Del amor de Dios ·El amor perfecto después de la resurrección

Capítulo 11 · 6 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El amor perfecto después de la resurrección

¿Qué podremos creer, entonces, de las almas ya libres de la carga de la carne? Yo las creo del todo sumergidas en las insondables profundidades de la luz eterna y de una luminosa eternidad. Pero si, como no podemos negar, todavía desean y esperan reunirse con los cuerpos que antes habitaron, es evidente que no están del todo cambiadas, sino que aún sus cuerpos reclaman alguna parte en ellas, por pequeña que sea. Y, hasta que la muerte sea del todo absorbida en victoria, hasta que la gloria de la eternidad haya penetrado cada rincón del dominio de la noche, y la claridad de la luz celestial resplandezca aun en nuestros cuerpos, hasta entonces nuestras almas nunca podrán arrojarse en Dios y darse enteramente a Él. Hasta entonces las cadenas del cuerpo aún las estorban, aunque solo sea por un afecto natural que ni quieren ni pueden abandonar; y, hasta la restitución de nuestros cuerpos, nuestras almas nunca podrán ser absorbidas en Dios, que es su perfección absoluta. Si la unión con Él pudiera consumarse por el alma sola, esta ya no desearía el cuerpo; pero cuando el alma deja el cuerpo, es ganancia, y ganancia mayor cuando vuelve a él. Finalmente, “estimada es en los ojos del Señor la muerte de sus santos”. Si tanto puede alabarse la muerte, ¿qué será de la vida? ¡Aquella vida! Bien puede el alma pensar que obtendrá aumento de gloria de su cuerpo, porque, aunque enfermo y mortal, ha contribuido en gran manera a sus méritos. “A los que aman a Dios, todas las cosas obran juntamente para bien”; y el alma que ama a Dios saca provecho de su pobre y débil cuerpo, ya viva, ya muerta, ya resucitada: viviendo, al dar con él frutos de penitencia; muerta, al descansar de su labor; resucitada, al alcanzar los dos juntos la consumación de todo gozo. Claro está, pues, que sin el cuerpo el alma no queda perfeccionada, pues en todo estado él es esencial para su bien.

El cuerpo es, pues, para el alma un fiel compañero; si es una carga, es también una ayuda; cuando deja de auxiliar, deja también de estorbar; cuando de nuevo ayuda, ya no es una carga. El primer estado es laborioso, pero provechoso; el segundo, inactivo, pero en modo alguno tedioso; y el tercero es glorioso. Oíd cómo el Esposo, en el Cantar, invita al alma a estas tres condiciones: “Comed, oh amigos, y bebed; embriagaos, amados míos”. Las almas a las que invita a comer son las que aún trabajan en sus cuerpos; a las que reposan en la muerte, las apremia a beber; a las que están de nuevo revestidas, a embriagarse; y, llamándolas sus amados, da a entender que están llenas de caridad; porque a las primeras las llama solo “amigos”, pues los que aún trabajan bajo el peso del cuerpo le son queridos según el amor que ellos le tienen. Los que están libres de la carga de la carne le son aún más queridos, por la libertad y la plenitud que su amor ha adquirido. Pero, comparados con todos estos, los más amados son los que, revestidos otra vez con la vestidura del cuerpo glorioso, son arrebatados por el amor de Dios en gozosa libertad de todo cuanto podría atraerlos hacia abajo o estorbar su vuelo hacia lo alto. No hasta quedar así perfeccionados son de tal modo librados, porque en el primer caso el cuerpo fatiga al espíritu y lo retiene; en el segundo, el cuerpo es objeto de esperanza y de deseo personal, que lleva en sí el resabio del yo. El alma fiel comienza comiendo pan, pero, ¡ay!, “con el sudor de su rostro”; porque mientras está en el cuerpo no hace sino andar por fe, la cual debe obrar por amor, pues la fe sin obras es muerta. Ahora bien, estas son las obras que son su pan, según la palabra del Señor: “Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre”. Cuando se ha despojado del cuerpo de muerte, deja de comer el pan de dolor, y, como al final de una comida, bebe largos tragos del vino del amor; pero este vino no es todavía puro, porque, como dice el Esposo en el Cantar: “He bebido mi vino con mi leche”; porque con el vino del amor de Dios el alma mezcla leche, a saber, el deseo de reunirse con su cuerpo, al que ama con la ternura del afecto natural. Ya siente la fuerza del amor divino que bebe, pero este aún no la arrebata; la mezcla de leche todavía lo templa. La embriaguez turba el espíritu de suerte que se olvida de sí mismo; pero ese no es el estado del alma que aún suspira por su cuerpo, el cual está todavía por resucitar. No pierde del todo el sentido de sí. Mas cuando haya recobrado esta única cosa que le falta, ¿qué impide que se arroje del todo en Dios, perdiendo aun su propia semejanza, al ser hecha semejante a Él? No quedando ya obstáculo alguno, puede llevar a sus labios la copa de la sabiduría, de la cual está escrito: “Mi cáliz, que me embriaga, ¡cuán bueno es!”; y ¿quién ha de maravillarse de que sea arrebatada por la abundancia que llena la casa de Dios? Libre de todo cuidado, bebe, en el Reino del Padre, largos y tranquilos tragos del vino del Hijo, puro y nuevo.

Es la sabiduría la que da este triple banquete, donde todo el alimento es caridad. Da pan a los que todavía han de trabajar, vino para que beban los que ya disfrutan del descanso, y embriaga a los que han entrado en el reino de los cielos. Cuando sus convidados han comido, les sirve vino. Mientras trabajamos en esta vida, llevando sobre nosotros un cuerpo mortal, debemos comer del pan que nuestra labor nos ha procurado; debemos comerlo con fatiga y tragarlo; pero, apenas hemos exhalado nuestro último suspiro, comenzamos a beber en nuestra vida espiritual, recibiendo la copa, y bebiendo en dichoso reposo. Cuando todo se ha cumplido, y el cuerpo ha resucitado a la vida y ha sido restituido al alma, beben hasta la embriaguez del cáliz que nunca falta. Este es el sentido de aquellas palabras: “Comed, oh amigos, y bebed; embriagaos, amados míos”. En esta vida, comed; después de la muerte, beberéis; en el reino de la resurrección, os embriagaréis; vosotros, a quienes bien puedo llamar mis amados. ¿No lo son en verdad los que son admitidos a las bodas del Cordero, que se sientan a su mesa, comiendo y bebiendo en su reino, cuando “se presente a sí mismo una iglesia gloriosa, que no tenga mancha ni arruga, ni cosa semejante”? Entonces embriagará a sus amados, derramando sobre ellos un “torrente de deleites”; porque cuando el Esposo estreche a la Esposa en su amoroso y casto abrazo, un torrente de deleite alegrará la Ciudad de Dios, que yo entiendo no ser otra que el Hijo de Dios, quien, “pasando, servirá a los que están sentados a la mesa”. Así ha prometido que los justos festejarán, y se regocijarán delante de Dios, y serán deleitados con alegría. De allí viene la saciedad que nunca se sacia; el ardor que es insaciable, y sin embargo calmísimo y apacible; el eterno e incomparable deseo de poseer, que no nace de ninguna carencia; aquella embriaguez sin exceso, que viene del disfrute, no del vino, sino de Dios y de su Verdad. El alma ha alcanzado para siempre el cuarto grado del amor, cuando ama solo a Dios, y le ama sumamente; cuando ama sin ganancia alguna, por Él solo; de suerte que Él es su recompensa, el eterno galardón de los que le aman, y le amarán para siempre.

FRAGMENTOS DE UNA

Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

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