Nuestro andar diario
Enero

Capítulo 1 · 1 h 15 min de lectura · 1 h 36 min de escucha

Enero

1 de enero

UN NUEVO COMIENZO

«Despojaos del viejo hombre, en cuanto a la pasada manera de vivir, que está viciado conforme a los deseos engañosos. Renovaos en el espíritu de vuestra mente. Vestíos del nuevo hombre, el cual, según Dios, es creado en la justicia y santidad de la verdad».— Efesios 4:22-24a

«Vestíos del Señor Jesucristo».— Romanos 13:14.

TODOS PODEMOS empezar de nuevo. Por mucho que hayamos subido, siempre hay algo más alto; y por mucho que hayamos caído, siempre es posible volver a empezar. Necesitamos ocupar nuestro lugar en la escuela de Cristo y dejarnos enseñar por él (Efesios 4:20-21).

«El viejo hombre» del que debemos «despojarnos» es, sin duda, nuestra antigua manera de vivir. Si no lo hemos desechado por completo, hagámoslo ahora mediante un acto inmediato de fe en el Espíritu vivo. A un mendigo no le lleva mucho tiempo quitarse los harapos y ponerse en su lugar un traje nuevo, y tampoco tiene por qué llevarnos un instante más desechar los hábitos y pensamientos, las maneras de hablar y de vivir que son indignas de los hijos de Dios. Hazlo ahora, y levanta los ojos al Espíritu Santo para que siga renovándote en el espíritu de tu mente.

Pero más aún: «vistámonos del nuevo hombre», que es la vida de Jesucristo, aquel ideal hecho a semejanza de Dios que el Señor creó para nosotros mediante su bendita vida, muerte y resurrección. Sin embargo, para poder vivir esta vida necesitamos la ayuda diaria del Espíritu Santo. Él entró en nuestro corazón en el momento de la regeneración y ha estado con nosotros desde entonces. Quizá no nos dimos cuenta de su entrada, pero la creemos por la seguridad que nos dan 1 Corintios 6:19, Romanos 8:9 y Efesios 3:16. Por mi parte, me gusta empezar cada día, antes de levantar la cabeza de la almohada, diciendo: «Estás dentro de mí, oh Espíritu de Cristo, aunque no te sienta».

Si no se contrista al Espíritu Santo, él dará testimonio de que somos hijos; entronizará a Cristo como Rey de nuestra vida; mantendrá la vida del yo en el lugar de la muerte; nos dará hambre de las cosas de Dios; nos dará poder para testificar. Para tener una experiencia cristiana firme y bendecida, lo único necesario es cuidar de no contristar al Espíritu. No creo que podamos contristarlo hasta hacer que se aleje, pero sí podemos limitar y estorbar en gran manera su obra de gracia por la falta de sinceridad en lo que decimos, por alimentar un espíritu que no perdona, por cualquier clase de abuso o trato fraudulento, por la impureza en el hablar o por faltar al amor. Un puñado de hilos de algodón puede atarnos hasta no poder mover los brazos, tan firmemente como una recia correa de cuero. Cuidémonos de no contristarlo con tales incoherencias.

ORACIÓN

Cumple en mí, oh Dios, los deseos de bondad que tú has creado en mi corazón, y perfecciona la obra de la fe, para que Jesucristo sea glorificado en mí. AMÉN.

2 de enero

CRISTO, NUESTRO EJEMPLO

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús».— Filipenses 2:5.

EN EL pasaje del que están tomadas estas palabras, el Apóstol presenta la maravillosa descripción del descenso de nuestro Señor para compartir nuestra vergüenza y nuestro dolor, a fin de que se convierta en un impulso vivo y una inspiración para nosotros mismos: que no miremos a lo nuestro, que no lo retengamos con mano apretada, sino que estemos dispuestos a seguir las pisadas de Jesucristo, quien llegó a ser el instrumento por medio del cual Dios llevó a cabo su propósito redentor.

Guiado por el Espíritu de Dios, el Apóstol abre el compás de su imaginación y de su fe, apoya una punta sobre el trono del Dios eterno y la otra sobre la cruz de vergüenza donde Jesús murió, y nos muestra los pasos por los que él se fue acercando más y más a la necesidad y al pecado humanos; para que, habiéndonos abrazado en nuestra bajeza, pudiera llevarnos de vuelta consigo al trono de Dios; y para que, identificándose con nuestro pecado y nuestro dolor, pudiera al final identificarnos con la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese.

«Haya, pues, en vosotros este sentir». Kepler, el gran astrónomo, decía al volver su telescopio hacia las estrellas: «Estoy volviendo a pensar los primeros pensamientos de Dios». Pero nosotros podemos pensar pensamientos aún más antiguos que los que el dedo de Dios escribió en los cielos y en la tierra. Podemos pensar algunos de los pensamientos que llenaban el corazón de Jesús cuando, antes de la fundación del mundo, se presentó como el Cordero que había de ser inmolado.

El Apóstol nos manda pensar como Jesús pensaba: no mires exclusivamente a tus propios intereses; no consideres que nada tuyo merezca interponerse en el camino, sino está siempre dispuesto a negarte a ti mismo, para que a través de ti el amor redentor de Dios llegue a los que necesitan su ayuda. Debemos estar dispuestos a dejar a un lado la ambición y la gloria para poder socorrer mejor a otros. No hay otro camino para sentarse con Jesús en su trono; no hay otro modo de ayudarle en su gran misión. Muchos que quisieran sentarse a la derecha y a la izquierda de su trono nunca llegarán allí, porque se niegan a llevar su cruz, a someterse a la vergüenza y a los esputos, a la incomprensión y al odio. Tenemos que tomar el asiento más bajo, hacer las tareas que nadie nota, rechazar la honra que viene de labios humanos; de lo contrario, jamás seremos tenidos por dignos de estar en pie delante del Hijo del Hombre.

ORACIÓN

Te pedimos, oh Señor, que a lo largo del día estemos tan llenos de estos pensamientos que nuestra vida terrenal sea inspirada por el espíritu del cielo. Que vayamos y vengamos en nuestros quehaceres como quienes han visto el rostro de Dios, con la luz del otro mundo sobre el rostro. AMÉN.

3 de enero

CRISTO, NUESTRO AMIGO

«Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer».— Juan 15:15.

HE LEÍDO en alguna parte que, cuando Miguel Ángel estaba en la cumbre de su fama, un muchacho llamado Rafael, destinado a ser su digno sucesor, le fue presentado como un alumno prometedor. Al principio el joven se ocupaba de las tareas más sencillas del taller, limpiando pinceles y mezclando colores; pero a medida que desarrolló cualidades de exactitud, puntualidad y sensibilidad, se le confiaron responsabilidades cada vez mayores, hasta que el maestro lo hizo su amigo y confidente. Así venimos nosotros a Cristo: primero, redimidos de la esclavitud de Satanás, para ser sus siervos; y él nos llama sus amigos.

Un amigo se da a conocer. Todo el mundo puede suponer que conoce a un hombre famoso, pero, al fin y al cabo, si él me llama su amigo, espero acercarme más a él y oír de sus propios labios cosas que confía solo a los suyos. Así sucede con el Señor Jesús. Él se manifiesta a los que lo aman y guardan su palabra, como no se manifiesta al mundo.

Un amigo hace partícipes a sus amigos de sus empresas. Para Cristo es un gozo que aquellos a quienes ama puedan tomar parte en sus planes de redención, que abarcan el mundo entero. Para nosotros, desde luego, es un gran honor; pero para él es un placer y un deleite tan grande como lo es para un alma amante tener la dicha de trabajar junto a esa otra alma gemela a la que está unida. Es maravilloso que Jesús se alegre de tenernos como colaboradores suyos.

Un amigo se interesa por nuestros fracasos y nuestros éxitos. No de otra manera sucede con nuestro Señor. Cuando ve que algún peligro nos amenaza, ¿no hace de la hora de la prueba una hora de intercesión especial? Si caemos, nos sale al encuentro con el mismo tierno afecto, no distanciado de nosotros, sino solo profundamente apenado, dispuesto a mostrarnos la causa de nuestro fracaso y a animarnos a intentarlo de nuevo. Si nos mantenemos firmes, nos sale al encuentro cuando volvemos de la batalla, contento por nosotros, deseoso de reanimarnos en nuestro cansancio, solícito en sanar cualquier herida que hayamos recibido.

Así es la amistad de Jesús. Él es siempre el mismo; su amor nunca mengua, sus muestras nunca se descuidan. ¿No vale la pena hacer todo lo posible por guardar sus mandamientos, de modo que nuestra entrega total a él mueva su entrega total a nosotros?

ORACIÓN

Padre celestial, te rogamos que Jesucristo llegue a sernos más querido. Que lo amemos como a un Amigo personal y nos escondamos en la conciencia, hora tras hora, de su presencia. Que no tengamos gusto ni deseo por nada que él desaprobaría. Que su amor nos constriña a no vivir para nosotros mismos, sino para su gloria. AMÉN.

4 de enero

NUESTRO CAPITÁN

«Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor (o Capitán) de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos».— Hebreos 2:10, 11.

LA PALABRA que en este pasaje se traduce «autor» o «capitán» podría traducirse «el que encabeza la fila». Así la usó Pedro cuando dijo: «Matasteis al Príncipe», es decir, al que encabeza la fila, «de la vida». Contemplamos a nuestro Señor saliendo del sepulcro en el huerto de José, adonde, al parecer, lo había llevado el odio de sus enemigos; y al salir, se descubre que él es el Primero, el Guía, de una procesión interminable que, en fila de uno, asciende sin cesar desde la tumba para estar con él y seguirlo a través de todos los siglos venideros.

En la primera parte de esa gran procesión podemos ver la gloriosa compañía de los apóstoles; tras ellos, la admirable compañía de los profetas y el noble ejército de los mártires. Allí están Policarpo e Ignacio, Crisóstomo y Agustín, Lutero y Calvino, Wesley y Spurgeon. Siguen nuestros antepasados y nuestros padres. Allí estamos nosotros, y nuestros hijos nos seguirán. Seguimos a Cristo, nuestro Capitán, a través de Getsemaní hasta el Calvario, a través de la muerte hasta la vida, a través del sepulcro hasta el monte de la Ascensión.

Cuando Isaías anticipó la venida de Cristo, dijo que Dios lo había dado por jefe y caudillo a los pueblos (Isaías 55:4). Él tiene la preeminencia, no solo por su gloria original como Hijo de Dios, sino porque la ha ganado con su obediencia como Hombre. Nunca se ha cumplido la voluntad de Dios tan perfectamente como en nuestro Señor; y en esto somos llamados a obedecerle y seguirle. Él fue perfeccionado por aflicciones, y así lo seremos nosotros; y así como ahora está coronado de gloria y de honra, así lo estaremos nosotros.

La única manera en que Cristo podía hacernos partícipes de su gloria era someterse al sufrimiento y a la muerte. De ningún otro modo podía actuar como Mediador de la vida divina para con nosotros, que somos sus hermanos. De igual manera, si queremos ser mediadores de ayuda y bendición para otros, también nosotros debemos estar dispuestos a sufrir. Tenemos que aprender a contrariar nuestra propia voluntad y nuestro propio camino. El camino de la cruz es la única senda que lleva al trono. Solo podemos alcanzar lo más alto diciendo constantemente «no» a la vida del yo. Esto traerá sufrimiento y dolor; pero solo así podemos seguir a nuestro Capitán.

ORACIÓN

Enséñanos, oh Señor, no solo a llevar tu cruz, sino a amarla. Que al tomarla y cargarla descubramos que es ella la que nos lleva a nosotros. AMÉN.

5 de enero

CRISTO, NUESTRA LUZ

«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida».— Juan 8:12.

ERA LA fiesta de los Tabernáculos cuando nuestro Señor pronunció las palabras de nuestro texto, y se supone que en ese momento estaban encendiendo los dos grandes candelabros que conmemoraban la nube de fuego que guiaba la marcha por el desierto. Nuestro Señor usó esta metáfora en alusión directa a la columna de fuego. Lo que ella fue para Israel, lo es él para su Iglesia.

El desierto era para Israel una inmensidad sin caminos. El pueblo dependía por completo de la nube para conocer su ruta y hallar un lugar de descanso por la noche. Cuando se alzaba de sobre el Tabernáculo, donde reposaba, el pueblo debía levantar sus tiendas y seguirla. Por agradable que fuera el lugar del campamento, tenían que dejarlo; por difíciles que fueran los senderos del desierto, tenían que recorrerlos; por poco atractivo que fuera el sitio donde se detenía, tenían que acampar allí y quedarse todo el tiempo que ella permaneciera. Rezagarse era correr el riesgo de vagar sin rumbo por el desierto hasta que llegara la muerte. Solo donde reposaba la nube caía el maná, brotaba el agua y valía la protección divina.

Hay tiempos de descanso en nuestra vida. Dios, en su bondad, dispone delicados pastos y aguas de reposo, y nos hace descansar. Su voz suena en medio del tumulto de nuestra existencia y nos invita a apartarnos y descansar un poco. Pero a menudo nos irritamos contra el descanso forzoso, nos empeñamos en ir de aquí para allá con prisa y nos entregamos a amargas quejas. Cuando la nube se detiene, quédate donde estás. Cuando no sepas qué hacer, permanece quieto hasta que alguna señal te indique el camino.

Hay tiempos para la acción. Se oye la trompeta con su llamada, a la que debemos atender de inmediato. Cuando el que duerme se niega a levantarse en el acto al zumbido del despertador, pronto se acostumbra tanto a él que ya no lo molesta. Así, ganaremos agudeza de oído si nos acostumbramos a obedecer al instante. La paz y la utilidad de nuestra vida terrenal estarán en proporción directa a la medida en que hagamos nuestro al Señor Jesús para todas las demandas de nuestra condición de peregrinos. Más aún: así como en el tren la luz eléctrica se enciende antes de entrar en el túnel oscuro y sigue encendida después de haberlo pasado, así la presencia de Cristo precederá y seguirá a los tiempos de especial necesidad. «Delante de ellos tornaré las tinieblas en luz, y los rodeos en llanura» (Isaías 42:16).

ORACIÓN

Envía tu luz y tu verdad, y que ellas me guíen y me lleven al fin, en paz, a la casa de mi Padre. AMÉN

6 de enero

CRISTO, NUESTRO MAESTRO

«Sabemos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él».— Juan 3:2.

¡NO HABÍA duda de que Cristo era un Maestro venido de Dios!

Algunos maestros vienen, a todas luces, de los hombres; hablan solo de cosas terrenales; sus discursos están llenos de citas; imitan en la voz, en los modales y en la manera de exponer la verdad a algún gran maestro humano a cuyos pies se han sentado. Pero en las palabras del Maestro había una frescura, una veracidad que daba testimonio de sí misma, una profundidad y una autoridad que llevaban el sello de la Deidad. Nuestro Señor se dirigió a Nicodemo como «el maestro de Israel» (Juan 3:10, R.V.).

Jesús enseñaba con autoridad (Mateo 7:29). Ese fue el veredicto del pueblo. No necesitaba citar a Gamaliel ni a Hillel, porque la conciencia de sus oyentes decía: «Dice la verdad». Enseñaba con ternura y dulzura (Lucas 4:22). Para quienes resistían sus palabras, como los fariseos, su lengua era una espada aguda de dos filos; pero para los pecadores, los cansados y los cargados, la gracia se derramaba en sus labios. Enseñaba con abundancia de ilustraciones (Marcos 4:34). Las recogía de todas partes: del cielo y de la tierra, del buitre y del gorrión, del relámpago y de la salida del sol, de la vela de la casa y de la lámpara del templo, de la masa de la mujer y del trigo maduro, de los juegos de los niños y de las joyas del ama de casa, de los banquetes de los ricos y de la despensa vacía de los pobres. ¡Qué pintoresca y hermosa era su conversación! Eran manzanas de oro en figuras de plata. Sus palabras estaban llenas de ventanas por las que entraba a raudales la luz. No es de extrañar que el pueblo se agolpara a su alrededor y estuviera pendiente de sus palabras con absorto interés.

Pero debemos venir a él como Salvador. Antes de poder entender su enseñanza, tenemos que convertirnos y hacernos como niños. A nosotros nos dice, como a Nicodemo: «Os es necesario nacer otra vez». Reverenciarlo como «Maestro» no sirve de nada hasta que el alma se ha echado en el polvo delante de él, clamando: «Ten misericordia de mí», porque «soy hombre pecador, Señor».

Hay una marcada gradación en la enseñanza de Jesús. Comenzó hablando de las cosas terrenales y llevó a sus discípulos a entender las celestiales. Dio leche a los niños; pero a los entendidos, cosas duras y profundas, como alimento sólido. ¡Qué diferente fue su manera de enseñar a la mujer junto al pozo de Sicar y a los discípulos en el aposento alto!

ORACIÓN

Danos gracia para percibirte, bendito Señor, para oír tu voz y recibir la enseñanza llena de gracia que brota de tu corazón. AMÉN.

7 de enero

LA ENSEÑANZA DE CRISTO SOBRE LA BIENAVENTURANZA

«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley del Señor está su delicia».— Salmos 1:1-2.

NUESTRO SEÑOR vivía dentro de la Ciudad de la Bienaventuranza, y en Mateo 5:1-12 revela a todos los hombres las ocho puertas por las que se puede entrar en ella. En cuanto a mí, no puedo entrar por la Puerta de la Pobreza de espíritu, porque no soy lo bastante humilde; ni por la Puerta de los que Lloran, porque no me duelo lo suficiente de mis propios pecados ni de los pecados de otros; ni por la Puerta de los Mansos, porque a menudo me resiento de las ofensas; ni por las Puertas de la Misericordia, de la Pureza o de la Paz. Pero sí puedo reclamar la entrada por la cuarta Puerta, porque tengo Hambre y Sed de Justicia. Y al entrar, me encuentro dentro de la Ciudad, en compañía de todas las almas santas que han entrado por las otras puertas. Porque en la Ciudad celestial, entrar por una puerta equivale a haber entrado por todas; y una sola gracia obrada en nosotros por el Espíritu Santo conducirá al final a todas las demás.

¿Qué es la bienaventuranza? Según la enseñanza de nuestro Señor, es una condición o estado del corazón. No se mencionan las circunstancias exteriores, salvo el oprobio y la persecución, como si fueran cosas indiferentes. La bienaventuranza es del todo independiente de nuestra suerte exterior, sea próspera o difícil, rica o pobre. La bienaventuranza empieza y termina en un reconocimiento satisfecho de la realeza del reino de Cristo; en la capacidad de ver lo bueno en todo, y así heredar la tierra; en ser saciados, en alcanzar misericordia, en ver a Dios y en ser llamados sus hijos e hijas. ¿No vale la pena esforzarse por entrar por estas puertas abiertas de par en par? Y si puedes decir que de veras anhelas cosas mejores, que tienes hambre y sed de parecerte más a Cristo y de ser más apto para su reino; si ese deseo representa realmente el propósito de tu vida, puedes considerarte ya admitido dentro de las puertas de la vida bienaventurada.

No debemos suponer que nuestro Señor asignó la recompensa de la bienaventuranza a los poseedores de ciertos atributos por una prerrogativa real y arbitraria. Sencillamente declaró lo que es verdad en la naturaleza misma de las cosas. Ser veraz, puro, misericordioso y manso es tener en tu poder las semillas de la cosecha de la bienaventuranza. Si de esta maravillosa enumeración de cualidades cristianas pasas a Gálatas 5:22, hallarás todas ellas en la lista del fruto del Espíritu. Que él obre en nosotros y por medio de nosotros un carácter cristiano equilibrado y pleno.

ORACIÓN

Señor, toma mis labios y habla por medio de ellos; toma mi mente y piensa por medio de ella; toma mi corazón y enciéndelo. AMÉN.

8 de enero

CRISTO, EL MAESTRO DE JUSTICIA.

«Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos».— Mateo 5:19.

NUESTRO SEÑOR Jesús no destruye, sino que cumple, como el verano cumple la promesa de la primavera. No le tengas miedo, como si se complaciera en arrancar la copa de los labios sedientos y en frustrar deseos inocentes y naturales. Ciertamente se mostrará contrario a todo medio indebido de satisfacerlos, pero cumplirá el deseo de los que le temen de la mejor manera, de modo que queden saciados para siempre.

Esta es la verdadera religión. Cristo edifica. Es más positivo que negativo; ¡más Sí y Amén que No! Envía el pulso de la savia nueva a los árboles, y al llegar esta a la punta de cada rama, las viejas hojas muertas caen revoloteando en silencio al suelo. Entrégate a él y pídele que cumpla en ti los principios de la justicia. Cristo cumple la Ley y los Profetas, que evidentemente representan la autoridad y los principios del Antiguo Testamento (Mateo 5:17-18). La jota era la letra hebrea más pequeña; la tilde era una pequeña parte de una letra. ¡Qué contraste hay entre la enseñanza de Cristo y la actitud de algunos críticos modernos! Parecen complacerse en destruir, en derribar y trastornar los fundamentos de la fe, sin dar nada a cambio.

La justicia que enseña nuestro Señor es del todo distinta de la de los fariseos, que era exterior y formal, y esencialmente egoísta, ya que con ella pretendían ganarse la entrada al favor de Dios. Cristo, en cambio, exige una justicia interior, vital y espiritual. Estamos delante de Dios en la justicia imputada de su obra consumada, y luego él nos imparte una justicia interior por la morada del Espíritu Santo en nosotros.

Observa cómo el Señor distingue entre «los antiguos» (Mateo 5:21) y él mismo: «Yo os digo». ¡Qué majestad hay en esas palabras! No tuvo por usurpación ser igual a Dios, y sin embargo era manso y humilde de corazón. ¿Cómo podemos conciliar estas afirmaciones si no es creyendo que él era Emanuel, Dios con nosotros?

ORACIÓN

Oh Capitán y Caudillo de la guerra santa, que tenga yo la verdad como cinto de mis lomos, la justicia como coraza, la salvación como yelmo, la paz por calzado de mis pies y la fe por escudo. Que no tenga comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino que las repruebe con una vida coherente y palabras fieles. AMÉN.

9 de enero

LA ENSEÑANZA DE CRISTO SOBRE LA CONFIANZA

«No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos?... Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas».— Mateo 6:31-32.

¡CONFIEMOS EN que Dios cuidará de nosotros! Esa fue la vida que Jesús vivió.

Ni siquiera quiso convertir las piedras en pan; ni comer hasta que su Padre se lo ordenó y envió a los ángeles a servirle. Habla desde su propio corazón cuando nos manda confiar en el cuidado de nuestro Padre.

Es mejor confiar en Dios que acumular riquezas. La polilla y el orín corrompen, los ladrones hurtan; todos los bienes terrenales son perecederos e inseguros. ¡Cuántos han puesto sus ahorros en acciones y valores, en bancos y compañías, y han perdido hasta el último céntimo! Mientras tanto, otros que no han podido ahorrar y han vivido para ayudar a sus semejantes han hallado que Dios proveyó para ellos y los sostuvo «hasta las canas».

La confianza en Dios da claridad de visión. Cuando pensamos en parte en hacer la obra de Dios en el mundo y en parte en forrar nuestro propio nido, estamos en la condición del hombre cuyos ojos no miran en la misma dirección. Hay un estrabismo en nuestra visión interior. Intentamos servir a dos señores, y por eso nuestro juicio está torcido. ¿Quién no lo ha experimentado muchas veces? Has procurado averiguar la voluntad de Dios o formarte un juicio recto acerca de tu vida, pero tu percepción del deber se ha visto oscurecida una y otra vez por la idea de que, si decidías en un sentido, perjudicarías tus intereses en otro. Tu ojo no ha sido sencillo, y has andado en tinieblas. Pero cuando te sientes tan absorto en los intereses de Dios que los tuyos te resultan indiferentes, todo se aclara, y le dejas a él el cuidado de todos los resultados. «Ocúpate de mis asuntos —dijo la reina Isabel a uno de sus embajadores— y yo me ocuparé de los tuyos».

No pensemos que Dios es tacaño y mezquino en sus dones. Da peces además de pan cuando alimenta a las multitudes; colores además de hojas cuando viste las flores. Tú has sido adoptado en su familia y puedes llamarle «Abba, Padre». Sin duda este acto de gracia muestra un amor especial de su parte. ¿Habría cuidado tanto de lo espiritual para no preocuparse de lo físico? Los impíos podrán inquietarse por su sustento; pero un hijo de Dios puede estar seguro de que sus necesidades serán suplidas.

ORACIÓN

Tú eres nuestra porción, nuestro Dios, nuestro Padre. Eres más que padre y madre para los que confían en ti. Nos amas con una tierna compasión que nunca falla ni se cansa. Rodéanos con tu cuidado protector y cumple en nosotros tus más altos propósitos. AMÉN.

10 de enero

LA ENSEÑANZA DE CRISTO SOBRE JUZGAR A OTROS

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados».— Mateo 7:1-2.

EVIDENTEMENTE, NUESTRO Señor no condena con estas palabras ese juicio honrado que, por nuestra propia seguridad y por el bien de la sociedad, nos vemos obligados a formarnos de los hombres y mujeres con quienes tratamos. Tales juicios son inevitables. Pero sí condena ese juicio censurador y falto de caridad que siempre está buscando faltas, que siempre pasa por alto lo bueno y se detiene en lo malo, que siempre difunde informes desfavorables e inexactos, a menudo fundados en razones muy superficiales e insuficientes.

¡Qué cierto es que se nos mide con la medida que usamos para con otros! Hay en la vida una extraña Némesis, que es el tribunal de Dios. Los males que infligimos a otros vuelven a nosotros, como el bumerán australiano, que llega a ser casi un punto en el cielo. Si eres generoso al juzgar a otros, serás juzgado con generosidad. Si eres mezquino y tacaño, otros te tratarán con el mismo espíritu.

¡Todos queremos ser oculistas! Nada nos agrada más que probar suerte sacando motas de serrín, y también astillas, de los ojos ajenos, mientras nos son indiferentes las vigas de madera que obstruyen nuestra propia vista. Cristo nos está diciendo siempre: «Sacad del santuario la inmundicia»; y a medida que su luz penetra más y más hondo en nuestra naturaleza, por fuerza revela males ocultos que es preciso desechar. «Seamos fieles a la luz interior, y entonces, con espíritu tierno y castigado, del que se haya ido toda conciencia de superioridad, ayudaremos a otros a librarse de sus propios estorbos».

En Mateo 7:15-20 Cristo nos da la prueba infalible. Da a entender que en todas las épocas habrá quienes se interesen más por el vellón que por el rebaño y entren en el redil con la apariencia más atractiva y seductora. Guárdate de esa gente y júzgala, no por su doctrina, sino por sus frutos. El diablo es el teólogo más ortodoxo del mundo: «Sé quién eres, el Santo de Dios».

«Por sus frutos los conoceréis». No puedes juzgar lo que es un hombre oyéndole recitar un credo; pero si observas su carácter, su disposición y su conducta, no en público sino en privado, no durante un día sino durante un año, puedes llegar a un juicio casi seguro sobre si es Dios o el yo lo que gobierna su ser interior.

ORACIÓN

Haznos misericordiosos, oh Cristo, en nuestros juicios sobre los demás. Que no pensemos el mal. Que nos soportemos y perdonemos unos a otros como tú nos perdonas. AMÉN.

11 de enero

LA ENSEÑANZA DE CRISTO SOBRE LA BENEFICENCIA

«Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo... Mas él dijo: ¿Y quién es mi prójimo?».— Lucas 10:27-29.

NO PODEMOS vivir solos. Ninguno de nosotros puede ser del todo independiente de los demás. No soy solo un centro, sino que formo parte de la circunferencia de otro; y cada hombre, mujer o niño que conozco forma parte de mi circunferencia. Somos miembros los unos de los otros. En otras palabras, todos tenemos prójimos; y una vida humana completa, que tiene ventanas abiertas hacia el Creador infinito, debe tener puertas que den a la calle, hacia nuestros semejantes finitos.

Cuando hablamos del prójimo, pensamos naturalmente en los que viven en la casa de al lado, y tendemos a reducir el mandamiento divino a los que residen en nuestra misma calle. Si estos viven muy cómodos y holgados, parece que no hay mucho margen para ayudarles. Sin embargo, esta definición del prójimo es demasiado estrecha y limitada, como muestra nuestro Señor en la parábola del buen samaritano. El intérprete de la ley preguntó quién era su prójimo, y Jesús dijo: «Sé tú prójimo de algún otro». Y si se pregunta con qué clase de personas he de portarme como prójimo, la respuesta es: «No hagas distinción de raza ni de credo; dondequiera que encuentres a un hombre al que han despojado, golpeado y robado, y que está medio muerto, no esperes a que otros lo socorran; véndale tú las heridas, atiéndele y trátale como si lo amaras con el amor natural de un hermano».

Un hombre rico podría haber pagado a un agente para que patrullara aquel peligroso camino de Jerusalén a Jericó y cuidara de los necesitados, pero eso no sería tan bendito en su efecto sobre su propio carácter, ni sobre los hombres ayudados, como lo sería el servicio personal. Deberíamos combinar ambas cosas, porque nuestra experiencia personal de tales casos nos permitirá dirigir a nuestros agentes y vivir en sus esfuerzos, de modo que lleguen a ser nuestros. Quizá la mejor política sea hacerse elegir para el Concejo o para la magistratura, a fin de acabar con las bandas de ladrones que infestan los caminos de la vida.

Recuerda que dar dinero no es en modo alguno la única manera de ayudar a tu prójimo. Lo que hombres y mujeres necesitan sobre todo es compasión, simpatía, la ayuda de tu mano y de tu corazón. «No tengo plata ni oro» ha sido la confesión de algunos de los mayores benefactores de nuestra raza. Sobre todo, fue verdad de nuestro Señor mismo, que se hizo pobre para poder ayudarnos de verdad, como nunca habría podido hacerlo si hubiera permanecido rico. Sea él nuestro Ejemplo, él, que no vino para ser servido, sino para servir.

ORACIÓN

Muéstrame hoy, oh Señor, a aquel de tus pequeñitos a quien he de dar un vaso de agua en tu nombre. AMÉN.

12 de enero

LA ENSEÑANZA DE CRISTO SOBRE LA RESURRECCIÓN

«Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Ella le dijo: ¡Sí, Señor!».— Juan 11:25-27.

ESTE MILAGRO, corona de la vida de nuestro Señor, suele llamarse la Resurrección de Lázaro. No estoy seguro de que no pudiera llamarse con igual verdad el Despertar de Marta, pues es cierto que el Señor elevó a esta alma, a la que solemos tener por prosaica y práctica, a una altura de fe y esperanza muy notable, mientras estaban juntos a la sombra de un gran dolor.

Como la mayoría de las personas religiosas, Marta creía en una resurrección general en alguna fecha aún futura, pero no había comprendido que Dios vive en tiempo presente, que lo Eterno está aquí y ahora, y que la fe tiene que aprender a contar con el YO SOY de Dios. Siempre estamos colocando la manifestación de lo divino en el pasado lejano o en el futuro lejano. El cielo está muy por encima de la tierra que pisamos; solo en el horizonte, detrás de nosotros y delante de nosotros, se tocan el cielo y la tierra. Todos necesitamos aprender la lección de que aquí, en lo prosaico y cotidiano de la vida, Jesucristo es la respuesta presente e inmediata a toda necesidad.

La enseñanza de Cristo sobre la resurrección difiere mucho de la inmortalidad. Platón creía en la inmortalidad del alma, pero no tenía idea de la resurrección. La resurrección es la reunión del alma con el cuerpo, cuando este sea levantado en una forma idéntica, aunque distinta, al cuerpo depositado en la tumba, como la gavilla de trigo es idéntica, aunque distinta, a la semilla echada en la tierra entre las lágrimas del otoño.

Marta apenas podía entender todas estas maravillosas revelaciones, pero respondió «Sí» a ellas, basándose en lo que sabía que Cristo era. Él, al menos, era el Mesías, y todo lo que él dijera tenía que ser así. Del mismo modo, todavía podemos aceptar mucho que no entendemos, sobre la sola palabra de Jesús.

Cristo siempre necesitaba fe en alguien, como punto de apoyo sobre el cual descansar la palanca de su gran poder, y la halló en Marta. ¿Qué no podrá hacer, aun aquí y ahora, en el corazón de los que son tardos para creer y de los que están muertos en delitos y pecados? ¿Crees esto?

ORACIÓN

Oh Dios de vida y de amor, tú has llenado nuestro corazón de gozo inefable. Te damos gracias porque Jesús es la resurrección y la vida, y porque los que creen en él no morirán jamás. ¡Él vive, y ellos viven, y nosotros vivimos! Te damos gracias, te alabamos, te bendecimos. AMÉN.

13 de enero

LA ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

«En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños; sí, Padre, porque así te agradó».— Lucas 10:21.

EN AQUELLA misma hora. Fue una hora de gran regocijo para el pequeño grupo de discípulos. Los setenta habían vuelto con gozo. Habían probado el talismán de su nombre con demonios y enfermedades, y había triunfado. Nuestro Señor se dejó llevar por la alegría de sus seguidores y se entregó a un estallido de gozo poco común.

Fíjate en su manera habitual de dirigirse a Dios. Dos veces le habla como a Padre. Así, en la alegría, igual que en el dolor de Getsemaní y en la angustia de la muerte, la paternidad de Dios fue para Jesucristo hombre la Roca de los siglos, en cuya hendidura se escondía. Solo Jesús sabía lo que Dios era y podía ser para el alma solitaria. Como la montaña se refleja en el lago que está a sus pies, así el Padre se veía perfectamente reflejado en Jesús.....

Cuando nuestro Salvador murió, el velo del templo se rasgó de arriba abajo (Mateo 27:51; Hebreos 10:19-20, 21, 22). Antes de aquella hora, el conocimiento de Dios había estado reservado a unas pocas almas escogidas, y a estas les llegaba como por espejo, en oscuridad (1 Corintios 13:12); pero desde aquella hora se ha revelado el secreto más íntimo del amor de Dios. Y ese desvelar el corazón del Padre es figura de la obra de nuestro Señor para con todos nosotros.

Debemos ser como niños. Los caminos de Dios se revelan a los niños (Mateo 11:25; Lucas 10:21). El niño es puro; es humilde. Es al corazón transparente y sencillo al que Jesús espera para darse a sí mismo.

Debemos estar dispuestos a decir «Sí» a Dios. Nuestro Señor estaba frente a uno de los grandes misterios de la providencia: por qué ciertas cosas están escondidas para unos y reveladas a otros; pero descargó toda la perplejidad sobre el Padre, y quedó en reposo. En una escuela de sordomudos, un visitante escribió en la pizarra: «¿Por qué te hizo Dios sordomudo a ti, y a mí capaz de hablar y de oír?». Uno de los niños tomó la tiza y escribió debajo: «Así, Padre, porque así agradó a tus ojos». (Mateo 11:26)

Debemos transmitir a otros lo que sabemos. Él no nos enseñará solo para nuestra propia satisfacción, sino para que por ello podamos beneficiar a otros.

14 de enero

PODER Y ORACIÓN

«Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible».— Marcos 9:22, 23.

EN LA vida de nuestro Señor no había divorcio entre la vida escondida en Dios y una pronta respuesta al clamor de la necesidad humana. Como en el gran cuadro de Rafael sobre la Transfiguración, que reúne en un mismo lienzo las escenas del monte y del valle, así debe ser siempre en la vida verdadera. Tiene que haber sístole y diástole: el corazón debe impulsar la sangre para que se oxigene en el aire puro del cielo, y luego latir hasta las extremidades de la mano y del pie.

¡Cuántos parecen estar poseídos por espíritus malos que están arruinando su salud y su paz, y cuántos cometen el error de este hombre, llevando a sus parientes o amigos a discípulos que todavía no han sido bautizados con el poder del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y no han entrado en el lugar secreto del poder! Desde luego, a estos les es imposible prestar ninguna ayuda real, ¡y el demonio se burla de ellos! (Hechos 19:11, 12, 13, 14, 15, 16). Tenemos que aprender nuestra propia incapacidad para hacer frente a las fuerzas del mal que barren el mundo, a menos que hayamos recibido poder de lo alto (Lucas 10:17, Lucas 10:20; Hechos 1:8).

Observa cómo nuestro Señor devuelve la responsabilidad al padre. Este había dicho: «Si puedes hacer algo»; pero Jesús le respondió: «El “si” no está en mí, sino en ti. No es cuestión de mi poder, sino de tu fe. ¿Puedes creer?». Entonces el padre devolvió la responsabilidad al Maestro, diciendo en efecto: «Temo no tener fe suficiente, pero confío en que tú la crees en mí. Ayuda mi incredulidad».

Tú y yo fallamos a menudo en nuestra fe por ignorancia y por el pecado que nos asedia (Hebreos 12:1). Hay un inmenso océano de poder a nuestro alrededor, pero por alguna razón no logramos aprovecharlo. Es como la corriente eléctrica, que se niega a ayudarnos si no tenemos instrumentos exactamente adaptados para transmitir la fuerza motriz. La fe es absolutamente necesaria para que el poder de Dios llegue a la necesidad, al pecado y al dolor del mundo (Hebreos 11:6). Pero cuando la hallamos deficiente, cuando nuestro corazón no cree, cuando nos vemos frente a Jericós bien cerradas y ante montañas que parecen burlarse de las diminutas palancas con que pretendemos moverlas, entonces debemos volvernos a Cristo y decir: «Confío en ti para tener fe, confío en ti para que me guardes confiando: Creo, ayuda mi incredulidad». (Marcos 9:24)

ORACIÓN

Abrimos nuestro ser para dejar entrar tu bendita plenitud, y si nuestra capacidad es pequeña, te pedimos, oh Señor, que sea ensanchada, para que no nos perdamos nada de lo que es posible al hombre. Estamos seguros de que nunca estamos estrechos en ti, sino en nosotros mismos. AMÉN.

15 de enero

COSAS QUE HAY QUE DEJAR ATRÁS

«…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús».— Hebreos 12:1, Hebreos 12:2.

DEJA ATRÁS tus pecados pasados (Filipenses 3:13). Han sido muchos y graves, más de los que puedes contar. Pero si los has confesado y abandonado, han sido quitados, «cuanto está lejos el oriente del occidente». Nada podría ser más explícito que 1 Juan 1:9. Es inútil cavilar sobre el pasado. Dios lo ha sepultado en la tumba de Cristo. ¡Vete, y no peques más!

Deja atrás los malos hábitos que te estorban (R.V., margen). Sabes cuáles son y cómo se aferran: el mal genio, los celos, el orgullo, la maledicencia y tantos otros. Has caído una y otra vez, sorprendido por ellos, zancadilleado, con tus vestiduras manchadas y rasgadas. Debería haber algo definitivo en tu vida, una marca en la hierba desde la cual empiezas a correr la carrera. El mandato de despojarse del viejo hombre está en un tiempo verbal definido (Colosenses 3:8, Colosenses 3:9). Denota un solo acto repentino y firme de la voluntad, fortalecido y capacitado por Dios. Esta es, pues, la hora en que debes luchar por tu libertad: «habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». (Colosenses 3:3)

Deja atrás los ideales que ya has alcanzado. Hubo un tiempo en que estaban muy por delante y por encima de ti. Mientras subías, parecían casi inaccesibles, y voces burlonas desafiaban tu intento. Pero por la gracia de Dios, las cosas con que una vez soñaste son ahora realidad, y estás sentado en la cumbre que antes parecía reírse de ti. ¡Pero tienes que dejarla atrás! ¡Mira hacia arriba! ¡Mira hacia delante! (Colosenses 3:1, Colosenses 3:2). ¿No hay nuevos ideales que te llaman? Deja atrás tus logros y levanta tus tiendas. Se ha librado una batalla, pero un enemigo aún más fuerte te cierra el paso inmediatamente delante. Es un suicidio dormirse sobre los remos; hacerlo te expondrá a la inevitable deriva hacia atrás. (Véase Retroceso o deriva)

La mejor manera de dejar atrás es proseguir hacia delante. (Filipenses 3:14) El Espíritu de Dios nos manda que corramos «con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús». Él es nuestro Precursor, siempre delante de nosotros, siempre guiándonos hacia adelante. Su penacho, como el de Enrique de Navarra, está siempre en lo más reñido del combate. Que el alma lo siga de cerca, y casi olvidará lo que deja atrás. El muchacho que corre hacia la meta, en su afán por ganar el premio, se despoja de una prenda tras otra. No le importa lo que valgan, con tal de ganar el premio. ¡Corred de tal manera que lo obtengáis! ¡Asid aquello para lo cual fuisteis asidos! ¡Echad mano de la corona de vida que se os ofrece! (Filipenses 3:12)

ORACIÓN

Dios lleno de gracia, vivifícame por tu Espíritu Santo, para que corra por el camino que tú me has trazado. Que siempre sea guardado con los ojos puestos en Jesús (Isaías 45:22). AMÉN.

16 de enero

GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS

«Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».— Mateo 1:21.

JESÚS «NACIÓ Salvador». Siendo quien es, el Rey del amor, no es de extrañar que se identificara tan estrechamente con nuestra raza humana, que tanta falta le hacía. ¿Podía el Amor infinito quedarse de brazos cruzados? Cada alma que entra en la familia humana contribuye a avivar o a abatir su vitalidad. ¡Cuánto debe nuestra raza a las grandes almas que han nacido en ella, pero cuánto más a aquel que, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios! Dejó a un lado el uso del gran poder que, como Creador, podría haber empleado, y se humilló hasta nacer en un establo, para compartir la vida de los más humildes y pobres.

¡Qué amor por los hombres debió de arder en el corazón de Jesús! Su celo por la humanidad lo consumía. Había en su corazón un verdadero entusiasmo por la humanidad. ¿Por qué no habría de haberlo también en nosotros? Pidamos que «el amor de Cristo, es decir, el mismo amor que ardía en él, nos constriña también a nosotros». Estemos dispuestos a someternos a incomodidades, a limitaciones, a ser envueltos en pañales, con tal de acercarnos a otros, quitando toda sensación de distancia y de frialdad.

«Gloria a Dios en las alturas» (Lucas 2:14). Nada ha aumentado tanto la gloria del Padre como este rebajarse hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:6-11). Los hombres se han vuelto a Dios con reverencia y adoración como no lo habrían hecho si lo hubieran conocido solo en la naturaleza. Siempre que buscamos la gloria de Dios como nuestro fin y propósito principal, el resultado será paz en la tierra. Vive para la gloria de Dios, y tendrás paz en el corazón, y tu vida se derramará en buena voluntad y bendición para otros.

El estallido de cántico de los pastores, que volvían a sus rebaños «glorificando y alabando a Dios», debió de asombrar a todos los que encontraban, y daba testimonio de la maravilla que había transformado sus vidas. Nosotros somos tan ordinarios y corrientes, tan poco emotivos e impasibles, que no podemos olvidarnos de nosotros mismos y nunca somos llevados más allá de nosotros mismos. David dijo que mientras meditaba se encendió el fuego. Meditemos en el amor de Dios al descender a nuestro mundo, al vivir nuestra vida y al morir por nosotros en la cruz. Entonces prorrumpiremos en cánticos y volveremos a nuestra vida ordinaria con el fluir de un espíritu nuevo (Lucas 2:20).

ORACIÓN

¡Dios mío y Padre mío! Que el lema de mi vida sea de ahora en adelante: «Gloria a Dios en las alturas», porque solo así puede haber paz en mi corazón y buena voluntad para con los hombres. Que mi corazón se mantenga en armonía con el cántico de los ángeles. AMÉN.

17 de enero

ANDAR NO CONFORME A LA CARNE, SINO CONFORME AL ESPÍRITU

«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».— Romanos 8:1-4 (R.V.).

EL APÓSTOL trata aquí de las condiciones de una vida santa; y la condenación a la que se refiere es la que produce el fracaso constante tan gráficamente descrito en el capítulo anterior. Por mi propia experiencia, creo que la introspección a la que a menudo inducen la mala salud y la debilidad nos hace muy sensibles al fracaso y a las deficiencias de la vida interior. Sabemos que somos aceptos en Cristo y que nuestros pecados nos son perdonados por amor de él; pero somos profundamente conscientes de que en nosotros (es decir, en nuestra carne) no mora el bien (Romanos 7:18).

El depósito de la vida eterna: «el Espíritu de vida en Cristo Jesús». Percibimos lo que es la vida física cuando un niño entra corriendo en nuestro cuarto en un verdadero éxtasis de salud y alegría. Sabemos lo que es la vida intelectual cuando vemos desarrollarse la mente en el proceso de la educación. Sabemos lo que es la vida moral del estoico, que rechaza por la fuerza de la voluntad el reclamo de los sentidos. Pero por encima de todas estas está la Vida que reside en Jesucristo, almacenada en él, abundante en él, y que él anhela comunicar a toda alma que confía en él. Este fue el testimonio de los que conocieron a Jesús más íntimamente durante su breve vida humana: que «Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo». «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida». Esto pesa mucho más que el tirón hacia abajo de la vida del yo. La ley de esa vida nos libra de la ley del pecado y de la muerte, porque ha vencido a la muerte y al sepulcro.

Esta vida es comunicada y sostenida por el Espíritu Santo. Tenemos que ser uno con Cristo; tenemos que estar en él como la esponja está en el océano. Tenemos que estar en él, no solo en nuestra posición, sino también en nuestro andar diario. Tenemos que estar en él como el pámpano está en la vid, y la savia de la vid en el pámpano. Y esto no debe ser solo una teoría, sino una experiencia de cada hora. Debemos permanecer en él, y él en nosotros. Pero ¿cómo puede esto llegar a ser nuestra experiencia diaria? No hay más que un camino: la cooperación del Espíritu Santo, mientras andamos en él (Gálatas 5:16). Él es la esencia de la vida que está en Cristo Jesús. «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte».

ORACIÓN

Dios todopoderoso, te ruego que me levantes de la muerte del pecado a la vida de la justicia por el mismo poder que levantó de los muertos al Señor Jesús, para que ande en novedad de vida con la ayuda del Espíritu Santo. AMÉN.

18 de enero

LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA

«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte».— Romanos 8:2.

HASTA EL niño más sencillo sabe algo de la ley de la gravedad. La palabra viene del latín gravitas, que es la atracción del peso por el peso. Lo que la gravedad es para la materia, eso es para el espíritu el tirón hacia abajo de la carne. No hay uno solo de nosotros que, procurando vivir la vida mejor, no sea consciente de este tirón hacia abajo. De hecho, las leyes de la gravedad en el mundo natural tienen su correspondencia en nuestra experiencia interior. Siempre hay un tirón hacia abajo, hacia el centro de gravedad, es decir, hacia el yo: ¡lo que me gusta, lo que escojo, lo que prefiero! La caída del alma hacia la carne, o vida del yo, se hace cada vez más rápida, de modo que cada vez que cedemos resulta más fácil ceder, y la velocidad se vuelve vertiginosa. El hijo de Dios caería con una velocidad igual a la del pecador depravado si no fuera por la ley del Espíritu de vida que está en Cristo Jesús, que lo libra de la ley del pecado y de la muerte.

Cómo vencer la atracción de la tierra. Puedes verlo en el vuelo de la alondra, que canta mientras asciende, hasta que piensas que va a reventar su diminuta garganta de tanto cantar. Una de las delicias de una travesía por el océano es observar a las gaviotas, que con regularidad, uniformidad y soltura se mantienen a la par del avance del barco. El ave no flota en el aire; se equilibra; mide sus alas contra su peso y desafía la atracción de la tierra. Pero si sus medios de vuelo quedan mutilados, cae sin remedio sobre la tierra o el agua. ¡Ay del ave, aunque sea un albatros, que se posa sobre aguas cubiertas por el petróleo vertido de un barco de motor! Una vez que sus alas han quedado pegadas al cuerpo por la inmersión en ese baño de petróleo, ¡no le queda sino un final miserable!

El Espíritu obra conforme a una ley: «la ley del Espíritu de vida». No lo contristes con ningún acto de falsedad o de odio. Si notas que su energía decae, vuelve atrás hasta descubrir dónde soltaste el hilo de la obediencia a sus suaves impulsos. Recógelo mediante la confesión y la restitución, y de nuevo serás consciente de que él te comunica una Ley de vida que se ríe del pecado y de la muerte. ¡Tuyas serán las alas del vuelo del águila, el remontarse de la alondra, hacia el sol, hacia el cielo, hacia Dios! Pero tienes que tomarte tiempo para ser santo: en la meditación, en la oración y, sobre todo, en el uso de la Biblia.

ORACIÓN

Ayúdame, oh Señor, a hallar mi vida conforme a tu promesa. Te doy gracias porque has implantado en mí el germen de tu propia naturaleza. No me dejes ni me desampares en la subida. Enséñame a renovar mis fuerzas y a levantar alas como las águilas. AMÉN.

19 de enero

PERMANECER EN CRISTO

«Yo soy la vid, vosotros sois los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer».— Juan 15:5.

EL GOZO perenne de nuestro Salvador se debía a su incesante empeño en llevar ayuda y bendición a otros. A otros salvó; a sí mismo no podía salvarse. Dijo: «Yo soy la vid verdadera», es decir, la vid fue hecha por él en la creación para representar cierta faceta o característica de sí mismo. Es el reflejo, en las aguas de lo material, de principios eternos profundamente arraigados en su propia naturaleza divina. Por eso el estudio de la vid es especialmente precioso en su enseñanza.

Detrás de la vid, tal como la conocemos, hay una inmensa presión de energía. En primavera parece como si el amor de Dios pugnara por expresarse en el trigo que sustenta la vida, en el aceite que hace brillar el rostro y en la uva que alegra. La vid no puede dar fruto por sí misma; es solo el cauce por el que fluye la energía de Dios en su empeño por alegrar el corazón y la vida del hombre. Así, Jesús es el cauce por el que la vida y el amor de Dios llegan a nosotros, para que nosotros los transmitamos en un servicio de amor; y al hacerlo creamos y atesoramos para nosotros mismos un gozo infinito.

Aprendamos cada uno a permanecer en Cristo con el corazón abierto a él, por una parte, y abierto a hombres, mujeres y niños, por otra. Luego confiemos en que Cristo derrame su amor y su gracia en nuestro corazón, para que esa presión interior nos lleve a realizar actos de tierna compasión y de ayuda de los que de otro modo no habríamos sido capaces. Resolvamos no dejar pasar ningún día sin hacer algo, a costa nuestra, para hacer más ligera la carga y más fácil el camino de otro. Nuestra disposición a que Cristo haga estas cosas por medio de nosotros siempre hallará respuesta en él; y su Espíritu, que está en nosotros, nos mostrará exactamente qué decir o qué hacer. ¡Quizá sea solo una sonrisa, un roce de la mano o una palabra! Así la vida se llenará de gozo, y este se perpetuará sin duda en aquella otra vida, cuando despertemos y seamos saciados. Cuando nos mezclemos con las multitudes de espíritus felices que han venido de la gran tribulación —los mártires, los profetas, los apóstoles y los santos de todas las épocas—, la mayor maravilla de todas será que estemos allí. «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? Y él dirá: En cuanto lo hicisteis a uno de estos más pequeños... a mí lo hicisteis».

ORACIÓN

Que nunca olvide, oh Señor, que la vida mejor y más feliz debe vivirse en comunión con las necesidades, los dolores y las pruebas de los demás. Dame una comunión más estrecha contigo, que no te agradaste a ti mismo, sino que entregaste continuamente tu bendita vida por otros. AMÉN.

20 de enero

LA PLENA SUFICIENCIA DE CRISTO

«Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso».— Apocalipsis 1:8 (véase la nota)

APENAS HACE falta explicar que estas son la primera y la última letra del alfabeto griego. Representan todas las letras intermedias, que encierran como en un broche de oro. Este majestuoso anuncio se refiere al Dios eterno. Su naturaleza está en el fondo de todo el universo creado, de todas las especies de seres, de toda la obra de la redención, del destino de sus hijos y de la victoria final de la justicia y de la paz. «Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas; a él sea la gloria por los siglos de los siglos». Unámonos por un momento al cántico incesante del cielo, diciendo: «Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que es y que era y que ha de venir». Nunca debemos precipitarnos en su presencia sin la debida preparación y reverencia de corazón.

Jesucristo es el complemento de nuestra necesidad. Del alfabeto de su ser podemos obtener todas las letras y palabras que suplan nuestras propias deficiencias. Cabe preguntarse si algunos de nosotros habríamos aprendido alguna vez la plenitud de Jesús si no nos hubiéramos visto frente a frente con las infinitas necesidades de nuestra propia naturaleza y condición. Puedes contratar a tu guía en una aldea de los Alpes, pero solo te das cuenta de todas las cualidades que en él se esconden cuando, gracias a su conocimiento y a su cuidado, has cruzado los glaciares, salvado los abismos abiertos y escapado del alud que se precipitaba. Así, al andar con Jesús, hallamos en él el complemento de nuestra necesidad.

La soledad es una oportunidad para que Jesús se dé a conocer como el que vive (Apocalipsis 1:17). Cuando, como el apóstol amado en el día del Señor en su isla solitaria, te parezca oír cánticos y oraciones a los que solo puedes unirte en espíritu, vuélvete al Señor mismo y cuenta con que él te hará compañía. ¡Esa soledad es un derecho que tienes sobre él! Invoca su nombre desde la cárcel más profunda. No esconderá su oído a tu suspiro ni a tu clamor. Se acercará el día en que lo invoques, y te dirá: ¡No temas! Abogará por la causa de tu alma; redimirá tu vida. El lugar de la muerte de Policarpo aún se ve por encima de la costa y del puerto de Esmirna; pero Jesús estuvo allí con él, capacitándolo para ser fiel hasta la muerte y ciñendo su frente con la corona de la vida. Sé fiel hasta la muerte; ¡el Primero y el Último está contigo! «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo».

ORACIÓN

Sé tú, oh Señor, el Alfa y la Omega de cada año, mes, día, hora y acto de mi vida. Que todas las cosas sean comenzadas, continuadas y acabadas en ti. AMÉN.

21 de enero

REINAR EN VIDA

«Porque si por la transgresión de uno solo reinó la muerte por uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en vida por uno solo, Jesucristo».— Romanos 5:17 (véase la nota)

HARÍA FALTA toda una vida —más aún, se requerirá la eternidad— para explorar los tesoros del pasaje del que está tomado nuestro texto. Pero no nos quedemos mirando al cielo; aprovechemos el privilegio que se nos ofrece durante nuestra vida terrenal de reinar por medio de uno, Jesucristo. ¡No aplaces el cumplimiento de esta promesa! Quizá tengamos que esperar a la vida futura para que se desplieguen profundidades de sentido que ahora sobrepasan nuestro pensamiento; pero cualquier lectura honrada de este versículo radiante nos obliga a apropiárnoslo aquí y ahora.

Pero «¿cómo puede hacerse esto?». ¡Un maestro de Israel le hizo esa pregunta a Cristo! Esta bendita vida de victoria solo es posible para los que han nacido de lo alto. Por naturaleza nacimos de abajo, en el primer Adán, que fue hecho «alma viviente». Tenemos que nacer de lo alto, en el segundo Adán, que llega a ser para todos los que confían en él un espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). Lo que es nacido de la carne, carne es, y no puede elevarse por sí mismo al Espíritu; el Espíritu Santo tiene que inclinarse para levantarlo a la unión consigo mismo. Pero él hará esto por ti, con tal que eleves tu corazón a Cristo con fe sencilla y entrega.

¡Qué diferencia hará! Dios ha trazado cada vida con la intención de prepararla para un alto servicio aquí y más allá; y pase lo que pase en la vida, siempre hay una abundancia de gracia esperando que la usemos. ¡Pero cuántas veces estamos tan ciegos a ella como lo estaba Balaam al ángel que se hallaba en el camino! ¡Hacemos nuestros planes! ¡Pasamos media noche en vela, en una fiebre de ansiedad! ¡Acudimos a este amigo o al otro! Pero no reclamamos esa abundancia de gracia que está destinada a suplir la necesidad del momento. Solo recibiéndola con una fe como la de un niño podemos reinar en vida. Esa palabra, «abundancia», en su original latino habla de las olas del océano. Ponte en la orilla, contempla esa extensión infinita, ¡y no te contentes con sacar lo bastante para llenar una concha de ostra!

¿Cuál será el resultado? ¡Una vida real! Si un trono significa poder, somos fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior. Si significa victoria, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Si significa generosidad, tenemos siempre en todas las cosas todo lo suficiente, y abundamos para toda buena obra.

ORACIÓN

Padre celestial, te doy gracias por las pruebas y dolores que siempre obran para mi bien y me hacen partícipe de tu santidad. Que reciba la abundancia de tu gracia y reine en vida aquí y en el más allá. AMÉN.

22 de enero

MIEMBROS DISLOCADOS

«Y el Dios de paz... os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo».— (Hebreos 13:20, 21)

LA PALABRA griega que aquí se traduce aptos (katartizo [estudio de la palabra]) significa en realidad «encajar en su sitio, completar». En la creación original, la voluntad del hombre estaba destinada a registrar la voluntad de Dios, a decirle «Sí» y a transmitir los impulsos y mandamientos divinos al resto de nuestro ser. Alguna vez, a bordo de un barco, antes de que el teléfono permitiera al capitán hablar a todas las partes del transatlántico, le he oído dar sus órdenes en voz baja a un oficial subalterno que estaba a su lado, quien a su vez las repetía en voz alta por medio de una bocina o de un tubo acústico. Ese intermediario puede representar la voluntad, que estaba destinada a recibir sus instrucciones de la voluntad de Dios y a transmitirlas por todo el gobierno de nuestro ser. Tal fue la actitud de nuestro Señor durante toda su vida terrenal. Dijo: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió» (Juan 4:34; compárese Juan 17:4); «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (compárese Juan 6:38; Salmos 40:8); «Pero no como yo quiero, sino como tú». (Mateo 26:39; Lucas 22:42)

Pero en la caída, el dominio de la voluntad de Dios y la leal respuesta de la voluntad del hombre se desorganizaron; y la voluntad humana, en lugar de funcionar en armonía con la voluntad de Dios, comenzó a obedecer la voluntad de la carne en sus formas más groseras o más refinadas. No lo que Dios quiere, sino lo que «yo» quiero, ha llegado a ser el principio que mueve a la gran mayoría. Así ha sucedido que la voluntad, por el constante mal uso, se ha dislocado, se ha torcido, ha quedado «fuera de su sitio». Tennyson dice:

«¡Nuestras voluntades son nuestras para hacerlas tuyas!»

Así es, pero para algunos de nosotros son demasiado obstinadas para manejarlas. De ahí la sugerencia de que traspasemos el asunto al

«Dios de paz, que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús».

A veces, en el fútbol o sobre el hielo, un jugador pierde el equilibrio o le ponen la zancadilla, y en la caída se le disloca el hombro. El brazo sigue en el cuerpo, pero fuera de su sitio, de modo que cuelga inútil a su costado, hasta que el cirujano, con un fuerte tirón, devuelve el hueso a su lugar. ¿No nos pasa lo mismo a nosotros? Estamos en el cuerpo de Cristo por la gracia redentora, pero necesitamos ser encajados, es decir, ser llevados a una unión articulada con la voluntad de Dios en Cristo Jesús. Pidamos humildemente al gran Cirujano de las almas que, con la presión de sus manos fuertes y suaves, aquí y ahora, encaje nuestras voluntades rebeldes en la voluntad de Dios, ¡y luego obre en nosotros y por medio de nosotros lo que es agradable delante de él!

ORACIÓN

¡Padre lleno de gracia! Te entrego mi voluntad y mis deseos, mis miembros y facultades, la vida de mi cuerpo, los pensamientos de mi corazón y las aspiraciones de mi espíritu: perfecciona, te ruego, lo que me concierne. AMÉN.

23 de enero

EL HUERTO DE LA CRUZ

«En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto».— Juan 19:41.

FUE EN un huerto donde se perdió el Paraíso, ¡y en un huerto fue recuperado! Las dulces flores de la primavera mecían sus copas de incienso en torno a la cruz en la que su Creador, a cuyo pensamiento debían su belleza, moría por la redención del hombre.

En medio de toda la angustia de este mundo humano, la naturaleza sigue su curso ininterrumpido. La primavera con su verdor, el verano con su esplendor, el otoño con su oro: con perenne belleza continúan su sucesión ininterrumpida a través de todos los días del dolor humano. A veces su orden inmutable casi enloquece a los hombres. ¡Parece como si no tuviera compasión del hombre en su dura lucha por la existencia! Y sin embargo, ¡sin duda es mejor así! Nuestras lágrimas, nuestras luchas y tormentas son pasajeras, mientras que el orden de la creación será la base de aquel «cielo nuevo y tierra nueva» que esperamos. Sí, había flores al pie de la cruz del Salvador, ¡y han florecido al pie de toda cruz desde la suya!

Donde hay una cruz, habrá un huerto. Desde luego, la cruz debe llevarse como es debido. Debemos sufrir por otros, sin preocuparnos por nosotros mismos. Debemos tomar la copa de las manos del Padre, ¡aunque nos la presenten las manos de un Judas! Debemos sufrir en silencio. Ningún hombre ni mujer que sufra de veras y profundamente por la salvación de otro habla de ello, salvo con Dios. Sufre por otros en tu huerto de Getsemaní, y cuando hayas sido crucificado de esa manera, espera entonces ver un huerto en flor. ¡Levanta un Calvario en tu propio corazón! ¡Que la cruz que allí esté sea una astilla de la cruz de tu Salvador! Lleva allí tu amor propio, tus ambiciones, tus estados de ánimo y tus pensamientos errantes y egoístas. Clava la vida del yo, vana y orgullosa como es, en la cruz de Jesús, y déjala allí. Entonces, en el huerto de tu carácter brotará una profusión de las flores más raras y dulces. Si el mundo rehúye tu compañía, si vas por la vida solo y sin que nadie te aprecie, aun así podrás descubrir que el Señor Jesús se pasea por los claros de tu huerto al fresco del día, como lo hizo en el Paraíso.

ORACIÓN

Tu corazón es un huerto que Dios ha sembrado
para dar a tu vida la labor que pedía.
Un día vendrá él a recoger sus flores;
cuida, pues, de tenerlo escardado cada día.

24 de enero

SALVACIÓN HASTA LO SUMO

«Puede también salvar hasta lo sumo a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos».— Hebreos 7:25.

LA ATRACCIÓN de la naturaleza divina. Nos acercamos porque somos atraídos. Así como el sol ejerce siempre una fuerza de atracción sobre cada planeta y cada partícula de polvo estelar del sistema solar, así Dios nos está atrayendo siempre hacia sí. Por toda la eternidad nos estaremos acercando cada vez más a él, aunque siempre quedará una distancia infinita por recorrer. Cuando Jesús fue levantado en la cruz, comenzó a atraer a todos hacia sí, y esa atracción magnética ha continuado a lo largo de los siglos.

No tenemos por qué tener miedo de Dios. ¡Él es amor! Es fuego consumidor para nuestro pecado, pero su naturaleza es esencialmente amable. Moisés estaba espantado y temblando cuando subió al Sinaí, en medio del temblor del monte y de las densas nubes que envolvían la luz divina. Pero, como aprendemos en el capítulo 12 de esta epístola, cuando nos acercamos a Dios encontramos tres círculos. ¡Las innumerables huestes de ángeles, entre ellos los querubines y serafines, con su amor ardiente y su pureza! ¡La congregación de los primogénitos, los más puros y nobles de los espíritus escogidos! ¡Los espíritus de los justos hechos perfectos, incluidos nuestros propios seres queridos que han pasado al otro lado! Sin duda, donde están ellos podemos aventurarnos sin temor. El Dios en quien ellos viven, se mueven y son no puede ser sino infinitamente hermoso de conocer y de amar. Señor, tú has sido la morada de todas las generaciones, y tu lugar secreto será nuestro hogar para siempre. «¡Atráenos, y correremos en pos de ti!».

Nuestros temores encuentran respuesta en el Salvador resucitado y viviente. En primer lugar, vivirá siempre para interceder por nosotros; pero, además, seguirá santificándonos cada vez más hondo, hasta lo sumo. Llevará su obra de gracia hasta las profundidades de nuestra naturaleza. La salvación tiene tres etapas. Empieza con la liberación de la pena del pasado. Nuestros pecados son borrados. La pena es perdonada o convertida en bendición. Después somos salvados más hondo. El proceso de purificación penetra cada vez más en nuestra naturaleza. Por último, nuestro cuerpo es renovado por la gracia de la resurrección de Cristo. Y sin duda hay un sentido en que la gracia de Cristo calará siempre más hondo, dándonos una comprensión y una participación más profundas en las cosas que se abrirán ante nosotros en el progreso eterno. Aquí vemos por espejo, en oscuridad; allí, cara a cara. Aquí conocemos en parte; allí creceremos en el conocimiento y en el amor de Dios. ¡Salvación hasta lo sumo!

ORACIÓN

Me acerco a ti, Dios todopoderoso y eterno, en el nombre de Jesucristo, mi Sumo Sacerdote y Mediador, que traspasó los cielos, donde vive siempre para interceder por los pecadores. Perdóname y acéptame por amor de él. AMÉN.

25 de enero

¡GRACIA QUE ABUNDA!

«Poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra».— 2 Corintios 9:8.

¡LA ABUNDANCIA es propia de Dios! Sal una mañana de primavera y mira las flores con que ha alfombrado los bosques.

Margaritas y botones de oro, prímulas y primaveras a millares dan testimonio de la prodigalidad de su pensamiento y de su poder: su pensamiento para idear, su poder para producir. ¡Pero esta profusa alfombra que cubre la desnudez de la tierra tiene su igual en los cielos! Allí se abre una profundidad tras otra, iluminadas y engastadas de constelaciones, y las maravillas del cielo responden a las de la tierra. ¡Qué multitudinaria es la creación de Dios!

Pero ¿qué diremos de su gracia? ¡Su gozo es inefable, su paz sobrepasa todo entendimiento, su amor excede a todo conocimiento! Forma en ti grandes pensamientos de Dios, que sostiene las profundidades del océano como una gota en el hueco de su mano y pesa los montes como granos de polvo en su balanza. Échate sobre ese lecho de flores y considera su multitud; recorre los cielos con un telescopio y mira si puedes contar las estrellas; cuenta los granos de arena de la orilla y las conchas esparcidas por la playa; y cuando hayas considerado los dones de su mano, sube a las riquezas de su corazón. Estudia el mapa infinito de la naturaleza de Dios; compáralo con la necesidad de tu pequeña vida, y luego recuerda que el Padre te ama infinitamente, tanto que por tu salvación y la mía dio a su Hijo unigénito. Ha puesto en ti su amor, ¡y ciertamente te librará! Te pondrá en alto, porque has conocido su nombre. Todos los recursos de la eternidad y del infinito están a su disposición, y él puede hacer que abunde en ti toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundes para toda buena obra.

¡Es un texto maravilloso! Cuenta los universales que contiene. ¡Toda gracia, siempre! ¡Todo lo suficiente! ¡Todas las cosas! Dios abundando para con nosotros para que nosotros abundemos. La palabra traducida «abundar» podría traducirse literalmente «fluir o derramarse por encima». «Mi copa está rebosando». Nuestro Señor dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan rebosante»; «Donde el pecado rebosa, la gracia rebosa mucho más» (Juan 10:10; Romanos 5:20).

Recordemos que Dios no vierte dentro si nosotros no vertemos fuera. Si estamos llenos de la presencia y de la gracia de Cristo en nuestro corazón, debemos darnos a los demás.

ORACIÓN

Dame gracia, oh Señor, para ver la belleza que yace a mis pies en lo cotidiano de la vida; y para sentir que tú estás tan cerca, y que la vida es hoy tan maravillosa, como cuando los hombres te contemplaban en los días de tu carne. AMÉN.

26 de enero

¡LLAMANDO A LA PUERTA!

«Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo».— Apocalipsis 3:19-20.

CRISTO LLAMA a la puerta cuando sus juicios están en la tierra. Apenas cabe duda de que Dios se ha levantado para sacudir con poder la tierra. Este es un día del Señor de los ejércitos, en que los juicios se extienden sobre todo lo soberbio y altivo, sobre los cedros y las encinas, sobre los montes altos y los collados elevados. Pero es precisamente en un tiempo así cuando él se acerca para darnos seguridad (Isaías 2:11-21; Joel 3:16).

En vísperas de la destrucción de las ciudades de la llanura, vino a la puerta de la tienda de Abraham, comió de lo que le ofreció y le dio a él y a Sara promesas de seguridad que desplegaban el propósito divino. Estando delante del Señor, Abraham fue preparado para la tragedia del día siguiente, y se le concedió una intimidad en la que parecía poseído por una pasión por la rectitud de Dios y su justo proceder.

No temas las cosas que vienen; ábrele, más bien, al que llama pidiendo entrar. Él ha venido a pasar contigo las horas oscuras, como una madre corre a la cuna de su hijo cuando una tormenta repentina barre el cielo.

Cristo llama cuando nos preparamos para alguna gran tarea. Vas a salir a cumplir uno de sus encargos y esperas incomprensión u oposición, o no sabes cómo te recibirán. Como Moisés, dices: «Envía por medio del que has de enviar, pero no por mí». Con Jeremías, alegas: «Soy niño, no sé hablar». Como los apóstoles, tienes que hacer frente a un mundo en armas. En un momento así, él espera a la puerta para animarte e inspirarte. La noche que siguió al tumulto en el Sanedrín, donde Pablo estuvo a punto de ser despedazado, el Señor se presentó junto a él y le dijo: «¡Ten ánimo!».

Cristo llama cuando el duelo entra en nuestros hogares. Todos sabemos lo que es estar lleno de anhelo «por los seres amados, a quienes no podemos alcanzar con hechos ni con prendas, con gestos ni con palabras amables». Los mástiles del barco se han hundido bajo el borde del horizonte, en el ocaso, y volvemos a hogares de los que se ha ido toda luz. Es entonces cuando puedes esperar con certeza un suave llamado a la puerta; y el que vino a Betania cuando murió Lázaro, para mezclar sus lágrimas con las de las hermanas, vendrá sin duda a la puerta de tu corazón y llamará pidiendo entrar para ayudar a llenar el vacío.

ORACIÓN

Acércate a nosotros más que lo más cercano. Entra en nuestro corazón diciendo: No temas, yo estoy contigo, yo te ayudaré. Danos todo lo que necesitamos para pelear la buena batalla y acabar nuestra carrera con gozo. AMÉN.

27 de enero

CRISTO PIDE QUE LE DEJEMOS ENTRAR

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo».— Apocalipsis 3:20.

¡NO OLVIDES la majestad y la gloria del que pide entrar!

En el versículo siguiente declara que él puede dar el derecho de sentarse con él en su trono. ¡Él está en pie para que un día nosotros nos sentemos! Oh hijo de dos mundos, cierra tu oído a la charla y al ruido de este siglo pasajero, ¡y escucha al que está a la puerta de tu vida y llama!

Desde luego, sabemos que el Salvador nunca se retira de los corazones que son verdaderamente suyos. Permanece en ellos, como ellos permanecen en él. Pero en nosotros puede haber reflujos además de flujos. La corriente puede bajar de pies a pulgadas. La luz puede quedarse en el cielo mientras las nubes ocultan la faz del sol. El calor del cuerpo puede permanecer, pero las extremidades pueden enfriarse. Es en estas circunstancias cuando el Señor de todos los mundos viene a la puerta de nuestra pobre morada, ¡y se queda en pie, y llama, y pide entrar!

Podemos esperar su llamado cuando nuestro amor se está enfriando. Antes nuestro corazón latía deprisa al oír acercarse sus pasos; ahora, cuando él está cerca, lo dejamos esperando en el umbral hasta que su cabeza está llena de rocío y sus cabellos de las gotas de la noche. ¿No sabemos todos lo que es no ser «ni frío ni caliente»? ¡De algún modo nuestro corazón se ha quedado muerto! Es entonces cuando podemos esperar oír el llamado de Cristo. Solo nos pide que le dejemos entrar, y él devolverá el alma al amor, y el amor al alma.

Podemos esperar su llamado cuando tengamos que partir de este mundo. Llega el momento en que el correo nos traerá una carta como la que recibió Cristiana: «El Maestro te espera para que estés en su presencia, vestida de inmortalidad, dentro de diez días». La misma citación llegará al Sr. Honesto y al Sr. Presto-a-Claudicar; al Sr. Abatimiento y a la señorita Mucho-Miedo; al Sr. Firme y al Sr. Valiente-por-la-Verdad. Pero en cada caso irá acompañada del llamado de Jesús, que dirá: «No temas, yo estaré contigo. Te he llamado por tu nombre; mío eres tú» (Isaías 43:1).

ORACIÓN

Te damos gracias, oh Dios, porque tu amor ha venido a nosotros en forma humana, porque resplandece en el rostro de Jesucristo hombre y nos habla en tonos suaves que podemos entender. Te damos gracias porque él está a la humilde puerta de nuestro corazón, y llama, y espera para entrar y morar con nosotros para siempre. Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo abra más plenamente nuestros ojos para contemplarlo, y nuestro corazón para amarlo y recibirlo con más ardor. AMÉN.

28 de enero

AMANECER EN LA PLAYA

«Venida ya la mañana, Jesús se presentó en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús».— Juan 21:4.

LA TARDE anterior había estado llena de interés y de esperanza. Aquellos siete pescadores llevaban mucho tiempo apartados de su oficio y, pensando probablemente que no volverían a ver a su Maestro, se fueron con bastante entusiasmo a la orilla del lago. Subieron a la vieja barca conocida, ¡y aquella noche no pescaron nada! Fue la última expedición de pesca que tendrían. Habrían de navegar otras aguas, usar otras redes y surcar bajo otros cielos. La magnitud de su decepción iba a cerrar la puerta en aquella dirección y abrirla en otra. Ya no serían pescadores en las orillas de Galilea, sino pastores que apacentarían sus rebaños en los montes celestiales, desde donde, con buen tiempo, se divisa la Ciudad eterna. ¿Ha sido tu vida una decepción? ¿Partiste, hace años, con buen ánimo y esperanza? Quizá los vientos eran suaves, la luz de las estrellas brillante, y había posibilidad de que la luna se abriera paso. Pero pronto el cielo se nubló, ¡y los años han pasado con cansancio! No es que hayas estado ocioso, sino que por alguna razón todo ha fracasado; y ahora parece que no queda más que desembarcar en la orilla de la eternidad, como Pablo en la costa de Malta. ¡Pero no estés tan seguro de ello! Cuando amanezca sobre aquella costa, es más que probable que veas a Jesús en pie en la playa. Él sabrá la hora de tu llegada y bajará a recibirte, como lo hizo con el primer mártir, Esteban, y como lo ha hecho con una multitud más. Es muy agradable, cuando en el gran barco sales de la noche, ver rostros conocidos que te saludan, ¡o aunque sea un solo rostro querido que espera tu llegada con una sonrisa de bienvenida! Puede que sea el muelle de Nueva York, Bombay, Melbourne o Liverpool, ¡pero qué diferencia hace! Y cuando amanezca el Día de los días, y huyan las sombras, y la pequeña barca de nuestra vida roce la orilla, será bueno de verdad ver allí a Cristo en pie, con la mano extendida para darnos la bienvenida, para ayudarnos a desembarcar, para llevarnos al lugar preparado en el que él ha puesto pensamiento y cuidado. «Voy a preparar lugar para vosotros... vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo».

ORACIÓN

Bástame si —sin contar mi bien ni mi mal,

y ambos perdonados por su gracia abundante—

me veo llamado por manos conocidas

al lugar que me es propio.

29 de enero

¡LO QUE EL AMOR REVELA!

«Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!».— Juan 21:7.

EL AMOR verá antes que nadie. Allí estaba Jacobo, lleno de sentido práctico; también Tomás, que dudó, pero después creyó; Pedro, que quiso morir con él, pero después lo negó; y los demás; pero fue Juan, a quien Jesús amaba y que después llegó a ser el apóstol del amor, quien primero reconoció al Maestro; no se dice si fue por la entonación de su voz, por la solicitud de su pregunta o por la prontitud de su ayuda. Las intuiciones del amor son tan seguras como rápidas. Las profecías se acabarán, cesarán las lenguas, la ciencia desaparecerá. Ninguna de estas cosas nos ayudará tanto cuando llegue aquella última hora. Pero el amor nunca deja de ser, y los que han amado verán antes que nadie, con más certeza y con más plena satisfacción.

Es el amor el que nos une, y creemos que Jesús anhela que llegue la hora en que estemos con él donde él está, tanto como nosotros anhelamos llegar allí. ¿No crees que el amigo que ha venido al muelle a recibirte, tras un largo viaje, está aún más impaciente que tú por ver cómo esa extensión de agua se reduce de millas a estadios y de estadios a metros? ¿Crees que a Pedro le pareció fría el agua cuando se lanzó a ella, o que pensó que estropearía su ropa de pescador? ¿No olvidaremos el frío del río cuando por fin veamos a Jesús justo al otro lado?

En aquella hermosa mañana nos reconoceremos y nos ayudaremos unos a otros. El discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!», ¡y le cedió la preferencia! Sin duda todos los demás habrían disculpado a Juan si se hubiera echado al mar en el acto y hubiera llegado primero a Jesús. ¡Pero no! Sabía cuánto había sufrido Pedro, cuánto anhelaba la ocasión de hacer algo que borrara el pasado, cuánto apreciaría aquellos pocos momentos de más a solas con él; y por eso dijo: «¡Es el Señor!», sabiendo muy bien el efecto que eso produciría en su impulsivo amigo.

¡Esa es probablemente la etiqueta del cielo! A veces suponemos que habrá allí tal multitud que no podremos acercarnos al Señor. Pero los santos más grandes serán siempre los más humildes y los más bondadosos. Vendrán a las últimas filas, donde quizá a algunos de nosotros nos toque estar, y dirán: «¡Ven, toma mi lugar!». Juan dirá a Pedro: «¡Es el Señor!».

ORACIÓN

Concédeme, oh Dios, te lo ruego, el espíritu de tu amor, para que esté más deseoso de dar que de recibir, más ansioso de comprender que de ser comprendido, más atento a los demás y más olvidado de mí mismo. AMÉN.

30 de enero

DESCENDER Y SUBIR

«El que descendió, él mismo es también el que subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo».— Efesios 4:10.

¡ESTE ES un versículo asombroso! ¿Por qué descendió nuestro Señor? En el consejo de la eternidad, cuando se previeron la creación y la caída del hombre, se acordó que él libraría al hombre; pero ¿cómo podía hacerse esto si no hubiera experimentado las condiciones de la vida humana? El mero poder, aunque fuera el de la omnipotencia, no habría bastado. Aun el amor perfecto podría haber fallado en una plena compasión, por falta de experiencia real. «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote» (Hebreos 2:14-17).

¿Hasta dónde descendió? Inclinó los cielos y descendió, y había oscuridad debajo de sus pies. Bajó hasta la Virgen Madre y el lecho del pesebre; hasta la casa de José en la despreciada Nazaret y el taller del carpintero; hasta el hambre y la sed, la agonía y el sudor de sangre, la cruz y la pasión; hasta la muerte y la sepultura, y eso en una tumba prestada; hasta el sombrío mundo de las sombras del Hades, hasta los espíritus encarcelados; ¡y si hay alguna profundidad más baja, hasta allí!

Pero subió de esas bajas profundidades, con las llaves de la muerte y del Hades en su cinto. Subió a lo alto, llevando cautiva la cautividad; y al ascender, fue anexionando cada provincia por la que pasaba. Este mismo Jesús que descendió ha subido ahora, sin cambio alguno en su naturaleza, para llenar todos los corazones, todas las vidas, todos los hogares, con la gracia, el amor y la ayuda que mostró durante su ministerio terrenal. Cuando lo vi, hace apenas unos días, me dije: «Jesucristo está literalmente en este cuarto. Es verdad que está a la diestra de Dios, pero esto es solo para que le sea más fácil llenar mi corazón, mi necesidad, mi vida. Él es el mismo que cuando Marta y María lo recibieron en su casa de Betania. Volveré a leer los Evangelios, no tanto como el registro del pasado, sino como espejo del presente vivo» (Hebreos 13:8).

¿Hay una sola persona que lea esta página en soledad, pobreza, enfermedad, tristeza y dolor que no pueda recibir este consuelo? ¡Vuelve a leer los Evangelios como el diario y el libro de cuentas del Salvador viviente! El que descendió es el mismo que también subió; y subió para llenar las más hondas profundidades de la necesidad humana. Aunque ha subido a la diestra de la Majestad en las alturas, es el mismo Salvador amoroso y tierno que cuando los niños se agolpaban alrededor de sus rodillas y sus lágrimas se desbordaron ante la tumba de su amigo.

ORACIÓN

Te bendigo, oh Hijo de Dios, porque no necesito subir al cielo para traerte abajo, ni bajar a tu sepulcro para hacerte subir. Tú estás aquí, en esta hora y en este lugar. AMÉN.

31 de enero

TRASTORNAR LAS COSAS

«¡Vosotros trastornáis las cosas! ¿Será reputado el Alfarero como el barro, para que la obra diga de aquel que la hizo: No me hizo; no tiene entendimiento?».— Isaías 29:16 (R.V., margen).

¿DEJARÁS QUE tu Salvador dé forma a tu vida y haga de ella lo que él quiera? Suyo es todo el poder en el cielo y en la tierra. No resistas el toque de sus manos que te moldean, ni digas que no entiende tus dificultades o tu temperamento particulares. Deja que él te asigne tu lugar en la vida y te dote de la sabiduría y la fuerza necesarias para cumplir debidamente sus responsabilidades.

Por el Espíritu Santo forma en nosotros su propia vida, llevándonos a andar por el camino que más le agrada, no siguiendo nuestros propios deseos y anhelos, sino los suyos; rindiéndole nuestra voluntad y obedeciendo su instrucción.

ORACIÓN

¡Gran Alfarero, danos forma! ¡Sabio Artífice, moldéanos! Manos traspasadas, guiadnos por donde debemos ir. No seremos hijos rebeldes, sino que nos someteremos a tu sabio entendimiento y confiaremos donde no podemos ver, encomendándote la custodia de nuestras almas haciendo el bien, como a fiel Creador. AMÉN.

Capítulo 1 completado

Enero

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