Capítulo 12 · 1 h 10 min de lectura · 1 h 31 min de escucha
Diciembre
1 de diciembre
ANDAR EN LA LUZ
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz».— Génesis 1:3.
«Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz».— Efesios 5:8.
SAN PABLO se sirve de este pasaje del Génesis cuando dice que «Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Parece remontarse en su experiencia a aquella visión notable del camino de Damasco, cuando resplandeció la luz y vio el rostro del Señor Jesús. Era como si hubiera atravesado la experiencia del caos, mientras daba coces contra el aguijón de la convicción, y en aquel momento, que jamás podría olvidar, Dios dijo: «Sea la luz». Al alzar la vista, vio la luz de la gloria de Dios reflejada en aquel Rostro amado que lo miraba con un amor inefable. Era vida que brotaba de la muerte; la luz sustituyó a las tinieblas, y la paz ahuyentó el último vestigio de la tormenta.
Este es siempre el resultado y la culminación de la obra que el Espíritu Santo realiza en nuestro corazón. Él nos saca de las tinieblas; toma de lo de Cristo y nos lo hace saber. Su único propósito es glorificar a nuestro Salvador y hacer de él el Alfa y la Omega de nuestra fe, mientras andamos en la luz.
Cuando estuve en Tasmania, me mostraron una gran cordillera en la que había un vasto lago de cincuenta y dos millas de circunferencia. Su desagüe formaba una cascada perenne de mil pies, cuya fuerza se convertía en electricidad, la cual abarataba la luz y la energía para grandes fábricas y para las necesidades domésticas. Mientras pensaba en ello, me pareció que aquella gran extensión de agua se asemejaba al Amor de Dios en su anhelo de ayudar a la humanidad; que la cascada que desciende podía ilustrar la Encarnación de nuestro Salvador, que fue el Enviado de la Trinidad eterna; y que la corriente eléctrica, invisible pero poderosa, era figura del Espíritu Santo, que trae a nuestro corazón la Luz y el Poder de la naturaleza divina. La lección es evidente: así como el fabricante o el científico inventa maquinaria que cumpla las condiciones, las únicas en que la corriente eléctrica puede hacer su obra, así debemos aprender a disponernos para recibir y transmitir el poder y la luz de Dios, que nos llegan por medio de nuestra unión con Jesús.
ORACIÓN
Que el Espíritu Santo nos guarde andando siempre en la luz de tu rostro. Que llene nuestro corazón del sentido de tu cercanía y de tu amorosa comunión. Ordena nuestros pasos en tu camino, y luego anda con nosotros, porque en ti no hay ningunas tinieblas. AMÉN.
2 de diciembre
JESÚS, LA LUZ DEL MUNDO
«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida».— Juan 8:12.
LA ESTRELLA Sirio está tan lejos de nuestra pequeña tierra que su luz, que viaja a razón de 186.000 millas por segundo, tiene que recorrer ocho largos años antes de llegar a nuestros ojos; y, sin embargo, es tan brillante que, cuando su rayo baja por el telescopio, el ojo del astrónomo queda deslumbrado como por el sol. Pero si así es la luz de un solo mundo creado en el orden físico, ¿qué diremos de aquel de quien se nos dice: «Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas»? ¡Y, sin embargo, podemos vivir y trabajar bajo ese reflector, y tener comunión con él!
Una purificación en tiempo presente. Hace años había en mi congregación un deshollinador que era amigo mío. Los domingos cantaba en nuestro coro, y su rostro resplandecía con el amor de Dios. Pero si por casualidad pasaba yo por su casa poco después de que volviera del trabajo, ¡tenía la cara tan tiznada que casi no se le reconocía! Y aun entonces había una parte tan limpia y brillante como el domingo: ¡las pupilas de sus ojos, engastadas en un blanco nacarado! Parecía que eran impermeables al contacto sucio del polvo del hollín. ¿Y por qué? Porque la naturaleza, que es el guante en la mano de Dios, ha provisto párpados, pestañas y, sobre todo, el agua de las lágrimas, para que, sea cual sea nuestro entorno, el ojo se mantenga lavado y limpio. ¿No es esta una ilustración de lo que el apóstol quiso decir con «la sangre de Jesucristo, que limpia de todo pecado»? Es la misma verdad que enseñó nuestro Señor cuando, después de lavar los pies a los discípulos, dijo que el que se había bañado por la mañana no necesitaba sino lavarse los pies.
Por tanto, el propósito supremo del alma debe ser andar en la luz como él está en la luz. Dios se cubre de luz como de vestidura. Es emblema de pureza, de amor y de gozo. Y nuestra vida está llamada a ser así, aun cuando nos veamos obligados a pasar las horas del día en compañía de quienes no conocen a Dios y quizá blasfeman su Nombre. ¡Que esa Luz brille en el corazón y en el rostro, y caiga sobre los que nos rodean! ¡Que la comunión y la intimidad con él no se interrumpan! ¡Que el cántico del Señor se eleve en nuestro corazón sin una sola nota discordante! ¡Parece increíble e imposible, sobre todo cuando uno es consciente de tanto pecado y tanto fracaso! No, no es imposible, una vez que hemos aprendido el secreto de este tiempo presente: «la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado».
ORACIÓN
Lléname de tu luz y de tu gozo, oh Señor, para que tenga qué dar a mi hogar y a mis amigos, y al mundo oscuro que me rodea. Guárdame de esconder mi luz debajo del almud de mis propias inquietudes. AMÉN.
3 de diciembre
VIDAS ILUMINADAS
«Candela del Señor es el espíritu del hombre».— Proverbios 20:27. «Porque tú encenderás mi lámpara».— Salmos 18:28.
EL TABERNÁCULO construido por Moisés y el Templo de Salomón se modelaron según el patrón divino, y constaban de tres partes: el atrio exterior, con su altar y su fuente, que daba al mundo de la vida humana; el Lugar Santísimo, que daba a lo invisible y divino; y entre ambos, el Lugar Santo, con su candelero, su altar y su mesa. Traslada esa imagen a tu propia naturaleza. El cuerpo es el atrio exterior, y por él tocamos el mundo que nos rodea; el espíritu es nuestro lugar santísimo, y por él entramos en comunión con Dios; el alma se halla entre ambos, como sede de nuestra personalidad, que abarca la conciencia, la voluntad, el intelecto y las emociones.
Nuestro texto nos dice que «Candela del Señor es el espíritu del hombre». La candela es para alumbrar, ¡pero hay muchas candelas sin encender! ¿Ha encendido el Espíritu divino tu espíritu, y arde clara la llama? Las ventanas de tu espíritu dominan la vista de las Montañas Deleitables y de la Ciudad de Dios, pero ¿se han subido las persianas por todos lados, para que el sol derrame su resplandor en los lugares comunes de la vida diaria? En otras palabras, ¿está tu vida religiosa en contacto vivo con la Persona de Jesucristo?
En su esencia última, Cristo es el Todo y en todos de nuestra santa religión. No el credo, ni las ceremonias, ni una vida de filantropía activa, sino su vida y su presencia personales en el corazón son la meta suprema del Nuevo Testamento. Lo que el Padre era para él, desea él serlo para nosotros. Recuerda que dijo: «Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come (me recibe), él también vivirá por mí»; pero esta morada interior solo puede experimentarse cuando hemos aprendido a hallar todos nuestros frescos manantiales de vida, de amor y de inspiración en aquel con quien nuestra vida está escondida en Dios.
Cuando nos sentemos delante del Señor en meditación, o nos arrodillemos en nuestro lugar acostumbrado, sabremos que el Señor, a quien buscamos, ha venido de repente a su Templo, y la gloria del Señor iluminará la casa de nuestra vida y derramará su resplandor sobre el mundo que nos rodea. Nuestra vida seguirá conservando su carácter propio, pero será llenada por «el segundo hombre, que es el Señor, del cielo».
ORACIÓN
Oh Espíritu Santo, Amor de Dios, infunde tu gracia y desciende abundantemente a mi corazón; ilumina los rincones oscuros de esta morada descuidada y esparce allí tus alegres rayos; habita en el alma que anhela ser tu templo. AMÉN.
4 de diciembre
LA MIRADA SOLAR
«Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón».— Salmos 97:11.
ESCRIBIENDO SOBRE Emerson, Margaret Fuller dice en su diario: «Emerson ha estado aquí esta mañana con un rayo de sol en el rostro». Se cuenta de Daniel Rowlands, el famoso predicador galés —para oír al cual el domingo por la mañana la gente viajaba durante toda la noche del sábado—, que cuando predicaba había en su rostro «una mirada solar». Como Moisés, no sabía que su rostro resplandecía. ¿No es esto lo que quiso decir nuestro Señor cuando mandó a sus discípulos que ungieran su cabeza y lavaran su rostro para no parecer a los hombres que ayunaban? No tenemos derecho a andar por el mundo con aspecto adusto y sombrío, como si nuestra religión tuviera un efecto deprimente y entristecedor en quienes la profesan. «Luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón».
Desde luego, existen los aspectos más oscuros de la vida humana, y horas en que debemos soportar la disciplina. Cada corazón conoce su propia amargura, cada hogar guarda su esqueleto en el armario, cada año tiene su otoño. ¿Qué familia no tiene su silla vacía y el recuerdo de una voz que ha callado? Pero estos estados de ánimo deberían reservarse solo para Dios. En las horas tranquilas de reflexión y de oración podemos hablar con aquel que ve en secreto de nuestros pecados y tristezas, de los afanes que oprimen y de los presentimientos que inquietan. Pero una vez que hemos echado nuestra carga sobre Dios, debemos dejarla allí y salir, como Ana, que «no estuvo más triste» (1 Samuel 1:18).
¡Pero la Luz tiene que ser sembrada! Ningún labrador cuenta con una cosecha para la que no ha preparado la tierra. Los que rechazan los términos de paz que se nos ofrecen en Jesucristo, comprados con su sangre y sellados con su resurrección, no pueden conocer el brotar de esa fuente de gozo y alegría que pone un resplandor en el rostro y una belleza en cada acto. Solo cuando recibimos la reconciliación, que nos hace uno con Dios, podemos gloriarnos en Dios. Solo cuando somos justificados por la fe podemos tener la paz que sobrepuja todo entendimiento. Solo cuando andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y su Luz empezará a brillar en nuestro rostro y a transfigurar nuestra vida. «Los redimidos del Señor vendrán a Sion con cánticos; retendrán el gozo y la alegría, y huirán la tristeza y el gemido».
ORACIÓN
Tú me has dado alegría, Señor; ayúdame a alegrar a otros y a transmitirles la consolación con que tú me has consolado. Cueste lo que cueste, que tenga yo comunión contigo en tu propósito y tu ministerio redentores. AMÉN.
5 de diciembre
LUZ EN LAS TINIEBLAS
«El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de densas tinieblas, luz resplandeció sobre ellos».— Isaías 9:2 (R.V. marg.).
ASÍ COMO todos somos afectados por el primer hombre, Adán, así también todos tenemos un derecho directo sobre Jesucristo, el segundo Hombre, cuya muerte, resurrección y ascensión nos afectan a todos. Él es la Luz que ha resplandecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Porque Cristo reposó sobre el pecho de María y fue mecido en sus brazos, hemos sido librados de las tinieblas, y nos es posible subir, por la escalera de su cruz, por encima de ángeles, principados y potestades, para sentarnos con él en su Trono de Gloria.
«¡Un niño nos es nacido!» Es Admirable, porque en él se juntan los extremos más maravillosos. Es el Niño recién nacido, pero es el Anciano de días que llena el espacio. Crece en conocimiento, pero en él están guardadas las riquezas de la sabiduría eterna. Cuelga en agonía mortal de la cruz, pero da vida a miríadas incontables. Es puesto en un sepulcro prestado, pero vive para siempre, ¡y la muerte no tiene poder sobre él!
Es Consejero. Cuéntale los problemas de tu corazón. Pide su consejo, y no te extraviará. Es el Príncipe de paz, y «lo dilatado de su imperio» sobre nuevas regiones de la vida interior, sobre nuevos departamentos del alma, sobre nuevos horizontes que se abren en tu existencia —un crecimiento que se ahonda, se eleva y se ensancha—, lo dilatado de su imperio, conforme pasan los años, no tendrá término, porque el alma del hombre es infinita, y hará falta la eternidad para sacar a la luz todo el significado del Imperio de Cristo sobre nuestra naturaleza.
¿Cuál es tu respuesta a lo que Cristo reclama? Te ruego hoy que pongas humildemente sobre los hombros de Cristo el gobierno de todo lo que concierne a tu vida, y entonces hallarás que el gozo y la paz aumentan. ¡Un gozo como nunca has conocido! Una paz como nunca antes ha pronunciado su bendición sobre tu corazón (Isaías 9:3).
ORACIÓN
Te damos gracias, oh Dios, por el Hijo de tu amor; por todo lo que ha hecho por nosotros y hará; por todo lo que ha sido para nosotros y será. Sabemos que nos sostiene en su mano fuerte, que nos ama con un amor que no nos dejará ir, que somos uno con él en una unión que nada puede romper. AMÉN.
6 de diciembre
¡EL CAMINO DEL HOMBRE! LA DIRECCIÓN DE DIOS
«El corazón del hombre piensa su camino; mas el Señor endereza sus pasos».— Proverbios 16:9.
LOS CAMINOS del hombre los justificamos ante nosotros mismos y pensamos que son necesariamente rectos, pero estamos expuestos a engañarnos. Debemos emplear nuestro sentido común santificado o, por adoptar la expresión de nuestro texto, nuestro corazón debe pensar nuestro camino con seriedad y reflexión. Ora primero pidiendo dirección; después pesa los pros y los contras; luego mira el asunto desde el punto de vista de amigos de confianza; procura que tu ojo sea sincero para hacer solo la voluntad de Dios; asegúrate de no permitir que ninguna consideración egoísta o mala te incline o te desvíe; luego toma tu decisión, pidiendo a Dios que te cierre el paso en todo lo que sea dañino, necio o peligroso. No te equivocarás si adoptas estas reglas con sinceridad y oración. Si tu ojo es sincero (es decir, recto), todo tu cuerpo será luminoso.
Hay toda razón para que empleemos las facultades del juicio y de la elección. Cuando Samuel despidió al joven Saúl, le dijo: «Haz lo que te viniere a la mano»; también se nos dice de Pedro que, cuando el ángel lo dejó, consideró la situación y llegó a casa de María.
Pero el propósito de Dios está detrás de todas las decisiones humanas. Tiene que haber lugar para que el hombre piense sus pasos; de lo contrario nos convertiríamos en autómatas. Pero todas nuestras voliciones y decisiones deben someterse en último término al gobierno y a la voluntad del Altísimo. Encomendemos a Dios nuestras obras y nuestros caminos. Debemos echar nuestra carga, y a nosotros mismos, sobre nuestro fiel Creador. ¿De qué sirve inquietarse por los errores pasados? No podemos deshacerlos, pero podemos pedir a Dios que saque bien del mal. Él enmendará los errores y compensará los fracasos. Deja que la mano del Padre dirija tus pasos. Si con todos tus planes y cálculos no puedes resolver el asunto, devuélvele toda la responsabilidad y pídele que se encargue él.
Procuremos vivir de tal manera que nuestros caminos agraden al Señor (Proverbios 16:7). «Os rogamos», decía san Pablo, «que de la manera que fuisteis enseñados de nosotros de cómo os conviene andar y agradar a Dios, así andéis». Necesitamos esperar en Dios para que nos muestre el camino recto, y hay una señal segura: Via Crucis, via lucis. Jesús dijo: «Yo soy el camino: ¡sígueme!»
ORACIÓN
Guíanos, oh Dios, por sendas que no hemos conocido. Torna delante de nosotros las tinieblas en luz, lo torcido en derecho y lo áspero en llano. Que tu Ángel nos saque a la libertad de los hijos de Dios. AMÉN.
7 de diciembre
LA BÚSQUEDA DE LO ETERNO
«Dios, Dios mío eres tú; de mañana te buscaré: mi alma tiene sed de ti, mi carne te desea, en tierra seca y árida donde no hay aguas».— Salmos 63:1.
ESTE SALMO tiene una fascinación especial para quienes ya no pueden reunirse con las asambleas del pueblo de Dios. David huía de Absalón y andaba errante por el desierto. La tierra a su alrededor está sin agua y agotada, y sus enemigos le siguen el rastro. Pero todo esto parece secundario frente a su anhelo de Dios. Cansado y sediento como está, su deseo más angustioso es de Dios, del Dios vivo, tal como lo había visto y conocido en el tabernáculo que había levantado en Sion para su culto. El desierto estéril parecía reflejar el ansia de su alma por Dios.
En muchos corazones y en muchas vidas se refleja hoy ese mismo estado de ánimo. Nuestra alma tiene sed y languidece por la visión del poder y de la gloria de Dios, por la comunión de los santos. Quizá David da mayor importancia al Santuario que nosotros a nuestros lugares de culto. Debemos recordar que la Gloria de la Shekiná resplandecía entre los querubines en aquel santuario consagrado.
En Salmos 63:5, 6, 7, el alma anhelante parece saciada. Al anhelar a Dios, lo hallamos. Al buscar, poseemos (Isaías 41:17, 18). Al acordarnos de él, prorrumpimos en cánticos. Lo cierto es que nuestros anhelos de Dios son la respuesta de nuestro corazón al latido de su corazón y al llamado de su mano. La oración es la respuesta de nuestra naturaleza a la circulación de su sangre vital dentro de nosotros. Cuando buscamos su rostro, es en respuesta a su propia convocatoria. «Cuando tú dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te dijo: Tu rostro buscaré, oh Señor». Como alguien lo ha expresado: «Nuestros deseos y aspiraciones son respuestas a los efluvios del Espíritu Santo en una comunión silenciosa o expresada».
El salmo alcanza su punto culminante en Salmos 63:8. Fíjate en los tres pasos: mi alma tiene sed; mi alma es saciada; mi alma te sigue de cerca. ¡Acuérdate de él en tu lecho! ¡Medita en él durante las vigilias de la noche! ¡Escóndete bajo la sombra de sus alas! ¡Lleva el paso de sus propósitos! ¡Síguelo de cerca! Todo el que sigue de cerca las huellas de Dios, confiando en él, gozándose en su compañía, extendiéndose hacia él, sentirá su propia mano extendida rodeada por una mano fuerte y tierna que lo sostiene contra el cansancio y el fracaso, y que hace de sus propias pisadas un camino para nuestros pies.
ORACIÓN
Concédeme también a mí, oh Señor Dios mío, entendimiento para conocerte, diligencia para buscarte, sabiduría para hallarte y una fidelidad que al fin pueda abrazarte. AMÉN.
8 de diciembre
EL ESPEJO DE LA VERDAD
«Si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural; porque se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era».— Santiago 1:23-24.
HAY UNA antigua fábula de un palacio en el que una sala era más notable que todas las demás porque estaba revestida de un cristal de una calidad especial.
Siempre que entraba una persona cuya vida no era coherente con la verdad, una neblina empañaba la superficie de los espejos, de modo que no podía verse con claridad. Fue cuando el apóstol Pablo comparó su propia bondad, centrada en sí mismo, con el amor y la pureza de Cristo, cuando perdió toda esperanza de justificarse a sí mismo y confesó que las cosas que había tenido por ganancia eran solo pérdida.
La Verdad y el Amor están unidos de manera indisoluble. El amor es de Dios, y también lo es la Verdad. Si tienes lo uno, lo otro ha de seguir. Si el alma, al mirarse en el espejo de la Palabra de Dios, percibe que hay una mancha empañada y se dispone a quitar todo lo que la ha causado; y si persevera en esta actitud, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, será «bienaventurado en su hecho».
La bienaventuranza de hacer y de llegar a ser. Solo al hacer llegamos a ser. Ni siquiera contemplar a Cristo nos hará semejantes a él en carácter, a menos que traduzcamos en acción lo que hemos descubierto en él. Las impresiones que recibe el oyente por el oído son muy pasajeras, como la brisa sobre el agua. Nos miramos en el espejo que se nos pone delante, y luego nos vamos y olvidamos qué tal éramos. Solo cuando dejamos de ser oidores olvidadizos y llegamos a ser hacedores de la obra, podemos avanzar algo en la vida y en el andar cristianos.
Escucha con atención la Palabra de Verdad, escrita o predicada. Sé pronto en advertir el menor síntoma de incoherencia entre tu vida y la belleza perfecta de Jesús, y dedícate de inmediato a corregirlo. Sé misericordioso con las faltas de todos los demás, pero implacable con las tuyas. No dejes ninguna falta sin corregir, ni ningún llamado al deber sin respuesta. Que para ti el vivir sea Cristo. Tu bienaventuranza y tu felicidad vendrán al elegir la vida de Cristo, al hacer, y seguir haciendo, lo que él quiere que hagas.
ORACIÓN
Ayúdanos a echar fuera todas aquellas cosas que son contrarias a tu paz, o que no son conforme a tu voluntad, para que la nuestra sea la vida tranquila de la confianza, la fe y la obediencia, anhelando tu verdad y andando en su luz. AMÉN.
9 de diciembre
LA REVELACIÓN DE DIOS EN CRISTO
«Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dice: ... El que me ha visto, ha visto al Padre».— Juan 14:8-9.
LA PREGUNTA DE Felipe daba testimonio del crecimiento de un alma humana. Solo tres breves años antes lo había hallado Cristo. En aquel tiempo era probablemente muy parecido a los jóvenes de su posición y edad, sin nada especialmente notable, salvo cierto interés y fervor acerca de la venida del Mesías. Sus ideas, sin embargo, eran limitadas y estrechas; esperaba la venida de Cristo como el tiempo del restablecimiento del Reino de David y de la liberación del odiado yugo romano. Pero tres años de comunión con el Maestro habían producido una diferencia maravillosa. Ahora no se contenta con contemplar al Mesías: está ansioso por conocer al Padre: «Muéstranos el Padre, y nos basta».
Pero sin duda esta petición se basaba en un error. Quería ver al Padre. Pero ¿cómo se puede hacer visibles la Sabiduría, o el Amor, o la Pureza, sino en una vida humana? Felipe estaba tan absorto en su búsqueda de lo trascendente que no vio la revelación del Padre que durante tres años había estado pasando delante de sus ojos. «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?»
Nuestro Señor reveló al Padre en sus obras (Juan 14:10, 11). Los relatos de sus milagros son hojas del diario de Dios. La manera correcta de leerlos no es decir: Esto es lo que hizo Cristo; sino: Así obra Dios siempre, sanando sin cesar a los enfermos, dando vista a los ciegos, limpiando al leproso y resucitando a los muertos.
Él revela al Padre al contestar nuestras oraciones (Juan 14:13). Está siempre deseoso de responder a nuestras peticiones, para revelar la naturaleza y la gloria de Dios nuestro Padre.
Cristo revela al Padre al comunicarnos el Espíritu Santo, que viene a permanecer en nosotros. Ningún milagro podría decirnos tanto de Dios como nos lo dice el Espíritu cuando nos comunica la naturaleza divina. Cuando nuestro Señor dice que se manifestará al alma que le obedece, y que el Padre vendrá para hacer con nosotros su morada, no solo nos muestra al Padre, sino que nos lo da (Juan 14:21, 22, 23). La vida y el ministerio de nuestro Señor durante su vida terrenal, y a lo largo de los siglos, nos revelan al Padre, en la dulzura, la ternura y la fortaleza de aquel Ser glorioso cuyo Amor llena el universo.
ORACIÓN
Te bendecimos, oh Señor Jesucristo, porque nos has revelado al Padre y nos has acercado a Dios. Haznos limpios de corazón, no solo en nuestro andar, sino en nuestra disposición interior, para que nunca perdamos de vista a Dios a causa de la oscuridad de nuestra propia naturaleza. AMÉN.
10 de diciembre
EL CAMINO ANCHO Y EL ANGOSTO
«Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a perdición. Angosto es el camino que lleva a la vida».— Mateo 7:13, 14.
AL COMIENZO de la vida, cada alma se halla ante estos dos caminos. En cada uno de nosotros el amor a la vida es fuerte, y en cada uno está el deseo de sacar el mayor provecho posible de los años que se nos den. Amiel expresa esta intensa pasión por la vida cuando dice: «Un deseo apasionado de vivir, de sentir, de expresar, agitó lo más hondo de mi corazón. Me abrumaba una multitud de aspiraciones. En un estado así uno quisiera devorar el mundo entero, experimentarlo todo, verlo todo, aprenderlo todo, domarlo todo y conquistarlo todo».
En nuestros primeros años, cada uno de nosotros despierta al latido de fuertes impulsos naturales, y nos sentimos tentados a razonar: si Dios me ha dado estos fuertes deseos, ¿por qué no han de satisfacerse? ¿Por qué no he de soltar las riendas sobre el cuello de estos corceles fogosos y dejar que me lleven adonde quieran? Hacer esto es pasar por la puerta ancha y tomar el camino espacioso. Es el camino de la sociedad, de la mayoría: los «muchos» entran por ella. Es, por excelencia, el camino del mundo, ¡y nadie que vaya por este camino, dejando que su rumbo lo dicten los fuertes impulsos naturales, tiene por qué temer que se le tenga por extraño o excéntrico!
Hay que admitir que, en sus primeras etapas, el camino ancho suele ser fácil y bastante deleitoso. La barca lanzada a la corriente se desliza alegre y placenteramente; la pendiente del camino desciende de modo que el andar resulta fácil, el sol brilla y la senda está llena de flores vistosas. Pero para una vida entregada a la complacencia propia no hay más que un fin: la perdición.
Hay un camino más excelente, pero es demasiado angosto para dar paso a las vestiduras arrastradas del deseo apasionado; demasiado angosto para el orgullo, la complacencia propia, la codicia y la avaricia. Es el Camino de la Cruz, ¡pero conduce a la Vida! Todos queremos ver la vida, y lo notable es que quienes esperan sacarle el mayor provecho mediante la complacencia propia lo pierden todo; mientras que quienes parecen recortar su vida al seguir a Cristo lo ganan todo. Pocos hallan este camino y entran en él: ese es el lamento de nuestro Señor. Pongamos nuestra mano en la suya, para que nos guíe por la senda de la vida, «que va en aumento hasta que el día es perfecto».
ORACIÓN
Amado Señor, así como Enoc caminó contigo en tiempos antiguos, así quisiéramos caminar nosotros cada día, escogiendo la senda angosta; ordena nuestros pasos en tu camino, y anda en tu gracia con nosotros. AMÉN.
11 de diciembre
TOMAR PARTIDO
«¿Quién está de parte del Señor?»— Éxodo 32:26.
«¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no le respondió palabra».— 1 Reyes 18:21.
MOISÉS Y Elías pronunciaron prácticamente el mismo llamado, que se dirige siempre a cada nueva generación. En cuanto somos capaces de pensar por nosotros mismos, nos sale al paso el desafío de la Voz divina: ¿Estás conmigo o contra mí? ¿De qué lado te pones? De los labios de nuestro bendito Señor viene el desafío adicional, que nos obliga a encarar la alternativa como algo con lo que no se puede jugar ni que se puede dejar a un lado: «El que no es conmigo, contra mí es».
¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Tenemos que tomar un lado o el otro. Cuando suena la campana de votación en la Cámara de los Comunes, los del sí deben ir a la derecha y los del no a la izquierda. ¡Cada uno tiene que elegir cuál tomará! Si el Señor, si Baal: no podemos ser neutrales sin quedar en ridículo.
¿Quién, pues, está dispuesto a tomar partido y a salir a Cristo fuera del real, llevando su vituperio? (Hebreos 13:13). Estar de parte del Señor es reconocerlo como nuestro Rey además de Salvador. Es rendirle nuestra reverencia, obediencia, amor y devoción. Es abandonar todos los refugios y recursos de nuestras propias obras y caminos, y esforzarnos por que el corazón, la mente y la vida se asemejen a su voluntad y a su carácter. ¡Esto es lo que nuestro Salvador espera y pide de cada uno de nosotros! Hemos de pertenecer por completo a Dios, darle todo lo que somos capaces de dar, escoger su causa y hallar en él el principio y el fin, el primero y el último.
Jesucristo posee un derecho irrecusable y absoluto sobre nosotros: el derecho de Creador, «él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos»; el derecho de Bienhechor, no solo en el ámbito de la existencia temporal, sino también de la espiritual; el derecho de Redentor, y este es el mayor título de todos.
Nuestra decisión exige una declaración. Cristo no quiere que sus seguidores vivan en secreto. En los días en que vivimos, cuando hay tantas tentaciones de componendas entre los discípulos de Jesús y los devotos del mundo, hay razones abrumadoras para que tomemos su partido. ¡Y en aquel gran día, él tomará nuestro partido y nos reconocerá delante de su Padre y de los santos ángeles!
ORACIÓN
Oh Señor, reconocemos tu dominio sobre nosotros; nuestra vida, nuestra muerte, nuestra alma y nuestro cuerpo, todo te pertenece. Concédenos consagrártelo todo de buena voluntad y emplearlo en tu servicio. AMÉN.
12 de diciembre
EN EL PRINCIPIO, DIOS
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra».— Génesis 1:1.
«En el principio era el Verbo... Todas las cosas por él fueron hechas».— Juan 1:1, 2, 3.
GÉNESIS SIGNIFICA Principio. Aquí descubrimos la fuente de muchas corrientes, unas cristalinas, otras turbias, que todavía fluyen por el mundo. Nos habla del principio de los cielos y de la tierra; de la raza humana; del pecado y de la redención; del matrimonio y de la institución del hogar; de las ciencias y las artes que han edificado la estructura de nuestra civilización; de la existencia de la raza hebrea, y de la división de la familia humana en las diversas naciones del mundo. No todo esto puede atribuirse a la obra creadora de Dios, porque, en cuanto al pecado, el dolor y la tristeza del mundo, hay que reconocer que «un hombre enemigo ha hecho esto».
En hebreo la palabra que designa a Dios es plural, y el verbo que la acompaña es singular, lo que indica que Dios es Uno, pero el sustantivo es plural, lo que indica el misterio de la Santa Trinidad. En su vida terrenal, nuestro Señor pidió al Padre que lo glorificara con la gloria que tuvieron juntos antes que el mundo fuese.
Hagamos de Dios en Cristo nuestro principio: el principio del libro de nuestra vida, de nuestro cielo, con su oración, meditación y devoción; de nuestra tierra, con sus quehaceres prácticos de cada día; de nuestro matrimonio y de nuestro hogar; de nuestros intereses y placeres. He aquí la principal piedra del ángulo, en la cual únicamente puede ir bien coordinado todo el edificio de la vida. He aquí el acorde de armonía con el que debe concordar el oratorio que sigue. He aquí el círculo perfecto de la felicidad, en el cual ha de hallarse todo lo más hermoso, lo más dulce y lo más fuerte.
Dios es un fiel Creador. Lo que comienza, lo termina. No desfallece ni se fatiga. Puedes agotar el amor humano más querido, pero jamás podrás cansar a Dios. Si nunca has entrado en la vida divina, comienza por poner a Dios en el lugar que le corresponde, como Alfa, el Primero. Si clamamos: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí», él responderá: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas». Escucha la seguridad divina: «Yo soy el Alfa y la Omega... el primero y el último, el principio y el fin. El que tiene sed, venga; y el que quiere, tome del agua de la vida gratuitamente».
ORACIÓN
Oh Dios, Padre mío, sumamente Bueno, Belleza de todas las cosas bellas: a ti confiaré todo lo que de ti he recibido, y así nada perderé. Tú me hiciste para ti, y mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti. AMÉN.
13 de diciembre
LO QUE DIOS PIENSA DE MÍ
«Tú eres un Dios que me ve».— Génesis 16:13 (R.V. marg.).
«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»— Salmos 139:17.
AGAR ERA una esclava egipcia que se había criado en medio de las idolatrías de Egipto, y no tenía la menor idea de que los dioses tuvieran interés personal alguno en un átomo humano tan insignificante como ella. Probablemente en el campamento de Abraham había oído hablar de Jehová, pero sin duda pensaría que también él estaba fuera de los límites de su pequeña vida. ¡Qué cuidado iba a tener de ella el Dios de su amo y de su ama, mientras huía del duro trato de Sara y corría peligro de perecer en el desierto solitario! Entonces, de repente, en su desesperación, oyó la voz del Ángel de Jehová que le hablaba, y lo llamó «El Viviente que me ve».
Para ella aquel pensamiento fue una inspiración y un consuelo, que le permitió volver y someterse a Sara. Pero para muchos estas palabras han sido una nota de temor y de juicio. Han pensado en Dios como en alguien que espía sus malos caminos, y se han estremecido ante la idea de que su ojo los vea. Sin embargo, ese no es el significado de estas palabras inspiradoras, sino que jamás podemos extraviarnos a la provincia apartada, ni dar un solo paso cansado en soledad, sin la tierna atención de Dios nuestro Padre, que repara aun en el pajarillo que cae a tierra.
El salmista tenía el mismo pensamiento cuando escribió el Salmo 139. Cuando dice que Dios conoce su sentarse y su levantarse, que sus pensamientos y caminos están todos abiertos a su Amigo Todopoderoso, lo dice en un tono de alegría arrebatada. Es prerrogativa de la amistad amar la presencia y el pensamiento de un amigo, y el rasgo supremo del cristianismo es que somos admitidos a la amistad personal con nuestro Señor. Él conoce desde lejos nuestros pensamientos. Con una simpatía inmediata entra en nuestras inquietudes y desalientos. Dondequiera que vamos, él va delante y cubre la retaguardia; su cuidado nos rodea por detrás y por delante. Que cada lector abra la puerta a este gran Amigo, recordando que su única prueba es la obediencia: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis las cosas que yo os mando». Así hallarás que su presencia es el deleite de tu vida (Apocalipsis 3:20).
ORACIÓN
Te damos gracias, oh Dios, porque has rodeado nuestra senda, considerando todos nuestros caminos y envolviéndonos en bendición. Tu ojo ha estado sobre nosotros para librar nuestra alma de la muerte, y para ser nuestra ayuda y nuestro escudo. Por todo tu cuidado lleno de gracia te damos gracias. AMÉN.
14 de diciembre
COMUNIÓN Y TRANSFORMACIÓN
«No sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía mientras hablaba con él».— Éxodo 34:29.
«Nosotros todos, mirando a cara descubierta y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen».— 2 Corintios 3:18.
MOISÉS, AL volver del monte de la visión, donde había contemplado tanto de la gloria de Dios como parece posible al hombre, recogió algún destello de la Luz que había contemplado. Había en su rostro un resplandor extraño, desconocido para él mismo, pero visible para todos. Permaneció en la presencia de Dios el tiempo suficiente para quedar saturado de la luz y de la gloria del Señor. ¡Qué maravilla que centelleara con ella y se viera obligado a cubrirse el rostro con un velo!
San Pablo se refiere a este episodio y muestra que la luz que resplandecía en el rostro de Moisés es símbolo del lustre del carácter que irradian quienes contemplan o reflejan la gloria del Señor. Al contemplar la gloria que resplandece en la faz de Jesucristo, somos transformados a su semejanza.
Hay dos leyes para la vida cristiana: sigue mirando a Jesús hasta que llegues a ser como él, y, contemplándolo, serás transformado en la misma imagen; luego refléjalo a otros, y, mientras procuras reflejarlo, la obra de transformación sigue adelante. «Dime con quién andas, y te diré quién eres», dice el antiguo proverbio. Podríamos ir más lejos y decir: dinos cuáles son los temas de su consideración habitual —el arte, la literatura, la teología, el derecho, el comercio, la filantropía—, y podremos anticipar la expresión que aparecerá en su rostro.
Si deseamos ser puros y buenos, semejantes a Cristo y semejantes a Dios, debemos vivir en comunión con Cristo; contemplando y reflejando su gloria, aun el más humilde y el más pecador puede ser transformado en su imagen. ¡Cuán distinta de la de Moisés es la gloria sin velo de Cristo! Guardémonos de todo lo que pudiera interponer un velo entre él y nosotros, y nada lo hará tan pronto como el pecado y la incoherencia. Moisés no sabía que su rostro resplandecía, y Sansón no sabía que el Señor se había apartado de él (Jueces 16:20). Hay una inconsciencia trágica, así como una bienaventurada. Procuremos velar y orar, para no ser tomados por sorpresa y despojados de nuestra pureza y de nuestra fuerza mientras estamos sumidos en la inconsciencia.
ORACIÓN
Anhelamos ser santos como tú eres santo; amar como también Cristo nos amó; ser pacientes y no murmurar, como él, y parecernos tanto a él que los hombres lo amen por lo que ven de su semejanza en nosotros. AMÉN.
15 de diciembre
CONFESAR NUESTROS PECADOS
«Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».— 1 Juan 1:8, 9.
¡PECAR ES errar el blanco! Tal es el significado de la palabra original.
Cuando el pródigo volvió, sus primeras palabras fueron: «Padre, he errado el blanco». ¿No estamos siempre errando el blanco, quedándonos cortos? El pecado es negativo además de positivo. La Confesión de la Iglesia de Inglaterra y el Catecismo Menor coinciden en esto: «Hemos hecho lo que no debíamos; hemos dejado de hacer lo que debíamos haber hecho». El pecado no consiste solo en la transgresión positiva de la ley de Dios, sino en la falta de conformidad con su voluntad. Es necesario usar esta horca de dos puntas. Supongamos que varios hombres se dirigen a la oficina de reclutamiento y que la talla exigida es exactamente de seis pies. Todos están por debajo de esa estatura, pero el más alto de ellos se gloría de sobrepasar en dos buenas pulgadas a los demás compañeros. Puede que así sea, pero será rechazado con tanta seguridad como el más bajo, porque también él queda por debajo de la medida. Puede que seas mejor que muchísimas personas de tu círculo, ¡pero necesitarás el perdón y la salvación de Cristo igual que el peor!
Por tanto, al tratar con el pecado, tiene que haber confesión. «No los escondáis ni los encubráis delante del rostro de vuestro Padre celestial, sino confesadlos con un corazón paciente, manso y contrito». No esperes a la hora de la oración de la tarde, ni siquiera a la oportunidad de estar a solas; en la calle concurrida, en medio del trabajo diario, eleva tu corazón a Cristo si has obrado mal, y di: «Anduve errante: busca a tu siervo».
No basta con confesarse a Cristo; si has pecado contra otro, primero debes ir y reconciliarte con él, y entonces venir y ofrecer tu presente en el altar. ¡Confiesa, y repara! No basta con mostrarse extraordinariamente amable, o sugerir un solárium (una sala de hospital destinada especialmente a la exposición terapéutica a la luz); ¡tienes que pedir perdón expresamente!
Cuando Dios perdona, olvida (Isaías 43:25). Como dice David, y tenía motivos para saberlo: «Confortará mi alma». Recuerda que él se deleita en la misericordia. Es fiel y justo para perdonar y limpiar. Por medio del sacrificio del Calvario, Dios puede ser absolutamente justo y, al mismo tiempo, el que justifica a los que creen en Jesús.
ORACIÓN
Padre celestial, te doy gracias por tu amor que perdona y se compadece. Reconozco con gratitud que mi pecado no puede alterar tu amor, aunque pueda empañar el gozo que tengo en él. Pero te ruego que me libres del amor y del poder del pecado, para que no intercepte la luz de tu rostro. AMÉN.
16 de diciembre
EMBAJADORES DE CRISTO
«No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros».— Juan 15:16.
«Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del siglo».— Mateo 28:18, 19, 20 (R.V.).
ES ALGO maravilloso oír estas palabras de labios de nuestro Señor, cuando recordamos lo que el diablo le dijo al comienzo de su ministerio (Lucas 4:6). Evidentemente, el cetro había sido arrancado de la mano del príncipe de este mundo. Nuestro Señor es supremo en el cielo, e igualmente en la tierra. Tiene autoridad sobre los vientos y las olas; sobre el mundo natural, con sus leyes y elementos; sobre las minas de oro y los campos de mies; sobre las mentes y las almas de todos los hombres que han sido comprados con su preciosa sangre. Nos facilitaría mucho la obediencia a su mandamiento comprender que el mundo entero es suyo por creación y por redención, y que, dondequiera que vayamos por su vasto territorio, estamos dentro de sus dominios.
Fíjate en el cuidado con que Cristo insiste en que a los que fueran discípulos se les enseñe a guardar todos sus mandamientos (Mateo 28:20). Escogió a los apóstoles para que recibieran sus mandamientos, no solo para su propia obediencia, sino para que los inculcaran a otros. La obediencia es la ley del crecimiento espiritual y de la bienaventuranza. Resolvamos, primero, guardar todo lo que el Maestro ha ordenado; y segundo, enseñar a otros a hacer lo mismo. Siempre que la tarea parezca demasiado grande para nuestras fuerzas, recordemos la preciosa promesa de que él está con nosotros siempre, como dice el margen: «todos los días». Jamás podrá llegar un día con sus exigencias, con su llamado a la obediencia fiel, sin que él esté a mano para llevar nuestra carga, para ayudarnos con la diestra de su poder, para inspirarnos con la luz de su rostro.
La vida cristiana, al fin y al cabo, se reduce a esto: ¿cuánto vas a obedecer a Cristo? Si te niegas, te cierras a lo mejor que él tiene, porque no puede hacer nada por ti ni contigo. Pero si te entregas a obedecer, no hay límite para la utilidad y la bienaventuranza que han de seguir (Génesis 18:18, 19). Para vivir así, debemos permanecer en él y dejar que sus palabras, por la meditación y la oración, permanezcan en nosotros. Entonces la obediencia deja de ser un esfuerzo y pasa a ser el fruto de una vida desbordante.
ORACIÓN
Ayúdanos a permanecer contigo en nuestra vocación, a descubrir tu presencia en todo lugar. Que comprendamos que todo lugar puede ser un templo y todo deber un servicio, y que somos parte de tu gran ejército, que ejecuta tus órdenes, obedeciendo a la voz de tu palabra. AMÉN.
17 de diciembre
LUGARES DE REPOSO TRANQUILO
«Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo».— Isaías 32:18.
LA IDEA QUE Isaías tiene de estos lugares tranquilos de nuestra vida se expone en Isaías 32:2 de este capítulo, como también la del salmista en Salmos 23:1, 2, 3, 4, 5, 6. Es mediodía abrasador. El resplandor de las rocas calizas es casi insoportable. Los rayos del sol hieren como hojas de espada. Toda criatura viviente ha huido en busca de refugio del calor despiadado, excepto las pequeñas lagartijas verdes que corren de acá para allá jugando o buscando alimento. El pastor ha bajado su rebaño jadeante al valle, donde grandes peñascos proyectan sombras oscuras. ¡Escucha el murmullo musical del arroyo de tono pardo, que se desliza perezosamente entre las riberas cubiertas de musgo y rompe contra los guijarros que tapizan su lecho! ¡Estos son los delicados pastos y las aguas de reposo!
¿No tienen su equivalente en nuestra vida? Los días felices de la niñez, cuando apenas conocíamos la tentación y aún no habíamos sentido la tensión incesante de las tareas de la vida; quizá sea el descanso del domingo, con su bendita pausa en la fiebre de la actividad, la atmósfera serena y reposada de la Casa de Dios, la quietud silenciosa de la adoración y la meditación; quizá un período de convalecencia tras una larga enfermedad, cuando poco a poco recobramos la salud y las fuerzas; o tal vez las vacaciones anuales, cuando pasamos largos días felices junto al mar, o en el campo, entre los Alpes o en los Broads. Para nuestro bienestar físico, mental y espiritual necesitamos días y semanas en que la maquinaria de la vida tenga tiempo de enfriarse, y el agua de asentar su sedimento.
Pero si queremos tener entrada en esta morada de paz, debemos cumplir las condiciones. Tenemos que hacer de Jesús nuestro Rey y poner el cetro de nuestra vida absolutamente en sus manos. Tenemos que escondernos bajo la sombra del Hombre crucificado de Nazaret, que se ofrece como escondedero contra el siroco abrasador y como refugio contra la tempestad tropical (Isaías 32:1, Isaías 32:2). Isaías dice que esta quietud y confianza descansan sobre la Justicia y el Derecho. No son el regalo del capricho ni de una elección arbitraria. «Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados», porque en la Persona de su Hijo se ha satisfecho toda reclamación posible (Romanos 5:1).
ORACIÓN
Oh Dios, que haya una pausa en el ajetreo de la vida diaria, no solo en la apariencia exterior, sino en nuestra disposición interior. Que nuestras inquietudes y afanes los lleves tú mismo, sobre quien los echamos, para que nada quebrante el reposo y la serenidad de nuestro corazón. Ordena paz para nosotros, porque también obraste en nosotros todas nuestras obras. AMÉN
18 de diciembre
¡UN NOMBRE NUEVO!
«Ya no se llamará tu nombre Jacob, sino Israel».— Génesis 32:28.
«Al que venciere, escribiré sobre él mi propio nombre nuevo».— Apocalipsis 3:12.
EN TODA la Biblia, el nombre representa la naturaleza. En aquellos sabios tiempos antiguos, los nombres no se daban por su sonido eufónico, sino como revelación de algún rasgo característico. Se dice que los pastores ponen nombre a sus ovejas por sus defectos; en algunos casos, los nombres del Antiguo Testamento parecen haberse dado según el mismo principio. Así fue con Jacob. Cuando el Ángel dijo: «¿Cuál es tu nombre?», él respondió: «Jacob», el suplantador. ¡Nunca rehúyas, en tu trato con Dios, llamarte por tu propio título específico, sea el más pequeño de todos los santos, el primero de los pecadores, o el disimulador y tramposo!
La primera condición para perder nuestra vieja naturaleza es confesar que la tenemos; la siguiente es rendirnos a Dios. Déjate vencer por Dios, ríndete a él, sométete a su voluntad, sobre todo en aquel punto en que su Espíritu te apremia con más fuerza. La vida está llena de acercamientos del Ángel que lucha con nosotros, solo que lo rechazamos en vez de dejarnos vencer por él. Cada vez que permitimos a Dios salirse con la suya en algún nuevo punto de nuestro carácter, adquirimos el nombre nuevo. En otras palabras, se desarrolla una nueva faceta del carácter, un nuevo toque del amor divino pasa a nuestro ser, y somos transformados más perfectamente a la semejanza de aquel cuyo Nombre abarca todos los nombres. Jacob llega a ser Israel; Simón llega a ser Pedro, el hombre-roca; Saulo llega a ser Pablo el apóstol.
Cuando Dios nos llama por un nombre nuevo, nos comunica un Nombre nuevo para sí mismo. En otras palabras, nos da una revelación más profunda de sí mismo. Revela atributos que antes habían estado ocultos. El apóstol, en el Apocalipsis, nos dice que cada vez que vencemos, Dios nos da una piedrecita blanca en la que está escrito su nombre nuevo, en clara alusión al diamante puro del Urim y Tumim, por medio del cual hablaba a Israel y en el que estaba grabado el nombre de Jehová (Éxodo 28:29, 30; Apocalipsis 2:17). Cada vencedor del pecado tiene su propia piedra de Urim, conoce la voluntad de Dios de primera mano y recibe revelaciones del carácter de Dios que solo conoce aquel a quien se le hacen (Mateo 11:25).
ORACIÓN
Danos, oh Dios, la piedrecita blanca con el Nombre nuevo escrito en ella, que solo conoce el que la recibe. Manifiéstate a nosotros como no lo haces al mundo. AMÉN.
19 de diciembre
EL HERMANO MAYOR
«Entonces se enojó, y no quería entrar; salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Y él le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas».— Lucas 15:28, 29, 30, 31.
DE LOS dos, creo que el pródigo despierta más interés y afecto que su hermano mayor. Esaú parece un personaje más atractivo que Jacob; el publicano, más que el fariseo que se alegra de no ser como los demás. Probablemente se debe a que somos conscientes de una afinidad más estrecha con la vida de los sentidos y de la pasión que con la del decoro exterior y la respetabilidad.
El hijo mayor tenía una hermosa heredad. Tenía la compañía de su padre en todas las cambiantes estaciones del año y en todos los años siguientes de su vida; tenía la cómoda seguridad de no haber traspasado jamás los mandamientos e indicaciones que su padre le daba, de modo que estaba libre del cáncer interior del amargo remordimiento; tenía libertad para servirse no solo de una parte de todo lo que su padre poseía, sino de todo ello: todas mis cosas son tuyas.
Esta es también nuestra heredad, como hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso. Podemos vivir siempre en la presencia y en la compañía de Dios, conversando con él sobre todo lo que concierne a nuestra vida y a su obra; también nosotros tenemos libertad para disponer de sus vastos recursos para todo lo que necesitemos, puesto que todo lo que él tiene es nuestro en Cristo, para reclamarlo con una fe constante.
¡Qué falto de amor y qué egoísta era el espíritu del hermano mayor! Tenía celos de la acogida que se dio al pródigo, y se quejaba de que se prodigara tanto a uno cuya conducta había sido tan opuesta a la suya. Su espíritu egoísta lo alejó de su padre, que tuvo que salir a rogarle que entrara, porque el egoísmo siempre aísla. El espíritu que se engrandece por sus propias virtudes no es el espíritu de la verdadera religión, por correcta que sea la vida exterior.
Preguntémonos cada uno: ¿puede Dios nuestro Padre dirigirse a nosotros con palabras como estas? ¿Puede contemplarnos con su gracia y su bendición celestial, como hijos de Dios sin reprensión? Si no, en realidad somos tan pródigos como nuestros hermanos, porque estamos desperdiciando oportunidades que los ángeles codician. Levantémonos y volvamos a nuestro Padre. Entremos en su gozo; que su gozo entre en nuestro corazón, para que hagamos fiesta y nos regocijemos.
ORACIÓN
Padre, he pecado... vuelve a traerme a la antigua y bendita compañía y comunión, para que viva contigo en la tierra hasta que me llames a vivir contigo en el cielo. AMÉN.
20 de diciembre
FIDELIDAD A NUESTRAS PROMESAS
«Porque tú, oh Dios, has oído mis votos; me has dado la heredad de los que temen tu nombre». «Al Señor pagaré ahora mis votos delante de todo su pueblo».— Salmos 61:5; Salmos 116:18.
EL SALMISTA había sido abatido hasta lo más hondo por los dolores de la muerte, pero Dios había intervenido misericordiosamente para librarlo en respuesta a su clamor, y ahora andaba delante de él en la tierra de los vivientes. Era como si se le hubiera puesto en la mano la copa de la salvación, rebosante de bendición. Nos dice que Dios había roto sus prisiones, como si hubiera sido alguna criatura salvaje del bosque que, atrapada en una trampa, quedaba ahora libre y podía recobrar la alegre vitalidad de antes.
En tales circunstancias, es natural preguntar: «¿Qué pagaré al Señor por todas sus misericordias para conmigo?». Lo primero y más razonable es pagar los votos que prometimos cuando estábamos en angustia. Nada adormece tanto el corazón como prometer y no pagar.
Debemos cumplir nuestros votos por muchas razones. Primero, porque deshonra a Dios jugar con él a dos barajas; segundo, porque deteriora el carácter resolver y no hacer, ya que tales fracasos hacen las siguientes resoluciones aún más frágiles; tercero, porque es un gran estorbo para quienes nos hayan oído hacer nuestros votos el que nos echemos atrás; cuarto, porque el voto que no se cumple demuestra que hemos dejado, tanto al prometer como al cumplir, de apoyarnos en la gracia y el poder del Espíritu Santo. Cuando una obra, desde la concepción del primer pensamiento hasta su realización final, es hecha en Dios, no hay temor de que deje de ser permanente (Juan 3:21).
Si has hecho voto de ser siervo de Dios, procura ser tal como lo prometiste; si has prometido servicio, dinero, dones, enmienda o una consagración de por vida, asegúrate de cumplir tu promesa. ¡Qué gloriosa afirmación hay en Salmos 116:16: «Oh Señor, ciertamente yo soy tu siervo»! La repetición de la frase es muy significativa, sobre todo si se une a Salmos 118:27. ¿No necesitamos ser atados con las cuerdas de la fe, la esperanza y el amor de las misericordias de Dios, y por la gracia guardadora del Espíritu Santo? Nuestras propias resoluciones y promesas son muy frágiles e inciertas, pero la gracia de Dios basta para hacernos lo que anhelamos ser en nuestros mejores momentos (Romanos 12:1, 2).
ORACIÓN
Defiéndenos, oh Señor, de la traición de nuestro corazón infiel. Somos sumamente frágiles e inclinados a rehuir toda empresa virtuosa y valiente. Concédenos llevar nuestra nave a salvo a la orilla, al puerto que deseamos. AMÉN.
21 de diciembre
LA PROMESA DE LA RESURRECCIÓN
«Al tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él».— Oseas 6:2.
«Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados».— 1 Corintios 15:22.
LA MUERTE es la precursora de la vida, y no podemos llegar de verdad a la Pascua sin descender primero al sepulcro. Bienaventurados los que descienden allá con esperanza; su alma no será dejada en la tierra de las sombras, ni permitirá Dios que sus santos vean corrupción. Dios los revivirá, y vivirán. Al tercer día nuestro Señor Jesús resucitó de los muertos, y esta es la esperanza fundamental del mundo.
«Venid y volvámonos al Señor». Siempre hay resurrección, esperanza y gozo para los que se arrepienten de sus pecados. El verdadero arrepentimiento es un humilde regreso a Dios; y al acercarnos a él, él nos sale al encuentro con sanidad y salvación. El fruto de su venida es como el alba, o como las lluvias de primavera. La luz y el gozo, la fertilidad y la belleza son la respuesta inmediata del alma a su advenimiento.
¿Te encuentras en el oscuro sepulcro de las circunstancias? Ten buen ánimo. Uno de los ángeles de Dios está en camino para remover la piedra. Aunque nuestro Señor fue crucificado, al tercer día Dios lo resucitó, y él vive y reina a la diestra de Dios; y también nosotros podemos vivir con él, por el mismo poder, no solo en el otro mundo, sino en este. Dios te levantará, y vivirás delante de él. ¡Lo mejor está aún por venir!
«Proseguiremos en conocer al Señor». Siempre podemos contar con él. Si hay alguna variación en nuestra relación con él, está de nuestro lado, no del suyo. Tan seguro como que volvemos a él, lo hallaremos saliendo a nuestro encuentro para saludarnos y recibirnos con una alegre bienvenida. Cuando el pródigo aún estaba lejos, su padre lo vio, ¡y corrió a su encuentro! ¿Hay alguna duda acerca de nuestra acogida? ¡No, no puede haberla! Dios nuestro Padre siempre nos está esperando. En él no hay mudanza, ni sombra de variación. Con la misma certeza con que contamos con la aurora podemos contar con Dios. Que tu alma se mueva hacia él desde el sepulcro de la duda y la desesperación, y al tercer día, el Día de la Resurrección, él se revelará.
ORACIÓN
Que nuestra vida del yo sea crucificada con Cristo, para que su vida se manifieste en nosotros; y que del sepulcro brote una semejanza más completa a nuestro Salvador resucitado, de modo que todos vean en nosotros cada día la evidencia de la resurrección de nuestro Señor. AMÉN.
22 de diciembre
ALABAR AL SEÑOR
«Alabad al Señor, porque es bueno cantar salmos a nuestro Dios».— Salmos 147:1.
ES COSA hermosa y conveniente que unamos la alabanza y la oración.
Hay una diferencia entre la alabanza y la acción de gracias. Damos gracias a Dios por lo que ha hecho por nosotros; lo alabamos por lo que es en sí mismo. En la alabanza nos acercamos más a la adoración del cielo, donde los ángeles y los redimidos hallan el ejercicio más elevado de sus facultades en tributar alabanza, honra y gloria a Dios. En mis devociones privadas, nada me resulta más provechoso que recitar el Te Deum antes de pedir cualquier don de la mano de Dios. Parece poner a Dios en su debido lugar e inclinar el alma ante él en actitud de adoración y alabanza. «Es bueno cantar salmos, y la alabanza es hermosa».
Alabemos su amor condescendiente (Salmos 147:1, 2, 3, 4, 5, 6). Él cuenta el número de las estrellas como un pastor cuenta sus ovejas. El salmista compara las constelaciones con un rebaño de ovejas que su pastor conduce a través del espacio. ¡Qué concepción sublime de soles, planetas y asteroides! Y, sin embargo, este Dios maravilloso e infinito puede inclinarse sobre nuestras pequeñas vidas y fijarse especialmente en los desterrados, los quebrantados de corazón, los gravemente heridos y los humildes. Nadie es demasiado pequeño e insignificante para su atención. Así como una madre es más cuidadosa y solícita con el hijo más pequeño y enfermizo de su familia, así la ayuda más tierna, más fuerte y más eficaz de Dios se manifiesta hacia los más necesitados y desvalidos de sus hijos. Él siempre busca a la oveja perdida y al hijo pródigo.
Alabemos la obra de Dios en la providencia. Fíjate en los tiempos presentes de este salmo. El salmista sentía que Dios siempre estaba obrando en la naturaleza, y que todo se debía a la acción directa de su providencia. Y Jesús lo confirmó cuando dijo que ningún pajarillo cae a tierra sin que el Padre lo advierta. Los de limpio corazón, los que son como niños y los mansos tienen esta prerrogativa de ver la mano de Dios en todas las cosas. Dios es; Dios está activo y obrando en todas partes; y por eso no hay punto del espacio ni momento del tiempo en que él no actúe. «Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre» (Hebreos 13:15).
ORACIÓN
Te rogamos que nos des tal sentido de todas tus misericordias que nuestro corazón esté sinceramente agradecido, y que proclamemos tu alabanza no solo con nuestros labios, sino con nuestra vida, entregándonos a tu servicio y andando delante de ti en santidad y justicia todos nuestros días; por Jesucristo nuestro Señor. AMÉN.
23 de diciembre
ALEGRÍA Y ACCIÓN DE GRACIAS
«Y se dirá en aquel día: He aquí, este es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará... nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación».— Isaías 25:9.
ESTE CÁNTICO de alabanza lo compuso Isaías para que se cantara cuando fuera derribada la orgullosa ciudad de Babilonia, que durante tantos años había amenazado la libertad del pueblo hebreo. El profeta está tan seguro de que la opresión del mal acabará finalmente en desolación, y de que el mundo será librado de la terrible pesadilla de su tiranía, que prepara el cántico que pronto había de estallar en gozosa acción de gracias. Con la misma certeza con que el calor tórrido del sol del mediodía se mitiga cuando se interpone la sombra de una nube, sería abatido el orgullo y la jactancia de los violentos.
El pleno significado de este cántico de alabanza solo se hará realidad en el cielo, cuando nos sentemos a la cena de las bodas del Cordero (Isaías 25:6, 7, 8). Para entonces habrán sido destruidas todas las Babilonias que han amenazado el bienestar de la humanidad. El velo de la incredulidad y la incertidumbre, que ahora pesa tanto sobre el mundo, habrá sido rasgado de arriba abajo. La muerte habrá sido sorbida por la vida; las lágrimas habrán sido enjugadas, y nuestra afrenta habrá terminado. ¡Qué gozo desbordante será entonces nuestra porción! Que su anticipación despierte nuestra gratitud.
¿Eres pobre? Haz de Dios tu fortaleza. ¿Estás necesitado y afligido? Haz de él tu escondedero. ¿Te azota la tormenta? Huye a él en busca de refugio. ¿Te abrasa el calor de la tentación? Ponte bajo su sombra. Dios tu Padre no te dejará solo. Tu necesidad es tu mejor argumento; tu impotencia, una súplica más que suficiente. También para ti habrá cántico y banquete (Isaías 25:4, 5, 6).
La alabanza es nuestro ejercicio más elevado. En la oración a menudo nos acercamos a Dios por razones más o menos egoístas; en la alabanza lo adoramos por lo que es en sí mismo. Por cansado y agotado que estés, procura que la hora devocional de la mañana comience con la nota clave de la acción de gracias y la adoración. Es maravilloso cómo esto aviva el pulso del alma y repercute en cada momento que sigue. «Despierta, salterio y arpa —decía el salmista—; me levantaré de mañana».
ORACIÓN
Oh Señor, tú eres mi Dios. Te exaltaré, alabaré tu nombre; porque has hecho maravillas en mi alma. Tus consejos antiguos son fidelidad y verdad. AMÉN.
24 de diciembre
LA CORTESÍA CRISTIANA
«Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables».— 1 Pedro 3:8.
SERÍA UNA maravilla encontrar en cualquier comunidad bajo el cielo una encarnación completa de los mandatos contenidos en este versículo y en los siguientes. Y, sin embargo, nada menos que esto es el ideal cristiano, y bueno sería que, sin esperar a los demás, cada uno adoptara estos preceptos como regla obligatoria y norma de la vida diaria. Esta sería nuestra contribución más digna para convencer al mundo y para la venida del reino de nuestro Señor. ¿No nos enseña el uso que el apóstol hace de la palabra «finalmente» que toda la doctrina cristiana tiene por fin conducir a esa vida de amor, cuyos trazos generales se esbozan en estas palabras, e inaugurarla?
El principio general: «Sed todos de un mismo sentir, compasivos». Esta unidad de sentir no exige la monotonía de la semejanza, sino la unidad en la variedad. Nunca seremos de un mismo sentir en el sentido de sostener todos las mismas opiniones; pero podemos ser todos de un mismo sentir cuando, bajo la diversidad de opiniones, de expresiones y de puntos de vista, nos anima una devoción común a Cristo.
Observa las aplicaciones concretas.
Amaos fraternalmente. Amar no es lo mismo que sentir simpatía. La providencia no nos pregunta a quiénes querríamos tener por hermanos, eso ya está decidido por nosotros, pero se nos manda amarlos, independientemente de nuestras preferencias y gustos naturales. El amor no se origina necesariamente en las emociones, sino en la voluntad; no consiste en sentir, sino en hacer; no en el sentimiento, sino en la acción; no en palabras suaves, sino en hechos desinteresados.
Sed misericordiosos. ¡Oh, quién tuviera la compasión de nuestro bendito Señor! ¡Cuántas veces brota en el relato del evangelio hacia los débiles y extraviados, hacia las multitudes hambrientas y hacia los afligidos que buscaban su ayuda!
Sed amigables. Estate dispuesto a tomar el asiento menos cómodo, o a dejar que otros se sienten mientras tú permaneces de pie. Que los modales de la corte de tu Padre celestial se vean siempre en tu vida diaria, para que el mundo aprenda que el cristianismo no produce solo el heroísmo de una gran ocasión, sino las pequeñas cortesías de la vida cotidiana.
ORACIÓN
Bendito Señor, te ruego que derrames sobre mí tal gracia que no solo limpie esta vida mía, sino que la embellezca un poco, si es tu voluntad... Concédeme amarte con todo mi corazón, y con toda mi alma, y con toda mi mente, y con todas mis fuerzas, y a mi prójimo como a mí mismo. AMÉN.
25 de diciembre
LA GLORIA DE CRISTO
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».— Juan 1:14.
LA GLORIA de Cristo se hace evidente cuando estudiamos los títulos que se le dan en el primer capítulo del Evangelio de san Juan.
El Verbo (Juan 1:1). Así como las palabras que decimos revelan nuestro carácter, así Jesús es el habla del Dios invisible. Él ha expresado o dado a conocer a Dios (Juan 14:9). El salmista dijo que los cielos cuentan la gloria de Dios y que el firmamento anuncia la obra de sus manos hasta los confines de la tierra; pero en el más hermoso panorama del cielo estrellado o de las nubes del ocaso jamás hubo en la naturaleza una presentación de Dios como la que tenemos en Jesús.
El Creador (Juan 1:2, 3). Con el lenguaje más enérgico de que disponía, el apóstol inscribe el nombre de Jesús en todas las cosas que hay arriba en el cielo y abajo en la tierra. El hierro de que se hicieron los clavos que lo traspasaron en la cruz, la madera de que esta estaba hecha, las espinas que formaron su corona: todo se debía a su mandato creador.
La Vida y la Luz (Juan 1:4). Agradó al Padre que la vida residiera en su naturaleza humana, como en su cisterna y depósito, para que de él recibiéramos la vida eterna, comunicada por medio de la fe. En su vida está la luz.
El Mesías (Juan 1:10, 11). «A lo suyo vino».
La Shekiná (Juan 1:14). De vez en cuando, durante la carrera terrenal de nuestro Señor, la cortina de su naturaleza humana parecía abrirse y dejar escapar algunos destellos del radiante esplendor de su Ser. Así fue en el monte de la Transfiguración, y de nuevo en su resurrección y en su ascensión. Aquella gloria estaba llena de gracia y de verdad.
El Hijo unigénito (Juan 1:12, 13, 14). Nosotros podemos ser hijos, gracias a Dios, pero él era el Hijo. Sea lo que fuere lo que implica esa expresión, «Unigénito», él está separado del más noble de los hijos de los hombres por un abismo inmenso e infranqueable. Y, sin embargo, ¡qué maravilloso es que no se avergüence de llamarnos hermanos! Démosle gloria y homenaje.
ORACIÓN
Amor infinito, amor tierno, amor no buscado;
¡amor inmutable, amor gozoso, amor victorioso!
Y este gran amor guardado para nosotros sin medida,
¡el amor eterno de Dios! ¿Qué más querríamos?
26 de diciembre
UNA CARTA DE CONSUELO
«Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis».— Jeremías 29:11.
TENEMOS MUCHO que aprender del buen consejo que se da en esta carta.
Aquellos desterrados no estaban dispuestos a establecerse en la tierra a la que habían sido deportados. Siempre andaban inquietos y haciendo planes; hablaban del pasado y tramaban maneras de volver a su propia tierra y a la heredad que habían perdido. Por eso se les envió esta carta, no solo a ellos, sino a todos los que se hallan en circunstancias semejantes.
¿Estás en cautividad? Tus circunstancias son las restricciones y los grillos que te sujetan. Ningún preso en su celda podría estar más indefenso que tú. No puedes hacer lo que quisieras, pero sí puedes ser. Sé lo mejor que puedas allí donde estás, y espera el tiempo del Señor. Es por la fidelidad en el cumplimiento de las obligaciones presentes como llegas a estar preparado para una obra mejor.
Considera las necesidades de los que te rodean (Jeremías 29:7). En esto la historia de José es un ejemplo notable. Cuando fue echado en la cárcel, se puso a servir a los presos que allí había. ¡Qué luz y qué consuelo emanaban de él mientras iba de acá para allá entre ellos, interesándose personalmente por cada uno! «¿Por qué parecen hoy mal vuestros semblantes?» (Génesis 40:6, 7). En la paz de aquellos a quienes servimos hallaremos nuestra propia paz.
A los cautivos se les dirigieron palabras de consuelo y de esperanza. Por dura que pareciera su suerte exterior, Dios pensaba respecto de ellos pensamientos de paz, y no de mal. Así ocurre con nosotros; quizá estemos pasando una mala temporada; puede parecer que todo está en contra nuestra, duro, desconsolador, poco atrayente. Pero en su santo cielo Dios está pensando en ti, y sus pensamientos son de paz, y no de mal. Por eso el horizonte está encendido de esperanza. Viene un buen tiempo, y te olvidarás de este presente como de aguas que pasaron. Tu aflicción presente tiene un plazo señalado. Dios ciertamente te visitará y cumplirá para contigo su buena palabra.
Mientras tanto, debemos vivir una vida de oración constante. «Me invocaréis, y yo os oiré; me buscaréis, y seré hallado por vosotros» (Jeremías 29:12, 13, 14). Debemos vivir en un espíritu de oración, de fe y de trato con Dios. Por todas estas cosas Dios será solicitado para hacerlas.
ORACIÓN
Por todo tu cuidado lleno de gracia te damos gracias con reverencia; y si has permitido que sucedan cosas que nos han probado duramente y nos han llenado de amargura, ayúdanos a creer en tu amor infinito que nos disciplina, para que, por medio de la disciplina de nuestra vida, seamos hechos partícipes de tu santidad. AMÉN.
27 de diciembre
¡EL SEÑOR REINA!
«Alegraos, justos, en el Señor, y alabad la memoria de su santidad. Nube y oscuridad alrededor de él; justicia y juicio son el asiento de su trono».— Salmos 97:2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12.
DETRÁS DE todas las nubes está el éter claro y puro del amor de Dios. No nos espantan las tormentas que barren la superficie de la tierra, porque bajo ellas hay insondables profundidades de quietud. Dios ve su camino a través de ellas, y las está usando para cumplir su gran propósito. Las dificultades no son nada para él. Él pesa los montes con balanza y los collados con peso. Es nuestro Padre, y no tenemos por qué temer. Los niños bien acomodados en el coche que conduce su padre no temen la granizada que golpea la ventanilla ni los vientos furiosos que barren la tierra. Les basta que su padre está con ellos, conoce el camino y se dirige rápidamente a casa. Y si seguimos de cerca a Dios, su diestra nos sostendrá, y podremos dejar todo lo demás en sus manos.
Ninguno de los que esperan en él será avergonzado. La revolución y la anarquía podrán asolar el país. Diluvios tempestuosos podrán barrer el mundo. Los ahorros de toda una vida podrán desaparecer, pero seremos guardados en completa paz. El Señor reina, y siempre se acordará de su pacto. No nos faltará la gracia que sostiene. Si nos aferramos a Dios, seremos sostenidos por su diestra, y nadie puede arrebatarnos de la mano del Padre. Dios, y no la comodidad egoísta ni las alianzas humanas, es nuestro fin y nuestra meta; y él no fallará, no puede fallar, a los que lo han dejado todo por su compañía. Aunque la higuera no florezca, y falte el fruto del olivo, y las ovejas sean quitadas del redil, con todo nos alegraremos en el Señor; porque el Señor Dios suplirá todo lo que nos falta, y hará nuestros pies como de ciervas, para andar aun por el borde del precipicio.
El mundo está lleno de tumulto. Los ríos han alzado su sonido, pero más que el estruendo de las muchas aguas es poderoso el Señor en las alturas; y es menester que él reine hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. Recuerda que, cuando se burlaban de él en el pretorio de Pilato, sus enemigos le pusieron una caña en la mano. Estaban más cerca de la verdad de lo que sabían, porque el que abre el libro sellado del destino es el Cordero que fue inmolado. Él gobierna con la caña como símbolo de su gobierno.
ORACIÓN
Padre nuestro, que te oigamos decirnos, al salir al día aún no vivido, que tú estás con nosotros, sosteniéndonos de la mano derecha. Guárdanos en medio de la tormenta y guíanos por la senda nunca hollada. AMÉN.
28 de diciembre
JESÚS COMO REY
«Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey».— Juan 18:37.
LA REALEZA de nuestro Señor se sugiere ya en los primeros párrafos del Evangelio de san Mateo, que subraya su descendencia de David; los magos preguntaron por el que ha nacido Rey de los judíos, y Herodes temió su rivalidad. A lo largo de todo el relato del evangelio se insiste constantemente en que él era el Rey de los judíos y el Rey de Israel, y termina con la regia afirmación de que se le había confiado todo poder y toda autoridad en el cielo y en la tierra.
Jesús nunca rebajó su pretensión a la realeza, pero siempre dejó claro que su ideal era muy distinto del que corría entre los judíos. Su concepto de la realeza estaba tomado de Salmos 72:4, donde se dice que el Rey juzgará a los afligidos del pueblo y salvará a los hijos del menesteroso. Fue el choque entre su idea de la realeza y la de los fariseos lo que lo llevó a la cruz.
Para nosotros la lección es clara. Debemos empezar por reconocer los derechos regios de Cristo a nuestro homenaje y obediencia. Solo llega a ser Salvador, en el sentido más pleno de la palabra, cuando ha sido entronizado como Rey en nuestro corazón. Con invariable precisión se le describe primero como Príncipe y luego como Salvador, y ese orden no puede alterarse sin daño para la vida de nuestra alma (Hechos 5:31; Romanos 10:9; Hebreos 7:2). Todo el contenido del Nuevo Testamento cambia cuando vemos la realeza de Cristo como la principal piedra del ángulo, no solo de aquella estructura, sino del edificio del carácter.
No tengamos miedo de Cristo como Rey. Él es manso y humilde, y comprende plenamente los problemas de nuestra vida. Compartió nuestra vida, y fue tan pobre que tuvo que confiar en los buenos oficios de un amigo para suplir sus necesidades físicas, y en las ramas de palmera de la multitud campesina para su cabalgadura y para alfombrar su cortejo real; pero mientras lo vemos pasar, el humilde triunfo crece en proporciones hasta representar a toda la raza humana; y las generaciones que precedieron a su advenimiento, y las que le siguen, avanzan a lo largo de las edades de la historia humana proclamando y aclamando a Cristo como Rey. (Apocalipsis 15:3, 4, R.V.).
ORACIÓN
Oh Dios, que nuestro corazón rebose de palabra buena, para que nuestra boca hable de nuestro Rey. Mientras lo adoramos como Admirable, que llegue a ser para nosotros el Príncipe de paz. Capacítanos para poner el gobierno de nuestra vida sobre su hombro, y que su gobierno y nuestra paz no tengan fin. AMÉN.
29 de diciembre
LA MARCHA DEL PROGRESO DE DIOS
«Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque es menester que él reine».— 1 Corintios 15:24.
¿HACIA DÓNDE se mueve Dios? Cuando hablamos del progreso eterno del Todopoderoso, hay que recordar que empleamos un lenguaje humano, porque Dios vive en el eterno presente. Él es Jehová: ¡«YO SOY»!
Dios avanza hacia la exaltación suprema de nuestro Salvador. Cristo tiene que reinar y reinará, y el poder del Padre está ya ahora ocupado en poner todas las cosas debajo de sus pies. Le ha dado las naciones por heredad, y por posesión suya los confines de la tierra. Es verdad que todavía no vemos que todas las cosas le estén sujetas, pero Dios está ya ahora ocupado en apresurar el cumplimiento de su plan eterno. ¡El ascenso y la caída de gobernantes y reinos en estos últimos años; el clamor por nuevos métodos de gobierno, que ha amenazado el antiguo orden; el torbellino de las elecciones; la babel de voces; la rivalidad de estadistas y partidos! ¿Qué son todas estas cosas? Son las nubes de sus pies, el movimiento de sus piezas sobre el tablero, las etapas sucesivas en el desarrollo de su plan. ¡Observa la estrategia divina! Dios levanta a uno y abate a otro; no hay noticia en el periódico, ni cambio en el mapa, ni revolución entre los pueblos, por oscura que sea, que no esté contribuyendo a aquella escena final en que el Hijo del Hombre vendrá al Anciano de días, y le será dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvan.
Todos necesitamos conocer los movimientos de Dios, sobre todo en esta era trascendental, porque solo así podemos entrar en su reposo. Podemos contemplar con calma un mundo en confusión una vez que hemos aprendido a entender el programa divino de reunir todas las cosas en Cristo, que es la Cabeza. Para el mundo descuidado, su camino está en el mar, y sus sendas en las muchas aguas, y sus pisadas no son conocidas; pero no así para los que lo aman y lo siguen. Los cielos podrán pasar y los collados moverse; pero su misericordia no se apartará, ni el pacto de su paz será quitado.
ORACIÓN
Apresura la venida de tu reino, oh Señor, el cumplimiento de tu propósito. Guárdanos vigilantes y atentos, para que en cualquier momento podamos discernir el movimiento de tu mano y descubrir tu voluntad y tu dirección en la providencia de las cosas pequeñas. AMÉN.
30 de diciembre
LO MORTAL ABSORBIDO POR LA VIDA
«Sabemos que si nuestro tabernáculo terrestre se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos».— 2 Corintios 5:1.
ESTE CAPÍTULO comienza con «Sabemos». No hay sombra de incertidumbre. De principio a fin está empapado de una convicción inquebrantable. Cuando se escribió, la fe y la esperanza casi se habían desvanecido del mundo. Hombres y mujeres andaban a tientas por el desierto del ateísmo, sin una estrella en su cielo ni un oasis en su marcha. En medio de una civilización decadente y de una esperanza desvanecida, Pablo, y otros que estaban con él, se atrevieron a declarar que había ciertos hechos de los que el hombre podía estar absolutamente seguro. No se probaban mediante argumentos ni analogías, sino que se discernían por la intuición del Espíritu y quedaban probados por la resurrección de Jesucristo.
Debemos distinguir siempre entre las teorías, que cambian con los diversos estados de ánimo del pensamiento humano, y los hechos eternos, que están establecidos sobre un testimonio sólido y son tan firmes como el trono del Eterno. «Sabemos»: ¡había en esas palabras un acento de certeza que cambió la perspectiva del mundo!
El objetivo de Dios. Es una ayuda inmensa en esta vida humana saber en qué dirección nos conduce la nube o columna de fuego de Dios. Si tan solo podemos dar con una pista de lo que Dios se propone en nuestra vida, se allanarán muchas perplejidades y se desenredará más de una madeja enmarañada. ¿Qué está haciendo Dios por ti y por mí? El apóstol responde: está procurando que lo mortal sea absorbido por la vida. Dios quiere borrar en cada uno de nosotros todo rastro de la caída. Su propósito es eliminar todo lo que nos marca como miembros de una raza desterrada, para que lo mortal en nosotros, sea del espíritu, del alma o del cuerpo, sea absorbido por la Vida: «la vida de la que escasean nuestras venas, la vida por la que nuestro espíritu anhela, ¡más vida, y más plena!». ¡Piénsalo! ¡Para ti, y para mí, y para todos los que han sido trasladados de la región de las tinieblas y llevados al reino del Hijo de su amor! ¡Lo mortal sumergido en la Vida! ¡No podemos sondearlo! No sabemos lo que hemos de ser; solo sabemos que seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. Tal es el objetivo de Dios. ¡Él está obrando por nosotros y en nosotros precisamente para esto!
ORACIÓN
Llévame a través de esta última y larga milla,
¡Hombre de Nazaret, Cristo mío!
Háblame desde la noche silenciosa,
para que mi espíritu sepa, mientras avanzo,
que tus manos traspasadas
me están llevando al otro lado del vado. AMÉN.
31 de diciembre
LUZ EN LAS TINIEBLAS
«Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz».— Mateo 10:27.
CRISTO HABLA a menudo en lo secreto del corazón; en la oscuridad de la noche, «cuando el sueño profundo cae sobre los hombres»; ¡allí el Maestro nos dice cosas en las tinieblas! Escuchar y obedecer nos ahorrará muchas horas amargas.
Podemos dudar de si es su voz, pero rara vez nos equivocamos al reconocer esa Voz cuando nos recuerda deberes que hemos omitido y nos llama a tomar la cruz que hemos rehuido.
Hay música, ternura, notas de amor en estos dichos oscuros, como aquellos que se dicen con el arpa, de los que canta el salmista (Salmos 49:4); la Voz que los pronuncia no es áspera ni estridente, sino tierna y suave. Su propósito es enseñarnos a enseñar, capacitarnos para ayudar a otros que no podrían entender estas cosas ocultas. Tenemos que ser llevados a la oscuridad, como el papel sensible, para recibir impresiones que darán placer y ayuda a cientos que nunca podrían pasar por nuestras experiencias.
ORACIÓN
Señor, háblame, para que yo hable
con vivos ecos de tu voz;
como tú has buscado, que yo busque
a tus hijos errantes, perdidos y solos. AMÉN.
Capítulo 12 completado
Diciembre