la rutina y la disciplina de la cárcel como a la gloria y la responsabilidad del palacio. Nada nos sucede que no esté incluido en su plan para nosotros; y los incidentes que parecen más fastidiosos están muchas veces dispuestos para darnos ocasión de llegar a ser caracteres más nobles y más fuertes.

Somos llamados a ser fieles en el cumplimiento de los deberes que se nos han asignado. No al brillo, ni al éxito, ni a la notoriedad que atrae la atención del mundo, sino al cumplimiento regular, tranquilo y cuidadoso de los deberes pequeños y comunes; la fidelidad en lo muy poco es a los ojos de Dios un logro tan grande como en lo más grande.

En toda obra honrada, por pesada, laboriosa y vulgar que sea, somos colaboradores de Dios. Tenemos que ayudar a Dios a dar a los hombres su pan de cada día. A él le corresponde hacer crecer el trigo, pero el hombre debe segar y trillar, moler la harina, hacer el pan y repartirlo. El sastre es colaborador de Dios: le ayuda a vestir los cuerpos que él hizo de modo que necesitaran ropas de diversos tejidos. El constructor coopera con Dios para dar techo a sus hijos. El comerciante ayuda a traer los productos de Oriente para refrescar y enriquecer a las masas trabajadoras de Occidente. Dios se sirve del hombre de mil maneras para servir a los hijos de los hombres.

Toma, pues, tu trabajo, tú que pareces ser un don nadie, el que lleva la carga, la criada para todo, el oficinista o el dependiente de tienda. Hazlo con ánimo valiente, alzando los ojos a Aquel que durante muchos «años trabajó en el banco de carpintero. En medio de las muchas escenas y quehaceres de la vida, pon siempre al Señor delante de tu rostro. Hazlo todo como en su presencia, y para ganar su sonrisa; y procura cultivar un espíritu de amor a Dios y a los hombres. Busca ocasiones de animar a tus compañeros de trabajo. No murmures ni refunfuñes, sino deja que tu corazón se eleve desde tu faena hasta Dios, tu Hacedor, tu Salvador y tu Amigo. Así el servicio más humilde resplandecerá, como resplandecen las briznas de hierba cuando el sol y las gotas de rocío las adornan.

ORACIÓN

No te alejes de mí, oh Señor, en este día; y que a lo largo de todas sus horas se me halle haciendo lo que es agradable delante de ti. AMÉN.

9 de febrero

CAMBIAR NUESTRAS FUERZAS

«Los que esperan al Señor tendrán nuevas fuerzas».— Isaías 40:31.

ES MÁS que probable que estas líneas sean leídas por algunos que han perdido el ánimo. Desfallecen bajo la larga y ardua tensión de la vida, y están a punto de rendirse a la desesperación. Les parece como si Dios hubiera olvidado tener misericordia, y hubiera encerrado con ira sus piedades. A todos ellos les dice Isaías: Dios no está cansado; tú crees que lo está porque lo estás tú. Espera en el Señor, y cambiarás tus fuerzas (véase la nota al margen).

No se trata de cambiar tu entorno, sino de cambiar tu valor, tu capacidad de aguante, tu seguridad de la victoria; entonces, a pesar de todo obstáculo y de toda dificultad, levantarás alas como las águilas, correrás y no te cansarás, caminarás y no te fatigarás.

El orden inevitable. ¡Levantarse en alas, correr, caminar! Habríamos supuesto que al principio de la experiencia religiosa vendría el caminar; luego el caminar se convertiría en carrera; y por fin el corredor se lanzaría con alas al azul, ¡como el águila, una mota negra contra el cielo! Pero la experiencia confirma el orden del profeta. ¡Isaías tiene razón! Nos elevamos, corremos, caminamos.

Reclamemos la promesa: «Los que esperan en el Señor cambiarán sus fuerzas». Con demasiada frecuencia en el pasado hemos dependido del estímulo de cultos, sermones y convenciones que hacían que las brasas volvieran a arder en el altar del corazón. Hemos vuelto a nuestros hogares, a nuestro trabajo diario, con un celo y un impulso nuevos que han durado semanas o meses. Luego nos hemos encontrado otra vez decaídos; hemos corrido y nos hemos cansado; hemos caminado y nos hemos fatigado.

A todos ellos les llega la palabra: si quieres volver a levantarte en alas, correr y caminar, tienes que cambiar tus fuerzas. ¡El tiempo nos pasa factura! ¡Los estados de ánimo nos influyen! ¡Las circunstancias nos estorban! ¡Satanás sopla ráfagas frías sobre el fuego de nuestro corazón y lo enfría! ¡Los pecados amontonan sus escombros entre nosotros y Dios! Apartémonos de todo ello y volvámonos una vez más a Jesús, y esperemos en él. «Alma mía, espera tú solamente en el Señor, porque de él es mi esperanza». ¡No mires atrás, sino adelante! ¡No abajo, sino arriba! ¡No hacia dentro, sino hacia fuera! Nunca a tu propio corazón: sigue mirando a Jesús, a quien la gracia del Espíritu Santo hace cercano y vivo. Así cambiarás tus fuerzas, mientras esperas en el Señor.

ORACIÓN

Tú sabes, Señor, cuántas veces me veo gravemente estorbado e impedido al correr la carrera que tengo por delante. Que tu abundante gracia y misericordia vengan en mi ayuda, para que acabe mi carrera con gozo y reciba la corona de vida. AMÉN.

10 de febrero

¡EL AGUA DE LA VIDA CONVERTIDA EN VINO!

«Haced todo lo que os dijere. Jesús les dijo: Llenad de agua estas tinajas. Y las llenaron hasta arriba».— Juan 2:5, 6, 7.

NO OLVIDES la necesidad de obedecer la voz interior de Cristo, que puede reconocerse por estas tres señales: nunca hace preguntas, sino que es decisiva e imperativa; no es irrazonable ni imposible; y pide una obediencia que nos cuesta algún sacrificio de nuestro propio camino y de nuestra propia voluntad. «¡Haced todo lo que os dijere!».

Haz lo que se te dice. Fue una dura prueba para la fe obediente llenar aquellas grandes tinajas que estaban en el vestíbulo de la casa. Cada una contendría unos noventa litros, y como probablemente estaban casi vacías, llenarlas sería una tarea larga y tediosa, sobre todo en un momento en que los invitados requerían otras atenciones... «¡Y las llenaron hasta arriba!».

En tu obediencia, dale siempre a Cristo la medida colmada. Puede que lo que te pida sea algo muy pequeño: enseñar a una clase de niños, visitar a algún hombre o mujer enfermos, escribir una carta, decir una palabra de consuelo, tender una mano de ayuda, dar el vaso de agua fría; pero procura que tu respuesta sea de corazón y colmada hasta el borde. ¡La tinaja es tu oportunidad! ¡Una muy común y corriente! Un acto que puede parecer innecesario o inoportuno; ¡pero de él puede salir el mayor logro de tu vida! Cuando el Señor te llame a asociarte con él, guárdate de decir: «¡Por favor, no me lo pidas!». No, ¡sírvele hasta el borde! Nunca te pide que hagas por él un pequeño acto sin estar dispuesto a añadir su gracia todopoderosa a tu debilidad, perfeccionando así ese acto. Es asombroso que quiera nuestra ayuda. Démosle hasta el borde, y al hacerlo veremos algo maravilloso y hermoso, que está «escondido de los sabios y de los entendidos, pero revelado a los niños». «Lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua». Muchos de nosotros comprobamos que este milagro sucede constantemente. Llenamos nuestras tinajas de agua hasta el borde; pero al cabo de días de cuidadosa preparación repasamos tristemente el resultado y nos decimos: «Al fin y al cabo, esto es muy poca cosa, ¡en el mejor de los casos, solo agua!». Pero cuando la derramamos sirviendo a otros, sabemos que el Maestro ha estado colaborando con nosotros, ¡y ha convertido el agua en vino! ¡Hay secretos entre el Señor y quienes le obedecen! Es bienaventurado ser colaboradores de Cristo. Él lo sabe, y tú lo sabes. Una sonrisa pasa entre tú y él, ¡y eso basta! ¡El mejor vino siempre se guarda para el final!

ORACIÓN

Capacítame para hacer no solo lo que me gusta hacer, sino lo que debo. Hazme fiel en lo poco, y que en las tareas comunes aprenda tus profundas lecciones de obediencia, paciencia y escrupulosidad. AMÉN.

11 de febrero

LA SUFICIENCIA TOTAL DE CRISTO

«El Señor glorioso nos será un lugar de anchos ríos y arroyos. El Señor es nuestro Rey; él mismo nos salvará».— Isaías 33:21-22.

LA VERSIÓN Revisada inglesa traduce nuestro texto: «El Señor estará con nosotros en majestad».

La referencia solo puede ser a nuestro Salvador, que es el divino Virrey del mundo. Por él fue creado, por él ha sido redimido, en él está depositado su gobierno. Él es Rey de reyes y Señor de señores. ¡Suyas son las glorias de la cruz, de la victoria sobre la muerte y el infierno, de la ascensión, de Pentecostés, del reinado milenial, del tribunal del juicio!

Y este Salvador glorioso y trascendente está dispuesto, y deseoso, de ser el complemento de nuestras deficiencias y necesidades. Miramos a nuestro alrededor, y algunos de nosotros, al comparar nuestra suerte con la de otros, lamentamos nuestras desventajas, aunque no nos quejemos en voz alta. Otros, a quienes conocemos desde la infancia, parecen tener todo lo que el corazón pudiera desear: un matrimonio feliz, un hogar amplio y hermoso, multitud de amigos, una salud rebosante, ocasiones de viajar y de disfrutar que a nosotros se nos niegan. Hemos sido azotados todo el día, y castigados cada mañana. Hemos llevado una vida encerrada, como de claustro. Lo estrictamente necesario para vivir ha sido nuestra única porción, y la inquietud por nuestro futuro ha rondado nuestros sueños.

Pero no estamos solos en esta experiencia. Cuando cada uno se fue a su casa, nuestro Señor Jesús pasó la noche en el monte de los Olivos. Las aves tenían sus nidos y las zorras sus guaridas, pero el Hijo del Hombre no tenía dónde recostar su cabeza, sino que, como Jacob, solía hacer de una piedra su almohada. No eres, pues, un caso aislado si tu vida es árida y solitaria, porque muchos de los santos más nobles de Dios han vivido al día, errando por desiertos y montes, por cuevas y cavernas de la tierra, pobres, angustiados y maltratados.

Recuerda que tales experiencias tienen el propósito de poner de relieve lo que el Señor glorioso está dispuesto a ser y a hacer. En matemáticas hablamos del complemento de una curva: aquello que se necesita para convertir una curva en un círculo completo. Así Jesús está dispuesto a completar nuestra vida, por imperfecta e ineficaz que sea. Él puede compensar todas las deficiencias y llegar a ser en tu experiencia «un lugar de anchos ríos y arroyos». Un río que detenga el mal temido, y un arroyo que refresque y fecunde el corazón sediento y abatido.

ORACIÓN

Sé para nosotros, oh Señor glorioso, un lugar de anchos ríos y arroyos; nuestro Juez, nuestro Legislador, nuestro Rey, nuestro Salvador. Convierte el desierto de nuestra vida en estanque de aguas, y la tierra seca en manantiales. AMÉN.

12 de febrero

RELIGIÓN DE CADA DÍA

«Santificad al Señor Dios en vuestros corazones, y estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. Teniendo buena conciencia».— 1 Pedro 3:15-16

NO CABE duda de que, si todo cristiano comenzara a vivir a la altura del ideal del Nuevo Testamento, evitando siempre lo que Cristo no sería y procurando ser siempre lo que él sería, habría poca necesidad de predicar, porque la belleza del carácter cristiano sería en sí misma lo bastante atractiva para ganar a los hombres para Jesucristo.

Examinémonos a la luz de las sugerencias de este capítulo, del que hemos tomado nuestro texto (1 Pedro 3:8-18). ¿Tenemos el sentir de Cristo, que nos hace dispuestos a no ser de reputación alguna, y a rebajarnos incluso hasta la muerte de cruz por los demás? ¿Somos compasivos, y participamos de las alegrías y las tristezas de otros? ¿Amamos a los hermanos —quizá no siempre nos agraden—, tratándolos con bondad y anteponiendo sus intereses a los nuestros? ¿Somos tiernos y misericordiosos con los afligidos y angustiados? ¿Somos corteses, con la verdadera cortesía cristiana, que difiere del código de buenos modales del mundo? ¿Cómo respondemos a la ofensa? ¿Bendecimos cuando se nos maldice, o devolvemos el golpe con palabras airadas e indignadas? ¿Estamos dispuestos a dejar nuestra vindicación en manos de Dios?

¿Quieres una vida feliz y días buenos? Entonces deja que Dios te vindique y te libre. Oponte al mal, y vive en paz con todos, en cuanto dependa de ti. Lo único por lo que todos debemos estar realmente solícitos es por entronizar a Jesucristo como Señor en nuestro corazón (Versión Revisada). ¿Hay en tu corazón una puerta que se abre a un salón del trono reservado solo para Jesús? ¿Has escrito sobre esa puerta palabras como estas: «Otros señores se han enseñoreado de mí, pero de ahora en adelante solo él es mi Rey»? Está preparado para dar razón de la esperanza que hay en ti. Esto es lo que Pedro, en una ocasión memorable, no supo hacer; y también nosotros fallaremos si no es por la ayuda del Espíritu Santo, que nos enseñará lo que debemos decir (Juan 14:26). Ten buena conciencia: una que pueda mirar a Dios y a los hombres a la cara, y que no tenga conciencia de violar deliberadamente lo que es recto y bueno. Sigue el destello; obedece la luz interior; escucha el silbo apacible y delicado, que siempre está diciendo: «Este es el camino, andad por él».

ORACIÓN

Ayúdame, oh Dios, a vivir de tal manera que quienes se relacionan conmigo, dirigiéndome o sirviéndome día tras día, anhelen tener el amor y el gozo que ven en mí. Muéstrame cómo aplicar a las cosas comunes de la vida diaria los principios celestiales de la vida resucitada. AMÉN.

13 de febrero

LA ASOCIACIÓN DE DIOS CON EL HOMBRE

«Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón». Y dijo Dios: «YO SOY EL QUE SOY. Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros».— Éxodo 3:10-14.

NADA HACE más falta hoy que la asociación de Dios con nosotros como un hecho real en la experiencia cristiana. Muchos quizá asientan a lo que se escribe en estas líneas, y luego lo dejen a un lado como un sueño demasiado etéreo para tener utilidad práctica. Pero cuando el apóstol dijo que «nuestra comunión, es decir, nuestra asociación, es con el Padre y con su Hijo Jesucristo», sin duda quiso que entráramos en posesión de nuestra herencia. «YO SOY _____», dice nuestro gran Socio; «escribe tu necesidad, y yo atenderé tu pedido, conforme a las riquezas de mi gloria en Cristo Jesús». Arranquemos los formularios de pedido del registro de servicio de Dios, llenémoslos y presentémoslos para su entrega. Ni uno solo dejaría de ser atendido. Y si sucediera que hubiéramos diagnosticado mal nuestra necesidad, él borraría el pedido basado en nuestro conocimiento imperfecto, y pondría en su lugar lo que pediríamos si supiéramos. Nada hay más cierto que esto: cuanto más pedimos a Dios, más le agrada hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.

Nuestro Señor se valió de este episodio cuando los saduceos le desafiaron a aducir pruebas de la vida futura tomadas de los libros de Moisés. Respondió citando este pasaje de la zarza ardiente, y llamó especialmente la atención sobre el hecho de que Moisés se refirió a Dios como el «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob». Dijo que el uso del tiempo presente —YO SOY— probaba que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, y que todos viven para él.

¡Qué consuelo hay en este pensamiento: que nuestros amados que se han ido de nuestro lado respiran la misma atmósfera que nosotros! Todos comemos el mismo alimento espiritual y todos bebemos la misma bebida espiritual. Nosotros vemos por espejo, oscuramente, y ellos cara a cara; pero esta identidad de comunión, de asociación con el «YO SOY», el Dios siempre presente que llena el cielo y la tierra, es prueba y prenda de que ellos no han cambiado en lo esencial. Beben de la misma corriente, más arriba y más cerca de su fuente: «Una sola familia, en él moramos».

ORACIÓN

Cumple tu obra perfecta en nuestras almas, oh Padre. Todavía estamos atados con muchas cadenas; nos detenemos entre las cosas que se ven y son temporales», estamos expuestos a las tormentas del mundo exterior y luchamos con sus males. Pero no desmayamos, porque somos más que tierra y polvo: somos parientes tuyos, oh Espíritu del Señor, y podemos experimentar tu influencia celestial. Llénanos de fe, de amor y de esperanza. AMÉN.

14 de febrero

LA ASOCIACIÓN DE DIOS EN NUESTRA AFLICCIÓN

«En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad».— Isaías 63:9.

MUCHAS SON las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo librará el Señor. Está la aflicción de la mala salud, que nos obliga a hacernos a un lado y dejar nuestras tareas a otros. La languidez de las noches sin sueño, la inactividad y la soledad de los largos días, el temor de ser una carga para los demás. La inquietud por cómo le irá a este o aquel asunto en manos inexpertas. La sensación de impotencia y de debilidad. ¡Estos son los ingredientes de esa copa que muchos tienen que beber!

Está la aflicción de la pobreza, cuando toda puerta parece cerrarse a nuestra petición; cuando cientos de aspirantes responden al mismo anuncio; cuando la vasija de aceite se ha vaciado hasta la última gota, y la tinaja ha sido raspada hasta el fondo; cuando el alquiler está atrasado, las botas se gastan en viajes inútiles, y las caras y las ropas de los niños empiezan a contar la historia de la privación: ¡entonces parece que el hierro entra en nuestra alma!

Está la aflicción de una compañía con la que no congeniamos. «¡Ay de mí, que peregrino en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar!». ¡A cuántos las palabras del salmista les describirían exactamente su situación!: «Mucho tiempo ha morado mi alma con los que aborrecen la paz; yo soy pacífico, mas ellos, así que hablo, me hacen guerra». Hay un sufrimiento aún más profundo cuando un hombre o una mujer están unidos de por vida a alguien que está fuera de Cristo, o cuando uno es el único discípulo cristiano en una familia irreligiosa. Fue con un hondo conocimiento de la naturaleza humana que el apóstol exhortó a sus convertidos a no unirse en yugo desigual con los incrédulos.

Está también la aflicción de la tentación. Los celos, el orgullo, el descontento, la obstinación: todo esto nos asalta desde fuera, y con demasiada frecuencia encuentra respuesta desde dentro, como si hubiera un cómplice escondido.

Tales son algunos de los problemas y aflicciones que oscurecen nuestra experiencia. El error está en que afrontamos nuestras dificultades sin la comunión de Dios, conscientemente experimentada. Llevamos nuestras cargas sin echarlas sobre el Señor y sin reclamar la gracia que espera para socorrernos en la hora de necesidad. No nos damos cuenta de que él ha descendido para librarnos, porque conoce nuestros dolores. En todas nuestras angustias él es angustiado.

ORACIÓN

Oh Dios, no tenemos otra ayuda que la tuya, ni necesitamos otro brazo en que apoyarnos sino el tuyo. Enséñanos a obtener fuerza de ti hora tras hora; en una mirada, en un suspiro, en una breve jaculatoria, que podamos recibir en nosotros esa fuerza que tú has guardado para nosotros en Cristo Jesús, Señor nuestro. AMÉN.

15 de febrero

VIDAS TRANSFIGURADAS

«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento».— Romanos 12:2.

«Mas nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen».— 2 Corintios 3:18.

EN NUESTROS textos, la palabra traducida transformados, o cambiados, es la misma que se usa en Mateo 17:2; y esto debía de estar en la mente del apóstol cuando dijo: «Transfiguraos», y «somos transfigurados en la misma imagen». ¿Cómo puede efectuarse esta transformación? Primero, desde dentro, por la renovación del entendimiento; y segundo, contemplando la gloria del Señor.

La renovación del entendimiento. No es cuestión de emoción ni de éxtasis, sino de poner nuestra mente en contacto estrecho y constante con la verdad tal como está contenida en la Sagrada Escritura. No tienes que estudiarte en el espejo para ver si te vas transfigurando; pero, a medida que día tras día empapas tu mente en la Palabra de Dios, sin darte cuenta, quedarás transfigurado. Moisés no sabía que su rostro resplandecía. Era la multitud que le esperaba al pie del monte la que había de verlo, no él.

Nuestro Señor dijo: «Permaneced en mí, y yo en vosotros». Esto es algo místico y profundo; pero dijo también: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros», y esto sin duda está a nuestro alcance. «No es demasiado alto, ni demasiado hondo, ni demasiado interior, ni demasiado místico», dijo en una ocasión el doctor Whyte; «y cuando el Maestro pide que sus palabras permanezcan en mí, no puede querer decir otra cosa sino que yo traiga a menudo a la memoria sus palabras, las recuerde y me las repita a mí mismo en todo tiempo».

Cual es el pensamiento del hombre en su corazón, tal es él; y si pensamos esos pensamientos de entrega de uno mismo que caracterizaron la previsión y la determinación de nuestro Señor en el monte de la Transfiguración —si nos anima la resolución de presentarnos como sacrificios vivos, santos y agradables a Dios, mientras empapamos nuestra mente en su mente—, la gloria transfiguradora de esa alta resolución pasará insensiblemente a nuestro rostro e irradiará así nuestras acciones más humildes, nuestras palabras más sencillas.

Contemplar y reflejar la gloria del Señor. El espejo, otra vez, es la Sagrada Escritura. Hallamos allí el reflejo de la gloria más alta de nuestro Señor, que se manifiesta no en su obra creadora, sino en su obra redentora. Al contemplar a Aquel que, por nuestra salvación, no escondió su rostro de las injurias y los esputos, sino que se hizo sacrificio voluntario por nosotros, seremos transformados.

ORACIÓN

Oh Señor Jesucristo, concédeme tal comunión contigo que mi alma tenga sed continuamente de aquel tiempo en que te contemplaré en tu gloria. Entretanto, que contemple tu gloria en el espejo de tu Palabra y sea transformado en la misma imagen. AMÉN.

16 de febrero

¡EL AMOR DE CRISTO POR NOSOTROS!

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».— Filipenses 2:5-7.

EL SEÑOR JESÚS se despojó de todo salvo del amor, para poder salir al encuentro de cada alma humana en su propio nivel. Siendo en forma de Dios, e igual a Dios, se vació a sí mismo, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por nosotros. Se despojó de todo para darnos vestiduras hermosas en lugar de las hojas de higuera marchitas de nuestras disculpas y excusas. Descendió tan bajo como para poner los brazos eternos debajo de los más desdichados y desesperados. Quiso bajar tanto que nadie pudiera bajar más. Estaba resuelto a proclamar su evangelio de modo que aun el ladrón moribundo pudiera entrar en el paraíso, y que ni un solo pródigo de toda la familia humana pensara que se había hundido demasiado o había ido tan lejos que quedaba excluido de la esperanza de salvación. «Él puede salvar perpetuamente a todos los que por él se acercan a Dios».

Ciertamente es inexcusable que alma humana alguna eluda el amor de Dios, cuando el Hijo de su amor ha hecho tan gran esfuerzo por darnos a conocer no solo su altura, su anchura y su longitud, sino también su profundidad. ¿Por qué somos tan fríos, tan impasibles, tan inertes? El apóstol habla del amor de Cristo que lo constreñía, del amor de Dios derramado dentro de nosotros e inundando nuestro corazón. ¿Cómo es que, estando el amor de Dios tan cerca, tan próximo, tan fácilmente a nuestro alcance, somos tan apáticos y tan indiferentes?

El remedio está, en parte, en la conciencia de que el amor de Dios nos rodea por todas partes, conciencia que cultivamos por la meditación. «Tu omnipotencia», dice san Agustín, «no está lejos de nosotros aun cuando nosotros estamos lejos de ti»; y otro tanto podemos decir de su amor. Aun cuando nos sentimos fríos y distantes, el amor de Dios nos rodea por detrás y por delante, y su gracia nos cubre con su sombra con ternura infinita. No intentes encender el amor pensando en la cruz como algo lejano en el pasado, sino reflexionando y meditando en el amor de Cristo como algo tan tierno y real como cuando dijo a su madre: «He ahí tu hijo», y a Juan: «He ahí tu madre».

Jesús conoce la necesidad de nuestro corazón, y aun ahora está muy cerca para llevarnos, por el Espíritu Santo, a experimentar su amor. Abramos nuestro ser al bendito Consolador, y él no tardará en responder. «El fruto del Espíritu es amor».

ORACIÓN

Que el Espíritu Santo llene de tal modo mi corazón con la conciencia del amor de Cristo, mi Señor, que no quede lugar en mi vida para nada que sea incompatible con su amor. AMÉN.

17 de febrero

SERVIR AL SEÑOR

«Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional».— Romanos 12:1.

LO PRIMERO que todos debemos hacer es presentarnos a Dios como vivos de entre los muertos, y nuestros cuerpos como sacrificios vivos. En el sendero de la bienaventuranza no se entra por ninguna otra puerta. Solo cuando nos negamos a conformarnos a este mundo, y nos rendimos para ser transformados por la libre entrada del Espíritu Santo en nuestra mente, podemos aprender todo lo que Dios hará por nosotros. Nosotros no somos nada; él lo es todo. Y está dispuesto a ser y a hacer todas las cosas en nosotros, con tal de que nos abramos a él como la tierra se abre al sol del verano.

Quienes viven de verdad la vida rendida no necesitan averiguar la voluntad de Dios por medio de señales. La reconocen por el susurro de su voz y el toque de su mano. Cuando nos negamos a ser moldeados por el mundo, y nos entregamos al Espíritu de Dios que transfigura, comprobamos cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Pero más aún: comenzamos a vivir para los demás, y sacamos por la fe de la plenitud de Dios, para poder servirles como es debido.

Primero entendemos cuál es la voluntad de Dios; luego presentamos nuestros cuerpos para que ella se cumpla por medio de nosotros; luego descubrimos que significa buena voluntad para con los hombres, y llegamos a ser felices canales del ministerio celestial para quienes nos rodean, en alguna de las esferas enumeradas en Romanos 12:6-8 de este capítulo. Es imposible abrigar celos, porque la Cabeza puede usar a este miembro o a aquel; e igualmente imposible enorgullecerse, porque nada tenemos que no hayamos recibido. Recordemos siempre que cada uno tiene un ministerio especial que cumplir, y que hallaremos en nuestra suerte diaria la oportunidad de cumplirlo. Cuántos se parecen al terrateniente del cuento oriental que vendió su propiedad para ir en busca de diamantes, ¡y he aquí que el hombre que compró su propiedad la encontró llena de diamantes! De hecho, era la famosa región de Golconda. En la rutina diaria de la vida hallarás tu oportunidad celestial. Cuántos que suspiran por una gran misión nunca podrán entrar en ella, porque desprecian la puerta baja y estrecha del servicio humilde a quienes viven en su vecindad inmediata.

Pero nunca podremos hacer realidad estos ideales divinos de servicio mediante una mera obediencia externa. Debemos ser constreñidos por un amor santo a nuestro Señor y los unos a los otros. ¡Qué desesperación serían estos ideales sin el Espíritu Santo! Ese amor santo procede de él.

ORACIÓN

Oh Dios, obra en mí no solo el querer sino también el hacer, por tu buena voluntad; y que yo ponga por obra en la vida diaria lo que tú obras en mí. AMÉN.

18 de febrero

EL CLAMOR DEL OPRIMIDO

«Oh Señor, oprimido estoy; sal tú por fiador mío».— Isaías 38:14.

ESTA ORACIÓN es tan indefinida que sirve para cualquier emergencia, y sin embargo está rebosante de fe en que Dios se hará cargo de toda la responsabilidad. ¿Estás oprimido por la sensación de fracaso, por la tentación, por la conciencia del pecado? ¿O por la pobreza, o las deudas, o el temor al desempleo, o por no poder encontrar trabajo? ¿O abatido por una amarga persecución dentro o fuera de tu hogar? ¿O duramente acosado y estorbado por la mala salud, por la falta de esperanza de recuperarte? Todos estos casos de opresión están incluidos en esta petición, y pueden ser entregados a tu fiel Creador, con la certeza de que él está tan dispuesto como capacitado para salir por fiador tuyo. Nunca se cansa de oír tu clamor; los brazos eternos nunca se fatigan; y nuestro Dios no se adormece ni duerme.

¿Qué podemos esperar de una oración tan sencilla, y a la vez tan abarcadora? Conoceremos a Dios. ¿Qué diré? Él me lo dijo, y él mismo lo ha hecho» (Isaías 38:15). Ezequías había sido un hombre religioso, había mantenido los cultos del templo, había gozado de la estrecha amistad de Isaías; sin embargo, en ninguna de estas cosas se había encontrado con Dios cara a cara. Pero cuando volvió su rostro a la pared y derramó la angustia de su alma, tocó a Dios, lo conoció de una manera nueva, lo oyó hablar, lo vio obrar. Solo mediante la enfermedad, la soledad y la presión de una tristeza abrumadora aprenden algunos hombres a vivir de verdad, y descubren ese mundo invisible y realísimo donde la vida del espíritu se abre ante Dios como una flor en primavera.

En el hoyo aprendemos el amor de Dios (Isaías 38:17). ¿Cómo podemos medir el amor de Dios? Dicen que el puño de un hombre es la medida de su corazón. ¡Ven y ponte bajo las estrellas! ¡Ahí está la mano de Dios! ¡Juzga ahora su corazón! ¡Es ilimitado! ¡Por ese amor ha echado nuestros pecados tras sus espaldas, a las profundidades del océano! ¡Con ese amor nos ha sacado del hoyo de nuestros pecados! ¡Por ese amor soporta nuestra fría respuesta y nuestras lánguidas peticiones! ¡Por medio de ese amor nos llevará a la gloria! ¡El suyo es un amor que nunca nos dejará ir!

Toma la mano de Jesús para que te sostenga; mira abajo, al fondo del hoyo del que has sido redimido, y luego mira arriba, al trono de Dios, al cual él pasó en su ascensión, y recuerda sus propias palabras: «Donde yo estoy, vosotros también estaréis». ¡Confía en que él se hará cargo de tu pequeña vida!

ORACIÓN

Te ruego, oh Padre mío, que me encierres en una fe más sencilla y confiada. Que confíe más de lo que sé, y crea más de lo que veo; y cuando mi corazón desmaye dentro de mí, llévame a la roca que es más alta que yo. AMÉN.

19 de febrero

COSAS A FAVOR Y EN CONTRA

«Jacob dijo: Contra mí son todas estas cosas».— Génesis 42:36.

«¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».— Romanos 8:31-37.

¡TU QUEJA es muy amarga, oh príncipe de Israel! ¿Qué te aflige tan dolorosamente? ¿No hay nadie que te consuele?

¡Con razón estoy triste! ¡Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida! Expulsado del hogar de mi padre; extranjero en tierra extraña durante treinta años; en constante temor de mi hermano; obligado por las malas acciones de mis hijos a huir del país; privado de mi amada Raquel; cojo por haber resistido al ángel de Dios... ya había sufrido hasta lo sumo; pero ahora estamos en aprieto por el hambre y la necesidad; José no aparece, Simeón está detenido en la cárcel como rehén, y exigen a Benjamín, el hijo de mi vejez y mi mano derecha».

Guardémonos de emitir juicios apresurados sobre el trato de Dios con nosotros. Él no puede llevar a cabo su hermoso diseño sin algunas puntadas cruzadas en este lado del lienzo. Las nubes negras no son más que sus cisternas de agua, y por el otro lado están bañadas de sol. No mires tus pesares desde las tierras bajas de tu peregrinación, sino desde las alturas del propósito de Dios. Ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después... ¡detente en ese Después! Si Jacob no hubiera sido conducido por este sendero especial, nunca habría salido a la meseta resplandeciente donde Dios mismo es el Sol.

«¡En todas estas cosas somos más que vencedores!». Son palabras valientes, alma esforzada; ¿cómo te atreves a invertir el veredicto del patriarca? ¿Has sondeado las profundidades? ¿Has estado en el hoyo?

«¡Sí! ¡Ciertamente he estado allí! He conocido tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada; tres veces azotado con varas, una vez apedreado. En caminos y peligros, en hambre y sed, en frío y dolor. Pero nada ha logrado apartarme del amor de Cristo; y estoy persuadido de que ni la vida ni la muerte, ni lo presente ni lo por venir... nos podrán apartar jamás del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

¡Sí, gran apóstol y amante de Cristo, tienes razón! En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos ha amado: ¡nuestro Salvador, Jesucristo!

ORACIÓN

Ayúdame, oh Señor, a creer que lo que parecen ser mis pérdidas son en realidad ganancias, y que cada onza de aflicción va añadiendo al peso de gloria, ¡no solo en el más allá, sino ahora! AMÉN.

20 de febrero

GOZO EN LA HORA DE LA PRUEBA

«Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas. Sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia».— Santiago 1:2-3.

SE NOS manda tener nuestras pruebas por puro gozo, puesto que nuestra paciente perseverancia conduce al fin al producto acabado de un carácter santo. Todas las pruebas y aflicciones que nos acosan son vistas y compartidas por nuestro Padre celestial. Dios no libró a Israel del trance de la aflicción, sino que pasó por él con ellos (Éxodo 3:7-9; Isaías 63:9). Evidentemente había un sabio propósito que cumplir por medio de aquellas amargas experiencias en Egipto. Así sucede con nosotros. Hay una razón para nuestras pruebas que ahora no entendemos, pero que entenderemos algún día, cuando estemos en la luz con Dios. Las aflicciones no siempre son castigo, aunque en algunos casos puedan serlo; pero con más frecuencia somos afligidos por diversas pruebas para que la prueba de nuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado. Alegrémonos, pues, y engrandezcamos su misericordia. ¡Qué tema hay aquí para la alabanza! Dulces salmos e himnos han descendido flotando a lo largo de los siglos, llevando consuelo a miríadas, porque quienes los escribieron pasaron por una disciplina penetrante. Y puede que nosotros, que hemos pasado por gran tribulación, podamos aportar a la música celestial notas que los hijos de la luz que nunca cayeron jamás podrían cantar. El salterio de la eternidad no podría estar completo sin los recuerdos, puestos en música, de la gracia que nos sirvió en nuestras pruebas terrenales y nos sacó del horno del dolor.

Entonces contaremos cómo el brazo glorioso de Dios fue también a nuestra diestra, como a la diestra de Moisés; cómo los senderos pedregosos se volvieron suaves como hierba cubierta de musgo; cómo nos sacó del calor abrasador a delicados pastos y aguas de reposo; y cómo proveyó para nosotros a fin de hacerse un nombre glorioso. Sí, haremos memoria del Señor conforme a todo lo que nos haya dado, conforme a sus misericordias y conforme a la multitud de sus piedades. Contaremos la historia de cómo el ángel de su faz nos salvó; de cómo, en su amor y en su clemencia, nos redimió; y de cómo nos trajo y nos levantó todos los días de la antigüedad. ¡Tendremos una gran historia que contar! «¡Mi carne y mi corazón desfallecen, mas tú eres la roca de mi corazón y mi porción para siempre! No serán desolados cuantos en él confían».

ORACIÓN

Dame, oh Señor, un corazón firme, que ningún afecto indigno pueda arrastrar hacia abajo; dame un corazón invicto, que ninguna tribulación pueda desgastar; dame un corazón recto, que ningún propósito indigno pueda desviar. AMÉN.

21 de febrero

EL FUEGO DEL REFINADOR

«Y se sentará para afinar y limpiar la plata; porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata».— Malaquías 3:3.

«Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, aunque sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado».— 1 Pedro 1:7.

NADA ES más difícil de soportar que la aparente falta de propósito del sufrimiento.

Dicen que lo que quebranta el corazón de un presidiario en la cárcel es que le pongan, por ejemplo, a llevar piedras de un lado de la prisión al otro, ¡y luego otra vez de vuelta! Pero nunca debemos mirar las pruebas de la vida como castigos, porque toda pena fue llevada por nuestro Señor mismo. Tienen por objeto destruir las malas hierbas y los desechos de nuestra naturaleza, como hacen las hogueras en los jardines. Cristo nos mira a la luz de nuestros intereses eternos, de los cuales solo él puede juzgar. Si tú y yo supiéramos qué esfera hemos de ocupar en el otro mundo, entenderíamos el significado de su trato con nosotros, como ahora no podemos hacerlo. El Refinador tiene a la vista un propósito que ignoran quienes están a su lado, y por eso no pueden juzgar el procedimiento que está empleando.

Atrévete a creer que Cristo está obrando conforme a un plan en tu vida. Él te ama. ¡Ten paciencia! No se tomaría tanto trabajo si no supiera que vale la pena. «¡No se podan las zarzas, ni se echan piedras comunes al crisol, ni se aran las arenas del mar!». Debes de ser capaz de algún servicio especial, que solo puede realizar un instrumento cuidadosamente preparado; y por eso Cristo se sienta junto a ti como el Refinador, año tras año, para que no te pierdas nada.

Mientras el fuego está caliente, sigue conversando con el Refinador. Medita en estas palabras: «Se sentará para afinar y limpiar la plata». Este pensamiento es especialmente adecuado para quienes no pueden hacer largas oraciones, pero pueden hablar con Cristo mientras él está sentado a su lado. Nicolás Hermann nos cuenta que, como no podía concentrar su mente en una oración prolongada, renunció a los tiempos fijos de oración y buscó una conversación constante con Cristo. Háblale, pues, en medio de tu trabajo diario. Él oye la oración no pronunciada, y percibe tus susurros. ¡Habla con Cristo de tus pruebas, tus tristezas y tus inquietudes! ¡Hazlo tu confidente en tu gozo y tu felicidad! ¡Nada lo hace tan real como hablarle en voz alta de todo!

ORACIÓN

Que el fuego de tu amor consuma en mí todos los deseos pecaminosos de la carne y de la mente, para que en adelante permanezca continuamente en Jesucristo mi Señor, y busque las cosas de arriba, donde él está sentado a tu diestra. AMÉN.

22 de febrero

LA ESCALERA AL CIELO

«He aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella».— Génesis 28:12.

«De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre.— Juan 1:51.

BETEL ERA un páramo desolado en el corazón de Canaán. Las laderas y las llanuras estaban sembradas de enormes peñascos. Mientras huía hacia el norte, Jacob se vio de repente sorprendido por la rápida noche oriental cuando atravesaba aquel páramo desierto. No le quedó más remedio que acostarse sobre el duro suelo, tomando una de las grandes piedras como almohada para su cabeza. Mientras dormía, soñó; y en su sueño su mente entretejió sus últimos pensamientos de vigilia en una mezcla fantástica. Le pareció como si las grandes losas de piedra caliza se juntaran y se edificaran formando una escalera gigantesca, que llegaba desde donde él yacía hasta las alturas estrelladas sobre él; y por aquella escalera iban y venían ángeles, poblando con sus multitudes aquella región tan desolada, y evidentemente interesados en el durmiente que yacía abajo.

Pensemos en aquella escalera mística que es Jesucristo nuestro Señor, por la cual él descendió a nuestra humanidad y subió al trono de Dios. Él es «el Camino» por el cual «los hijos de la ignorancia y de la noche» pueden pasar hacia arriba, a la Luz y el Amor eternos. ¿Dónde estás tú? ¡Puede que en un páramo desierto, en el camarote de un barco, en la choza de un colono, en una humilde casita, en la ciudad populosa, tendido en un lecho de dolor en la sala de un hospital! Dondequiera que estés, Jesús te encuentra y viene justamente adonde estás. Un larguero de la escalera es el oro de su deidad; el otro, la plata de su humanidad, que está apoyada contra tu vida. Pásale a él tus cargas de pecado, de preocupación y de temor. «Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía». «Tenemos un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Ninguno de nosotros está fuera del pensamiento y del cuidado amoroso de Dios. Siempre hay una escalera que une nuestra vida con el cielo, y los ángeles de Dios todavía van y vienen, enviados para servicio a favor de los herederos de la salvación. Procuremos esperar al pie de la escalera para reclamar nuestra parte en las bendiciones que traen a la tierra.

ORACIÓN

Te damos gracias, oh Padre, porque desde cualquier lugar en que tus hijos te busquen hay una escalera que llega más allá de las estrellas, hasta el cielo; porque Jesús es el Camino hacia ti, y podemos venir a ti en él; más aún, tú vienes a nosotros, y envías a tus ángeles para servirnos en nuestra necesidad, porque el cielo está cerca de la tierra, con compasión, ayuda y socorro. AMÉN.

23 de febrero

LA LECCIÓN DE LA ZARZA

«Se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego en medio de una zarza... Y lo llamó Dios, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí».— Éxodo 3:2-4.

¡MOISÉS ERA un anciano de ochenta años! Durante cuarenta años —la primavera de su vida— había gozado del favor de la corte. Hijo del palacio, aunque nacido en una choza de esclavos; según Esteban, poderoso en sus palabras y obras, elocuente en el hablar, instruido en la más alta cultura de su época, acostumbrado a dirigir ejércitos victoriosos en el campo de batalla, o a ayudar a levantar pirámides o ciudades de almacenaje en tiempo de paz: todo cuanto el mundo antiguo podía ofrecer estaba a sus pies (Hechos 7:22; Hebreos 11:24-27). Pero a esto habían seguido otros cuarenta años de destierro, de pobreza y de desengaño. En lugar de las riquezas de Egipto, se ocupaba en apacentar las ovejas de otro, y los años pasaban lentamente en la oscuridad. Era un hombre desilusionado y perplejo. Su propio testimonio fue que, cuando la vida de un hombre llega a los ochenta años, es trabajo y dolor, y él recibe con agrado el corte de la trama (Salmos 90:10).

Una tarde, de repente, una zarza común pareció envuelta en llamas. El resplandor era puro y claro, y mientras miraba, «¡he aquí que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía!». No es de extrañar que se levantara del abrigo que lo protegía del sol y se acercara a «ver esta grande visión». Entonces se oyó aquella voz interior, familiar a todos los corazones puros y humildes, que le hizo comprender que el fuego no era una llama ordinaria, sino la prenda y la señal de la presencia de Dios.

No debemos suponer que hubiera más de Dios en aquella zarza común que en el paisaje que la rodeaba. Era sencillamente la concentración de su presencia, que siempre había estado allí, como está siempre en todas partes. ¡Dios está tan cerca de cada lector de estas páginas como lo estuvo de Moisés en aquel momento! ¡Toma esto a pecho, tú, alma desamparada, abatida e impotente! ¡Ten ánimo! ¡Dios viene a ti, aunque estés humillado y chamuscado, y hayas llegado al fin de ti mismo! Te envuelve, te penetra por completo y se concentra en tu necesidad, diciendo: «YO SOY», y te deja que llenes su cheque en blanco y reclames lo que más necesitas. «Porque los montes se moverán y los collados temblarán, pero su misericordia no se apartará de ti».

ORACIÓN

Algunos de nosotros te necesitamos mucho, oh Dios; hemos sido decepcionados muchas veces en las cosas que pensábamos que nos darían provecho y satisfacción. Cuando estemos más absortos en nuestros quehaceres necesarios, que tu presencia se nos manifieste. Que comprendamos que no vagamos sin rumbo por el desierto sin senderos, porque tú nos guías. Que cada zarza común arda con la llama de Dios. AMÉN.

24 de febrero

¡CANTOS DESDE UN MONTÓN DE POLVO!

«¡Tus muertos vivirán!». «¡Despertad y cantad, moradores del polvo!, porque tu rocío es cual rocío de hortalizas».— Isaías 26:19.

¡ESTA ALEGRE llamada a despertar y cantar va dirigida a los que moran en el polvo! El mundo está lleno de ellos: los que habitan en las oscuras celdas del amor y la fe defraudados, o los que han fracasado en el propósito de su vida, o los que, como Bartimeo, están ciegos y reducidos a la mendicidad. Se ha pintado a la Esperanza con los ojos vendados, la cabeza inclinada, la lira rota en la mano. Sentada sobre el eje de la tierra, que se abre paso con dificultad a través de la tormenta y las nubes, aprieta contra su oído la única cuerda que no se ha roto, como si quisiera captar la música de un tiempo mejor. Así es como en muchas vidas una cuerda tras otra se ha roto y ha fallado, y han venido a sentarse en el polvo de la muerte y la desesperación.

Puede que hayas perdido todo sentido de la cercanía y del amor de Dios, no a causa de algún pecado conocido, sino por debilidad física, agotamiento mental o la soledad de la tristeza y el sufrimiento. Puede que hayas estado buscando una experiencia de Dios, en lugar de a Dios mismo. Lo has estado buscando fuera, mientras él está dentro.

Puede que te tenga perplejo el misterio de la oración no contestada. «Dios mío, clamo de día, y no oyes; y de noche, y no guardo silencio». Sin embargo, ninguna respuesta vuelve del Infinito, y tus oraciones parecen naves perdidas en el mar.

Puede que tu vida no haya realizado sus primeros ideales. A medida que los años avanzan, nos llevan al desengaño y al quebranto del corazón. La vida tiene sus premios y recompensas, ¡pero no son para nosotros!

A todos ellos les transmitimos las palabras de Isaías: «Despertad y cantad, porque tu rocío es cual rocío de luz». El rocío se usa aquí para la gracia y el amor de Dios. En lugar de polvo habrá rocío, que se desliza tan suave y silenciosamente sobre la tierra. ¡Cuanto más seco y sin savia está un trozo de terreno, con más ternura lo acaricia el rocío! Extiende su bondadosa acción incluso a los cementerios, y les manda despertar y cantar con la certeza de la resurrección.

¡Canta!, porque tus estados de ánimo, que el salmista llamó «mi sentarme», no afectan a tu posición en Cristo. Todos estamos sujetos a accesos de desaliento. «Me castigó gravemente el Señor, mas no me entregó a la muerte. ¡Abridme las puertas de la alegría, para que entre por ellas y alabe al Señor!».

ORACIÓN

Te damos gracias porque muchos males que temíamos no han venido sobre nosotros. Las tormentas se han desatado fuera del círculo de nuestra vida. Tu misericordia ha sido mayor que nuestro pecado, tus provisiones más grandes que nuestra necesidad, tu gracia más abundante que la presión de la tentación. AMÉN.

25 de febrero

JESUCRISTO TRIUNFANTE

«¿Quién es este que viene de Edom... hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar».— Isaías 63:1.

¡NUNCA PODEMOS hablar de nuestro Señor como quisiéramos! Escogemos las metáforas más ricas de la Escritura, los ideales de los poetas, las obras maestras del arte más excelso; pero ninguna basta. Empapamos nuestro pensamiento de fragmentos de los diarios y las autobiografías de los santos. ¡Meditamos en sus palabras hasta que nuestro corazón empieza a arder! Pero volvemos a la luz de los días comunes y al llamado de las tareas diarias, sabiendo que lo tenemos a él, pero lo que él es, ni la lengua lo puede decir ni el corazón concebir. Esperamos, pues, con cierta impaciencia, el momento en que el velo se rasgue y lo veamos tal como él es.

El anhelo nostálgico de Cristo, que ha caracterizado a todas las épocas, ha brotado una y otra vez en expresiones sublimes; pero entre todas las imaginaciones de almas santificadas y encendidas, es difícil encontrar una más sugerente e inspiradora que esta visión anticipada de Isaías. Está de pie en las estribaciones de la meseta de Judea, mirando directamente al sur, hacia Edom, cuando le sobresalta un espectáculo inesperado y extraordinario. A lo lejos se divisa un poderoso Conquistador, de porte imponente, que atraviesa lenta y majestuosamente las extensiones del desierto, de espaldas a Edom y con el rostro hacia la frontera de Judea. Es evidente que está solo. Si había conducido un ejército, o si había completado su obra sin ejército, no se ve de inmediato; pero se acerca, marchando en la grandeza de su poder. Es natural que el asombrado vidente le salga al paso con el grito: «¿Quién es este que viene de Edom?». A través del espacio que los separa llega la respuesta: «¡Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar!».

Está claro, pues, que no es un enemigo, sino un Aliado, ¡y mucho más! La palabra salvar indica que no hay razón para temer, sino toda razón para esperar. Observa el aspecto particular de Jesucristo que aparece en esta escena. No es Jesús en la cruz, sino en la gloria de su resurrección y su ascensión. Él es quien monta guardia entre nosotros y el poder de la carne, que Edom representa. No es simplemente el que perdona el pecado, sino el Vencedor de todo pecado. Es más que vencedor para sí mismo: se hace responsable de todos los que confían en él.

ORACIÓN

Oh Señor Jesucristo, Capitán de la salvación, que disciernes la malevolencia y la acción de los espíritus malignos contra mi alma, líbrame, te lo suplico, en medio de las múltiples tentaciones y pruebas que me acosan; dame la salida para que pueda escapar, socórreme con tu gran poder y hazme más que vencedor. AMÉN.

26 de febrero

EL SEÑOR EXALTADO

«En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime».— Isaías 6:1.

VIVIMOS EN tiempos turbulentos; pero siempre en la historia humana, cuando los acontecimientos exteriores parecen más perturbadores y angustiosos, los siervos de Dios son atraídos al lugar secreto del Altísimo, y se les muestra la visión tranquilizadora de la providencia soberana de Dios y de la regularidad ordenada de su reinado eterno. Cuando la tierra atravesaba una oscura angustia y la revolución era inminente, Isaías contempló la estabilidad del trono de Dios.

«Era alto y sublime», ¡muy por encima de toda otra autoridad, poder o señorío en el cielo, en la tierra o debajo de la tierra! Estaba coronado de amor: «por encima de él había serafines». Serafín se deriva de fuego, y los serafines representan el amor radiante. Si el trono representa la estabilidad, el juicio y el poder, entonces por encima de todos estos atributos, y cubriendo como una bóveda a Aquel que está sentado allí, está el amor. Esta es la concepción más elevada posible para los mortales: el amor supremo. El Cordero que fue inmolado está en medio del trono.

El único hombre escogido de todo Israel para ver fue Isaías. Con toda humildad subió las gradas del templo, empujado por las multitudes que iban allí como una mera forma religiosa. Cualquiera de ellos parecía necesitar una visión reveladora más que él; pero fue el hombre que ya había visto quien ahora vio al Señor; fue el único santo en todo Israel que parecía estar más en contacto con Dios el que fue llevado a un contacto aún más estrecho. Los demás vieron solo el templo, el altar mayor y el ritual, pero él vio «las faldas de gloria» llenando cada rincón del lugar santo.

¡No nos contentemos con lo exterior y sensible, con un ritual por espléndido que sea, con sermones por magníficos que sean! Quienes son humildes y perseverantes en su búsqueda de Dios oirán notas que otros oídos no pueden captar, percibirán una Presencia que escapa a la vista ordinaria, entrarán en el reino del espíritu que está cerrado al observador exterior.

El mundo puede estar lleno de tumulto; los ríos han alzado su voz, pero el Señor en las alturas es poderoso, y él vencerá, porque por medio de la muerte, la resurrección y la ascensión, ¡él es Señor de señores y Rey de reyes!

ORACIÓN

No podemos entender el significado de la oscuridad y el tumulto que nos rodean, pero sabemos que tú eres amor, y que tú reinas. Que te veamos exaltado sobre todo principado y potestad, poder y señorío. Gloria y bendición, honra y poder sean a ti, oh Hijo de Dios, que eres el Hombre en medio del trono de zafiro. AMÉN.

27 de febrero

PRACTICAR LA PRESENCIA DE DIOS

«...el Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias».— Filipenses 4:5-6.

LA PALABRA ansiedad procede de la misma raíz que angustia, y sugiere la idea de ahogo. La preocupación ahoga la vida de fe. No nos ayuda a vencer nuestras dificultades, sino que nos incapacita para hacerles frente. Ninguna arma forjada contra nosotros prosperará; toda lengua que se levante contra nosotros será condenada; se nos dará nuestro pan, y nuestras aguas serán seguras. Dios cumplirá su propósito en nosotros, y su bondad y su misericordia nunca cesarán. Échate tú y echa tu carga sobre el Señor, y déjalos allí. ¡Demasiados los vuelven a tomar!

En las tardes de otoño, cuando oscurece, encendemos antes nuestras lámparas, o damos al interruptor, ¡y he aquí un estallido de luz que esperaba que la llamaran! Así mantengamos una sonrisa en el rostro. Como nos quitamos la ropa pesada y empapada de lluvia en el vestíbulo, así dejemos nuestras inquietudes con Dios, hasta que tengamos que reanudar el camino que nos está señalado.

¡El Señor está cerca! Repitamos a menudo estas palabras en medio de las cosas ordinarias de la vida, y también cuando aguardamos su próxima venida. ¡Dilo cuando Evodia y Síntique te estén dando problemas! ¡Dilo cuando estés irritado y pienses que no hay razón para aceptar con tanta mansedumbre desaires y desprecios! ¡Dilo cuando estés preocupado y angustiado! Dilo hasta que vuelvas a entrar en esa Presencia, que es como la luz de la mañana cuando sale el sol. ¡Practica la presencia de Dios! ¡Ten comunión con él! Aun en los negocios, o en medio del trabajo diario, ¡eleva a menudo tu corazón por un momento a la atmósfera de su presencia! Hay una gran diferencia entre la fe y su expresión intelectual. Debemos elevarnos por encima de lo intelectual a la comunión espiritual con Dios. No nos toca a nosotros suscitar un sentimiento pasajero de amor hacia Dios; pronto se desvanecería. Nuestro cometido es la entrega absoluta del corazón a él. No el arrobamiento del místico, sino la conciencia del espíritu que se sabe en unión sin estorbos con la vida del Infinito. Estar siempre, con serenidad, con gozo y con empeño, en unidad con la bendita voluntad de Dios: ese es el paraíso celestial; y cada uno de nosotros, por su gracia, puede andar con él en feliz comunión, como Enoc en la antigüedad, ¡y entonces podremos dar a conocer nuestras peticiones!

ORACIÓN

No te pedimos, oh Padre, salud ni vida. Te hacemos ofrenda de todos nuestros días. Tú los has contado. No queremos saber nada más. Lo único que pedimos es morir antes que vivir siéndote infieles. Vivos o muertos, queremos ser tuyos. AMÉN.

28 de febrero

UN FIEL CREADOR

«Por tanto, los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas a él haciendo el bien, como a fiel Creador».— 1 Pedro 4:19.

¡CUANTO MÁS se meditan estas palabras, más maravillosas parecen! Que Dios es fiel es tan claro como el mediodía. Es fiel en el retorno de las estaciones y en el orden de las órbitas de las estrellas; fiel al contener el diluvio, para que no inunde el mundo ni destruya los hogares de los hombres; fiel a toda criatura viviente que ha hecho, proveyendo exactamente para su sustento. Aun el gorrión de más, que Cristo debió de ver añadir al vendedor cuando su madre compraba otros cuatro, no cae a tierra sin que él lo advierta. Dios es el fiel Creador en los cielos arriba y en la tierra abajo. No nos sorprende, pues, hallar su fidelidad como tema de la Sagrada Escritura; pero ¿por qué subraya Pedro su fidelidad como Creador cuando atiende a las circunstancias particulares de los creyentes que sufren? ¿No es esta la razón? Tendemos a concentrar nuestros pensamientos en el nacimiento, la cruz, el sepulcro y la intercesión de nuestro Señor, y a olvidar que detrás de todo ello, en lo profundo de la naturaleza de Dios —el Creador todopoderoso—, hay fuentes que manan sin cesar de fidelidad, de amor y de ternura. Se nos llama a remontarnos, más allá de la historia de la redención, al silencio infinito de la eternidad, cuando cada uno de nosotros era un pensamiento distinto en la mente de Dios. En su libro estaban escritos todos nuestros miembros, cuando aún no existía ninguno de ellos.

Si hemos hecho realidad ese propósito eterno es algo muy discutible; pero cada uno de nosotros tiene derecho

a mirar el rostro de Dios y decir: «Tus manos me hicieron y me formaron; dame entendimiento para que aprenda tus mandamientos». No podemos poner en tela de juicio el trato de Dios con nosotros. Es inmutablemente sabio y recto. Pero sí podemos reclamarle que de algún modo supla nuestras deficiencias, de manera que, aunque entristecidos, estemos siempre gozosos; aunque pobres, enriquezcamos a muchos; aunque no tengamos nada, repartamos nuestra riqueza como quien lo posee todo. No hay razón para que nuestra vida sea un fracaso, ni razón para que no sirvamos ricamente a los demás, ni razón para que, por su gracia, no seamos más que vencedores. Podemos presentar humildemente esta reclamación al Creador todopoderoso, ¡y él no permitirá que falte su fidelidad!

ORACIÓN

Ayúdanos a encomendarnos a ti haciendo el bien, oh Dios, nuestro fiel Creador. Que hallemos consuelo para nuestras propias penas y decepciones en la compasión y el servicio a los demás. AMÉN.

29 de febrero

EL DESTIERRO DEL DOLOR

«Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor».— Apocalipsis 21:4.

HAY POCAS vidas en el mundo que escapen al dolor. Bajo la superficie exterior de nuestro cuerpo hay una red de nervios, cada una de cuyas fibras puede convertirse en fuente de sufrimiento. Apenas nos damos cuenta de que la salud se debe a la acción combinada de miles de fibras delicadas, cada una de las cuales se mueve en perfecto acuerdo con todas las demás; pero si una de estas diminutas cuerdas se desafina o pierde el tono, sobreviene la discordancia del dolor.

Nuestra mente y nuestro corazón son tan susceptibles al sufrimiento como nuestro cuerpo. Probablemente se genera en el mundo más sufrimiento por el trastorno del alma que por el del cuerpo. El espíritu herido, ¿quién lo soportará? La delicada red de nuestros afectos, de nuestras esperanzas y temores, de nuestra actitud hacia Dios o hacia nuestros semejantes, y nuestra conciencia de nosotros mismos, son capaces de infligir un sufrimiento tan agudo e imperioso que llega a ser una agonía capaz de hacernos casi olvidar el dolor físico.

El dolor tiene un propósito. Es una señal de peligro, que nos obliga a abstenernos de las cosas que lo han causado, o a acudir al médico para que lo alivie. En el mundo moral, Dios ha hecho duro el camino de los transgresores, y ha sembrado de espinas sus senderos, para disuadir a los malhechores y apartarlos de sus malos caminos. En el mundo espiritual, el agudo aguijón del remordimiento, el azote de la conciencia, la agonía de la convicción de pecado cuando, como Pedro, hemos negado a nuestro Señor, son de un valor inestimable para recordarnos que nos hemos salido de la vía y estamos destrozando el carril.

Nuestro Señor Jesús sufrió el dolor. Fue varón de dolores, experimentado en quebranto. Se conmovía de compasión al ver la tristeza y el sufrimiento, y constantemente aliviaba el dolor y sanaba la enfermedad. En esto dio una señal evidente de que un día lo abolirá.

¿Por qué afirmó el vidente de Patmos que el dolor ya no existiría? Porque el dolor nace de la dislocación, y en aquel mundo hermoso todo miembro y toda articulación funcionarán sin roce ni fricción. Porque el dolor es resultado del pecado, y el pecado ya no existirá. Porque el dolor fue causado por el fruto del conocimiento del mal, y nosotros comeremos del árbol de la vida, cuyas hojas serán para la sanidad de las naciones. Entonces habrá cantos en lugar de suspiros, e himnos en lugar de corazones quebrantados.

ORACIÓN

Concede, oh Señor, que nosotros, y todos los que amamos, y todas las almas cansadas y fatigadas, descansemos en paz, y entremos por fin en la ciudad donde no habrá más tristeza, ni llanto, ni dolor, ni pecado, porque las primeras cosas habrán pasado. AMÉN.

Capítulo 2 completado

Febrero

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