La mortificación del pecado en los creyentes
La necesidad de la mortificación: deber de los mejores creyentes

Capítulo 3 · 19 min de lectura · 24 min de escucha

La necesidad de la mortificación: deber de los mejores creyentes

Se propone para su confirmación la afirmación principal acerca de la necesidad de la mortificación — La mortificación, deber de los mejores creyentes, Colosenses 3:5; 1 Corintios 9:27 — El pecado que mora en nosotros permanece siempre; no hay perfección en esta vida, Filipenses 3:12; 1 Corintios 13:12; 2 Pedro 3:18; Gálatas 5:17, etc. — La actividad del pecado que permanece en los creyentes, Romanos 7:23; Santiago 4:5; Hebreos 12:1 — Su fecundidad y su tendencia — Toda concupiscencia aspira a lo más alto en su género — El Espíritu y la nueva naturaleza se nos dan para luchar contra el pecado que mora en nosotros, Gálatas 5:17; 2 Pedro 1:4, 5; Romanos 7:23 — El temible resultado de descuidar la mortificación, Apocalipsis 3:2; Hebreos 3:13 — Queda así confirmado el primer principio general de todo el discurso — Se lamenta la falta de este deber.

Puesto este fundamento, una breve confirmación de las principales deducciones ya mencionadas me llevará a lo que principalmente me propongo: —

I. Que los creyentes más escogidos, que con toda seguridad están libres del poder condenatorio del pecado, deben, sin embargo, hacer su ocupación de todos sus días el mortificar el poder del pecado que mora en ellos.

Así dice el apóstol en Colosenses 3:5: «Haced morir, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra». ¿A quiénes habla? A los que habían «resucitado con Cristo», versículo 1; a los que estaban «muertos» con él, versículo 3; a aquellos cuya vida era Cristo, y que habían de «ser manifestados con él en gloria», versículo 4. Haz tú morir; hazlo tu obra diaria; ocúpate siempre en ello mientras vivas; no ceses un solo día en esta obra; mata el pecado, o él te estará matando a ti. El estar virtualmente muerto con Cristo, el haber sido vivificado con él, no te eximirá de esta obra. Y nuestro Salvador nos dice cómo trata su Padre a todo pámpano que en él lleva fruto, a todo pámpano verdadero y vivo: «Lo limpia, para que lleve más fruto», Juan 15:2. Lo poda, y no por un día o dos, sino mientras es pámpano en este mundo. Y el apóstol te dice cuál era su práctica, 1 Corintios 9:27: «Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre». «Lo hago», dice él, «cada día; es la obra de mi vida; no la omito; esta es mi ocupación». Y si esta era la obra y la ocupación de Pablo, que fue tan incomparablemente enaltecido en gracia, revelaciones, goces, privilegios y consuelos por encima de la medida común de los creyentes, ¿en qué podríamos fundar nosotros una exención de esta obra y deber mientras estamos en este mundo? Pueden darse brevemente algunas de las razones de ello:—

1. El pecado que mora en nosotros permanece siempre mientras estamos en este mundo; por tanto, siempre ha de ser mortificado. No me ocupo ahora de las disputas vanas, necias e ignorantes de los hombres acerca de la perfecta observancia de los mandamientos de Dios, de la perfección en esta vida, de estar entera y perfectamente muertos al pecado. Es más que probable que los hombres de esas abominaciones nunca supieran lo que es guardar uno solo de los mandamientos de Dios, y que estén tan por debajo de la perfección de grados que jamás alcanzaron una perfección de partes en la obediencia, es decir, una obediencia universal con sinceridad. Y por eso muchos en nuestros días que han hablado de perfección han sido más sagaces, y han afirmado que consiste en no conocer diferencia entre el bien y el mal. No que sean perfectos en lo que nosotros llamamos bueno, sino que todo les es igual, y el colmo de la maldad es su perfección. Otros, que han hallado un camino nuevo hacia ella, negando el pecado original que mora en nosotros y acomodando la espiritualidad de la ley de Dios a los corazones carnales de los hombres, así como han mostrado de sobra que ignoran la vida de Cristo y su poder en los creyentes, así también han inventado una justicia nueva que el evangelio no conoce, vanamente hinchados por su mente carnal. En cuanto a nosotros, que no nos atrevemos a ser sabios más allá de lo que está escrito, ni a jactarnos, por la vida de otros hombres, de lo que Dios no ha hecho por nosotros, decimos que el pecado que mora en nosotros vive en nosotros, en alguna medida y grado, mientras estamos en este mundo. No nos atrevemos a hablar como si «ya lo hubiéramos alcanzado, o fuéramos ya perfectos», Filipenses 3:12. Nuestro «hombre interior ha de renovarse de día en día» mientras vivimos aquí, 2 Corintios 4:16; y conforme a las renovaciones del nuevo son las brechas y la ruina del viejo. Mientras estamos aquí «conocemos en parte», 1 Corintios 13:12, y nos queda una oscuridad que ha de quitarse gradualmente por nuestro «crecimiento en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo», 2 Pedro 3:18; y «la carne codicia contra el Espíritu, de modo que no podemos hacer lo que quisiéramos», Gálatas 5:17; y por eso somos defectuosos en nuestra obediencia tanto como en nuestra luz, 1 Juan 1:8. Tenemos un «cuerpo de muerte», Romanos 7:24, del cual no somos librados sino por la muerte de nuestro cuerpo, Filipenses 3:21. Ahora bien, siendo nuestro deber mortificar, estar matando el pecado mientras está en nosotros, tenemos que estar en la obra. El que ha sido señalado para matar a un enemigo, si deja de golpear antes de que el otro deje de vivir, no hace más que la mitad de su obra, Gálatas 6:9; Hebreos 12:1; 2 Corintios 7:1.

2. El pecado no solo sigue permaneciendo en nosotros, sino que sigue obrando, sigue esforzándose por producir las obras de la carne. Cuando el pecado nos deje en paz, podremos dejar en paz al pecado; pero como el pecado nunca está menos quieto que cuando parece más quieto, y sus aguas son por lo general profundas cuando están mansas, así nuestras estrategias contra él deben ser vigorosas en todo tiempo y en toda condición, aun donde menos se sospecha. El pecado no solo permanece en nosotros, sino que «la ley de los miembros sigue rebelándose contra la ley de la mente», Romanos 7:23; y «el espíritu que mora en nosotros codicia para envidia», Santiago 4:5. Está siempre en continua actividad: «la carne codicia contra el Espíritu», Gálatas 5:17; la concupiscencia sigue tentando y concibiendo pecado, Santiago 1:14; en toda acción moral, o bien inclina siempre al mal, o bien estorba lo bueno, o bien desconcierta el espíritu para la comunión con Dios. Inclina al mal: «el mal que no quiero, eso hago», dice el apóstol, Romanos 7:19. ¿De dónde viene eso? Pues «porque en mí (esto es, en mi carne) no mora el bien». Y estorba lo bueno: «no hago el bien que quiero», versículo 19; — «Por la misma razón, o no lo hago, o no lo hago como debo; pues todas mis cosas santas quedan contaminadas por este pecado». «La carne codicia contra el Espíritu, de modo que no podéis hacer lo que quisierais», Gálatas 5:17. Y desconcierta nuestro espíritu, y por eso se le llama «el pecado que nos asedia», Hebreos 12:1; por cuya causa son aquellas dolorosas quejas que el apóstol da de él en Romanos 7. De modo que el pecado está siempre obrando, siempre concibiendo, siempre seduciendo y tentando. ¿Quién puede decir que alguna vez tuvo algo que hacer con Dios o para Dios sin que el pecado que mora en él tuviera parte en corromper lo que hacía? Y este negocio lo llevará adelante, más o menos, todos nuestros días. Si, pues, el pecado estará siempre obrando, y nosotros no estamos siempre mortificando, somos criaturas perdidas. El que se queda quieto y deja que sus enemigos le descarguen golpe tras golpe sin resistencia, sin duda será vencido al final. Si el pecado es sutil, vigilante, fuerte y está siempre en la tarea de matar nuestras almas, y nosotros somos perezosos, negligentes y necios en procurar su ruina, ¿podemos esperar un desenlace feliz? No hay día en que el pecado no venza o sea vencido, no prevalezca o sea dominado; y así será mientras vivamos en este mundo.

Eximiré de este deber a aquel que pueda llevar al pecado a un acuerdo, a una tregua en esta guerra; si el pecado le perdona un solo día, en un solo deber (con tal que sea alguien familiarizado con la espiritualidad de la obediencia y con la sutileza del pecado), diga entonces a su alma, en cuanto a este deber: «Alma, repósate». Los santos, cuyas almas anhelan ser librados de su rebelión desconcertante, saben que no hay seguridad contra él sino en una guerra constante.

3. El pecado no solo estará luchando, obrando, rebelándose, molestando, inquietando, sino que, si se le deja, si no se le mortifica continuamente, producirá pecados grandes, malditos, escandalosos y destructores del alma. El apóstol nos dice cuáles son sus obras y frutos, Gálatas 5:19–21: «Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas». Sabes lo que hizo en David y en otros varios. El pecado apunta siempre a lo extremo; cada vez que se levanta para tentar o seducir, si se le dejara seguir su curso, llegaría al pecado más extremo de su género. Todo pensamiento o mirada impura sería adulterio si pudiera; todo deseo codicioso sería opresión, todo pensamiento de incredulidad sería ateísmo, si se le dejara crecer hasta su colmo. Los hombres pueden llegar a tal punto que no se oiga al pecado pronunciar en su corazón una palabra escandalosa, — es decir, incitando a algún gran pecado con el escándalo en la boca; pero aun así, todo movimiento de la concupiscencia, si siguiera su curso, llegaría al colmo de la vileza: es como el sepulcro, que nunca se sacia. Y en esto consiste no pequeña parte del engaño del pecado, por el cual prevalece hasta endurecer a los hombres, y así hasta su ruina, Hebreos 3:13: es modesto, por así decirlo, en sus primeros movimientos y propuestas, pero una vez que por ellos ha hecho pie en el corazón, mantiene constantemente su terreno y avanza hacia grados mayores del mismo género. Este nuevo obrar y avanzar hace que el alma apenas advierta cuánta entrada se ha abierto ya para apartarse de Dios; piensa que todo va razonablemente bien si no hay más progreso; y en la medida en que el alma se vuelve insensible a algún pecado, — es decir, en cuanto a la sensibilidad que el evangelio requiere, — en esa medida queda endurecida. Pero el pecado sigue avanzando, y eso porque no tiene más límite que el abandono total de Dios y la oposición a él; el que avance hacia su colmo por grados, asegurando con el endurecimiento el terreno que ha ganado, no procede de su naturaleza, sino de su engaño. Ahora bien, nada puede impedir esto sino la mortificación; ella seca la raíz y hiere la cabeza del pecado a toda hora, de modo que se le frustra en todo aquello a que apunta. No hay santo, por bueno que sea en el mundo, que, si abandonara este deber, no cayera en tantos pecados malditos como jamás cometió nadie de su condición.

4. Esta es una de las razones principales por las que se nos dan el Espíritu y la nueva naturaleza: para que tengamos dentro un principio con el cual oponernos al pecado y a la concupiscencia. «La carne codicia contra el Espíritu». ¡Bien! ¿Y qué entonces? Pues «el Espíritu codicia contra la carne», Gálatas 5:17. Hay en el Espíritu, o en la nueva naturaleza espiritual, una inclinación a obrar contra la carne, así como en la carne la hay a obrar contra el Espíritu; así en 2 Pedro 1:4, 5. Es nuestra participación de la naturaleza divina la que nos hace escapar de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; y en Romanos 7:23 hay una ley de la mente, así como una ley de los miembros. Ahora bien, en primer lugar, es lo más injusto e irrazonable del mundo, cuando dos combatientes están trabados, atar a uno e impedirle hacer todo lo que puede, y dejar al otro en libertad de herirlo a su antojo; y, en segundo lugar, lo más necio del mundo atar al que pelea por nuestra condición eterna, [¿nuestra salvación?] y dejar en paz al que busca e intenta violentamente nuestra ruina eterna. La contienda es por nuestra vida y nuestra alma. No emplear cada día el Espíritu y la nueva naturaleza en mortificar el pecado es descuidar el excelente socorro que Dios nos ha dado contra nuestro mayor enemigo. Si descuidamos usar lo que hemos recibido, Dios puede con justicia retener su mano y no darnos más. Sus gracias, así como sus dones, se nos otorgan para que los usemos, los ejercitemos y negociemos con ellos. No estar mortificando cada día el pecado es pecar contra la bondad, la benignidad, la sabiduría, la gracia y el amor de Dios, que nos ha provisto de un principio para hacerlo.

5. La negligencia en este deber pone al alma en una condición enteramente contraria a la que el apóstol afirma que era la suya, 2 Corintios 4:16: «Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día». En estos, el hombre interior se va desgastando, y el exterior se renueva de día en día. El pecado es como la casa de David, y la gracia como la casa de Saúl. El ejercicio y el éxito son los dos principales sustentos de la gracia en el corazón; cuando se la deja quieta, se marchita y decae: sus cosas están a punto de morir, Apocalipsis 3:2; y el pecado gana terreno hacia el endurecimiento del corazón, Hebreos 3:13. A esto me refiero: por la omisión de este deber la gracia se marchita, la concupiscencia florece, y la disposición del corazón va de mal en peor; y el Señor sabe qué desenlaces desesperados y temibles ha tenido esto en muchos. Donde el pecado, por el descuido de la mortificación, obtiene una victoria considerable, quebranta los huesos del alma, Salmos 31:10; 51:8, y deja al hombre débil, enfermo y a punto de morir, Salmos 38:3–5, de modo que no puede levantar la vista, Salmos 40:12; Isaías 33:24; y cuando pobres criaturas reciben golpe tras golpe, herida tras herida, derrota tras derrota, y nunca se despiertan a una oposición vigorosa, ¿pueden esperar otra cosa que ser endurecidas por el engaño del pecado, y que su alma se desangre hasta la muerte? 2 Juan 8. Ciertamente, es cosa triste considerar los temibles resultados de este descuido, que tenemos ante los ojos cada día. ¿No vemos a aquellos que conocimos como cristianos humildes, sensibles, de corazón quebrantado, tiernos y temerosos de ofender, celosos por Dios y por todos sus caminos, sus días de reposo y sus ordenanzas, convertidos, por el descuido de velar en este deber, en terrenales, carnales, fríos, iracundos, acomodados a los hombres del mundo y a las cosas del mundo, para escándalo de la religión y temible tentación de quienes los conocen? La verdad es que, entre poner la mortificación, por un lado, en una disposición de espíritu rígida y obstinada, que por lo general es terrenal, legalista, censuradora, parcial, compatible con la ira, la envidia, la malicia y el orgullo, y, por otro, las pretensiones de libertad, de gracia y de no sé qué más, la verdadera mortificación evangélica casi se ha perdido entre nosotros; de lo cual se hablará después.

6. Es nuestro deber estar «perfeccionando la santidad en el temor de Dios», 2 Corintios 7:1; estar «creciendo en la gracia» cada día, 1 Pedro 2:2; 2 Pedro 3:18; estar «renovando nuestro hombre interior de día en día», 2 Corintios 4:16. Ahora bien, esto no puede hacerse sin mortificar el pecado cada día. El pecado opone su fuerza a todo acto de santidad y a todo grado al que crecemos. No piense que progresa en la santidad el hombre que no camina sobre el vientre de sus concupiscencias. El que no mata el pecado de este modo no da un paso hacia el fin de su viaje. El que no encuentra oposición de su parte, y no se aplica en cada caso particular a mortificarlo, está en paz con él, no muriendo a él.

Este es, pues, el primer principio general del discurso que sigue: A pesar de la mortificación meritoria, si así puedo hablar, de todos y cada uno de los pecados en la cruz de Cristo; a pesar del fundamento real de una mortificación universal puesto en nuestra primera conversión, por la convicción de pecado, la humillación por el pecado y la implantación de un principio nuevo, opuesto a él y destructor de él; — con todo, el pecado permanece, obra y actúa de tal manera en los mejores creyentes, mientras viven en este mundo, que la constante mortificación diaria de él les incumbe todos sus días. Antes de pasar a considerar el siguiente principio, no puedo menos que lamentarme de paso de muchos que profesan la fe en estos días, quienes, en lugar de producir los grandes y evidentes frutos de mortificación que se esperan, apenas dan alguna hoja de ella. Ciertamente ha caído una amplia luz sobre los hombres de esta generación, y junto con ella se han comunicado muchos dones espirituales, lo cual, con algunas otras consideraciones, ha ensanchado maravillosamente los límites de los que profesan y de la profesión; unos y otra se han multiplicado y aumentado en gran manera. De ahí que haya un rumor de religión y de deberes religiosos en cada rincón, predicación en abundancia, — y no de modo vacío, ligero, trivial y vano, como antes, sino en buena proporción con un don espiritual, — de modo que, si se mide el número de los creyentes por la luz, los dones y la profesión, la iglesia puede tener motivo para decir: «¿Quién me engendró estos?». Pero si los mides por esta gran gracia que distingue a los cristianos, quizá halles que su número no se ha multiplicado tanto. ¿Dónde hay apenas uno de los que profesan, que deba su conversión a estos días de luz, y que por ello hable y profese con un grado de espiritualidad que pocos en días pasados conocieron en alguna medida (no los juzgaré, sino que quizá se jactan de lo que el Señor ha hecho en ellos), que no dé muestras de un corazón miserablemente sin mortificar? Si el malgastar el tiempo, la ociosidad, la inutilidad en el puesto de cada uno, la envidia, la contienda, la discordia, los celos, la ira, el orgullo, la mundanalidad y el egoísmo, 1 Corintios 1, son distintivos de cristianos, los tenemos sobre nosotros y entre nosotros en abundancia. Y si así ocurre con los que tienen mucha luz, y luz que esperamos sea salvadora, ¿qué diremos de algunos que quieren ser tenidos por religiosos y sin embargo desprecian la luz del evangelio, y que, en cuanto al deber que tenemos entre manos, no saben de él más que lo que consiste en negarse a sí mismos a veces en goces exteriores, que es una de sus ramas más externas, y que aun así rara vez practicarán? ¡El buen Señor envíe un espíritu de mortificación que cure nuestras dolencias, o estamos en una triste condición!

Hay dos males que acompañan con certeza a todo profesante sin mortificar: — el primero, en sí mismo; el otro, respecto de los demás:—

1. En sí mismo. Pretenda lo que quiera, tiene pensamientos ligeros acerca del pecado; al menos, de los pecados de flaqueza diaria. La raíz de una conducta sin mortificar es digerir el pecado sin amargura en el corazón. Cuando un hombre ha afirmado su imaginación en una idea tal de la gracia y la misericordia que puede tragar y digerir pecados diarios sin amargura, ese hombre está al borde mismo de convertir la gracia de Dios en libertinaje y de ser endurecido por el engaño del pecado. Ni hay en el mundo mayor prueba de un corazón falso y podrido que llevar semejante negocio. Usar la sangre de Cristo, que se nos da para limpiarnos, 1 Juan 1:7; Tito 2:14; la exaltación de Cristo, que es para darnos arrepentimiento, Hechos 5:31; la doctrina de la gracia, que nos enseña a renunciar a toda impiedad, Tito 2:11, 12, para dar amparo al pecado, es una rebelión que al final quebrantará los huesos. Por esta puerta se han ido de entre nosotros la mayoría de los profesantes que han apostatado en los días en que vivimos. Por un tiempo, la mayoría de ellos estuvieron bajo convicciones; estas los mantuvieron en los deberes y los llevaron a la profesión; así «escaparon de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo», 2 Pedro 2:20; pero, habiendo llegado a familiarizarse con la doctrina del evangelio, y cansados del deber, para el cual no tenían principio, comenzaron a ampararse en la doctrina de la gracia para sus múltiples descuidos. Y una vez que este mal se apoderó de ellos, se precipitaron rápidamente en la perdición.

2. Respecto de los demás. Ejerce sobre ellos una mala influencia por un doble motivo:—

(1.) Los endurece, engendrando en ellos la persuasión de que están en tan buena condición como los mejores profesantes. Todo lo que ven en ellos está tan manchado por la falta de esta mortificación que no tiene para ellos ningún valor. Tienen celo por la religión, pero acompañado de falta de paciencia y de justicia universal. Renuncian a la prodigalidad, pero con mundanalidad; se separan del mundo, pero viven enteramente para sí mismos, sin cuidarse de ejercer misericordia en la tierra; o hablan espiritualmente y viven vanamente; mencionan la comunión con Dios y se conforman en todo al mundo; se jactan del perdón de los pecados y nunca perdonan a otros. Y con tales consideraciones endurecen pobres criaturas su corazón en su estado no regenerado.

(2.) Los engañan, haciéndoles creer que si pueden llegar a la condición de aquellos les irá bien; y así resulta cosa fácil tener que luchar con la gran tentación de la reputación en la religión, cuando pueden ir mucho más allá de ellos en lo que en ellos aparece, y aun así quedarse cortos de la vida eterna. Pero de estas cosas, y de todos los males de un andar sin mortificar, se hablará después.

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