Sobre la encarnación
El Verbo encarnado, conocido por sus obras

Capítulo 54 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

El Verbo encarnado, conocido por sus obras

§54. El Verbo encarnado, como ocurre con el Dios invisible, nos es conocido por sus obras. Por ellas reconocemos su misión divinizadora. Contentémonos con enumerar unas pocas, dejando su deslumbrante plenitud a quien quiera contemplarla.

Así pues, como quien desea ver a Dios, que es invisible por naturaleza y de ningún modo visible, puede conocerlo y comprenderlo por sus obras, así también el que no alcanza a ver a Cristo con su entendimiento, compréndalo al menos por las obras de su cuerpo, y examine si son obras humanas u obras de Dios. 2. Y si son humanas, que se burle; pero si no son humanas, sino de Dios, que lo reconozca y no se ría de lo que no es materia de burla; sino que más bien se maraville de que por un medio tan ordinario se nos hayan manifestado las cosas divinas, y de que por la muerte la inmortalidad haya llegado a todos, y de que, por haberse hecho hombre el Verbo, se haya dado a conocer la Providencia universal y su Dador y Artífice, el mismo Verbo de Dios. 3. Porque él se hizo hombre para que nosotros fuéramos hechos Dios; y se manifestó por medio de un cuerpo para que recibiéramos la idea del Padre invisible; y soportó la insolencia de los hombres para que heredáramos la inmortalidad. Porque mientras él mismo no sufría daño alguno, siendo impasible e incorruptible, el Verbo mismo y Dios, a los hombres que sufrían, y por cuya causa soportó todo esto, los sostenía y preservaba en su propia impasibilidad. 4. Y, en una palabra, las obras del Salvador que resultan de haberse hecho hombre son de tal índole y tantas en número que, si alguien quisiera enumerarlas, podría compararse a los hombres que contemplan la extensión del mar y quieren contar sus olas. Porque así como uno no puede abarcar con los ojos la totalidad de las olas, ya que las que van llegando confunden los sentidos de quien lo intenta, así también, para quien quisiera abarcar todas las obras de Cristo en el cuerpo, es imposible abarcar el conjunto, aun contándolas, pues las que superan su pensamiento son más que las que cree haber abarcado. 5. Mejor es, pues, no pretender hablar del conjunto, cuando no se puede hacer justicia ni siquiera a una parte, sino, después de mencionar una más, dejarte a ti el conjunto para que lo admires. Porque todas son igualmente maravillosas, y adondequiera que un hombre dirija su mirada, puede contemplar en ese lado la divinidad del Verbo y quedar sobrecogido de grandísimo asombro.

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