La mortificación del pecado en los creyentes
El Espíritu es el único autor de esta obra

Capítulo 4 · 12 min de lectura · 15 min de escucha

El Espíritu es el único autor de esta obra

Se propone para su confirmación el segundo principio general, acerca de los medios de la mortificación — El Espíritu, único autor de esta obra — Se descubre la vanidad de la mortificación papista — Muchos de los medios que usan no han sido señalados por Dios — Los que él ha señalado, mal usados — Los errores de otros en este asunto — El Espíritu es prometido a los creyentes para esta obra, Ezequiel 11:19; 36:26 — Todo lo que recibimos de Cristo es por el Espíritu — Cómo mortifica el Espíritu el pecado — Gálatas 5:19–23 — Se proponen los diversos modos de su operación con este fin — Cómo es obra suya y deber nuestro.

El siguiente principio se refiere a la gran causa soberana de la mortificación de que tratamos; la cual, en las palabras puestas como fundamento de este discurso, se dice que es el Espíritu, — es decir, el Espíritu Santo, como se demostró.

II. Solo él es suficiente para esta obra; todos los caminos y medios sin él son como cosa de nada; y él es su gran causa eficiente, — obra en nosotros como le place.

1. En vano buscan los hombres otros remedios; no serán sanados por ellos. Es sabido cuántos caminos diversos se han prescrito para esto, para que el pecado sea mortificado. La mayor parte de la religión papista, de aquello que en su profesión más se parece a la religión, consiste en caminos y medios equivocados de mortificación. Este es el pretexto de sus vestiduras ásperas, con las que engañan. Sus votos, órdenes, ayunos y penitencias están todos edificados sobre este fundamento; todos son para mortificar el pecado. Sus predicaciones, sermones y libros de devoción apuntan todos en esta dirección. De ahí que quienes interpretan las langostas que salieron del pozo del abismo, Apocalipsis 9:3, como los frailes de la iglesia romana, de quienes se dice que atormentan a los hombres de tal modo «que buscaran la muerte y no la hallaran», versículo 6, piensan que lo hacían por medio de sus sermones punzantes, con los que los convencían de pecado; pero, no siendo capaces de descubrirles el remedio para sanarlo y mortificarlo, los mantenían en tal angustia y terror perpetuos, y en tal turbación de conciencia, que deseaban morir. Esto, digo, es la sustancia y la gloria de su religión; pero entre su afán por mortificar criaturas muertas, ignorando la naturaleza y el fin de la obra, — y el veneno que le mezclaron, en su persuasión de que tiene mérito, y aun supererogación (como llaman, con un título soberbio y bárbaro, a su mérito innecesario), — su gloria es su vergüenza. Pero de ellos y de su mortificación se dirá más adelante, en el capítulo 7.

Es sabido que los caminos y medios para la mortificación del pecado inventados por ellos siguen siendo urgidos y prescritos, con el mismo fin, por algunos que deberían tener más luz y conocimiento del evangelio. Algunos han dado últimamente instrucciones de este tipo, y otros que se dicen protestantes las acogen con avidez, tales como habrían convenido a devotos papistas de hace tres o cuatro siglos. Tales esfuerzos exteriores, tales ejercicios corporales, tales obras propias, tales deberes meramente legales, sin la menor mención de Cristo ni de su Espíritu, se barnizan con palabras infladas de vanidad como los únicos medios y recursos para la mortificación del pecado, que descubren un desconocimiento profundamente arraigado del poder de Dios y del misterio del evangelio. La consideración de esto fue uno de los motivos para publicar este sencillo discurso.

Ahora bien, las razones por las que los papistas nunca pueden, con todos sus esfuerzos, mortificar verdaderamente un solo pecado, son, entre otras: —

(1.) Porque muchos de los caminos y medios que usan y en que insisten con este fin nunca fueron señalados por Dios para ese propósito. (Pues no hay nada en la religión que tenga eficacia alguna para alcanzar un fin, sino que la tiene porque Dios lo ha señalado para ese propósito.) Tales son sus vestiduras ásperas, sus votos, penitencias, disciplinas, su régimen de vida monástica y otras cosas semejantes; acerca de todas las cuales dirá Dios: «¿Quién demandó esto de vuestras manos?», y: «En vano me honráis, enseñando como doctrinas tradiciones de hombres». De la misma naturaleza son diversas mortificaciones que otros se imponen a sí mismos.

(2.) Porque las cosas que Dios ha señalado como medios no las usan en el lugar y orden debidos, — tales como la oración, el ayuno, la vigilancia, la meditación y otras semejantes. Estas tienen su uso en el asunto que tratamos; pero, mientras que todas han de ser vistas como arroyos, ellos las tienen por la fuente. Mientras que producen y alcanzan el fin solo como medios, subordinados al Espíritu y a la fe, ellos piensan que lo logran en virtud de la obra realizada. Si ayunan tanto, y oran tanto, y guardan sus horas y tiempos, la obra está hecha. Como dice el apóstol de algunos en otro caso: «Siempre están aprendiendo, y nunca llegan al conocimiento de la verdad»; así ellos están siempre mortificando, pero nunca llegan a una mortificación sólida. En una palabra, tienen diversos medios para mortificar al hombre natural, en cuanto a la vida natural que llevamos aquí; ninguno para mortificar la concupiscencia o la corrupción.

Este es el error general de los hombres que ignoran el evangelio acerca de esta cuestión; y está en el fondo de buena parte de la superstición y el culto voluntario que se han introducido en el mundo. ¡Qué horribles maceraciones de sí mismos practicaron algunos de los antiguos autores de la devoción monástica! ¡Qué violencia hicieron a la naturaleza! ¡A qué extremos de sufrimiento se sometieron! Examina hasta el fondo sus caminos y principios, y hallarás que no tenían otra raíz que este error: que, intentando una mortificación rigurosa, se lanzaron contra el hombre natural en lugar del viejo hombre corrompido, — contra el cuerpo en que vivimos en lugar del cuerpo de muerte.

Tampoco lo logrará el papismo natural que hay en otros. Los hombres se sienten heridos por la culpa de un pecado que los ha vencido; al instante se prometen a sí mismos y a Dios que no lo harán más; velan sobre sí mismos y oran por una temporada, hasta que este ardor se enfría y el sentimiento del pecado se desgasta; y así se va también la mortificación, y el pecado vuelve a su antiguo dominio. Los deberes son un alimento excelente para un alma débil; no son medicina para un alma enferma. El que convierte su comida en su medicina no ha de esperar gran efecto. Los enfermos espirituales no pueden sudar su dolencia a fuerza de trabajar. Pero este es el camino de los hombres que engañan su propia alma, como veremos después.

Que ninguno de estos caminos es suficiente se ve claramente por la naturaleza misma de la obra que ha de hacerse; es una obra que requiere tantas acciones concurrentes que ningún esfuerzo propio puede alcanzarlas, y es de tal clase que para realizarla se necesita una energía todopoderosa; como se mostrará después.

2. Es, pues, obra del Espíritu. Porque: —

(1.) Él es prometido por Dios para sernos dado a fin de hacer esta obra. El quitar el corazón de piedra, — es decir, el corazón obstinado, soberbio, rebelde e incrédulo, — es en general la obra de mortificación de que tratamos. Ahora bien, siempre se promete que esto será hecho por el Espíritu, Ezequiel 11:19; 36:26: «Daré mi Espíritu, y quitaré el corazón de piedra»; y por el Espíritu de Dios se realiza esta obra cuando todos los medios fallan, Isaías 57:17, 18.

(2.) Toda nuestra mortificación la tenemos por don de Cristo, y todos los dones de Cristo se nos comunican y se nos dan por el Espíritu de Cristo: «Sin Cristo nada podemos hacer», Juan 15:5. Todas las comunicaciones de provisión y socorro que vienen de él, en el comienzo, el crecimiento y el ejercicio de cualquier gracia, son por el Espíritu, por medio del cual únicamente obra él en los creyentes y sobre ellos. De él tenemos nuestra mortificación: «Ha sido exaltado y hecho Príncipe y Salvador, para darnos arrepentimiento», Hechos 5:31; y de nuestro arrepentimiento, nuestra mortificación no es pequeña parte. ¿Cómo lo hace? Habiendo «recibido la promesa del Espíritu Santo», lo envía con ese fin, Hechos 2:33. Conoces las múltiples promesas que hizo de enviar el Espíritu, como dice Tertuliano, «Vicariam navare operam», para hacer en nosotros las obras que él tenía que llevar a cabo.

La resolución de una o dos cuestiones me acercará ahora más a lo que principalmente me propongo.

La primera es: ¿Cómo mortifica el Espíritu el pecado?

Respondo, en general, que de tres maneras:—

[1.] Haciendo que nuestro corazón abunde en gracia y en los frutos que son contrarios a la carne, y a sus frutos y a los principios de ellos. Así opone el apóstol los frutos de la carne y los del Espíritu: «Los frutos de la carne», dice, «son tales y tales», Gálatas 5:19–21; «pero», dice, «los frutos del Espíritu son del todo contrarios, de otra clase enteramente», versículos 22, 23. Sí; pero ¿y si estos están en nosotros y abundan, no pueden abundar también los otros? No, dice él, versículo 24: «Los que son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias». Pero ¿cómo? Pues, versículo 25, «viviendo en el Espíritu y andando conforme al Espíritu»; — es decir, por la abundancia de estas gracias del Espíritu en nosotros, y andando conforme a ellas. Porque, dice el apóstol, «estas cosas se oponen la una a la otra», versículo 17; de modo que no pueden estar ambas en el mismo sujeto en un grado intenso o elevado. Esta «renovación del Espíritu Santo», como se la llama en Tito 3:5, es uno de los grandes caminos de la mortificación; él nos hace crecer, prosperar, florecer y abundar en aquellas gracias que son contrarias, opuestas y destructoras de todos los frutos de la carne, y de la quietud o prosperidad del mismo pecado que mora en nosotros.

[2.] Por una eficacia real y física sobre la raíz y el hábito del pecado, para debilitarlo, destruirlo y quitarlo. Por eso se le llama «Espíritu de juicio y de ardimiento», Isaías 4:4, que realmente consume y destruye nuestras concupiscencias. Quita el corazón de piedra con una eficacia todopoderosa; porque así como comienza la obra en cuanto a su clase, la lleva adelante en cuanto a sus grados. Él es el fuego que quema la raíz misma de la concupiscencia.

[3.] Trae la cruz de Cristo al corazón del pecador por la fe, y nos da comunión con Cristo en su muerte y participación en sus padecimientos; de lo cual, en cuanto al modo, se hablará más después.

En segundo lugar. Si esta es obra del Espíritu solo, ¿cómo es que se nos exhorta a ella? — puesto que solo el Espíritu de Dios puede hacerla, déjese la obra enteramente a él.

[1.] No es obra del Espíritu de otro modo que como lo son todas las gracias y buenas obras que hay en nosotros. Él es quien en nosotros «produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad», Filipenses 2:13; obra en nosotros «todas nuestras obras», Isaías 26:12, — «la obra de fe con poder», 2 Tesalonicenses 1:11; Colosenses 2:12; nos hace orar, y es «Espíritu de oración», Romanos 8:26; Zacarías 12:10; y sin embargo se nos exhorta, y se nos ha de exhortar, a todas estas cosas.

[2.] No obra nuestra mortificación en nosotros de tal manera que deje de ser un acto de nuestra obediencia. El Espíritu Santo obra en nosotros y sobre nosotros conforme a lo que somos aptos para que se obre en nosotros y sobre nosotros; es decir, de modo que preserva nuestra propia libertad y nuestra libre obediencia. Obra sobre nuestro entendimiento, voluntad, conciencia y afectos de manera conforme a su propia naturaleza; obra en nosotros y con nosotros, no contra nosotros ni sin nosotros; de modo que su ayuda es un estímulo, en cuanto facilita la obra, y no una ocasión de descuido en cuanto a la obra misma. Y ciertamente podría lamentar aquí el trabajo interminable y necio de pobres almas que, convencidas de pecado y no pudiendo resistir el poder de sus convicciones, se aplican, por innumerables caminos y deberes desconcertantes, a mantener sujeto el pecado; pero, siendo extrañas al Espíritu de Dios, todo es en vano. Combaten sin victoria, tienen guerra sin paz, y están en esclavitud todos sus días. Gastan sus fuerzas en lo que no es pan, y su trabajo en lo que no aprovecha.

Esta es la guerra más triste en que puede verse empeñada una pobre criatura. Un alma bajo el poder de la convicción de la ley es empujada a pelear contra el pecado, pero no tiene fuerza para el combate. No pueden dejar de pelear, y nunca pueden vencer; son como hombres arrojados contra la espada de sus enemigos a propósito para que los maten. La ley los empuja adelante, y el pecado los rechaza. A veces piensan, ciertamente, que han derrotado al pecado, cuando solo han levantado una polvareda que les impide verlo; es decir, alteran sus afectos naturales de temor, tristeza y angustia, lo cual les hace creer que el pecado ha sido vencido cuando ni siquiera ha sido tocado. Para cuando se han enfriado, tienen que volver a la batalla; y la concupiscencia que creían muerta resulta no haber tenido herida alguna.

Y si el caso es tan triste para los que trabajan y se esfuerzan, y sin embargo no entran en el reino, ¿cuál es la condición de los que desprecian todo esto; que están perpetuamente bajo el poder y el dominio del pecado, y les gusta que así sea; y que no se turban por nada sino porque no pueden proveer lo suficiente para la carne, a fin de satisfacer sus concupiscencias?

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