Sobre la encarnación
Argumento de la cesación de la profecía y de la destrucción de Jerusalén

Capítulo 40 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Argumento de la cesación de la profecía y de la destrucción de Jerusalén

§40. Argumento (1) a partir de la cesación de la profecía y de la destrucción de Jerusalén; (2) a partir de la conversión de los gentiles, y esto al Dios de Moisés. ¿Qué le queda por hacer al Mesías que Cristo no haya hecho?

Así pues, los judíos están jugando con palabras, y el tiempo en cuestión, que ellos remiten al futuro, ha llegado ya. Porque ¿cuándo cesaron en Israel el profeta y la visión, sino cuando vino Cristo, el Santo de los santos? Pues es una señal y una prueba importante de la venida del Verbo de Dios que Jerusalén ya no esté en pie, ni se levante entre ellos profeta alguno ni se les revele visión alguna, y esto con toda razón. 2. Porque, una vez venido aquel a quien se significaba, ¿qué necesidad había ya de quienes lo significaran? Presente la verdad, ¿qué necesidad había ya de la sombra? Pues esta era la razón misma de que profetizaran: hasta que viniera la verdadera Justicia, y aquel que había de rescatar los pecados de todos. Y por esto Jerusalén permaneció en pie hasta entonces: para que allí se ejercitaran en las figuras como preparación para la realidad. 3. Así que, cuando vino el Santo de los santos, naturalmente la visión y la profecía quedaron selladas y el reino de Jerusalén cesó. Porque los reyes habían de ser ungidos entre ellos solo hasta que fuera ungido el Santo de los santos; y Jacob profetiza que el reino de los judíos permanecería establecido hasta él, de este modo: «No faltará príncipe de Judá, ni caudillo de sus lomos, hasta que venga lo que le está reservado; y él será la esperanza de las naciones». 4. Por eso también el Salvador mismo clamó y dijo: «La ley y los profetas profetizaron hasta Juan». Si, pues, hay ahora entre los judíos rey, o profeta, o visión, hacen bien en negar al Cristo que ha venido. Pero si no hay ni rey ni visión, sino que desde aquel tiempo toda profecía ha quedado sellada y la ciudad y el templo han sido tomados, ¿por qué son tan impíos y tan obstinados que ven lo sucedido y, aun así, niegan a Cristo, que lo ha llevado todo a cabo? ¿O por qué, viendo incluso a los paganos abandonar sus ídolos y poner su esperanza, por medio de Cristo, en el Dios de Israel, niegan a Cristo, que nació de la raíz de Isaí según la carne y desde entonces es Rey? Porque si las naciones adoraran a algún otro dios, y no confesaran al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Moisés, entonces, una vez más, harían bien en alegar que Dios no ha venido. 5. Pero si los gentiles honran al mismo Dios que dio la ley a Moisés e hizo la promesa a Abraham, y cuya palabra deshonraron los judíos, ¿por qué ignoran, o mejor dicho, por qué eligen ignorar que el Señor predicho por las Escrituras ha resplandecido sobre el mundo y se le ha manifestado en forma corporal, como dijo la Escritura: «El Señor Dios nos ha resplandecido»; y también: «Envió su palabra, y los sanó»; y también: «No un mensajero, ni un ángel, sino el Señor mismo los salvó»? 6. Su estado puede compararse al de alguien que ha perdido el juicio, que ve la tierra iluminada por el sol, pero niega el sol que la ilumina. Pues ¿qué más le queda por hacer, cuando venga, a aquel a quien esperan? ¿Llamar a los paganos? Pero ya están llamados. ¿Hacer cesar la profecía, el rey y la visión? También esto ha sucedido ya. ¿Desenmascarar la impiedad de la idolatría? Ya está desenmascarada y condenada. ¿O destruir la muerte? Ya está destruida. 7. ¿Qué, pues, no ha sucedido que el Cristo deba hacer? ¿Qué queda sin cumplir, para que los judíos puedan ahora no creer impunemente? Porque si, digo, —y esto es precisamente lo que de hecho vemos—, ya no hay entre ellos rey, ni profeta, ni Jerusalén, ni sacrificio, ni visión, sino que incluso toda la tierra está llena del conocimiento de Dios, y los gentiles, abandonando su impiedad, se refugian ahora en el Dios de Abraham por medio del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, entonces ha de ser evidente, aun para los extremadamente obstinados, que el Cristo ha venido, y que ha iluminado absolutamente a todos con su luz y les ha dado la enseñanza verdadera y divina acerca de su Padre. 8. Así se puede refutar con justicia a los judíos con estos y con otros argumentos tomados de las divinas Escrituras.

Capítulo 40 completado

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