Mañana tras mañana
Mayo

Capítulo 5 · 55 min de lectura · 1 h 10 min de escucha

Mayo

1 de mayo

«Sus mejillas, como una era de especias aromáticas, como fragantes flores». (Cantares 5:13)

¡He aquí que ha llegado el mes de las flores! Los vientos de marzo y las lluvias de abril han hecho su obra, y la tierra está toda engalanada de hermosura. Ven, alma mía, vístete tu traje de fiesta y sal a recoger guirnaldas de pensamientos celestiales. Tú sabes adónde dirigirte, porque «la era de especias» te es bien conocida, y tantas veces has olido el perfume de «las fragantes flores», que irás enseguida a tu muy amado y hallarás en él toda hermosura, todo gozo. Aquella mejilla, en otro tiempo tan brutalmente herida con la vara, a menudo bañada en lágrimas de compasión y luego profanada con salivazos, aquella mejilla, cuando sonríe con misericordia, es para mi corazón como fragante aroma. No escondiste tu rostro de las injurias y los esputos, oh Señor Jesús, y por eso hallaré mi más querido deleite en alabarte. Aquellas mejillas fueron surcadas por el arado del dolor, y teñidas de carmesí con hilos rojos de sangre que bajaban de tus sienes coronadas de espinas; tales señales de amor sin límites no pueden sino cautivar mi alma mucho más que «columnas de perfume». Si no puedo ver todo su rostro, quisiera contemplar sus mejillas, porque el más leve vislumbre de él es sumamente refrescante para mi sentido espiritual y produce una variedad de deleites. En Jesús no hallo solo fragancia, sino una era de especias; no una sola flor, sino toda suerte de fragantes flores. Él es para mí mi rosa y mi lirio, mi pensamiento y mi racimo de flores de alheña. Cuando él está conmigo, es mayo todo el año, y mi alma sale a lavar su rostro feliz en el rocío matinal de su gracia, y a solazarse con el canto de los pájaros de sus promesas. Precioso Señor Jesús, permíteme conocer de veras la bienaventuranza que hay en una comunión contigo permanente e ininterrumpida. ¡Soy un pobre ser sin valor, cuya mejilla te has dignado besar! Oh, déjame besarte a mi vez con los besos de mis labios.

2 de mayo

«No ruego que los quites del mundo». (Juan 17:15)

Es un acontecimiento dulce y bienaventurado el que sucederá a todos los creyentes en el tiempo que Dios mismo ha fijado: ir a casa para estar con Jesús. Dentro de unos pocos años más, los soldados del Señor, que ahora pelean «la buena batalla de la fe», habrán terminado con el conflicto y habrán entrado en el gozo de su Señor. Pero aunque Cristo ruega que su pueblo esté finalmente con él donde él está, no pide que sean llevados de inmediato de este mundo al cielo. Él quiere que permanezcan aquí. Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia eleva el peregrino cansado esta oración: «¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría»! Pero Cristo no ora así; nos deja en las manos de su Padre hasta que, como gavillas de trigo bien maduras, cada uno de nosotros sea recogido en el granero de nuestro Señor. Jesús no intercede para que la muerte nos lleve al instante, porque quedar en la carne es necesario para otros, aunque no sea provechoso para nosotros. Pide que seamos guardados del mal, pero nunca pide que seamos admitidos a la herencia en gloria hasta que seamos mayores de edad. Los cristianos a menudo quieren morir cuando tienen alguna aflicción. Pregúntales por qué, y te dirán: «Porque quisiéramos estar con el Señor». Tememos que no sea tanto porque anhelen estar con el Señor como porque desean librarse de sus aflicciones; de otro modo sentirían el mismo deseo de morir en otros momentos, cuando no están bajo la presión de la prueba. Quieren ir a casa, no tanto por la compañía del Salvador como por estar en reposo. Ahora bien, es del todo correcto desear partir si podemos hacerlo con el mismo espíritu que Pablo, porque estar con Cristo es mucho mejor; pero el deseo de escapar de la aflicción es egoísta. Que tu cuidado y tu deseo sean más bien glorificar a Dios con tu vida aquí mientras a él le plazca, aunque sea en medio del trabajo, del conflicto y del sufrimiento, y deja que sea él quien diga cuándo «basta ya».

3 de mayo

«En el mundo tendréis aflicción». (Juan 16:33)

¿Preguntas la razón de esto, creyente? Mira hacia arriba, a tu Padre celestial, y contémplalo puro y santo. ¿Sabes que un día has de ser semejante a él? ¿Serás conformado fácilmente a su imagen? ¿No necesitarás mucho refinamiento en el horno de la aflicción para purificarte? ¿Será cosa fácil librarte de tus corrupciones y hacerte perfecto, como tu Padre que está en los cielos es perfecto? Luego, cristiano, vuelve tus ojos hacia abajo. ¿Sabes qué enemigos tienes bajo tus pies? En otro tiempo fuiste siervo de Satanás, y ningún rey pierde de buena gana a sus súbditos. ¿Piensas que Satanás te dejará en paz? No; siempre estará acechándote, porque «como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar». Espera, pues, aflicción, cristiano, cuando mires debajo de ti. Luego mira a tu alrededor. ¿Dónde estás? Estás en país enemigo, como extranjero y advenedizo. El mundo no es tu amigo. Si lo es, entonces tú no eres amigo de Dios, porque el que es amigo del mundo es enemigo de Dios. Ten por seguro que encontrarás enemigos en todas partes. Cuando duermas, piensa que descansas en el campo de batalla; cuando camines, sospecha una emboscada detrás de cada seto. Así como se dice que los mosquitos pican más a los forasteros que a los nativos, así las pruebas de la tierra serán más agudas para vosotros. Por último, mira dentro de ti, en tu propio corazón, y observa lo que hay allí. El pecado y el yo siguen dentro. ¡Ah!, si no tuvieras ningún diablo que te tentara, ningún enemigo que te combatiera y ningún mundo que te enredara, aun así hallarías en ti mismo maldad suficiente para causarte grave aflicción, porque «engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso». Espera, pues, aflicción, pero no te desanimes por ella, porque Dios está contigo para ayudarte y fortalecerte. Él ha dicho: «Estaré contigo en la angustia; te libraré y te glorificaré».

4 de mayo

«¿Ha de hacer el hombre dioses para sí? Mas ellos no son dioses». (Jeremías 16:20)

Uno de los grandes pecados que asediaban al antiguo Israel era la idolatría, y el Israel espiritual se ve atribulado por una inclinación a la misma locura. La estrella de Renfán ya no brilla, y las mujeres ya no lloran por Tamuz, pero Mamón todavía introduce su becerro de oro, y los santuarios del orgullo no han sido abandonados. El yo, en diversas formas, lucha por someter a los escogidos bajo su dominio, y la carne levanta sus altares dondequiera que halla espacio para ellos. Los hijos predilectos son a menudo causa de mucho pecado en los creyentes; el Señor se entristece cuando nos ve idolatrarlos sin medida; o vivirán para ser una maldición tan grande para nosotros como Absalón lo fue para David, o nos serán quitados y dejarán desolados nuestros hogares. Si los cristianos quieren cultivar espinas con que rellenar sus almohadas de insomnio, que idolatren a sus seres queridos.

Con razón se dice que «no son dioses», porque los objetos de nuestro necio amor son bendiciones muy dudosas, el consuelo que ahora nos dan es peligroso, y la ayuda que pueden prestarnos en la hora de la angustia es poca en verdad. ¿Por qué, entonces, estamos tan hechizados por vanidades? Compadecemos a los pobres paganos que adoran a un dios de piedra, y sin embargo adoramos a un dios de oro. ¿Dónde está la gran superioridad entre un dios de carne y uno de madera? El principio, el pecado, la locura son los mismos en ambos casos, salvo que en el nuestro el delito es más grave, porque tenemos más luz y pecamos en su presencia. El pagano se inclina ante una deidad falsa, pero nunca ha conocido al Dios verdadero; nosotros cometemos dos males, ya que dejamos al Dios vivo y nos volvemos a los ídolos. ¡Que el Señor nos purifique a todos de esta grave iniquidad!

«El ídolo más querido que he conocido,

sea cual sea ese ídolo,

ayúdame a arrancarlo de tu trono

y a adorarte solo a ti».

5 de mayo

«Seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». (2 Corintios 6:16)

¡Qué dulce título: «Mi pueblo»! ¡Qué revelación tan alentadora: «Su Dios»! ¡Cuánto significado encierran esas dos palabras: «Mi pueblo»! Aquí hay algo especial. El mundo entero es de Dios; los cielos, y los cielos de los cielos, son del Señor, y él reina entre los hijos de los hombres; pero de aquellos a quienes ha escogido, a quienes ha adquirido para sí, dice lo que no dice de otros: «Mi pueblo». En esta palabra está la idea de propiedad. De una manera especial, «la porción del Señor es su pueblo; Jacob, la suerte de su heredad». Todas las naciones de la tierra son suyas; el mundo entero está en su poder; pero su pueblo, sus escogidos, son más especialmente posesión suya; porque ha hecho más por ellos que por otros; los ha comprado con su sangre; los ha acercado a sí; ha puesto en ellos su gran corazón; los ha amado con amor eterno, un amor que las muchas aguas no pueden apagar, y que las revoluciones del tiempo jamás bastarán para disminuir en lo más mínimo. Queridos amigos, ¿podéis veros, por la fe, en ese número? ¿Podéis mirar al cielo y decir: «Señor mío y Dios mío: mío por esa dulce relación que me da derecho a llamarte Padre; mío por esa santa comunión que me deleito en tener contigo cuando te place manifestarte a mí como no te manifiestas al mundo»? ¿Puedes leer el Libro de la Inspiración y hallar allí la escritura de tu salvación? ¿Puedes leer tu título escrito con sangre preciosa? ¿Puedes, por una fe humilde, asirte de los vestidos de Jesús y decir: «Mi Cristo»? Si puedes, entonces Dios dice de ti, y de otros como tú: «Mi pueblo»; porque si Dios es vuestro Dios, y Cristo vuestro Cristo, el Señor tiene para con vosotros un favor especial y singular; sois objeto de su elección, aceptos en su Hijo amado.

6 de mayo

«Permanecemos en él». (1 Juan 4:13)

¿Quieres una casa para tu alma? ¿Preguntas: «¿Cuál es el precio?»? Es algo menos de lo que la orgullosa naturaleza humana querrá dar. Es sin dinero y sin precio. ¡Ah, a ti te gustaría pagar un alquiler respetable! ¿Te encantaría hacer algo para ganar a Cristo? Entonces no puedes tener la casa, porque es «sin precio». ¿Tomarás la casa de mi Señor en arriendo por toda la eternidad, sin nada que pagar por ella, nada sino la renta del suelo, que es amarlo y servirlo para siempre? ¿Tomarás a Jesús y «permanecerás en él»? Mira, esta casa está amueblada con todo lo que necesitas; está llena de más riquezas de las que gastarás mientras vivas. Aquí puedes tener comunión íntima con Cristo y alimentarte de su amor; aquí hay mesas bien provistas de alimento para que vivas de él para siempre; en ella, cuando estés cansado, puedes hallar descanso con Jesús; y desde ella puedes asomarte y ver el cielo mismo. ¿Quieres la casa? ¡Ah!, si no tienes hogar, dirás: «Me gustaría tener la casa; pero ¿puedo tenerla?». Sí; ahí está la llave: la llave es: «Ven a Jesús». «Pero», dices, «estoy demasiado andrajoso para semejante casa». No importa; dentro hay vestidos. Si te sientes culpable y condenado, ven; y aunque la casa es demasiado buena para ti, Cristo te hará con el tiempo lo bastante bueno para la casa. Él te lavará y te limpiará, y todavía podrás cantar: «Permanecemos en él». Creyente: ¡tres veces dichoso eres por tener semejante morada! Grandemente privilegiado eres, porque tienes una «roca de refugio» en la que siempre estás seguro. Y «permaneciendo en él», no solo tienes una casa perfecta y segura, sino una casa eterna. Cuando este mundo se haya desvanecido como un sueño, nuestra casa vivirá, y permanecerá más imperecedera que el mármol, más sólida que el granito, existente por sí misma como Dios, porque es Dios mismo: «Permanecemos en él».

7 de mayo

«Le siguió mucha gente, y sanaba a todos». (Mateo 12:15)

¡Qué masa de horrible enfermedad debió de presentarse ante los ojos de Jesús! Sin embargo, no leemos que sintiera repugnancia, sino que atendió con paciencia cada caso. ¡Qué singular variedad de males debió de reunirse a sus pies! ¡Qué úlceras repugnantes y qué llagas putrefactas! Y, sin embargo, estaba preparado para cada nueva forma del monstruoso mal, y salió vencedor de él en todas sus formas. Viniera la flecha de donde viniera, él apagaba su poder ardiente. El ardor de la fiebre o el frío de la hidropesía; el letargo de la parálisis o la furia de la locura; la inmundicia de la lepra o las tinieblas de la ceguera: todos conocieron el poder de su palabra y huyeron a su mandato. En cada rincón del campo triunfó sobre el mal y recibió el homenaje de los cautivos liberados. Vino, vio y venció en todas partes. Así sucede también esta mañana. Sea cual sea mi propio caso, el amado Médico puede sanarme; y sea cual sea el estado de otros a quienes pueda recordar en este momento en oración, puedo tener esperanza en Jesús de que él podrá sanarlos de sus pecados. Mi hijo, mi amigo, mi ser más querido: puedo tener esperanza para cada uno, para todos, cuando recuerdo el poder sanador de mi Señor; y en cuanto a mí, por severa que sea mi lucha con los pecados y las flaquezas, todavía puedo tener buen ánimo. El que en la tierra recorría los hospitales sigue repartiendo su gracia y obrando maravillas entre los hijos de los hombres: vaya yo a él enseguida y con todo empeño.

Alabémoslo esta mañana, al recordar cómo obró sus curas espirituales, que le dan el mayor renombre. Fue tomando sobre sí nuestras enfermedades. «Por su llaga fuimos nosotros curados». La Iglesia en la tierra está llena de almas sanadas por nuestro amado Médico; y los habitantes del cielo mismo confiesan que «sanaba a todos». Ven, pues, alma mía, publica la virtud de su gracia, y que esto sea «al Señor por nombre, por señal eterna que nunca será raída».

8 de mayo

«Y el que había sido sanado no sabía quién era». (Juan 5:13)

Los años son cortos para los felices y los sanos; pero treinta y ocho años de enfermedad debieron de arrastrarse con una longitud muy fatigosa a lo largo de la vida del pobre paralítico. Por eso, cuando Jesús lo sanó con una palabra, mientras yacía junto al estanque de Betesda, él fue deliciosamente consciente de un cambio. Así también el pecador que durante semanas y meses ha estado paralizado por la desesperación, y ha suspirado cansado por la salvación, es muy consciente del cambio cuando el Señor Jesús pronuncia la palabra de poder y le da gozo y paz en el creer. El mal quitado es demasiado grande para ser quitado sin que lo notemos; la vida impartida es demasiado notable para poseerla y que quede inactiva; y el cambio obrado es demasiado maravilloso para no ser percibido. Sin embargo, el pobre hombre ignoraba quién era el autor de su curación; no conocía la santidad de su persona, los oficios que desempeñaba, ni la misión que lo había traído entre los hombres. Mucha ignorancia acerca de Jesús puede permanecer en corazones que, no obstante, sienten el poder de su sangre. No debemos condenar precipitadamente a los hombres por falta de conocimiento; pero donde podemos ver la fe que salva el alma, debemos creer que la salvación ha sido otorgada. El Espíritu Santo hace a los hombres penitentes mucho antes de hacerlos teólogos; y el que cree lo que sabe, pronto sabrá con más claridad lo que cree. La ignorancia, sin embargo, es un mal; porque este pobre hombre fue muy acosado por los fariseos, y fue del todo incapaz de hacerles frente. Es bueno poder responder a los que contradicen; pero no podemos hacerlo si no conocemos al Señor Jesús con claridad y con entendimiento. La curación de su ignorancia, sin embargo, siguió pronto a la curación de su enfermedad, porque el Señor lo visitó en el templo; y después de aquella manifestación de gracia, se le halló testificando que «Jesús era el que le había sanado». Señor, si me has salvado, muéstrate a mí, para que te anuncie a los hijos de los hombres.

9 de mayo

«Que nos bendijo con toda bendición espiritual». (Efesios 1:3)

Todo el bien del pasado, del presente y del futuro, Cristo lo concede a su pueblo. En las misteriosas edades del pasado, el Señor Jesús fue el primer elegido de su Padre, y en su elección nos dio parte, porque fuimos escogidos en él antes de la fundación del mundo. Él tuvo desde toda la eternidad las prerrogativas de la filiación, como Hijo unigénito y muy amado de su Padre, y en las riquezas de su gracia nos ha elevado también a nosotros, por la adopción y la regeneración, a la condición de hijos, de modo que nos ha dado «potestad de ser hechos hijos de Dios». El pacto eterno, fundado en la fianza y confirmado con juramento, es nuestro, para nuestro poderoso consuelo y seguridad. En las disposiciones eternas de la sabiduría predestinadora y del decreto omnipotente, los ojos del Señor Jesús estuvieron siempre puestos en nosotros; y podemos descansar seguros de que en todo el rollo del destino no hay una sola línea que vaya en contra de los intereses de sus redimidos. Los grandes desposorios del Príncipe de gloria son nuestros, porque es con nosotros con quienes se ha comprometido, como las sagradas bodas declararán dentro de poco ante un universo reunido. La maravillosa encarnación del Dios del cielo, con toda la asombrosa condescendencia y humillación que la acompañaron, es nuestra. El sudor de sangre, los azotes, la cruz, son nuestros para siempre. Todas las consecuencias dichosas que fluyen de su perfecta obediencia, de su expiación consumada, de su resurrección, de su ascensión o de su intercesión, son todas nuestras por su propio don. Ahora lleva nuestros nombres sobre su pectoral; y en su autorizada intercesión ante el trono se acuerda de nuestras personas y defiende nuestra causa. Su dominio sobre principados y potestades, y su majestad absoluta en el cielo, los emplea en beneficio de los que confían en él. Su alta condición está tan a nuestro servicio como lo estuvo su estado de humillación. El que se dio a sí mismo por nosotros en las profundidades del dolor y de la muerte no retira su donación ahora que está entronizado en lo más alto de los cielos.

10 de mayo

«Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos». (1 Corintios 15:20)

Todo el sistema del cristianismo descansa sobre el hecho de que «Cristo ha resucitado de los muertos»; porque «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados». La divinidad de Cristo halla su prueba más segura en su resurrección, puesto que fue «declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos». No sería irrazonable dudar de su deidad si no hubiera resucitado. Además, la soberanía de Cristo depende de su resurrección, «porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven». Asimismo, nuestra justificación, esa bendición escogida del pacto, está unida a la victoria triunfal de Cristo sobre la muerte y el sepulcro; porque «fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación». Más aún, nuestra misma regeneración está relacionada con su resurrección, pues hemos «renacido para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos». Y con toda certeza nuestra resurrección final descansa aquí, porque «si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros». Si Cristo no ha resucitado, tampoco resucitaremos nosotros; pero si él ha resucitado, entonces los que duermen en Cristo no han perecido, sino que en su carne verán ciertamente a su Dios. Así, el hilo de plata de la resurrección recorre todas las bendiciones del creyente, desde su regeneración hasta su gloria eterna, y las ata unas con otras. ¡Cuán importante será, pues, este hecho glorioso a sus ojos, y cómo se regocijará de que esté establecido fuera de toda duda que «ahora Cristo ha resucitado de los muertos»!

«La promesa se ha cumplido,

la obra de la redención está hecha,

la justicia se ha reconciliado con la misericordia,

porque Dios ha resucitado a su Hijo».

11 de mayo

«Yo estoy con vosotros todos los días». (Mateo 28:20)

Bueno es que haya Uno que es siempre el mismo y que está siempre con nosotros. Bueno es que haya una roca firme en medio de las olas del mar de la vida. Oh alma mía, no pongas tus afectos en tesoros que se oxidan, que la polilla come y que se corrompen, sino pon tu corazón en aquel que permanece siempre fiel para contigo. No edifiques tu casa sobre las arenas movedizas de un mundo engañoso, sino funda tus esperanzas sobre esta roca, que, en medio de la lluvia que desciende y de los ríos que rugen, permanecerá inconmovible y segura. Alma mía, te lo encargo: guarda tu tesoro en el único cofre seguro; deposita tus joyas donde nunca puedas perderlas. Pon tu todo en Cristo; pon todos tus afectos en su persona, toda tu esperanza en su mérito, toda tu confianza en su sangre eficaz, todo tu gozo en su presencia, y así podrás reírte de la pérdida y desafiar la destrucción. Recuerda que todas las flores del jardín del mundo se marchitan una tras otra, y viene el día en que no quedará nada sino la tierra negra y fría. El negro apagavelas de la muerte pronto ha de apagar tu vela. ¡Oh, qué dulce es tener la luz del sol cuando la vela se ha extinguido! El río oscuro pronto ha de correr entre ti y todo lo que tienes; une, pues, tu corazón a aquel que nunca te dejará; confíate a aquel que irá contigo a través de la negra y embravecida corriente del río de la muerte, que te desembarcará a salvo en la orilla celestial y te hará sentar con él en los lugares celestiales para siempre. Ve, hijo afligido y entristecido, cuenta tus secretos al Amigo más unido que un hermano. Confía todos tus asuntos a aquel que nunca te puede ser quitado, que nunca te dejará y que nunca dejará que tú lo dejes, a saber, «Jesucristo, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días» basta para que mi alma viva de ello, aunque me abandone quien quiera.

12 de mayo

«Y me manifestaré a él». (Juan 14:21)

El Señor Jesús da revelaciones especiales de sí mismo a su pueblo. Aunque la Escritura no lo declarara, hay muchos hijos de Dios que podrían testificar de su verdad por su propia experiencia. Han tenido manifestaciones de su Señor y Salvador Jesucristo de una manera singular, tales como ninguna mera lectura o audición podría proporcionar. En las biografías de santos eminentes hallarás muchos casos registrados en que Jesús se ha complacido, de una manera muy especial, en hablar a sus almas y desplegar las maravillas de su persona; sí, sus almas han quedado tan empapadas de felicidad que se han creído en el cielo, aunque no estaban allí, si bien estaban casi en su mismo umbral; porque cuando Jesús se manifiesta a su pueblo, es el cielo en la tierra; es el paraíso en germen; es la bienaventuranza comenzada. Las manifestaciones especiales de Cristo ejercen una santa influencia sobre el corazón del creyente. Un efecto será la humildad. Si un hombre dice: «He tenido tales y cuales comunicaciones espirituales; soy un gran hombre», nunca ha tenido comunión alguna con Jesús; porque «el Señor atiende al humilde, mas al altivo lo conoce de lejos». No necesita acercarse a ellos para conocerlos, y nunca les hará visitas de amor. Otro efecto será la felicidad; porque en la presencia de Dios hay delicias para siempre. La santidad seguirá con toda seguridad. El hombre que no tiene santidad nunca ha tenido esta manifestación. Algunos hombres profesan mucho; pero no debemos creer a nadie a menos que veamos que sus hechos corresponden a lo que dice. «No os engañéis; Dios no puede ser burlado». Él no concederá sus favores a los impíos: porque así como no desecha al hombre perfecto, tampoco acepta al malhechor. Así habrá tres efectos de la cercanía a Jesús: humildad, felicidad y santidad. ¡Que Dios te los dé, cristiano!

13 de mayo

«Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría». (Salmo 30:5)

¡Cristiano! Si estás en una noche de prueba, piensa en el mañana; anima tu corazón con el pensamiento de la venida de tu Señor. Ten paciencia, porque

«¡He aquí, viene descendiendo con las nubes!».

¡Ten paciencia! El labrador espera hasta segar su cosecha. Ten paciencia, porque sabes quién ha dicho: «He aquí, yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra». Por desdichado que seas ahora, recuerda:

«Unos pocos soles más, a lo sumo,

te dejarán en la hermosa costa de Canaán».

Tu cabeza puede estar coronada ahora de espinosas aflicciones, pero dentro de poco llevará una corona de estrellas; tu mano puede estar llena de cuidados: pronto pulsará las cuerdas del arpa del cielo. Tus vestidos pueden estar manchados de polvo ahora; un día serán blancos. Espera un poco más. ¡Ah, qué despreciables nos parecerán nuestras aflicciones y pruebas cuando miremos atrás! Vistas desde aquí, en perspectiva, parecen inmensas; pero cuando lleguemos al cielo, entonces

«con gozo arrebatador contaremos

las fatigas de nuestros pies».

Nuestras pruebas nos parecerán entonces leves y momentáneas aflicciones. Sigamos adelante con valor; por oscura que sea la noche, la mañana viene, cosa que no pueden decir los que están encerrados en las tinieblas del infierno. ¿Sabes lo que es vivir así del futuro, vivir de la esperanza, anticipar el cielo? Dichoso creyente, que tiene una esperanza tan segura y tan consoladora. Puede que ahora todo sea oscuridad, pero pronto será luz; puede que ahora todo sea prueba, pero pronto todo será felicidad. ¿Qué importa que «por la noche durará el lloro», si «a la mañana vendrá la alegría»?

14 de mayo

«Coherederos con Cristo». (Romanos 8:17)

Los reinos sin límites del universo de su Padre son de Cristo por derecho inmemorial. Como «heredero de todo», es el único propietario de la vasta creación de Dios, y nos ha admitido a reclamarla toda como nuestra, en virtud de aquella escritura de coherederos que el Señor ha ratificado con su pueblo escogido. Las calles de oro del paraíso, las puertas de perla, el río de la vida, la dicha trascendente y la gloria inefable nos han sido traspasadas por nuestro bendito Señor como posesión eterna. Todo lo que él tiene lo comparte con su pueblo. La corona real la ha puesto sobre la cabeza de su Iglesia, constituyéndola en reino y llamando a sus hijos real sacerdocio, linaje de sacerdotes y reyes. Él se descoronó a sí mismo para que nosotros tuviéramos una coronación de gloria; no quiso sentarse en su propio trono hasta haber procurado en él un lugar para todos los que vencen por su sangre. Corona la cabeza, y todo el cuerpo comparte el honor. ¡Mira aquí la recompensa de todo vencedor cristiano! El trono de Cristo, su corona, su cetro, su palacio, su tesoro, sus vestiduras, su herencia, son tuyos. Muy por encima de los celos, del egoísmo y de la codicia, que no admiten que nadie participe de sus ventajas, Cristo considera completa su felicidad cuando su pueblo la comparte. «La gloria que me diste, yo les he dado». «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido». Las sonrisas de su Padre le son tanto más dulces porque su pueblo las comparte. Los honores de su reino le son más gratos porque su pueblo aparece con él en gloria. Más valiosas le son sus conquistas, puesto que han enseñado a su pueblo a vencer. Se deleita en su trono porque en él hay un lugar para ellos. Se regocija en sus vestiduras reales, puesto que sobre ellos extiende sus faldas. Se deleita más en su gozo porque los llama a entrar en él.

15 de mayo

«Todo aquel que cree es justificado». (Hechos 13:39)

El creyente en Cristo recibe una justificación presente. La fe no produce este fruto más adelante, sino ahora. En cuanto la justificación es resultado de la fe, se da al alma en el momento en que se abraza a Cristo y lo acepta como su todo en todo. ¿Están ahora justificados los que están delante del trono de Dios? También lo estamos nosotros, tan verdadera y tan claramente justificados como los que andan con vestiduras blancas y cantan melodiosas alabanzas al son de arpas celestiales. El ladrón en la cruz fue justificado en el momento en que volvió los ojos de la fe hacia Jesús; y Pablo, el anciano, después de años de servicio, no estaba más justificado que el ladrón, que no tuvo servicio alguno. Hoy somos aceptos en el Amado, hoy absueltos del pecado, hoy declarados inocentes ante el tribunal de Dios. ¡Oh pensamiento que arrebata el alma! Hay algunos racimos de la vid de Escol que no podremos recoger hasta que entremos en el cielo; pero esta es una rama que se extiende sobre el muro. Esto no es como el trigo de la tierra, que nunca podremos comer hasta cruzar el Jordán; sino que es parte del maná en el desierto, una porción de nuestro sustento diario con que Dios nos provee en nuestro ir y venir. Ahora, aun ahora, estamos perdonados; aun ahora nuestros pecados han sido quitados; aun ahora estamos aceptos a la vista de Dios, como si nunca hubiéramos sido culpables. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». No hay un solo pecado en el libro de Dios, aun ahora, contra uno solo de su pueblo. ¿Quién se atreve a acusarlos de algo? No queda ni mancha, ni tacha, ni arruga, ni cosa semejante sobre ningún creyente en lo que toca a la justificación a la vista del Juez de toda la tierra. Que el privilegio presente nos despierte al deber presente, y ahora, mientras dura la vida, gastemos y gastémonos del todo por nuestro dulce Señor Jesús.

16 de mayo

«Que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos». (1 Timoteo 6:17)

Nuestro Señor Jesús está siempre dando, y no retira su mano ni por un solo instante. Mientras haya una vasija de la gracia que no esté llena hasta el borde, el aceite no cesará. Él es un sol que siempre brilla; es el maná que siempre cae alrededor del campamento; es una roca en el desierto que siempre hace brotar corrientes de vida de su costado herido; la lluvia de su gracia está siempre cayendo; el río de su generosidad fluye sin cesar, y el manantial de su amor rebosa constantemente. Así como el Rey nunca puede morir, tampoco su gracia puede faltar jamás. Cada día recogemos su fruto, y cada día sus ramas se inclinan hasta nuestra mano con una nueva provisión de misericordia. Hay siete días de fiesta en sus semanas, y tantos como son los días, tantos son los banquetes en sus años. ¿Quién ha vuelto jamás de su puerta sin bendición? ¿Quién se ha levantado jamás de su mesa sin quedar saciado, o de su seno sin haber sido llevado al paraíso? Sus misericordias son nuevas cada mañana y frescas cada tarde. ¿Quién puede saber el número de sus beneficios, o recorrer la lista de sus dádivas? Cada grano de arena que cae del reloj del tiempo no es más que el rezagado seguidor de una miríada de misericordias. Las alas de nuestras horas están cubiertas de la plata de su bondad y del oro amarillo de su afecto. El río del tiempo trae desde las montañas de la eternidad las arenas de oro de su favor. Las innumerables estrellas no son sino como los abanderados de una hueste aún más innumerable de bendiciones. ¿Quién contará el polvo de los beneficios que concede a Jacob, o el número de la cuarta parte de sus misericordias para con Israel? ¿Cómo ensalzará mi alma a aquel que cada día nos colma de beneficios, y que nos corona de favores y misericordias? ¡Oh, si mi alabanza pudiera ser tan incesante como su generosidad! Oh lengua miserable, ¿cómo puedes callar? Despierta, te lo ruego, no sea que ya no te llame mi gloria, sino mi vergüenza. «Despierta, salterio y arpa; me levantaré de mañana».

17 de mayo

«Debe andar como él anduvo». (1 Juan 2:6)

¿Por qué han de imitar los cristianos a Cristo? Deben hacerlo por su propio bien. Si desean estar en un estado sano del alma, si quieren escapar de la enfermedad del pecado y gozar del vigor de una gracia creciente, que Jesús sea su modelo. Por su propia felicidad, si quieren beber vinos refinados sobre sus heces; si quieren gozar de una comunión santa y feliz con Jesús; si quieren ser levantados por encima de los cuidados y las aflicciones de este mundo, que anden como él anduvo. No hay nada que pueda ayudarte tanto a caminar hacia el cielo a buen paso como llevar la imagen de Jesús en tu corazón para gobernar todos sus movimientos. Es cuando, por el poder del Espíritu Santo, se te concede andar con Jesús en sus mismas pisadas, cuando eres más feliz y cuando más se conoce que sois hijos de Dios. Pedro, siguiéndolo de lejos, no está ni seguro ni tranquilo. Luego, por amor a la religión, esfuérzate por ser como Jesús. ¡Ah, pobre religión, has sido duramente atacada por enemigos crueles, pero no has sido herida ni la mitad de peligrosamente por tus enemigos que por tus amigos! ¿Quién hizo esas heridas en la hermosa mano de la piedad? El que profesaba la fe y usó la daga de la hipocresía. El hombre que con apariencias entra en el redil, no siendo sino un lobo vestido de oveja, destroza el rebaño más que el león de afuera. No hay arma ni la mitad de mortífera que un beso de Judas. Los que profesan la fe con inconsecuencia dañan el evangelio más que el crítico burlón o el incrédulo. Pero, sobre todo, imita su ejemplo por amor a Cristo mismo. Cristiano, ¿amas a tu Salvador? ¿Es precioso para ti su nombre? ¿Es querida para ti su causa? ¿Quisieras ver los reinos del mundo hechos suyos? ¿Es tu deseo que él sea glorificado? ¿Anhelas que las almas sean ganadas para él? Si es así, imita a Jesús; sé una «carta de Cristo, conocida y leída por todos los hombres».

18 de mayo

«Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él». (Colosenses 2:9, 10)

Todos los atributos de Cristo, como Dios y como hombre, están a nuestra disposición. Toda la plenitud de la Deidad, abarque lo que abarque ese término maravilloso, es nuestra para hacernos completos. Él no puede dotarnos de los atributos de la Deidad; pero ha hecho todo lo que se podía hacer, porque ha puesto aun su poder divino y su Deidad al servicio de nuestra salvación. Su omnipotencia, su omnisciencia, su omnipresencia, su inmutabilidad y su infalibilidad se combinan todas para nuestra defensa. ¡Levántate, creyente, y contempla al Señor Jesús unciendo toda su Deidad divina al carro de la salvación! ¡Cuán vasta es su gracia, cuán firme su fidelidad, cuán inquebrantable su inmutabilidad, cuán infinito su poder, cuán ilimitado su conocimiento! Todo esto lo ha hecho el Señor Jesús columnas del templo de la salvación; y todo, sin mengua de su infinitud, nos ha sido asegurado por pacto como herencia perpetua. El amor insondable del corazón del Salvador es nuestro hasta la última gota; cada tendón del brazo de su poder, cada joya de la corona de su majestad, la inmensidad del conocimiento divino y la severidad de la justicia divina, todo es nuestro y será empleado a nuestro favor. Cristo entero, en su adorable carácter de Hijo de Dios, nos ha sido traspasado por él mismo para que lo disfrutemos abundantemente. Su sabiduría es nuestra dirección, su conocimiento nuestra instrucción, su poder nuestra protección, su justicia nuestra garantía, su amor nuestro consuelo, su misericordia nuestro alivio y su inmutabilidad nuestra confianza. No se reserva nada, sino que abre los escondrijos del monte de Dios y nos invita a cavar en sus minas en busca de los tesoros escondidos. «Todo, todo, todo es vuestro», dice él; «quedad saciados de favor y llenos de la bendición del Señor». ¡Oh, qué dulce es contemplar así a Jesús, e invocarlo con la segura confianza de que, al buscar la intervención de su amor o de su poder, no hacemos más que pedir lo que él ya ha prometido fielmente!

19 de mayo

«Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra». (Eclesiastés 10:7)

Los advenedizos usurpan con frecuencia los lugares más altos, mientras los verdaderamente grandes languidecen en la oscuridad. Este es un enigma de la providencia cuya solución alegrará un día el corazón de los rectos; pero es un hecho tan común que ninguno de nosotros debería murmurar si nos tocara en suerte. Cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, aunque él es el Príncipe de los reyes de la tierra, anduvo por el sendero del cansancio y del servicio como Siervo de los siervos: ¿qué tiene de extraño que sus seguidores, que son príncipes de sangre real, sean también menospreciados como personas inferiores y despreciables? El mundo está al revés, y por eso los primeros son postreros, y los postreros, primeros. ¡Mira cómo los serviles hijos de Satanás se enseñorean de la tierra! ¡Qué alto caballo montan! ¡Cómo levantan en alto su cuerno! Amán está en la corte, mientras Mardoqueo se sienta a la puerta; David anda errante por los montes, mientras Saúl reina con pompa; Elías se lamenta en la cueva, mientras Jezabel se jacta en el palacio; y, sin embargo, ¿quién querría ocupar el lugar de los rebeldes orgullosos? Y, por otra parte, ¿quién no envidiaría a los santos despreciados? Cuando la rueda gira, los que están más abajo suben, y los más altos se hunden. Paciencia, pues, creyente: la eternidad enderezará los agravios del tiempo.

No caigamos en el error de dejar que nuestras pasiones y apetitos carnales cabalguen en triunfo, mientras nuestras facultades más nobles andan por el polvo. La gracia debe reinar como un príncipe, y hacer de los miembros del cuerpo instrumentos de justicia. El Espíritu Santo ama el orden, y por eso coloca nuestras potencias y facultades en el rango y el lugar debidos, dando el lugar más alto a aquellas facultades espirituales que nos unen con el gran Rey; no alteremos el orden divino, sino pidamos gracia para someter nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre. No fuimos creados de nuevo para permitir que nuestras pasiones se enseñoreen de nosotros, sino para que, como reyes, reinemos en Cristo Jesús sobre el triple reino del espíritu, el alma y el cuerpo, para gloria de Dios Padre.

20 de mayo

«Maravillosas misericordias». (Salmo 17:7)

Cuando damos el corazón junto con la limosna, damos bien; pero a menudo tenemos que confesarnos culpables de fallar en esto. No así nuestro Maestro y nuestro Señor. Sus favores siempre se hacen con el amor de su corazón. No nos envía la carne fría y los pedazos sobrantes de su mesa abundante, sino que moja nuestro bocado en su propio plato y sazona nuestras provisiones con las especias de sus fragantes afectos. Cuando pone en nuestras palmas las prendas de oro de su gracia, acompaña el don con un apretón de manos tan cálido que la manera de dar es tan preciosa como el regalo mismo. Vendrá a nuestras casas en sus misiones de bondad, y no se comportará como algunos visitantes austeros en la choza del pobre, sino que se sienta a nuestro lado, sin despreciar nuestra pobreza ni reprochar nuestra debilidad. Amados, ¡con qué sonrisas habla! ¡Qué sentencias de oro caen de sus labios llenos de gracia! ¡Qué abrazos de afecto nos prodiga! Si no nos hubiera dado más que unos céntimos, su manera de dar los habría dorado; pero tal como es, sus costosas limosnas van colocadas en una canasta de oro por su trato agradable. Es imposible dudar de la sinceridad de su caridad, porque hay un corazón sangrante estampado en el rostro de todos sus beneficios. Él da abundantemente y sin reproche. Ni una insinuación de que le seamos gravosos; ni una mirada fría para sus pobres pensionistas; sino que se goza en su misericordia y nos estrecha contra su pecho mientras derrama su vida por nosotros. Hay en su nardo una fragancia que nada sino su corazón podría producir; hay en su panal una dulzura que no podría haber en él si la esencia misma del afecto de su alma no se hubiera mezclado con ella. ¡Oh, qué comunión tan singular produce una cordialidad tan única! ¡Que continuamente gustemos y conozcamos su bienaventuranza!

21 de mayo

«Si es que habéis gustado la benignidad del Señor». (1 Pedro 2:3)

«Si»: entonces esto no es algo que se deba dar por sentado respecto de todos los miembros de la raza humana. «Si»: entonces existe la posibilidad, y la probabilidad, de que algunos no hayan gustado la benignidad del Señor. «Si»: entonces esta no es una misericordia general, sino especial; y es necesario indagar si conocemos la gracia de Dios por experiencia interior. No hay favor espiritual que no pueda ser motivo de examen del corazón.

Pero aunque esto deba ser objeto de una indagación seria y acompañada de oración, nadie debería contentarse mientras exista algún «si» acerca de si ha gustado la benignidad del Señor. Una desconfianza de sí mismo, celosa y santa, puede dar lugar a la pregunta aun en el corazón del creyente; pero la persistencia de semejante duda sería en verdad un mal. No debemos descansar sin una lucha desesperada por abrazar al Salvador con los brazos de la fe y decir: «Yo sé a quién he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito». No descanses, oh creyente, hasta que tengas plena seguridad de tu parte en Jesús. Que nada te satisfaga hasta que, por el testimonio infalible del Espíritu Santo, que da testimonio a tu espíritu, tengas la certeza de que eres hijo de Dios. Oh, no juegues con esto; que ningún «quizás», ni «tal vez», ni «si», ni «puede ser» satisfaga tu alma. Edifica sobre verdades eternas, y edifica verdaderamente sobre ellas. Obtén las misericordias firmes de David, y obtenlas con firmeza. Que tu ancla esté echada en lo que está dentro del velo, y procura que tu alma esté unida al ancla por un cable que no se rompa. Avanza más allá de estos lúgubres «si»; no permanezcas más en el desierto de las dudas y los temores; cruza el Jordán de la desconfianza y entra en la Canaán de la paz, donde todavía se demora el cananeo, pero donde la tierra no cesa de fluir leche y miel.

22 de mayo

«Los dirigió por camino derecho». (Salmo 107:7)

Una experiencia cambiante lleva a menudo al creyente ansioso a preguntar: «¿Por qué me sucede esto?». Esperaba luz, y he aquí que vinieron tinieblas; esperaba paz, y he aquí angustia. Dije en mi corazón: Mi monte está firme; no seré jamás conmovido. Señor, escondes tu rostro, y estoy turbado. Apenas ayer podía leer con claridad mi título; hoy mis evidencias se han empañado y mis esperanzas están nubladas. Ayer podía subir a la cumbre del Pisga, contemplar el paisaje entero y regocijarme con confianza en mi herencia futura; hoy mi espíritu no tiene esperanzas, sino muchos temores; no tiene gozos, sino mucha angustia. ¿Es esto parte del plan de Dios conmigo? ¿Puede ser este el camino por el que Dios quiere llevarme al cielo? Sí, así es. El eclipse de tu fe, la oscuridad de tu mente, el desfallecimiento de tu esperanza: todas estas cosas no son sino partes del método de Dios para hacerte maduro para la gran herencia en la que pronto entrarás. Estas pruebas son para probar y fortalecer tu fe; son olas que te arrojan más adentro sobre la roca; son vientos que empujan tu nave con más rapidez hacia el puerto deseado. Conforme a las palabras de David, así podría decirse de ti: «Así los guía al puerto que deseaban». Por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama, por la abundancia y por la pobreza, por el gozo y por la angustia, por la persecución y por la paz, por todas estas cosas se sostiene la vida de vuestras almas, y por cada una de ellas sois ayudados en vuestro camino. Oh, no pienses, creyente, que tus tristezas están fuera del plan de Dios; son partes necesarias de él. «Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino». Aprende, pues, aun a «tener por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas».

«¡Oh, que mi alma temblorosa se aquiete

y espere tu sabia y santa voluntad!

No puedo, Señor, ver tu propósito,

mas todo está bien, pues lo gobiernas tú».

23 de mayo

«El Señor perfeccionará lo que me concierne». (Salmo 138:8)

Es evidentísimo que la confianza que el salmista expresó aquí era una confianza divina. No dijo: «Yo tengo gracia suficiente para perfeccionar lo que me concierne; mi fe es tan firme que no vacilará; mi amor es tan ardiente que nunca se enfriará; mi resolución es tan firme que nada puede moverla»; no, su dependencia estaba solo en el Señor. Si nos entregamos a alguna confianza que no esté fundada en la Roca de los siglos, nuestra confianza es peor que un sueño: caerá sobre nosotros y nos cubrirá con sus ruinas, para nuestra tristeza y confusión. Todo lo que la naturaleza hila, el tiempo lo deshará, para eterna confusión de todos los que se visten con ello. El salmista era sabio: no descansaba en nada menos que en la obra del Señor. Es el Señor quien ha comenzado la buena obra en nosotros; es él quien la ha llevado adelante; y si él no la termina, nunca será completa. Si hubiera una sola puntada en la vestidura celestial de nuestra justicia que hubiéramos de dar nosotros mismos, estaríamos perdidos; pero esta es nuestra confianza: el Señor que comenzó, perfeccionará. Él lo ha hecho todo, tiene que hacerlo todo, y lo hará todo. Nuestra confianza no debe estar en lo que hemos hecho, ni en lo que nos hemos propuesto hacer, sino enteramente en lo que el Señor hará. La incredulidad insinúa: «Nunca podrás mantenerte en pie. Mira la maldad de tu corazón: nunca podrás vencer el pecado; recuerda los placeres pecaminosos y las tentaciones del mundo que te asedian: con toda seguridad serás seducido por ellos y descarriado». ¡Ah, sí!, ciertamente pereceríamos si se nos dejara a nuestras propias fuerzas. Si tuviéramos que gobernar solos nuestras frágiles embarcaciones por un mar tan embravecido, bien podríamos abandonar el viaje desesperados; pero, gracias sean dadas a Dios, él perfeccionará lo que nos concierne y nos llevará al puerto deseado. Nunca podemos estar demasiado confiados cuando confiamos solo en él, ni demasiado preocupados por tener tal confianza.

24 de mayo

«Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración». (Salmo 66:20)

Al mirar atrás y considerar el carácter de nuestras oraciones, si lo hacemos con sinceridad, nos llenaremos de asombro de que Dios las haya contestado alguna vez. Puede que haya quienes piensen que sus oraciones son dignas de ser aceptadas, como pensaba el fariseo; pero el verdadero cristiano, en una retrospección más iluminada, llora sobre sus oraciones, y si pudiera volver sobre sus pasos, desearía orar con más fervor. Recuerda, cristiano, cuán frías han sido tus oraciones. En tu aposento deberías haber luchado como luchó Jacob; pero en lugar de ello, tus peticiones han sido débiles y escasas, muy lejos de aquella fe humilde, creyente y perseverante que clama: «No te dejaré, si no me bendices». Y, sin embargo, cosa maravillosa, Dios ha oído esas frías oraciones tuyas, y no solo las ha oído, sino que las ha contestado. Reflexiona también cuán poco frecuentes han sido tus oraciones, a menos que estuvieras en aflicción, y entonces sí acudías a menudo al propiciatorio; pero cuando ha llegado la liberación, ¿dónde ha quedado tu súplica constante? Y, sin embargo, aunque has dejado de orar como antes lo hacías, Dios no ha dejado de bendecir. Cuando tú has descuidado el propiciatorio, Dios no lo ha abandonado, sino que la luz resplandeciente de la Shekiná ha estado siempre visible entre las alas de los querubines. ¡Oh, es maravilloso que el Señor tome en cuenta esos espasmos intermitentes de insistencia que van y vienen con nuestras necesidades! ¡Qué Dios es este, que oye así las oraciones de quienes vienen a él cuando tienen necesidades apremiantes, pero lo descuidan cuando han recibido una misericordia; que se acercan a él cuando se ven forzados a venir, pero que casi se olvidan de dirigirse a él cuando las misericordias abundan y las tristezas son pocas! Que su bondadosa benignidad al oír tales oraciones toque nuestro corazón, para que de aquí en adelante se nos halle «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu».

25 de mayo

«No me desampares, oh Señor». (Salmo 38:21)

Con frecuencia oramos para que Dios no nos desampare en la hora de la prueba y de la tentación, pero olvidamos demasiado que tenemos necesidad de usar esta oración en todo tiempo. No hay momento de nuestra vida, por santo que sea, en que podamos prescindir de su sostén constante. Ya sea en la luz o en la oscuridad, en la comunión o en la tentación, igualmente necesitamos la oración: «No me desampares, oh Señor». «Sostenme, y seré salvo». Un niño pequeño, mientras aprende a andar, siempre necesita la ayuda de la niñera. La nave abandonada por el piloto se desvía al instante de su rumbo. No podemos prescindir de una ayuda continua de lo alto; sea, pues, esta tu oración hoy: «No me desampares. Padre, no desampares a tu hijo, no sea que caiga por mano del enemigo. Pastor, no desampares a tu cordero, no sea que se extravíe lejos de la seguridad del redil. Gran Labrador, no desampares a tu planta, no sea que se marchite y muera. “No me desampares, oh Señor”, ahora; y no me desampares en ningún momento de mi vida. No me desampares en mis gozos, no sea que absorban mi corazón. No me desampares en mis tristezas, no sea que murmure contra ti. No me desampares en el día de mi arrepentimiento, no sea que pierda la esperanza del perdón y caiga en la desesperación; y no me desampares en el día de mi fe más fuerte, no sea que la fe degenere en presunción. No me desampares, porque sin ti soy débil, pero contigo soy fuerte. No me desampares, porque mi senda es peligrosa y está llena de lazos, y no puedo prescindir de tu dirección. La gallina no desampara a sus polluelos; cúbreme, pues, tú siempre con tus plumas, y permíteme hallar refugio debajo de tus alas. “No te alejes de mí, oh Señor, porque la angustia está cerca, porque no hay quien ayude”. “¡No me dejes ni me desampares, oh Dios de mi salvación!”».

«Oh, en nuestro pecho purificado

haz que repose tu Espíritu eterno;

y haz de nuestra alma secreta

un templo puro y digno de ti».

26 de mayo

«Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará». (Salmo 55:22)

La preocupación, aun cuando se ejerza sobre objetos legítimos, si se lleva al exceso, tiene en sí la naturaleza del pecado. El precepto de evitar la preocupación ansiosa lo inculca con insistencia nuestro Salvador una y otra vez; lo reiteran los apóstoles; y es un precepto que no puede descuidarse sin incurrir en transgresión: porque la esencia misma de la preocupación ansiosa es imaginar que somos más sabios que Dios, y meternos en su lugar para hacer por él lo que él se ha comprometido a hacer por nosotros. Intentamos pensar en aquello que nos figuramos que él olvidará; nos afanamos por echar sobre nosotros mismos nuestra pesada carga, como si él no pudiera o no quisiera llevarla por nosotros. Ahora bien, esta desobediencia a su precepto claro, esta incredulidad en su Palabra, esta presunción de entrometernos en su terreno, es todo ello pecaminoso. Más aún, la preocupación ansiosa conduce a menudo a actos de pecado. El que no puede dejar tranquilamente sus asuntos en la mano de Dios, sino que quiere llevar su propia carga, está muy expuesto a ser tentado a usar medios ilícitos para ayudarse a sí mismo. Este pecado lleva a abandonar a Dios como nuestro consejero y a recurrir en su lugar a la sabiduría humana. Esto es ir a la «cisterna rota» en lugar de a la «fuente»: un pecado que se imputó al antiguo Israel. La ansiedad nos hace dudar de la misericordia de Dios, y así nuestro amor a él se enfría; sentimos desconfianza, y así contristamos al Espíritu de Dios, de modo que nuestras oraciones se ven estorbadas, nuestro ejemplo coherente se malogra, y nuestra vida se vuelve una vida de búsqueda de nosotros mismos. Así, la falta de confianza en Dios nos lleva a alejarnos mucho de él; pero si, mediante una fe sencilla en su promesa, echamos sobre él cada carga a medida que llega, y «por nada estamos afanosos» porque él se compromete a cuidar de nosotros, eso nos mantendrá cerca de él y nos fortalecerá contra mucha tentación. «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado».

27 de mayo

«Y moraba Mefiboset en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey; y era cojo de ambos pies». (2 Samuel 9:13)

Mefiboset no era un gran adorno para una mesa real; sin embargo, tenía un lugar continuo en la mesa de David, porque el rey podía ver en su rostro los rasgos del amado Jonatán. Como Mefiboset, podemos clamar al Rey de gloria: «¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?»; pero aun así el Señor nos concede el más íntimo trato consigo mismo, porque ve en nuestro semblante el recuerdo de su muy amado Jesús. El pueblo del Señor es amado por causa de otro. Tal es el amor que el Padre tiene a su Unigénito, que por amor de él levanta a sus humildes hermanos de la pobreza y del destierro a la compañía de la corte, a un rango noble y a la provisión real. Su deformidad no les robará sus privilegios. La cojera no es impedimento para la filiación; el lisiado es tan heredero como si pudiera correr como Asael. Nuestro derecho no cojea, aunque cojee nuestra fuerza. La mesa de un rey es un noble escondite para las piernas cojas, y en el banquete del evangelio aprendemos a gloriarnos en las debilidades, porque reposa sobre nosotros el poder de Cristo. Sin embargo, una grave incapacidad puede desfigurar a los santos más amados. He aquí a uno a quien David agasajaba, y que, no obstante, era tan cojo de ambos pies que no pudo subir con el rey cuando este huyó de la ciudad, y por eso fue calumniado y perjudicado por su siervo Siba. Los santos cuya fe es débil y cuyo conocimiento es escaso pierden mucho; están expuestos a muchos enemigos, y no pueden seguir al rey por dondequiera que va. Esta enfermedad proviene con frecuencia de caídas. El mal cuidado en su infancia espiritual hace a menudo que los convertidos caigan en un desaliento del que nunca se recobran, y en otros casos el pecado trae huesos quebrantados. ¡Señor, ayuda a los cojos a saltar como el ciervo, y sacia a todo tu pueblo con el pan de tu mesa!

28 de mayo

«A los que justificó, a estos también glorificó». (Romanos 8:30)

He aquí una verdad preciosa para ti, creyente. Puede que seas pobre, o que estés sufriendo, o que seas desconocido; pero, para tu ánimo, repasa tu «llamamiento» y las consecuencias que de él fluyen, y especialmente ese bendito resultado del que aquí se habla. Tan seguro como que hoy eres hijo de Dios, tan seguro es que todas tus pruebas pronto llegarán a su fin, y serás rico con toda la plenitud de la dicha. Espera un poco, y esa cabeza cansada llevará la corona de gloria, y esa mano trabajadora empuñará la palma de la victoria. No lamentes tus aflicciones; regocíjate más bien de que dentro de poco estarás donde «ya no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor». Los carros de fuego están a tu puerta, y un instante bastará para llevarte junto a los glorificados. El cántico eterno está casi en tus labios. Las puertas del cielo están abiertas para ti. No pienses que puedes dejar de entrar en el reposo. Si él te ha llamado, nada puede separarte de su amor. La angustia no puede romper el lazo; el fuego de la persecución no puede quemar el eslabón; el martillo del infierno no puede quebrar la cadena. Estás seguro; aquella voz que te llamó al principio te llamará otra vez, de la tierra al cielo, de la oscura lobreguez de la muerte a los esplendores inefables de la inmortalidad. Ten la seguridad de que el corazón de aquel que te ha justificado late con amor infinito hacia ti. Pronto estarás con los glorificados, donde está tu porción; solo estás esperando aquí a ser hecho apto para la herencia, y, hecho esto, las alas de los ángeles te llevarán lejos, al monte de la paz, del gozo y de la bienaventuranza, donde,

«lejos de un mundo de dolor y de pecado,

encerrado con Dios eternamente»,

descansarás por los siglos de los siglos.

29 de mayo

«Aborreciste la maldad». (Salmo 45:7)

«Airaos, pero no pequéis». Difícilmente puede haber bondad en un hombre si no se aíra contra el pecado; el que ama la verdad tiene que aborrecer todo camino de mentira. ¡Cómo lo aborreció nuestro Señor Jesús cuando vino la tentación! Tres veces lo asaltó en formas diferentes, pero siempre le hizo frente con: «Vete de mí, Satanás». Lo aborrecía en los demás; no con menos fervor porque mostrara su aborrecimiento más a menudo con lágrimas de compasión que con palabras de reprensión; pero ¿qué lenguaje podría ser más severo, más semejante al de Elías, que estas palabras: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones»? Aborreció tanto la maldad que sangró para herirla en el corazón; murió para que ella muriera; fue sepultado para sepultarla en su tumba; y resucitó para pisotearla para siempre bajo sus pies. Cristo está en el evangelio, y ese evangelio se opone a la maldad en todas sus formas. La maldad se viste de ropas hermosas e imita el lenguaje de la santidad; pero los preceptos de Jesús, como su famoso azote de cuerdas, la echan fuera del templo y no la tolerarán en la Iglesia. Así también, en el corazón donde Jesús reina, ¡qué guerra hay entre Cristo y Belial! Y cuando nuestro Redentor venga a ser nuestro Juez, aquellas palabras atronadoras: «Apartaos, malditos», que en verdad no son sino una prolongación de lo que enseñó toda su vida acerca del pecado, pondrán de manifiesto su aborrecimiento de la iniquidad. Tan ardiente como es su amor a los pecadores, así de ardiente es su odio al pecado; tan perfecta como es su justicia, así de completa será la destrucción de toda forma de maldad. Oh tú, glorioso campeón del bien y destructor del mal, por esta causa te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros.

30 de mayo

«Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas». (Cantares 2:15)

Una espina pequeña puede causar mucho sufrimiento. Una nube pequeña puede ocultar el sol. Las zorras pequeñas echan a perder las viñas; y los pecados pequeños hacen daño al corazón tierno. Estos pecados pequeños socavan el alma y la llenan tanto de lo que es aborrecible para Cristo, que él no quiere tener con nosotros una comunión ni un trato apacibles. Un gran pecado no puede destruir a un cristiano, pero un pecado pequeño puede hacerlo desdichado. Jesús no andará con su pueblo a menos que este expulse todo pecado conocido. Él dice: «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor». Algunos cristianos muy rara vez gozan de la presencia de su Salvador. ¿Cómo es eso? Ciertamente debe de ser una aflicción para un hijo tierno estar separado de su padre. ¿Eres hijo de Dios, y aun así te conformas con seguir adelante sin ver el rostro de tu Padre? ¡Qué! ¡Tú, la esposa de Cristo, y contenta sin su compañía! Ciertamente has caído en un triste estado, porque la casta esposa de Cristo gime como paloma sin su compañero cuando él la ha dejado. Hazte, pues, la pregunta: ¿qué ha alejado a Cristo de ti? Él esconde su rostro detrás del muro de tus pecados. Ese muro puede estar construido de guijarros pequeños tan fácilmente como de grandes piedras. El mar está hecho de gotas; las rocas, de granos; y el mar que te separa de Cristo puede estar lleno de las gotas de tus pecados pequeños; y la roca contra la que casi naufragó tu barca puede haber sido formada por el trabajo diario de los insectos coralinos de tus pecados pequeños. Si quieres vivir con Cristo, y andar con Cristo, y ver a Cristo, y tener comunión con Cristo, guárdate de «las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas, porque nuestras viñas están en cierne». Jesús te invita a ir con él a cazarlas. Él, como Sansón, con toda seguridad cazará las zorras enseguida y con facilidad. Ve con él a la cacería.

31 de mayo

«Pasó asimismo el rey el torrente de Cedrón». (2 Samuel 15:23)

David pasó aquel lúgubre torrente cuando huía con su compañía enlutada de su hijo traidor. El varón conforme al corazón de Dios no estaba exento de aflicción; antes bien, su vida estuvo llena de ella. Era a la vez el Ungido del Señor y el Afligido del Señor. ¿Por qué, entonces, habríamos de esperar escapar nosotros? A las puertas del dolor han aguardado, con ceniza sobre la cabeza, los más nobles de nuestra raza; ¿por qué, entonces, habríamos de quejarnos como si alguna cosa extraña nos aconteciera?

El mismo Rey de reyes no fue favorecido con un camino más alegre ni más regio. Pasó el inmundo foso del Cedrón, por el que corría la inmundicia de Jerusalén. Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero ni un solo hijo sin vara. Es un gran gozo creer que Jesús fue tentado en todo según nuestra semejanza. ¿Cuál es nuestro Cedrón esta mañana? ¿Es un amigo infiel, una triste pérdida, una afrenta calumniosa, un oscuro presentimiento? El Rey ha pasado por todo esto. ¿Es el dolor físico, la pobreza, la persecución o el desprecio? Por cada uno de estos Cedrones ha pasado el Rey delante de nosotros. «En toda angustia de ellos él fue angustiado». Hay que desterrar de una vez para siempre la idea de que nuestras pruebas son algo extraño, porque el que es Cabeza de todos los santos conoce por experiencia el dolor que nosotros creemos tan singular. Todos los ciudadanos de Sion han de ser miembros de pleno derecho de la Honorable Compañía de los Dolientes, de la cual el Príncipe Emanuel es Cabeza y Capitán.

A pesar de la humillación de David, este volvió en triunfo a su ciudad, y el Señor de David se levantó victorioso del sepulcro; cobremos, pues, ánimo, porque también nosotros ganaremos la batalla. Todavía sacaremos con gozo aguas de las fuentes de la salvación, aunque ahora, por una temporada, tengamos que pasar junto a las nocivas corrientes del pecado y del dolor. ¡Ánimo, soldados de la cruz! El Rey mismo triunfó después de pasar el Cedrón, y así triunfaréis vosotros.

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