Capítulo 9 · 53 min de lectura · 1 h 8 min de escucha
Septiembre
1 de septiembre
«Me guiarás con tu consejo, y después me recibirás en gloria». (Salmo 73:24)
El salmista sentía su necesidad de dirección divina. Acababa de descubrir la necedad de su propio corazón, y para no ser extraviado constantemente por él, resolvió que en adelante el consejo de Dios lo guiaría. El sentido de nuestra propia necedad es un gran paso hacia la sabiduría, cuando nos lleva a apoyarnos en la sabiduría del Señor. El ciego se apoya en el brazo de su amigo y llega a casa a salvo; así quisiéramos entregarnos sin reservas a la dirección divina, sin dudar en nada, seguros de que, aunque no podamos ver, siempre es seguro confiar en el Dios que todo lo ve. «Me guiarás» es una bendita expresión de confianza. Estaba seguro de que el Señor no rehusaría esa tarea de condescendencia. Ahí tienes una palabra para ti, oh creyente; descansa en ella. Ten la seguridad de que tu Dios será tu consejero y amigo; él te guiará; él dirigirá todos tus caminos. En su Palabra escrita tienes esta seguridad en parte cumplida, porque la santa Escritura es su consejo para ti. ¡Dichosos nosotros, que tenemos siempre la Palabra de Dios para guiarnos! ¿Qué sería el marinero sin su brújula? ¿Y qué sería el cristiano sin la Biblia? Esta es la carta de navegación infalible, el mapa en el que está descrito cada bajío, y todos los canales, desde las arenas movedizas de la destrucción hasta el puerto de la salvación, trazados y señalados por uno que conoce todo el camino. ¡Bendito seas, oh Dios, porque podemos confiar en que nos guías ahora y nos guiarás hasta el fin! Tras esta dirección a lo largo de la vida, el salmista anticipa una recepción divina al final: «y después me recibirás en gloria». ¡Qué pensamiento para ti, creyente! Dios mismo te recibirá a ti en gloria; ¡a ti! Errante, equivocado, extraviado, y, sin embargo, ¡él te llevará al fin a salvo a la gloria! Esta es tu porción; vive de ella este día, y si te rodean perplejidades, ve con la fuerza de este texto derecho al trono.
2 de septiembre
«Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella». (Marcos 1:30)
Muy interesante es este pequeño vistazo a la casa del Pescador apostólico. Vemos en seguida que los gozos y cuidados del hogar no son estorbo para el pleno ejercicio del ministerio; más aún, que, puesto que ofrecen ocasión de presenciar personalmente la obra misericordiosa del Señor en la propia carne y sangre, pueden incluso instruir al maestro mejor que cualquier otra disciplina terrenal. Los papistas y otros sectarios podrán despreciar el matrimonio, pero el verdadero cristianismo y la vida de hogar concuerdan bien. La casa de Pedro era probablemente la choza de un pobre pescador, pero el Señor de la gloria entró en ella, se hospedó en ella e hizo en ella un milagro. Si nuestro librito se lee esta mañana en alguna casita muy humilde, que este hecho anime a sus moradores a buscar la compañía del Rey Jesús. Dios está más a menudo en las chozas pequeñas que en los palacios ricos. Jesús está mirando ahora alrededor de tu cuarto, y espera para tener piedad de ti. En la casa de Simón había entrado la enfermedad; una fiebre de forma mortal había postrado a su suegra; y en cuanto llegó Jesús le hablaron de la triste aflicción, y él se apresuró a ir al lecho de la enferma. ¿Hay alguna enfermedad en tu casa esta mañana? Hallarás que Jesús es, con mucho, el mejor médico; ve a él en seguida y cuéntale todo el asunto. Pon inmediatamente el caso delante de él. Concierne a uno de los suyos, y por tanto no le será indiferente. Observa que el Salvador sanó en seguida a la enferma; nadie puede sanar como él. No podemos dar por seguro que el Señor quitará en seguida toda enfermedad de aquellos a quienes amamos, pero podemos saber que la oración de fe por los enfermos tiene muchas más probabilidades de ir seguida de la curación que cualquier otra cosa en el mundo; y cuando esto no sirve, debemos inclinarnos mansamente ante la voluntad de aquel por quien se determinan la vida y la muerte. El tierno corazón de Jesús espera oír nuestras penas; derramémoslas en su oído paciente.
3 de septiembre
«Oh tú a quien ama mi alma». (Cantares 1:7)
Es bueno poder decir del Señor Jesús, sin ningún «si» ni ningún «pero»: «Oh tú a quien ama mi alma». Muchos solo pueden decir de Jesús que esperan amarlo, que confían en que lo aman; pero solo una experiencia pobre y superficial se contentará con quedarse ahí. Nadie debería dar descanso a su espíritu hasta estar completamente seguro de un asunto de tan vital importancia. No debemos darnos por satisfechos con una esperanza superficial de que Jesús nos ama, y con una mera confianza de que lo amamos. Los santos de antaño no hablaban por lo general con «peros», «sis», «esperos» y «confíos», sino que hablaban de forma positiva y clara. «Yo sé a quién he creído», dice Pablo. «Yo sé que mi Redentor vive», dice Job. Adquiere un conocimiento positivo de tu amor a Jesús, y no te des por satisfecho hasta que puedas hablar de tu parte en él como de una realidad, de la que te has asegurado al recibir el testimonio del Espíritu Santo y su sello sobre tu alma por la fe.
El verdadero amor a Cristo es en todos los casos obra del Espíritu Santo, y debe ser producido por él en el corazón. Él es la causa eficiente de ese amor; pero la razón lógica por la que amamos a Jesús radica en él mismo. ¿Por qué amamos a Jesús? Porque él nos amó primero. ¿Por qué amamos a Jesús? Porque «se entregó a sí mismo por nosotros». Tenemos vida por su muerte; tenemos paz por su sangre. Siendo rico, por amor de nosotros se hizo pobre. ¿Por qué amamos a Jesús? Por la excelencia de su persona. ¡Estamos llenos de un sentimiento de su hermosura, de admiración por sus encantos, de conciencia de su infinita perfección! Su grandeza, su bondad y su hermosura, en un solo rayo resplandeciente, se combinan para cautivar el alma hasta que, arrebatada, exclama: «Sí, todo él es codiciable». ¡Bendito amor este, un amor que ata el corazón con cadenas más suaves que la seda, y sin embargo más firmes que el diamante!
4 de septiembre
«Quiero, sé limpio». (Marcos 1:41)
Las tinieblas primitivas oyeron el mandato del Todopoderoso: «Sea la luz», y al instante fue la luz; y la palabra del Señor Jesús es igual en majestad a aquella antigua palabra de poder. La redención, como la creación, tiene su palabra de poder. Jesús habla, y es hecho. La lepra no cedía a ningún remedio humano, pero huyó al instante ante el «Quiero» del Señor. La enfermedad no mostraba señales ni indicios esperanzadores de recuperación; la naturaleza no contribuía en nada a su propia curación; pero la sola palabra realizó toda la obra en el acto y para siempre. El pecador está en una situación más miserable que el leproso; imite su ejemplo y vaya a Jesús, «rogándole e hincando la rodilla delante de él». Ejercite la poca fe que tenga, aunque no vaya más allá de «Señor, si quieres, puedes limpiarme»; y no hay por qué dudar del resultado de la petición. Jesús sana a todos los que vienen, y no echa fuera a ninguno. Al leer el relato en que se halla el texto de esta mañana, es digno de devota atención que Jesús tocó al leproso. Este inmundo había quebrantado las normas de la ley ceremonial y se había abierto paso hasta la casa; pero Jesús, lejos de reprenderlo, quebrantó él mismo la ley para salir a su encuentro. Hizo un intercambio con el leproso, porque mientras lo limpiaba, contrajo por aquel toque una contaminación levítica. Así también Jesucristo fue hecho pecado por nosotros, aunque en sí mismo no conoció pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. ¡Oh, si los pobres pecadores fueran a Jesús, creyendo en el poder de su bendita obra sustitutiva! Pronto conocerían el poder de su toque lleno de gracia. Aquella mano que multiplicó los panes, que salvó a Pedro cuando se hundía, que sostiene a los santos afligidos, que corona a los creyentes, esa misma mano tocará a todo pecador que busca, y en un momento lo dejará limpio. El amor de Jesús es la fuente de la salvación. Él ama, él mira, él nos toca, y vivimos.
5 de septiembre
«¡Ay de mí, que peregrino en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar!» (Salmo 120:5)
Como cristiano tienes que vivir en medio de un mundo impío, y de poco te sirve clamar: «¡Ay de mí!». Jesús no rogó que fueras quitado del mundo, y lo que él no pidió en oración no tienes por qué desearlo tú. Mucho mejor es hacer frente a la dificultad con la fuerza del Señor y glorificarlo en ella. El enemigo está siempre al acecho para descubrir incoherencias en tu conducta; sé, pues, muy santo. Recuerda que los ojos de todos están puestos en ti, y que se espera más de ti que de los demás hombres. Esfuérzate por no dar ocasión de reproche. Que tu bondad sea la única falta que puedan descubrir en ti. Como Daniel, oblígalos a decir de ti: «No hallaremos contra este Daniel ocasión alguna, si no la hallamos contra él en relación con la ley de su Dios». Procura ser útil además de coherente. Quizá pienses: «Si estuviera en una posición más favorable podría servir a la causa del Señor, pero donde estoy no puedo hacer ningún bien»; pero cuanto peores sean las personas entre las que vives, más necesidad tienen de tus esfuerzos; si son torcidas, más necesario es que las endereces; y si son perversas, más necesidad tienes de volver sus corazones orgullosos a la verdad. ¿Dónde debe estar el médico sino donde hay muchos enfermos? ¿Dónde ha de ganar honra el soldado sino en lo más recio del fuego de la batalla? Y cuando estés cansado de la contienda y del pecado que te salen al paso por todas partes, considera que todos los santos soportaron la misma prueba. No fueron llevados al cielo en lechos de plumas, y tú no debes esperar viajar más cómodamente que ellos. Tuvieron que exponer su vida a la muerte en las alturas del campo, y tú no serás coronado hasta que también hayas sufrido penalidades como buen soldado de Jesucristo. Por tanto, «estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos».
6 de septiembre
«En medio de la nación maligna y perversa, entre los cuales resplandecéis como luminares en el mundo». (Filipenses 2:15)
Usamos las luces para poner de manifiesto. Un cristiano debería brillar de tal manera en su vida que nadie pudiera vivir con él una semana sin conocer el evangelio. Su conducta debería ser tal que todos los que lo rodean percibieran claramente de quién es y a quién sirve, y vieran la imagen de Jesús reflejada en sus acciones diarias. Las luces sirven para guiar. Hemos de ayudar a los que nos rodean y están en tinieblas. Hemos de presentarles la palabra de vida. Hemos de señalar a los pecadores al Salvador, y a los cansados un lugar de descanso divino. Los hombres a veces leen su Biblia y no llegan a entenderla; deberíamos estar dispuestos, como Felipe, a instruir al que pregunta en el significado de la Palabra de Dios, el camino de la salvación y la vida de piedad. Las luces sirven también de advertencia. Sobre nuestras rocas y bajíos se levanta siempre un faro. Los cristianos deben saber que en el mundo se muestran por todas partes muchas luces falsas, y por eso se necesita la luz verdadera. Los saqueadores de naufragios de Satanás andan siempre sueltos, tentando a los impíos a pecar con el nombre de placer; izan la luz falsa; sea nuestro colocar la luz verdadera sobre cada roca peligrosa, señalar cada pecado y decir adónde conduce, para que así seamos limpios de la sangre de todos, resplandeciendo como luminares en el mundo. Las luces tienen también una influencia muy alentadora, y lo mismo los cristianos. Un cristiano debería ser un consolador, con palabras amables en los labios y compasión en el corazón; debería llevar la luz del sol dondequiera que vaya, y esparcir felicidad a su alrededor.
Espíritu de gracia, mora conmigo;
yo mismo quisiera ser bondadoso,
y con palabras que ayuden y sanen
quisiera revelar tu vida en la mía,
y con hechos osados y mansos
quisiera hablar por Cristo, mi Salvador.
7 de septiembre
«Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico». (Marcos 2:4)
La fe está llena de inventiva. La casa estaba llena, una multitud bloqueaba la puerta, pero la fe halló el modo de llegar al Señor y poner al paralítico delante de él. Si no podemos llevar a los pecadores adonde está Jesús por los métodos ordinarios, debemos usar métodos extraordinarios. Según Lucas 5:19, parece que hubo que quitar tejas, lo cual levantaría polvo y supondría cierto peligro para los que estaban debajo; pero cuando el caso es muy urgente no debemos reparar en correr algunos riesgos y escandalizar algunas convenciones. Jesús estaba allí para sanar, y por tanto, sucediera lo que sucediera, la fe lo arriesgó todo para que el pobre paralítico confiado a su cuidado recibiera el perdón de sus pecados. ¡Oh, si tuviéramos entre nosotros una fe más osada! ¿No podemos, querido lector, buscarla esta mañana para nosotros y para nuestros compañeros de trabajo? ¿Y no intentaremos hoy realizar algún acto valeroso por amor a las almas y para la gloria del Señor?
El mundo está inventando constantemente; el ingenio sirve a todos los propósitos del deseo humano: ¿no puede la fe inventar también, y alcanzar por algún medio nuevo a los marginados que perecen a nuestro alrededor? Fue la presencia de Jesús lo que despertó un valor victorioso en los cuatro que llevaban al paralítico: ¿no está el Señor entre nosotros ahora? ¿Hemos visto su rostro por nosotros mismos esta mañana? ¿Hemos sentido su poder sanador en nuestras propias almas? Si es así, entonces por la puerta, por la ventana o por el tejado, abriéndonos paso a través de todos los obstáculos, esforcémonos por llevar pobres almas a Jesús. Todos los medios son buenos y decorosos cuando la fe y el amor están verdaderamente empeñados en ganar almas. Si el hambre de pan puede atravesar muros de piedra, ciertamente el hambre de almas no ha de ser estorbada en sus esfuerzos. Oh Señor, haznos rápidos para idear maneras de alcanzar a tus pobres enfermos de pecado, y osados para llevarlas a cabo a toda costa.
8 de septiembre
«De mí será hallado tu fruto». (Oseas 14:8)
Nuestro fruto procede de nuestro Dios en cuanto a la unión. El fruto del pámpano se remonta directamente a la raíz. Corta la conexión, y el pámpano muere y no produce fruto. En virtud de nuestra unión con Cristo damos fruto. Cada racimo de uvas estuvo primero en la raíz, pasó por el tallo, fluyó por los vasos de la savia y tomó exteriormente forma de fruto; pero estuvo primero en el tallo; así también toda buena obra estuvo primero en Cristo, y luego es producida en nosotros. Oh cristiano, aprecia esta preciosa unión con Cristo; porque ha de ser la fuente de toda la fecundidad que puedas esperar conocer. Si no estuvieras unido a Jesucristo, serías en verdad una rama estéril.
Nuestro fruto viene de Dios en cuanto a la providencia espiritual. Cuando las gotas de rocío caen del cielo, cuando la nube mira desde lo alto y está a punto de destilar su tesoro líquido, cuando el sol brillante hincha las uvas del racimo, cada don celestial puede susurrar al árbol: «De mí será hallado tu fruto». El fruto debe mucho a la raíz —que es esencial para la fecundidad—, pero debe muchísimo también a las influencias externas. ¡Cuánto debemos a la providencia de la gracia de Dios, por la cual nos provee constantemente de vivificación, enseñanza, consuelo, fuerza o cualquier otra cosa que necesitemos! A esto debemos todo lo que tenemos de utilidad o de virtud.
Nuestro fruto viene de Dios en cuanto a la sabia labranza. El cuchillo afilado del jardinero favorece la fecundidad del árbol, aclarando los racimos y cortando los brotes superfluos. Así sucede, cristiano, con la poda que el Señor te da. «Mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto». Puesto que nuestro Dios es el autor de nuestras gracias espirituales, démosle a él toda la gloria de nuestra salvación.
9 de septiembre
«Yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y poderosas que tú no conoces». (Jeremías 33:3)
Hay diferentes traducciones de estas palabras. Una versión dice: «Te mostraré cosas grandes y fortificadas». Otra: «Cosas grandes y reservadas». Pues bien, hay cosas reservadas y especiales en la experiencia cristiana: no todos los desarrollos de la vida espiritual son igualmente fáciles de alcanzar. Están los estados de ánimo y sentimientos comunes de arrepentimiento, fe, gozo y esperanza, de los que disfruta toda la familia; pero hay una región superior de arrobamiento, de comunión y de unión consciente con Cristo, que dista mucho de ser la morada común de los creyentes. No todos tenemos el alto privilegio de Juan, de recostarnos en el pecho de Jesús; ni el de Pablo, de ser arrebatados al tercer cielo. Hay alturas en el conocimiento experimental de las cosas de Dios que el ojo de águila de la agudeza y del pensamiento filosófico jamás ha visto: solo Dios puede llevarnos allí; pero el carro en que nos sube, y los caballos de fuego que tiran de ese carro, son las oraciones que prevalecen. La oración que prevalece sale vencedora ante el Dios de misericordia: «Con su fortaleza tuvo poder con Dios; sí, tuvo poder sobre el ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; en Betel le halló, y allí habló con nosotros». La oración que prevalece lleva al cristiano al Carmelo y lo capacita para cubrir el cielo de nubes de bendición y la tierra de torrentes de misericordia. La oración que prevalece eleva al cristiano a la cumbre del Pisga y le muestra la herencia reservada; nos sube al Tabor y nos transfigura, hasta que, a semejanza de su Señor, como él es, así somos también nosotros en este mundo. Si quieres llegar a algo más alto que la experiencia ordinaria que se arrastra por el suelo, mira a la Roca que es más alta que tú, y contempla con el ojo de la fe a través de la ventana de la oración insistente. Cuando abras la ventana de tu lado, no estará cerrada con cerrojo del otro.
10 de septiembre
«Y subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él». (Marcos 3:13)
Aquí había soberanía. Los espíritus impacientes pueden irritarse y enfurecerse porque no son llamados a los puestos más altos del ministerio; pero tú, lector, regocíjate de que Jesús llama a los que él quiere. Si me deja como portero en su casa, lo bendeciré gozosamente por su gracia al permitirme hacer algo en su servicio. El llamamiento de los siervos de Cristo viene de lo alto. Jesús está en el monte, siempre por encima del mundo en santidad, fervor, amor y poder. Aquellos a quienes llama deben subir al monte hacia él; deben procurar elevarse a su nivel viviendo en comunión constante con él. Quizá no puedan alcanzar honores académicos ni lograr eminencia escolástica, pero deben, como Moisés, subir al monte de Dios y tener trato familiar con el Dios invisible, o nunca estarán preparados para proclamar el evangelio de la paz. Jesús se apartaba para tener alta comunión con el Padre, y nosotros debemos entrar en esa misma compañía divina si queremos bendecir a nuestros semejantes. No es de extrañar que los apóstoles estuvieran revestidos de poder cuando bajaban recién llegados del monte donde estaba Jesús. Esta mañana debemos procurar subir al monte de la comunión, para que allí seamos ordenados para la obra de la vida a la que hemos sido apartados. No veamos hoy el rostro de ningún hombre hasta haber visto a Jesús. El tiempo pasado con él se invierte a un interés bendito. También nosotros echaremos fuera demonios y obraremos maravillas si bajamos al mundo ceñidos de esa energía divina que solo Cristo puede dar. De nada sirve ir a la batalla del Señor hasta que estemos armados con armas celestiales. Tenemos que ver a Jesús; esto es esencial. Junto al propiciatorio nos quedaremos hasta que se nos manifieste como no se manifiesta al mundo, y hasta que podamos decir con verdad: «Estuvimos con él en el monte santo».
11 de septiembre
«Apartaos». (2 Corintios 6:17)
El cristiano, mientras está en el mundo, no ha de ser del mundo. Debe distinguirse de él en el gran objeto de su vida. Para él, «el vivir» debe ser «Cristo». Ya coma, ya beba, o haga cualquier otra cosa, debe hacerlo todo para la gloria de Dios. Puedes acumular tesoros; pero acumúlalos en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Puedes esforzarte por ser rico; pero sea tu ambición ser «rico en fe» y en buenas obras. Puedes tener placeres; pero cuando estés alegre, canta salmos y alaba al Señor en tu corazón. En tu espíritu, así como en tu propósito, debes diferenciarte del mundo. Esperando humildemente delante de Dios, siempre consciente de su presencia, deleitándote en la comunión con él y procurando conocer su voluntad, demostrarás que eres de linaje celestial. Y debes estar separado del mundo en tus acciones. Si una cosa es justa, aunque pierdas con ella, debe hacerse; si es mala, aunque ganaras con ella, debes despreciar el pecado por amor de tu Maestro. No debes tener comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprenderlas. Anda como es digno de tu alta vocación y dignidad. Recuerda, oh cristiano, que eres hijo del Rey de reyes. Por tanto, guárdate sin mancha del mundo. No ensucies los dedos que pronto pulsarán cuerdas celestiales; no dejes que se vuelvan ventanas de la lujuria estos ojos que pronto verán al Rey en su hermosura; no se manchen en lugares cenagosos esos pies que pronto andarán por las calles de oro; no se llenen de orgullo y amargura esos corazones que dentro de poco se llenarán del cielo y rebosarán de gozo extático.
¡Levántate, pues, alma mía!, y remóntate
por encima de la multitud irreflexiva;
por encima de los placeres de los frívolos
y de los esplendores de los soberbios;
arriba, donde florecen bellezas eternas
y placeres del todo divinos;
donde brillan riquezas que nunca se consumen
y glorias sin fin.
12 de septiembre
«Dios es celoso». (Nahúm 1:2)
Tu Señor es muy celoso de tu amor, oh creyente. ¿Te escogió él? No puede soportar que tú escojas a otro. ¿Te compró con su propia sangre? No puede tolerar que pienses que eres tuyo, o que perteneces a este mundo. Te amó con tal amor que no quiso quedarse en el cielo sin ti; antes prefirió morir que dejar que perecieras, y no puede tolerar que nada se interponga entre el amor de tu corazón y él. Es muy celoso de tu confianza. No te permitirá confiar en un brazo de carne. No puede soportar que caves cisternas rotas cuando la fuente desbordante está siempre a tu disposición. Cuando nos apoyamos en él, se alegra; pero cuando trasladamos nuestra dependencia a otro, cuando confiamos en nuestra propia sabiduría o en la sabiduría de un amigo —y, peor que todo, cuando confiamos en alguna obra nuestra—, se desagrada, y nos castigará para atraernos a sí. Es también muy celoso de nuestra compañía. No debería haber nadie con quien conversemos tanto como con Jesús. Permanecer solo en él: esto es amor verdadero; pero tener comunión con el mundo, hallar suficiente consuelo en nuestras comodidades carnales, preferir aun la compañía de nuestros hermanos en la fe al trato secreto con él, esto ofende gravemente a nuestro celoso Señor. Él quisiera que permaneciéramos en él y gozáramos de comunión constante consigo; y muchas de las pruebas que nos envía tienen el propósito de destetar nuestros corazones de la criatura y fijarlos más estrechamente en él. Que este celo que quiere mantenernos cerca de Cristo sea también un consuelo para nosotros, porque si nos ama tanto como para preocuparse así por nuestro amor, podemos estar seguros de que no permitirá que nada nos dañe, y nos protegerá de todos nuestros enemigos. ¡Ojalá tengamos gracia este día para guardar nuestros corazones en sagrada castidad solo para nuestro Amado, cerrando con santo celo nuestros ojos a todas las fascinaciones del mundo!
13 de septiembre
«Atravesando el valle de Baca lo cambian en fuente; la lluvia llena también los estanques». (Salmo 84:6)
Esto nos enseña que el consuelo obtenido por uno puede a menudo resultar útil a otro, así como los pozos servían a la caravana que venía detrás. Leemos algún libro lleno de consolación, que es como la vara de Jonatán, que destila miel. ¡Ah!, pensamos, nuestro hermano ha estado aquí antes que nosotros, y ha cavado este pozo para nosotros tanto como para sí mismo. Más de una «Noche de llanto», unas «Armonías de medianoche», un «Día eterno», «Lo torcido de la suerte», un «Consuelo para los que lloran», han sido pozos cavados por un peregrino para sí mismo, pero han resultado igual de útiles para otros. Esto lo notamos especialmente en los Salmos, como aquel que comienza: «¿Por qué te abates, oh alma mía?». Los viajeros se han alegrado al ver la huella de un hombre en una playa desierta, y a nosotros nos encanta ver las señales del camino que dejaron los peregrinos al pasar por el valle de lágrimas.
Los peregrinos cavan el pozo, pero, cosa extraña, se llena por arriba y no por abajo. Nosotros usamos los medios, pero la bendición no brota de los medios. Cavamos un pozo, pero el cielo lo llena de lluvia. El caballo se prepara para el día de la batalla, mas del Señor es la victoria. Los medios están relacionados con el fin, pero no lo producen por sí mismos. Mira aquí: la lluvia llena los estanques, de modo que los pozos se vuelven útiles como depósitos para el agua; el trabajo no se pierde, pero tampoco sustituye la ayuda divina.
Bien puede compararse la gracia con la lluvia por su pureza, por su influencia refrescante y vivificadora, porque viene solo de lo alto, y por la soberanía con que se da o se retiene. ¡Que nuestros lectores tengan lluvias de bendición, y que los pozos que han cavado se llenen de agua! ¡Oh, qué son los medios y las ordenanzas sin la sonrisa del cielo! Son como nubes sin lluvia y estanques sin agua. ¡Oh Dios de amor, abre las ventanas de los cielos y derrama sobre nosotros bendición!
14 de septiembre
«Y había también con él otras barcas pequeñas». (Marcos 4:36)
Jesús era aquella noche el Gran Almirante del mar, y su presencia preservó a todo el convoy. Bueno es navegar con Jesús, aunque sea en una barca pequeña. Cuando navegamos en compañía de Cristo, no podemos dar por seguro el buen tiempo, porque grandes tormentas pueden sacudir la nave que lleva al Señor mismo, y no debemos esperar hallar el mar menos embravecido alrededor de nuestra pequeña barca. Si vamos con Jesús, debemos contentarnos con correr su misma suerte; y cuando las olas sean bravas para él, lo serán también para nosotros. Por la tempestad y el zarandeo llegaremos a tierra, como él llegó antes que nosotros.
Cuando la tormenta barrió el oscuro lago de Galilea, todos los rostros se ensombrecieron y todos los corazones temieron el naufragio. Cuando toda ayuda de la criatura era inútil, el Salvador dormido se levantó y, con una palabra, transformó el tumulto de la tempestad en la honda quietud de una calma; entonces quedaron en reposo las barquitas lo mismo que la que llevaba al Señor. Jesús es la estrella del mar; y aunque haya tristeza en el mar, cuando Jesús está en él hay también gozo. Que nuestros corazones hagan de Jesús su ancla, su timón, su faro, su bote salvavidas y su puerto. Su Iglesia es la nave capitana del Almirante; sigamos sus movimientos y animemos a sus oficiales con nuestra presencia. Él mismo es el gran atractivo; sigamos siempre su estela, observemos sus señales, gobernemos por su carta de navegación, y nunca temamos mientras esté al alcance de la voz. Ni una sola nave del convoy naufragará; el gran Comodoro conducirá a salvo cada barca al puerto deseado. Por la fe soltaremos amarras para otra jornada de travesía y nos haremos a la mar con Jesús en un mar de tribulación. Los vientos y las olas no nos perdonarán, pero todos le obedecen; y, por tanto, sean cuales sean las borrascas de fuera, la fe sentirá dentro una calma bendita. Él está siempre en el centro de la compañía azotada por el temporal: regocijémonos en él. Su nave ha llegado al puerto, y así llegará la nuestra.
15 de septiembre
«No tendrá temor de malas noticias». (Salmo 112:7)
Cristiano, no deberías temer la llegada de malas noticias; porque si te angustian, ¿qué haces de más que los otros hombres? Los otros hombres no tienen a tu Dios a quien acudir; nunca han probado su fidelidad como tú, y no es de extrañar que estén abatidos por la alarma y acobardados por el temor; pero tú profesas ser de otro espíritu; has sido engendrado de nuevo para una esperanza viva, y tu corazón vive en el cielo y no en las cosas terrenales; ahora bien, si se te ve tan turbado como a los demás hombres, ¿qué valor tiene esa gracia que profesas haber recibido? ¿Dónde está la dignidad de esa nueva naturaleza que afirmas poseer?
Además, si te llenaras de alarma como los demás, sin duda caerías en los pecados tan comunes a los demás en circunstancias difíciles. Los impíos, cuando los sorprenden malas noticias, se rebelan contra Dios; murmuran y piensan que Dios los trata con dureza. ¿Caerás tú en ese mismo pecado? ¿Provocarás al Señor como ellos lo hacen?
Además, los inconversos recurren a menudo a medios indebidos para escapar de las dificultades, y tú harás sin duda lo mismo si tu mente cede ante la presión del momento. Confía en el Señor, y espera en él con paciencia. Lo más sabio que puedes hacer es lo que hizo Moisés en el mar Rojo: «Estad quietos, y ved la salvación de Dios». Porque si te dejas vencer por el temor cuando oyes malas noticias, serás incapaz de afrontar la aflicción con esa serena compostura que da nervio para el deber y sostiene en la adversidad. ¿Cómo puedes glorificar a Dios si te portas como un cobarde? Los santos han cantado muchas veces las altas alabanzas de Dios en medio del fuego; pero ¿engrandecerán al Altísimo tus dudas y tu desaliento, como si no tuvieras a nadie que te ayudara? Cobra, pues, ánimo, y, apoyándote con firme confianza en la fidelidad de tu Dios del pacto, «no se turbe tu corazón, ni tenga miedo».
16 de septiembre
«Participantes de la naturaleza divina». (2 Pedro 1:4)
Ser participante de la naturaleza divina no es, por supuesto, llegar a ser Dios. Eso no puede ser. La esencia de la Deidad no puede ser compartida por la criatura. Entre la criatura y el Creador ha de haber siempre una gran sima puesta en cuanto a la esencia; pero así como el primer hombre, Adán, fue hecho a imagen de Dios, así nosotros, por la renovación del Espíritu Santo, somos hechos, en un sentido aún más divino, a imagen del Altísimo, y somos participantes de la naturaleza divina. Por la gracia somos hechos semejantes a Dios. «Dios es amor»; nosotros llegamos a ser amor: «Todo aquel que ama es nacido de Dios». Dios es verdad; nosotros llegamos a ser veraces y amamos lo que es verdadero; Dios es bueno, y él nos hace buenos por su gracia, de modo que llegamos a ser los de limpio corazón que verán a Dios. Además, llegamos a ser participantes de la naturaleza divina en un sentido aún más alto que este; de hecho, en un sentido tan elevado como pueda concebirse, sin llegar a ser absolutamente divinos. ¿No llegamos a ser miembros del cuerpo de la persona divina de Cristo? Sí, la misma sangre que corre por la cabeza corre por la mano; y la misma vida que vivifica a Cristo vivifica a su pueblo, porque «habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». Más aún, como si esto no bastara, estamos desposados con Cristo. Él nos ha desposado consigo en justicia y en fidelidad, y el que se une al Señor, un espíritu es con él. ¡Oh misterio maravilloso! Lo contemplamos, pero ¿quién lo entenderá? Uno con Jesús; tan uno con él que el pámpano no es más uno con la vid de lo que nosotros somos parte del Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Mientras nos regocijamos en esto, recordemos que los que son hechos participantes de la naturaleza divina manifestarán su alto y santo parentesco en su trato con los demás, y harán evidente, por su andar y su conducta diarios, que han huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia. ¡Oh, si tuviéramos más santidad divina en nuestra vida!
17 de septiembre
«Traédmelo». (Marcos 9:19)
Desesperado, el pobre padre decepcionado se apartó de los discípulos y se volvió a su Maestro. Su hijo estaba en la peor condición posible, y todos los medios habían fracasado; pero el desdichado niño fue pronto librado del maligno cuando el padre, con fe, obedeció la palabra del Señor Jesús: «Traédmelo». Los hijos son un precioso don de Dios, pero con ellos viene mucha ansiedad. Pueden ser una gran alegría o una gran amargura para sus padres; pueden estar llenos del Espíritu de Dios, o poseídos por el espíritu del mal. En todos los casos, la Palabra de Dios nos da una sola receta para curar todos sus males: «Traédmelo». ¡Oh, si oráramos con más angustia por ellos mientras aún son pequeñitos! El pecado está allí; que nuestras oraciones empiecen a atacarlo. Nuestros clamores por nuestros hijos deberían preceder a esos gritos que anuncian su llegada a un mundo de pecado. En los días de su juventud veremos tristes señales de ese espíritu mudo y sordo que ni ora como debe ni oye la voz de Dios en el alma; pero Jesús sigue mandando: «Traédmelos». Cuando sean mayores, quizá se revuelquen en el pecado y echen espumarajos de enemistad contra Dios; entonces, cuando nuestro corazón se esté rompiendo, debemos recordar las palabras del gran Médico: «Traédmelos». Nunca debemos dejar de orar hasta que ellos dejen de respirar. Ningún caso es desesperado mientras Jesús vive.
El Señor permite a veces que su pueblo sea acorralado para que conozca por experiencia cuán necesario le es él. Los hijos impíos, cuando nos muestran nuestra propia impotencia frente a la depravación de su corazón, nos impulsan a huir al Fuerte en busca de fuerza, y esto es una gran bendición para nosotros. Cualquiera que sea nuestra necesidad de esta mañana, que, como una corriente poderosa, nos lleve al océano del amor divino. Jesús puede quitar pronto nuestra tristeza; él se deleita en consolarnos. Apresurémonos a ir a él mientras nos espera para salir a nuestro encuentro.
18 de septiembre
«Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu». (Gálatas 5:25)
Las dos cosas más importantes de nuestra santa religión son la vida de fe y el andar de fe. Quien entienda bien estas dos cosas no está lejos de ser un maestro en teología experimental, porque son puntos vitales para un cristiano. Nunca hallarás verdadera fe que no vaya acompañada de verdadera piedad; por otra parte, nunca descubrirás una vida verdaderamente santa que no tenga por raíz una fe viva en la justicia de Cristo. ¡Ay de los que buscan lo uno sin lo otro! Hay algunos que cultivan la fe y olvidan la santidad; estos pueden estar muy altos en ortodoxia, pero estarán muy hondos en condenación, porque detienen con injusticia la verdad; y hay otros que se han esforzado por alcanzar la santidad de vida, pero han negado la fe, como los fariseos de antaño, de quienes el Maestro dijo que eran «sepulcros blanqueados». Debemos tener fe, porque este es el fundamento; debemos tener santidad de vida, porque esta es el edificio. ¿De qué le sirve a un hombre el mero fundamento de un edificio en el día de la tempestad? ¿Puede esconderse en él? Necesita una casa que lo cubra, además de un fundamento para esa casa. Así también necesitamos el edificio de la vida espiritual si queremos tener consuelo en el día de la duda. Pero no busques una vida santa sin fe, porque eso sería levantar una casa que no puede dar abrigo permanente, porque no tiene fundamento sobre la roca. Júntense la fe y la vida, y, como los dos estribos de un arco, harán perdurable nuestra piedad. Como la luz y el calor que fluyen del mismo sol, ambas están igualmente llenas de bendición. Como las dos columnas del templo, son para gloria y para hermosura. Son dos corrientes de la fuente de la gracia; dos lámparas encendidas con fuego santo; dos olivos regados por el cuidado celestial. Oh Señor, danos hoy vida dentro, y ella se manifestará fuera para tu gloria.
19 de septiembre
«La libertad con que Cristo nos hizo libres». (Gálatas 5:1)
Esta «libertad» nos da libre acceso a la carta del cielo: la Biblia. He aquí un pasaje escogido, creyente: «Cuando pases por los ríos, yo estaré contigo». Tienes libre acceso a él. He aquí otro: «Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia»; tienes libre acceso a él. Eres un huésped bienvenido a la mesa de las promesas. La Escritura es un tesoro que nunca se agota, lleno de provisiones ilimitadas de gracia. Es el banco del cielo; puedes sacar de él cuanto quieras, sin traba ni estorbo. Ven con fe, y eres bienvenido a todas las bendiciones del pacto. No hay en la Palabra una sola promesa que te sea negada. En lo hondo de las tribulaciones, que esta libertad te consuele; en medio de olas de angustia, que te anime; cuando las penas te rodeen, que sea tu alivio. Esta es la prenda de amor de tu Padre; tienes libre acceso a ella en todo tiempo. Tienes también libre acceso al trono de la gracia. Es privilegio del creyente tener acceso en todo tiempo a su Padre celestial. Cualesquiera que sean nuestros deseos, nuestras dificultades, nuestras necesidades, tenemos libertad para extenderlo todo delante de él. No importa cuánto hayamos pecado: podemos pedir y esperar perdón. Nada significa cuán pobres seamos: podemos alegar su promesa de que proveerá todo lo necesario. Tenemos permiso para acercarnos a su trono en todo tiempo, en la hora más oscura de la medianoche o en el calor más abrasador del mediodía. Ejerce tu derecho, oh creyente, y vive a la altura de tu privilegio. Tienes libre acceso a todo lo que está atesorado en Cristo: sabiduría, justicia, santificación y redención. No importa cuál sea tu necesidad, porque en Cristo hay provisión en plenitud, y está allí para ti. ¡Oh, qué «libertad» es la tuya! Libertad de la condenación, libre acceso a las promesas, libre acceso al trono de la gracia, ¡y al fin, libre entrada en el cielo!
20 de septiembre
«La espada del Señor y de Gedeón». (Jueces 7:20)
Gedeón ordenó a sus hombres hacer dos cosas: cubriendo una antorcha dentro de un cántaro de barro, les mandó que, a una señal convenida, quebraran el cántaro y dejaran brillar la luz, y luego tocaran la trompeta, gritando: «¡La espada del Señor y de Gedeón! ¡La espada del Señor y de Gedeón!». Esto es precisamente lo que todos los cristianos deben hacer. Primero, debes brillar; quiebra el cántaro que oculta tu luz; echa a un lado el almud que ha estado escondiendo tu lámpara, y brilla. Alumbre tu luz delante de los hombres; sean tales tus buenas obras que, cuando los hombres te miren, reconozcan que has estado con Jesús. Luego tiene que haber sonido, el toque de la trompeta. Tiene que haber esfuerzos activos para recoger a los pecadores proclamando a Cristo crucificado. Llévales el evangelio; llévalo hasta su puerta; ponlo en su camino; no permitas que escapen de él; toca la trompeta junto a sus mismos oídos. Recuerda que el verdadero grito de guerra de la Iglesia es la consigna de Gedeón: «¡La espada del Señor y de Gedeón!». Dios tiene que hacerlo; es su propia obra. Pero no hemos de estar ociosos; hay que usar instrumentos: «¡La espada del Señor y de Gedeón!». Si solo gritamos: «¡La espada del Señor!», seremos culpables de una presunción ociosa; y si clamamos solamente: «¡La espada de Gedeón!», manifestaremos una confianza idólatra en un brazo de carne; debemos unir las dos cosas en armonía práctica: «¡La espada del Señor y de Gedeón!». Nada podemos hacer por nosotros mismos, pero podemos hacerlo todo con la ayuda de nuestro Dios; resolvamos, pues, en su nombre, salir personalmente a servir con nuestra antorcha encendida de santo ejemplo y con el toque de trompeta de nuestra ferviente proclamación y testimonio, y Dios estará con nosotros, y Madián será confundido, y el Señor de los ejércitos reinará por los siglos de los siglos.
21 de septiembre
«Me alegraré con ellos haciéndoles bien». (Jeremías 32:41)
¡Cuánto anima al creyente el deleite que Dios tiene en sus santos! No vemos en nosotros ninguna razón por la que el Señor haya de complacerse en nosotros; no podemos deleitarnos en nosotros mismos, porque a menudo tenemos que gemir agobiados, conscientes de nuestra pecaminosidad y deplorando nuestra infidelidad; y tememos que el pueblo de Dios no pueda deleitarse mucho en nosotros, porque ha de percibir tantas de nuestras imperfecciones y necedades que más bien lamentará nuestras flaquezas que admirará nuestras gracias. Pero nos encanta detenernos en esta verdad trascendente, en este glorioso misterio: que como el esposo se goza con la esposa, así se goza el Señor con nosotros. No leemos en ninguna parte que Dios se deleite en las montañas coronadas de nubes ni en las estrellas centelleantes, pero sí leemos que se deleita en la parte habitable de la tierra, y que sus delicias son con los hijos de los hombres. No hallamos escrito que ni aun los ángeles den deleite a su alma; ni dice, acerca de los querubines y serafines: «Serás llamada Hefzi-bá, porque el Señor se deleita en ti»; pero sí dice todo eso a pobres criaturas caídas como nosotros, rebajadas y depravadas por el pecado, pero salvadas, exaltadas y glorificadas por su gracia. ¡Con qué lenguaje tan fuerte expresa su deleite en su pueblo! ¿Quién habría concebido al Eterno prorrumpiendo en un cántico? Y sin embargo está escrito: «Se gozará sobre ti con alegría, reposará en su amor, se regocijará sobre ti con cánticos». Cuando miró el mundo que había hecho, dijo: «Es bueno en gran manera»; pero cuando contempló a los que son la adquisición de la sangre de Jesús, a sus propios escogidos, pareció como si el gran corazón del Infinito no pudiera contenerse más, sino que se desbordó en divinas exclamaciones de gozo. ¿No deberíamos dar nuestra agradecida respuesta a tan maravillosa declaración de su amor, y cantar: «Me alegraré en el Señor, me gozaré en el Dios de mi salvación»?
22 de septiembre
«Alégrese Israel en su Hacedor». (Salmo 149:2)
Alégrate de corazón, oh creyente, pero cuida de que tu alegría tenga su fuente en el Señor. Tienes mucho motivo de alegría en tu Dios, porque puedes cantar con David: «Dios, alegría de mi gozo». ¡Alégrate de que el Señor reina, de que Jehová es Rey! ¡Regocíjate de que él se sienta en el trono y lo gobierna todo! Cada atributo de Dios debe convertirse en un nuevo rayo en la luz del sol de nuestra alegría. Que él es sabio debe alegrarnos, conociendo como conocemos nuestra propia necedad. Que él es poderoso debe hacernos regocijar a los que temblamos por nuestra debilidad. Que él es eterno debe ser siempre un tema de gozo, cuando sabemos que nos marchitamos como la hierba. Que él es inmutable debe darnos perpetuamente un cántico, puesto que nosotros cambiamos a cada hora. Que él está lleno de gracia, que rebosa de ella, y que esta gracia nos la ha dado en el pacto; que es nuestra para limpiarnos, nuestra para guardarnos, nuestra para santificarnos, nuestra para perfeccionarnos, nuestra para llevarnos a la gloria: todo esto debe contribuir a alegrarnos en él. Esta alegría en Dios es como un río profundo; hasta ahora solo hemos tocado su orilla; conocemos un poco de sus corrientes claras, dulces y celestiales, pero más adelante la profundidad es mayor y la corriente más impetuosa en su gozo. El cristiano siente que puede deleitarse no solo en lo que Dios es, sino también en todo lo que Dios ha hecho en el pasado. Los Salmos nos muestran que el pueblo de Dios en tiempos antiguos solía pensar mucho en las acciones de Dios y tener un cántico acerca de cada una de ellas. ¡Que así el pueblo de Dios repase ahora los hechos del Señor! Que cuenten sus proezas y «canten al Señor, porque se ha magnificado grandemente». Y que nunca dejen de cantar, porque así como nuevas misericordias fluyen hacia ellos día tras día, así su alegría en los actos amorosos del Señor, en la providencia y en la gracia, debe mostrarse en una acción de gracias continua. Alegraos, hijos de Sión, y gozaos en el Señor vuestro Dios.
23 de septiembre
«Nos hizo aceptos en el Amado». (Efesios 1:6)
¡Qué estado tan privilegiado! Incluye nuestra justificación delante de Dios, pero el término «aceptación» en el griego significa más que eso. Significa que somos objeto de la complacencia divina; más aún, del deleite divino. ¡Qué maravilla que nosotros, gusanos, mortales, pecadores, seamos objeto del amor divino! Pero lo somos solamente «en el Amado». Algunos cristianos parecen sentirse aceptados según su propia experiencia; al menos, así lo entienden ellos. Cuando su espíritu está animado y sus esperanzas son brillantes, piensan que Dios los acepta, porque se sienten tan elevados, tan celestiales, tan atraídos por encima de la tierra. Pero cuando su alma se apega al polvo, caen víctimas del temor de que ya no son aceptados. ¡Si tan solo pudieran ver que todos sus gozos elevados no los ensalzan, y que todos sus abatimientos no los rebajan realmente a los ojos de su Padre, sino que están aceptados en Uno que nunca cambia, en Uno que es siempre el Amado de Dios, siempre perfecto, siempre sin mancha ni arruga ni cosa semejante, cuánto más felices serían y cuánto más honrarían al Salvador! Regocíjate, pues, creyente, en esto: eres aceptado «en el Amado». Miras dentro de ti y dices: «¡No hay nada aceptable aquí!». Pero mira a Cristo, y ve si no hay allí todo lo aceptable. Tus pecados te turban; pero Dios ha echado tus pecados tras sus espaldas, y eres aceptado en el Justo. Tienes que pelear contra la corrupción y luchar contra la tentación, pero ya eres aceptado en aquel que ha vencido a los poderes del mal. El diablo te tienta; ten buen ánimo, no puede destruirte, porque eres aceptado en aquel que aplastó la cabeza de Satanás. Conoce con plena certidumbre tu gloriosa posición. Ni siquiera las almas glorificadas son más aceptadas que tú. Ellas son aceptadas en el cielo solamente «en el Amado», y tú eres aceptado ya ahora en Cristo de la misma manera.
24 de septiembre
«Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino; porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su poder y su furor contra todos los que le abandonan». (Esdras 8:22)
Por muchas razones habría sido deseable una escolta para la compañía de peregrinos, pero una santa vergüenza no le permitió a Esdras buscarla. Temía que el rey pagano pensara que su profesión de fe en Dios era pura hipocresía, o imaginara que el Dios de Israel no podía proteger a sus propios adoradores. No podía resignarse a apoyarse en un brazo de carne en un asunto tan evidentemente del Señor, y por eso la caravana partió sin ninguna protección visible, guardada por aquel que es la espada y el escudo de su pueblo. Es de temer que pocos creyentes sientan este santo celo por Dios; aun los que en cierta medida andan por fe empañan a veces el brillo de su vida mendigando la ayuda del hombre. Es una cosa bienaventurada no tener puntales ni contrafuertes, sino mantenerse erguido sobre la Roca de los siglos, sostenido solo por el Señor. ¿Buscarían algunos creyentes dotaciones del Estado para su Iglesia, si recordaran que el Señor queda deshonrado cuando piden la ayuda del César? ¡Como si el Señor no pudiera suplir las necesidades de su propia causa! ¿Correríamos tan apresuradamente a amigos y parientes en busca de ayuda, si recordáramos que el Señor es engrandecido cuando confiamos sin reservas en su solo brazo? Alma mía, espera tú solamente en Dios. «Pero», dice alguno, «¿no se han de usar los medios?». Ciertamente que sí; pero nuestra falta rara vez está en descuidarlos: mucho más a menudo nace de creer neciamente en ellos en lugar de creer en Dios. Pocos se exceden en descuidar el brazo de la criatura; pero muchísimos pecan gravemente al darle demasiada importancia. Aprende, querido lector, a glorificar al Señor dejando sin probar los medios, si al usarlos hubieras de deshonrar el nombre del Señor.
25 de septiembre
«El justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». (Romanos 3:26)
Justificados por la fe, tenemos paz para con Dios. La conciencia ya no acusa. El juicio falla ahora a favor del pecador y no en su contra. La memoria mira atrás a los pecados pasados con profundo dolor por el pecado, pero sin ningún temor de castigo venidero; porque Cristo ha pagado la deuda de su pueblo hasta la última jota y tilde, y ha recibido el recibo divino; y a menos que Dios pueda ser tan injusto que exija doble pago por una sola deuda, ninguna alma por la cual Jesús murió como sustituto puede jamás ser arrojada al infierno. Parece ser uno de los principios mismos de nuestra naturaleza iluminada creer que Dios es justo; sentimos que así debe ser, y esto es lo que al principio nos llena de terror; pero ¿no es maravilloso que esta misma creencia de que Dios es justo llegue a ser después la columna de nuestra confianza y de nuestra paz? Si Dios es justo, yo, pecador, solo y sin sustituto, he de ser castigado; pero Jesús se pone en mi lugar y es castigado por mí; y ahora, si Dios es justo, yo, pecador, estando en Cristo, nunca podré ser castigado. Dios tendría que cambiar su naturaleza antes que un alma por la cual Jesús fue sustituto pudiera, de algún modo posible, sufrir el azote de la ley. Por tanto, habiendo tomado Jesús el lugar del creyente, y habiendo rendido a la ira divina un equivalente completo por todo lo que su pueblo debía haber sufrido como resultado del pecado, el creyente puede exclamar con glorioso triunfo: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios?». No Dios, pues él ha justificado; no Cristo, pues él ha muerto, «más aún, el que también resucitó». Mi esperanza vive no porque yo no sea pecador, sino porque soy un pecador por quien Cristo murió; mi confianza no está en que yo sea santo, sino en que, siendo yo impío, él es mi justicia. Mi fe no descansa en lo que soy, o seré, o siento, o sé, sino en lo que Cristo es, en lo que ha hecho y en lo que está haciendo ahora por mí. Sobre el león de la justicia cabalga como una reina la hermosa doncella de la esperanza.
26 de septiembre
«Los mirtos que había en la hondura». (Zacarías 1:8)
La visión de este capítulo describe la condición de Israel en los días de Zacarías; pero, interpretada en su aspecto hacia nosotros, describe a la Iglesia de Dios tal como la encontramos hoy en el mundo. La Iglesia es comparada a un bosquecillo de mirtos que florece en un valle. Está escondida, inadvertida, oculta; no corteja ningún honor ni atrae la mirada del observador descuidado. La Iglesia, como su Cabeza, tiene una gloria, pero esta se oculta a los ojos carnales, porque aún no ha llegado el tiempo en que se manifieste en todo su esplendor. También se nos sugiere la idea de una seguridad tranquila: porque el bosquecillo de mirtos en el valle está quieto y en calma, mientras la tormenta barre las cumbres de los montes. Las tempestades descargan su fuerza sobre los picos escarpados de los Alpes, pero allá abajo, donde corre el río que alegra la ciudad de nuestro Dios, los mirtos florecen junto a las aguas de reposo, sin que el viento impetuoso los sacuda. ¡Qué grande es la tranquilidad interior de la Iglesia de Dios! Aun cuando se la combate y persigue, tiene una paz que el mundo no da y que, por tanto, no puede quitar: la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarda los corazones y los pensamientos del pueblo de Dios. ¿No retrata con fuerza esta metáfora el crecimiento apacible y perpetuo de los santos? El mirto no pierde sus hojas, siempre está verde; y la Iglesia, en sus peores tiempos, conserva todavía a su alrededor un bendito verdor de gracia; más aún, a veces ha mostrado el mayor verdor cuando su invierno ha sido más crudo. Ha prosperado más cuando sus adversidades han sido más severas. Por eso el texto insinúa la victoria. El mirto es emblema de paz y señal significativa de triunfo. Las sienes de los vencedores se ceñían con mirto y con laurel; ¿y no es la Iglesia siempre victoriosa? ¿No es todo cristiano más que vencedor por medio de aquel que lo amó? Viviendo en paz, ¿no se duermen los santos en los brazos de la victoria?
27 de septiembre
«Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por el Señor?». (Deuteronomio 33:29)
Quien afirma que el cristianismo hace desdichados a los hombres es él mismo un completo extraño a él. Sería en verdad extraño que nos hiciera desgraciados, porque ¡mira a qué posición nos eleva! Nos hace hijos de Dios. ¿Supones que Dios dará toda la felicidad a sus enemigos y reservará todo el llanto para su propia familia? ¿Tendrán sus enemigos alegría y gozo, y heredarán sus hijos nacidos en casa tristeza y desdicha? ¿Se llamará rico en felicidad el pecador que no tiene parte en Cristo, y andaremos nosotros enlutados como mendigos sin un centavo? No, nos regocijaremos en el Señor siempre y nos gloriaremos en nuestra herencia, porque «no hemos recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor, sino que hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!». La vara de la disciplina ha de descansar sobre nosotros en nuestra medida, pero obra en nosotros el fruto apacible de justicia; y por tanto, con la ayuda del divino Consolador, nosotros, el «pueblo salvo por el Señor», nos gozaremos en el Dios de nuestra salvación. Estamos desposados con Cristo; ¿y permitirá nuestro gran Esposo que su esposa languidezca en continua aflicción? Nuestros corazones están unidos a él: somos sus miembros, y aunque por un tiempo suframos como sufrió una vez nuestra Cabeza, aun ahora somos bendecidos con bendiciones celestiales en él. Tenemos las arras de nuestra herencia en los consuelos del Espíritu, que no son pocos ni pequeños. Herederos de un gozo eterno, tenemos anticipos de nuestra porción. Hay destellos de la luz del gozo que anuncian nuestro amanecer eterno. Nuestras riquezas están más allá del mar; nuestra ciudad de firmes fundamentos se halla al otro lado del río; rayos de gloria del mundo de los espíritus alegran nuestros corazones y nos impulsan hacia adelante. Con verdad se dice de nosotros: «Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por el Señor?».
28 de septiembre
«Desde los cielos miró el Señor; vio a todos los hijos de los hombres». (Salmo 33:13)
Quizá ninguna figura retórica presenta a Dios bajo una luz más llena de gracia que cuando se habla de él inclinándose desde su trono y descendiendo del cielo para atender las necesidades y contemplar los males de la humanidad. Amamos a aquel que, cuando Sodoma y Gomorra estaban llenas de iniquidad, no quiso destruir aquellas ciudades sin antes haberlas visitado personalmente. No podemos evitar derramar nuestro corazón en afecto por nuestro Señor, que inclina su oído desde la gloria más alta y lo acerca a los labios del pecador moribundo, cuyo corazón desfalleciente anhela la reconciliación. ¿Cómo no amarlo, sabiendo que él cuenta aun los cabellos de nuestra cabeza, señala nuestra senda y ordena nuestros caminos? Esta gran verdad se acerca especialmente a nuestro corazón cuando recordamos cuán atento está, no solo a los intereses temporales de sus criaturas, sino a sus asuntos espirituales. Aunque leguas de distancia separan a la criatura finita del Creador infinito, hay sin embargo lazos que unen a ambos. Cuando derramas una lágrima, no pienses que Dios no la ve; porque «como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen». Tu suspiro puede conmover el corazón de Jehová; tu susurro puede inclinar hacia ti su oído; tu oración puede detener su mano; tu fe puede mover su brazo. No pienses que Dios está sentado en lo alto sin hacer caso de ti. Recuerda que, por pobre y necesitado que seas, el Señor piensa en ti. Porque los ojos del Señor contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él.
¡Oh, repite pues la verdad que nunca cansa:
no hay Dios como el Dios que mi alma ansía;
aquel ante cuya voz tiembla el cielo, aun él,
grande como es, sabe inclinarse hasta mí.
29 de septiembre
«Y si la lepra hubiere cubierto toda su carne, dará por limpio al llagado». (Levítico 13:13)
Bastante extraña parece esta disposición, y sin embargo había sabiduría en ella, porque el que la enfermedad brotara hacia afuera demostraba que la constitución estaba sana. Esta mañana nos hará bien ver la enseñanza figurada de una regla tan singular. Nosotros también somos leprosos, y podemos leer la ley del leproso como aplicable a nosotros mismos. Cuando un hombre se ve a sí mismo completamente perdido y arruinado, cubierto por entero de la inmundicia del pecado, sin parte alguna libre de contaminación; cuando renuncia a toda justicia propia y se declara culpable delante del Señor, entonces queda limpio por la sangre de Jesús y la gracia de Dios. La iniquidad oculta, no sentida, no confesada, es la verdadera lepra; pero cuando el pecado es visto y sentido, ha recibido su golpe mortal, y el Señor mira con ojos de misericordia al alma afligida por él. Nada es más mortífero que la justicia propia, ni nada más esperanzador que la contrición. Debemos confesar que no somos «otra cosa que pecado», porque ninguna confesión que se quede corta de esto será toda la verdad; y si el Espíritu Santo está obrando en nosotros, convenciéndonos de pecado, no habrá dificultad en hacer tal reconocimiento: brotará espontáneamente de nuestros labios. ¡Qué consuelo ofrece el texto a quienes sienten profundamente su pecado! El pecado llorado y confesado, por negro y vil que sea, nunca excluirá a un hombre del Señor Jesús. Al que a él viene, no lo echará fuera. Aunque sea deshonesto como el ladrón, aunque impuro como la mujer que era pecadora, aunque feroz como Saulo de Tarso, aunque cruel como Manasés, aunque rebelde como el pródigo, el gran corazón del amor mirará al hombre que siente que no hay en él nada sano, y lo declarará limpio cuando confíe en Jesús crucificado. Ven, pues, a él, pobre pecador cargado,
ven necesitado, ven culpable, ven inmundo y desnudo;
no puedes venir demasiado sucio: ven tal como eres.
30 de septiembre
«Cantad la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza». (Salmo 66:2)
No se deja a nuestra elección si alabaremos a Dios o no. La alabanza es lo que en toda justicia se le debe a Dios, y todo cristiano, como receptor de su gracia, está obligado a alabar a Dios día tras día. Es cierto que no tenemos una rúbrica autorizada para la alabanza diaria; no tenemos ningún mandamiento que prescriba ciertas horas de canto y acción de gracias: pero la ley escrita en el corazón nos enseña que es justo alabar a Dios; y ese mandato no escrito nos llega con tanta fuerza como si hubiera sido grabado en las tablas de piedra o entregado desde la cumbre del Sinaí entre truenos. Sí, es el deber del cristiano alabar a Dios. No es solo un ejercicio placentero, sino la obligación absoluta de su vida. No penséis, vosotros que siempre estáis lamentándoos, que sois inocentes en este respecto, ni imaginéis que podéis cumplir vuestro deber para con vuestro Dios sin cánticos de alabanza. Estáis atados con los lazos de su amor a bendecir su nombre mientras viváis, y su alabanza debería estar de continuo en vuestra boca, porque sois bendecidos para que lo bendigáis a él; «este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará»; y si no alabáis a Dios, no estáis dando el fruto que él, como divino Labrador, tiene derecho a esperar de vuestras manos. No dejéis, pues, colgada vuestra arpa en los sauces, sino descolgadla y procurad, con corazón agradecido, sacar de ella su música más sonora. Levantaos y entonad su alabanza. Con cada amanecer, elevad vuestras notas de acción de gracias, y que a cada puesta de sol le siga vuestro cántico. Ceñid la tierra con vuestras alabanzas; rodeadla de una atmósfera de melodía, y Dios mismo escuchará desde el cielo y aceptará vuestra música.
«Así te amo, y te amaré,
y en tu alabanza cantaré,
porque tú eres mi Dios de amor
y mi Rey Redentor».
Capítulo 9 completado
Septiembre