Mañana tras mañana
Julio

Capítulo 7 · 54 min de lectura · 1 h 10 min de escucha

Julio

1 de julio

«En verano y en invierno será». (Zacarías 14:8)

Las corrientes de agua viva que fluyen de Jerusalén no se secan con los calores abrasadores del bochornoso pleno verano, como tampoco se helaron con los vientos fríos del borrascoso invierno. Regocíjate, alma mía, de haber sido preservada para testificar de la fidelidad del Señor. Las estaciones cambian y tú cambias, pero tu Señor permanece siempre el mismo, y las corrientes de su amor son tan profundas, tan anchas y tan llenas como siempre. Los calores de las preocupaciones de los negocios y de las pruebas abrasadoras hacen que necesite las influencias refrescantes del río de su gracia; puedo ir enseguida y beber hasta saciarme de la fuente inagotable, porque en verano y en invierno derrama su caudal. Las fuentes de arriba nunca escasean y, bendito sea el nombre del Señor, tampoco pueden faltar las fuentes de abajo. Elías vio secarse el arroyo de Querit, pero el Señor seguía siendo el mismo Dios de la providencia. Job dijo que sus hermanos eran como arroyos engañosos, pero halló que su Dios era un río desbordante de consolación. El Nilo es la gran confianza de Egipto, pero sus crecidas son variables; nuestro Señor es siempre el mismo. Desviando el curso del Éufrates, Ciro tomó la ciudad de Babilonia, pero ningún poder, humano ni infernal, puede desviar la corriente de la gracia divina. Se han hallado los cauces de ríos antiguos completamente secos y desolados, pero las corrientes que nacen en los montes de la soberanía divina y del amor infinito estarán siempre llenas hasta el borde. Las generaciones se desvanecen, pero el curso de la gracia no se altera. El río de Dios puede cantar con más verdad que el arroyo del poema:

«Los hombres vienen y los hombres van,

pero yo sigo para siempre».

¡Qué feliz eres, alma mía, al ser conducida junto a tales aguas de reposo! Nunca te desvíes hacia otras corrientes, no sea que oigas la reprensión del Señor: «¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del río turbio?».

2 de julio

«Nuestro corazón se alegrará en él». (Salmo 33:21)

Bendito es el hecho de que los cristianos pueden regocijarse aun en la más honda angustia; aunque la tribulación los rodee, siguen cantando; y, como muchos pájaros, cantan mejor en sus jaulas. Las olas pueden pasar sobre ellos, pero sus almas pronto suben a la superficie y ven la luz del rostro de Dios; tienen una flotabilidad que les mantiene siempre la cabeza fuera del agua y les ayuda a cantar en medio de la tempestad: «Dios sigue conmigo». ¿A quién se dará la gloria? ¡Oh, a Jesús! Todo es por Jesús. La tribulación no trae consigo necesariamente consolación para el creyente, pero la presencia del Hijo de Dios con él en el horno de fuego llena su corazón de gozo. Está enfermo y sufriendo, pero Jesús lo visita y le mulle la cama. Se está muriendo, y las aguas frías y heladas del Jordán se van juntando en torno a él hasta el cuello, pero Jesús lo rodea con sus brazos y exclama: «No temas, amado; morir es ser bienaventurado; las aguas de la muerte tienen su manantial en el cielo; no son amargas, son dulces como el néctar, porque fluyen del trono de Dios». Mientras el santo que parte vadea la corriente, y las olas se juntan a su alrededor, y su corazón y su carne desfallecen, la misma voz suena en sus oídos: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios». Cuando se acerca a los confines de lo infinito desconocido, y casi se espanta de entrar en el reino de las sombras, Jesús le dice: «No temáis, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino». Así fortalecido y consolado, el creyente no teme morir; más aún, hasta está dispuesto a partir, porque, habiendo visto a Jesús como la estrella de la mañana, anhela contemplarle como el sol en su fuerza. En verdad, la presencia de Jesús es todo el cielo que deseamos. Él es a la vez

«la gloria de nuestros días más brillantes,

el consuelo de nuestras noches».

3 de julio

«Las vacas de fea vista y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y gordas». (Génesis 41:4)

El sueño de Faraón ha sido con demasiada frecuencia mi experiencia en vela. Mis días de pereza han destruido ruinosamente todo lo que había logrado en tiempos de celosa diligencia; mis temporadas de frialdad han helado todo el grato ardor de mis periodos de fervor y entusiasmo; y mis accesos de mundanalidad me han hecho retroceder de mis avances en la vida divina. Necesito guardarme de oraciones flacas, alabanzas flacas, deberes flacos y experiencias flacas, porque estas devorarán la gordura de mi consuelo y de mi paz. Si descuido la oración, por breve que sea el tiempo, pierdo toda la espiritualidad que había alcanzado; si no saco nuevas provisiones del cielo, el trigo añejo de mi granero pronto es consumido por el hambre que asola mi alma. Cuando las orugas de la indiferencia, los pulgones de la mundanalidad y las langostas de la complacencia propia dejan mi corazón completamente desolado y hacen languidecer mi alma, toda mi fecundidad pasada y mi crecimiento en la gracia no me sirven absolutamente de nada. ¡Cuán ansioso debería estar de no tener días enjutos de carne ni horas de fea vista! Si cada día avanzara hacia la meta de mis anhelos, pronto la alcanzaría; pero la recaída me deja todavía lejos del premio de mi soberana vocación y me roba los avances que con tanto trabajo había hecho. La única manera de que todos mis días sean como las «vacas gordas» es apacentarlos en el prado adecuado: pasarlos con el Señor, en su servicio, en su compañía, en su temor y en su camino. ¿Por qué no habría de ser cada año más rico que el anterior en amor, en utilidad y en gozo? Estoy más cerca de los collados celestiales, he tenido más experiencia de mi Señor, y debería ser más semejante a él. Oh Señor, aparta de mí la maldición de la flaqueza del alma; no tenga yo que clamar: «¡Mi flaqueza, mi flaqueza, ay de mí!», sino que sea bien alimentado y nutrido en tu casa, para que alabe tu nombre.

4 de julio

«Santifícalos en tu verdad». (Juan 17:17)

La santificación comienza en la regeneración. El Espíritu de Dios infunde en el hombre ese nuevo principio vivo por el cual llega a ser «una nueva criatura» en Cristo Jesús. Esta obra, que comienza en el nuevo nacimiento, se lleva adelante de dos maneras: la mortificación, por la cual las concupiscencias de la carne son sometidas y mantenidas a raya; y la vivificación, por la cual la vida que Dios ha puesto en nosotros se convierte en una fuente de agua que salta para vida eterna. Esto se lleva adelante cada día en lo que se llama «perseverancia», por la cual el cristiano es preservado y mantenido en un estado de gracia, y es hecho abundar en buenas obras para alabanza y gloria de Dios; y culmina, o llega a su perfección, en la «gloria», cuando el alma, purificada por completo, es arrebatada para morar con los seres santos a la diestra de la Majestad en las alturas. Pero aunque el Espíritu de Dios es así el autor de la santificación, hay sin embargo un instrumento visible que no debe olvidarse. «Santifícalos», dijo Jesús, «en tu verdad: tu palabra es verdad». Los pasajes de la Escritura que prueban que el instrumento de nuestra santificación es la Palabra de Dios son muchísimos. El Espíritu de Dios trae a nuestra mente los preceptos y las doctrinas de la verdad, y los aplica con poder. Estos se oyen con el oído y, recibidos en el corazón, obran en nosotros así el querer como el hacer, por la buena voluntad de Dios. La verdad es la que santifica, y si no oímos ni leemos la verdad, no creceremos en santificación. Solo avanzamos en una vida sana a medida que avanzamos en un entendimiento sano. «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». No digas de ningún error: «Es una mera cuestión de opinión». Nadie consiente un error de juicio sin tolerar tarde o temprano un error en la práctica. Retén firmemente la verdad, porque reteniéndola así serás santificado por el Espíritu de Dios.

5 de julio

«Llamados a ser santos». (Romanos 1:7)

Somos muy propensos a considerar a los santos apostólicos como si fueran «santos» de una manera más especial que los demás hijos de Dios. Son «santos» todos los que Dios ha llamado por su gracia y santificado por su Espíritu; pero tendemos a mirar a los apóstoles como seres extraordinarios, apenas sujetos a las mismas debilidades y tentaciones que nosotros. Sin embargo, al hacerlo olvidamos esta verdad: que cuanto más cerca de Dios vive un hombre, más intensamente tiene que lamentar su propio corazón malo; y cuanto más le honra su Maestro en su servicio, tanto más le aflige y le atormenta día tras día el mal de la carne. Lo cierto es que, si hubiéramos visto al apóstol Pablo, nos habría parecido notablemente semejante al resto de la familia escogida; y si hubiéramos hablado con él, habríamos dicho: «Vemos que su experiencia y la nuestra son muy parecidas. Él es más fiel, más santo y más profundamente enseñado que nosotros, pero tiene que soportar las mismísimas pruebas. Más aún, en algunos aspectos es probado más duramente que nosotros». No mires, pues, a los santos antiguos como si estuvieran exentos de flaquezas o de pecados; ni los consideres con esa reverencia mística que casi nos haría idólatras. Su santidad es alcanzable aun por nosotros. Somos «llamados a ser santos» por la misma voz que los constriñó a ellos a su alta vocación. Es deber del cristiano abrirse paso hasta el círculo íntimo de la santidad; y si aquellos santos nos fueron superiores en sus logros, como ciertamente lo fueron, sigámoslos; emulemos su ardor y su santidad. Tenemos la misma luz que ellos tuvieron, la misma gracia está a nuestro alcance, ¿y por qué habríamos de quedar satisfechos hasta haberlos igualado en carácter celestial? Vivían con Jesús, vivían para Jesús, por eso llegaron a ser semejantes a Jesús. Vivamos por el mismo Espíritu que ellos, «puestos los ojos en Jesús», y nuestra santidad pronto será evidente.

6 de julio

«El que me oyere habitará confiadamente, y vivirá tranquilo, sin temor del mal». (Proverbios 1:33)

El amor divino se hace notorio cuando brilla en medio de los juicios. Hermosa es esa estrella solitaria que sonríe a través de las grietas de los nubarrones; brillante es el oasis que florece en el desierto de arena; así de hermoso y así de brillante es el amor en medio de la ira. Cuando los israelitas provocaron al Altísimo con su continua idolatría, él los castigó negándoles el rocío y la lluvia, de modo que su tierra fue visitada por una gran hambre; pero mientras lo hacía, cuidó de que sus escogidos estuvieran seguros. Aunque todos los demás arroyos estén secos, habrá uno reservado para Elías; y cuando este falle, Dios le seguirá guardando un lugar de sustento; más aún, el Señor no tenía solamente un «Elías», sino que tenía un remanente conforme a la elección de gracia, escondidos de cincuenta en cincuenta en una cueva; y aunque toda la tierra estaba sujeta al hambre, aquellos grupos de cincuenta de la cueva eran alimentados, y alimentados nada menos que de la mesa de Acab, por su fiel mayordomo temeroso de Dios, Abdías. Saquemos de aquí la conclusión de que, pase lo que pase, el pueblo de Dios está seguro. Que las convulsiones sacudan la tierra firme, que los mismos cielos se rasguen en dos: aun en medio de la ruina de los mundos, el creyente estará tan seguro como en la hora más tranquila de reposo. Si Dios no puede salvar a su pueblo bajo el cielo, lo salvará en el cielo. Si el mundo se vuelve demasiado caliente para retenerlos, entonces el cielo será el lugar de su acogida y de su seguridad. Estad, pues, confiados cuando oigáis de guerras y rumores de guerras. Que ninguna agitación os turbe, sino vivid tranquilos, sin temor del mal. Venga lo que venga sobre la tierra, vosotros, bajo las anchas alas del Señor, estaréis seguros. Apoyaos en su promesa; descansad en su fidelidad, y desafiad el futuro más negro, porque no hay en él nada terrible para vosotros. Vuestra única preocupación debería ser mostrar al mundo la bienaventuranza de escuchar la voz de la sabiduría.

7 de julio

«Hermanos, orad por nosotros». (1 Tesalonicenses 5:25)

Esta única mañana del año la hemos reservado para refrescar la memoria del lector sobre el tema de la oración por los ministros, y suplicamos con todo fervor a cada hogar cristiano que conceda la ferviente petición del texto, pronunciada primero por un apóstol y repetida ahora por nosotros. Hermanos, nuestra obra es de una trascendencia solemne, pues implica dicha o desdicha para miles; tratamos con almas de parte de Dios sobre asuntos eternos, y nuestra palabra es olor de vida para vida, o de muerte para muerte. Una responsabilidad muy pesada descansa sobre nosotros, y no será pequeña misericordia si al final se nos halla limpios de la sangre de todos. Como oficiales del ejército de Cristo, somos el blanco especial de la enemistad de los hombres y de los demonios; acechan nuestro tropiezo y se esfuerzan por hacernos caer. Nuestro sagrado llamamiento nos expone a tentaciones de las que vosotros estáis exentos; sobre todo, con demasiada frecuencia nos aparta de nuestro gozo personal de la verdad para llevarnos a una consideración ministerial y oficial de ella. Nos encontramos con muchos casos enrevesados, y nuestro ingenio se queda sin recursos; observamos recaídas muy tristes, y nuestro corazón queda herido; vemos millones que perecen, y nuestro espíritu se hunde. Deseamos haceros bien con nuestra predicación; deseamos ser de bendición para vuestros hijos; anhelamos ser útiles tanto a santos como a pecadores; por tanto, queridos amigos, interceded por nosotros ante nuestro Dios. Desdichados somos si nos falta la ayuda de vuestras oraciones, pero dichosos si vivimos en vuestras súplicas. No es a nosotros a quienes miráis, sino a nuestro Maestro, para recibir bendiciones espirituales; y sin embargo, ¡cuántas veces ha dado él esas bendiciones por medio de sus ministros! Pedid, pues, una y otra vez, que seamos los vasos de barro en los que el Señor ponga el tesoro del evangelio. Nosotros, toda la compañía de misioneros, ministros, misioneros urbanos y estudiantes, en el nombre de Jesús os rogamos:

«Hermanos, orad por nosotros».

8 de julio

«Dime, te ruego, en qué consiste tu gran fuerza». (Jueces 16:6)

¿Dónde reside la fuerza secreta de la fe? Reside en el alimento del que se nutre; porque la fe estudia qué es la promesa: una emanación de la gracia divina, un desbordamiento del gran corazón de Dios; y la fe dice: «Mi Dios no podría haber dado esta promesa sino por amor y por gracia; por tanto, es completamente seguro que su Palabra se cumplirá». Luego la fe piensa: «¿Quién dio esta promesa?». No considera tanto su grandeza como «¿Quién es su autor?». Recuerda que es Dios, que no puede mentir: Dios omnipotente, Dios inmutable; y por eso concluye que la promesa tiene que cumplirse; y avanza con esta firme convicción. Recuerda por qué se dio la promesa: a saber, para la gloria de Dios; y se siente perfectamente segura de que la gloria de Dios está a salvo, de que él nunca manchará su propio blasón ni empañará el brillo de su propia corona; y por eso la promesa tiene que mantenerse y se mantendrá. La fe considera además la asombrosa obra de Cristo como prueba clara de la intención del Padre de cumplir su palabra. «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Además, la fe mira hacia el pasado, porque sus batallas la han fortalecido y sus victorias le han dado valor. Recuerda que Dios nunca le ha fallado; más aún, que nunca falló ni una sola vez a ninguno de sus hijos. Recuerda tiempos de gran peligro, cuando llegó la liberación; horas de terrible necesidad, cuando halló su fuerza conforme a su día; y exclama: «No, nunca me dejaré llevar a pensar que él pueda cambiar y abandonar ahora a su siervo. Hasta aquí me ha ayudado el Señor, y me seguirá ayudando». Así la fe ve cada promesa en su relación con el que la da, y, porque lo hace así, puede decir con seguridad: «¡Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida!».

9 de julio

«No olvides ninguno de sus beneficios». (Salmo 103:2)

Es una ocupación deliciosa y provechosa señalar la mano de Dios en la vida de los santos antiguos, y observar su bondad al librarlos, su misericordia al perdonarlos y su fidelidad al guardar su pacto con ellos. Pero ¿no sería aún más interesante y provechoso para nosotros notar la mano de Dios en nuestra propia vida? ¿No deberíamos mirar nuestra propia historia como si estuviera al menos tan llena de Dios, tan llena de su bondad y de su verdad, y fuera una prueba tan clara de su fidelidad y veracidad, como la vida de cualquiera de los santos que nos han precedido? Hacemos una injusticia a nuestro Señor cuando suponemos que obró todos sus hechos poderosos y se mostró fuerte a favor de los de tiempos antiguos, pero que no hace maravillas ni desnuda su brazo por los santos que ahora están sobre la tierra. Repasemos nuestra propia vida. Seguramente descubriremos en ella algunos sucesos dichosos, refrescantes para nosotros y que glorifican a nuestro Dios. ¿No has tenido liberaciones? ¿No has pasado por ríos, sostenido por la presencia divina? ¿No has caminado por fuegos sin sufrir daño? ¿No has tenido manifestaciones? ¿No has tenido favores escogidos? El Dios que dio a Salomón el deseo de su corazón, ¿nunca te ha escuchado a ti ni ha respondido a tus peticiones? Ese Dios de generosidad pródiga del que cantó David: «El que sacia de bien tu boca», ¿nunca te ha saciado a ti de grosura? ¿Nunca se te ha hecho descansar en verdes pastos? ¿Nunca has sido conducido junto a aguas de reposo? Ciertamente la bondad de Dios ha sido la misma para nosotros que para los santos de la antigüedad. Entretejamos, pues, sus misericordias en un cántico. Tomemos el oro puro de la gratitud y las joyas de la alabanza, y hagamos con ellos otra corona para la cabeza de Jesús. Que nuestras almas den una música tan dulce y tan alegre como la que salía del arpa de David, mientras alabamos al Señor, cuya misericordia es para siempre.

10 de julio

«Conciudadanos de los santos». (Efesios 2:19)

¿Qué significa que seamos ciudadanos del cielo? Significa que estamos bajo el gobierno del cielo. Cristo, el rey del cielo, reina en nuestro corazón; nuestra oración diaria es: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Las proclamas que salen del trono de gloria las recibimos de buen grado; los decretos del Gran Rey los obedecemos con alegría. Además, como ciudadanos de la Nueva Jerusalén, participamos de los honores del cielo. La gloria que pertenece a los santos glorificados nos pertenece a nosotros, porque ya somos hijos de Dios, ya somos príncipes de sangre imperial; ya llevamos el manto sin mancha de la justicia de Jesús; ya tenemos ángeles por servidores, santos por compañeros, a Cristo por Hermano, a Dios por Padre y una corona de inmortalidad por recompensa. Participamos de los honores de la ciudadanía, porque nos hemos acercado a la congregación general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos. Como ciudadanos, tenemos derechos comunes a toda la propiedad del cielo. Nuestras son sus puertas de perla y sus muros de crisólito; nuestra la luz azul de la ciudad que no tiene necesidad de lámpara ni de luz del sol; nuestro el río del agua de vida y los doce frutos que crecen en los árboles plantados en sus orillas; no hay nada en el cielo que no nos pertenezca. «Sea lo presente, sea lo por venir», todo es nuestro. Además, como ciudadanos del cielo, gozamos de sus delicias. ¿Se regocijan allí por los pecadores que se arrepienten, por los pródigos que han vuelto? También nosotros. ¿Cantan allí las glorias de la gracia triunfante? Nosotros hacemos lo mismo. ¿Echan allí sus coronas a los pies de Jesús? Los honores que tenemos los echamos también allí. ¿Están cautivados por su sonrisa? No es menos dulce para nosotros, que habitamos aquí abajo. ¿Miran hacia adelante, esperando su segunda venida? También nosotros miramos y anhelamos su manifestación. Si, pues, somos así ciudadanos del cielo, que nuestra conducta y nuestras acciones sean coherentes con nuestra alta dignidad.

11 de julio

«Después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca». (1 Pedro 5:10)

Has visto el arco del cielo cuando se extiende sobre la llanura: gloriosos son sus colores y raros sus matices. Es hermoso, pero, ¡ay!, pasa, y he aquí que ya no está. Los bellos colores dan paso a las nubes algodonosas, y el cielo ya no brilla con los tintes celestiales. No está establecido. ¿Cómo podría estarlo? Un espectáculo glorioso hecho de rayos de sol transitorios y de gotas de lluvia pasajeras, ¿cómo podría permanecer? Las gracias del carácter cristiano no deben parecerse al arco iris en su belleza transitoria, sino que, al contrario, deben ser afirmadas, establecidas, permanentes. Procura, oh creyente, que todo lo bueno que tienes sea algo permanente. ¡Que tu carácter no sea un escrito sobre la arena, sino una inscripción sobre la roca! ¡Que tu fe no sea «el tejido sin cimiento de una visión», sino que esté edificada con material capaz de resistir aquel terrible fuego que consumirá la madera, el heno y la hojarasca del hipócrita! Que estés arraigado y cimentado en amor. Que tus convicciones sean profundas, tu amor real, tus deseos fervientes. Que toda tu vida esté tan asentada y establecida que todas las ráfagas del infierno y todas las tormentas de la tierra no puedan jamás moverte. Pero observa cómo se obtiene esta bendición de ser «confirmados en la fe». Las palabras del apóstol nos señalan el sufrimiento como el medio empleado: «Después que hayáis padecido un poco de tiempo». De nada sirve esperar que estemos bien arraigados si no pasan sobre nosotros vientos ásperos. Esos viejos nudos en la raíz del roble y esas extrañas torceduras de las ramas hablan de las muchas tormentas que lo han azotado, y son también indicadores de la profundidad hasta la cual las raíces se han abierto paso. Así el cristiano se hace fuerte y firmemente arraigado por todas las pruebas y tormentas de la vida. No rehúyas, pues, los vientos tempestuosos de la prueba, sino consuélate, creyendo que por su ruda disciplina Dios está cumpliendo en ti esta bendición.

12 de julio

«Santificados en Dios Padre». (Judas 1)

«Santificados en Cristo Jesús». (1 Corintios 1:2)

«Por la santificación del Espíritu». (1 Pedro 1:2)

Observa la unión de las tres Personas divinas en todos sus actos de gracia. ¡Qué imprudentemente hablan aquellos creyentes que establecen preferencias entre las Personas de la Trinidad; que piensan en Jesús como si fuera la encarnación de todo lo amable y lleno de gracia, mientras consideran al Padre severamente justo, pero desprovisto de bondad! Igualmente equivocados están los que engrandecen el decreto del Padre y la expiación del Hijo de tal modo que menosprecian la obra del Espíritu. En los actos de gracia, ninguna de las Personas de la Trinidad obra aparte de las demás. Están tan unidas en sus actos como en su esencia. En su amor hacia los escogidos son una, y en las acciones que brotan de esa gran fuente central siguen siendo indivisas. Nótalo especialmente en el asunto de la santificación. Aunque podemos sin error hablar de la santificación como obra del Espíritu, debemos cuidarnos de no verla como si el Padre y el Hijo no tuvieran parte en ella. Es correcto hablar de la santificación como obra del Padre, del Hijo y del Espíritu. Todavía dice el Señor: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza», y así somos «hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». Mira el valor que Dios da a la verdadera santidad, puesto que se presenta a las tres Personas de la Trinidad obrando juntas para producir una Iglesia que no tenga «mancha ni arruga, ni cosa semejante». Y tú, creyente, como seguidor de Cristo, también debes tener en alta estima la santidad: la pureza de vida y la piedad en la conducta. Valora la sangre de Cristo como el fundamento de tu esperanza, pero nunca hables con menosprecio de la obra del Espíritu, que es lo que te hace apto para la herencia de los santos en luz. Vivamos hoy de tal manera que manifestemos en nosotros la obra del Dios trino.

13 de julio

«Dijo Dios a Jonás: ¿Haces bien en enojarte?». (Jonás 4:9)

La ira no siempre es pecaminosa, ni lo es necesariamente, pero tiene tal tendencia a desbocarse que, siempre que se manifiesta, deberíamos apresurarnos a examinar su carácter con esta pregunta: «¿Haces bien en enojarte?». Puede que podamos responder: «SÍ». Muy a menudo la ira es la tea encendida del loco, pero a veces es el fuego del cielo de Elías. Hacemos bien cuando nos enojamos contra el pecado, por el agravio que comete contra nuestro Dios bueno y misericordioso; o contra nosotros mismos, porque seguimos siendo tan necios después de tanta instrucción divina; o contra otros, cuando la única causa del enojo es el mal que hacen. El que no se enoja ante la transgresión se hace partícipe de ella. El pecado es algo repugnante y aborrecible, y ningún corazón renovado puede soportarlo con paciencia. Dios mismo está airado todos los días contra el impío, y está escrito en su Palabra: «Los que amáis al Señor, aborreced el mal». Mucho más a menudo, hay que temerlo, nuestra ira no es encomiable, ni siquiera justificable, y entonces tenemos que responder: «NO». ¿Por qué habríamos de ser irritables con los niños, coléricos con los criados e iracundos con los compañeros? ¿Honra tal ira nuestra profesión cristiana, o glorifica a Dios? ¿No es el viejo corazón malo que busca dominar, y no deberíamos resistirlo con toda la fuerza de nuestra naturaleza nacida de nuevo? Muchos profesantes ceden a su mal genio como si fuera inútil intentar resistirse; pero recuerde el creyente que tiene que ser vencedor en todo punto, o de lo contrario no podrá ser coronado. Si no podemos dominar nuestro genio, ¿qué ha hecho la gracia por nosotros? Alguien le dijo al señor Jay que la gracia a menudo se injerta en un tocón de manzano silvestre. «Sí», respondió él, «pero el fruto no serán manzanas silvestres». No debemos hacer de la flaqueza natural una excusa para el pecado, sino que debemos huir a la cruz y rogar al Señor que crucifique nuestro mal genio y nos renueve en dulzura y mansedumbre conforme a su propia imagen.

14 de julio

«Si alzares tu herramienta sobre él, lo profanarás». (Éxodo 20:25)

El altar de Dios había de construirse con piedras sin labrar, para que no se viera en él rastro alguno de habilidad ni de trabajo humano. La sabiduría humana se deleita en recortar y ordenar las doctrinas de la cruz en un sistema más artificial y más afín a los gustos depravados de la naturaleza caída; pero, en vez de mejorar el evangelio, la sabiduría carnal lo contamina, hasta que se convierte en otro evangelio, y ya no es en absoluto la verdad de Dios. Todas las alteraciones y enmiendas de la propia Palabra del Señor son profanaciones y contaminaciones. El corazón orgulloso del hombre ansía mucho tener parte en la justificación del alma ante Dios; se sueña con preparaciones para Cristo, se confía en humillaciones y arrepentimientos, se ensalzan las buenas obras, se hace gran alarde de la capacidad natural, y por todos los medios se intenta alzar herramientas humanas sobre el altar divino. Bueno sería que los pecadores recordaran que, lejos de perfeccionar la obra del Salvador, sus confianzas carnales solo la profanan y la deshonran. Solo el Señor debe ser exaltado en la obra de la expiación, y no se tolerará una sola marca del cincel o del martillo del hombre. Hay una blasfemia inherente en procurar añadir algo a lo que Cristo Jesús, en sus momentos de agonía, declaró consumado, o en querer mejorar aquello en lo cual el Señor encuentra perfecta satisfacción. Pecador tembloroso, ¡fuera tus herramientas! Cae de rodillas en humilde súplica; acepta al Señor Jesús como el altar de tu expiación, y descansa solo en él.

Muchos profesantes pueden tomar advertencia del texto de esta mañana en cuanto a las doctrinas que creen. Hay entre los cristianos demasiada inclinación a escuadrar y conciliar las verdades de la revelación; esta es una forma de irreverencia y de incredulidad; luchemos contra ella y recibamos la verdad tal como la encontramos, gozándonos de que las doctrinas de la Palabra sean piedras sin labrar, y por eso mismo tanto más aptas para edificar un altar al Señor.

15 de julio

«El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará». (Levítico 6:13)

Mantén ardiendo el altar de la oración privada. Esta es la vida misma de toda piedad. Los altares del santuario y de la familia toman de aquí su fuego; por tanto, que este arda bien. La devoción secreta es la esencia misma, la evidencia y el barómetro de la religión vital y experimental.

Quema aquí la grosura de tus sacrificios. Que tus momentos en el aposento sean, si es posible, regulares, frecuentes y sin interrupciones. La oración eficaz puede mucho. ¿No tienes nada por qué orar? Permítenos sugerirte la Iglesia, el ministerio, tu propia alma, tus hijos, tus parientes, tus vecinos, tu país y la causa de Dios y de la verdad en todo el mundo. Examinémonos sobre este importante asunto. ¿Nos dedicamos con tibieza a la devoción privada? ¿Arde débilmente en nuestro corazón el fuego de la devoción? ¿Se arrastran pesadamente las ruedas del carro? Si es así, alarmémonos ante esta señal de decadencia. Vayamos llorando y pidamos el Espíritu de gracia y de oración. Apartemos tiempos especiales para la oración extraordinaria. Porque si este fuego quedara sofocado bajo las cenizas de la conformidad con el mundo, oscurecerá el fuego del altar familiar y disminuirá nuestra influencia tanto en la Iglesia como en el mundo.

El texto se aplica también al altar del corazón. Este es en verdad un altar de oro. A Dios le encanta ver el corazón de su pueblo ardiendo hacia él. Demos a Dios nuestro corazón, todo encendido de amor, y busquemos su gracia para que el fuego nunca se apague; porque no arderá si el Señor no lo mantiene ardiendo. Muchos enemigos intentarán extinguirlo; pero si la mano invisible que está detrás del muro derrama sobre él el aceite sagrado, arderá cada vez más alto. Usemos los textos de la Escritura como combustible para el fuego de nuestro corazón: son brasas vivas; asistamos a los sermones, pero, sobre todo, estemos mucho a solas con Jesús.

16 de julio

«Recogían el maná cada mañana». (Éxodo 16:21)

Esfuérzate por mantener el sentido de tu entera dependencia de la buena voluntad y el beneplácito del Señor para la continuación de tus más ricos goces. Nunca intentes vivir del maná viejo, ni busques ayuda en Egipto. Todo tiene que venir de Jesús, o estás perdido para siempre. Las unciones antiguas no bastarán para comunicar unción a tu espíritu; tu cabeza tiene que recibir aceite fresco derramado sobre ella desde el cuerno de oro del santuario, o dejará de tener su gloria. Hoy puedes estar en la cumbre del monte de Dios, pero el que te ha puesto allí tiene que mantenerte allí, o te hundirás mucho más rápidamente de lo que sueñas. Tu monte solo está firme cuando él lo asienta en su lugar; si él esconde su rostro, pronto serás turbado. Si el Salvador lo tuviera a bien, no hay una sola ventana por la que veas la luz del cielo que él no pudiera oscurecer en un instante. Josué mandó al sol que se detuviera, pero Jesús puede envolverlo en total oscuridad. Él puede retirar el gozo de tu corazón, la luz de tus ojos y la fuerza de tu vida; en su mano están tus consuelos, y a su voluntad pueden apartarse de ti. Nuestro Señor está decidido a que sintamos y reconozcamos esta dependencia de cada hora, porque solo nos permite pedir el «pan de cada día», y solo promete que «como nuestros días será nuestra fuerza». ¿No es mejor para nosotros que así sea, para que acudamos a menudo a su trono y se nos recuerde constantemente su amor? ¡Oh, qué rica es la gracia que nos provee tan continuamente y no se retiene a causa de nuestra ingratitud! La lluvia de oro nunca cesa; la nube de bendición se queda para siempre sobre nuestra morada. Oh Señor Jesús, quisiéramos postrarnos a tus pies, conscientes de nuestra absoluta incapacidad para hacer nada sin ti, y en cada favor que tenemos el privilegio de recibir quisiéramos adorar tu bendito nombre y reconocer tu amor inagotable.

17 de julio

«Sabiendo, hermanos amados de Dios, vuestra elección». (1 Tesalonicenses 1:4)

Muchas personas quieren conocer su elección antes de mirar a Cristo, pero no pueden aprenderla así; solo puede descubrirse «puestos los ojos en Jesús». Si deseas cerciorarte de tu propia elección, de esta manera asegurarás tu corazón delante de Dios. ¿Te sientes un pecador perdido y culpable? Ve directamente a la cruz de Cristo, y díselo a Jesús, y dile que has leído en la Biblia: «Al que a mí viene, no le echo fuera». Dile que él ha dicho: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». Mira a Jesús y cree en él, y tendrás prueba de tu elección enseguida, porque tan cierto como que crees, eres elegido. Si te entregas por completo a Cristo y confías en él, entonces eres uno de los escogidos de Dios; pero si te detienes y dices: «Primero quiero saber si soy elegido», no sabes lo que pides. Ve a Jesús, por culpable que seas, tal como eres. Deja a un lado toda indagación curiosa sobre la elección. Ve directamente a Cristo y escóndete en sus heridas, y conocerás tu elección. Se te dará la seguridad del Espíritu Santo, de modo que podrás decir: «Yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar lo que le he encomendado». Cristo estuvo en el consejo eterno: él puede decirte si fuiste escogido o no; pero no puedes averiguarlo de ninguna otra manera. Ve y pon tu confianza en él, y su respuesta será: «Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia». No habrá duda alguna de que él te ha escogido, cuando tú le hayas escogido a él.

«Hijos somos por la elección de Dios

los que en Jesucristo creemos».

18 de julio

«Irán los últimos tras sus banderas». (Números 2:31)

El campamento de Dan cerraba la marcha cuando los ejércitos de Israel estaban en camino. Los danitas ocupaban el último lugar, pero ¿qué importaba la posición, puesto que eran parte del ejército tan verdaderamente como las tribus que iban delante? Seguían la misma columna de fuego y de nube, comían del mismo maná, bebían de la misma roca espiritual y viajaban hacia la misma herencia. Vamos, corazón mío, anímate, aunque seas el último y el menor; tienes el privilegio de estar en el ejército y de correr la misma suerte que los que van en la vanguardia. Alguien tiene que ser el último en honra y estima, alguien tiene que hacer el trabajo humilde para Jesús, ¿y por qué no yo? En una aldea pobre, entre campesinos ignorantes, o en una callejuela, entre pecadores degradados, seguiré trabajando, e «iré el último tras mi bandera».

Los danitas ocupaban un lugar muy útil. Durante la marcha hay que recoger a los rezagados, y hay que recoger del campo los objetos perdidos. Los espíritus fogosos pueden lanzarse hacia adelante por sendas no holladas para aprender verdad nueva y ganar más almas para Jesús; pero algunos de espíritu más conservador pueden estar bien ocupados recordando a la iglesia su fe antigua y restaurando a sus hijos desfallecidos. Cada posición tiene sus deberes, y los hijos de Dios que avanzan lentamente hallarán que su condición particular es una en la que pueden ser eminentemente de bendición para todo el ejército.

La retaguardia es un lugar de peligro. Hay enemigos detrás de nosotros tanto como delante. Los ataques pueden venir de cualquier lado. Leemos que Amalec cayó sobre Israel y mató a algunos de los que iban en la retaguardia. El cristiano experimentado hallará mucho trabajo para sus armas en socorrer a esas pobres almas que dudan, desalentadas y vacilantes, que van a la zaga en fe, en conocimiento y en gozo. A estas no se las debe dejar sin ayuda, y por eso sea tarea de los santos bien enseñados llevar sus banderas entre los últimos. Alma mía, vela tú con ternura para ayudar hoy a los últimos.

19 de julio

«El Señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria». (Deuteronomio 5:24)

El gran designio de Dios en todas sus obras es la manifestación de su propia gloria. Cualquier propósito menor que este sería indigno de él. Pero ¿cómo se manifestará la gloria de Dios a criaturas caídas como nosotros? El ojo del hombre no es sencillo; siempre echa una mirada de reojo hacia su propia honra, tiene una estima demasiado alta de sus propias fuerzas, y así no está capacitado para contemplar la gloria del Señor. Está claro, pues, que el yo tiene que apartarse del camino, para que haya lugar para que Dios sea exaltado; y esta es la razón por la que él lleva a menudo a su pueblo a estrecheces y dificultades, para que, hechos conscientes de su propia necedad y debilidad, estén preparados para contemplar la majestad de Dios cuando él sale a obrar su liberación. Aquel cuya vida es una senda llana y lisa verá poco de la gloria del Señor, porque tiene pocas ocasiones de vaciarse de sí mismo, y por tanto poca aptitud para ser lleno de la revelación de Dios. Los que navegan por arroyos pequeños y caletas poco profundas saben poco del Dios de las tempestades; pero los que «hacen negocio en las muchas aguas», esos ven «sus maravillas en el profundo». Entre las enormes olas atlánticas del duelo, la pobreza, la tentación y el oprobio, aprendemos el poder del Señor, porque sentimos la pequeñez del hombre. Da gracias a Dios, pues, si has sido llevado por un camino áspero: es eso lo que te ha dado tu experiencia de la grandeza y la misericordia de Dios. Tus tribulaciones te han enriquecido con un caudal de conocimiento que no se obtiene por ningún otro medio: tus pruebas han sido la hendidura de la peña en la que el Señor te ha puesto, como hizo con su siervo Moisés, para que contemplaras su gloria al pasar. Alaba a Dios porque no has sido dejado en la oscuridad y la ignorancia que una prosperidad continua habría podido traer consigo, sino que en el gran combate de aflicciones has sido capacitado para los resplandores de su gloria en su maravilloso trato contigo.

20 de julio

«Las arras de nuestra herencia». (Efesios 1:14)

¡Oh, qué iluminación, qué gozos, qué consuelo, qué deleite del corazón experimenta el hombre que ha aprendido a alimentarse de Jesús, y solo de Jesús! Sin embargo, la percepción que tenemos de lo precioso que es Cristo es, en esta vida, imperfecta en el mejor de los casos. Como dice un antiguo escritor: «¡No es más que un sorbo!». Hemos gustado «que el Señor es benigno», pero todavía no sabemos cuán bueno y benigno es, aunque lo que conocemos de su dulzura nos hace anhelar más. Hemos gozado de las primicias del Espíritu, y nos han dejado con hambre y sed de la plenitud de la vendimia celestial. Gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción. Aquí somos como Israel en el desierto, que solo tenía un racimo de Escol; allá estaremos en la viña. Aquí vemos caer el maná menudo, como semilla de culantro, pero allá comeremos el pan del cielo y el trigo añejo del reino. Ahora no somos más que principiantes en la educación espiritual; porque, aunque hemos aprendido las primeras letras del alfabeto, todavía no sabemos leer palabras, y mucho menos formar frases; pero, como dice alguien: «El que ha estado en el cielo tan solo cinco minutos sabe más que toda la asamblea general de teólogos de la tierra». Ahora tenemos muchos deseos no satisfechos, pero pronto cada anhelo será saciado, y todas nuestras facultades hallarán la más dulce ocupación en aquel mundo eterno de gozo. Oh cristiano, anticipa el cielo en unos pocos años. Dentro de muy poco tiempo te verás libre de todas tus pruebas y tribulaciones. Tus ojos, ahora bañados en lágrimas, ya no llorarán más. Contemplarás con arrobamiento inefable el esplendor de aquel que está sentado en el trono. Más aún: en su trono te sentarás tú. Compartirás el triunfo de su gloria; su corona, su gozo, su paraíso serán tuyos, y serás coheredero con aquel que es heredero de todo.

21 de julio

«La hija de Jerusalén ha meneado la cabeza tras de ti». (Isaías 37:22)

Tranquilizados por la palabra del Señor, los pobres y temblorosos ciudadanos de Sion cobraron valor y menearon la cabeza ante las amenazas jactanciosas de Senaquerib. Una fe fuerte capacita a los siervos de Dios para mirar con sereno desprecio a sus enemigos más altivos. Sabemos que nuestros enemigos intentan imposibles. Buscan destruir la vida eterna, que no puede morir mientras Jesús viva; derribar la ciudadela contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán. Dan coces contra el aguijón para su propia herida, y se lanzan contra las prominencias del escudo del Señor para su propio daño.

Conocemos su debilidad. ¿Qué son sino hombres? ¿Y qué es el hombre sino un gusano? Rugen y se hinchan como las olas del mar, espumando su propia vergüenza. Cuando el Señor se levante, huirán como el tamo delante del viento y serán consumidos como espinos que crepitan. Su absoluta impotencia para dañar la causa de Dios y de su verdad puede hacer que el más débil de los soldados en las filas de Sion se ría de ellos con desprecio.

Sobre todo, sabemos que el Altísimo está con nosotros, y cuando él se reviste de sus armas, ¿dónde están sus enemigos? Si sale de su lugar, los tiestos de la tierra no contenderán por mucho tiempo con su Hacedor. Su vara de hierro los desmenuzará como vasija de alfarero, y aun su memoria perecerá de la tierra. ¡Fuera, pues, todos los temores! El reino está seguro en las manos del Rey. Gritemos de gozo, porque el Señor reina, y sus enemigos serán como paja en el muladar.

«Tan cierto como es cierta la palabra de Dios,

ni la tierra ni el infierno, con toda su hueste,

prevalecerán contra nosotros.

Se han vuelto burla y refrán;

Dios está con nosotros, somos suyos,

nuestra victoria no puede fallar».

22 de julio

«Yo soy vuestro esposo». (Jeremías 3:14)

Cristo Jesús está unido a su pueblo en unión matrimonial. Por amor desposó a su Iglesia como a una virgen pura, mucho antes de que ella cayera bajo el yugo de la servidumbre. Lleno de ardiente afecto, trabajó, como Jacob por Raquel, hasta que se pagó todo el precio de su compra; y ahora, habiéndola buscado por su Espíritu y llevado a conocerle y amarle, aguarda la hora gloriosa en que la dicha de ambos se consumará en la cena de las bodas del Cordero. Todavía el glorioso Esposo no ha presentado a su prometida, perfeccionada y completa, ante la Majestad del cielo; todavía ella no ha entrado efectivamente en el goce de sus dignidades como su esposa y reina: es aún una peregrina en un mundo de aflicción, una moradora de las tiendas de Cedar; pero es ya ahora la novia, la esposa de Jesús, querida a su corazón, preciosa a sus ojos, grabada en sus manos y unida a su persona. En la tierra él ejerce hacia ella todos los afectuosos oficios de Esposo. Provee ricamente a sus necesidades, paga todas sus deudas, le permite tomar su nombre y participar de todas sus riquezas. Y nunca obrará de otro modo con ella. Jamás mencionará la palabra divorcio, porque «él aborrece el repudio». La muerte tiene que cortar el lazo conyugal entre los mortales más amantes, pero no puede romper los eslabones de este matrimonio inmortal. En el cielo no se casan, sino que son como los ángeles de Dios; y sin embargo hay esta única y maravillosa excepción a la regla, porque en el cielo Cristo y su Iglesia celebrarán sus gozosas nupcias. Esta afinidad, así como es más duradera, es también más íntima que el matrimonio terrenal. Por puro y ferviente que sea el amor de un esposo, no es más que una pálida imagen de la llama que arde en el corazón de Jesús. Por encima de toda unión humana está ese místico allegarse a la Iglesia, por el cual Cristo dejó a su Padre y llegó a ser una sola carne con ella.

23 de julio

«Tú también eras como uno de ellos». (Abdías 1:11)

Edom debía bondad fraternal a Israel en el tiempo de necesidad, pero en lugar de ello, los hombres de Esaú hicieron causa común con los enemigos de Israel. En la frase que tenemos delante se pone un énfasis especial en la palabra tú; como cuando César exclamó ante Bruto: «¿Y tú, Bruto?»; una mala acción puede ser tanto peor a causa de la persona que la ha cometido. Cuando nosotros pecamos, que somos los favoritos escogidos del cielo, pecamos con énfasis; la nuestra es una ofensa que clama, porque somos tan especialmente consentidos. Si un ángel pusiera su mano sobre nosotros cuando estamos haciendo el mal, no necesitaría usar otra reprensión que la pregunta: «¿Qué, tú? ¿Qué haces tú aquí?». Tan perdonados, tan librados, tan instruidos, tan enriquecidos, tan bendecidos, ¿nos atreveremos a extender nuestra mano hacia el mal? ¡Dios no lo quiera!

Unos minutos de confesión pueden serte provechosos esta mañana, amable lector. ¿Nunca has sido como los impíos? En una velada, ciertos hombres se reían de la inmundicia, y el chiste no resultó del todo ofensivo a tus oídos: tú también eras como uno de ellos. Cuando se decían cosas duras acerca de los caminos de Dios, tú callabas avergonzado; y así, a los ojos de los espectadores, eras como uno de ellos. Cuando los mundanos negociaban en el mercado y cerraban tratos abusivos, ¿no eras tú como uno de ellos? Cuando perseguían la vanidad con pie de cazador, ¿no eras tú tan ávido de ganancia como ellos? ¿Podía discernirse alguna diferencia entre tú y ellos? ¿Hay alguna diferencia? Aquí llegamos al cuerpo a cuerpo. Sé honrado con tu propia alma, y asegúrate de que eres una nueva criatura en Cristo Jesús; pero, cuando esto sea seguro, anda con celo vigilante, no sea que alguien pueda volver a decir: «Tú también eras como uno de ellos». No desearías compartir su condenación eterna; ¿por qué, entonces, ser como ellos aquí? No entres tú en su secreto, no sea que entres en su ruina. Ponte del lado del afligido pueblo de Dios, y no del mundo.

24 de julio

«Estad quietos, y ved la salvación del Señor». (Éxodo 14:13)

Estas palabras contienen el mandato de Dios al creyente cuando se ve reducido a grandes estrecheces y llevado a dificultades extraordinarias. No puede retroceder; no puede avanzar; está encerrado a derecha e izquierda; ¿qué ha de hacer ahora? La palabra del Maestro para él es: «Estad quietos». Le irá bien si en tales momentos escucha solo la palabra de su Maestro, porque vienen otros consejeros, malos, con sus sugerencias. La Desesperación susurra: «Échate y muere; abandónalo todo». Pero Dios quiere que nos revistamos de un ánimo alegre y que, aun en nuestros peores momentos, nos regocijemos en su amor y su fidelidad. La Cobardía dice: «Retírate; vuelve a la manera de obrar del mundano; no puedes desempeñar el papel de cristiano, es demasiado difícil. Renuncia a tus principios». Pero, por mucho que Satanás te inste a seguir este camino, no puedes seguirlo si eres hijo de Dios. Su divino mandato te ha ordenado ir de fortaleza en fortaleza, y así lo harás, y ni la muerte ni el infierno te apartarán de tu camino. ¿Qué importa si por un tiempo eres llamado a estar quieto? Esto no es sino para renovar tus fuerzas para algún avance mayor a su debido tiempo. La Precipitación grita: «Haz algo. Muévete; estarse quieto y esperar es pura ociosidad». Tenemos que estar haciendo algo enseguida —nosotros tenemos que hacerlo, así pensamos—, en lugar de mirar al Señor, que no solo hará algo, sino que lo hará todo. La Presunción se jacta: «Si el mar está delante de ti, marcha dentro de él y espera un milagro». Pero la Fe no escucha ni a la Presunción, ni a la Desesperación, ni a la Cobardía, ni a la Precipitación, sino que oye a Dios decir: «Estad quietos», y se queda inmóvil como una roca. «Estad quietos»: mantén la postura de un hombre erguido, listo para la acción, esperando nuevas órdenes, aguardando con alegría y paciencia la voz que dirige; y no pasará mucho tiempo antes de que Dios te diga, tan claramente como Moisés se lo dijo al pueblo de Israel: «Marchad».

25 de julio

«Él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió fuera». (Génesis 39:12)

Al luchar contra ciertos pecados no queda otro modo de vencer que la huida. Los antiguos naturalistas escribieron mucho sobre los basiliscos, cuyos ojos fascinaban a sus víctimas y las convertían en presa fácil; así, la sola mirada de la maldad nos pone en grave peligro. El que quiera estar a salvo de los actos malos tiene que apresurarse a huir de las ocasiones de cometerlos. Hay que hacer pacto con nuestros ojos de no mirar siquiera la causa de la tentación, porque tales pecados solo necesitan una chispa para empezar, y al instante sigue el incendio. ¿Quién entraría a la ligera en la prisión del leproso y dormiría en medio de su horrible corrupción? Solo el que desea ser leproso él mismo cortejaría así el contagio. Si el marinero supiera cómo evitar una tormenta, haría cualquier cosa antes que correr el riesgo de capearla. Los pilotos prudentes no tienen deseo alguno de probar cuán cerca de las arenas movedizas pueden navegar, o cuántas veces pueden tocar una roca sin abrir una vía de agua; su propósito es mantenerse lo más posible en medio de un canal seguro.

Hoy puedo estar expuesto a un gran peligro; que tenga yo la prudencia de la serpiente para mantenerme fuera de él y evitarlo. Las alas de una paloma pueden serme hoy de más utilidad que las fauces de un león. Es verdad que aparentemente puedo salir perdiendo al rehusar las malas compañías, pero más vale dejar mi capa que perder mi reputación; no es necesario que yo sea rico, pero es imprescindible que sea puro. Ningún lazo de amistad, ninguna cadena de belleza, ningún destello de talento, ningún dardo de burla deben apartarme de la sabia resolución de huir del pecado. Al diablo he de resistirle, y huirá de mí; pero de las concupiscencias de la carne tengo que huir yo, o ciertamente me vencerán. Oh Dios de santidad, guarda a tus Josés, para que Doña Burbuja no los hechice con sus viles insinuaciones. ¡Que la horrible trinidad del mundo, la carne y el diablo nunca nos venza!

26 de julio

«Poniendo toda diligencia, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento, etc.». (2 Pedro 1:5, 6)

Si quieres gozar de la eminente gracia de la plena certidumbre de la fe, bajo la influencia y con la ayuda del bendito Espíritu, haz lo que la Escritura te dice: «Poned toda diligencia». Cuida de que tu fe sea de la clase correcta: que no sea una mera creencia en doctrinas, sino una fe sencilla, que dependa de Cristo, y solo de Cristo. Presta diligente atención a tu valor. Ruega a Dios que te dé rostro de león, para que, con la conciencia de obrar rectamente, sigas adelante con denuedo. Estudia bien las Escrituras y adquiere conocimiento; porque el conocimiento de la doctrina contribuirá mucho a confirmar la fe. Procura entender la Palabra de Dios; que habite en tu corazón en abundancia.

Cuando hayas hecho esto, «añade a tu conocimiento templanza». Cuida de tu cuerpo: sé templado por fuera. Cuida de tu alma: sé templado por dentro. Adquiere templanza en los labios, en la vida, en el corazón y en el pensamiento. Añade a esto, por el Espíritu Santo de Dios, paciencia; pídele que te dé esa paciencia que soporta la aflicción y que, cuando sea probada, saldrá como oro. Revístete de paciencia, para que no murmures ni te abatas en tus aflicciones. Cuando hayas obtenido esa gracia, atiende a la piedad. La piedad es algo más que la religión. Haz de la gloria de Dios el objetivo de tu vida; vive en su presencia; mora cerca de él; busca la comunión con él; y tendrás «piedad»; y a eso añade afecto fraternal. Ten amor a todos los santos; y añade a ello una caridad que abre sus brazos a todos los hombres y ama sus almas. Cuando estés adornado con estas joyas, y en la misma proporción en que practiques estas virtudes celestiales, llegarás a conocer con la evidencia más clara «vuestra vocación y elección». «Poned toda diligencia», si quieres obtener seguridad, porque la tibieza y la duda van, muy naturalmente, de la mano.

27 de julio

«Preciosas y grandísimas promesas». (2 Pedro 1:4)

Si quieres conocer por experiencia lo preciosas que son las promesas y gozarlas en tu propio corazón, medita mucho en ellas. Hay promesas que son como uvas en el lagar: si las pisas, el jugo fluirá. Reflexionar sobre las palabras santas será a menudo el preludio de su cumplimiento. Mientras meditas en ellas, el bien que buscas vendrá a ti sin que te des cuenta. Más de un cristiano que ha tenido sed de la promesa ha hallado que el favor que ella aseguraba destilaba suavemente en su alma mientras aún consideraba el registro divino; y se ha alegrado de haber sido llevado a poner la promesa cerca de su corazón.

Pero además de meditar en las promesas, procura en tu alma recibirlas como las mismas palabras de Dios. Habla así a tu alma: «Si se tratara de la promesa de un hombre, consideraría con cuidado la capacidad y el carácter del hombre que se ha comprometido conmigo. Así también con la promesa de Dios: mi mirada no debe fijarse tanto en la grandeza de la misericordia —eso podría hacerme vacilar— como en la grandeza del que promete —eso me animará—. Alma mía, es Dios, tu propio Dios, el Dios que no puede mentir, quien te habla. Esta palabra suya que ahora consideras es tan verdadera como su propia existencia. Él es un Dios inmutable. No ha cambiado lo que ha salido de su boca, ni ha retirado una sola frase de consuelo. Tampoco le falta poder alguno; es el Dios que hizo los cielos y la tierra quien ha hablado así. Ni puede fallar en sabiduría en cuanto al momento en que otorgará los favores, porque él sabe cuándo es mejor dar y cuándo es mejor retener. Por tanto, puesto que es la palabra de un Dios tan veraz, tan inmutable, tan poderoso, tan sabio, quiero creer la promesa, y tengo que creerla». Si así meditamos en las promesas y consideramos al que promete, experimentaremos su dulzura y obtendremos su cumplimiento.

28 de julio

«Tan insensato era yo, y tan ignorante; era como una bestia delante de ti». (Salmo 73:22)

Recuerda que esta es la confesión del hombre conforme al corazón de Dios; y al contarnos su vida interior, escribe: «Tan insensato era yo, y tan ignorante». La palabra «insensato» significa aquí más de lo que significa en el lenguaje corriente. David, en un versículo anterior del salmo, escribe: «Tuve envidia de los insensatos, viendo la prosperidad de los impíos», lo cual muestra que la insensatez a que se refería tenía pecado en ella. Se presenta a sí mismo como así de «insensato», y añade una palabra que ha de darle intensidad: «tan insensato era yo». Cuán insensato, no podía decirlo. Era una insensatez pecaminosa, una insensatez que no había de excusarse por la fragilidad, sino que había de condenarse por su perversidad e ignorancia voluntaria, porque había tenido envidia de la prosperidad presente de los impíos, olvidando el terrible fin que aguarda a todos ellos. ¿Y somos nosotros mejores que David, para llamarnos sabios? ¿Profesamos haber alcanzado la perfección, o haber sido tan castigados que la vara nos ha quitado toda nuestra obstinación? ¡Ah, eso sería orgullo de verdad! Si David fue insensato, ¡cuán insensatos seríamos nosotros en nuestra propia estima si pudiéramos vernos tal como somos! Mira atrás, creyente: piensa en cómo has dudado de Dios cuando él te ha sido tan fiel; piensa en tu necio clamor de «No así, padre mío», cuando él cruzó sus manos en la aflicción para darte la bendición mayor; piensa en las muchas veces que has leído sus providencias en la oscuridad, has malinterpretado sus dispensaciones y has gemido: «Contra mí son todas estas cosas», cuando todas ellas están ayudando a tu bien. ¡Piensa cuántas veces has escogido el pecado por su placer, cuando en realidad ese placer era para ti una raíz de amargura! Ciertamente, si conocemos nuestro propio corazón, debemos declararnos culpables de la acusación de una insensatez pecaminosa; y conscientes de esta «insensatez», debemos hacer nuestra la resolución que David tomó a continuación: «Me guiarás con tu consejo».

29 de julio

«Con todo, yo siempre estoy contigo». (Salmo 73:23)

«Con todo»: como si, a pesar de toda la insensatez e ignorancia que David acababa de confesar a Dios, no fuera ni un ápice menos verdadero y cierto que David estaba salvado y aceptado, y que la bendición de estar constantemente en la presencia de Dios era indudablemente suya. Plenamente consciente de su propio estado perdido, y del engaño y la vileza de su naturaleza, sin embargo, en un glorioso arranque de fe, canta: «Con todo, yo siempre estoy contigo». Creyente, tú que te ves obligado a hacer tuya la confesión y el reconocimiento de Asaf, procura decir con el mismo espíritu: «Con todo, puesto que pertenezco a Cristo, ¡siempre estoy con Dios!». Con esto se quiere decir siempre en su mente: él piensa siempre en mí para mi bien. Siempre delante de su ojo: el ojo del Señor nunca duerme, sino que vela perpetuamente por mi bienestar. Siempre en su mano, de modo que nadie podrá arrebatarme de allí. Siempre sobre su corazón, llevado allí como memorial, así como el sumo sacerdote llevaba los nombres de las doce tribus sobre su corazón para siempre. Siempre piensas en mí, oh Dios. Las entrañas de tu amor se conmueven continuamente por mí. Siempre estás haciendo que la providencia obre para mi bien. Me has puesto como un sello sobre tu brazo; tu amor es fuerte como la muerte, las muchas aguas no pueden apagarlo, ni lo ahogarán los ríos. ¡Gracia sorprendente! Me ves en Cristo, y aunque en mí mismo soy aborrecible, me contemplas vestido con las ropas de Cristo y lavado en su sangre, y así estoy acepto en tu presencia. Así estoy siempre en tu favor: «siempre contigo». He aquí consuelo para el alma probada y afligida: agitada por la tempestad de dentro, mira la calma de fuera. «Con todo»: oh, dilo en tu corazón, y toma la paz que te da. «Con todo, yo siempre estoy contigo».

30 de julio

«Y pensando en esto, lloraba». (Marcos 14:72)

Algunos han pensado que, mientras Pedro vivió, la fuente de sus lágrimas comenzaba a manar cada vez que recordaba que había negado a su Señor. No es improbable que así fuera, porque su pecado fue muy grande, y la gracia tuvo después en él una obra perfecta. Esta misma experiencia es común a toda la familia redimida, según el grado en que el Espíritu de Dios haya quitado el natural corazón de piedra. Nosotros, como Pedro, recordamos nuestra promesa jactanciosa: «Aunque todos te abandonen, yo no». Nos comemos nuestras propias palabras con las hierbas amargas del arrepentimiento. Cuando pensamos en lo que prometimos que seríamos, y en lo que hemos sido, podemos llorar verdaderos aguaceros de dolor. Él pensó en cómo había negado a su Señor. El lugar donde lo hizo, el motivo tan pequeño que lo llevó a un pecado tan atroz, los juramentos y blasfemias con que procuró confirmar su mentira, y la terrible dureza de corazón que lo empujó a hacerlo una vez y otra vez. ¿Podemos nosotros, cuando se nos recuerdan nuestros pecados y su extrema pecaminosidad, permanecer impasibles y obstinados? ¿No haremos de nuestra casa un Boquim, y clamaremos al Señor pidiendo nuevas seguridades de su amor perdonador? Que nunca miremos el pecado con ojos secos, no sea que dentro de poco tengamos la lengua reseca en las llamas del infierno. Pedro pensó también en la mirada de amor de su Maestro. El Señor siguió a la voz de advertencia del gallo con una mirada de amonestación, llena de tristeza, compasión y amor. Aquella mirada nunca se apartó de la mente de Pedro mientras vivió. Fue mucho más eficaz de lo que habrían sido diez mil sermones sin el Espíritu. El apóstol arrepentido no podía sino llorar cuando recordaba el pleno perdón del Salvador, que lo restauró a su lugar anterior. Pensar que hemos ofendido a un Señor tan bondadoso y tan bueno es razón más que suficiente para llorar constantemente. Señor, hiere nuestros corazones de roca y haz que fluyan las aguas.

31 de julio

«Yo en ellos». (Juan 17:23)

Si tal es la unión que existe entre nuestras almas y la persona de nuestro Señor, ¡cuán profundo y ancho es el canal de nuestra comunión! No es un tubo estrecho por el que pueda abrirse paso un hilo de agua; es un canal de una profundidad y una anchura asombrosas, a lo largo de cuyo glorioso recorrido puede rodar un caudal inmenso de agua viva. He aquí que él ha puesto delante de nosotros una puerta abierta; no seamos lentos en entrar. Esta ciudad de comunión tiene muchas puertas de perla; cada una de las puertas es de una sola perla, y cada puerta está abierta de par en par para que entremos, seguros de ser bien recibidos. Si no hubiera más que una pequeña aspillera por la cual hablar con Jesús, sería un gran privilegio deslizar una palabra de comunión por esa estrecha abertura; ¡cuánto más bendecidos somos al tener una entrada tan amplia! Si el Señor Jesús hubiera estado lejos de nosotros, con muchos mares tempestuosos de por medio, habríamos anhelado enviarle un mensajero que le llevara nuestro amor y nos trajera noticias de la casa de su Padre; pero mira su bondad: ha edificado su casa junto a la nuestra; más aún, se hospeda con nosotros y pone su tabernáculo en pobres y humildes corazones, para así tener trato perpetuo con nosotros. ¡Oh, cuán necios debemos de ser si no vivimos en comunión habitual con él! Cuando el camino es largo, peligroso y difícil, no es de extrañar que los amigos rara vez se encuentren; pero cuando viven juntos, ¿olvidará Jonatán a su David? Una esposa, cuando su marido está de viaje, puede pasar muchos días sin conversar con él, pero nunca podría soportar estar separada de él si supiera que está en una de las habitaciones de su propia casa. ¿Por qué, creyente, no te sientas a su banquete de vino? Busca a tu Señor, porque está cerca; abrázale, porque es tu Hermano. Retenle con firmeza, porque es tu Esposo; y estréchale contra tu corazón, porque es de tu propia carne.

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