Capítulo 15 · 9 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración y la casa de Dios
“Y caro me es el fuerte ‘Amén’, que resuena por la bendita morada; que se alza, y cae, y de nuevo se alza, muere en los muros, ¡mas vive con Dios!”
LA oración está relacionada con lugares, tiempos, ocasiones y circunstancias. Tiene que ver con Dios y con todo lo que se relaciona con Dios, y guarda una relación íntima y especial con su casa. Una iglesia es un lugar sagrado, apartado de todo uso profano y secular, para la adoración de Dios. Como la adoración es oración, la casa de Dios es un lugar apartado para la adoración. No es un lugar común; es donde Dios mora, donde se encuentra con su pueblo, y se deleita en la adoración de sus santos.
La oración siempre está en su lugar en la casa de Dios. Cuando la oración es allí una extraña, entonces deja de ser en absoluto la casa de Dios. Nuestro Señor puso singular énfasis en lo que la Iglesia había de ser cuando echó fuera a los que compraban y vendían en el Templo, repitiendo las palabras de Isaías: “Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada.” Él hace preeminente la oración, aquello que resalta por encima de todo lo demás en la casa de Dios. Quienes desvían la oración a un lado, o buscan menguarla y darle un lugar secundario, pervierten la Iglesia de Dios, y la hacen algo menor y distinto de lo que está ordenada a ser.
La oración está perfectamente en casa en la casa de Dios. No es una extraña, ni mera huésped; pertenece allí. Tiene una peculiar afinidad con el lugar, y tiene, además, un derecho divino a estar allí, habiendo sido puesta en él por designio y aprobación divinos.
El aposento interior es un lugar sagrado para la adoración personal. La casa de Dios es un lugar santo para la adoración unida. El aposento de oración es para la oración individual. La casa de Dios es para la oración mutua, la oración concertada, la oración unida. Y sin embargo, aun en la casa de Dios, hay el elemento de la adoración privada, pues el pueblo de Dios ha de adorarle y orarle personalmente, aun en la adoración pública. La Iglesia es para la oración unida de creyentes emparentados, aunque individuales.
La vida, el poder y la gloria de la Iglesia es la oración. La vida de sus miembros depende de la oración, y la presencia de Dios se asegura y se retiene por la oración. El lugar mismo se hace sagrado por su ministerio. Sin ella, la Iglesia es sin vida e impotente. Sin ella, aun el edificio mismo no es nada más, ni otra cosa, que cualquier otra estructura. La oración convierte hasta los ladrillos, la argamasa y la madera en un santuario, un lugar santísimo, donde mora la Shekiná. La separa, en espíritu y propósito, de todos los demás edificios. La oración da una peculiar sacralidad al edificio, lo santifica, lo aparta para Dios, lo preserva de todos los asuntos comunes y mundanos.
Con oración, aunque se supusiera que a la casa de Dios le falta todo lo demás, viene a ser un santuario divino. Así el Tabernáculo, moviéndose de lugar en lugar, llegaba a ser el lugar santísimo, porque allí había oración. Sin oración, el edificio puede ser costoso, perfecto en todos sus enseres, hermoso por su emplazamiento y atractivo a la vista, pero desciende a lo humano, sin nada divino en él, y queda al nivel de todos los demás edificios.
Sin oración, una iglesia es como un cuerpo sin espíritu; es una cosa muerta e inanimada. Una iglesia con oración en ella, tiene a Dios en ella. Cuando se pone a un lado la oración, Dios queda proscrito. Cuando la oración llega a ser un ejercicio desconocido, entonces Dios mismo es allí un extraño.
Como la casa de Dios es casa de oración, la intención divina es que las personas dejen sus hogares y vayan a encontrarse con Él en su propia casa. El edificio está apartado especialmente para la oración, y como Dios ha hecho promesa especial de encontrarse allí con su pueblo, es deber de este ir allí, y para ese fin específico. La oración debiera ser el principal atractivo para todos los que van a la iglesia con mente espiritual. Aunque se concede que la predicación de la Palabra tiene un lugar importante en la casa de Dios, la oración es, con todo, su rasgo predominante y distintivo. No es que todos los demás lugares sean pecaminosos, o malos, en sí mismos o en sus usos. Pero son seculares y humanos, sin ninguna concepción especial de Dios en ellos. La Iglesia es, esencialmente, religiosa y divina. La obra que pertenece a otros lugares se hace sin especial referencia a Dios. Él no es reconocido específicamente, ni invocado. En la Iglesia, en cambio, Dios es reconocido, y nada se hace sin Él. La oración es la única señal distintiva de la casa de Dios. Como la oración distingue a las personas cristianas de las no cristianas, así la oración distingue la casa de Dios de todas las demás casas. Es un lugar donde los creyentes fieles se encuentran con su Señor.
Como la casa de Dios es, preeminentemente, casa de oración, la oración debiera entrar en todo lo que allí se emprende, y subyacer a ello. La oración pertenece a toda clase de obra que corresponde a la Iglesia de Dios. Como la casa de Dios es una casa donde se lleva a cabo el negocio de orar, así también es un lugar donde se realiza el negocio de hacer, de personas sin oración, personas de oración. La casa de Dios es un taller divino, y allí prosigue la obra de la oración. O la casa de Dios es una escuela divina, en la que se enseña la lección de la oración; donde hombres y mujeres aprenden a orar, y donde se gradúan, en la escuela de la oración.
Cualquier iglesia que se llame la casa de Dios, y no magnifique la oración; que no ponga la oración en la vanguardia de sus actividades; que no enseñe la gran lección de la oración, debiera cambiar su enseñanza para conformarse al patrón divino, o cambiar el nombre de su edificio por algo distinto de una casa de oración.
En una página anterior, hicimos referencia al hallazgo del Libro de la Ley del Señor dado a Moisés. Cuánto tiempo había estado allí ese libro, no lo sabemos. Pero cuando la noticia de su descubrimiento fue llevada a Josías, rasgó sus vestiduras y se turbó grandemente. Lamentó el descuido de la Palabra de Dios, y vio, como resultado natural, la iniquidad que abundaba por toda la tierra.
Y entonces Josías pensó en Dios, y mandó a Hilcías, el sacerdote, que fuera a consultar al Señor. Tan grave asunto era semejante descuido de la Palabra de la Ley, que no podía tratarse a la ligera, y era menester consultar a Dios, y mostrar arrepentimiento, él mismo y la nación:
“Andad, e inquirid de Jehová por mí, y por el remanente de Israel y de Judá, acerca de las palabras del libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha derramado sobre nosotros, por cuanto nuestros padres no guardaron la palabra de Jehová, para hacer conforme a todo lo que está escrito en este libro.”
Pero eso no fue todo. Josías estaba empeñado en promover un avivamiento de la religión en su reino, de modo que le hallamos reuniendo a todos los ancianos de Jerusalén y de Judá con ese fin. Cuando se hubieron reunido, el rey entró en la casa del Señor, y él mismo leyó todas las palabras del Libro del Pacto que se había hallado en la casa del Señor.
Para este rey justo, la Palabra de Dios era de gran importancia. La estimaba en su justo valor, y consideraba el conocimiento de ella de tan grave importancia, que demandaba consultar a Dios en oración acerca de ella, y justificaba reunir a los notables de su reino, para que ellos, junto con él mismo, fuesen instruidos del Libro de Dios acerca de la Ley de Dios.
Cuando Esdras, vuelto de Babilonia, procuraba la reconstrucción de su nación, el pueblo mismo estaba atento a la situación y, en cierta ocasión, los sacerdotes, levitas y el pueblo se reunieron como un solo hombre delante de la puerta de las Aguas.
“Y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había mandado a Israel. Y Esdras el sacerdote trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres, y de todos los que podían entender. Y leyó en él delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley.”
Este fue el Día de la Lectura de la Biblia en Judá: un verdadero avivamiento del estudio de la Escritura. Los jefes leyeron la ley delante del pueblo, cuyos oídos estaban ávidos por oír lo que Dios tenía que decirles del Libro de la Ley. Pero no fue solamente un día de lectura de la Biblia. Fue un tiempo en que se hizo verdadera predicación, como indica el pasaje siguiente:
“Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.”
He aquí, pues, la definición bíblica de la predicación. No puede darse mejor definición. Leer la Palabra de Dios claramente —leerla de modo que el pueblo pudiera oír y entender las palabras leídas; no mascullar las palabras, ni leerla en voz baja o con imprecisión, sino con brío y claridad—: ese fue el método seguido en Jerusalén, en aquel día propicio. Además: el sentido de las palabras se hizo claro en la reunión celebrada delante de la puerta de las Aguas; al pueblo se le brindó un alto tipo de predicación expositiva. Aquella fue verdadera predicación: predicación de la clase que hoy tanto se necesita, a fin de que la Palabra de Dios tenga el debido efecto en los corazones del pueblo. Esta reunión en Jerusalén contiene, sin duda, una lección que todos los predicadores de hoy debieran aprender y atender.
Nadie que tenga algún conocimiento de los hechos existentes negará la relativa escasez de predicación expositiva en la labor del púlpito de hoy. Y ninguno, al menos así lo imaginamos, hará otra cosa que lamentar esa escasez. La predicación temática, la predicación polémica, la predicación histórica, y otras formas de producción sermonaria tienen, se supone, sus usos legítimos y oportunos. Pero la predicación expositiva —la exposición, hecha con oración, de la Palabra de Dios— es predicación que sí es predicación: labor de púlpito por excelencia.
Para lograrlo con éxito, sin embargo, el predicador ha de ser hombre de oración. Por cada hora pasada en su sillón de estudio, tendrá que pasar dos de rodillas. Por cada hora que dedique a luchar con un pasaje oscuro de la Sagrada Escritura, ha de tener dos en las que se le halle luchando con Dios. Oración y predicación: ¡predicación y oración! No pueden separarse. El antiguo grito era: “¡A tus tiendas, Israel!” El grito moderno debiera ser: “¡A vuestras rodillas, oh predicadores, a vuestras rodillas!”