Capítulo 32 · 3 min de lectura · 3 min de escucha
¿Quién lo verá resucitado para creer?
§32. Pero ¿quién ha de verlo resucitado, para creer? Ahora bien, Dios es siempre invisible y se le conoce solo por sus obras; y aquí las obras claman en prueba de ello. Si no crees, mira a los que creen y percibe la divinidad de Cristo. Los demonios la ven, aunque los hombres estén ciegos. Resumen del argumento hasta aquí.
Pero si, porque no se le ve, se niega que haya resucitado siquiera, ya es hora de que los que rehúsan creer nieguen el curso mismo de la naturaleza. Porque es propiedad peculiar de Dios ser a la vez invisible y, sin embargo, conocido por sus obras, como ya se ha dicho más arriba. 2. Si, pues, las obras no están ahí, hacen bien en no creer lo que no aparece. Pero si las obras claman en alta voz y lo muestran claramente, ¿por qué eligen negar la vida tan manifiestamente debida a la resurrección? Porque, aunque estén mutilados en su inteligencia, aun con los sentidos externos pueden los hombres ver el poder irrecusable y la divinidad de Cristo. 3. Porque incluso un ciego, aunque no vea el sol, con tal que perciba el calor que el sol despide, sabe que hay un sol sobre la tierra. Así también nuestros adversarios, aunque todavía no crean, por estar aún ciegos a la verdad, al menos, conociendo su poder por otros que creen, no nieguen la divinidad de Cristo ni la resurrección llevada a cabo por él. 4. Porque es evidente que, si Cristo estuviera muerto, no podría estar expulsando demonios ni despojando ídolos; pues a un muerto no le habrían obedecido los espíritus. Pero si manifiestamente son expulsados al nombrarse su nombre, ha de ser evidente que no está muerto; sobre todo porque los espíritus, que ven incluso lo que es invisible a los hombres, podrían saber si Cristo estuviera muerto y negarle toda obediencia. 5. Pero tal como son las cosas, lo que los hombres irreligiosos no creen, lo ven los espíritus —que él es Dios—, y por eso huyen y caen a sus pies, diciendo exactamente lo que proferían cuando él estaba en el cuerpo: «Sabemos quién eres, el Santo de Dios»; y: «¡Ah! ¿Qué tenemos contigo, Hijo de Dios? Te ruego que no me atormentes». 6. Puesto que, pues, los demonios lo confiesan, y sus obras le dan testimonio día tras día, ha de ser evidente —y que nadie se obstine con descaro contra la verdad— tanto que el Salvador resucitó su propio cuerpo como que es el verdadero Hijo de Dios, siendo de él, como de su Padre, su propio Verbo, y Sabiduría, y Poder, el cual en tiempos posteriores tomó un cuerpo para la salvación de todos, y enseñó al mundo acerca del Padre, y abolió la muerte, y otorgó a todos la incorrupción por la promesa de la resurrección, habiendo resucitado su propio cuerpo como primicias de ella, y habiéndolo exhibido por la señal de la cruz como trofeo de victoria sobre la muerte y su corrupción.
Capítulo 32 completado
¿Quién lo verá resucitado para creer?