Capítulo 6 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
Qué es mortificar un pecado, considerado negativamente
El propósito principal de todo el discurso expuesto — Se plantea el primer gran caso de conciencia — Qué es mortificar cualquier pecado, considerado negativamente — No es su destrucción total en esta vida — No es disimularlo — No es el perfeccionamiento de algún principio natural — No es desviarlo — No es una victoria ocasional — Las victorias ocasionales sobre el pecado: qué son y cuándo se dan; tras una irrupción del pecado; en tiempo de peligro o de aflicción.
Sentadas estas cosas, paso a mi intención principal: tratar algunas cuestiones o casos prácticos que se presentan en este asunto de la mortificación del pecado en los creyentes.
La primera, que es la cabeza de todas las demás y a la cual estas se reducen, puede considerarse contenida en la siguiente propuesta: —
Supón que un hombre es un verdadero creyente y, sin embargo, halla en sí un poderoso pecado que mora en él, que lo lleva cautivo a su ley, le consume el corazón de aflicción, le turba los pensamientos, le debilita el alma en cuanto a los deberes de comunión con Dios, le inquieta en cuanto a la paz, y quizá le contamina la conciencia y lo expone a endurecerse por el engaño del pecado: ¿qué hará? ¿Qué camino tomará y seguirá con firmeza para mortificar este pecado, concupiscencia, dolencia o corrupción, hasta tal punto que, aunque no quede destruido por completo, pueda sin embargo, en su lucha contra él, mantener poder, fuerza y paz en la comunión con Dios?
En respuesta a esta importante pregunta, haré lo siguiente: —
I. Mostrar qué es mortificar un pecado, tanto negativa como positivamente, para que no nos equivoquemos en el fundamento.
II. Dar instrucciones generales acerca de aquellas cosas sin las cuales será absolutamente imposible que nadie logre mortificar verdadera y espiritualmente pecado alguno.
III. Exponer los pasos particulares por los cuales esto ha de hacerse; teniendo presente a lo largo de toda esta consideración que no estoy tratando de la doctrina de la mortificación en general, sino solo en relación con el caso particular propuesto antes.
I. 1. (1.) Mortificar un pecado no es matarlo del todo, arrancarlo de raíz y destruirlo, de modo que no tenga ya ningún asidero ni morada en nuestro corazón. Es verdad que a esto se apunta; pero no es algo que haya de lograrse en esta vida. No hay hombre que se disponga de veras a mortificar un pecado que no apunte a su destrucción total, que no la busque y la desee, de modo que no deje ni raíz ni fruto en el corazón ni en la vida. Quisiera matarlo de tal manera que nunca más se moviera ni se agitara, ni clamara ni llamara, ni sedujera ni tentara, por toda la eternidad. Lo que se busca es su no ser. Ahora bien, aunque sin duda por el Espíritu y la gracia de Cristo puede alcanzarse un éxito admirable y una eminente victoria contra cualquier pecado, de modo que un hombre llegue a triunfar sobre él casi constantemente, no ha de esperarse en esta vida darle muerte y destruirlo del todo, de modo que deje de existir. Así nos lo asegura Pablo, Filipenses 3:12: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto». Él era un santo escogido, un modelo para los creyentes, que en fe y amor, y en todos los frutos del Espíritu, no tenía igual en el mundo, y por eso se atribuye perfección a sí mismo en comparación con otros, versículo 15; con todo, no lo había «alcanzado», no era «perfecto», sino que iba «prosiguiendo»: todavía tenía un cuerpo vil, como lo tenemos nosotros, que al fin ha de ser transformado por el gran poder de Cristo, versículo 21. Esto quisiéramos tener; pero Dios ve que lo mejor para nosotros es que no seamos completos en nada en nosotros mismos, para que en todas las cosas estemos «completos en Cristo», lo cual es lo mejor para nosotros, Colosenses 2:10.
(2.) Creo que no necesito decir que no es la disimulación de un pecado. Cuando un hombre, por ciertas consideraciones externas, abandona la práctica de algún pecado, quizá los hombres lo tengan por un hombre cambiado. Dios sabe que a su iniquidad anterior ha añadido una maldita hipocresía y que ha tomado un camino más seguro hacia el infierno que el que llevaba antes. Ha adquirido un corazón distinto del que tenía, más astuto; no un corazón nuevo, más santo.
(3.) La mortificación del pecado no consiste en el cultivo de un temperamento tranquilo y sosegado. Algunos hombres tienen la ventaja, por su constitución natural, de no estar expuestos a la violencia de pasiones desordenadas y afectos tumultuosos como lo están muchos otros. Que estos hombres cultiven y perfeccionen su disposición y temperamento naturales mediante la disciplina, la reflexión y la prudencia, y podrán parecer, a sí mismos y a otros, hombres muy mortificados, cuando quizá su corazón sea una cloaca permanente de toda abominación. Quizá un hombre no se vea tan turbado en toda su vida por la ira y el arrebato, ni turbe a otros con ellos, como otro lo está casi cada día; y, sin embargo, este último ha hecho más para mortificar ese pecado que el primero. No midan tales personas su mortificación por cosas a las que su temperamento natural no da vida ni vigor. Pónganse a prueba en la abnegación, la incredulidad, la envidia o algún otro pecado espiritual semejante, y tendrán una visión más justa de sí mismas.
(4.) Un pecado no está mortificado cuando solo ha sido desviado. Simón el mago dejó por un tiempo sus hechicerías; pero su codicia y su ambición, que lo ponían en acción, seguían allí y habrían obrado de otro modo. Por eso Pedro le dice: «En hiel de amargura veo que estás»; «A pesar de la profesión que has hecho, a pesar de que has renunciado a tus hechicerías, tu concupiscencia es en ti tan poderosa como siempre; es la misma concupiscencia, solo que sus corrientes han sido desviadas. Ahora se ejerce y se manifiesta por otro camino, pero sigue siendo la vieja hiel de amargura». Un hombre puede ser consciente de una concupiscencia, oponerse a sus irrupciones, cuidar de que no estalle como lo ha hecho, y entretanto permitir que el mismo hábito corrompido se desahogue por otro lado; como quien cura y cierra en falso una llaga que supura y se cree sanado, mientras su carne se infecta por la corrupción del mismo humor y revienta en otro lugar. Y esta desviación, con los cambios que la acompañan, sobreviene a menudo a los hombres por causas del todo ajenas a la gracia: un cambio en el curso de vida que llevaba el hombre, en sus relaciones, intereses y designios puede producirla; más aún, los mismos cambios en la constitución de los hombres, ocasionados por el avance natural de los años, pueden producir mudanzas semejantes. Los hombres de edad no suelen persistir en la búsqueda de las pasiones juveniles, aunque nunca hayan mortificado ninguna de ellas. Y lo mismo ocurre cuando se truecan las concupiscencias, y se deja de servir a una para servir a otra. El que cambia el orgullo por la mundanalidad, la sensualidad por el fariseísmo, la vanidad propia por el desprecio de los demás, no piense que ha mortificado el pecado que parece haber dejado. Ha cambiado de amo, pero sigue siendo siervo.
(5.) Las victorias ocasionales sobre el pecado no equivalen a mortificarlo.
Hay dos ocasiones o momentos en que a un hombre que lucha contra algún pecado puede parecerle que lo ha mortificado: —
[1.] Cuando ha tenido alguna triste irrupción, para turbación de su paz, terror de su conciencia, temor del escándalo y evidente provocación a Dios. Esto despierta y agita todo lo que hay en el hombre, lo deja atónito, lo llena de aborrecimiento del pecado, y de sí mismo por causa de él; lo envía a Dios, le hace clamar como quien clama por su vida, aborrecer su concupiscencia como al infierno y ponerse en contra de ella. Estando ahora despierto el hombre entero, espiritual y natural, el pecado esconde la cabeza, no aparece, sino que yace como muerto delante de él; como cuando uno que se ha acercado de noche a un ejército ha dado muerte a un personaje principal: al instante despiertan los guardias, se alerta a los hombres y se busca rigurosamente al enemigo, el cual entretanto, hasta que pasan el ruido y el tumulto, se esconde o yace como muerto, pero con la firme resolución de volver a hacer el mismo daño en la próxima ocasión semejante. Ante el pecado que hubo entre los corintios, mira cómo se movilizan para sorprenderlo y destruirlo, 2 Corintios 7:11. Así sucede en una persona cuando su concupiscencia, en alguna irrupción de pecado actual, ha abierto una brecha en su conciencia, en su sosiego y quizá en su reputación: la solicitud, la indignación, el deseo, el temor y la vindicación se ponen todos en acción en torno a ella y contra ella, y la concupiscencia queda quieta por un tiempo, abatida ante ellos; pero cuando ha pasado el apuro y concluido la pesquisa, el ladrón aparece otra vez vivo y tan ocupado como siempre en su obra.
[2.] En un tiempo de algún juicio, calamidad o aflicción apremiante, el corazón se ocupa entonces en pensamientos y planes para huir de las aflicciones, temores y peligros presentes. Esto, según concluye una persona convencida de pecado, solo puede lograrse renunciando al pecado, lo cual alcanza paz con Dios. Lo que hiere a una persona convencida de pecado en toda aflicción es la ira de Dios. Para librarse de ella, los hombres toman en tales tiempos resoluciones contra sus pecados. El pecado nunca más tendrá lugar en ellos; nunca más se entregarán a su servicio. En consecuencia, el pecado queda quieto, no se mueve, parece mortificado; no, a la verdad, porque haya recibido una sola herida, sino solo porque el alma ha ocupado sus facultades, por las cuales el pecado habría de ejercerse, con pensamientos incompatibles con sus impulsos; y, cuando estos se dejan a un lado, el pecado vuelve otra vez a su vida y vigor anteriores. Así, los del Salmo 78:32–37 son un ejemplo y una descripción completos de esta disposición de espíritu de la que hablo: «Con todo esto pecaron aún, y no dieron crédito a sus maravillas. Por tanto, consumió en vanidad sus días, y sus años en tribulación. Si los mataba, entonces buscaban a Dios; y se volvían y buscaban de madrugada a Dios. Y se acordaban de que Dios era su refugio, y el Dios Altísimo su redentor. Pero le lisonjeaban con su boca, y con su lengua le mentían; pues sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto». No dudo en absoluto de que, cuando buscaban, se volvían y buscaban de madrugada a Dios, lo hacían con pleno propósito de corazón en cuanto a renunciar a sus pecados; así lo expresa la palabra «se volvían». Volverse o tornarse al Señor es renunciar al pecado. Esto lo hacían «de madrugada», es decir, con fervor y diligencia; y, sin embargo, su pecado seguía sin mortificar a pesar de todo, versículos 36, 37. Y este es el estado de muchas humillaciones en los días de aflicción, y en ello reside a menudo un gran engaño en el corazón de los mismos creyentes.
De estas y de muchas otras maneras las pobres almas se engañan a sí mismas y suponen que han mortificado sus concupiscencias, cuando estas viven y son poderosas, y en cada ocasión estallan, para su turbación e inquietud.
Capítulo 6 completado
Qué es mortificar un pecado, considerado negativamente