Capítulo 6 · 53 min de lectura · 1 h 8 min de escucha
Junio
1 de junio
«Y fue la tarde y la mañana el día primero». (Génesis 1:5)
¿Fue así ya desde el principio? ¿Se repartieron la luz y las tinieblas el dominio del tiempo en el primer día? Entonces no es de extrañar que yo también tenga cambios en mis circunstancias, del sol de la prosperidad a la medianoche de la adversidad. No siempre será el resplandor del mediodía, ni siquiera en los asuntos de mi alma; debo esperar que en ciertas temporadas lamentaré la ausencia de mis gozos pasados y buscaré a mi Amado en la noche. Y no estoy solo en esto, porque todos los amados del Señor han tenido que cantar el cántico mezclado de juicio y de misericordia, de prueba y de liberación, de llanto y de deleite. Es una de las disposiciones de la divina providencia que el día y la noche no cesen, ni en la creación espiritual ni en la natural, hasta que lleguemos a la tierra de la cual está escrito: «Allí no habrá noche». Lo que nuestro Padre celestial ordena es sabio y bueno.
¿Qué es, pues, lo mejor que puedes hacer, alma mía? Aprende primero a estar contenta con este orden divino, y a estar dispuesta, como Job, a recibir de la mano del Señor el mal tanto como el bien. Procura luego hacer alegrar las salidas de la mañana y de la tarde. Alaba al Señor por el sol del gozo cuando sale, y por la penumbra de la tarde cuando cae. Hay belleza tanto en la salida del sol como en su puesta; cántala y glorifica al Señor. Como el ruiseñor, derrama tus notas a todas horas. Cree que la noche es tan útil como el día. El rocío de la gracia cae copioso en la noche del dolor. Las estrellas de la promesa brillan gloriosamente en medio de las tinieblas de la aflicción. Continúa tu servicio en medio de todos los cambios. Si de día tu consigna es trabajar, de noche cámbiala por velar. Cada hora tiene su deber; continúa tú en tu vocación como siervo del Señor hasta que él aparezca de repente en su gloria. Alma mía, se acerca tu tarde de la vejez y de la muerte; no la temas, porque es parte del día; y el Señor ha dicho: «Lo cubriré todo el día».
2 de junio
«Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne». (Gálatas 5:17)
En el corazón de todo creyente hay una lucha constante entre la vieja naturaleza y la nueva. La vieja naturaleza es muy activa, y no pierde ocasión de esgrimir todas las armas de su arsenal mortífero contra la gracia recién nacida; mientras que, por otro lado, la nueva naturaleza está siempre alerta para resistir y destruir a su enemigo. La gracia que está en nosotros empleará la oración, la fe, la esperanza y el amor para echar fuera el mal; toma «toda la armadura de Dios» y lucha con empeño. Estas dos naturalezas opuestas nunca dejarán de luchar mientras estemos en este mundo. La batalla de «Cristiano» con «Apolión» duró tres horas, pero la batalla de Cristiano consigo mismo duró todo el camino, desde la Puerta Estrecha hasta el río Jordán. El enemigo está tan firmemente atrincherado dentro de nosotros que nunca podrá ser expulsado mientras estemos en este cuerpo; pero aunque estamos estrechamente asediados, y a menudo en duro conflicto, tenemos un Ayudador todopoderoso, a saber, Jesús, el Autor de nuestra salvación, que está siempre con nosotros y nos asegura que al final saldremos más que vencedores por medio de él. Con semejante ayuda, la naturaleza recién nacida es más que rival para sus enemigos. ¿Estás luchando hoy con el adversario? ¿Están Satanás, el mundo y la carne, todos contra ti? No te desanimes ni te acobardes. ¡Sigue luchando! Porque Dios mismo está contigo; Jehová-nisi es tu estandarte, y Jehová-rafa es el que sana tus heridas. No temas, vencerás, porque ¿quién puede derrotar a la Omnipotencia? Sigue luchando, «puestos los ojos en Jesús»; y aunque el conflicto sea largo y duro, dulce será la victoria y gloriosa la recompensa prometida. «Id de poder en poder; luchad, combatid y orad; pisad todos los poderes de las tinieblas, y ganad la jornada bien peleada».
3 de junio
«Estos eran alfareros, y habitaban en medio de plantíos y cercados; allí moraron con el rey, ocupados en su servicio». (1 Crónicas 4:23)
Los alfareros no eran la categoría más alta de obreros, pero «el rey» necesitaba alfareros, y por eso estaban al servicio real, aunque el material con que trabajaban no fuera más que barro. También nosotros podemos estar ocupados en la parte más humilde de la obra del Señor, pero es un gran privilegio hacer cualquier cosa para «el rey»; y por eso permaneceremos en nuestra vocación, con la esperanza de que, «aunque hayamos estado echados entre los tiestos, seremos como las alas de la paloma cubierta de plata, y sus plumas con amarillez de oro». El texto nos habla de los que habitaban en medio de plantíos y cercados, y tenían que hacer un trabajo rudo y rústico de setos y zanjas. Quizá desearan vivir en la ciudad, en medio de su vida, su sociedad y su refinamiento, pero se mantuvieron en los lugares que les habían sido asignados, porque también ellos hacían la obra del rey. El lugar de nuestra habitación está fijado, y no hemos de mudarnos de él por antojo o capricho, sino procurar servir allí al Señor, siendo de bendición para aquellos entre quienes vivimos. Estos alfareros y hortelanos tenían compañía real, porque moraban «con el rey», y aunque estaban entre setos y plantíos, moraban allí con el rey. Ningún lugar lícito, ni ninguna ocupación honrada, por humilde que sea, puede privarnos de la comunión con nuestro divino Señor. Al visitar chozas, pensiones atestadas, asilos de pobres o cárceles, podemos ir con el rey. En todas las obras de la fe podemos contar con la comunión de Jesús. Es cuando estamos en su obra cuando podemos contar con su sonrisa. Vosotros, obreros desconocidos, que estáis ocupados para vuestro Señor en medio de la suciedad y la miseria de los más bajos de entre los bajos, tened buen ánimo, porque ya antes se han hallado joyas en los muladares, vasos de barro han sido llenados de tesoro celestial, y malas hierbas han sido transformadas en flores preciosas. Morad con el Rey para su obra, y cuando él escriba sus crónicas, vuestro nombre quedará registrado.
4 de junio
«La bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor». (Tito 3:4)
¡Qué dulce es contemplar al Salvador en comunión con su propio pueblo amado! Nada puede haber más delicioso que ser conducido por el Espíritu divino a este fértil campo de deleite. Que la mente considere por un instante la historia del amor del Redentor, y se le presentarán mil actos encantadores de afecto, todos los cuales han tenido por propósito entretejer el corazón con Cristo, y entrelazar los pensamientos y las emociones del alma renovada con el sentir de Jesús. Cuando meditamos en este amor asombroso, y contemplamos al todo glorioso Pariente redentor de la Iglesia dotándola de toda su antigua riqueza, bien pueden desfallecer de gozo nuestras almas. ¿Quién es el que puede soportar tal peso de amor? Aquel sentir parcial de él que el Espíritu Santo se complace a veces en conceder es más de lo que el alma puede contener; ¡cuán arrebatadora debe de ser una visión completa de él! Cuando el alma tenga entendimiento para discernir todos los dones del Salvador, sabiduría con que estimarlos y tiempo para meditar en ellos, tal como nos lo concederá el mundo venidero, entonces tendremos comunión con Jesús de una manera más cercana que ahora. Pero ¿quién puede imaginar la dulzura de semejante comunión? Debe de ser una de las cosas que no han subido en corazón de hombre, pero que Dios ha preparado para los que le aman. ¡Oh, abrir de par en par las puertas de los graneros de nuestro José, y ver la abundancia que ha almacenado para nosotros! Esto nos abrumará de amor. Por la fe vemos, como por espejo, oscuramente, la imagen reflejada de sus tesoros sin límites; pero cuando veamos realmente las cosas celestiales mismas, con nuestros propios ojos, ¡qué profunda será la corriente de comunión en que se bañará nuestra alma! Hasta entonces, nuestros cantos más sonoros quedarán reservados para nuestro amante benefactor, Jesucristo nuestro Señor, cuyo amor por nosotros es maravilloso, más que el amor de las mujeres.
5 de junio
«Y el Señor le cerró la puerta». (Génesis 7:16)
Noé fue encerrado, apartado de todo el mundo, por la mano del amor divino. La puerta del propósito de la elección se interpone entre nosotros y el mundo que está bajo el maligno. No somos del mundo, así como nuestro Señor Jesús no era del mundo. En el pecado, la frivolidad y los afanes de la multitud no podemos entrar; no podemos jugar en las calles de la Feria de la Vanidad con los hijos de las tinieblas, porque nuestro Padre celestial nos ha encerrado. Noé fue encerrado con su Dios. «Entra tú en el arca», fue la invitación del Señor, con la cual mostró claramente que él mismo se proponía habitar en el arca con su siervo y su familia. Así todos los escogidos habitan en Dios y Dios en ellos. ¡Dichoso pueblo, encerrado en el mismo círculo que contiene a Dios en la Trinidad de sus personas, Padre, Hijo y Espíritu! No desatendamos nunca aquel llamado de gracia: «Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la ira». Noé estaba tan encerrado que ningún mal podía alcanzarlo. Las aguas no hacían más que levantarlo hacia el cielo, y los vientos no hacían más que empujarlo en su camino. Fuera del arca todo era ruina, pero dentro todo era descanso y paz. Sin Cristo perecemos, pero en Cristo Jesús hay perfecta seguridad. Noé estaba tan encerrado que ni siquiera podía desear salir, y los que están en Cristo Jesús están en él para siempre. Nunca más saldrán fuera, porque la fidelidad eterna los ha encerrado, y la malicia infernal no puede arrastrarlos fuera. El Príncipe de la casa de David cierra y ninguno abre; y cuando en los postreros días, como Padre de familia, se levante y cierre la puerta, será en vano que los meros profesantes llamen y clamen: «Señor, Señor, ábrenos», porque esa misma puerta que encierra a las vírgenes prudentes dejará fuera para siempre a las insensatas. Señor, enciérrame por tu gracia.
6 de junio
«He aquí que yo soy vil». (Job 40:4)
¡Una palabra de ánimo para ti, pobre pecador perdido! Piensas que no debes venir a Dios porque eres vil. Ahora bien, no hay un santo que viva en la tierra al que no se le haya hecho sentir que es vil. Si Job, e Isaías, y Pablo se vieron todos obligados a decir «Soy vil», oh pobre pecador, ¿te avergonzarás de unirte a la misma confesión? Si la gracia divina no erradica todo pecado del creyente, ¿cómo esperas hacerlo tú mismo? Y si Dios ama a su pueblo mientras todavía es vil, ¿piensas que tu vileza le impedirá amarte a ti? ¡Cree en Jesús, tú, desechado de la sociedad del mundo! Jesús te llama a ti, y a los que son como tú.
«No a los justos, no a los justos;
a pecadores vino Jesús a llamar».
Di ahora mismo: «Tú has muerto por los pecadores; yo soy pecador, Señor Jesús; rocía tu sangre sobre mí»; si confiesas tu pecado, hallarás perdón. Si ahora, con todo tu corazón, dices: «Soy vil, lávame», serás lavado ahora. Si el Espíritu Santo te capacita para clamar de corazón:
«Tal como soy, sin más razón
que tu sangre vertida por mí,
y que me mandas venir a ti,
¡oh Cordero de Dios, vengo a ti!»,
te levantarás de la lectura de la porción de esta mañana con todos tus pecados perdonados; y aunque esta mañana despertaste con todos los pecados que el hombre haya cometido jamás sobre tu cabeza, esta noche descansarás acepto en el Amado; aunque antes estabas degradado con los harapos del pecado, serás adornado con un manto de justicia, y aparecerás blanco como los ángeles. Porque «ahora», nótalo bien: «He aquí ahora el tiempo aceptable». Si «crees en aquel que justifica al impío, eres salvo». ¡Oh, que el Espíritu Santo te dé fe salvadora en aquel que recibe a los más viles!
7 de junio
«Los que amáis al Señor, aborreced el mal». (Salmo 97:10)
Tienes buenas razones para «aborrecer el mal», pues considera solamente el daño que ya te ha hecho. ¡Oh, qué mundo de males ha traído el pecado a tu corazón! El pecado te cegó, de modo que no podías ver la hermosura del Salvador; te hizo sordo, de modo que no podías oír las tiernas invitaciones del Redentor. El pecado encaminó tus pies por la senda de la muerte y derramó veneno en la fuente misma de tu ser; contaminó tu corazón y lo hizo «engañoso más que todas las cosas, y perverso». ¡Oh, qué criatura eras cuando el mal había hecho contigo todo lo que pudo, antes de que interviniera la gracia divina! Eras hijo de ira, lo mismo que los demás; seguías «a los muchos para hacer mal». Así éramos todos nosotros; pero Pablo nos recuerda: «mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios». Tenemos de veras buenas razones para aborrecer el mal cuando miramos atrás y rastreamos sus obras mortíferas. Tanto daño nos hizo el mal que nuestras almas se habrían perdido si el amor omnipotente no hubiera intervenido para redimirnos. Aun ahora es un enemigo activo, siempre al acecho para hacernos daño y arrastrarnos a la perdición. Por tanto, «aborreced el mal», oh cristianos, a menos que deseéis aflicción. Si queréis sembrar de espinas vuestro camino y plantar ortigas en la almohada de vuestro lecho de muerte, entonces descuidad el «aborrecer el mal»; pero si queréis vivir una vida feliz y morir una muerte apacible, andad entonces en todos los caminos de la santidad, aborreciendo el mal hasta el fin. Si de veras amáis a vuestro Salvador y queréis honrarlo, entonces «aborreced el mal». No conocemos remedio para el amor al mal en un cristiano como un trato abundante con el Señor Jesús. Morad mucho con él, y os será imposible estar en paz con el pecado.
«Ordena mis pasos con tu Palabra,
y haz sincero mi corazón;
que el pecado no me domine, Señor,
y guarda limpia mi conciencia».
8 de junio
«Y cayeron muchos muertos, porque la guerra era de Dios». (1 Crónicas 5:22)
Guerrero que peleas bajo el estandarte del Señor Jesús, contempla este versículo con santo gozo, porque como fue en los días antiguos, así es ahora: si la guerra es de Dios, la victoria es segura. Los hijos de Rubén, los gaditas y la media tribu de Manasés apenas podían reunir cuarenta y cinco mil hombres de guerra, y sin embargo, en su guerra contra los agarenos, abatieron a «cien mil personas», «porque clamaron a Dios en la guerra, y les fue favorable, porque esperaron en él». El Señor no salva con muchos ni con pocos; a nosotros nos toca salir en el nombre del Señor aunque no seamos más que un puñado de hombres, porque el Señor de los ejércitos está con nosotros como nuestro Capitán. Ellos no descuidaron el escudo, la espada y el arco, pero tampoco pusieron su confianza en esas armas; nosotros debemos usar todos los medios adecuados, pero nuestra confianza ha de descansar solo en el Señor, porque él es la espada y el escudo de su pueblo. La gran razón de su extraordinario éxito estaba en el hecho de que «la guerra era de Dios». Amado, al pelear contra el pecado de fuera y de dentro, contra el error doctrinal o práctico, contra las huestes espirituales de maldad en las alturas o en lo bajo, contra los demonios y los aliados del diablo, estás librando la guerra del Señor, y a menos que él mismo pueda ser vencido, no tienes por qué temer la derrota. No te acobardes ante un número superior, no retrocedas ante las dificultades ni ante las imposibilidades, no te estremezcas ante las heridas ni ante la muerte; hiere con la espada de dos filos del Espíritu, y los muertos yacerán a montones. La batalla es del Señor, y él entregará a sus enemigos en nuestras manos. Con pie firme, mano fuerte, corazón intrépido y celo ardiente, lánzate al combate, y las huestes del mal huirán como el tamo delante del vendaval.
¡De pie, de pie por Jesús!
La lucha breve es;
hoy, el fragor de la batalla,
mañana, el canto del vencedor:
al que venciere se le dará
corona de vida;
él, con el Rey de gloria,
por siempre reinará.
9 de junio
«Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros; estaremos alegres». (Salmo 126:3)
Algunos cristianos son tristemente propensos a mirar el lado oscuro de todo, y a detenerse más en lo que han pasado que en lo que Dios ha hecho por ellos. Pregúntales qué impresión tienen de la vida cristiana, y te describirán sus continuos conflictos, sus hondas aflicciones, sus tristes adversidades y la pecaminosidad de su corazón, sin apenas una alusión a la misericordia y la ayuda que Dios les ha concedido. Pero un cristiano cuya alma está en un estado sano se adelantará con gozo y dirá: «Hablaré, no de mí mismo, sino para honra de mi Dios. Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Grandes cosas ha hecho el Señor conmigo; estaré alegre». Un resumen así de la experiencia es lo mejor que cualquier hijo de Dios puede presentar. Es verdad que soportamos pruebas, pero es igualmente verdad que somos librados de ellas. Es verdad que tenemos nuestras corrupciones, y bien lo sabemos con dolor, pero es igual de cierto que tenemos un Salvador todo suficiente, que vence esas corrupciones y nos libra de su dominio. Al mirar atrás, sería un error negar que hemos estado en el Pantano del Desaliento y que nos hemos arrastrado por el Valle de la Humillación, pero sería igualmente perverso olvidar que los hemos atravesado sanos y salvos y con provecho; no nos quedamos en ellos, gracias a nuestro todopoderoso Ayudador y Guía, que nos ha sacado «a abundancia». Cuanto más hondas nuestras angustias, más fuerte nuestra gratitud a Dios, que nos ha conducido a través de todo y nos ha preservado hasta ahora. Nuestras penas no pueden estropear la melodía de nuestra alabanza; las tenemos por la parte del bajo en el cántico de nuestra vida: «Grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros; estaremos alegres».
10 de junio
«Para el Señor vivimos». (Romanos 14:8)
Si Dios lo hubiera querido, cada uno de nosotros podría haber entrado en el cielo en el momento de su conversión. No era absolutamente necesario para nuestra preparación para la inmortalidad que nos quedáramos aquí. Es posible que un hombre sea llevado al cielo y hallado apto para participar de la herencia de los santos en luz, aunque acabe de creer en Jesús. Es verdad que nuestra santificación es un proceso largo y continuo, y que no seremos perfeccionados hasta que dejemos a un lado nuestro cuerpo y entremos detrás del velo; pero aun así, si el Señor lo hubiera querido, podría habernos cambiado de la imperfección a la perfección y habernos llevado al cielo de inmediato. ¿Por qué, entonces, estamos aquí? ¿Mantendría Dios a sus hijos fuera del paraíso un solo momento más de lo necesario? ¿Por qué el ejército del Dios vivo sigue todavía en el campo de batalla, cuando una sola carga podría darle la victoria? ¿Por qué sus hijos siguen vagando de aquí para allá por un laberinto, cuando una sola palabra de sus labios los llevaría al centro de sus esperanzas en el cielo? La respuesta es esta: están aquí para «vivir para el Señor», y para llevar a otros a conocer su amor. Permanecemos en la tierra como sembradores que esparcen la buena semilla; como labradores que rompen el barbecho; como heraldos que publican la salvación. Estamos aquí como «la sal de la tierra», para ser una bendición para el mundo. Estamos aquí para glorificar a Cristo en nuestra vida diaria. Estamos aquí como obreros para él, y como «colaboradores suyos». Procuremos que nuestra vida cumpla su fin. Vivamos vidas fervientes, útiles y santas, «para alabanza de la gloria de su gracia». Mientras tanto, anhelamos estar con él, y cada día cantamos:
«Mi corazón está con él en su trono,
y mal soporta la demora;
atento a cada instante a la voz:
Levántate, y ven”».
11 de junio
«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero». (1 Juan 4:19)
No hay en el planeta otra luz que la que procede del sol; y no hay en el corazón verdadero amor a Jesús sino el que viene del mismo Señor Jesús. De esta fuente desbordante del amor infinito de Dios ha de brotar todo nuestro amor a Dios. Esta tiene que ser siempre una verdad grande y segura: que le amamos por ninguna otra razón sino porque él nos amó primero. Nuestro amor a él es el hermoso vástago de su amor a nosotros. Una fría admiración, al estudiar las obras de Dios, cualquiera puede tenerla; pero el calor del amor solo puede encenderlo en el corazón el Espíritu de Dios. ¡Qué gran maravilla que gente como nosotros haya llegado alguna vez a amar a Jesús! ¡Qué asombroso que, cuando nos habíamos rebelado contra él, quisiera atraernos de nuevo con una muestra de amor tan sorprendente! ¡No! Jamás habríamos tenido un grano de amor hacia Dios si no hubiera sido sembrado en nosotros por la dulce semilla de su amor por nosotros. El amor, pues, tiene por padre el amor de Dios derramado en el corazón; pero después de haber nacido así divinamente, tiene que ser nutrido divinamente. El amor es una planta exótica; no es una planta que florezca por naturaleza en suelo humano: tiene que ser regada desde lo alto. El amor a Jesús es una flor de naturaleza delicada, y si no recibiera más alimento que el que pudiera sacarse de la roca de nuestro corazón, pronto se marchitaría. Como el amor viene del cielo, así ha de alimentarse de pan celestial. No puede subsistir en el desierto si no es alimentado con maná de lo alto. El amor tiene que alimentarse de amor. El alma misma y la vida de nuestro amor a Dios es su amor a nosotros.
«Te amo, Señor, mas no con amor mío,
pues no tengo amor que dar;
te amo, Señor, mas todo el amor es tuyo,
pues por tu amor vivo yo.
Soy como nada, y me gozo en ser
vaciado, perdido y absorbido en ti».
12 de junio
«Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto». (Daniel 5:27)
Es bueno pesarnos con frecuencia en la balanza de la Palabra de Dios. Te resultará un ejercicio santo leer algún salmo de David y, al meditar en cada versículo, preguntarte: «¿Puedo decir yo esto? ¿He sentido lo que sintió David? ¿Se ha quebrantado alguna vez mi corazón a causa del pecado, como el suyo cuando escribió sus salmos penitenciales? ¿Ha estado mi alma llena de verdadera confianza en la hora de la dificultad, como la suya cuando cantaba las misericordias de Dios en la cueva de Adulam o en los lugares fuertes de En-gadi? ¿Tomo yo la copa de la salvación e invoco el nombre del Señor?». Vuelve luego a la vida de Cristo y, mientras lees, pregúntate hasta qué punto eres conforme a su semejanza. Procura descubrir si tienes la mansedumbre, la humildad, el espíritu amable que él inculcó y mostró constantemente. Toma después las epístolas y mira si puedes acompañar al apóstol en lo que dijo de su experiencia. ¿Has clamado alguna vez como él: «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?»? ¿Has sentido alguna vez su humillación de sí mismo? ¿Te has tenido a ti mismo por el primero de los pecadores, y menos que el más pequeño de todos los santos? ¿Has conocido algo de su consagración? ¿Podrías unirte a él y decir: «Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia»? Si leemos así la Palabra de Dios como prueba de nuestra condición espiritual, tendremos buenas razones para detenernos muchas veces y decir: «Señor, siento que nunca he llegado aún hasta aquí; ¡oh, tráeme hasta aquí! Dame verdadero arrepentimiento, como este del que leo. Dame fe verdadera; dame un celo más ardiente; inflámame con un amor más ferviente; concédeme la gracia de la mansedumbre; hazme más semejante a Jesús. Que no sea yo ya “hallado falto” cuando sea pesado en las balanzas del santuario, no sea que me halle falto en la balanza del juicio». «Juzgaos a vosotros mismos, para que no seáis juzgados».
13 de junio
«El que quiere, tome del agua de la vida de balde». (Apocalipsis 22:17)
Jesús dice: «tome de balde». No quiere pago ni preparación. No busca ninguna recomendación de nuestras emociones virtuosas. Si no tienes buenos sentimientos, con tal que estés dispuesto, estás invitado; ¡ven, pues! No tienes fe ni arrepentimiento: ven a él, y él te los dará. Ven tal como eres, y toma «de balde», sin dinero y sin precio. Él se da a sí mismo a los necesitados. Las fuentes de agua potable de las esquinas de nuestras calles son instituciones valiosas; y apenas podemos imaginar a alguien tan necio que, al plantarse delante de una de ellas, se palpe el bolsillo buscando la bolsa y exclame: «No puedo beber porque no llevo cinco libras en el bolsillo». Por pobre que sea el hombre, ahí está la fuente, y tal como está puede beber de ella. Los transeúntes sedientos, al pasar, vistan de pana o de paño fino, no buscan ninguna autorización para beber; que la fuente esté allí es su autorización para tomar su agua de balde. La generosidad de algunos buenos amigos ha puesto allí el cristal refrescante, y nosotros lo tomamos sin hacer preguntas. Quizá las únicas personas que tengan que pasar sedientas por la calle donde hay una fuente sean las damas y caballeros elegantes que van en sus carruajes. Tienen mucha sed, pero ni pueden pensar en ser tan vulgares como para bajarse a beber. Beber en una fuente pública común los rebajaría, piensan; así que pasan de largo con los labios resecos. ¡Oh, cuántos hay que son ricos en sus propias buenas obras y que por eso no pueden venir a Cristo! «No quiero ser salvo», dicen, «de la misma manera que la ramera o el blasfemo». ¡Qué! ¿Ir al cielo del mismo modo que un deshollinador? ¿No hay otro camino a la gloria que el que llevó allí al ladrón? No quiero ser salvo de ese modo. Tales jactanciosos orgullosos tendrán que quedarse sin el agua viva; pero «el que quiere, TOME DEL AGUA DE LA VIDA DE BALDE».
14 de junio
«Deléitate asimismo en el Señor». (Salmo 37:4)
La enseñanza de estas palabras debe de parecer muy sorprendente a quienes son extraños a la piedad vital, pero para el creyente sincero no es más que la inculcación de una verdad reconocida. La vida del creyente se describe aquí como un deleite en Dios, y así se nos certifica el gran hecho de que la verdadera religión rebosa de felicidad y gozo. Los impíos y los meros profesantes nunca ven la religión como algo gozoso; para ellos es servicio, deber o necesidad, pero nunca placer ni deleite. Si se ocupan de la religión, es o bien para ganar algo con ella, o bien porque no se atreven a hacer otra cosa. La idea del deleite en la religión es tan extraña para la mayoría de los hombres, que no hay en su lengua dos palabras más alejadas entre sí que «santidad» y «deleite». Pero los creyentes que conocen a Cristo entienden que el deleite y la fe están tan dichosamente unidos que las puertas del infierno no pueden prevalecer para separarlos. Los que aman a Dios con todo su corazón hallan que sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz. Tales gozos, tales deleites colmados, tales dichas desbordantes descubren los santos en su Señor, que, lejos de servirle por costumbre, le seguirían aunque todo el mundo desechara su nombre como malo. No tememos a Dios por ninguna coacción; nuestra fe no es un grillete, nuestra profesión no es una esclavitud, no somos arrastrados a la santidad ni empujados al deber. No: nuestra piedad es nuestro placer, nuestra esperanza es nuestra felicidad, nuestro deber es nuestro deleite.
El deleite y la verdadera religión están tan unidos como la raíz y la flor; son tan inseparables como la verdad y la certeza; son, de hecho, dos joyas preciosas que relucen una junto a otra en un engaste de oro.
«Cuando gustamos tu amor,
crecen divinos nuestros gozos,
inefables como los de arriba,
y el cielo empieza aquí abajo».
15 de junio
«Y dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere se reirá conmigo». (Génesis 21:6)
Estaba muy por encima del poder de la naturaleza, y aun era contrario a sus leyes, que la anciana Sara fuera honrada con un hijo; y del mismo modo está fuera de toda regla ordinaria que yo, pobre pecador impotente y perdido, halle gracia para llevar en mi alma al Espíritu del Señor Jesús que mora en ella. Yo, que una vez desesperé, y con razón, porque mi naturaleza era tan seca, marchita, estéril y maldita como un desierto aullador, aun yo he sido hecho capaz de dar fruto para santidad. Bien puede llenarse mi boca de risa gozosa, a causa de la gracia singular y sorprendente que he recibido del Señor, porque he hallado a Jesús, la simiente prometida, y él es mío para siempre. Hoy elevaré salmos de triunfo al Señor, que se acordó de mi bajeza, porque «mi corazón se regocija en el Señor, mi poder se exalta en el Señor; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, por cuanto me alegré en tu salvación».
Quisiera que todos los que oyen de mi gran liberación del infierno, y de la bendita visitación que he recibido de lo alto, rieran de gozo conmigo. Quisiera sorprender a mi familia con mi abundante paz; quisiera deleitar a mis amigos con mi felicidad siempre creciente; quisiera edificar a la Iglesia con mis agradecidas confesiones; y aun impresionar al mundo con la alegría de mi conducta diaria. Bunyan nos cuenta que Misericordia reía en sueños, y no es de extrañar, si soñaba con Jesús; mi gozo no se quedará corto del suyo mientras mi Amado sea el tema de mis pensamientos diarios. El Señor Jesús es un mar profundo de gozo: mi alma se sumergirá en él, será absorbida en las delicias de su compañía. Sara miró a su Isaac y rió con exceso de arrebato, y todas sus amigas rieron con ella; y tú, alma mía, mira a tu Jesús, y llama al cielo y a la tierra a unirse a tu gozo inefable.
16 de junio
«Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás». (Juan 10:28)
El cristiano nunca debería pensar ni hablar a la ligera de la incredulidad. Que un hijo de Dios desconfíe de su amor, de su verdad, de su fidelidad, ha de desagradarle en gran manera. ¿Cómo podríamos jamás entristecerle dudando de la gracia que nos sostiene? ¡Cristiano!, es contrario a toda promesa de la preciosa Palabra de Dios que tú seas alguna vez olvidado o dejado perecer. Si así pudiera ser, ¿cómo sería veraz el que ha dicho: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olviden ellas, yo nunca me olvidaré de ti»? ¿Qué valor tendría aquella promesa: «Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo el Señor, el que tiene misericordia de ti»? ¿Dónde estaría la verdad de las palabras de Cristo: «Yo doy a mis ovejas vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre»? ¿Dónde estarían las doctrinas de la gracia? Todas quedarían refutadas si un solo hijo de Dios pereciera. ¿Dónde estarían la veracidad de Dios, su honra, su poder, su gracia, su pacto, su juramento, si alguno de aquellos por quienes Cristo murió, y que han puesto su confianza en él, fuera a pesar de todo desechado? Destierra esos temores incrédulos que tanto deshonran a Dios. Levántate, sacúdete del polvo y vístete tus ropas de hermosura. Recuerda que es pecado dudar de su Palabra, en la cual te ha prometido que nunca perecerás. Deja que la vida eterna que hay en ti se exprese en un gozo confiado.
«El evangelio sostiene mi espíritu:
un Dios fiel e inmutable
pone el fundamento de mi esperanza
en juramentos, promesas y sangre».
17 de junio
«Ayuda, Señor». (Salmo 12:1)
La oración misma es notable, porque es breve, pero oportuna, sentenciosa y sugerente. David lamentaba la escasez de hombres fieles, y por eso elevó su corazón en súplica: cuando la criatura falló, voló al Creador. Es evidente que sentía su propia debilidad, o no habría clamado pidiendo ayuda; pero al mismo tiempo se proponía honradamente esforzarse por la causa de la verdad, porque la palabra «ayuda» no tiene sentido allí donde nosotros mismos no hacemos nada. Hay mucho de franqueza, claridad de percepción y precisión de expresión en esta petición de dos palabras; mucho más, en verdad, que en los largos y divagantes desahogos de ciertos profesantes. El salmista corre derecho a su Dios con una oración bien meditada; sabe lo que busca y dónde buscarlo. Señor, enséñanos a orar de esta misma manera bendita.
Las ocasiones para usar esta oración son frecuentes. En las aflicciones de la providencia, ¡qué apropiada es para los creyentes probados que ven fallar a todos sus ayudadores! Los estudiosos, en dificultades doctrinales, pueden obtener a menudo auxilio elevando este clamor, «Ayuda, Señor», al Espíritu Santo, el gran Maestro. Los guerreros espirituales, en conflictos interiores, pueden enviar al trono por refuerzos, y este será el modelo de su petición. Los obreros en la labor celestial pueden obtener así gracia en el momento de necesidad. Los pecadores que buscan, en medio de dudas y alarmas, pueden elevar la misma súplica de peso; de hecho, en todos estos casos, tiempos y lugares, esta oración servirá a las almas necesitadas. «Ayuda, Señor» nos conviene en la vida y en la muerte, en el sufrimiento o en el trabajo, en el gozo o en la tristeza. En él se halla nuestra ayuda; no seamos remisos en clamar a él.
La respuesta a la oración es segura, si se ofrece con sinceridad por medio de Jesús. El carácter del Señor nos asegura que no abandonará a su pueblo; su relación de Padre y de Esposo nos garantiza su ayuda; su don de Jesús es prenda de todo bien; y su firme promesa sigue en pie: «No temas, yo te ayudaré».
18 de junio
«Tu Redentor». (Isaías 54:5)
Jesús, el Redentor, es enteramente nuestro, y nuestro para siempre. Todos los oficios de Cristo los desempeña en favor nuestro. Es rey para nosotros, sacerdote para nosotros y profeta para nosotros. Siempre que leamos un nuevo título del Redentor, apropiémonos de él como nuestro bajo ese nombre tanto como bajo cualquier otro. El cayado del pastor, la vara del padre, la espada del capitán, la mitra del sacerdote, el cetro del príncipe, el manto del profeta: todo es nuestro. Jesús no tiene dignidad que no vaya a emplear para nuestra exaltación, ni prerrogativa que no vaya a ejercer para nuestra defensa. Su plenitud de Deidad es nuestro tesoro inagotable, que jamás falla.
También su humanidad, que tomó sobre sí por nosotros, es nuestra en toda su perfección. A nosotros nos comunica nuestro misericordioso Señor la virtud inmaculada de un carácter sin mancha; a nosotros nos da la eficacia meritoria de una vida consagrada; sobre nosotros derrama la recompensa obtenida por su obediente sumisión y su servicio incesante. Hace de la vestidura sin mancha de su vida la hermosura que nos cubre; de las resplandecientes virtudes de su carácter, nuestros adornos y joyas; y de la mansedumbre sobrehumana de su muerte, nuestra jactancia y nuestra gloria. Nos lega su pesebre, para que aprendamos en él cómo Dios descendió al hombre; y su cruz, para enseñarnos cómo el hombre puede subir a Dios. Todos sus pensamientos, emociones, acciones, palabras, milagros e intercesiones fueron por nosotros. Recorrió el camino del dolor por nosotros, y nos ha traspasado como herencia celestial los frutos completos de todos los trabajos de su vida. Ahora es tan nuestro como antes; y no se avergüenza de llamarse «nuestro Señor Jesucristo», aunque es el Bienaventurado y solo Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores. Cristo, en todas partes y de todas maneras, es nuestro Cristo, para gozarlo riquísimamente por los siglos de los siglos. ¡Oh alma mía, por el poder del Espíritu Santo, llámalo esta mañana «tu Redentor»!
19 de junio
«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo». (Hechos 2:4)
Ricas serían las bendiciones de este día si todos nosotros fuéramos llenos del Espíritu Santo. Sería imposible exagerar las consecuencias de esta sagrada llenura del alma. Vida, consuelo, luz, pureza, poder, paz y muchas otras bendiciones preciosas son inseparables de la benigna presencia del Espíritu. Como aceite sagrado, unge la cabeza del creyente, lo aparta para el sacerdocio de los santos y le da gracia para desempeñar debidamente su oficio. Como la única agua verdaderamente purificadora, nos limpia del poder del pecado y nos santifica para la santidad, obrando en nosotros así el querer como el hacer, por la buena voluntad del Señor. Como luz, nos mostró al principio nuestro estado perdido, y ahora nos revela al Señor Jesús a nosotros y en nosotros, y nos guía por el camino de la justicia. Iluminados por su rayo puro y celestial, ya no somos tinieblas, sino luz en el Señor. Como fuego, nos purga de la escoria y a la vez enciende en llamas nuestra naturaleza consagrada. Él es la llama del sacrificio por la cual somos capacitados para ofrecer nuestra alma entera en sacrificio vivo a Dios. Como rocío celestial, quita nuestra esterilidad y fecunda nuestra vida. ¡Oh, si descendiera sobre nosotros desde lo alto a esta hora temprana! Tal rocío matutino sería un dulce comienzo para el día. Como la paloma, con alas de amor apacible se cierne sobre su Iglesia y sobre las almas de los creyentes, y como Consolador disipa los afanes y las dudas que turban la paz de sus amados. Desciende sobre los escogidos como descendió sobre el Señor en el Jordán, y da testimonio de que son hijos obrando en ellos un espíritu filial por el cual claman: ¡Abba, Padre! Como el viento, trae el aliento de vida a los hombres; soplando de donde quiere, realiza las operaciones vivificadoras por las cuales la creación espiritual es animada y sostenida. ¡Quiera Dios que sintamos su presencia hoy y todos los días!
20 de junio
«Porque he aquí que yo mandaré, y haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todas las naciones, como se zarandea el grano en una criba, y no caerá a tierra ni un solo granito». (Amós 9:9)
Todo zarandeo viene por mandato y permiso divinos. Satanás tiene que pedir permiso antes de poder poner un dedo sobre Job. Más aún, en cierto sentido nuestros zarandeos son obra directa del cielo, porque el texto dice: «haré que la casa de Israel sea zarandeada». Satanás, como un peón, puede sostener la criba con la esperanza de destruir el grano; pero la mano soberana del Amo está logrando la pureza del grano por medio del mismo proceso que el enemigo pretendía que fuera destructor. Precioso grano de la era del Señor, aunque muy zarandeado, consuélate con el bendito hecho de que el Señor dirige tanto el mayal como la criba para su propia gloria y para tu provecho eterno.
El Señor Jesús usará ciertamente el aventador que tiene en su mano, y separará lo precioso de lo vil. No todos los que son de Israel son Israel; el montón de la era no es grano limpio, y por eso hay que realizar el aventamiento. En la criba solo tiene poder el peso verdadero. La cascarilla y la paja, carentes de sustancia, tienen que volar delante del viento, y solo quedará el grano sólido.
Observa la completa seguridad del trigo del Señor; aun el más pequeño grano tiene promesa de ser preservado. Dios mismo zarandea, y por eso es una obra severa y terrible; los zarandea en todo lugar, «entre todas las naciones»; los zarandea de la manera más eficaz, «como se zarandea el grano en una criba»; y sin embargo, con todo esto, no se permite que caiga a tierra ni el grano más pequeño, más ligero o más arrugado. Cada creyente en particular es precioso a los ojos del Señor: un pastor no querría perder una oveja, ni un joyero un diamante, ni una madre un hijo, ni un hombre un miembro de su cuerpo; tampoco el Señor perderá a uno solo de su pueblo redimido. Por pequeños que seamos, si somos del Señor, podemos regocijarnos de estar guardados en Cristo Jesús.
21 de junio
«Eres el más hermoso de los hijos de los hombres». (Salmo 45:2)
Toda la persona de Jesús es como una sola gema, y su vida es de principio a fin una sola impresión del sello. Él es completo en todo; no solo en cada una de sus partes, sino como un todo lleno de gracia y de gloria. Su carácter no es una masa de bellos colores mezclados en confusión, ni un montón de piedras preciosas puestas descuidadamente unas sobre otras; es un cuadro de hermosura y un pectoral de gloria. En él, todo lo que es «de buen nombre» está en su debido lugar, y cada cosa contribuye a adornar a las demás. Ningún rasgo de su gloriosa persona atrae la atención a costa de los otros; sino que él es perfecta y enteramente codiciable.
¡Oh Jesús! Tu poder, tu gracia, tu justicia, tu ternura, tu verdad, tu majestad y tu inmutabilidad forman un hombre tal, o más bien un Dios-hombre tal, como ni el cielo ni la tierra han visto en ninguna otra parte. Tu infancia, tu eternidad, tus sufrimientos, tus triunfos, tu muerte y tu inmortalidad están todos tejidos en un solo tapiz magnífico, sin costura ni rasgadura. Eres música sin discordancia; eres muchos, y sin embargo no estás dividido; eres todas las cosas, y sin embargo no eres diverso. Como todos los colores se funden en un solo arco iris resplandeciente, así todas las glorias del cielo y de la tierra se encuentran en ti, y se unen tan maravillosamente que no hay nadie semejante a ti en todas las cosas; más aún, si todas las virtudes de los más excelentes se ataran en un solo haz, no podrían rivalizar contigo, espejo de toda perfección. Has sido ungido con el santo óleo de mirra y casia, que tu Dios ha reservado solo para ti; y en cuanto a tu fragancia, es como el perfume santo, cuyo semejante ningún otro puede mezclar jamás, ni siquiera con el arte del perfumista; cada especia es fragante, pero el compuesto es divino.
«¡Oh simetría sagrada! ¡Oh rara unión
de muchas perfecciones para hacer una perfección!
¡Oh música celestial, donde todas las partes se encuentran
en un dulce acorde, para hacer una perfecta dulzura!»
22 de junio
«Él edificará el templo del Señor, y él llevará gloria». (Zacarías 6:13)
Cristo mismo es el constructor de su templo espiritual, y lo ha edificado sobre los montes de su afecto inmutable, de su gracia omnipotente y de su veracidad infalible. Pero como sucedió con el templo de Salomón, así sucede con este: los materiales necesitan ser preparados. Ahí están los «cedros del Líbano», pero no están labrados para el edificio; no han sido cortados, ni desbastados, ni convertidos en esas tablas de cedro cuya fragante hermosura alegrará los atrios de la casa del Señor en el Paraíso. Están también las piedras toscas, todavía en la cantera; tienen que ser sacadas de allí y escuadradas. Todo esto es obra de Cristo mismo. Cada creyente en particular está siendo preparado, pulido y dispuesto para su lugar en el templo; pero es la propia mano de Cristo la que realiza la obra de preparación. Las aflicciones no pueden santificar, sino en cuanto él las usa con ese fin. Nuestras oraciones y esfuerzos no pueden prepararnos para el cielo sin la mano de Jesús, que forma rectamente nuestro corazón.
Como en la construcción del templo de Salomón «ni martillos ni hachas se oyeron en la casa, ni ningún otro instrumento de hierro», porque todo se traía perfectamente preparado para el lugar exacto que había de ocupar, así sucede con el templo que Jesús edifica: toda la preparación se hace en la tierra. Cuando lleguemos al cielo, no habrá allí que santificarnos, ni escuadrarnos con la aflicción, ni cepillarnos con el sufrimiento. No, tenemos que ser hechos aptos aquí; todo eso lo hará Cristo de antemano; y cuando lo haya hecho, una mano amorosa nos llevará en barca a través del río de la muerte, y seremos conducidos a la Jerusalén celestial, para permanecer como columnas eternas en el templo de nuestro Señor.
«Bajo su mirada y su cuidado
se alzará el edificio,
majestuoso, firme y hermoso,
y brillará sobre los cielos».
23 de junio
«Efraín fue torta no vuelta». (Oseas 7:8)
Una torta no vuelta está cruda por un lado; y así estaba Efraín, intacto en muchos aspectos por la gracia divina: aunque había cierta obediencia parcial, quedaba muchísima rebelión. Alma mía, te encargo que mires si este es tu caso. ¿Eres completa en las cosas de Dios? ¿Ha penetrado la gracia hasta el mismo centro de tu ser, de modo que se sientan sus operaciones divinas en todas tus facultades, tus acciones, tus palabras y tus pensamientos? Ser santificada en espíritu, alma y cuerpo debería ser tu meta y tu oración; y aunque la santificación no sea en ti perfecta en grado en ninguna parte, sí debe ser universal en su acción; no debe haber apariencia de santidad en un lugar y pecado reinante en otro, o tú también serás una torta no vuelta.
Una torta no vuelta pronto se quema por el lado más cercano al fuego; y aunque nadie puede tener demasiada religión, hay algunos que parecen quemados hasta ennegrecer por un celo fanático por aquella parte de la verdad que han recibido, o carbonizados hasta la ceniza por una ostentación vanagloriosa y farisaica de aquellas prácticas religiosas que convienen a su gusto. La apariencia fingida de una santidad superior acompaña con frecuencia a una ausencia total de toda piedad vital. El santo en público es un demonio en privado. Comercia con harina de día y con hollín de noche. La torta que está quemada por un lado es masa cruda por el otro.
¡Si así es conmigo, oh Señor, vuélveme! Vuelve mi naturaleza no santificada hacia el fuego de tu amor y que sienta su sagrado ardor; y que mi lado quemado se enfríe un poco mientras aprendo mi propia debilidad y mi falta de calor cuando estoy apartado de tu llama celestial. Que no se me halle como hombre de doble ánimo, sino como uno que está enteramente bajo la poderosa influencia de la gracia reinante; porque bien sé que, si quedo como una torta no vuelta y no soy por ambos lados objeto de tu gracia, he de ser consumido para siempre en medio de las llamas eternas.
24 de junio
«Una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los pechos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan». (Lucas 11:27, 28)
Algunos imaginan con cariño que haber sido la madre de nuestro Señor debió de traer consigo privilegios muy especiales, porque suponen que ella tuvo el beneficio de mirar en su mismo corazón de una manera en que nosotros no podemos esperar hacerlo. Puede haber cierta apariencia de verosimilitud en esa suposición, pero no mucha. No sabemos que María supiera más que otros; lo que sí sabía, hizo bien en guardarlo en su corazón; pero, por nada de lo que leemos en los evangelistas, parece haber sido una creyente mejor instruida que cualquier otro de los discípulos de Cristo. Todo lo que ella sabía, también nosotros podemos descubrirlo. ¿Te sorprende que digamos esto? He aquí un texto que lo prueba: «El secreto del Señor es para los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto». Recuerda las palabras del Maestro: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer». Tan bienaventuradamente nos dice su corazón este divino Revelador de secretos, que no retiene nada que nos sea provechoso; su propia seguridad es: «De otra manera, os lo hubiera dicho». ¿No se manifiesta hoy a nosotros como no se manifiesta al mundo? Así es; y por eso no clamaremos ignorantemente: «Bienaventurado el vientre que te trajo», sino que bendeciremos a Dios con entendimiento porque, habiendo oído la Palabra y habiéndola guardado, tenemos, en primer lugar, una comunión con el Salvador tan verdadera como la que tuvo la Virgen, y en segundo lugar, un conocimiento de los secretos de su corazón tan verdadero como el que se puede suponer que ella obtuvo. ¡Dichosa el alma que goza de tal privilegio!
25 de junio
«Súbete sobre un monte alto». (Isaías 40:9)
Nuestro conocimiento de Cristo se parece algo a la subida de una de nuestras montañas de Gales. Cuando estás al pie, ves bien poco: la montaña misma parece tener apenas la mitad de la altura que realmente tiene. Encerrado en un pequeño valle, apenas descubres otra cosa que los arroyos murmurantes que bajan hacia la corriente al pie de la montaña. Sube al primer otero, y el valle se alarga y se ensancha bajo tus pies. Sube más, y ves la comarca en cuatro o cinco millas a la redonda, y te deleitas con el panorama que se ensancha. Sigue subiendo, y la escena se amplía; hasta que por fin, cuando estás en la cumbre y miras al este, al oeste, al norte y al sur, ves casi toda Inglaterra tendida ante ti. Allá a lo lejos hay un bosque en algún condado distante, quizá a doscientas millas, y aquí el mar, y allí un río reluciente y las chimeneas humeantes de una ciudad fabril, o los mástiles de los barcos en un puerto bullicioso. Todas estas cosas te agradan y te deleitan, y dices: «No me habría imaginado que se pudiera ver tanto desde esta altura». Pues bien, la vida cristiana es del mismo orden. Cuando creemos por primera vez en Cristo, vemos bien poco de él. Cuanto más alto subimos, más descubrimos de sus hermosuras. Pero ¿quién ha alcanzado jamás la cumbre? ¿Quién ha conocido todas las alturas y profundidades del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento? Pablo, ya anciano, sentado con sus canas, tiritando en un calabozo de Roma, podía decir con mayor énfasis que nosotros: «Yo sé a quién he creído», porque cada experiencia había sido como la subida de una colina, cada prueba como el ascenso a otra cima, y su muerte le pareció como alcanzar la cumbre de la montaña, desde la cual podía ver toda la fidelidad y el amor de aquel a quien había encomendado su alma. Súbete, querido amigo, sobre un monte alto.
26 de junio
«¿Has llegado a ser semejante a nosotros?». (Isaías 14:10)
¿Cuál será la suerte del profesante apóstata cuando su alma desnuda comparezca ante Dios? ¿Cómo soportará aquella voz: «Apartaos, malditos; tú me has rechazado, y yo te rechazo; tú has fornicado y te has apartado de mí: yo también te he desterrado para siempre de mi presencia, y no tendré misericordia de ti»? ¡Cuál será la vergüenza de este desdichado en el último gran día, cuando, ante multitudes congregadas, el apóstata sea desenmascarado! Mira a los profanos y a los pecadores que nunca profesaron religión incorporándose en sus lechos de fuego para señalarle. «Ahí está», dice uno, «¿predicará el evangelio en el infierno?». «Ahí está», dice otro, «me reprendía por maldecir, ¡y él mismo era un hipócrita!». «¡Ajá!», dice otro, «aquí viene un metodista cantor de salmos, uno que nunca faltaba a su reunión; es el hombre que se jactaba de estar seguro de la vida eterna; ¡y aquí está!». Jamás se verá mayor afán entre los atormentadores satánicos que en aquel día en que los demonios arrastren el alma del hipócrita a la perdición. Bunyan pinta esto con una grandeza poética maciza, pero terrible, cuando habla del camino trasero al infierno. Siete demonios ataron al desdichado con nueve cuerdas, lo arrancaron del camino al cielo, por el cual había profesado andar, y lo arrojaron por la puerta trasera al infierno. ¡Cuidado con ese camino trasero al infierno, profesantes! «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe». Mirad bien vuestro estado; ved si estáis en Cristo o no. Es lo más fácil del mundo dar un veredicto indulgente cuando uno mismo ha de ser juzgado; pero, oh, sed justos y veraces en esto. Sed justos con todos, pero rigurosos con vosotros mismos. Recordad que, si no es sobre una roca donde edificáis, cuando la casa caiga, grande será su ruina. ¡Oh, que el Señor os dé sinceridad, constancia y firmeza; y que en ningún día, por malo que sea, seáis llevados a desviaros!
27 de junio
«Con tal que no vayáis más lejos». (Éxodo 8:28)
Esta es una palabra astuta de labios del archi-tirano Faraón. Si los pobres israelitas esclavizados tenían por fuerza que salir de Egipto, entonces él negocia con ellos que no sea muy lejos; no tan lejos que escapen del terror de sus armas y de la vigilancia de sus espías. De la misma manera, el mundo no ama la disconformidad del inconformismo, ni la disidencia de la disidencia; quisiera que fuéramos más caritativos y no lleváramos las cosas con mano demasiado severa. La muerte al mundo y la sepultura con Cristo son experiencias que las mentes carnales tratan con burla, y por eso la ordenanza que las representa es casi universalmente descuidada, y aun condenada. La sabiduría mundana recomienda la senda del compromiso, y habla de «moderación». Según esta política carnal, se admite que la pureza es muy deseable, pero se nos advierte contra ser demasiado escrupulosos; la verdad, por supuesto, ha de seguirse, pero el error no debe denunciarse con severidad. «Sí», dice el mundo, «sé espiritual a toda costa, pero no te niegues un poco de compañía alegre, un baile de vez en cuando y una visita al teatro en Navidad. ¿De qué sirve censurar una cosa cuando está tan de moda y todo el mundo la hace?». Multitudes de profesantes ceden a este astuto consejo, para su propia ruina eterna. Si queremos seguir al Señor por completo, tenemos que irnos lejos, al desierto de la separación, y dejar atrás el Egipto del mundo carnal. Tenemos que dejar sus máximas, sus placeres y también su religión, e ir muy lejos, al lugar adonde el Señor llama a sus santificados. Cuando la ciudad arde, nuestra casa nunca estará demasiado lejos de las llamas. Cuando la peste anda suelta, un hombre nunca estará demasiado lejos de sus guaridas. Cuanto más lejos de una víbora, mejor; y cuanto más lejos de la conformidad con el mundo, mejor. Que a todos los verdaderos creyentes se les toque este llamado de trompeta: «Salid de en medio de ellos, y apartaos».
28 de junio
«Puestos los ojos en Jesús». (Hebreos 12:2)
Siempre es obra del Espíritu Santo apartar nuestros ojos del yo para ponerlos en Jesús; pero la obra de Satanás es justamente la contraria, porque constantemente procura que nos fijemos en nosotros mismos en lugar de en Cristo. Él insinúa: «Tus pecados son demasiado grandes para ser perdonados; no tienes fe; no te arrepientes lo suficiente; nunca podrás perseverar hasta el fin; no tienes el gozo de sus hijos; te aferras a Jesús de una manera tan vacilante». Todos estos son pensamientos acerca del yo, y nunca hallaremos consuelo ni seguridad mirando hacia dentro. Pero el Espíritu Santo aparta enteramente nuestros ojos del yo: nos dice que no somos nada, sino que «Cristo es el todo, y en todos». Recuerda, pues, que no es tu asimiento de Cristo lo que te salva: es Cristo; no es tu gozo en Cristo lo que te salva: es Cristo; ni siquiera es la fe en Cristo, aunque ella sea el instrumento: es la sangre y los méritos de Cristo; por tanto, no mires tanto a tu mano con la que te aferras a Cristo, como a Cristo mismo; no mires a tu esperanza, sino a Jesús, la fuente de tu esperanza; no mires a tu fe, sino a Jesús, el autor y consumador de la fe. Nunca hallaremos la felicidad mirando nuestras oraciones, nuestras obras o nuestros sentimientos; es lo que Jesús es, no lo que nosotros somos, lo que da descanso al alma. Si queremos a la vez vencer a Satanás y tener paz con Dios, ha de ser «puestos los ojos en Jesús». Mantén tu mirada sencillamente en él; que su muerte, sus sufrimientos, sus méritos, sus glorias, su intercesión estén frescos en tu mente; cuando despiertes por la mañana, mírale a él; cuando te acuestes por la noche, mírale a él. ¡Oh, no dejes que tus esperanzas o tus temores se interpongan entre ti y Jesús; síguele de cerca, y él nunca te fallará!
«Mi esperanza no descansa en nada menos
que en la sangre y la justicia de Jesús:
no me atrevo a fiarme del más dulce sentir,
sino que me apoyo por entero en el nombre de Jesús».
29 de junio
«Traerá Dios con él a los que duermen en Jesús». (1 Tesalonicenses 4:14)
No imaginemos que el alma duerme en la insensibilidad. «Hoy estarás conmigo en el paraíso» es el susurro de Cristo a todo santo moribundo. Ellos «duermen en Jesús», pero sus almas están delante del trono de Dios, alabándole día y noche en su templo, cantando aleluyas a aquel que los lavó de sus pecados con su sangre. El cuerpo duerme en su solitario lecho de tierra, bajo la colcha de la hierba. Pero ¿qué es este sueño? La idea unida al sueño es «descanso», y ese es el pensamiento que el Espíritu de Dios quiere transmitirnos. El sueño hace de cada noche un día de reposo para la jornada. El sueño cierra bien la puerta del alma y ordena a todos los intrusos que esperen un rato, para que la vida interior pueda entrar en su jardín estival de sosiego. El creyente agotado por el trabajo duerme tranquilamente, como duerme el niño cansado cuando se queda dormido en el pecho de su madre. ¡Oh, dichosos los que mueren en el Señor; descansan de sus trabajos, y sus obras con ellos siguen! Su quieto reposo nunca será interrumpido hasta que Dios los despierte para darles su plena recompensa. Custodiados por ángeles vigilantes, envueltos en las cortinas de misterios eternos, siguen durmiendo, herederos de la gloria, hasta que el cumplimiento de los tiempos traiga la plenitud de la redención. ¡Qué despertar será el suyo! Fueron puestos en su último lugar de descanso cansados y gastados, pero no se levantarán así. Fueron a su descanso con la frente surcada de arrugas y los rasgos consumidos, pero despiertan en hermosura y en gloria. La semilla arrugada, tan desprovista de forma y de hermosura, se levanta del polvo como una flor hermosa. El invierno de la tumba da paso a la primavera de la redención y al verano de la gloria. Bendita es la muerte, puesto que, por el poder divino, nos despoja de esta ropa de trabajo para vestirnos con el vestido de bodas de la incorrupción. Bienaventurados los que «duermen en Jesús».
30 de junio
«Y la gloria que me diste, yo les he dado». (Juan 17:22)
Contempla la suprema liberalidad del Señor Jesús, porque nos ha dado su todo. Aunque un diezmo de sus posesiones habría enriquecido a un universo de ángeles más allá de todo pensamiento, no quedó satisfecho hasta habernos dado todo lo que tenía. Habría sido una gracia sorprendente si nos hubiera permitido comer las migajas de su generosidad debajo de la mesa de su misericordia; pero él no hace nada a medias: nos hace sentar con él y compartir el banquete. Si nos hubiera dado alguna pequeña pensión de sus arcas reales, habríamos tenido motivo para amarle eternamente; pero no: él quiere que su esposa sea tan rica como él mismo, y no quiere tener gloria ni gracia en la que ella no participe. No se ha contentado con menos que hacernos coherederos con él, para que tuviéramos iguales posesiones. Ha vaciado todo su patrimonio en las arcas de la Iglesia, y tiene todas las cosas en común con sus redimidos. No hay en su casa una sola habitación cuya llave vaya a negar a su pueblo. Les da plena libertad para tomar como suyo todo lo que él tiene; le encanta que dispongan libremente de su tesoro y se apropien de cuanto puedan llevar. La plenitud ilimitada de su toda suficiencia es tan libre para el creyente como el aire que respira. Cristo ha puesto en los labios del creyente la jarra de su amor y de su gracia, y le ha mandado beber para siempre; porque, si pudiera apurarla, bienvenido sería a hacerlo; y como no puede agotarla, se le invita a beber abundantemente, porque toda es suya. ¿Qué prueba más verdadera de comunión pueden ofrecer el cielo o la tierra?
«Cuando esté delante del trono,
vestido de una hermosura que no es mía;
cuando te vea tal como eres
y te ame con un corazón sin pecado,
entonces, Señor, sabré plenamente
—no antes— cuánto te debo».
Capítulo 6 completado
Junio