Capítulo 10 · 56 min de lectura · 1 h 12 min de escucha
Octubre
1 de octubre
«Dulces frutas, nuevas y añejas, que para ti, oh amado mío, he guardado». (Cantares 7:13)
La esposa desea dar a Jesús todo lo que produce. Nuestro corazón tiene «toda suerte de dulces frutas», tanto «nuevas» como «añejas», y están guardadas para nuestro Amado. En esta rica estación otoñal de frutos, examinemos nuestras provisiones. Tenemos frutos nuevos. Deseamos sentir nueva vida, nuevo gozo, nueva gratitud; queremos hacer nuevos propósitos y cumplirlos con nuevos trabajos; nuestro corazón florece con nuevas oraciones, y nuestra alma se compromete a nuevos esfuerzos. Pero también tenemos algunos frutos añejos. Ahí está nuestro primer amor: ¡qué fruto tan escogido!, y Jesús se deleita en él. Ahí está nuestra primera fe: aquella fe sencilla por la cual, no teniendo nada, llegamos a poseerlo todo. Ahí está nuestro gozo cuando conocimos por primera vez al Señor: avivémoslo. Tenemos nuestros antiguos recuerdos de las promesas. ¡Qué fiel ha sido Dios! ¡En la enfermedad, con qué suavidad mulló nuestra cama! ¡En las aguas profundas, con qué serenidad nos mantuvo a flote! En el horno ardiente, ¡con cuánta gracia nos libró! ¡Frutos añejos, ciertamente! Tenemos muchos, porque sus misericordias han sido más que los cabellos de nuestra cabeza. Los pecados antiguos hemos de lamentarlos, pero también hemos tenido los arrepentimientos que él nos ha dado, por los cuales hemos llegado llorando hasta la cruz y hemos aprendido el mérito de su sangre. Tenemos frutos esta mañana, nuevos y añejos; pero aquí está el punto: todos están guardados para Jesús. En verdad, los mejores y más aceptables servicios son aquellos en los que Jesús es el único blanco del alma, y su gloria, sin mezcla alguna, el fin de todos nuestros esfuerzos. Que nuestros muchos frutos estén guardados solo para nuestro Amado; mostrémoslos cuando él está con nosotros, y no los exhibamos ante la mirada de los hombres. Jesús, echaremos la llave a la puerta de nuestro huerto, y nadie entrará a robarte un solo fruto bueno del suelo que tú regaste con tu sudor de sangre. ¡Todo lo nuestro será tuyo, solo tuyo, oh Jesús, Amado nuestro!
2 de octubre
«La esperanza que os está guardada en los cielos». (Colosenses 1:5)
Nuestra esperanza en Cristo para el futuro es el resorte principal y el sostén de nuestro gozo aquí. Animará nuestro corazón pensar a menudo en el cielo, porque allí se nos promete todo cuanto podemos desear. Aquí estamos cansados y agotados por el trabajo, pero allá está la tierra del descanso, donde el sudor del trabajo ya no bañará la frente del obrero y la fatiga quedará desterrada para siempre. Para los cansados y extenuados, la palabra «descanso» está llena de cielo. Estamos siempre en el campo de batalla; tan tentados por dentro y tan acosados por enemigos de fuera, que tenemos poca o ninguna paz; pero en el cielo gozaremos de la victoria, cuando el estandarte ondee en alto en señal de triunfo, y la espada sea envainada, y oigamos decir a nuestro Capitán: «Bien, buen siervo y fiel». Hemos sufrido duelo tras duelo, pero vamos a la tierra de los inmortales, donde las tumbas son cosa desconocida. Aquí el pecado es para nosotros una aflicción constante, pero allí seremos perfectamente santos, porque en aquel reino no entrará de ningún modo cosa alguna que contamine. La cicuta no brota en los surcos de los campos celestiales. ¡Oh!, ¿no es un gozo que no hayas de estar en el destierro para siempre, que no hayas de morar eternamente en este desierto, sino que pronto heredarás Canaán? Sin embargo, que nunca se diga de nosotros que soñamos con el futuro y olvidamos el presente; que el futuro santifique el presente para los usos más elevados. Por el Espíritu de Dios, la esperanza del cielo es la fuerza más poderosa para producir virtud; es una fuente de esfuerzo gozoso, es la piedra angular de una santidad alegre. El hombre que tiene en sí esta esperanza emprende su trabajo con vigor, porque el gozo del Señor es su fortaleza. Lucha con ardor contra la tentación, porque la esperanza del mundo venidero rechaza los dardos de fuego del adversario. Puede trabajar sin recompensa presente, porque espera una recompensa en el mundo venidero.
3 de octubre
«¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?». (Hebreos 1:14)
Los ángeles son los servidores invisibles de los santos de Dios; nos llevan en sus manos para que nuestro pie no tropiece en piedra. Su lealtad a su Señor los lleva a interesarse profundamente por los hijos de su amor; se regocijan por el regreso del pródigo a la casa de su padre aquí abajo, y dan la bienvenida al creyente cuando llega al palacio del Rey allá arriba. En tiempos antiguos los hijos de Dios fueron favorecidos con su aparición visible, y en este día, aunque no los veamos, el cielo sigue abierto, y los ángeles de Dios suben y descienden sobre el Hijo del Hombre para visitar a los herederos de la salvación. Los serafines todavía vuelan con carbones encendidos tomados del altar para tocar los labios de hombres muy amados. Si nuestros ojos pudieran ser abiertos, veríamos caballos de fuego y carros de fuego alrededor de los siervos del Señor; porque nos hemos acercado a la compañía de muchos millares de ángeles, todos ellos vigilantes y protectores de la simiente real. No es ficción poética el verso de Spenser cuando canta:
«¡Cuán a menudo con sus alas de oro hienden
los cielos fugaces, como heraldos veloces,
para ayudarnos, militantes, contra inmundos demonios!».
¡A qué dignidad son elevados los escogidos cuando los brillantes cortesanos del cielo se hacen sus servidores voluntarios! ¡A qué comunión somos levantados, puesto que tenemos trato con celestiales sin mancha! ¡Qué bien defendidos estamos, puesto que todos los veinte mil carros de Dios están armados para nuestra liberación! ¿A quién debemos todo esto? Que el Señor Jesucristo nos sea siempre entrañablemente querido, porque por él se nos hace sentar en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado y potestad. Él es aquel cuyo campamento rodea a los que le temen; él es el verdadero Miguel, cuyo pie está sobre el dragón. ¡Salve, Jesús, Ángel de la presencia de Jehová! A ti esta familia ofrece sus votos matutinos.
4 de octubre
«Sucederá que al caer la tarde habrá luz». (Zacarías 14:7)
Muchas veces miramos con malos presentimientos hacia el tiempo de la vejez, olvidando que al caer la tarde habrá luz. Para muchos santos, la vejez es la estación más escogida de su vida. Un aire más suave acaricia la mejilla del marinero a medida que se acerca a la orilla de la inmortalidad; menos olas agitan su mar; reina la quietud, profunda, serena y solemne. Del altar de la edad se han ido los destellos del fuego de la juventud, pero queda la llama más real del sentimiento profundo. Los peregrinos han llegado a la tierra de Beula, aquel país feliz cuyos días son como días del cielo sobre la tierra. Los ángeles la visitan, brisas celestiales soplan sobre ella, flores del paraíso crecen en ella, y el aire está lleno de música seráfica. Algunos moran aquí durante años, y otros llegan solo unas pocas horas antes de su partida, pero es un Edén en la tierra. Bien podemos anhelar el tiempo en que nos reclinaremos en sus umbrosas arboledas y nos saciaremos de esperanza hasta que llegue el tiempo del cumplimiento. El sol poniente parece más grande que cuando está en lo alto del cielo, y un esplendor de gloria tiñe todas las nubes que rodean su ocaso. El dolor no quiebra la calma del dulce crepúsculo de la edad, porque la fuerza perfeccionada en la debilidad lo sobrelleva todo con paciencia. Los frutos maduros de una experiencia escogida se recogen como el raro banquete de la tarde de la vida, y el alma se prepara para el descanso.
El pueblo del Señor gozará también de luz en la hora de la muerte. La incredulidad se lamenta: caen las sombras, viene la noche, la existencia se acaba. ¡Ah, no!, clama la fe, la noche está avanzada, y el verdadero día está cerca. Ha venido la luz, la luz de la inmortalidad, la luz del rostro de un Padre. Recoge tus pies en el lecho; ¡mira las huestes de espíritus que esperan! Los ángeles te llevan. Adiós, amado, te has ido, nos dices adiós con la mano. Ah, ahora hay luz. Las puertas de perlas están abiertas, las calles de oro resplandecen a la luz del jaspe. Nosotros nos cubrimos los ojos, pero tú contemplas lo invisible; adiós, hermano: tienes luz al caer la tarde, como nosotros aún no la tenemos.
5 de octubre
«Se levantó, pues, y comió y bebió; y caminó con la fuerza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches». (1 Reyes 19:8)
Toda la fuerza que nuestro Dios lleno de gracia nos suministra está destinada al servicio, no al desenfreno ni a la jactancia. Cuando el profeta Elías encontró la torta cocida sobre las brasas y la vasija de agua puesta a su cabecera, mientras yacía bajo el enebro, no era un caballero al que hubiera que agasajar con manjares delicados para que se tendiera a sus anchas; muy al contrario, recibió el encargo de caminar cuarenta días y cuarenta noches con la fuerza de aquella comida, viajando hacia Horeb, el monte de Dios. Cuando el Maestro invitó a los discípulos: «Venid, comed», con él, una vez concluida la comida dijo a Pedro: «Apacienta mis ovejas»; y añadió además: «Sígueme». Así sucede también con nosotros: comemos el pan del cielo para gastar nuestras fuerzas en el servicio del Maestro. Venimos a la pascua y comemos del cordero pascual con los lomos ceñidos y el bordón en la mano, para partir enseguida cuando hayamos saciado nuestra hambre. Algunos cristianos están por vivir de Cristo, pero no tienen tanto afán por vivir para Cristo. La tierra debería ser una preparación para el cielo; y el cielo es el lugar donde los santos más se banquetean y más trabajan. Se sientan a la mesa de nuestro Señor, y le sirven día y noche en su templo. Comen del alimento celestial y rinden un servicio perfecto. Creyente, con la fuerza que cada día recibes de Cristo, trabaja para él. Algunos de nosotros todavía tenemos mucho que aprender acerca del propósito de nuestro Señor al darnos su gracia. No hemos de retener los preciosos granos de la verdad como la momia egipcia guardó el trigo durante siglos, sin darle oportunidad de crecer: debemos sembrarlo y regarlo. ¿Por qué envía el Señor la lluvia sobre la tierra sedienta y da la benigna luz del sol? ¿No es para que todo ello ayude a los frutos de la tierra a producir alimento para el hombre? Así también el Señor alimenta y refresca nuestras almas para que después usemos nuestras fuerzas renovadas en promover su gloria.
6 de octubre
«El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás». (Juan 4:14)
El que cree en Jesús halla en su Señor lo suficiente para satisfacerlo ahora y contentarlo para siempre. El creyente no es aquel cuyos días se hacen pesados por falta de consuelo y cuyas noches se alargan por ausencia de pensamientos que alegren el corazón, porque halla en la religión tal manantial de gozo, tal fuente de consolación, que está contento y feliz. Ponlo en un calabozo, y hallará buena compañía; colócalo en un desierto estéril, y comerá el pan del cielo; apártalo de la amistad, y se encontrará con el «amigo más unido que un hermano». Seca todas sus calabaceras, y hallará sombra bajo la Roca de los siglos; socava el fundamento de sus esperanzas terrenales, pero su corazón seguirá firme, confiado en el Señor. El corazón es tan insaciable como el sepulcro hasta que Jesús entra en él, y entonces es una copa llena hasta rebosar. Hay tal plenitud en Cristo que solo él es el todo del creyente. El verdadero santo está tan completamente satisfecho con la suficiencia total de Jesús que ya no tiene sed, salvo de beber más hondo de la fuente viva. De esa dulce manera, creyente, tendrás sed; no será una sed de dolor, sino de deseo amoroso; hallarás que es cosa dulce anhelar un goce más pleno del amor de Jesús. Uno de los de antaño dijo: «He bajado mi cubo al pozo muchísimas veces, pero ahora mi sed de Jesús se ha vuelto tan insaciable que anhelo poner el pozo mismo en mis labios y beber sin parar». ¿Es este ahora el sentir de tu corazón, creyente? ¿Sientes que todos tus deseos están satisfechos en Jesús, y que ya no tienes otra necesidad sino conocerlo más y tener una comunión más íntima con él? Entonces ven continuamente a la fuente y toma del agua de la vida gratuitamente. Jesús nunca pensará que tomas demasiado, sino que siempre te dará la bienvenida, diciendo: «Bebed, sí, bebed abundantemente, oh amados».
7 de octubre
«¿Por qué has afligido a tu siervo?». (Números 11:11)
Nuestro Padre celestial nos envía frecuentes pruebas para probar nuestra fe. Si nuestra fe vale algo, resistirá la prueba. El dorado teme al fuego, pero el oro no; la gema de imitación teme que la toque el diamante, pero la joya verdadera no teme ninguna prueba. Pobre fe es la que solo puede confiar en Dios cuando los amigos son fieles, el cuerpo está lleno de salud y el negocio es próspero; pero fe verdadera es la que se aferra a la fidelidad del Señor cuando los amigos se han ido, cuando el cuerpo está enfermo, cuando el ánimo está abatido y la luz del rostro de nuestro Padre se oculta. Una fe que puede decir en la más terrible angustia: «Aunque él me matare, en él esperaré», es una fe nacida del cielo. El Señor aflige a sus siervos para glorificarse a sí mismo, porque él es grandemente glorificado en las gracias de su pueblo, que son obra de sus propias manos. Cuando «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza», el Señor es honrado por estas virtudes crecientes. Nunca conoceríamos la música del arpa si sus cuerdas quedaran sin tocar; ni gozaríamos del jugo de la uva si no fuera pisada en el lagar; ni descubriríamos el dulce perfume de la canela si no fuera prensada y molida; ni sentiríamos el calor del fuego si las brasas no se consumieran por completo. La sabiduría y el poder del gran Artífice se descubren por las pruebas por las que se permite pasar a sus vasos de misericordia. Las aflicciones presentes tienden también a realzar el gozo futuro. Tiene que haber sombras en el cuadro para hacer resaltar la belleza de las luces. ¿Podríamos ser tan supremamente bienaventurados en el cielo si no hubiéramos conocido la maldición del pecado y el dolor de la tierra? ¿No será más dulce la paz después del conflicto, y más grato el descanso después del trabajo? ¿No realzará el recuerdo de los sufrimientos pasados la dicha de los glorificados? Hay muchas otras respuestas consoladoras a la pregunta con que abrimos nuestra breve meditación; meditemos en ella todo el día.
8 de octubre
«Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». (Lucas 5:4)
Aprendemos de este relato la necesidad de la acción humana. La pesca fue milagrosa, y sin embargo ni el pescador, ni su barca, ni sus aparejos de pesca fueron pasados por alto; todos se usaron para sacar los peces. Así, en la salvación de las almas, Dios obra por medios; y mientras subsista la presente economía de la gracia, a Dios le agradará salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Cuando Dios obra sin instrumentos, sin duda es glorificado; pero él mismo ha escogido el plan de los instrumentos como aquel por el cual es más engrandecido en la tierra. Los medios por sí mismos son del todo inútiles. «Maestro, hemos trabajado toda la noche y nada hemos tomado». ¿Cuál fue la razón de esto? ¿No eran pescadores que ejercían su propio oficio? En verdad no eran novatos; entendían el trabajo. ¿Habían emprendido la tarea con torpeza? No. ¿Les había faltado diligencia? No, habían trabajado. ¿Les había faltado perseverancia? No, habían trabajado toda la noche. ¿Faltaban peces en el mar? Ciertamente no, porque tan pronto como llegó el Maestro, acudieron a la red en cardúmenes. ¿Cuál es, entonces, la razón? ¿No es porque no hay poder en los medios por sí mismos aparte de la presencia de Jesús? «Sin él nada podemos hacer». Pero con Cristo lo podemos todo. La presencia de Cristo da el éxito. Jesús se sentó en la barca de Pedro, y su voluntad, por una influencia misteriosa, atrajo los peces a la red. Cuando Jesús es levantado en su Iglesia, su presencia es el poder de la Iglesia: júbilo de rey hay en medio de ella. «Y yo, si fuere levantado, a todos atraeré a mí mismo». Salgamos esta mañana a nuestra labor de pescar almas, mirando hacia arriba con fe y a nuestro alrededor con solemne solicitud. Trabajemos hasta que llegue la noche, y no trabajaremos en vano, porque el que nos manda echar la red la llenará de peces.
9 de octubre
«Poderoso para guardaros sin caída». (Judas 24)
En cierto sentido el camino al cielo es muy seguro, pero en otros aspectos no hay camino tan peligroso. Está sembrado de dificultades. Un paso en falso (¡y qué fácil es darlo si falta la gracia!), y caemos. ¡Qué senda tan resbaladiza es la que algunos de nosotros tenemos que pisar! ¡Cuántas veces hemos tenido que exclamar con el salmista: «Casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos»! Si fuéramos montañeros fuertes y de pie firme, esto no importaría tanto; pero en nosotros mismos, ¡qué débiles somos! En los mejores caminos pronto vacilamos, en las sendas más llanas tropezamos enseguida. Estas débiles rodillas nuestras apenas pueden sostener nuestro peso tambaleante. Una paja puede derribarnos, y una piedrecilla puede herirnos; somos meros niños que dan temblorosos sus primeros pasos en el camino de la fe; nuestro Padre celestial nos sostiene de los brazos, o pronto estaríamos por el suelo. ¡Oh, si somos guardados de caer, cuánto debemos bendecir el paciente poder que vela sobre nosotros día tras día! Piensa cuán propensos somos al pecado, cuán dispuestos a escoger el peligro, cuán fuerte es nuestra tendencia a precipitarnos, y estas reflexiones nos harán cantar con más dulzura que nunca: «Gloria sea a aquel que es poderoso para guardarnos sin caída». Tenemos muchos enemigos que intentan derribarnos. El camino es áspero y nosotros débiles, pero además de esto hay enemigos emboscados que salen de pronto cuando menos los esperamos, y se esfuerzan por hacernos tropezar o arrojarnos por el precipicio más cercano. Solo un brazo todopoderoso puede preservarnos de estos enemigos invisibles que buscan destruirnos. Un brazo así está comprometido en nuestra defensa. Fiel es el que prometió, y es poderoso para guardarnos sin caída, de modo que, con un hondo sentido de nuestra completa debilidad, podemos abrigar una firme fe en nuestra perfecta seguridad, y decir con gozosa confianza:
«Contra mí se alían la tierra y el infierno,
mas de mi lado está el poder divino;
¡Jesús lo es todo, y él es mío!».
10 de octubre
«Irreprensibles delante de su gloria». (Judas 24)
Medita en tu mente esa palabra maravillosa: «¡irreprensibles!». Ahora estamos lejos de ello; pero como nuestro Señor nunca se detiene antes de la perfección en su obra de amor, un día la alcanzaremos. El Salvador que guardará a su pueblo hasta el fin también lo presentará al final a sí mismo como «una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha». Todas las joyas de la corona del Salvador son de la más pura agua y sin un solo defecto. Todas las damas de honor que acompañan a la esposa del Cordero son vírgenes puras, sin mancha ni tacha. Pero ¿cómo nos hará Jesús irreprensibles? Nos lavará de nuestros pecados en su propia sangre hasta que estemos blancos y hermosos como el más puro ángel de Dios; y seremos vestidos de su justicia, esa justicia que hace al santo que la lleva positivamente irreprensible; sí, perfecto a los ojos de Dios. Seremos intachables e irreprochables aun a sus ojos. Su ley no solo no tendrá ningún cargo contra nosotros, sino que será engrandecida en nosotros. Además, la obra del Espíritu Santo en nosotros será del todo completa. Nos hará tan perfectamente santos que no nos quedará ninguna tendencia al pecado. El juicio, la memoria, la voluntad, toda facultad y toda pasión quedarán emancipadas de la esclavitud del mal. Seremos santos como Dios es santo, y en su presencia moraremos para siempre. Los santos no estarán fuera de lugar en el cielo; su hermosura será tan grande como la del lugar preparado para ellos. ¡Oh, el arrobamiento de aquella hora en que las puertas eternas se alcen, y nosotros, hechos aptos para la herencia, moremos con los santos en luz! El pecado desaparecido, Satanás excluido, la tentación pasada para siempre, y nosotros mismos «irreprensibles» delante de Dios: ¡esto será el cielo en verdad! Estemos gozosos ahora mientras ensayamos el cántico de eterna alabanza que tan pronto resonará a pleno coro de toda la hueste lavada en sangre; imitemos las danzas jubilosas de David delante del arca como preludio de nuestros éxtasis delante del trono.
11 de octubre
«Levantemos nuestros corazones con las manos a Dios en los cielos». (Lamentaciones 3:41)
El acto de orar nos enseña nuestra indignidad, lo cual es una lección muy saludable para seres tan orgullosos como nosotros. Si Dios nos concediera sus favores sin obligarnos a orar por ellos, nunca sabríamos cuán pobres somos; pero una verdadera oración es un inventario de carencias, un catálogo de necesidades, una revelación de pobreza oculta. Al mismo tiempo que es una solicitud a la riqueza divina, es una confesión de vacío humano. El estado más sano de un cristiano es estar siempre vacío de sí mismo y depender constantemente del Señor para su provisión; ser siempre pobre en sí mismo y rico en Jesús; débil como el agua en lo personal, pero poderoso en Dios para hacer grandes hazañas; y de ahí la utilidad de la oración, porque, al mismo tiempo que adora a Dios, pone a la criatura donde debe estar: en el mismo polvo. La oración es en sí misma, aparte de la respuesta que trae, un gran beneficio para el cristiano. Así como el corredor adquiere fuerza para la carrera mediante el ejercicio diario, así para la gran carrera de la vida adquirimos energía mediante la santa labor de la oración. La oración viste de plumas las alas de los aguiluchos de Dios, para que aprendan a remontarse por encima de las nubes. La oración ciñe los lomos de los guerreros de Dios y los envía al combate con los tendones tensos y los músculos firmes. El que suplica con fervor sale de su aposento como el sol sale de las cámaras del oriente, alegrándose como un gigante para correr su camino. La oración es aquella mano alzada de Moisés que derrota a los amalecitas más que la espada de Josué; es la saeta disparada desde la cámara del profeta, que anuncia la derrota a los sirios. La oración ciñe la debilidad humana de fuerza divina, convierte la necedad humana en sabiduría celestial y da a los mortales atribulados la paz de Dios. ¡No sabemos qué no puede hacer la oración! Te damos gracias, gran Dios, por el propiciatorio, prueba escogida de tu maravillosa misericordia. ¡Ayúdanos a usarlo debidamente a lo largo de este día!
12 de octubre
«En tus mandamientos meditaré». (Salmo 119:15)
Hay momentos en que la soledad es mejor que la compañía, y el silencio más sabio que la palabra. Seríamos mejores cristianos si estuviéramos más a solas, esperando en Dios y recogiendo, mediante la meditación en su Palabra, fuerza espiritual para trabajar en su servicio. Debemos meditar en las cosas de Dios, porque así sacamos de ellas el verdadero alimento. La verdad se parece algo al racimo de la vid: si queremos sacar vino de él, tenemos que pisarlo; tenemos que prensarlo y exprimirlo muchas veces. Los pies del pisador han de caer con alegría sobre los racimos, o de lo contrario el jugo no correrá; y han de pisar bien las uvas, o se desperdiciará mucho del precioso líquido. Así nosotros, mediante la meditación, debemos pisar los racimos de la verdad si queremos sacar de ellos el vino de la consolación. Nuestros cuerpos no se sostienen con solo llevarse el alimento a la boca; el proceso que realmente nutre el músculo, el nervio, el tendón y el hueso es el de la digestión. Es por la digestión como el alimento exterior se asimila a la vida interior. Nuestras almas no se nutren simplemente con escuchar un rato esta parte de la verdad divina, luego aquella y luego la otra. Oír, leer, notar y aprender requieren todos una digestión interior para completar su utilidad, y la digestión interior de la verdad consiste principalmente en meditar en ella. ¿Por qué algunos cristianos, aunque oyen muchos sermones, avanzan tan lentamente en la vida divina? Porque descuidan su aposento y no meditan con detenimiento en la Palabra de Dios. Aman el trigo, pero no lo muelen; quisieran el grano, pero no salen a los campos a recogerlo; el fruto cuelga del árbol, pero no lo cogen; el agua corre a sus pies, pero no se inclinan a beberla. De tal necedad líbranos, oh Señor, y sea esta nuestra resolución esta mañana: «En tus mandamientos meditaré».
13 de octubre
«La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento». (2 Corintios 7:10)
El llanto genuino y espiritual por el pecado es obra del Espíritu de Dios. El arrepentimiento es una flor demasiado escogida para crecer en el jardín de la naturaleza. Las perlas crecen de forma natural en las ostras, pero la penitencia nunca se manifiesta en los pecadores a menos que la gracia divina la obre en ellos. Si tienes una sola partícula de verdadero aborrecimiento del pecado, Dios tiene que habértela dado, porque los espinos de la naturaleza humana nunca produjeron un solo higo. «Lo que es nacido de la carne, carne es».
El verdadero arrepentimiento tiene una referencia clara al Salvador. Cuando nos arrepentimos del pecado, debemos tener un ojo puesto en el pecado y otro en la cruz; o mejor aún, fijemos ambos ojos en Cristo y veamos nuestras transgresiones solo a la luz de su amor.
La verdadera tristeza por el pecado es eminentemente práctica. Nadie puede decir que aborrece el pecado si vive en él. El arrepentimiento nos hace ver el mal del pecado, no meramente como una teoría, sino por experiencia, como el niño que se ha quemado teme al fuego. Le tendremos tanto miedo como el hombre a quien hace poco detuvieron y robaron teme al ladrón del camino; y lo evitaremos, lo evitaremos en todo, no solo en las cosas grandes, sino en las pequeñas, como los hombres huyen de las víboras pequeñas tanto como de las serpientes grandes. El verdadero llanto por el pecado nos hará muy celosos de nuestra lengua, no sea que diga una palabra indebida; estaremos muy alerta sobre nuestros actos diarios, no sea que en algo ofendamos; y cada noche cerraremos el día con dolorosas confesiones de nuestras faltas, y cada mañana despertaremos con oraciones ansiosas para que Dios nos sostenga ese día y no pequemos contra él.
El arrepentimiento sincero es continuo. Los creyentes se arrepienten hasta el día de su muerte. Este manantial que gotea no es intermitente. Toda otra tristeza cede al tiempo, pero esta amada tristeza crece a medida que crecemos, y es una amargura tan dulce que damos gracias a Dios porque se nos permite gozarla y padecerla hasta que entremos en nuestro descanso eterno.
14 de octubre
«Estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor». (Filipenses 3:8)
El conocimiento espiritual de Cristo será un conocimiento personal. No puedo conocer a Jesús a través del trato que otro tenga con él. No, tengo que conocerlo yo mismo; tengo que conocerlo por mi propia cuenta. Será un conocimiento inteligente: tengo que conocerlo a él, no como lo sueña el visionario, sino como lo revela la Palabra. Tengo que conocer sus naturalezas, divina y humana. Tengo que conocer sus oficios, sus atributos, sus obras, su vergüenza, su gloria. Tengo que meditar en él hasta que pueda «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento». Será un conocimiento afectuoso de él; de hecho, si lo conozco de algún modo, tengo que amarlo. Una onza de conocimiento del corazón vale más que una tonelada de saber de la cabeza. Nuestro conocimiento de él será un conocimiento que satisface. Cuando conozca a mi Salvador, mi mente estará llena hasta el borde; sentiré que tengo aquello por lo cual mi espíritu suspiraba. «Este es el pan del cual, si alguno come, nunca tendrá hambre». Al mismo tiempo será un conocimiento que estimula; cuanto más conozca a mi Amado, más querré conocerlo. Cuanto más alto suba, más elevadas serán las cumbres que invitarán a mis pasos anhelantes. Querré más a medida que tenga más. Como el tesoro del avaro, mi oro me hará codiciar más. Para concluir: este conocimiento de Cristo Jesús será sumamente feliz; de hecho, tan elevador que a veces me sostendrá por completo por encima de todas las pruebas, dudas y tristezas; y, mientras lo goce, me hará algo más que «el hombre nacido de mujer, corto de días y harto de sinsabores»; porque me envolverá en la inmortalidad del Salvador siempre vivo y me ceñirá con el cinto de oro de su gozo eterno. Ven, alma mía, siéntate a los pies de Jesús y aprende de él todo este día.
15 de octubre
«¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida?». (Malaquías 3:2)
Su primera venida fue sin pompa exterior ni ostentación de poder, y sin embargo, en verdad, pocos pudieron soportar su fuerza escrutadora. Herodes, y toda Jerusalén con él, se turbaron ante la noticia del maravilloso nacimiento. Los que se suponían a sí mismos esperándolo demostraron la falsedad de su profesión rechazándolo cuando vino. Su vida en la tierra fue un aventador que probó el gran montón de la profesión religiosa, y bien pocos pudieron soportar la prueba. Pero ¿qué será su segunda venida? ¿Qué pecador puede soportar pensar en ella? «Herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío». Cuando en su humillación no hizo más que decir a los soldados: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra; ¿cuál será el terror de sus enemigos cuando se revele más plenamente como el «Yo soy»? Su muerte sacudió la tierra y oscureció el cielo; ¿cuál será el terrible esplendor de aquel día en que, como el Salvador viviente, convoque ante sí a los vivos y a los muertos? ¡Oh, que los terrores del Señor persuadieran a los hombres a abandonar sus pecados y a besar al Hijo, para que no se enoje! Aunque es cordero, es también el león de la tribu de Judá, que despedaza la presa; y aunque no quiebra la caña cascada, quebrantará a sus enemigos con vara de hierro y los desmenuzará como vaso de alfarero. Ninguno de sus enemigos podrá mantenerse en pie ante la tempestad de su ira, ni esconderse del granizo arrollador de su indignación; pero su amado pueblo lavado en sangre espera su aparición con gozo, y espera soportarla sin temor: para ellos él se sienta ya ahora como afinador, y cuando los haya probado, saldrán como oro. Examinémonos esta mañana y hagamos firme nuestra vocación y elección, para que la venida del Señor no cause en nuestra mente ningún sombrío presentimiento. ¡Oh, gracia para desechar toda hipocresía y ser hallados por él sinceros e irreprensibles en el día de su aparición!
16 de octubre
«Les dijo Jesús: Venid, comed». (Juan 21:12)
En estas palabras se invita al creyente a una santa cercanía con Jesús. «Venid, comed» implica la misma mesa, el mismo alimento; sí, y a veces significa sentarse a su lado y recostar nuestra cabeza en el pecho del Salvador. Es ser llevados a la sala del banquete, donde ondea la bandera del amor redentor. «Venid, comed» nos da una visión de la unión con Jesús, porque el único alimento del que podemos banquetearnos cuando comemos con Jesús es él mismo. ¡Oh, qué unión es esta! Es una profundidad que la razón no puede sondear: que así nos alimentemos de Jesús. «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él». Es también una invitación a gozar de la comunión con los santos. Los cristianos pueden diferir en diversos puntos, pero todos tienen un mismo apetito espiritual; y si no todos podemos sentir igual, todos podemos alimentarnos igual del pan de vida que descendió del cielo. En la mesa de la comunión con Jesús somos un solo pan y una sola copa. Mientras pasa de mano en mano la copa del amor, brindamos en ella los unos por los otros de todo corazón. Acércate más a Jesús, y te hallarás cada vez más unido en espíritu a todos los que son como tú, sustentados por el mismo maná celestial. Si estuviéramos más cerca de Jesús, estaríamos más cerca los unos de los otros. Vemos también en estas palabras la fuente de fuerza de todo cristiano. Mirar a Cristo es vivir; pero para tener fuerza con que servirle tienes que «venir a comer». Trabajamos con mucha debilidad innecesaria por descuidar este precepto del Maestro. Ninguno de nosotros necesita ponerse a dieta escasa; al contrario, deberíamos engordar con el meollo y la grosura del evangelio para acumular en él fuerza y llevar cada facultad a su máxima tensión en el servicio del Maestro. Así pues, si quieres conocer la cercanía con Jesús, la unión con Jesús, el amor a su pueblo y la fuerza que viene de Jesús, «ven, come» con él por la fe.
17 de octubre
«Y dijo David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl». (1 Samuel 27:1)
El pensamiento del corazón de David en aquel momento era un pensamiento falso, porque ciertamente no tenía fundamento para pensar que el ungimiento que Dios le dio por medio de Samuel estaba destinado a quedar como un acto vacío y sin sentido. En ninguna ocasión había abandonado el Señor a su siervo; muy a menudo se había visto en situaciones peligrosas, pero no se había dado un solo caso en que la intervención divina no lo hubiera librado. Las pruebas a que había estado expuesto habían sido variadas; no habían tomado una sola forma, sino muchas; y sin embargo, en cada caso, el que enviaba la prueba había dispuesto también en su gracia una vía de escape. David no podía poner el dedo en ninguna anotación de su diario y decir de ella: «He aquí la prueba de que el Señor me abandonará», porque todo el curso de su vida pasada demostraba precisamente lo contrario. Debía haber razonado, a partir de lo que Dios había hecho por él, que Dios seguiría siendo su defensor. Pero ¿no es exactamente así como nosotros dudamos de la ayuda de Dios? ¿No es desconfianza sin causa? ¿Hemos tenido alguna vez la sombra de una razón para dudar de la bondad de nuestro Padre? ¿No han sido maravillosas sus misericordias? ¿Ha dejado una sola vez de justificar nuestra confianza? ¡Ah, no! Nuestro Dios no nos ha dejado en ningún momento. Hemos tenido noches oscuras, pero la estrella del amor ha brillado en medio de la negrura; hemos estado en duros combates, pero sobre nuestra cabeza él ha sostenido en alto el escudo de nuestra defensa. Hemos pasado por muchas pruebas, pero nunca para nuestro perjuicio, siempre para nuestro provecho; y la conclusión de nuestra experiencia pasada es que el que ha estado con nosotros en seis tribulaciones no nos abandonará en la séptima. Lo que hemos conocido de nuestro Dios fiel demuestra que nos guardará hasta el fin. No razonemos, pues, en contra de la evidencia. ¿Cómo podemos ser jamás tan mezquinos como para dudar de nuestro Dios? Señor, derriba a la Jezabel de nuestra incredulidad, y que los perros la devoren.
18 de octubre
«Tus sendas destilan grosura». (Salmo 65:11)
Muchas son «las sendas del Señor» que «destilan grosura», pero una muy especial es la senda de la oración. Ningún creyente que pase mucho tiempo en su aposento tendrá necesidad de clamar: «¡Mi flaqueza, mi flaqueza, ay de mí!». Las almas hambrientas viven lejos del propiciatorio y se vuelven como los campos resecos en tiempo de sequía. Prevalecer con Dios en la oración que lucha con certeza hará fuerte al creyente, si no feliz. El lugar más cercano a la puerta del cielo es el trono de la gracia celestial. Mucho a solas, y tendrás mucha seguridad; poco a solas con Jesús, y tu religión será superficial, contaminada de muchas dudas y temores, y no centelleará con el gozo del Señor. Puesto que la senda de la oración, que enriquece el alma, está abierta aun al santo más débil; puesto que no se requieren altos logros; puesto que no se te manda venir por ser un santo avanzado, sino que se te invita gratuitamente si eres santo en alguna medida; procura, querido lector, estar a menudo en el camino de la devoción privada. Pasa mucho tiempo de rodillas, porque así hizo descender Elías la lluvia sobre los campos de Israel hambriento.
Hay otra senda especial que destila grosura para los que andan por ella: es el andar secreto de la comunión. ¡Oh, las delicias de la comunión con Jesús! La tierra no tiene palabras que puedan expresar la santa calma de un alma recostada en el pecho de Jesús. Pocos cristianos la entienden; viven en las tierras bajas y rara vez suben a la cumbre del Nebo; viven en el atrio exterior, no entran en el lugar santo, no hacen uso del privilegio del sacerdocio. Ven el sacrificio de lejos, pero no se sientan con el sacerdote a comer de él y a gozar de la grosura del holocausto. Pero tú, lector, siéntate siempre bajo la sombra de Jesús; sube a esa palmera y ase sus ramas; sea tu amado para ti como el manzano entre los árboles silvestres, y serás saciado como de meollo y de grosura. ¡Oh Jesús, visítanos con tu salvación!
19 de octubre
«Niños en Cristo». (1 Corintios 3:1)
¿Estás afligido, creyente, porque eres tan débil en la vida divina, porque tu fe es tan pequeña y tu amor tan débil? Anímate, porque tienes motivo de gratitud. Recuerda que en algunas cosas eres igual al más grande y más maduro de los cristianos. Has sido comprado con sangre tanto como él. Eres hijo adoptivo de Dios tanto como cualquier otro creyente. Un niño pequeño es tan verdaderamente hijo de sus padres como el hombre adulto. Estás tan completamente justificado, porque tu justificación no admite grados: tu pequeña fe te ha hecho limpio del todo. Tienes tanto derecho a las cosas preciosas del pacto como los creyentes más avanzados, porque tu derecho a las misericordias del pacto no reside en tu crecimiento, sino en el pacto mismo; y tu fe en Jesús no es la medida, sino la señal de tu herencia en él. Eres tan rico como el más rico, si no en disfrute, sí en posesión real. La estrella más pequeña que brilla está puesta en el cielo; el rayo de luz más tenue tiene afinidad con el gran astro del día. En el registro familiar de la gloria, los pequeños y los grandes están escritos con la misma pluma. Eres tan querido al corazón de tu Padre como el más grande de la familia. Jesús es muy tierno contigo. Eres como el pábilo que humea; un espíritu más rudo diría: «¡Apaguen ese pábilo que humea, llena la habitación de un olor desagradable!»; pero el pábilo que humea él no lo apagará. Eres como una caña cascada; y cualquier mano menos tierna que la del Músico Principal te pisotearía o te tiraría, pero él nunca quebrará la caña cascada. En lugar de estar abatido por lo que eres, deberías triunfar en Cristo. ¿Soy yo apenas pequeño en Israel? Sin embargo, en Cristo se me hace sentar en los lugares celestiales. ¿Soy pobre en fe? Aun así, en Jesús soy heredero de todas las cosas. Aunque «menos que nada pueda yo jactarme, y vanidad confiese», si la raíz del asunto se halla en mí, me regocijaré en el Señor y me gloriaré en el Dios de mi salvación.
20 de octubre
«Crezcamos en todo en aquel». (Efesios 4:15)
Muchos cristianos permanecen raquíticos y enanos en las cosas espirituales, de modo que presentan el mismo aspecto año tras año. No se manifiesta en ellos ningún brote de sentimientos más avanzados y refinados. Existen, pero no «crecen en todo en aquel». Pero ¿deberíamos contentarnos con estar en la «hierba», cuando podríamos avanzar hasta «la espiga», y finalmente madurar en «grano lleno en la espiga»? ¿Deberíamos darnos por satisfechos con creer en Cristo y decir: «Estoy a salvo», sin desear conocer por nuestra propia experiencia más de la plenitud que hay en él? No debería ser así; como buenos comerciantes en el mercado del cielo, deberíamos codiciar enriquecernos en el conocimiento de Jesús. Está muy bien guardar las viñas de otros, pero no debemos descuidar nuestro propio crecimiento y maduración espiritual. ¿Por qué ha de ser siempre invierno en nuestro corazón? Hemos de tener nuestro tiempo de siembra, es cierto, pero ¡oh, que tengamos una primavera, sí, una estación de verano que prometa una cosecha temprana! Si queremos madurar en la gracia, tenemos que vivir cerca de Jesús, en su presencia, madurados por el sol de sus sonrisas. Tenemos que mantener una dulce comunión con él. Tenemos que dejar de mirar su rostro de lejos y acercarnos, como hizo Juan, y reclinar nuestra cabeza en su pecho; entonces nos hallaremos avanzando en santidad, en amor, en fe, en esperanza; sí, en todo don precioso. Así como el sol sale primero sobre las cumbres de los montes y las dora con su luz, y ofrece uno de los espectáculos más hermosos a los ojos del viajero, así es una de las contemplaciones más deliciosas del mundo observar el resplandor de la luz del Espíritu sobre la cabeza de algún santo que se ha elevado en estatura espiritual, como Saúl, por encima de sus compañeros, hasta que, como un poderoso Alpe coronado de nieve, refleja el primero entre los escogidos los rayos del Sol de justicia, y lleva en lo alto el brillo de su resplandor para que todos lo vean y, viéndolo, glorifiquen a su Padre que está en los cielos.
21 de octubre
«Porque el amor de Cristo nos constriñe». (2 Corintios 5:14)
¿Cuánto debes tú a mi Señor? ¿Ha hecho él alguna vez algo por ti? ¿Ha perdonado tus pecados? ¿Te ha cubierto con un manto de justicia? ¿Ha puesto tus pies sobre una peña? ¿Ha enderezado tus pasos? ¿Ha preparado el cielo para ti? ¿Te ha preparado a ti para el cielo? ¿Ha escrito tu nombre en su libro de la vida? ¿Te ha dado incontables bendiciones? ¿Ha guardado para ti un tesoro de misericordias que ojo no vio ni oído oyó? Entonces haz por Jesús algo digno de su amor. No le des una mera ofrenda de palabras a un Redentor que muere. ¿Cómo te sentirás cuando venga tu Maestro, si tienes que confesar que no hiciste nada por él, sino que guardaste tu amor encerrado como un estanque estancado, sin fluir hacia sus pobres ni hacia su obra? ¡Fuera con semejante amor! ¿Qué piensan los hombres de un amor que nunca se muestra en la acción? Pues dicen: «Mejor es la reprensión manifiesta que el amor oculto». ¿Quién aceptará un amor tan débil que no te mueve a un solo acto de abnegación, de generosidad, de heroísmo o de celo? ¡Piensa cómo él te ha amado y se ha entregado a sí mismo por ti! ¿Conoces el poder de ese amor? Entonces sea para tu alma como un viento recio que sopla, para barrer las nubes de tu mundanalidad y disipar las nieblas del pecado. «Por amor de Cristo»: sea esta la lengua de fuego que se asiente sobre ti; «por amor de Cristo»: sea este el arrobamiento divino, el soplo celestial que te eleve de la tierra, el espíritu divino que te haga audaz como los leones y veloz como las águilas en el servicio de tu Señor. El amor debería dar alas a los pies del servicio y fuerza a los brazos del trabajo. Fijos en Dios con una constancia que no se deje sacudir, resueltos a honrarlo con una determinación que no se deje desviar, y avanzando con un ardor que nunca se canse, manifestemos el constreñimiento del amor a Jesús. Que el imán divino nos atraiga hacia el cielo, hacia sí mismo.
22 de octubre
«Los amaré de pura gracia». (Oseas 14:4)
Esta frase es un tratado de teología en miniatura. El que entiende su significado es un teólogo, y el que puede sumergirse en su plenitud es un verdadero maestro en Israel. Es una condensación del glorioso mensaje de salvación que se nos dio en Cristo Jesús, nuestro Redentor. El sentido gira en torno a las palabras «de pura gracia». Este es el camino glorioso, adecuado y divino por el cual el amor fluye del cielo a la tierra: un amor espontáneo que se derrama sobre los que ni lo merecieron, ni lo compraron, ni lo buscaron. Es, en verdad, el único modo en que Dios puede amar a gente como nosotros. El texto es un golpe mortal a toda clase de idoneidad: «Los amaré de pura gracia». Ahora bien, si se necesitara en nosotros alguna idoneidad, entonces él no nos amaría de pura gracia; al menos, eso sería una atenuación y una merma de su gratuidad. Pero así está escrito: «Os amaré de pura gracia». Nos quejamos: «Señor, mi corazón es tan duro». «Os amaré de pura gracia». «Pero no siento mi necesidad de Cristo como quisiera». «No os amaré porque sintáis vuestra necesidad; os amaré de pura gracia». «Pero no siento ese quebrantamiento de espíritu que desearía». Recuerda que el quebrantamiento de espíritu no es una condición, porque no hay condiciones; el pacto de gracia no tiene condicionalidad alguna; de modo que nosotros, sin idoneidad ninguna, podemos aventurarnos sobre la promesa de Dios que se nos hizo en Cristo Jesús cuando dijo: «El que en él cree no es condenado». ¡Qué bendición saber que la gracia de Dios nos es gratuita en todo tiempo, sin preparación, sin idoneidad, sin dinero y sin precio! «Los amaré de pura gracia». Estas palabras invitan a los descarriados a volver; de hecho, el texto fue escrito especialmente para ellos: «Yo sanaré su rebelión; los amaré de pura gracia». ¡Descarriado! Sin duda la generosidad de la promesa quebrantará al instante tu corazón, y volverás y buscarás el rostro de tu Padre ofendido.
23 de octubre
«¿Queréis acaso iros también vosotros?». (Juan 6:67)
Muchos han abandonado a Cristo y ya no andan con él; pero ¿qué razón tienes tú para cambiar? ¿Ha habido alguna razón para ello en el pasado? ¿No ha demostrado Jesús ser del todo suficiente? Él apela a ti esta mañana: «¿He sido yo para vosotros un desierto?». Cuando tu alma ha confiado sencillamente en Jesús, ¿has sido alguna vez avergonzado? ¿No has hallado hasta ahora que tu Señor es para ti un amigo compasivo y generoso, y no te ha dado la sencilla fe en él toda la paz que tu espíritu podía desear? ¿Puedes siquiera soñar con un amigo mejor que el que él ha sido para ti? Entonces no cambies lo viejo y probado por lo nuevo y falso. En cuanto al presente, ¿puede este obligarte a dejar a Cristo? Cuando nos vemos duramente acosados por este mundo, o por las pruebas más severas dentro de la Iglesia, hallamos que es una cosa bienaventurada reclinar la cabeza en el pecho de nuestro Salvador. Este es el gozo que tenemos hoy: que somos salvos en él; y si este gozo nos satisface, ¿por qué habríamos de pensar en cambiar? ¿Quién cambia oro por escoria? No renegaremos del sol hasta que hallemos una luz mejor, ni dejaremos a nuestro Señor hasta que aparezca un amante más radiante; y como eso nunca podrá ser, lo asiremos con un abrazo inmortal y pondremos su nombre como un sello sobre nuestro brazo. En cuanto al futuro, ¿puedes imaginar algo que pueda surgir que te obligue a amotinarte, o a desertar de la vieja bandera para servir bajo otro capitán? Creemos que no. Si la vida es larga, él no cambia. Si somos pobres, ¿qué mejor que tener a Cristo, que puede hacernos ricos? Cuando estemos enfermos, ¿qué más necesitamos que a Jesús para mullir nuestra cama en la enfermedad? Cuando muramos, ¿no está escrito que «ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo por venir, nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro»? Decimos con Pedro: «Señor, ¿a quién iremos?».
24 de octubre
«Se llenan de savia los árboles del Señor». (Salmo 104:16)
Sin savia el árbol no puede florecer, ni siquiera existir. La vitalidad es esencial para el cristiano. Tiene que haber vida, un principio vital infundido en nosotros por Dios el Espíritu Santo, o no podremos ser árboles del Señor. El mero nombre de cristiano no es más que una cosa muerta; tenemos que estar llenos del espíritu de la vida divina. Esta vida es misteriosa. No entendemos la circulación de la savia, por qué fuerza sube y por qué poder vuelve a descender. Así también la vida que hay en nosotros es un misterio sagrado. La regeneración se obra cuando el Espíritu Santo entra en el hombre y se convierte en la vida del hombre; y esta vida divina en el creyente se alimenta después de la carne y la sangre de Cristo, y así se sostiene con alimento divino; pero ¿de dónde viene y a dónde va?, ¿quién nos lo explicará? ¡Qué cosa tan secreta es la savia! Las raíces van explorando el suelo con sus pequeñas puntas absorbentes, pero no podemos verlas chupar los diversos gases ni transformar lo mineral en vegetal; esta obra se hace allá abajo, en la oscuridad. Nuestra raíz es Cristo Jesús, y nuestra vida está escondida en él; este es el secreto del Señor. La raíz de la vida cristiana es tan secreta como la vida misma. ¡Qué permanentemente activa está la savia en el cedro! En el cristiano, la vida divina está siempre llena de energía; no siempre dando fruto, pero sí en sus operaciones interiores. Las gracias del creyente no están todas en constante movimiento, pero su vida nunca deja de palpitar dentro de él. No siempre está trabajando para Dios, pero su corazón vive siempre de él. Así como la savia se manifiesta produciendo el follaje y el fruto del árbol, así en un cristiano verdaderamente sano la gracia se manifiesta exteriormente en su andar y en su conversación. Si hablas con él, no puede evitar hablar de Jesús. Si observas sus acciones, verás que ha estado con Jesús. Tiene tanta savia dentro que esta tiene que llenar de vida su conducta y su conversación.
25 de octubre
«A causa de la verdad que permanece en nosotros, y estará para siempre con nosotros». (2 Juan 2)
Una vez que la verdad de Dios logra entrar en el corazón humano y someter a sí al hombre entero, ningún poder humano ni infernal puede desalojarla. No la hospedamos como a un huésped, sino como al dueño de la casa: esta es una necesidad cristiana; no es cristiano quien no cree así. Los que sienten el poder vital del evangelio y conocen la fuerza del Espíritu Santo cuando abre, aplica y sella la Palabra del Señor, preferirían ser despedazados antes que ser arrancados del evangelio de su salvación. ¡Cuántas misericordias se encierran en la seguridad de que la verdad estará con nosotros para siempre: será nuestro sostén en la vida, nuestro consuelo en la muerte, nuestro cántico en la resurrección, nuestra gloria eterna! Este es el privilegio cristiano; sin él, nuestra fe valdría poco. Algunas verdades las superamos y las dejamos atrás, porque no son más que rudimentos y lecciones para principiantes; pero no podemos tratar así la verdad divina, porque, aunque es alimento dulce para los niños, es en el más alto sentido alimento sólido para los adultos. La verdad de que somos pecadores está dolorosamente con nosotros para humillarnos y hacernos vigilantes; la verdad más bienaventurada de que todo aquel que cree en el Señor Jesús será salvo permanece con nosotros como nuestra esperanza y nuestro gozo. La experiencia, lejos de aflojar nuestro asimiento de las doctrinas de la gracia, nos ha unido a ellas cada vez con más firmeza; nuestros fundamentos y motivos para creer son ahora más fuertes y más numerosos que nunca, y tenemos razón para esperar que así será hasta que, en la muerte, estrechemos al Salvador en nuestros brazos.
Dondequiera que se descubra este amor permanente a la verdad, estamos obligados a ejercer nuestro amor. Ningún círculo estrecho puede contener nuestras simpatías llenas de gracia; tan amplia como la elección de gracia debe ser nuestra comunión de corazón. Puede que haya mucho error mezclado con la verdad recibida; combatamos el error, pero sigamos amando al hermano por la medida de verdad que vemos en él; sobre todo, amemos y difundamos nosotros mismos la verdad.
26 de octubre
«Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disipo con un soplo. ¿Por qué?, dice el Señor de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa». (Hageo 1:9)
Las almas mezquinas escatiman sus contribuciones al ministerio y a la obra misionera, y llaman a ese ahorro buena economía; poco sueñan que así se están empobreciendo a sí mismas. Su excusa es que deben cuidar de sus propias familias, y olvidan que descuidar la casa de Dios es el camino seguro para traer la ruina sobre sus propias casas. Nuestro Dios tiene en su providencia un método por el cual puede prosperar nuestros esfuerzos más allá de lo que esperamos, o puede frustrar nuestros planes para nuestra confusión y consternación; con un giro de su mano puede dirigir nuestra nave por un canal provechoso, o hacerla encallar en la pobreza y la bancarrota. Es enseñanza de la Escritura que el Señor enriquece al generoso y deja que el avaro descubra que el retener conduce a la pobreza. En un campo de observación muy amplio, he notado que los cristianos más generosos que he conocido han sido siempre los más felices, y casi invariablemente los más prósperos. He visto al dador generoso subir a una riqueza que jamás soñó; y con la misma frecuencia he visto al ruin y mezquino descender a la pobreza por la misma tacañería con que pensaba enriquecerse. Los hombres confían sumas cada vez mayores a los buenos administradores, y así sucede a menudo con el Señor: da a carretadas a los que dan a celemines. Donde no concede riquezas, el Señor hace mucho de lo poco por el contentamiento que siente el corazón santificado con una porción cuyo diezmo ha sido consagrado al Señor. El egoísmo mira primero a su casa, pero la piedad busca primeramente el reino de Dios y su justicia; y a la larga el egoísmo es pérdida, y la piedad es gran ganancia. Se necesita fe para tratar a nuestro Dios con mano abierta, pero ciertamente él lo merece de nosotros; y todo lo que podamos hacer es un reconocimiento muy pobre de nuestra asombrosa deuda con su bondad.
27 de octubre
«Palabra fiel es esta». (2 Timoteo 2:11)
Pablo tiene cuatro de estas «palabras fieles». La primera aparece en 1 Timoteo 1:15: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». La siguiente está en 1 Timoteo 4:6: «La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera. Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos». La tercera está en 2 Timoteo 2:12: «Palabra fiel es esta: Si sufrimos con él, también reinaremos con él»; y la cuarta está en Tito 3:3: «Palabra fiel es esta, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras». Podemos rastrear una conexión entre estas palabras fieles. La primera pone el fundamento de nuestra salvación eterna en la libre gracia de Dios, tal como se nos muestra en la misión del gran Redentor. La siguiente afirma la doble bienaventuranza que obtenemos por medio de esta salvación: las bendiciones de las fuentes de arriba y de las de abajo, del tiempo y de la eternidad. La tercera muestra uno de los deberes a que es llamado el pueblo escogido: estamos ordenados para sufrir por Cristo con la promesa de que «si sufrimos, también reinaremos con él». La última presenta la forma activa del servicio cristiano, mandándonos que nos ocupemos con diligencia en buenas obras. Así tenemos la raíz de la salvación en la libre gracia; luego, los privilegios de esa salvación en la vida presente y en la venidera; y tenemos también las dos grandes ramas, sufrir con Cristo y servir con Cristo, cargadas de los frutos del Espíritu. Atesora estas palabras fieles. Que sean las guías de nuestra vida, nuestro consuelo y nuestra instrucción. El apóstol de los gentiles demostró que eran fieles; fieles son todavía; ni una palabra caerá a tierra; son dignas de ser recibidas por todos; recibámoslas ahora y comprobemos su fidelidad. Escríbanse estas cuatro palabras fieles en las cuatro esquinas de mi casa.
28 de octubre
«Yo os elegí del mundo». (Juan 15:19)
He aquí una gracia que distingue y un amor que discierne; porque algunos son hechos objeto especial del afecto divino. No tengas miedo de detenerte en esta alta doctrina de la elección. Cuando tu mente esté más cargada y abatida, hallarás que es un frasco del más rico cordial. Los que dudan de las doctrinas de la gracia, o las dejan en la sombra, se pierden los racimos más ricos de Escol; pierden los vinos añejos bien refinados, los manjares suculentos llenos de tuétano. No hay bálsamo en Galaad comparable a ella. Si la miel del bosque de Jonatán, con solo tocarla, aclaró los ojos, esta es una miel que iluminará tu corazón para amar y aprender los misterios del reino de Dios. Come y no temas el empacho; vive de este manjar escogido y no temas que sea una dieta demasiado delicada. La comida de la mesa del Rey no hará daño a ninguno de sus cortesanos. Desea que tu mente se ensanche, para que comprendas cada vez más el amor eterno, perpetuo y distintivo de Dios. Cuando hayas subido tan alto como la elección, detente en su monte hermano, el pacto de gracia. Los compromisos del pacto son las fortalezas de rocas formidables tras las cuales estamos atrincherados; los compromisos del pacto con el fiador, Cristo Jesús, son los tranquilos lugares de reposo de los espíritus temblorosos.
«Su juramento, su pacto, su sangre
me sostienen en la furiosa crecida;
cuando todo apoyo terreno cede,
esto sigue siendo toda mi fuerza y mi sostén».
Si Jesús se comprometió a llevarme a la gloria, y si el Padre prometió que me daría al Hijo como parte de la recompensa infinita del trabajo de su alma, entonces, alma mía, mientras Dios mismo no sea infiel, mientras Jesús no deje de ser la verdad, estás segura. Cuando David danzó delante del arca, le dijo a Mical que la elección lo hacía obrar así. Ven, alma mía, regocíjate delante del Dios de la gracia y salta de gozo en tu corazón.
29 de octubre
«Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, etc.». (Mateo 6:9)
Esta oración comienza donde toda verdadera oración debe comenzar: con el espíritu de adopción, «Padre nuestro». No hay oración aceptable hasta que podemos decir: «Me levantaré e iré a mi padre». Este espíritu filial pronto percibe la grandeza del Padre «que está en los cielos», y asciende a la adoración devota: «Santificado sea tu nombre». El niño que balbucea «¡Abba, Padre!» crece hasta ser el querubín que clama: «¡Santo, santo, santo!». No hay más que un paso de la adoración extasiada al ardiente espíritu misionero, que es fruto seguro del amor filial y de la reverente adoración: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Sigue luego la sincera expresión de dependencia de Dios: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Iluminado aún más por el Espíritu, descubre que no solo es dependiente, sino pecador, y por eso implora misericordia: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»; y estando perdonado, teniendo imputada la justicia de Cristo y conociendo su aceptación delante de Dios, suplica humildemente una santa perseverancia: «No nos metas en tentación». El hombre que de verdad ha sido perdonado anhela no volver a ofender; la posesión de la justificación lleva a un ansioso deseo de santificación. «Perdónanos nuestras deudas»: eso es la justificación; «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal»: eso es la santificación en sus formas negativa y positiva. Como resultado de todo esto, sigue una triunfante atribución de alabanza: «Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén». Nos regocijamos de que nuestro Rey reina en la providencia y reinará en la gracia, desde el río hasta los confines de la tierra, y de su dominio no habrá fin. Así, desde el sentido de la adopción hasta la comunión con nuestro Señor que reina, conduce al alma este breve modelo de oración. Señor, enséñanos a orar así.
30 de octubre
«Te alabaré, oh Señor». (Salmo 9:1)
La alabanza debe seguir siempre a la oración contestada, como la niebla de la gratitud de la tierra se eleva cuando el sol del amor del cielo calienta el suelo. ¿Ha sido el Señor bondadoso contigo, y ha inclinado su oído a la voz de tu súplica? Entonces alábalo mientras vivas. Deja que el fruto maduro caiga sobre el suelo fértil del que sacó su vida. No niegues un cántico a aquel que ha respondido a tu oración y te ha concedido el deseo de tu corazón. Callar ante las misericordias de Dios es incurrir en la culpa de la ingratitud; es obrar tan vilmente como los nueve leprosos que, después de ser curados de su lepra, no volvieron a dar gracias al Señor que los sanó. Olvidarse de alabar a Dios es negarse a beneficiarnos a nosotros mismos; porque la alabanza, como la oración, es un gran medio para promover el crecimiento de la vida espiritual. Ayuda a quitar nuestras cargas, a avivar nuestra esperanza, a aumentar nuestra fe. Es un ejercicio sano y vigorizante que acelera el pulso del creyente y lo fortalece para nuevas empresas en el servicio de su Maestro. Bendecir a Dios por las misericordias recibidas es también el modo de beneficiar a nuestros semejantes: «lo oirán los mansos y se alegrarán». Otros que han estado en circunstancias semejantes se consolarán si podemos decir: «¡Oh, engrandeced al Señor conmigo, y exaltemos a una su nombre; este pobre clamó, y el Señor lo oyó!». Los corazones débiles serán fortalecidos, y los santos desanimados serán reanimados al escuchar nuestros «cánticos de liberación». Sus dudas y temores serán reprendidos mientras nos enseñamos y exhortamos unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales. También ellos «cantarán de los caminos del Señor» cuando nos oigan engrandecer su santo nombre. La alabanza es el más celestial de los deberes cristianos. Los ángeles no oran, pero no cesan de alabar día y noche; y los redimidos, vestidos de ropas blancas, con palmas en sus manos, nunca se cansan de cantar el cántico nuevo: «Digno es el Cordero».
31 de octubre
«Renueva un espíritu recto dentro de mí». (Salmo 51:10)
El descarriado, si queda en él una chispa de vida, gemirá por su restauración. En esta renovación se requiere el mismo ejercicio de la gracia que en nuestra conversión. Entonces necesitábamos arrepentimiento; ciertamente lo necesitamos ahora. Necesitábamos fe para venir a Cristo al principio; solo una gracia semejante puede traernos a Jesús ahora. Necesitábamos una palabra del Altísimo, una palabra de los labios del Amado, para poner fin a nuestros temores entonces; pronto descubriremos, bajo el peso del pecado presente, que la necesitamos ahora. Nadie puede ser renovado sin una manifestación de la energía del Espíritu Santo tan real y verdadera como la que sintió al principio, porque la obra es igual de grande, y la carne y la sangre estorban ahora tanto como siempre. Que tu debilidad personal, oh cristiano, sea un argumento que te mueva a orar fervientemente a tu Dios pidiendo ayuda. Recuerda que David, cuando se sintió impotente, no se cruzó de brazos ni cerró los labios, sino que se apresuró al propiciatorio con «renueva un espíritu recto dentro de mí». Que la doctrina de que tú, sin ayuda, nada puedes hacer, no te haga dormir; sino que sea un aguijón en tu costado que te impulse con tremenda seriedad hacia el fuerte Ayudador de Israel. ¡Oh, que tengas gracia para suplicar a Dios como si suplicaras por tu propia vida: «Señor, renueva un espíritu recto dentro de mí»! El que sinceramente pide a Dios que haga esto demostrará su honradez usando los medios por los que Dios obra. Persevera mucho en la oración; vive mucho de la Palabra de Dios; da muerte a las concupiscencias que han alejado de ti a tu Señor; ten cuidado de vigilar los futuros levantamientos del pecado. El Señor tiene sus caminos señalados; siéntate junto al camino y estarás listo cuando él pase. Persevera en todas aquellas benditas ordenanzas que fomentarán y nutrirán tus gracias desfallecientes; y, sabiendo que todo el poder ha de proceder de él, no ceses de clamar: «Renueva un espíritu recto dentro de mí».
Capítulo 10 completado
Octubre