Capítulo 8 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha
Agosto
1 de agosto
«Te ruego que me dejes ir al campo, y recogeré espigas». (Rut 2:2)
Cristiano abatido y atribulado, ven hoy a espigar en el ancho campo de la promesa. Aquí hay abundancia de preciosas promesas que responden exactamente a tus necesidades. Toma esta: «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea». ¿No le viene bien a tu caso? Una caña, desvalida, insignificante y débil; una caña cascada, de la que no puede salir música alguna; más débil que la debilidad misma; una caña, y esa caña cascada; y, sin embargo, él no te quebrará, sino que, por el contrario, te restaurará y te fortalecerá. Eres como el pábilo que humea: ni luz ni calor pueden salir de ti; pero él no te apagará; soplará con su dulce aliento de misericordia hasta avivarte en llama. ¿Quieres recoger otra espiga? «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». ¡Qué palabras tan suaves! Tu corazón está tierno, y el Maestro lo sabe, y por eso te habla con tanta dulzura. ¿No lo obedecerás, y vendrás a él ahora mismo? Toma otra espiga: «No temas, gusano de Jacob; yo te socorro, dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel». ¿Cómo puedes temer con una seguridad tan maravillosa como esta? ¡Puedes recoger diez mil espigas de oro como estas! «Yo deshice como a nube tus pecados, y como a niebla espesa tus rebeliones». O esta: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana». O esta: «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiere, tome del agua de la vida gratuitamente». El campo de nuestro Maestro es muy rico; mira los puñados. ¡Mira, ahí están delante de ti, pobre creyente temeroso! Recógelos, hazlos tuyos, porque Jesús te manda tomarlos. ¡No temas, cree solamente! Aférrate a estas dulces promesas, trílalas con la meditación y aliméntate de ellas con gozo.
2 de agosto
«El que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad». (Efesios 1:11)
Nuestra fe en la sabiduría de Dios supone y exige que él tenga un propósito y un plan fijos en la obra de la salvación. ¿Qué habría sido la creación sin su designio? ¿Hay un pez en el mar, o un ave en el aire, cuya formación quedara al azar? No; en cada hueso, articulación y músculo, en cada tendón, glándula y vaso sanguíneo, notas la presencia de un Dios que lo obra todo conforme al designio de una sabiduría infinita. ¿Y estará Dios presente en la creación, gobernándolo todo, y no en la gracia? ¿Tendrá la nueva creación al voluble genio del libre albedrío presidiéndola, cuando el consejo divino gobierna la antigua? ¡Mira la providencia! ¿Quién no sabe que ni un pajarillo cae a tierra sin vuestro Padre? Aun vuestros cabellos están todos contados. Dios pesa los montes de nuestra aflicción con balanza, y los collados de nuestra tribulación con pesas. ¿Y habrá un Dios en la providencia y no en la gracia? ¿Será ordenada la cáscara por la sabiduría, y quedará la almendra al ciego azar? No; él conoce el fin desde el principio. Ve en su lugar señalado no solo la piedra angular que ha asentado sobre hermosos colores, en la sangre de su amado Hijo, sino que contempla en su posición ordenada cada una de las piedras escogidas, sacadas de la cantera de la naturaleza y pulidas por su gracia; ve el todo, de la esquina a la cornisa, de la base al tejado, del cimiento al pináculo. Tiene en su mente un claro conocimiento de cada piedra que será colocada en el espacio que le ha preparado, de cuán vasto será el edificio, y de cuándo será sacada la piedra cimera con aclamaciones de «¡Gracia, gracia a ella!». Al final se verá claramente que en cada vaso de misericordia escogido Jehová hizo con lo suyo como quiso, y que en cada parte de la obra de la gracia cumplió su propósito y glorificó su propio nombre.
3 de agosto
«El Cordero es su lumbrera». (Apocalipsis 21:23)
Contempla en quietud al Cordero como la luz del cielo. En la Escritura la luz es emblema del gozo. El gozo de los santos en el cielo se resume en esto: Jesús nos escogió, nos amó, nos compró, nos limpió, nos vistió, nos guardó, nos glorificó; estamos aquí enteramente por medio del Señor Jesús. Cada uno de estos pensamientos será para ellos como un racimo de las uvas de Escol. La luz es también la causa de la belleza. Nada queda de belleza cuando la luz se ha ido. Sin luz ningún destello brota del zafiro, ningún rayo apacible procede de la perla; y así, toda la belleza de los santos en lo alto viene de Jesús. Como planetas, reflejan la luz del Sol de justicia; viven como rayos que proceden del astro central. Si él se retirara, morirían; si su gloria se velara, la gloria de ellos se extinguiría. La luz es también emblema del conocimiento. En el cielo nuestro conocimiento será perfecto, pero el Señor Jesús mismo será su fuente. Providencias oscuras, nunca antes comprendidas, se verán entonces con claridad, y todo lo que hoy nos desconcierta se nos hará llano a la luz del Cordero. ¡Oh, qué revelaciones habrá, y cómo será glorificado el Dios de amor! La luz significa también manifestación. La luz manifiesta. En este mundo aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. El pueblo de Dios es un pueblo escondido; pero cuando Cristo reciba a los suyos en el cielo, los tocará con la vara de su propio amor y los transformará a la imagen de su gloria manifestada. Eran pobres y miserables, ¡pero qué transformación! Estaban manchados de pecado, pero basta un toque de su dedo, y son resplandecientes como el sol y claros como el cristal. ¡Oh, qué manifestación! Todo esto procede del Cordero exaltado. Cualquiera que sea el esplendor refulgente que allí haya, Jesús será el centro y el alma de todo él. ¡Oh, estar presentes y verlo en su propia luz, el Rey de reyes y Señor de señores!
4 de agosto
«El pueblo que conoce a su Dios será fuerte». (Daniel 11:32)
Todo creyente entiende que conocer a Dios es la forma más alta y mejor de conocimiento; y este conocimiento espiritual es una fuente de fortaleza para el cristiano. Fortalece su fe. En las Escrituras se habla constantemente de los creyentes como personas iluminadas y enseñadas por el Señor; se dice de ellos que «tienen la unción del Santo», y es oficio peculiar del Espíritu guiarlos a toda verdad; y todo esto para el aumento y el fomento de su fe. El conocimiento fortalece el amor, tanto como la fe. El conocimiento abre la puerta, y entonces por esa puerta vemos a nuestro Salvador. O, por usar otra semejanza, el conocimiento pinta el retrato de Jesús, y cuando vemos ese retrato, entonces lo amamos; no podemos amar a un Cristo a quien no conocemos, al menos en alguna medida. Si conocemos poco de las excelencias de Jesús, de lo que ha hecho por nosotros y de lo que está haciendo ahora, no podemos amarlo mucho; pero cuanto más lo conozcamos, más lo amaremos. El conocimiento fortalece también la esperanza. ¿Cómo podemos esperar algo si no sabemos que existe? La esperanza puede ser el telescopio, pero hasta que recibimos instrucción, nuestra ignorancia se interpone delante del cristal y no podemos ver absolutamente nada; el conocimiento quita el objeto que estorba, y cuando miramos por la brillante lente discernimos la gloria que ha de ser revelada y la anticipamos con gozosa confianza. El conocimiento nos da razones para la paciencia. ¿Cómo tendremos paciencia si no sabemos algo de la compasión de Cristo, y no entendemos el bien que ha de salir de la corrección que nuestro Padre celestial nos envía? Ni hay una sola gracia del cristiano que, bajo Dios, no sea fomentada y llevada a la perfección por el santo conocimiento. ¡Cuán importante es, pues, que crezcamos no solo en la gracia, sino en el «conocimiento» de nuestro Señor y Salvador Jesucristo!
5 de agosto
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». (Romanos 8:28)
En algunos puntos el creyente tiene absoluta certeza. Sabe, por ejemplo, que Dios está sentado en la popa de la nave cuando más se bambolea. Cree que una mano invisible está siempre en el timón del mundo, y que, adondequiera que la providencia parezca ir a la deriva, Jehová la gobierna. Ese conocimiento tranquilizador lo prepara para todo. Mira por encima de las aguas embravecidas y ve el espíritu de Jesús andando sobre las olas, y oye una voz que dice: «Yo soy; no tengáis miedo». Sabe también que Dios es siempre sabio, y, sabiéndolo, está seguro de que no puede haber accidentes ni errores; de que nada puede ocurrir que no deba suceder. Puede decir: «Si perdiera todo lo que tengo, mejor me es perder que tener, si Dios así lo quiere; la peor calamidad es lo más sabio y lo más bondadoso que podría sobrevenirme si Dios lo ordena». «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». El cristiano no sostiene esto meramente como una teoría, sino que lo sabe como un hecho. Todo ha obrado para bien hasta ahora; las drogas venenosas, mezcladas en proporciones adecuadas, han obrado la curación; los cortes agudos de la lanceta han limpiado la carne enferma y facilitado la sanidad. Cada suceso, hasta ahora, ha producido los resultados más divinamente benditos; y así, creyendo que Dios lo gobierna todo, que gobierna sabiamente, que saca bien del mal, el corazón del creyente está seguro, y puede afrontar con calma cada prueba según llega. El creyente puede orar, con espíritu de verdadera resignación: «Envíame lo que quieras, Dios mío, con tal que venga de ti; jamás salió de tu mesa una porción mala para ninguno de tus hijos».
«No digas, alma mía: “¿De dónde podrá Dios aliviar mi afán?”.
Recuerda que la Omnipotencia tiene siervos en todas partes.
Su método es sublime, su corazón, profundamente bondadoso;
Dios nunca llega antes de su hora, y nunca llega tarde».
6 de agosto
«Guarda, ¿qué de la noche?» (Isaías 21:11)
¿Qué enemigos andan sueltos? Los errores son una horda numerosa, y aparecen otros nuevos cada hora: ¿contra qué herejía debo estar en guardia? Los pecados salen sigilosos de sus escondrijos cuando reinan las tinieblas; yo mismo debo subir a la atalaya y velar en oración. Nuestro Protector celestial prevé todos los ataques que están a punto de lanzarse contra nosotros, y cuando el mal que se nos prepara no es todavía más que un deseo de Satanás, ruega por nosotros para que nuestra fe no falte cuando seamos zarandeados como trigo. Sigue, oh Guarda misericordioso, advirtiéndonos de nuestros enemigos, y por amor de Sión no calles.
«Guarda, ¿qué de la noche?» ¿Qué tiempo se avecina para la Iglesia? ¿Se encapotan las nubes, o está todo claro y despejado en lo alto? Debemos cuidar de la Iglesia de Dios con amor solícito; y ahora que el papismo y la incredulidad amenazan a la vez, observemos las señales de los tiempos y preparémonos para el combate.
«Guarda, ¿qué de la noche?» ¿Qué estrellas se ven? ¿Qué preciosas promesas convienen a nuestro caso presente? Tú das la alarma; danos también el consuelo. Cristo, la estrella polar, está siempre fijo en su lugar, y todas las estrellas están seguras en la diestra de su Señor.
Pero, guarda, ¿cuándo llega la mañana? El Esposo tarda. ¿No hay señales de que salga como el Sol de justicia? ¿No ha salido ya la estrella de la mañana como prenda del día? ¿Cuándo apuntará el día, y huirán las sombras? Oh Jesús, si no vienes hoy en persona a tu Iglesia que te espera, ven al menos en Espíritu a mi corazón que suspira, y hazlo cantar de gozo.
«Ahora toda la tierra está radiante y alegre
con la mañana fresca;
pero todo mi corazón está frío, oscuro y triste:
¡Sol del alma, déjame contemplar tu aurora!
Ven, Jesús, Señor,
oh, ven pronto, conforme a tu palabra».
7 de agosto
«Los rectos te aman» (Cantares 1:4)
Los creyentes aman a Jesús con un afecto más profundo del que se atreven a dar a cualquier otro ser. Antes perderían padre y madre que separarse de Cristo. Retienen todos los consuelos terrenales con mano floja, pero a él lo llevan bien guardado bajo llave en su pecho. Voluntariamente se niegan a sí mismos por amor de él, pero no hay quien los arrastre a negarlo a él. Escaso es el amor que el fuego de la persecución puede secar; el amor del verdadero creyente es una corriente más honda que esa. Los hombres se han afanado por separar a los fieles de su Maestro, pero sus intentos han sido infructuosos en todas las épocas. Ni coronas de honra ni ceños de ira han desatado este nudo, más que gordiano. No es este un apego común y corriente que el poder del mundo pueda al fin disolver. Ni hombre ni demonio han hallado llave que abra esta cerradura. Nunca ha errado tanto la astucia de Satanás como cuando la ha empleado en procurar desgarrar esta unión de dos corazones soldados por Dios. Escrito está, y nada puede borrar la sentencia: «Los rectos te aman». La intensidad del amor de los rectos, sin embargo, no ha de juzgarse tanto por lo que aparenta como por lo que los rectos anhelan. Nuestro lamento diario es que no podemos amar lo suficiente. ¡Ojalá nuestros corazones fueran capaces de contener más y de llegar más lejos! Como Samuel Rutherford, suspiramos y clamamos: «¡Oh, tener tanto amor como para dar la vuelta a la tierra y cubrir el cielo —sí, el cielo de los cielos y diez mil mundos—, para derramarlo todo sobre el hermoso, hermoso, solo hermoso Cristo!». ¡Ay!, nuestro mayor alcance no es más que un palmo de amor, y nuestro afecto no es sino como la gota de un cubo comparado con lo que él merece. Mide nuestro amor por nuestras intenciones, y es alto en verdad; así, confiamos, lo juzga nuestro Señor. ¡Oh, si pudiéramos dar todo el amor de todos los corazones en una gran masa, reuniendo todos los amores, a aquel que es todo él codiciable!
8 de agosto
«Tejen telas de araña». (Isaías 59:5)
Mira la tela de araña, y contempla en ella una imagen sumamente sugestiva de la religión del hipócrita. Está hecha para atrapar su presa: la araña engorda con moscas, y el fariseo tiene su recompensa. Las personas necias caen fácilmente en la trampa de las ruidosas profesiones de los impostores, y aun los más juiciosos no siempre pueden escapar. Felipe bautizó a Simón el mago, cuya engañosa declaración de fe fue tan pronto desenmascarada por la severa reprensión de Pedro. La costumbre, la reputación, la alabanza, el ascenso y otras moscas son la caza menuda que los hipócritas atrapan en sus redes. La tela de araña es una maravilla de destreza: mírala y admira las artimañas del astuto cazador. ¿No es igualmente asombrosa la religión de un engañador? ¿Cómo logra que una mentira tan descarada parezca verdad? ¿Cómo consigue que su oropel sirva tan bien como el oro? La tela de araña sale toda de las propias entrañas del animal. La abeja recoge su cera de las flores; la araña no liba flor alguna, y sin embargo hila su material hasta cualquier longitud. Así también los hipócritas hallan en sí mismos su confianza y su esperanza; su ancla fue forjada en su propio yunque, y su cable torcido por sus propias manos. Ponen su propio fundamento y labran las columnas de su propia casa, desdeñando ser deudores de la gracia soberana de Dios. Pero la tela de araña es muy frágil. Está curiosamente tejida, pero no fabricada para durar. No resiste la escoba de la criada ni el bordón del viajero. El hipócrita no necesita una batería de cañones Armstrong para hacer pedazos su esperanza; basta un simple soplo de viento. Las telarañas hipócritas caerán pronto cuando la escoba de destrucción comience su obra purificadora. Lo cual nos recuerda un pensamiento más, a saber, que tales telarañas no han de tolerarse en la casa del Señor: él se encargará de que ellas y quienes las tejen sean destruidos para siempre. Oh alma mía, descansa en algo mejor que una tela de araña. Sea el Señor Jesús tu eterno escondedero.
9 de agosto
«La ciudad no tiene necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella». (Apocalipsis 21:23)
Allá, en el mundo mejor, los moradores son independientes de todos los consuelos de las criaturas. No necesitan vestido; sus ropas blancas nunca se gastan, ni se mancharán jamás. No necesitan medicinas que sanen enfermedades, «porque no dirá el morador: Estoy enfermo». No necesitan sueño para reparar sus fuerzas: no descansan ni de día ni de noche, sino que lo alaban incansablemente en su templo. No necesitan relaciones sociales que les den consuelo, y cualquier felicidad que obtengan del trato con sus compañeros no es esencial para su dicha, porque la compañía de su Señor basta para sus mayores deseos. Allí no necesitan maestros; sin duda conversan unos con otros acerca de las cosas de Dios, pero no lo necesitan a modo de instrucción; todos serán enseñados por el Señor. Nuestras son las limosnas a la puerta del rey, pero ellos se banquetean a la mesa misma. Aquí nos apoyamos en el brazo de un amigo, pero allí ellos se apoyan en su Amado, y solo en él. Aquí necesitamos la ayuda de nuestros compañeros, pero allí ellos hallan en Cristo Jesús todo lo que les falta. Aquí miramos a la comida que perece y al vestido que la polilla consume, pero allí ellos lo hallan todo en Dios. Nosotros usamos el cubo para sacar agua del pozo, pero allí ellos beben del manantial mismo y ponen sus labios en el agua viva. Aquí los ángeles nos traen bendiciones, pero entonces no necesitaremos mensajeros del cielo. Allí no harán falta Gabrieles que les traigan las cartas de amor de Dios, porque allí lo verán a él cara a cara. ¡Oh, qué tiempo tan bendito será aquel en que nos hayamos elevado por encima de toda causa segunda y descansemos sobre el brazo desnudo de Dios! ¡Qué hora gloriosa cuando Dios, y no sus criaturas; el Señor, y no sus obras, sea nuestro gozo diario! Nuestras almas habrán alcanzado entonces la perfección de la dicha.
10 de agosto
«Cristo, que es nuestra vida». (Colosenses 3:4)
La expresión maravillosamente rica de Pablo indica que Cristo es la fuente de nuestra vida. «Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados». La misma voz que sacó a Lázaro de la tumba nos levantó a novedad de vida. Él es ahora la sustancia de nuestra vida espiritual. Por su vida vivimos; él está en nosotros, la esperanza de gloria, el resorte de nuestras acciones, el pensamiento central que mueve todos los demás pensamientos. Cristo es el sustento de nuestra vida. ¿De qué puede alimentarse el cristiano sino de la carne y la sangre de Jesús? «Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él comiere, no muera». ¡Oh peregrinos cansados del camino en este desierto de pecado, jamás obtendréis un bocado que sacie el hambre de vuestro espíritu, si no lo halláis en él! Cristo es el consuelo de nuestra vida. Todos nuestros gozos verdaderos vienen de él; y en tiempos de angustia su presencia es nuestra consolación. No hay nada por lo que valga la pena vivir sino él; ¡y su misericordia es mejor que la vida! Cristo es el objeto de nuestra vida. Como corre la nave hacia el puerto, así se apresura el creyente hacia el refugio del seno de su Salvador. Como vuela la flecha a su blanco, así vuela el cristiano hacia la perfección de su comunión con Cristo Jesús. Como el soldado pelea por su capitán y es coronado en la victoria de su capitán, así el creyente combate por Cristo y obtiene su triunfo de los triunfos de su Maestro. «Para él el vivir es Cristo». Cristo es el modelo de nuestra vida. Donde hay la misma vida dentro, habrá, tiene que haber, en gran medida, las mismas manifestaciones fuera; y si vivimos en estrecha comunión con el Señor Jesús, llegaremos a parecernos a él. Lo pondremos delante de nosotros como nuestro modelo divino y procuraremos seguir sus pisadas, hasta que él llegue a ser la corona de nuestra vida en la gloria. ¡Oh, cuán seguro, cuán honrado, cuán feliz es el cristiano, puesto que Cristo es nuestra vida!
11 de agosto
«¡Quién me volviese como en los meses pasados!» (Job 29:2)
Muchos cristianos pueden mirar el pasado con agrado, pero consideran el presente con descontento; recuerdan los días que pasaron en comunión con el Señor como los más dulces y los mejores que jamás han conocido, pero el presente se les viste de un ropaje negro de tristeza y desolación. En otro tiempo vivían cerca de Jesús, pero ahora sienten que se han alejado de él, y dicen: «¡Quién me volviese como en los meses pasados!». Se quejan de que han perdido sus evidencias, o de que no tienen paz de espíritu en el presente, o de que no hallan gozo en los medios de gracia, o de que la conciencia no es tan sensible, o de que no tienen tanto celo por la gloria de Dios. Las causas de este triste estado de cosas son múltiples. Puede provenir de un relativo descuido de la oración, porque un aposento secreto descuidado es el principio de toda decadencia espiritual. O puede ser el resultado de la idolatría. El corazón ha estado ocupado en alguna otra cosa más que en Dios; los afectos se han puesto en las cosas de la tierra en lugar de las cosas del cielo. Un Dios celoso no se contentará con un corazón dividido; él ha de ser amado primero y por encima de todo. Retirará el sol de su presencia de un corazón frío y extraviado. O la causa puede hallarse en la confianza en uno mismo y en la justicia propia. El orgullo trabaja en el corazón, y el yo se exalta en lugar de yacer humillado al pie de la cruz. Cristiano, si ahora no estás «como en los meses pasados», no te quedes satisfecho con desear que vuelva la felicidad de antes, sino ve en seguida a buscar a tu Maestro y cuéntale tu triste estado. Pide su gracia y su fuerza para que te ayuden a andar más cerca de él; humíllate delante de él, y él te exaltará, y te concederá de nuevo gozar de la luz de su rostro. No te sientes a suspirar y lamentarte; mientras viva el amado Médico hay esperanza; más aún, hay certeza de curación para los casos más graves.
12 de agosto
«El Señor reina; regocíjese la tierra». (Salmo 97:1)
No hay motivo alguno de inquietud mientras esta bendita sentencia sea verdad. En la tierra, el poder del Señor domina tan fácilmente la furia de los impíos como la furia del mar; su amor refresca a los pobres con misericordia tan fácilmente como a la tierra con lluvias. La majestad destella en relámpagos de fuego entre los horrores de la tempestad, y la gloria del Señor se ve en toda su grandeza en la caída de los imperios y en el estrépito de los tronos. En todos nuestros conflictos y tribulaciones podemos contemplar la mano del Rey divino.
«Dios es Dios; él ve y oye
todas nuestras penas, todo nuestro llanto.
Alma, no olvides en tus dolores:
Dios reina sobre todo para siempre».
En el infierno, los espíritus malos reconocen, con miseria, su indudable supremacía. Cuando se les permite vagar fuera, es con una cadena en el talón; el freno está en la boca del behemot, y el garfio en las quijadas del leviatán. Los dardos de la muerte están bajo la llave del Señor, y las prisiones del sepulcro tienen por carcelero al poder divino. La terrible venganza del Juez de toda la tierra hace que los demonios se encojan y tiemblen, como los perros en la perrera temen el látigo del cazador.
«No temas la muerte ni los golpes de Satanás;
Dios defiende al que en él confía.
Alma, recuerda en tus dolores:
Dios reina sobre todo para siempre».
En el cielo nadie duda de la soberanía del Rey eterno, sino que todos caen sobre sus rostros para rendirle homenaje. Los ángeles son sus cortesanos, los redimidos sus favoritos, y todos se deleitan en servirle día y noche. ¡Que lleguemos pronto a la ciudad del gran Rey!
«Por la larga noche de tristeza de esta vida
él nos dará paz y alegría.
Alma, recuerda en tus dolores:
Dios reina sobre todo para siempre».
13 de agosto
«Los cedros del Líbano que él plantó». (Salmo 104:16)
Los cedros del Líbano son emblema del cristiano en que deben su plantación enteramente al Señor. Esto es del todo cierto de cada hijo de Dios. No lo plantó el hombre, ni se plantó a sí mismo, sino que lo plantó Dios. La mano misteriosa del Espíritu divino dejó caer la semilla viva en un corazón que él mismo había preparado para recibirla. Todo verdadero heredero del cielo reconoce al gran Labrador como el que lo plantó. Además, los cedros del Líbano no dependen del hombre para su riego; se alzan sobre la roca elevada, sin que ningún riego humano los humedezca; y, sin embargo, nuestro Padre celestial los provee. Así sucede con el cristiano que ha aprendido a vivir por fe. Es independiente del hombre, aun en las cosas temporales; para su sustento continuo mira al Señor su Dios, y solo a él. El rocío del cielo es su porción, y el Dios del cielo es su fuente. Además, los cedros del Líbano no están protegidos por ningún poder mortal. No deben nada al hombre por su preservación del viento tempestuoso y de la tormenta. Son árboles de Dios, guardados y preservados por él, y solo por él. Exactamente lo mismo ocurre con el cristiano. No es una planta de invernadero, resguardada de la tentación; está en la posición más expuesta; no tiene abrigo ni protección, salvo esta: que las anchas alas del Dios eterno cubren siempre los cedros que él mismo ha plantado. Como los cedros, los creyentes están llenos de savia, con vitalidad suficiente para estar siempre verdes, aun entre las nieves del invierno. Por último, la condición próspera y majestuosa del cedro es para alabanza de Dios solamente. El Señor, solo el Señor, lo ha sido todo para los cedros, y por eso David lo expresa con mucha dulzura en uno de los salmos: «Alabad al Señor, árboles frutales y todos los cedros». En el creyente no hay nada que pueda engrandecer al hombre; es plantado, nutrido y protegido por la propia mano del Señor, y a él sea atribuida toda la gloria.
14 de agosto
«Por cuanto me has alegrado, oh Señor, con tu obra». (Salmo 92:4)
¿Crees que tus pecados están perdonados y que Cristo ha hecho por ellos una expiación completa? ¡Entonces qué cristiano gozoso deberías ser! ¡Cómo deberías vivir por encima de las pruebas y aflicciones comunes del mundo! Puesto que el pecado está perdonado, ¿qué puede importar lo que te suceda ahora? Lutero dijo: «Hiere, Señor, hiere, porque mi pecado está perdonado; con tal que me hayas perdonado, hiere tan fuerte como quieras»; y con un espíritu semejante puedes decir tú: «Envía enfermedad, pobreza, pérdidas, cruces, persecución, lo que quieras; tú me has perdonado, y mi alma está alegre». Cristiano, si así eres salvo, mientras estás alegre, sé agradecido y amoroso. Aférrate a esa cruz que quitó tu pecado; sirve tú a quien te sirvió a ti. «Os ruego, pues, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». No dejes que tu celo se evapore en algún pequeño hervor de canto. Muestra tu amor con señales elocuentes. Ama a los hermanos de aquel que te amó. Si hay en alguna parte un Mefi-boset cojo o lisiado, ayúdalo por amor de Jonatán. Si hay un pobre creyente probado, llora con él y lleva su cruz por amor de aquel que lloró por ti y llevó tus pecados. Puesto que así has sido perdonado gratuitamente por amor de Cristo, ve y cuenta a otros las gozosas nuevas de la misericordia perdonadora. No te contentes con esta bendición inefable para ti solo; publica por todas partes la historia de la cruz. La santa alegría y el santo denuedo harán de ti un buen predicador, y todo el mundo será un púlpito desde el cual predicar. La santidad alegre es el más poderoso de los sermones, pero el Señor tiene que dártela. Búscala esta mañana antes de salir al mundo. Cuando es la obra del Señor aquello en que nos regocijamos, no tenemos por qué temer estar demasiado alegres.
15 de agosto
«Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde». (Génesis 24:63)
Muy admirable era su ocupación. Si quienes pasan tantas horas en compañías ociosas, lecturas frívolas y pasatiempos inútiles pudieran aprender sabiduría, hallarían en la meditación una compañía más provechosa y ocupaciones más interesantes que en las vanidades que ahora tienen para ellos tantos encantos. Todos sabríamos más, viviríamos más cerca de Dios y creceríamos en la gracia si estuviéramos más a solas. La meditación rumia, y extrae el verdadero alimento del sustento mental recogido en otras partes. Cuando Jesús es el tema, la meditación es dulce en verdad. Isaac halló a Rebeca mientras estaba ocupado en sus reflexiones a solas; muchos otros han hallado allí a su más amado.
Muy admirable era la elección del lugar. En el campo tenemos un estudio tapizado de textos para la reflexión. Desde el cedro hasta el hisopo, desde el águila que se remonta hasta el saltamontes que chirría, desde la azul extensión del cielo hasta una gota de rocío, todas las cosas están llenas de enseñanza, y cuando Dios abre los ojos, esa enseñanza destella en la mente con mucha más viveza que la de los libros escritos. Nuestros pequeños cuartos no son tan sanos, ni tan sugerentes, ni tan agradables, ni tan inspiradores como los campos. No tengamos nada por común o inmundo, sino sintamos que todas las cosas creadas señalan a su Hacedor, y el campo quedará en seguida santificado.
Muy admirable era la hora. La hora de la puesta del sol, cuando corre un velo sobre el día, conviene a ese reposo del alma en que los cuidados nacidos de la tierra ceden ante los gozos de la comunión celestial. La gloria del sol poniente despierta nuestra admiración, y la solemnidad de la noche que se acerca despierta nuestro asombro reverente. Si los quehaceres de este día lo permiten, será bueno, querido lector, que puedas dedicar una hora a pasear por el campo a la caída de la tarde; pero si no, el Señor está también en la ciudad, y se encontrará contigo en tu aposento o en la calle concurrida. Deja que tu corazón salga a su encuentro.
16 de agosto
«Dad al Señor la gloria debida a su nombre». (Salmo 29:2)
La gloria de Dios es el resultado de su naturaleza y de sus actos. Es glorioso en su carácter, porque hay en Dios tal caudal de todo lo santo, lo bueno y lo hermoso, que no puede menos que ser glorioso. Las acciones que fluyen de su carácter son también gloriosas; pero aunque él se propone que manifiesten a sus criaturas su bondad, su misericordia y su justicia, le importa igualmente que la gloria asociada con ellas se dé solo a él. Ni hay en nosotros cosa alguna de la que podamos gloriarnos; porque ¿quién nos distingue de otro? ¿Y qué tenemos que no hayamos recibido del Dios de toda gracia? ¡Cuán cuidadosos debemos ser, entonces, en andar humildemente delante del Señor! En el momento en que nos glorificamos a nosotros mismos, puesto que en el universo solo hay lugar para una gloria, nos erigimos en rivales del Altísimo. ¿Se glorificará el insecto de una hora contra el sol que le dio calor y vida? ¿Se exaltará el tiesto por encima del hombre que lo formó en la rueda? ¿Contenderá el polvo del desierto con el torbellino? ¿O lucharán las gotas del océano con la tempestad? Dad al Señor, oh justos todos, dad al Señor la gloria y la fortaleza; dadle la honra debida a su nombre. Sin embargo, quizá sea una de las luchas más duras de la vida cristiana aprender esta sentencia: «No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria». Es una lección que Dios nos está enseñando siempre, y a veces nos la enseña mediante la disciplina más dolorosa. Que un cristiano empiece a jactarse: «Todo lo puedo», sin añadir «en Cristo que me fortalece», y antes de mucho tendrá que gemir: «Nada puedo hacer», y lamentarse en el polvo. Cuando hacemos algo para el Señor, y a él le place aceptar nuestras obras, pongamos nuestra corona a sus pies, y exclamemos: «¡No yo, sino la gracia de Dios que fue conmigo!».
17 de agosto
«La misericordia de Dios». (Salmo 52:8)
Medita un poco en esta misericordia del Señor. Es una tierna misericordia. Con toque suave y amoroso sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas. Es tan bondadoso en la manera de su misericordia como en la sustancia de ella. Es una gran misericordia. Nada hay pequeño en Dios; su misericordia es como él mismo: infinita. No puedes medirla. Su misericordia es tan grande que perdona grandes pecados a grandes pecadores, después de largos espacios de tiempo, y luego da grandes favores y grandes privilegios, y nos eleva a grandes goces en el gran cielo del gran Dios. Es una misericordia inmerecida, como en verdad ha de serlo toda misericordia auténtica, porque la misericordia merecida no es más que un nombre equivocado para la justicia. El pecador no tenía derecho alguno a la bondadosa consideración del Altísimo; si el rebelde hubiera sido condenado en seguida al fuego eterno, habría merecido sobradamente la condena; y si es librado de la ira, solo el amor soberano ha hallado la causa, porque no la había en el pecador mismo. Es una misericordia rica. Algunas cosas son grandes, pero tienen poca eficacia; esta misericordia, en cambio, es un cordial para tu espíritu decaído, un ungüento de oro para tus heridas sangrantes, un vendaje celestial para tus huesos rotos, un carro real para tus pies cansados, un seno de amor para tu corazón tembloroso. Es una misericordia multiforme. Como dice Bunyan: «Todas las flores del jardín de Dios son dobles». No hay misericordia sencilla. Quizá pienses que tienes una sola misericordia, pero hallarás que es todo un racimo de misericordias. Es una misericordia abundante. Millones la han recibido, y, lejos de agotarse, es tan fresca, tan plena y tan gratuita como siempre. Es una misericordia que no falla. Nunca te dejará. Si la misericordia es tu amiga, la misericordia estará contigo en la tentación para impedir que cedas; contigo en la angustia para impedir que te hundas; contigo mientras vivas, para ser la luz y la vida de tu rostro; y contigo al morir, para ser el gozo de tu alma cuando el consuelo terrenal se esté retirando a toda prisa.
18 de agosto
«Han venido extranjeros a los santuarios de la casa del Señor». (Jeremías 51:51)
En aquella ocasión los rostros del pueblo del Señor se cubrieron de vergüenza, porque era cosa terrible que unos hombres se entrometieran en el Lugar Santo, reservado solo a los sacerdotes. Por todas partes a nuestro alrededor vemos semejante motivo de dolor. ¡Cuántos hombres impíos se están formando ahora con miras a entrar en el ministerio! ¡Qué pecado tan clamoroso es esa mentira solemne por la cual toda nuestra población queda nominalmente comprendida en una Iglesia nacional! ¡Qué terrible es que se impongan las ordenanzas a los inconversos, y que entre las iglesias más ilustradas de nuestra tierra haya tal relajación de la disciplina! Si los millares que leerán esta porción llevan hoy todos este asunto delante del Señor Jesús, él intervendrá y apartará el mal que de otro modo vendrá sobre su Iglesia. Adulterar la Iglesia es contaminar un pozo, echar agua sobre el fuego, sembrar de piedras un campo fértil. Que todos tengamos gracia para mantener, cada uno a su manera, la pureza de la Iglesia como asamblea de creyentes, y no como una nación, una comunidad no salvada de hombres inconversos.
Sin embargo, nuestro celo debe comenzar por casa. Examinemos nuestro propio derecho a comer a la mesa del Señor. Cuidemos de llevar puesto nuestro vestido de bodas, no sea que nosotros mismos seamos intrusos en los santuarios del Señor. Muchos son llamados, y pocos escogidos; el camino es angosto, y estrecha la puerta. ¡Oh, tener gracia para venir a Jesús como es debido, con la fe de los escogidos de Dios! El que hirió a Uza por tocar el arca es muy celoso de sus dos ordenanzas; como verdadero creyente puedo acercarme a ellas libremente; como extraño no debo tocarlas, no sea que muera. El examen del corazón es deber de todos los que son bautizados o se acercan a la mesa del Señor. «Examíname, oh Dios, y conoce mi camino; pruébame y conoce mi corazón».
19 de agosto
«Él estará en pie y apacentará con la fortaleza del Señor». (Miqueas 5:4)
El reinado de Cristo en su Iglesia es el de un rey pastor. Tiene supremacía, pero es la superioridad de un pastor sabio y tierno sobre su rebaño necesitado y amante; manda y recibe obediencia, pero es la obediencia voluntaria de las ovejas bien cuidadas, rendida con gozo a su amado Pastor, cuya voz conocen tan bien. Gobierna por la fuerza del amor y la energía de la bondad.
Su reinado es práctico en su carácter. Se dice: «Él estará en pie y apacentará». La gran Cabeza de la Iglesia está activamente ocupada en proveer para su pueblo. No se sienta en el trono con vana pompa, ni sostiene un cetro sin ejercerlo en el gobierno. No; está en pie y apacienta. La expresión «apacentar», en el original, es semejante a otra análoga del griego que significa pastorear, hacer todo lo que se espera de un pastor: guiar, vigilar, preservar, restaurar, cuidar, además de alimentar.
Su reinado es continuo en su duración. Se dice: «Él estará en pie y apacentará»; no «Apacentará de vez en cuando, y dejará su puesto»; no «Un día concederá un avivamiento, y al día siguiente dejará a su Iglesia en la esterilidad». Sus ojos nunca se adormecen, y sus manos nunca descansan; su corazón nunca deja de latir de amor, y sus hombros nunca se cansan de llevar las cargas de su pueblo.
Su reinado es eficazmente poderoso en su acción: «Apacentará con la fortaleza del Señor». Dondequiera que está Cristo, allí está Dios; y todo lo que Cristo hace es acto del Altísimo. ¡Oh, qué verdad tan gozosa es considerar que el que hoy está en pie representando los intereses de su pueblo es Dios verdadero de Dios verdadero, ante quien se doblará toda rodilla! Dichosos nosotros, que pertenecemos a tal pastor, cuya humanidad tiene comunión con nosotros y cuya divinidad nos protege. Adoremos y postrémonos delante de él como el pueblo de su prado.
20 de agosto
«El dulce cantor de Israel». (2 Samuel 23:1)
Entre todos los santos cuyas vidas están registradas en la Sagrada Escritura, David posee una experiencia del carácter más notable, variado e instructivo. En su historia encontramos pruebas y tentaciones que no se hallan, en su conjunto, en otros santos de la antigüedad, y por eso es un tipo tanto más sugerente de nuestro Señor. David conoció las pruebas de todas las clases y condiciones de los hombres. Los reyes tienen sus aflicciones, y David llevó una corona; el campesino tiene sus afanes, y David manejó el cayado del pastor; el errante tiene muchas penalidades, y David habitó en las cuevas de En-gadi; el capitán tiene sus dificultades, y David halló que los hijos de Sarvia eran demasiado duros para él. El salmista fue probado también en sus amigos; su consejero Ahitofel lo abandonó: «El que de mi pan comía alzó contra mí el calcañar». Sus peores enemigos fueron los de su propia casa: sus hijos fueron su mayor aflicción. Las tentaciones de la pobreza y de la riqueza, de la honra y del oprobio, de la salud y de la debilidad, todas probaron su poder sobre él. Tuvo tentaciones de fuera que turbaban su paz, y de dentro que estropeaban su gozo. Apenas escapaba David de una prueba cuando caía en otra; apenas salía de una época de abatimiento y alarma cuando de nuevo era llevado a las profundidades más hondas, y todas las ondas y olas de Dios pasaban sobre él. Probablemente por esta causa los salmos de David son tan universalmente el deleite de los cristianos experimentados. Sea cual sea nuestro estado de ánimo, de éxtasis o de abatimiento, David ha descrito exactamente nuestras emociones. Era un hábil maestro del corazón humano, porque había sido instruido en la mejor de todas las escuelas: la escuela de la experiencia personal, sentida en el corazón. A medida que somos instruidos en la misma escuela, a medida que maduramos en la gracia y en años, apreciamos cada vez más los salmos de David y hallamos que son «delicados pastos». Alma mía, que la experiencia de David te anime y te aconseje hoy.
21 de agosto
«El que saciare, él también será saciado». (Proverbios 11:25)
Aquí se nos enseña la gran lección de que, para obtener, hemos de dar; que, para acumular, hemos de esparcir; que, para hacernos felices a nosotros mismos, hemos de hacer felices a otros; y que, para llegar a ser espiritualmente vigorosos, hemos de buscar el bien espiritual de los demás. Al saciar a otros, somos saciados nosotros mismos. ¿Cómo? Nuestros esfuerzos por ser útiles despiertan nuestras capacidades para ser útiles. Tenemos talentos latentes y facultades dormidas que salen a la luz con el ejercicio. Nuestra fuerza para el trabajo está escondida aun de nosotros mismos, hasta que nos aventuramos a pelear las batallas del Señor o a escalar los montes de la dificultad. No sabemos qué tiernas simpatías poseemos hasta que intentamos enjugar las lágrimas de la viuda y aliviar el dolor del huérfano. Muchas veces descubrimos, al intentar enseñar a otros, que recibimos instrucción para nosotros mismos. ¡Oh, qué lecciones de gracia hemos aprendido algunos junto a lechos de enfermos! Fuimos a enseñar las Escrituras y volvimos sonrojados de saber tan poco de ellas. En nuestra conversación con santos pobres se nos enseña con más exactitud el camino de Dios, y obtenemos una visión más profunda de la verdad divina. De modo que saciar a otros nos hace humildes. Descubrimos cuánta gracia hay donde no la habíamos buscado, y cuánto puede aventajarnos en conocimiento el santo pobre. Nuestro propio consuelo también aumenta cuando trabajamos por otros. Procuramos alegrarlos, y el consuelo alegra nuestro propio corazón. Como los dos hombres en la nieve: uno frotaba los miembros del otro para impedir que muriera, y al hacerlo mantenía en circulación su propia sangre y salvó su propia vida. La pobre viuda de Sarepta dio de su escasa provisión para las necesidades del profeta, y desde aquel día nunca más supo lo que era la necesidad. Da, pues, y se te dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando.
22 de agosto
«Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferma de amor». (Cantares 5:8)
Tal es el lenguaje del creyente que anhela comunión presente con Jesús: está enfermo por su Señor. Las almas llenas de gracia nunca están del todo tranquilas sino cuando se hallan cerca de Cristo; porque cuando están lejos de él pierden su paz. Cuanto más cerca de él, más cerca de la perfecta calma del cielo; cuanto más cerca de él, más lleno está el corazón, no solo de paz, sino de vida, de vigor y de gozo, porque todo esto depende del trato constante con Jesús. Lo que el sol es para el día, lo que la luna es para la noche, lo que el rocío es para la flor, eso es Jesucristo para nosotros. Lo que el pan es para el hambriento, el vestido para el desnudo, la sombra de un gran peñasco para el viajero en tierra calurosa, eso es Jesucristo para nosotros; y, por tanto, si no somos conscientemente uno con él, no es de extrañar que nuestro espíritu clame con las palabras del Cantar: «Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferma de amor». Este ardiente anhelo de Jesús lleva consigo una bendición: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia»; y por tanto, supremamente bienaventurados son los que tienen sed del Justo. Bendita es esa hambre, puesto que viene de Dios; si no puedo tener la bienaventuranza plenamente abierta de ser saciado, buscaré esa misma bienaventuranza en su dulce capullo, languideciendo en el vacío y en el ansia hasta ser lleno de Cristo. Si no puedo alimentarme de Jesús, tener hambre y sed de él será estar a las puertas del cielo. Hay algo sagrado en esa hambre, puesto que brilla entre las bienaventuranzas de nuestro Señor. Pero la bendición encierra una promesa. Tales hambrientos «serán saciados» de aquello que desean. Si Cristo nos hace anhelarlo así a él, ciertamente satisfará esos anhelos; y cuando venga a nosotros, como sin duda vendrá, ¡oh, qué dulce será!
23 de agosto
«Nunca más se oirá voz de lloro». (Isaías 65:19)
Los glorificados ya no lloran, porque todas las causas externas de dolor han desaparecido. En el cielo no hay amistades rotas ni esperanzas marchitas. La pobreza, el hambre, el peligro, la persecución y la calumnia son allí desconocidos. Ningún dolor aflige, ningún pensamiento de muerte o de duelo entristece. Ya no lloran, porque están perfectamente santificados. Ningún «corazón malo de incredulidad» los mueve a apartarse del Dios vivo; están sin mancha delante de su trono y plenamente conformados a su imagen. Bien pueden dejar de llorar los que han dejado de pecar. Ya no lloran, porque todo temor al cambio ha pasado. Saben que están eternamente seguros. El pecado está excluido, y ellos están encerrados dentro. Moran en una ciudad que nunca será tomada por asalto; se calientan en un sol que nunca se pondrá; beben de un río que nunca se secará; arrancan fruto de un árbol que nunca se marchitará. Pueden girar ciclos sin cuento, pero la eternidad no se agotará, y mientras dure la eternidad, su inmortalidad y su dicha coexistirán con ella. Están para siempre con el Señor. Ya no lloran, porque todo deseo está cumplido. No pueden desear nada que no tengan ya en posesión. Ojo y oído, corazón y mano, juicio, imaginación, esperanza, deseo, voluntad, todas las facultades están completamente satisfechas; y por imperfectas que sean nuestras ideas presentes de las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman, sabemos lo bastante, por la revelación del Espíritu, para saber que los santos de arriba son supremamente bienaventurados. El gozo de Cristo, que es una plenitud infinita de deleite, está en ellos. Se bañan en el mar sin fondo y sin orillas de una bienaventuranza infinita. Ese mismo reposo gozoso queda para nosotros. Quizá no esté muy lejos. Dentro de poco el sauce llorón será cambiado por la palma de la victoria, y las gotas de rocío del dolor se transformarán en las perlas de la dicha eterna. «Por tanto, consolaos los unos a los otros con estas palabras».
24 de agosto
«Subió el rompedor delante de ellos». (Miqueas 2:13)
Puesto que Jesús ha ido delante de nosotros, las cosas no quedan como habrían quedado si él nunca hubiera pasado por ese camino. Él ha vencido a todo enemigo que obstruía el paso. ¡Anímate ahora, guerrero de corazón desfallecido! Cristo no solo ha recorrido el camino, sino que ha dado muerte a tus enemigos. ¿Temes al pecado? Él lo ha clavado en su cruz. ¿Temes a la muerte? Él ha sido la muerte de la Muerte. ¿Tienes miedo del infierno? Él lo ha cerrado para que ninguno de sus hijos llegue allá; jamás verán el abismo de la perdición. Cualesquiera que sean los enemigos que el cristiano tenga delante, todos están vencidos. Hay leones, pero sus dientes están quebrados; hay serpientes, pero sus colmillos han sido arrancados; hay ríos, pero tienen puentes o se pueden vadear; hay llamas, pero llevamos puesto ese vestido sin igual que nos hace invulnerables al fuego. La espada que se ha forjado contra nosotros ya está embotada; las armas de guerra que el enemigo prepara ya han perdido su filo. Dios ha quitado, en la persona de Cristo, todo el poder que cosa alguna pueda tener para dañarnos. Pues bien, el ejército puede marchar seguro, y tú puedes seguir tu camino con gozo, porque todos tus enemigos están vencidos de antemano. ¿Qué has de hacer sino marchar adelante a tomar la presa? Están derrotados, están vencidos; lo único que tienes que hacer es repartir el botín. Es verdad que a menudo entrarás en combate; pero tu lucha será con un enemigo vencido. Su cabeza está quebrantada; puede intentar herirte, pero su fuerza no bastará para su malicioso designio. Tu victoria será fácil, y tu tesoro, incalculable.
«Proclamad a voz en cuello la fama del Salvador,
que lleva el admirable nombre del Rompedor;
dulce nombre, que bien le conviene
a quien rompe tierra, pecado, muerte e infierno».
25 de agosto
«Su fruto fue dulce a mi paladar». (Cantares 2:3)
En la Escritura se habla de la fe bajo el emblema de todos los sentidos. Es vista: «Mirad a mí, y sed salvos». Es oído: «Oíd, y vivirá vuestra alma». La fe es olfato: «Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos»; «ungüento derramado es tu nombre». La fe es el tacto espiritual. Por esta fe la mujer se acercó por detrás y tocó el borde del manto de Cristo, y por ella palpamos las cosas de la buena palabra de vida. La fe es igualmente el gusto del espíritu. «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca». «Si no comiereis mi carne», dice Cristo, «y bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros».
Este «gusto» es la fe en una de sus más elevadas operaciones. Una de las primeras funciones de la fe es oír. Oímos la voz de Dios, no solo con el oído exterior, sino con el oído interior; la oímos como Palabra de Dios y creemos que lo es; ese es el «oír» de la fe. Luego nuestra mente mira la verdad tal como se nos presenta; es decir, la entendemos, percibimos su significado; ese es el «ver» de la fe. Después descubrimos su preciosidad; comenzamos a admirarla y hallamos cuán fragante es; esa es la fe en su «olfato». Luego nos apropiamos de las misericordias que están preparadas para nosotros en Cristo; esa es la fe en su «tacto». De ahí se siguen los goces, la paz, el deleite, la comunión, que son la fe en su «gusto». Cualquiera de estos actos de fe es salvador. Oír la voz de Cristo como la voz segura de Dios en el alma nos salvará; pero lo que da verdadero gozo es el aspecto de la fe en que Cristo, por un santo gusto, es recibido dentro de nosotros y hecho, por una aprehensión interior y espiritual de su dulzura y su preciosidad, el alimento de nuestras almas. Es entonces cuando nos sentamos «bajo su sombra con gran deleite», y hallamos que su fruto es dulce a nuestro paladar.
26 de agosto
«Para siempre ha ordenado su pacto». (Salmo 111:9)
El pueblo del Señor se deleita en el pacto mismo. Es para ellos una fuente inagotable de consuelo, cada vez que el Espíritu Santo los lleva a su casa del banquete y despliega sobre ellos su bandera de amor. Se deleitan en contemplar la antigüedad de ese pacto, recordando que antes de que el lucero de la mañana conociera su lugar, o de que los planetas recorrieran su órbita, los intereses de los santos quedaron asegurados en Cristo Jesús. Les es particularmente grato recordar la firmeza del pacto, mientras meditan en «las misericordias firmes a David». Se deleitan en celebrarlo como «firmado, sellado y ratificado, ordenado en todas las cosas». A menudo sus corazones se ensanchan de gozo al pensar en su inmutabilidad, como un pacto que ni el tiempo ni la eternidad, ni la vida ni la muerte, podrán jamás violar: un pacto tan antiguo como la eternidad y tan perdurable como la Roca de los siglos. Se regocijan también en banquetearse con la plenitud de este pacto, porque ven en él todas las cosas provistas para ellos. Dios es su porción, Cristo su compañero, el Espíritu su Consolador, la tierra su posada y el cielo su hogar. Ven en él una herencia reservada y vinculada a toda alma que tenga parte en su antigua y eterna escritura de donación. Sus ojos brillaron cuando lo vieron como un tesoro hallado en la Biblia; pero ¡oh, cómo se alegraron sus almas cuando vieron en la última voluntad y testamento de su Pariente divino que les había sido legado a ellos! Sobre todo, es el placer del pueblo de Dios contemplar la gratuidad de este pacto. Ven que la ley quedó invalidada porque era un pacto de obras y dependía del mérito; pero perciben que este es perdurable porque la gracia es la base, la gracia la condición, la gracia la tensión, la gracia el baluarte, la gracia el fundamento, la gracia la piedra cimera. El pacto es un tesoro de riqueza, un granero de alimento, una fuente de vida, un almacén de salvación, una carta de paz y un puerto de gozo.
27 de agosto
«¿Hasta cuándo no me han de creer?» (Números 14:11)
Esfuérzate con toda diligencia por mantener fuera a ese monstruo, la incredulidad. Deshonra tanto a Cristo, que él retirará su presencia manifiesta si lo insultamos dándole lugar. Es verdad que es una mala hierba cuyas semillas nunca podemos arrancar del todo del suelo, pero debemos apuntar a su raíz con celo y perseverancia. Entre las cosas aborrecibles, es la más digna de aborrecimiento. Su naturaleza dañina es tan venenosa que tanto el que la ejerce como aquel sobre quien se ejerce resultan heridos por ella. En tu caso, ¡oh creyente!, es sumamente perversa, porque las misericordias de tu Señor en el pasado aumentan tu culpa al dudar de él ahora. Cuando desconfías del Señor Jesús, bien puede él exclamar: «He aquí, yo estoy apretado debajo de vosotros, como se aprieta el carro lleno de gavillas». Esto es coronar su cabeza con las espinas más agudas. Es muy cruel que una esposa muy amada desconfíe de un esposo bondadoso y fiel. El pecado es innecesario, necio e injustificado. Jesús nunca ha dado el menor motivo de sospecha, y es duro que duden de nosotros aquellos con quienes nuestra conducta es siempre afectuosa y leal. Jesús es el Hijo del Altísimo y tiene riquezas sin límite; es vergonzoso dudar de la Omnipotencia y desconfiar de la Suficiencia total. Los millares de animales en los collados bastarán para nuestra hambre más voraz, y no es probable que los graneros del cielo se vacíen por lo que comamos. Si Cristo fuera solo una cisterna, pronto podríamos agotar su plenitud; pero ¿quién puede secar una fuente? Miríadas de espíritus han sacado de él su provisión, y ni uno solo ha murmurado de la escasez de sus recursos. ¡Fuera, pues, con este traidor mentiroso, la incredulidad, porque su único encargo es cortar los lazos de la comunión y hacernos llorar la ausencia del Salvador! Bunyan nos dice que la incredulidad tiene «tantas vidas como un gato»; si es así, matemos ahora una vida, y continuemos la obra hasta que se hayan ido las nueve. ¡Abajo contigo, traidor; mi corazón te aborrece!
28 de agosto
«Aceite para la luminaria». (Éxodo 25:6)
Alma mía, cuánto necesitas esto, porque tu lámpara no seguirá ardiendo mucho tiempo sin ello. Tu pabilo humeará y se volverá una ofensa si la luz se va, y se irá si falta el aceite. No tienes en tu naturaleza humana ningún pozo de aceite que brote, y por tanto debes ir a los que venden y comprar para ti, o, como las vírgenes insensatas, tendrás que clamar: «Mi lámpara se apaga». Ni aun las lámparas consagradas podían dar luz sin aceite; aunque brillaban en el tabernáculo, necesitaban ser alimentadas; aunque ningún viento áspero soplaba sobre ellas, necesitaban ser despabiladas; y tu necesidad es igual de grande. En las circunstancias más felices no puedes dar luz ni una hora más si no se te da nuevo aceite de gracia.
No cualquier aceite podía usarse en el servicio del Señor; ni el petróleo que brota tan abundantemente de la tierra, ni el producto de los peces, ni el extraído de las nueces serían aceptados; un solo aceite fue escogido, y ese era el mejor aceite de oliva. La gracia fingida que procede de la bondad natural, la gracia imaginada que viene de manos sacerdotales, o la gracia ilusoria de las ceremonias externas jamás servirán al verdadero santo de Dios; él sabe que el Señor no se agradaría de ríos de tal aceite. Va al lagar de olivas de Getsemaní, y saca su provisión de aquel que fue allí triturado. El aceite de la gracia del evangelio es puro y libre de heces y sedimentos, y por eso la luz que de él se alimenta es clara y brillante. Nuestras iglesias son los candeleros de oro del Salvador, y si han de ser luces en este mundo oscuro, deben tener mucho aceite santo. Oremos por nosotros mismos, por nuestros ministros y por nuestras iglesias, para que nunca les falte aceite para la luminaria. La verdad, la santidad, el gozo, el conocimiento, el amor, son todos rayos de la luz sagrada, pero no podemos emitirlos a menos que en secreto recibamos aceite de Dios el Espíritu Santo.
29 de agosto
«Ten piedad de mí, oh Dios». (Salmo 51:1)
Cuando el doctor Carey padecía una enfermedad peligrosa, se le preguntó: «Si esta enfermedad resultara mortal, ¿qué pasaje escogería usted como texto para su sermón fúnebre?». Él respondió: «Oh, siento que una pobre criatura pecadora como yo no merece que se diga nada de ella; pero si ha de predicarse un sermón fúnebre, que sea sobre las palabras: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones”». Con el mismo espíritu de humildad dispuso en su testamento que en su lápida se grabara la siguiente inscripción, y nada más:
William Carey, nacido el 17 de agosto de 1761; murió el - -
«Gusano miserable, pobre y desvalido,
en tus brazos bondadosos caigo».
Solo sobre la base de la gracia gratuita pueden acercarse a su Dios aun los santos más experimentados y más honrados. Los mejores hombres son conscientes, más que nadie, de que no son, en el mejor de los casos, más que hombres. Los botes vacíos flotan alto, pero las naves muy cargadas van hundidas en el agua; los meros profesantes pueden jactarse, pero los verdaderos hijos de Dios claman por misericordia a causa de su inutilidad. Necesitamos que el Señor tenga misericordia de nuestras buenas obras, de nuestras oraciones, de nuestras predicaciones, de nuestras limosnas y de nuestras cosas más santas. La sangre no solo se rociaba sobre los postes de las puertas de las casas de Israel, sino sobre el santuario, el propiciatorio y el altar, porque, como el pecado se introduce en nuestras cosas más santas, se necesita la sangre de Jesús para purificarlas de su contaminación. Si hace falta que se ejerza misericordia hacia nuestros deberes, ¿qué diremos de nuestros pecados? ¡Qué dulce es recordar que una misericordia inagotable espera para tener piedad de nosotros, para sanar nuestras rebeliones y hacer que se regocijen nuestros huesos abatidos!
30 de agosto
«Aguarda al Señor». (Salmo 27:14)
Puede parecer cosa fácil esperar, pero es una de las posturas que el soldado cristiano no aprende sin años de enseñanza. Marchar, y aun marchar a paso ligero, les resulta a los guerreros de Dios mucho más fácil que quedarse quietos. Hay horas de perplejidad en que el espíritu más dispuesto, ansiosamente deseoso de servir al Señor, no sabe qué partido tomar. ¿Qué hará entonces? ¿Atormentarse con la desesperación? ¿Retroceder con cobardía, desviarse a la derecha por temor, o lanzarse adelante con presunción? No, sino sencillamente esperar. Espera en oración, sin embargo. Invoca a Dios y extiende el caso delante de él; cuéntale tu dificultad y alega su promesa de ayuda. En los dilemas entre un deber y otro, es dulce ser humilde como un niño y esperar con sencillez de alma en el Señor. Seguro que nos irá bien cuando sentimos y conocemos nuestra propia necedad, y estamos de todo corazón dispuestos a ser guiados por la voluntad de Dios. Pero espera con fe. Expresa en él tu confianza inquebrantable; porque una espera infiel y desconfiada no es más que un insulto al Señor. Cree que, aunque te haga aguardar hasta la medianoche, vendrá a su debido tiempo; la visión vendrá y no tardará. Espera con paciencia tranquila, no rebelándote porque estás bajo la aflicción, sino bendiciendo a tu Dios por ella. Nunca murmures contra la causa segunda, como hicieron los hijos de Israel contra Moisés; nunca desees poder volver de nuevo al mundo, sino acepta el caso tal como es, y ponlo tal como está, sencillamente y con todo tu corazón, sin ninguna voluntad propia, en la mano de tu Dios del pacto, diciendo: «Ahora, Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya. No sé qué hacer; he llegado al extremo, pero esperaré hasta que tú partas las aguas o hagas retroceder a mis enemigos. Esperaré, aunque me hagas aguardar muchos días, porque mi corazón está fijo solo en ti, oh Dios, y mi espíritu te espera con la plena convicción de que aún serás mi gozo y mi salvación, mi refugio y mi torre fuerte».
31 de agosto
«En mi brazo pondrán su esperanza». (Isaías 51:5)
En tiempos de prueba severa, el cristiano no tiene nada en la tierra en que confiar, y por eso se ve obligado a echarse solo sobre su Dios. Cuando su nave está escorada sobre su costado y ninguna liberación humana puede valer, tiene que confiarse sencilla y enteramente a la providencia y al cuidado de Dios. ¡Dichosa tormenta que hace naufragar a un hombre sobre una roca como esta! ¡Oh, bendito huracán que empuja al alma hacia Dios, y solo hacia Dios! A veces no hay manera de llegar a nuestro Dios por la multitud de nuestros amigos; pero cuando un hombre es tan pobre, tan falto de amigos, tan desvalido que no tiene a dónde más volverse, vuela a los brazos de su Padre, ¡y es estrechado en ellos bienaventuradamente! Cuando está cargado de aflicciones tan apremiantes y tan singulares que no puede contárselas a nadie sino a su Dios, puede estar agradecido por ellas; porque entonces aprenderá más de su Señor que en ningún otro tiempo. ¡Oh creyente sacudido por la tempestad, dichosa es la aflicción que te lleva a tu Padre! Ahora que solo tienes a tu Dios en quien confiar, procura poner en él toda tu confianza. No deshonres a tu Señor y Maestro con dudas y temores indignos; antes bien, sé fuerte en la fe, dando gloria a Dios. Muestra al mundo que tu Dios vale para ti más que diez mil mundos. Muestra a los ricos cuán rico eres en tu pobreza cuando el Señor Dios es tu ayudador. Muestra al hombre fuerte cuán fuerte eres en tu debilidad cuando debajo de ti están los brazos eternos. Ahora es el tiempo de las hazañas de la fe y de las proezas valientes. Esfuérzate y sé muy valiente, y el Señor tu Dios, tan ciertamente como edificó los cielos y la tierra, se glorificará en tu debilidad y engrandecerá su poder en medio de tu angustia. La grandeza del arco del cielo se echaría a perder si el firmamento descansara sobre una sola columna visible, y tu fe perdería su gloria si reposara en algo discernible por el ojo carnal. Que el Espíritu Santo te conceda descansar en Jesús en este último día del mes.
Capítulo 8 completado
Agosto