Nuestro andar diario
Noviembre

Capítulo 11 · 1 h 10 min de lectura · 1 h 30 min de escucha

Noviembre

1 de noviembre

ANDAR EN EL ESPÍRITU

«Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne».— Gálatas 5:16.

CUANDO ANDAMOS en el Espíritu, somos guiados por él (Gálatas 5:18, Romanos 8:14). En las primeras etapas de la vida solemos ser testarudos e impulsivos, como Moisés cuando derribó al egipcio. Pero a medida que crecemos en la experiencia cristiana (2 Pedro 3:18), esperamos las directrices del Espíritu, que nos mueve con sus sugerencias, imprime en nosotros su voluntad y obra dentro de nosotros (Filipenses 2:13) lo que después llevamos a cabo en el carácter y en los hechos (Filipenses 2:12, Filipenses 2:14). No vamos delante, sino que seguimos detrás. Somos guiados por el Espíritu.

El hombre o la mujer que anda en el Espíritu no tiene deseo de satisfacer los deseos de la carne (N. del ed.: ¡No es del todo exacto! El deseo sigue estando ahí. Lo que no está es la satisfacción del deseo.). El deseo de saciar el apetito natural permanecerá latente en el alma, y puede cruzar como un relámpago por los pensamientos, pero él no lo satisface. El deseo no se puede impedir (Gálatas 5:17), pero su satisfacción ciertamente puede negarse.

Cuando andamos en el Espíritu, él produce en nosotros el fruto de un carácter santo (Gálatas 5:22-23). El contraste entre las obras de la carne, es decir, de la vida egoísta (Gálatas 5:19-21), y el fruto del Espíritu, que es el producto (sobre)natural de su influencia, es muy marcado. En las obras hay esfuerzo, el estrépito de la maquinaria, el ruido ensordecedor de la fábrica. Pero el fruto se halla en el proceso sereno, quieto y regular de la naturaleza, que siempre está produciendo en su laboratorio secreto los benignos frutos de la tierra. ¡Qué silencioso es todo! No hay dicho ni palabras. Es casi imposible darse cuenta de lo que realiza un largo día de sol de verano. La madurez del otoño llega con pasos sin ruido. Así sucede con el alma que anda cada día en el Espíritu. Probablemente no haya experiencias sorprendentes, ni transiciones marcadas, nada especial que anotar en el diario; pero cada año los que viven cerca de ella son testigos de una riqueza creciente y madura de fruto en la manifestación de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio.

ORACIÓN

¡Señor de gracia! Que tu Espíritu Santo me haga andar siempre a la luz de tu rostro para la gloria de tu Hijo. Que llene mi corazón del sentido de tu cercanía y de la amorosa comunión con Jesús. Ordena mis pasos en tu camino, y anda conmigo, para que haga lo que te agrada. En el nombre de Jesús. AMÉN.

2 de noviembre

EL MENSAJE DE PENTECOSTÉS

«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo. Sed llenos del Espíritu».— Hechos 2:4; Efesios 5:18.

ES BUENO saber que hoy hay tanta presencia del Espíritu Santo, dondequiera que dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, como la hubo en el aposento alto de Jerusalén. La diferencia está en que no tenemos la misma actitud receptiva. No podemos decir de Dios, que es infinito, que haya más de él en este lugar que en aquel, o en un momento más que en otro. Él está siempre igualmente en todas partes. Pero donde los corazones están preparados, como lo estaban los de los discípulos, ¡no puede haber otra cosa que Pentecostés! Podemos tener la contrapartida de todas aquellas maravillosas experiencias que vinieron sobre ellos. El Espíritu de Dios puede inspirarnos, el fuego del amor divino puede encenderse en nuestro corazón, y podemos obtener un poder nuevo y maravilloso para hablar a los hombres de las maravillas de Dios.

Todos fueron llenos del Espíritu, y este es el mandato que se nos impone también a nosotros. Preguntémonos si es esta nuestra experiencia permanente, la cual no está destinada solo a apóstoles y profetas, sino a la madre con sus hijos, al hombre de negocios en su comercio, a los jóvenes y las jóvenes en la oficina o en la tienda.

El resultado de este bautismo de poder espiritual fue muy notable. Miles se convirtieron y fueron bautizados, y perseveraban con constancia. Tales convertidos son una ganancia para cualquier iglesia, y esta se ve revestida de un atractivo y una cohesión divinos.

La enseñanza de la doctrina, el partimiento del pan y la comunión en la oración fueron el comienzo de nuestras ordenanzas eclesiásticas. Cuando se dan jóvenes convertidos a una iglesia, debería proveerse para ellos de cultos en los que puedan tomar parte. El principio de tener todas las cosas en común parece haberse abandonado de mutuo acuerdo. Al principio pareció necesario para que los nuevos convertidos fueran formados en la vida cristiana, pero evidentemente se prestaba al abuso, y podría haber atraído a las filas de la iglesia a impostores perezosos e indeseables. Probablemente es un principio mucho más sabio administrar nuestros bienes para Dios que regalarlos. (Véase Mateo 25:20, 21; Lucas 12:42, 43, 44.)

Observa su gozo desbordante (Hechos 2:46, 47). Es característico de la presencia del Espíritu Santo en la vida, y su resultado es amor, gozo, paz, etc., lo cual resulta maravillosamente atractivo.

ORACIÓN

Te pedimos, Padre celestial, y por la fe reclamamos de ti, este mejor de todos los buenos dones, tu Espíritu Santo, para que permanezca con nosotros para siempre y para que los frutos del Espíritu abunden en nosotros. AMÉN.

3 de noviembre

EL ESPÍRITU QUE MORA EN NOSOTROS

«Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre».— Juan 14:16.

EL DON del Espíritu Santo se debió a la intercesión de nuestro Señor, y san Pedro se refiere a ello cuando dice: «...habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo» (Hechos 2:33). En 1 Juan 2:1 (R.V. marg.) la palabra Consolador se traduce Abogado: «Uno que nos hace fuertes con su presencia, como Ayudador, Guía e Instructor». Piensa en lo que significa tener siempre a nuestro lado, no una influencia vaga, sino una Persona divina, que espera ser nuestra fuerza en la debilidad, nuestra paz en la aflicción, nuestra sabiduría en la perplejidad, nuestro vencedor en las tentaciones, nuestro consolador en la tristeza. El Señor quiso que el Espíritu Santo fuera para nosotros todo lo que él mismo había sido. Este es el sentido de la palabra otro. Hay dos Abogados, o dos Paracletos. Cuando el Uno ascendió a la gloria, el Otro descendió a los corazones de sus discípulos. «Mora con vosotros, y estará en vosotros».

«No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros». Cristo había estado hablando de enviar a Otro; ahora dice: Yo mismo vengo; de modo que aprendemos que él es tan indisolublemente uno con el Espíritu Santo, a quien envía, que la venida del Espíritu es su propia venida. No busques al Espíritu aparte de Jesús. Así como el sol viene en la luz, así viene Jesús en el Espíritu. Cuando seamos llenos del Espíritu, no pensaremos en él, sino en Jesús, de quien él da testimonio; y cuando nuestro corazón esté ocupado en el Señor, podemos saber que hemos recibido a aquel que es el Don de los dones.

Abre toda tu naturaleza a la entrada del Espíritu Santo. Abre cada puerta, descorre la cortina de cada ventana, para que, al entrar, te llene de la gloriosa morada del Padre y del Hijo en ti. «Voy a preparar una morada», dijo Jesús; y: «Haremos del alma santa nuestra morada».

«Él os enseñará todas las cosas». Su libro de lecciones es la vida y las palabras de nuestro bendito Señor. Podemos pensar que estamos plenamente informados de todo lo que él ha dicho, pero, cuando estudiamos la Biblia, el Espíritu Santo nos hace volver a ellas una y otra vez, revelando siempre nueva luz y profundidades insospechadas. Nunca dejes pasar un día sin leer algunas de las palabras de Jesús bajo la guía del Espíritu Santo.

ORACIÓN

No nos has dejado huérfanos, oh Dios. Que la vida sea renovada en sus fuentes por la operación de gracia de tu Espíritu Santo que mora en nosotros y nos guía de gracia en gracia. AMÉN.

4 de noviembre

LA GUÍA DEL ESPÍRITU

«Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen espíritu me guíe a tierra de rectitud».— Salmos 143:10.

ENSÉÑAME A hacer tu voluntad; es decir, devuelve a Dios la responsabilidad de tu vida. Lo único importante de lo cual debes estar absolutamente seguro es de que deseas, cueste lo que cueste, hacer la voluntad de Dios. Si no lo deseas así, al menos debes estar dispuesto a que se te haga dispuesto. Echa sobre Dios esta carga de hacerte dispuesto, y cree que él la toma sobre sí. Su pueblo se le ofrecerá de buena voluntad en el día de su poder. Una vez resuelto este punto, Dios, por su Espíritu Santo, tarde o temprano te enseñará lo que quiere que se haga, y te capacitará para hacerlo. Como Samuel, si dices: Habla, Señor, que tu siervo oye, oirás la Voz a tus espaldas que dice: Este es el camino, andad por él; esto hay que decirlo, dilo; esto hay que hacerlo, hazlo; y, mientras procuras obedecer los suaves impulsos del Espíritu, descubrirás que en tu alma se derraman la fuerza y la gracia suficientes.

«Tu buen espíritu». He ahí nuestra única esperanza. Si no fuera por la bondad infinita, la paciente mansedumbre, la amorosa tolerancia del Espíritu Santo, no tendríamos ninguna posibilidad, pues nada sino una Bondad infinita podría soportar nuestras flaquezas y rebeldías, nuestras recaídas en la frialdad y la indiferencia, nuestra perversidad y obstinación. Pero, porque el Espíritu de Dios es bueno, podemos contar con que él nos impregnará de su santa influencia hasta que nuestra naturaleza mala sea vencida por su bondad, y también nosotros, en nuestra medida, lleguemos a ser buenos. Se dice de Bernabé que era «varón bueno», porque estaba lleno del Espíritu Santo y de fe.

«Me guíe». La oración del salmista es: enséñame, guíame, vivifícame. Hagamos nuestra esta oración. ¿Qué mejor garantía de ser bien guiados que entregarnos a nuestro Guía manso y lleno de gracia? Somos como niños pequeños que necesitan ser llevados, como la madre o la niñera toma al niño de la mano y lo lleva a la escuela, y luego va a buscarlo. Algunos de nosotros somos ciegos y necesitamos una mano bondadosa que nos guíe mientras andamos a tientas en la oscuridad. Andemos en el Espíritu, seamos guiados por el Espíritu y seamos muy sensibles al Espíritu. Entonces conoceremos instintivamente la voluntad de Dios, y la haremos.

ORACIÓN

Necesito una mano que me guíe en la tiniebla,

pues soy débil y desvalido como un niño;

y si a solas he de emprender mi jornada,

mis pies tropezarán en los montes salvajes.

AMÉN.

5 de noviembre

DAR TESTIMONIO DE CRISTO

«Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».— Hechos 1:8.

TODA MAQUINARIA necesita una fuerza motriz. Un automóvil puede estar reluciente y nuevo, con las ruedas calzadas de caucho, y contar con los últimos inventos para la velocidad y la comodidad, pero no se moverá ni un centímetro hasta que se le aplique la fuerza motriz. Así sucede con el mensaje del evangelio. Cristo murió y resucitó, y la obra de la redención quedó consumada. Sus discípulos fueron designados para llevar las nuevas de la salvación al mundo de los hombres, pero nada podían hacer hasta recibir el poder del Espíritu Santo. Es una pregunta seria para cada uno de nosotros: ¿He recibido el Espíritu Santo, para que sea en mí la fuente del poder? (Hechos 19:2). Si no, ¿hay que extrañarse de que seamos débiles y de que nuestro testimonio de Cristo vacile?

Observa los círculos de nuestra vida: testigos en Jerusalén, nuestro hogar; en Judea, la sociedad en la que nos movemos y trabajamos; en Samaria, la ciudad, el pueblo o la aldea en que vivimos; lo último de la tierra, que representa el derecho que el mundo pagano tiene sobre todos nosotros. Por cada uno de ellos tenemos alguna responsabilidad. Comencemos en Jerusalén, en nuestro hogar, y Dios nos conducirá paso a paso hasta el gran mundo de más allá. ¡Ay, hay muchos que están muy ansiosos por «lo último de la tierra», mientras descuidan Jerusalén y desatienden los derechos de Judea!

Dios quiere testigos. De un testigo no se espera que razone ni discuta, sino sencillamente que declare lo que vio u oyó, y que aporte hechos. Se nos pide que digamos a la gente lo que hemos hallado que Jesús es para nosotros mismos; que digamos lo que hemos conocido, gustado y palpado del Verbo de vida (1 Juan 1:1, 2, 3). Nuestro estrado de testigos puede ser la tienda en que trabajamos, o el lugar en la vida donde cada día estamos llamados a codearnos con quienes no conocen a Cristo. Los hombres no pueden verle, a menos que lo vean en nosotros. Así como la luna refleja el sol durante las horas oscuras de la noche, así la Iglesia de Cristo da testimonio de su Señor invisible. En toda emergencia, elevemos nuestro corazón a Cristo y pidamos que su Espíritu Santo nos capacite para ser testigos fieles para su gloria.

ORACIÓN

Mi bondadoso Maestro y mi Dios,

ayúdame a proclamar

y a difundir por toda la tierra

los honores de tu nombre. AMÉN.

6 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: ¡EL AMOR!

«Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor».— 1 Corintios 13:13.

PONGAMOS EL acento en la palabra fruto, en contraste con las obras de la ley. En la obra hay esfuerzo, tensión, el sudor de la frente y el forcejeo de los músculos; pero el fruto viene con facilidad y de forma natural por el desbordamiento de la savia que sube de la raíz a la rama y al brote. Así nuestra vida cristiana debería ser la exuberancia del corazón en que Cristo mora. El apóstol Pablo oró para que Cristo habitara en el corazón de sus convertidos, a fin de que estuvieran arraigados y fundados en amor. Solo cuando el Espíritu Santo nos llena hasta desbordar abundaremos en amor para con todos los hombres.

Debemos distinguir entre el amor y la emoción del amor. Lo primero es siempre posible, aunque no siempre ni inmediatamente lo segundo. Nuestro Señor, al repetir las antiguas palabras del Pentateuco, nos enseñó que podemos amar a Dios con nuestra mente y nuestras fuerzas, así como con nuestro corazón. Todos sabemos que la mente y las fuerzas no se gobiernan por nuestras emociones, sino por nuestra voluntad. Por tanto, podemos amar decidiendo poner nuestros pensamientos y energías al servicio de otro por amor de Dios; y hallaremos que nuestras emociones se encienden en un sagrado resplandor de afecto consciente.

En el capítulo del que está tomado nuestro texto, san Pablo distingue entre los dones de la Iglesia y el amor. Después de pasarles revista llega a la conclusión de que todos ellos, sin el amor como su corazón e inspiración, nada valen.

La palabra más grande del mundo es la frase insondable: «Dios es amor». No puedes definir la esencia del amor, como tampoco puedes definir la esencia de Dios, pero puedes describir sus efectos y sus frutos. Doy la traducción del Dr. Weymouth: «El amor es paciente y bondadoso, no conoce la envidia ni los celos; no es atrevido ni se impone, ni es jactancioso ni engreído. No se comporta de manera indecorosa, ni busca engrandecerse, ni estalla en ira apasionada, ni rumia los agravios. No halla placer en la injusticia hecha a otros, sino que con gozo se pone de parte de la verdad. Sabe guardar silencio; está lleno de confianza, lleno de esperanza, lleno de paciente aguante».

Deberíamos tomar cada una de estas cláusulas y considerar si nuestra vida está haciendo realidad estos altos ideales. ¡Dios nos envíe un bautismo de tal amor!

ORACIÓN

Oh Señor, mi amor es como una chispa que brilla débilmente; quisiera que fuera como una llama ardiente. Avívalo con el soplo de tu Espíritu Santo, hasta que tu amor me constriña. AMÉN.

7 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: EL GOZO

«Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido».— Juan 15:11.

EL GOZO es algo espontáneo. El gozo de un niño pequeño, como el canto de la alondra, brota natural y fácilmente cuando se cumplen ciertas condiciones; así, si queremos experimentar el gozo de Cristo, tenemos que cumplir las condiciones que él establece. Si estamos injertados en la Vid verdadera, nada impide que su amor fluya hacia nosotros; si hacemos lo que él nos dice y nos abstenemos de lo que él prohíbe, entonces el gozo vendrá a nosotros como una inundación.

«Permaneced en mí»: se da por supuesto, naturalmente, que estamos en Cristo. No siempre fue así. En otro tiempo estábamos fuera, separados de Cristo, «alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo». (Efesios 2:19) Éramos sarmientos de la vid silvestre, participábamos de su naturaleza, estábamos envueltos en su maldición, amenazados por el hacha que estaba puesta a sus raíces. Pero todo eso ha cambiado ahora. El Padre, que es el Labrador, por su abundante gracia y misericordia, nos ha sacado de la vid silvestre y nos ha injertado en la verdadera, y hemos llegado a ser uno con Cristo. Por tanto, cuando se nos dice que permanezcamos o que nos quedemos, basta con que nos quedemos donde él nos puso. Estás en un ascensor hasta que sales de él; estás en cierto camino hasta que tomas un desvío a la derecha o a la izquierda, aunque vayas tan absorto conversando con un amigo que no pienses en el camino; así, en medio de la presión de los deberes y los afanes, permaneces en Cristo a menos que conscientemente, por el pecado o la incredulidad, te apartes de la luz de su rostro y te arrojes a las tinieblas. (véase en Cristo o en Cristo Jesús o en Cristo) Por tanto, cuando surja la tentación de dejar las palabras de Cristo por las máximas del mundo, resístela y seguirás permaneciendo en él. Siempre que seas tentado a dejar el camino angosto de sus mandamientos para seguir los deseos de tu propio corazón, considérate muerto a ellos (Romanos 6:11), y permanecerás; siempre que seas tentado a abandonar el amor de Cristo por los celos, la envidia o el odio, resiste esos impulsos y di: «Elijo permanecer en el amor de Dios».

Permaneciendo así en él, aprenderás a conocer su mente, y pedirás con naturalidad aquellas cosas que su amor está más que dispuesto a conceder. «Pediréis todo lo que queráis». (Juan 15:7) Tenemos que quitar todo estorbo a la morada de Cristo en nosotros (Hebreos 12:1); entonces su amor prorrumpirá en canto, y participaremos de su gozo. Permanecerá en nosotros, y nuestra capacidad de gozo será colmada (Juan 16:24, 17:13).

ORACIÓN

Oh tú, que eres la Vid verdadera, deseo permanecer en ti, para llevar fruto abundante para tu gloria, y que mi vida esté llena de tu gozo. AMÉN.

8 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA PAZ

«La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».— Juan 14:27.

¡JUSTIFICADOS POR la fe en su sangre, tenemos paz! ¿Qué paz puede haber mientras nuestra conciencia culpable teme cada paso que oye, no sea que vengan a prenderla? Aunque algún malhechor rico esté rodeado de los adornos de la riqueza y la pompa, ¿qué valor tienen, si en cualquier momento teme que la historia de su crimen salga a la luz? La primera condición de la paz es ver tu pecado llevado por Cristo en su propio cuerpo sobre la cruz.

La segunda condición es guardar sus palabras, sus mandamientos. Ve en cada deber apremiante el llamado de tu Maestro. Hazlo todo en su nombre y para su gloria. Así vivió Jesús. Descendió, no para hacer su propia voluntad, sino la del Padre; y en cada incidente, según se presentaba, sentía que la campana de Dios llamaba a alguna nueva oportunidad de servicio. A veces simplemente tendrás que soportar su voluntad; otras, tendrás que cumplirla. Dile cada día: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado». La regla del deber se transforma en el servicio del amor, que no tiene ningún sacrificio por demasiado grande, ningún vaso de alabastro por demasiado costoso.

¡Paz para el corazón turbado! Jesús no se olvida de tus afectos y ansiedades humanos. ¿Espera que te consagres a sus intereses, y no cuidará él de los tuyos? Sabe dónde están tus seres queridos, sus nombres, sus necesidades, sus tristezas. Hará por ellos mucho más abundantemente. ¿No sentó David a su mesa al cojo Mefiboset, porque era hijo de Jonatán? ¿No sanó el Señor a la suegra de Pedro por amor a Pedro? Entrega a Cristo todo lo que te inquieta, tanto por ti como por otros. ¡Transfiérelo y encomiéndalo! ¡Ponlo en sus manos, y luego retira las tuyas! Que la paz de Cristo guarde tu corazón y tu mente como un centinela, y gobierne dentro como único juez y árbitro de pensamientos y acciones. Si algún pensamiento quiere introducirse para quebrantar nuestra paz, que sea detenido en el umbral; si surge alguna pasión que amenace la armonía de nuestra casa interior, que la solución sea la paz de Cristo. «Mi paz», dijo él, es decir, la paz que lo guardaba y lo gobernaba a él. Nos llama a compartirla, no solo en el más allá, sino aquí y ahora. Es su legado, garantizado para nosotros por su sangre y por el don del Espíritu Santo.

ORACIÓN

Oh Señor, que no me contente con abstenerme del pecado; sino que, permaneciendo en ti, lleve los frutos del Espíritu, que son amor, gozo y paz, para tu honra y tu gloria. AMÉN.

9 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA PACIENCIA

«Si alguno padece como cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en este nombre. Por cuanto sois participantes de las aflicciones de Cristo, ¡gozaos!».— 1 Pedro 4:13, 14, 15, 16.

EL SILENCIO paciente de nuestro Señor era el asombro de sus enemigos.

«Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció», y no abrió su boca. Ante los sumos sacerdotes, guardó silencio. A Pilato no le dio respuesta. En medio del desafío y el oprobio de la cruz, nada respondió, salvo con bendición y oración. «Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que dejaba sus agravios en manos del Juez justo».

Ciertamente, esta ha sido su costumbre a lo largo de los siglos. En cada niño que sufre por padres borrachos, en cada mártir quemado en la hoguera, en cada inocente que padece bajo una opresión despótica, él ha sido llevado como cordero al matadero, ¡pero qué silencioso está! Los hombres pueden asesinar a sus siervos y blasfemar su nombre, ¡pero él no dice ni una palabra! Este es el sentido de uno de esos extraños anuncios que hacen tan notable el libro del Apocalipsis: «Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora». Los cantos del cielo enmudecen; la multitud que nadie puede contar escucha los gemidos y los ruegos de sus hermanos sin auxilio; los ángeles detienen sus himnos y parecen atentos a las tragedias que van a describirse (Apocalipsis 8:1). Pero no parece haber ninguna ayuda.

Pero recuerda que el silencio no implica indiferencia. En el mismo momento en que nuestro Señor callaba ante sus jueces, estaba llevando el pecado del mundo. Cuando se proclama el silencio en el cielo, vemos que las oraciones de los santos se están presentando ante el trono: oraciones de intercesión, mezcladas con mucho incienso de los méritos de Cristo.

Es con este espíritu como hemos de sufrir. Hemos de ocultar nuestra angustia como los estoicos. Ningún sufrimiento bien llevado es en vano; de alguna pequeña manera, que quizá no entiendas, estás ayudando a Cristo en su obra redentora. ¡Mantente sereno, tranquilo y alegre! Ora por los que te ultrajan, y pide que tus sufrimientos, bien llevados, conduzcan a su conversión, como los de Esteban en el caso de Saulo.

ORACIÓN

Padre celestial, por tu infinita misericordia, dame tal seguridad de tu protección en medio de las tribulaciones y los tumultos de esta vida mortal, que sea guardado en quietud de espíritu y en paz interior. AMÉN.

10 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA BENIGNIDAD

«El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos… sufrido».— 2 Timoteo 2:24.

NO ES fácil cultivar este fruto del Espíritu, porque tiene muchas falsificaciones. Algunas personas son por naturaleza indolentes, carentes de energía y de ambición, cobardes en el fondo o mezquinas de espíritu. Muchos de nosotros nos caracterizamos por una debilidad y una decrepitud morales que nos hacen fácil ceder antes que contender en la arena física o intelectual.

Pero en la benignidad tiene que haber la conciencia de una considerable reserva de fuerza. La benignidad de Dios va unida a la omnipotencia. Los movimientos de la creación, en la que no hay voz ni palabras, prueban las fuerzas infinitas que están obrando. Cuando un muchacho intenta levantar o llevar una viga pesada, lo más probable es que haya un gran estrépito cuando llegue al final de su tarea y la ponga en el suelo. Su fuerza está tan cerca de agotarse que se alegra de librarse de su carga, de cualquier manera y a cualquier precio. Pero si un hombre fuerte se echa al hombro la misma carga y la lleva la misma distancia, la deposita suavemente, porque no ha forzado su fuerza y le sobra mucha.

Es prerrogativa de la gran fuerza ser benigna. Recuerda siempre que estás unido al Dios infinito, y que todas las cosas te son posibles. Tiene que haber también una compasión infinita. Hemos de ser tolerantes y compasivos con los que nos maltratan, o han sido amargados por la decepción, o han sido maltratados. Nuestro propósito ha de ser disculpar a tales personas, y mostrarnos siempre dulcemente razonables ante cualquier brusquedad, grosería y malos modales de su comportamiento. Estemos dispuestos a admitir que mucho se debe a un carácter sombrío de nacimiento. Por eso soportamos con benignidad a los que yerran y a los extraviados, porque también nosotros estamos rodeados de flaqueza.

Es necesario también que haya una profunda humildad. Tomás de Kempis dice: «Si quieres que te soporten, soporta tú también a otro. Procura ser paciente en sufrir los defectos y flaquezas ajenas, cualesquiera que sean, porque también tú tienes muchas faltas que otros han de sufrir». Nuestro resentimiento contra los demás debería estar siempre templado por el recuerdo de nuestros propios pecados. Así seremos gente noble y apacible a los ojos de Dios.

ORACIÓN

Oh Dios, nuestra conducta no ha manifestado todos los frutos del Espíritu, ni ha estado llena de la gracia y la benignidad de Cristo. Perdónanos, y capacítanos para vivir de tal modo que su hermosura esté en nuestro rostro, el tono de su voz en nuestro hablar, la suavidad de su andar en nuestros pasos, el desprendimiento de sus obras en nuestras manos. AMÉN.

11 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA BONDAD

«Era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe».— Hechos 11:24.

LA BONDAD es el resplandor o el brillo que irradia un alma cristiana pura y feliz. Es pronta para ver y engrandecer todo lo bueno que hay en los demás, como lo era Bernabé. Es incapaz de celos o de envidia; de lo contrario, él nunca habría ido a Tarso a buscar a Saulo. La bondad de este hombre se manifestó en su generosa donación del producto de su patrimonio, y en el ministerio de consolación que ejerció entre los discípulos.

Esa bondad no nos es natural. Es el fruto de nuestra unión con la Vid verdadera, cuya savia puede compararse al Espíritu Santo. Antes de que podamos ser el hombre bueno por quien alguno osaría incluso morir, tenemos que ser injertados en Cristo, para que su bondad se abra paso a través de nuestra disposición agria.

Lo más difícil de todo es seguir manifestando esta bondad cuando nuestra vida está unida, como lo estaba la de Abigail, a la de un hombre duro (1 Samuel 25:3). Ella era una mujer hermosa, de buen entendimiento y llena de tacto. Su discurso, que detuvo a David cuando estaba a punto de vengarse de Nabal, es un modelo de sensatez. Él se lo agradeció de corazón, porque lo había librado de un acto precipitado que habría llenado de pesar el resto de su vida. Nabal era un hombre duro, de malos hechos, y, como decían sus criados, «tan perverso que no hay quien pueda hablarle»: un hombre que no sabía lo que era estar alegre. ¡Nabal era su nombre y su naturaleza! ¡Qué dolor constante debió de ser para esta noble mujer estar unida a semejante hombre! Esa es la prueba de la verdadera bondad; es un triunfo de la gracia de Dios.

Guárdate de la tacañería y la mezquindad. Da con liberalidad y generosidad a toda buena causa. Ten mucho cuidado de no volverte atrás de tus primeras intenciones, que en materia de dar son probablemente más dignas de confianza que las proverbiales segundas intenciones. Procura siempre detenerte en todo lo que halles admirable y noble en el carácter de los demás, y ensalzarlo.

Se dijo de Charles Kingsley:

«Ningún cansancio era tan grande que le hiciera olvidar la cortesía de los momentos menos fatigados; ningún asunto tan absorbente que le privara de su prontitud para mostrar bondad y simpatía. Disciplinarse en esta norma de vida elevada y noble, sin desfallecer, fue en verdad una de las grandes obras de su vida».

ORACIÓN

Enséñanos a ejercer una influencia sana y llena de gracia sobre aquellos con quienes tratamos, difundiendo en cada mirada y cada gesto el dulce olor de Cristo, y derramando en cada acto la luz cordial tomada de su rostro. Que el mundo sea realmente mejor porque nosotros vivimos hoy en él. AMÉN.

12 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA FE

«Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra fe, porque fiel es el que prometió».— Hebreos 10:23.

LA FE es un atributo del corazón más que de la cabeza. En sus primeros impulsos es en gran parte intuitiva. Es imposible llevar a los hombres a la fe a fuerza de argumentos. No pienses, discutas ni razones demasiado sobre la fe, o la perderás. En esto se parece al amor: cuando le aplicas el bisturí para analizarlo, su espíritu y su vida se desvanecen, y solo quedan las reliquias marchitas de lo que una vez fue una cosa bella y un gozo para siempre. Pero si, apartándote de la fe, vuelves el corazón y la mente hacia algún objeto digno de ella y los concentras allí, casi sin darte cuenta la fe habrá brotado y crecido hasta la madurez.

La fe tiene dos clases de objeto: primero, una persona, y segundo, una afirmación. Cuando somos atraídos poderosamente hacia una persona, de modo que nos sentimos capaces de confiar a su cuidado nuestra alma, nuestro destino, nuestras posesiones más preciosas, con un sentimiento interior de tranquilidad y certeza de que todo está seguro con ella, y de que hará por nosotros más de lo que nosotros mismos podríamos hacer, eso es fe.

Podemos sentirnos atraídos por una afirmación que apela a nuestro sentido moral; concuerda con las decisiones de nuestra conciencia; o quizá, como palabra de Uno en quien depositamos una confianza absoluta, se nos recomienda por amor a él. Aceptamos esa afirmación; descansamos en ella. Creemos que lo que atestigua como hecho sucedió de veras o sucederá. Estamos tan seguros de ello como si hubiéramos podido comprobarlo con nuestros sentidos de la vista, el oído o el tacto. Eso también es fe.

«La fe es una segura confianza en aquello que esperamos, y una convicción de la realidad de lo que no se ve» (Hebreos 11:1, Weymouth).

Debemos señalar una diferencia entre esta fe y «la fe que ha sido una vez dada a los santos». La primera es el corazón que acepta y la mano que se extiende para obtener; la segunda es el cuerpo de la Verdad que ha de ser aceptado.

De la fe nace la fidelidad. La fe es tu confianza en otro; la fidelidad es que tú seas digno de confianza. Un alma fiel, en la que se puede confiar absolutamente, es de gran precio. Nada aviva tanto nuestra fe como meditar en la absoluta fidelidad de Dios. «Bienaventurado el hombre que confía en él».

ORACIÓN

Danos fe en tu amor, que nunca se cansa ni desfallece. Dudemos de lo que dudemos, que nunca pongamos en duda la perfección de tu misericordia. Cumple en nosotros todo el beneplácito de tu voluntad y la obra de fe con poder. AMÉN.

13 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: LA MANSEDUMBRE

«Andad como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor».— Efesios 4:1, 2.

EL HOMBRE manso, según Lutero, es el hombre de carácter dulce.

La mansedumbre y la humildad son los dos aspectos de una misma disposición: la una hacia el hombre, la otra hacia Dios. «Bienaventurados los mansos —dijo nuestro Señor—, porque ellos recibirán la tierra por heredad». Es profundamente cierto, porque al manso y disciplinado, al espíritu dulce y tierno, se le despliega una belleza oculta del mundo que se le niega al arrogante y al soberbio. He aquí un millonario que acaba de comprar un cuadro hermoso y valioso, que exhibe ante todos sus amigos, cuidando mucho de decirles el precio que ha pagado. Para él, por todo el lienzo está escrito: «¡Este cuadro me costó diez mil libras!». ¿Posee o hereda de verdad su belleza? A su servicio hay una muchacha culta y de agudo sentido artístico. Siempre que tiene ocasión, entra en la sala para empapar su alma de la inspiración del cuadro. ¿No es ella su verdadera dueña? Así es como los mansos heredan todo lo bueno y lo hermoso. Todo es suyo, puesto que ellos son de Dios.

Una de las joyas más exquisitas del Salterio es el salmo que comienza: «Señor, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron» (Salmos 131:1). El autor se describe a sí mismo como un niño destetado, que al principio se pone furioso por el cambio de su alimentación, pero después se calma y se aquieta. Este es el símbolo del espíritu manso y apacible, que delante de Dios es de grande estima.

Para adquirir esta mansedumbre de espíritu, pide al Espíritu Santo que mantenga clavada en la cruz tu naturaleza orgullosa y vanagloriosa. Luego, debemos creer que el manso y humilde Jesús está en nuestro corazón, y pedirle que viva, piense y hable por medio de nosotros. Por último, espera del Espíritu Santo su fuego sagrado para que consuma todo lo que hay de codicioso, envidioso, orgulloso, airado y malicioso dentro de nuestro corazón, porque estos son los cinco elementos del infierno. Tomemos siempre el asiento más bajo, confesando que no somos dignos de desatar la correa del calzado de nuestros hermanos.

ORACIÓN

Capacítanos, te rogamos, oh Dios, para andar como hijos tuyos amados. Que toda inmundicia, necedad, avaricia, amargura, enojo e ira sean quitados de nosotros, junto con toda malicia. Haznos mansos, como lo fue nuestro Salvador. Líbranos del espíritu de represalia. Que hagamos la paz, sanando las contiendas y calmando la irritación de los hombres, por amor de tu Nombre. AMÉN.

14 de noviembre

EL FRUTO DEL ESPÍRITU: EL DOMINIO PROPIO

«Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; y ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible; mas nosotros, incorruptible.— 1 Corintios 9:25.

EN SU juventud, ¡Pablo debió de ser un gran aficionado al deporte! Emplea las expresiones propias del gimnasta, del púgil y del corredor. Probablemente se había detenido muchas veces a contemplar los grandes juegos que se celebraban en diversas partes del mundo de habla griega. Conocía el largo y arduo entrenamiento por el que tenían que pasar los competidores.

Pablo corría una carrera por una corona imperecedera. No tenía duda alguna acerca de su meta, y por eso no corría como a la ventura. Iba derecho como una flecha a su blanco, y su blanco era ganar almas para Cristo. Ganar a algunos, salvar a algunos, era su pasión (1 Corintios 9:22). Necesitaba disciplinarse, dejando a un lado mucho de lo que era inocente en sí mismo y que otros podían disfrutar sin reproche (Romanos 14:13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21). El apóstol libraba también un combate de boxeo, en el que el antagonista era su propio cuerpo. Sabía que en Cristo había un poder espiritual a su disposición para que se lo apropiara, pero para tenerlo debía ser un hombre espiritual, y serlo exigía someter sus apetitos carnales.

Debemos ejercer «el respeto de uno mismo, el conocimiento de uno mismo, el dominio de uno mismo». Lo mejor es entregar toda nuestra naturaleza al Maestro y pedirle que dirija, gobierne y sugiera cada día todo lo que pensamos, hacemos o decimos. Es infinitamente más dichoso ser gobernado por Cristo que gobernarse uno mismo. Dichosos los que desde muy temprano son capaces de subordinar los deleites de los sentidos, por inocentes que sean, a alguna alta búsqueda del espíritu. El soldado tiene que renunciar a muchas cosas que son legítimas para el civil, porque debe poder marchar rápidamente de un lugar a otro. Tiene que privarse de muchas comodidades, pero se ve recompensado si su nombre figura en la lista de honores. El labrador tiene que someterse a los rigores del tiempo y afrontar dificultades e incomodidades que no se dan en la vida de otros; pero no hay otro camino si ha de obtener los frutos de su trabajo. Estos se niegan a sí mismos por consideraciones inferiores, pero nosotros tenemos a la vista un objetivo infinitamente más alto; por eso, tanto más debemos despojarnos de todo peso. Nunca olvides a Jesucristo, resucitado de los muertos, tu gran Modelo y Dador de vida, la fuente de todo poder espiritual.

ORACIÓN

Padre celestial, injerta a tu Hijo, Jesucristo mi Señor, en lo íntimo de mi corazón, para que yo dé el fruto de una vida santa, para honra y alabanza de tu Nombre. AMÉN.

15 de noviembre

JESÚS, EL ESPÍRITU VIVIFICANTE

«El primer Adán fue hecho alma viviente; el postrer Adán, Espíritu vivificante».— 1 Corintios 15:45.

¿ESTÁS TÚ, amigo mío, en el primer Adán o en el segundo? Es una pregunta vital, y bien valdría la pena que dejaras a un lado todo lo demás para darle una respuesta meditada. Preguntas cuál es la diferencia fundamental entre el primer Adán y el segundo. El apóstol la expone con claridad en este capítulo, del que está tomado nuestro texto. El contraste entre ambos es la vida del alma del primero y la vida del Espíritu del segundo. Esta es la distinción que Jesús hizo al comienzo de su ministerio, y que impregna todo el Nuevo Testamento. La esfera del cristianismo es el reino del espíritu. Su objeto es elevar al hombre del nivel del alma al nivel del espíritu.

El alma es el centro de nuestra personalidad. ¡Eres tú, o soy yo, o cualquier otra persona! Desde ella contemplamos dos mundos. Con el mundo material nos relacionamos mediante los órganos del tacto, la vista, el olfato, el gusto y el oído. Con el mundo eterno nos relacionamos mediante los órganos del espíritu, que probablemente son idénticos a los inferiores. Tenemos la opción de descender por la escalera de caracol hacia el materialismo, o de ascender hacia la comunión con Dios. ¡Ay, cuántas veces descendemos atraídos por el sabroso guiso, en vez de subir por la escalera que llega hasta el cielo!

Está claro que debemos morir a la vida del yo, a los impulsos, sugerencias e instancias del ego, que está atrincherado en el alma. El yo es la raíz de nuestro alejamiento de la vida de Dios. Todos los males de los ángeles caídos y del hombre tienen su origen en el orgullo del yo. Por otra parte, toda la bienaventuranza de la vida celestial está a nuestro alcance cuando la vida del yo es clavada en la cruz de Jesús.

¿Cómo ha de ser llevada a la muerte esta vida del yo? Solo por nuestra identificación con la cruz en que murió Jesús. Fuimos clavados allí en el propósito de Dios, y debemos aceptar esa posición y extraer de ella su ayuda por medio de una fe viva. Fue mediante el Espíritu eterno como Jesús se ofreció a sí mismo a Dios, y es por ese mismo Espíritu como también nosotros podemos decir: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí». Tiene que haber un intercambio de vidas: de la vida del yo a la vida del Salvador crucificado y ascendido, comunicada por el Espíritu Santo.

ORACIÓN

He aquí, oh Señor, soy tu siervo, dispuesto para todo; porque no deseo vivir para mí mismo, sino para ti; ¡y ojalá pudiera hacerlo digna y perfectamente! AMÉN.

16 de noviembre

1

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. ¿Quién me librará...? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro».— Romanos 7:19, 20, 21, 22, 23, 24, 25.

ESTE SÉPTIMO capítulo de Romanos refleja, como en un espejo, el conflicto interior del alma cristiana que aún no ha aprendido a apropiarse todo el poder del Espíritu Santo. Se notará que el pronombre personal «yo» aparece con frecuencia, mientras que no hay palabra alguna del Espíritu Santo, que codicia o lucha contra la carne. Es el esfuerzo de un hombre por mantenerse puro y santo con la energía de sus propias resoluciones, y poniendo en juego su propio poder y voluntad. Pero así como Satanás no puede echar fuera a Satanás, tampoco la voluntad del hombre es capaz de exorcizar su propio mal.

Por eso nos volvemos con gratitud al capítulo octavo, que está tan lleno del poder del Espíritu Santo para vencer el mal como el séptimo lo está del esfuerzo humano. Solo cuando aprendemos a entregar nuestro yo interior al Espíritu de Dios podemos llegar a ser más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Mientras el conflicto se libre con nuestras propias fuerzas, no hay más remedio que experimentar la vida de altibajos, voluble y defectuosa, que el apóstol describe tan gráficamente.

No sabemos decir cómo es que el alma del hombre está tan llena de mal, ni por qué es incapaz de librarse a sí misma mediante sus resoluciones, que carecen de la fuerza dinámica necesaria. Pero hallamos esta «ley del pecado y de la muerte que se rebela en nuestros miembros y nos lleva cautivos». Es, en verdad, una experiencia miserable descubrir que la corriente corre con tanta rapidez contra nosotros y nos arrastra a pesar de nuestro denodado deseo de detenerla y vencerla. ¿Quién no ha experimentado, una y otra vez, el fracaso después del más ferviente deseo de obrar bien? La amargura de nuestro origen se impone a la mejor elección, de la cual somos conscientes en nuestros momentos más nobles.

Es un gran consuelo saber que el Espíritu de Dios está dispuesto a renovar nuestro hombre interior de día en día (2 Corintios 4:16) y a librarnos de la ley del pecado y de la muerte. Es la renovación diaria lo que necesitamos. Día tras día, y hora tras hora, es necesario buscar por la fe una nueva infusión del poder del Espíritu Santo, para que seamos vencedores.

ORACIÓN

Oh Dios, que vivamos hoy muy cerca de ti, no con la energía de nuestras propias resoluciones, sino por la unción y la morada del Espíritu Santo, que nos enseñará a permanecer en Cristo. Si nuestro corazón rebelde tiende a extraviarse, haznos volver antes de que hayamos ido demasiado lejos. AMÉN.

17 de noviembre

EL SECRETO DEL CAMINO INTERIOR

«Anda por el camino de los buenos, y guarda las veredas de los justos».— Proverbios 2:20.

ESTE CAPÍTULO abunda en referencias al Camino y a la Senda. «Andar» aparece tres veces, «veredas» siete y «caminos» cinco. Aquí leemos del camino o senda por el que los hombres buenos y justos nos han precedido. A los antiguos místicos cristianos les gustaba hablar del camino interior y de sus diversas etapas. Decían que solo Dios era el centro y la satisfacción del alma humana, y que debemos avanzar por la senda recorrida por las almas santas que nos precedieron hasta hacer realidad el lema de Mónica: «Vida en Dios, y allí la unión».

El verdadero conocimiento de Dios y la unión con él solo pueden alcanzarlos quienes no retroceden ante los peligros y la aspereza de la puerta estrecha y del camino angosto. No es necesario dejar el cuerpo para llegar al secreto íntimo de Dios. La senda puede recorrerse de este lado del sepulcro. Pedregosa y empinada podrá ser, pero cuando corona la cumbre y toda la gloria de los cielos se ofrece a la vista, el alma queda satisfecha. En la consecución de la verdadera sabiduría, Dios está dispuesto, sí, deseoso de dar, pero nosotros debemos ser sinceros y fervientes en nuestro deseo de obtenerla (Proverbios 2:1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9). Observa las muchas palabras que se emplean para estimular nuestra búsqueda. ¡Recibe! ¡Guarda! ¡Inclina el oído y aplica el corazón! Los tesoros de Dios, como los de la mina, no están en la superficie, pero ningún trabajo es más provechoso. Nuestro Padre celestial no solo da buenas cosas a los que se las piden, sino que se convierte en nuestro escudo y adarga, nuestro Protector y Guía (Proverbios 2:7, 8).

Estas son las etapas del Camino interior que los santos han recorrido antes que nosotros: el Desprendimiento de las ambiciones, pasiones y pecados de la naturaleza; el Apego, es decir, la actitud de comunión con Cristo; la Iluminación, que revela al alma su indignidad; la Unión con Dios. Esta es la experiencia de pocos, pero quienes la han descrito nos recuerdan que ojo no vio, ni oído oyó, lo que el Espíritu de Dios revela a los que lo aman y lo esperan. Pero debes estar dispuesto a sacrificarlo todo. El que busca diamantes, u oro, afrontará privaciones y renunciará a mucho de lo que otros hombres tienen en gran estima, para poder proseguir su búsqueda. No ha de ser de otro modo con los que quieren entender el temor del Señor y hallar el conocimiento de Dios.

ORACIÓN

Haznos más conscientes, oh Señor, te rogamos, de la morada de tu Santo Espíritu en nosotros: que él dé testimonio dentro de nosotros de que, a pesar de nuestro pecado, seguimos siendo tus hijos; que nos capacite para hacer morir las obras del cuerpo y para considerarnos muertos a las instancias de la carne. AMÉN.

18 de noviembre

ABUNDAR TAMBIÉN EN ESTA GRACIA

«Si primero hay la voluntad pronta, será acepta por lo que tiene, no por lo que no tiene».— 2 Corintios 8:12.

SI SAN PABLO viviera hoy, sin duda sería muy solicitado para predicar los sermones especiales destinados a recaudar fondos para sostener la obra religiosa y benéfica. A juzgar por este capítulo, debió de ser inimitable para obtener del pueblo de Dios ofrendas para toda clase de fines. Estimula a los corintios recordándoles la liberalidad de las iglesias de Macedonia, a pesar de su profunda pobreza. Les recuerda que, puesto que abundan en tantos dones y gracias, deben procurar no quedarse atrás «también en esta gracia» (2 Corintios 8:7). Cita el ejemplo de nuestro bendito Señor, y les recuerda que todo se lo deben a su condescendencia. Sugiere que lo único que Dios quiere es la voluntad de dar, y que él acepta el deseo del pobre de darlo todo con tanto deleite como las vastas posesiones del millonario (Marcos 12:41, 42, 43, 44).

¡Qué texto tan maravilloso es el versículo noveno! George Herbert, en uno de sus poemas, describe a nuestro Señor despojándose de todo al descender del trono al pesebre de Belén. Se quitó la tiara, y sus joyas se convirtieron en la Vía Láctea; dejó a un lado su cetro, y este se convirtió en el relámpago; se quitó el cinto, y se convirtió en el arco iris; se despojó de sus vestiduras reales, ¡y se convirtieron en las nubes del ocaso! Pero qué maravilloso es pensar que el Señor de la gloria se hizo tan pobre que no tenía dónde recostar su cabeza, que a menudo estaba sin alimento y siempre dependía de la caridad.

Pero porque él fue pobre, nosotros somos enriquecidos; porque no tuvo hogar, nos ha abierto las «muchas moradas»; porque fue despojado de todo, nosotros podemos vestir las ropas blancas y sentarnos con él en los lugares celestiales. Nos llama a cada uno de nosotros a servirle a él mismo cuidando del más pequeño de sus hermanos. Solo podemos ayudar de verdad a la gente cuando nos empobrecemos nosotros mismos, pero al final no salimos perdiendo. Dios no quedará en deuda con nadie. Lo que guardamos lo perdemos; lo que damos es como semilla esparcida que vuelve en abundantes cosechas. Apoya tu corazón sobre el corazón de Cristo hasta que quedes lleno de su amor y de su espíritu, y te contentes con no llamar nada tuyo. Sé mayordomo de todo lo que posees para su gloria y para ayuda de los demás.

ORACIÓN

Oh Dios, no tenemos nada digno de que lo demos, ni de que tú lo recibas; lo mejor que tenemos nos lo diste tú. Acéptanos benignamente a nosotros y todo lo que tenemos. Todo lo que nos has dado, capacítanos para considerarlo una mayordomía en favor de otros. AMÉN.

19 de noviembre

LLEVAR LA CRUZ

«El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí».— Mateo 10:38.

¡QUÉ MARAVILLOSO es que en el versículo treinta y siete de este capítulo nuestro Señor se enfrente a toda la raza humana y reclame su amor supremo, pidiendo que lo amen más que a sus seres más queridos, de quienes han recibido la vida o a quienes se la han dado! No intenta justificar su exigencia, y lo único que hace razonable su reclamo es que él es el Hijo de Dios, que murió por nosotros en la cruz, y que cada uno de nosotros tiene un lugar propio en su amor divino y humano. ¡Qué reprensión encierran las palabras «no es digno de mí»! Ciertamente, en este sentido, ninguno de nosotros es digno de nuestro divino Señor.

Cristo pide la entrega no solo del corazón, sino de la vida. La abnegación por amor de él es la insignia del discípulo. Es una extraña procesión la de los que llevan la cruz siguiendo al Crucificado. Cada uno tiene su propia forma particular de abnegación que se le exige, y ha de asumirla de buena gana.

Desde luego, debe entenderse que la confesión a la que Cristo nos llama no consiste en una sola declaración de los labios; es el reconocimiento constante de él con la voz y con la vida, mantenido hasta el fin, y el contexto deja claro que habrá que mantenerlo frente a la oposición, y a menudo en su forma más amarga: la oposición del hogar. A muchos de nosotros nos resultaría más fácil afrontar la persecución exterior y el ceño del tirano que resistir las bromas ligeras, las burlas y las sospechas, las palabras crueles de quienes viven dentro de nuestra casa. En todas las épocas ha habido quienes han tenido que permanecer absolutamente solos por Cristo, no odiando a sus seres queridos, sino siendo odiados por ellos a causa de su lealtad a Cristo, y destinados a ver el amor y el cuidado más abnegados pagados con una indiferencia de piedra o con una persecución activa. Nada es más difícil de soportar, y no nos queda otro camino que hacer callar al enemigo y al vengativo perseverando pacientemente en hacer el bien, creyendo siempre que Dios es fiel y que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos soportar.

ORACIÓN

Sé tú el remedio y el complemento de toda aflicción y necesidad por la que seamos llamados a pasar; si padecemos por Cristo, que no amenacemos; si se habla contra nosotros, que respondamos con bendición; si somos probados por el fuego de la prueba, que nos gocemos; si estamos solos y desolados, que el Espíritu Santo nos haga real a Jesús. AMÉN.

20 de noviembre

CALMAR LAS TORMENTAS DE LA VIDA

«Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban».— Salmos 107:29, 30.

ESTE SALMO contiene cinco cuadros maravillosos de la vida.

Primero vemos a los viajeros que han perdido el camino (Salmos 107:4, 5, 6, 7, 8, 9); luego, a los presos y cautivos que moran en tinieblas (Salmos 107:10, 11, 12, 13, 14, 15, 16); después vemos la habitación de un enfermo (Salmos 107:17, 18, 19, 20, 21, 22); luego, una terrible tempestad en el mar (Salmos 107:23-32); y, por último, el hermoso cuadro de una tierra desierta que se convierte en un paisaje fértil (Salmos 107:33, 34, 35, 36, 37, 38).

El estribillo que llama a los hombres a alabar al Señor por su bondad se repite cuatro veces, y el salmo concluye con el ferviente pensamiento de que todos los sabios prestarán atención a los diversos tratos de Dios, tal como se muestran en estos hechos de su misericordia.

En toda vida hay períodos de tumulto y de tormenta. Somos zarandeados por olas embravecidas, y parece que nunca llegaremos al puerto de la paz y el descanso. Algunos se entregan a tales experiencias como a un destino que no pueden evitar, o intentan ahogar sus temores y adormecer sus sentidos ante el sufrimiento y el peligro. Pero la fe se abre paso a través de las brumas oscuras y de los nubarrones arrastrados por el viento, y establece una conexión segura con el trono del Padre eterno. Esto es lo que el Nuevo Testamento llama el ancla del alma, y por violenta que sea la tormenta que barre la tierra, el alma que se refugia allí está a salvo. «Entonces clamaron al Señor en su angustia, y los libró de sus aflicciones».

En este momento quizá estés pasando por una tormenta de aflicción exterior. Ola tras ola se abate sobre ti, a medida que una calamidad sigue a otra, hasta que parece que la pequeña (una parte muy pequeña de una) barca (embarcación, pequeño velero) de tu vida tiene que zozobrar. Mira a Dios y clama a él. Él te ve, y no permitirá que te hundas.

O quizá estés sufriendo una tristeza interior. Pusiste tus afectos donde no debías; la persona que amas te ha engañado y defraudado, y el cielo está ahora oscuro y tempestuoso. El único recurso del alma cuando se ve acosada es mirar a aquel que tiene los vientos en su puño, las aguas en el hueco de su mano, y que no puede olvidar ni abandonar a los que claman a él.

ORACIÓN

Oh Dios, alabaremos tu Nombre por tu bondad para con nosotros y por tus maravillas para con los hijos de los hombres. Que tu voz apacible acalle nuestros temores y cambie las tormentas de la vida en grande bonanza. AMÉN.

21 de noviembre

RABONI: MAESTRO MÍO

«Pero María estaba fuera, llorando junto al sepulcro... Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni!, que quiere decir, Maestro».— Juan 20:11, 12, 13, 14, 15, 16.

CUANDO LOS discípulos hubieron vuelto a su casa, María se quedó a la puerta del sepulcro, llorando. Entonces echó una mirada más al lugar donde él había yacido. Así seguimos nosotros mirando dentro de la tumba de las ordenanzas, de las emociones pasadas, de los viejos y sagrados recuerdos, buscando al Redentor. Los ángeles que guardaban el sepulcro trataron en vano de consolarla; pero ¿qué podían hacer por ella, que solo anhelaba oír su Voz?

La sensación de una Presencia a sus espaldas, o quizá, como sugiere finamente san Crisóstomo, una expresión de amor y de reverencia que pasó por el rostro de los ángeles, la llevó a volverse, y vio a Uno que estaba allí, a quien tomó por el hortelano. Entonces él la llamó por el antiguo nombre familiar, con la misma entonación de voz, y ella supo que era su Señor. Saber que estaba allí aquel a quien lo debía todo la estremeció, y respondió en la lengua del país que ambos conocían tan bien: «¡Raboni!».

¿No nos sugiere esto que en aquella vida nueva que está más allá oiremos de nuevo hablar las voces que nos han sido familiares? «Así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial, y tendremos de nuevo comunión con aquellos a quienes hemos perdido por un tiempo».

«Raboni» quiere decir «Maestro mío». Debemos recibir al Señor resucitado no solo como nuestro Salvador, sino como nuestro Maestro. Demasiados acuden a él solo por lo que hará por ellos en cuanto a la salvación y la liberación del pecado, pero nunca conoceremos la plenitud de ninguna de las dos hasta que caigamos a sus pies y lo reconozcamos como Maestro y Señor.

Tiene que ser un acto personal: «Maestro mío». No basta con que él sea Señor de otros, o de su Iglesia. Tiene que ser tuyo. Da tu todo a cambio de su todo. Empieza a vivir como si en este mundo no hubiera nadie más que él y tú. Él nos está llamando siempre: «¡Hijo! ¡Hija! Dame tu corazón, tu amor».

Cuando él es el Maestro, obedecemos sus órdenes. Es inútil llamarle «Señor, Señor» y no hacer lo que él dice. Nuestro ha de ser el oído atento, el pie veloz. «¡Ve, di!». Así habla todavía.

ORACIÓN

Abre nuestros ojos para ver el rostro de Cristo mirándonos en medio de los quehaceres domésticos o de los negocios diarios. Danos un oído pronto para tu Voz, y que sigamos haciendo el bien según nos des oportunidad. AMÉN.

22 de noviembre

EL DIOS DE LA PACIENCIA Y DE LA CONSOLACIÓN

«Y el Dios de la paciencia y de la consolación os dé que entre vosotros seáis unánimes según Cristo Jesús».— Romanos 15:5.

TODOS NECESITAMOS paciencia y consolación, sobre todo en tiempos de tensión y de dificultad. Paciencia en la prueba prolongada; consolación cuando el corazón está a punto de romperse; ¡y Dios es la fuente de ambas! ¡El Dios de la paciencia! «Pacientemente esperé al Señor, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor». ¡El Dios de la consolación! «Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros». Acallemos todas las demás voces de consuelo, para poder escuchar el silbo apacible y delicado del Consolador, que procede del Padre y del Hijo.

Pero observa que él habla por medio de la paciencia y la consolación de las Sagradas Escrituras. «Las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas, para que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza». Nunca podrá contarse lo que la Biblia ha sido para los mártires, para los que sufrían en el potro de tormento y para los acosados covenanters de los páramos escoceses; para las miríadas de almas desconocidas que han sido perseguidas, para los exiliados solitarios y los corazones enlutados.

Si fuéramos condenados al destierro y solo pudiéramos llevarnos un libro de la Biblia a Patmos, o a la cárcel, nos resultaría sumamente difícil decidir cuál escoger. Unos elegirían el Salterio, otros el cuarto Evangelio, y otros probablemente se decidirían por aquel maravilloso escrito anónimo, la Epístola a los Hebreos. Y en cada uno tendrían materia suficiente para explorar toda una vida. Su Espíritu siempre nos estará enseñando y capacitando. Siempre su vara y su cayado de Pastor nos guiarán a fuentes vivas de aguas. Siempre está realizando más profundamente en nosotros el ideal divino y aumentando nuestra capacidad para Dios.

¡No es esto consolador! El ministro a quien debes tu conversión, o que ha ayudado a tu crecimiento cristiano, puede morir o ser trasladado; el amigo de quien dependías para recibir ayuda y dirección quizá tenga que dejarte, pero nuestro Salvador seguirá cuidándonos y alimentando nuestro crecimiento. Su intercesión infalible continuará cuando el sol haya dejado de brillar y el universo sea envuelto como un vestido gastado. Su ministerio es inmutable. ¡El Dios de la paciencia y de la consolación nunca nos fallará!

ORACIÓN

Consolador de los desconsolados, ¡une mi alma con la tuya en la intercesión! Dondequiera que haya corazones quebrantados, véndalos; a los cautivos, libértalos. Bendice especialmente a mis seres queridos. Visítanos con tu salvación, y adapta tus dones a nuestras diversas necesidades. AMÉN.

23 de noviembre

EL DIOS DE ESPERANZA

«Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo».— Romanos 15:13.

TODOS NECESITAMOS abundar en esperanza. La esperanza es la artista del alma.

La fe nos llena de gozo y paz, que rebosan en esperanza. Cuando la fe trae de la Palabra de Dios los materiales de la anticipación y la expectativa, la esperanza pasa los hermosos colores a su paleta, y con unas cuantas pinceladas diestras traza la esperanza inmortal e inmarcesible del alma. Así la fe estimula a la esperanza a realizar su obra más hermosa, hasta que en poco tiempo las paredes de nuestra alma resplandecen de frescos. Nuestra fe descansa en la Palabra de Dios, y la esperanza descansa en la fe, y tal esperanza no puede avergonzar. Es el ancla del alma, que entra hasta dentro del velo y nos une a las orillas de la eternidad (Hebreos 6:18-19).

La fe descansa en las promesas de Dios. No cuenta con el sentimiento, es indiferente a la emoción, sino que con ambas manos se aferra a alguna palabra de promesa y, mirando el rostro de Dios, dice: «Tú no puedes ser infiel». Cuando Dios te ha prometido algo, es tan seguro como si ya lo tuvieras en la mano. La fe no solo toma la Palabra de Dios y apoya en ella todo su peso, sino que a menudo, cuando se ve muy apremiada, va más allá de la Biblia, hasta Dios mismo, y argumenta que Dios es fiel y no puede negarse a sí mismo. Porque Dios es Dios, siempre tiene que obrar de manera digna de sí mismo.

Así argumentó Moisés, cuando estaba con él en el monte santo, que obrar así (no cumplir su juramento; véase Números 14:13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20) ¡no sería digno de él! Puede que en un solo día nos asalten cien preguntas de duda, pero no debemos hacerles más caso que a un perro que ladra. Un hombre de negocios dijo una vez que, cuando está convencido de que cierto camino es el correcto, a veces lo asaltan dudas que se levantan como la niebla del valle o como el gas de los pantanos; pero cuando es tentado así, acude a las promesas de Dios, y a menudo lee tres o cuatro capítulos del Antiguo Testamento. Esto lo pone en contacto con el mundo eterno y lo llena de gozo y paz y de una esperanza abundante en el creer, por el poder del Espíritu Santo (Romanos 15:4). ¡No serán avergonzados los que esperan en él! (compárese Salmos 119:116)

ORACIÓN

Hazme saber, oh Señor, cuál es la esperanza de tu llamamiento, cuáles las riquezas de la gloria de tu herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de tu poder para con los que creen (Efesios 1:18, 19). Sobre todo, concédeme espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de ti mismo (Efesios 1:17). AMÉN.

24 de noviembre

EL DIOS DE PAZ

«Y el Dios de paz sea con todos vosotros».— Romanos 15:33.

«Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz».— Colosenses 1:20.

¡TODOS NECESITAMOS paz! Hay fuentes de paz que son comunes a todos los hombres: la paz de un hogar feliz; la de un negocio que prospera y de una influencia que se extiende; la del respeto y el amor de nuestros semejantes. Cuando un hombre es consciente de estas cosas, se inclina a decir con Job: «En mi nido moriré». Todos podemos entender una paz así; pero hay una «paz que sobrepasa todo entendimiento». Es demasiado profunda para las palabras. Es como las profundidades mullidas del océano, a las que no perturba la tormenta pasajera. He aquí un enfermo, casi siempre con dolores agudos y necesitado de atención constante, y sin embargo, ¡tan feliz! El gozo y la paz, como ángeles guardianes, se sientan junto a esa cama; y la esperanza, sin venda en los ojos, pulsa todas las cuerdas de la lira y derrama luz de sol. ¿Cómo lo explicas? ¡Que responda el escéptico y el burlador! He aquí una paz que sobrepasa todo entendimiento, que viene del Dios de paz.

Para el alma cristiana, toda nube tiene un borde plateado; en el cielo más oscuro hay un retazo azul; el camino más largo tiene su vuelta; hay una vista de las montañas que compensa la subida más empinada. Espera en el Señor, y guarda su camino, y él te exaltará para heredar la tierra. Lo imposible sucederá, porque todo es posible para Dios.

La paz de Dios es la paz de la naturaleza divina: la misma tranquilidad que reina en el corazón del Dios de paz. De ella habló Jesús cuando dijo: «Mi paz os doy»; porque su propio ser estuvo lleno y bendecido de ella durante su carrera terrenal. «El mismo Señor de paz os dé siempre paz».

Hay tres cosas contra las que debemos estar siempre en guardia, no sea que nos roben la paz. Primero, el pecado no confesado; segundo, la preocupación; tercero, consentir un principio egoísta no reprendido. El apóstol dice: «La paz de Dios gobierne en vuestros corazones». La palabra griega significa arbitrar. Deja que la paz de Dios actúe como árbitro.

No escaparemos a la disciplina de la vida. Podemos esperar tener abundancia aquí y ser humillados allá. Pero en medio de todo, la paz de Dios, como un ángel centinela de alas blancas, descenderá para guarnecer nuestro corazón con sus afectos y nuestra mente con sus pensamientos.

ORACIÓN

Te pido humildemente, oh Dios, que tu paz sea la guarnición de mi corazón y de mi mente; que gobierne siempre dentro de mí, imponiéndose sobre las pasiones tumultuosas que se levantan en mi interior. Y que desde esta paz me levante para servirte. AMÉN.

25 de noviembre

CÓMO COMENZÓ EL CÁNTICO DEL SEÑOR

«Al tiempo que comenzó el holocausto, comenzó también el cántico del Señor».— 2 Crónicas 29:27.

«Y cantaban como un cántico nuevo delante del trono».— Apocalipsis 14:3.

EZEQUÍAS SUBIÓ al trono a los veinticinco años y se propuso invertir la perversa política de su padre. Las puertas del templo se abrieron de nuevo y, bajo su dirección, se encargó a los levitas limpiar los atrios profanados de los escombros y la inmundicia que se habían dejado acumular. Tras ocho días de arduo trabajo, pudieron informar que habían llevado a buen término su obra; que el altar del holocausto y la mesa de los panes de la proposición estaban dispuestos para reanudar su servicio acostumbrado. Era una buena noticia, y en la madrugada de un día memorable el rey, acompañado de sus príncipes y de los oficiales del Estado, tomó parte en un solemne servicio de nueva dedicación. En medio de la tensa expectación de la vasta congregación allí reunida, Ezequías mandó que se ofreciera el holocausto; y «al tiempo que comenzó el holocausto, comenzó también el cántico del Señor».

Aquellos antiguos sacrificios han pasado para siempre. «Sacrificio y ofrenda no deseas; has horadado mis oídos (clavándome a tu cruz); holocausto y expiación no has demandado. Entonces dije: He aquí, vengo; ¡el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado!». Entregar la propia vida al Salvador, rendir nuestra vida por los demás por amor de él, mantener la firme resolución del sacrificio de uno mismo: esto sin duda cumple el concepto del holocausto que el rey ordenó aquella mañana como símbolo de la consagración nacional a la voluntad de Dios. ¿Puede extrañarnos que comenzara también el cántico del Señor? ¿No se eleva ese mismo cántico en todo corazón cuando comienza el sacrificio del amor y de la obediencia?

Lo que carece de cántico y da lástima es la vida encerrada en sí misma, acomodada entre sus cuatro paredes, insonorizada, a prueba de tristeza, según cree, y a prueba de amor.

Nuestro Señor dijo: «El que perdiere su vida por causa de mí, la hallará». Ese hallar es el correlato y la fuente del «cántico del Señor». ¡Únete a Jesús en la cruz, y un día te hallarás compartiendo con él el cántico nuevo de la redención consumada!

ORACIÓN

Danos corazones amantes y agradecidos. Que tus misericordias nos aten como cuerdas a los cuernos del altar. Que toda nuestra naturaleza sea consagrada para que tú mores en ella, y que, al comenzar el holocausto, comience también el cántico del Señor en nuestro corazón. AMÉN.

26 de noviembre

LA GRACIA DE LA GRATITUD

«¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?».— Salmos 116:12.

LOS BENEFICIOS de Dios se comparan aquí con una copa o cáliz rebosante de salvación. Parece natural hablar de la suerte del hombre, sea de tristeza o de gozo, como de la copa que bebe. La copa o suerte de nuestra vida rebosa de muestras de la ayuda salvadora de Dios —«mi copa está rebosando»—, y nos preguntamos: ¿cómo podremos darle gracias suficientes? ¿Qué le pagaremos por toda su ayuda llena de gracia?

Hay muchas respuestas, y la primera es que tomaremos. En otras palabras, como alguien ha dicho con verdad, tomar de Dios es la mejor manera de dar a Dios, porque a Dios le encanta dar. Santiago dice: «Él es el Dios que da, que da no solo abundantemente, sino sin pensar en ventaja propia alguna, y por el mero gozo de dar». ¿Qué le agradará más, entonces, que el que confiemos en él, que halle quienes reciban sus dones, que sepa que estamos dispuestos a ser sus pobres deudores, que le debemos diez mil talentos sin tener con qué pagar, pero que seguimos recibiendo y recibiendo de su gran corazón de amor? Nada hiere más a Dios que el que no tomemos lo que nos ofrece —«De tal manera amó Dios que dio»—, y cuando nos negamos a apropiarnos de su don más grande, le infligimos la mayor afrenta y deshonra de que somos capaces.

Luego, debemos invocar su Nombre (Salmos 116:13, 14, 15, 16, 17). Toma el Nombre del Señor como piedra de toque. Amistades, planes, ganancias, diversiones, estudios: todas estas copas deben probarse con este único y poderoso talismán.

Debemos tener cuidado de pagar nuestros votos (Salmos 116:14, 15, 16, 17, 18; Eclesiastés 5:4, 5). Hacemos votos en nuestra angustia y a veces los olvidamos cuando ha pasado. Sin duda es el colmo de la ingratitud no redimir nuestros pagarés. Todas las cosas consagradas que se ponen sobre el altar de Dios son absolutamente suyas, y el que las da pierde todo derecho a disponer de ellas.

Nuestra gratitud exige la entrega de nosotros mismos (Salmos 116:16). Cuando Robinson Crusoe liberó al pobre cautivo, este se arrodilló ante su libertador y puso el pie de él sobre su propio cuello, en señal de su deseo de ser su esclavo; y el amor de Cristo, que nos soltó de nuestras ataduras, nos constriñe a no vivir para nosotros mismos, sino para él (Apocalipsis 1:5). Desatados de las cuerdas del pecado, quedamos atados al servicio del amor.

ORACIÓN

Padre, queremos darte gracias por todos los beneficios que hemos recibido de tu bondad. La mejor acción de gracias que podemos ofrecerte es vivir conforme a tu santa voluntad; concédenos ofrecerla cada día más perfectamente, y crecer en el conocimiento de tu voluntad y en el amor a ella. AMÉN.

27 de noviembre

EL HUERTO DE NUESTRA ALMA

«Cantad de la viña deleitosa. Yo, el Señor, la guardo; cada momento la regaré; para que nadie la dañe, la guardaré de noche y de día».— Isaías 27:2, 3, (véase R.V. marg.).

LA VIÑA y su divino Guardián. Los hijos redimidos de Dios se comparan aquí con una viña. Recordamos también las referencias de nuestro Señor a la viña en Mateo 21:33, 34, 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41 y en Juan 15. Dios nuestro Padre es el Labrador o Guardián, que vela, riega y protege siempre. No hay ira en su corazón contra nosotros, sino contra nuestros pecados, y está siempre luchando contra ellos, como el hortelano arranca las malas hierbas y las quema en la hoguera.

El cuidado que Dios tiene de nosotros momento a momento es nuestra única esperanza. Los vientos secos de este mundo están siempre agostando el tierno verdor de nuestra vida interior, endureciendo el suelo y haciéndolo impenetrable. Nos marchitamos y secamos bajo el sol de la prosperidad, pero Dios procura siempre regarnos con su gracia.

A veces lo hace por medio de la niebla: «Subía de la tierra un vapor, que regaba toda la faz de la tierra» (Génesis 2:6). Así fue en el Edén, y así es en nuestra experiencia. El misterio de la vida, su incertidumbre, nuestro sentido de impotencia e ignorancia, la partida de nuestros seres queridos al envoltorio de lo invisible, la extraña sensación de un enigma incomprensible: estas son algunas de las nieblas que ayudan a suavizar nuestro carácter.

A veces, por medio del rocío: «Yo seré a Israel como rocío». En las noches despejadas, el aire deposita su humedad en gotas de rocío. ¡Qué hermoso es en la mañana de primavera! En los trópicos es abundante, de modo que Gedeón pudo exprimir un tazón lleno de agua del vellón que había tendido. Y, sin embargo, ¡con cuánta suavidad destila! No se quiebra ni un solo tallo de flor, por frágil que sea. Así las influencias llenas de gracia del Espíritu Santo se posan sobre nuestra alma y nos refrescan. No sabemos de dónde ni cómo, pero somos más dulces, más amables, más tiernos gracias a su cuidado bienhechor. El sol no nos abrasa, el calor no nos agota.

Entremos en santa comunión con Dios en su oposición a todo lo que hay de indigno y malo en nuestra vida, echando mano de su fortaleza y estando en paz con él. Entonces floreceremos y echaremos brotes, y llegaremos a ser su viña deleitosa, y llenaremos el mundo de fruto refrescante. «Serás como huerto de riego». «Por sus frutos los conoceréis».

ORACIÓN

No permitas, oh Padre celestial, que perdamos la frescura, la fertilidad y la belleza que tú puedes mantener en los corazones que están abiertos a ti. Que seamos como un huerto de riego. AMÉN.

28 de noviembre

ALIMENTO ESPIRITUAL

«Toda Escritura es inspirada divinamente y útil... para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra».— 2 Timoteo 3:16, 17.

«Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre».— Juan 6:51.

ES EL artificio de muchos anunciantes de hoy día conseguir clientes para sus alimentos patentados asociando la figura de alguna persona de perfecta salud y vigor con el producto alimenticio que desean recomendar. Lo cierto es que la salud y el poder espirituales solo pueden producirse cuando el espíritu se alimenta de la Palabra de Dios.

Desde su más tierna infancia, el joven Timoteo había sido instruido en las Sagradas Escrituras. Cuando el apóstol lo conoció, había en él un rico subsuelo de conocimiento del Antiguo Testamento, en el que la semilla del mensaje del evangelio germinó con facilidad. Quizá la razón de la inestabilidad de algunos de nuestros jóvenes sea que las Eunices y las Loidas de nuestros hogares cristianos no hacen por los hijos lo que las madres y las abuelas hicieron por las generaciones anteriores.

No es necesario discutir todo lo que implica la inspiración, tal como el apóstol emplea ese término; ni es necesario estar profundamente familiarizado con libros de teología para poder pronunciarse sobre ella. La inspiración es una cualidad que se percibe por el gusto espiritual, así como la lengua puede detectar la dulzura o el sabor salobre. La Biblia es la Palabra de Dios, y toda ella es útil para alguno de los cuatro usos mencionados en 2 Timoteo 3:16.

Deberíamos leer la Biblia a diario, y es útil usar las referencias y descubrir los pasajes paralelos. A veces es bueno arrodillarse y convertir en oración lo que leemos. Debemos ir más allá de la cáscara exterior hasta la almendra interior, a medida que «leemos, señalamos, aprendemos y digerimos interiormente». Pide al Espíritu de Dios que te dé algún mensaje directamente para ti.

Hay algunas clases de alimento que carecen de las propiedades que sustentan la vida. Pero Cristo es todo lo que necesitamos, y toda facultad de nuestra naturaleza puede quedar satisfecha en él. Él es el Pan vivo, del cual debemos alimentarnos si queremos tener vida eterna. No es solo la Biblia, sino el Cristo de quien ella habla, el verdadero alimento espiritual del alma. «El que a mí viene nunca tendrá hambre; y el que en mí cree no tendrá sed jamás».

ORACIÓN

Oh Señor, abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley. Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino. AMÉN.

29 de noviembre

EL MENSAJE DE LOS SERAFINES

«Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido... y dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado».— Isaías 6:6, 7.

CADA SERAFÍN tenía seis alas. «Con dos cubría su rostro». Aquí estaba la reverencia, que es uno de los rasgos más nobles del carácter, sea angélico o humano. El estadista que, bajo los movimientos humanos, se propuso entender el propósito divino. El artista, sea en la música, la poesía o la pintura, que descubre una Presencia que lo llena de ideales elevados y puros. El científico que se compara a un niño que recoge guijarros en la orilla de un océano sin límites. Estos se parecen a los serafines de rostro velado.

«Con dos cubrían sus pies»: el olvido de sí y la humildad. Si empezamos a pensar y a hablar de nosotros mismos, demostramos que somos de segunda categoría. Podemos ser atractivos y útiles, pero no hemos alcanzado lo primero y mejor. Los ángeles se olvidaban de sí mismos en su absorbente amor por Dios. ¡Cuándo nos olvidaremos de nosotros mismos en su amor que nos constriñe, de modo que no vivamos para nosotros, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros!

«Con dos volaban»: el servicio obediente. La tercera parte de nuestra energía debería emplearse así. Los dos tercios de comunión y adoración tienen que traducirse en servicio; de lo contrario, nos volvemos místicos soñadores. Una vida así se vuelve contagiosa: «El uno al otro daba voces». Siempre sale un clamor del alma ferviente que está a cuentas con Dios, y esto despierta respuesta en otros y los mueve al servicio. Un solo pájaro que canta en el bosque al amanecer despierta en música todo el claro de la selva. ¡Los serafines declaraban que toda la tierra estaba llena de la gloria de Dios!

El profeta vio su necesidad de purificación: «¡Ay de mí! Soy hombre inmundo de labios». No necesitamos agonizar ante Dios para ser purificados, sino abrir nuestro corazón en confesión. Al instante uno de los serafines volará para suplir nuestra necesidad. Más aún, el Señor mismo: he aquí, este carbón encendido, empapado en sangre y bañado en llama, que une el Calvario y Pentecostés, ¡ha quitado nuestra culpa y limpiado nuestro pecado! Entonces clamaremos: «Heme aquí, envíame a mí». ¡Los pecadores redimidos, perdonados y purificados son los mejores evangelistas!

ORACIÓN

Danos, oh Señor, un amor mayor que el de un ángel, porque tú nos has redimido. Danos la presteza de la obediencia de un ángel; que cumplamos tus mandamientos y obedezcamos a la voz de tu palabra. Límpianos de toda iniquidad y purifícanos del pecado, y úsanos en tu servicio. AMÉN.

30 de noviembre

NUESTRA HERENCIA Y NUESTRA META

«Os habéis llegado a la ciudad del Dios vivo... y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto».— Hebreos 12:22, 23, 24.

ESTAMOS LEJOS de ser perfectos. Cuando, en nuestros momentos más profundos, ascendemos al Lugar Santísimo en alas de la fe y la oración, atravesamos una vasta hueste de espíritus afines, todos ellos consagrados al mismo Señor y Maestro y unidos en el mismo acto de adoración. Muchos de ellos nos conocieron y nos ayudaron en nuestra vida terrenal, y han sido enviados para servirnos y ayudarnos en nuestro camino. «Os habéis llegado a los espíritus de los justos hechos perfectos». (Hebreos 12:23)

Nos hemos llegado también a Dios, el Juez de todos. Cuando Moisés estuvo delante de Dios en el monte, dijo: «Estoy espantado y temblando». Pero nosotros podemos acercarnos con confianza al estrado del trono eterno, aunque nuestro Dios es fuego consumidor, porque en Cristo Jesús somos aceptos. Él es el Mediador del nuevo pacto, y su sangre habla mejor que la de Abel. Aquella sangre clamaba contra Caín. Pero la sangre de Jesús clama a nuestro favor; ha abierto el camino al Lugar Santísimo; nos ha limpiado de nuestros pecados; ha ratificado el nuevo pacto, y es la prenda de nuestra redención.

Por tanto, aunque reconocemos nuestra pecaminosidad e imperfección, elevémonos a lo invisible y unámonos a la única Iglesia de los redimidos en el cielo y en la tierra. Nos hemos llegado a ella en el propósito de Dios y por la obra todosuficiente de Cristo nuestro Señor, pero procuremos llegarnos también en nuestra experiencia espiritual, en comunión y en compañerismo.

Somos miembros de la Iglesia universal, ciudadanos de la Ciudad celestial; herederos de aquella preciosa redención que nos ha separado de las cosas que se ven y nos ha hecho parte de aquella bendita multitud que nadie puede contar: «la congregación general e Iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos». Ni la vida, ni la muerte, ni el rito, ni el orden eclesiástico pueden dividir a los que son para siempre uno entre sí porque son uno con Cristo. Nada sino el pecado y la torpeza del alma puede excluirnos de la comunión viva con los santos de todas las comuniones y sectas, denominaciones y épocas.

ORACIÓN

Acepta nuestra gratitud, oh Dios, por este anticipo de la dicha del paraíso. A ti queremos ofrecer nuestro tributo de amor y adoración, y unirnos a los ángeles y a los espíritus de los redimidos en la adoración. Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición y la honra, la gloria y el poder, para siempre. AMÉN.

Capítulo 11 completado

Noviembre

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