Capítulo 4 · 53 min de lectura · 1 h 9 min de escucha
Abril
1 de abril
«¡Oh, si él me besara con besos de su boca!». (Cantares 1:2)
Durante varios días hemos estado meditando en la pasión del Salvador, y por algún tiempo más nos detendremos allí. Al comenzar un nuevo mes, busquemos los mismos anhelos de nuestro Señor que ardían en el corazón de la esposa escogida. Mira cómo salta de inmediato hacia él; no hay palabras preliminares; ni siquiera menciona su nombre; está de lleno en su tema desde el principio, porque habla de aquel que era para ella el único «él» del mundo. ¡Qué audaz es su amor! Fue mucha condescendencia la que permitió a la penitente llorosa ungir sus pies con nardo; fue un amor rico el que permitió a la apacible María sentarse a sus pies y aprender de él; pero aquí el amor, un amor fuerte y ferviente, aspira a muestras más altas de estima y a señales más íntimas de comunión. Ester temblaba en presencia de Asuero, pero la esposa, en la gozosa libertad del amor perfecto, no conoce temor. Si hemos recibido el mismo espíritu libre, también nosotros podemos pedir lo mismo. Por besos entendemos que se quieren decir esas diversas manifestaciones de afecto por las cuales el creyente llega a gozar del amor de Jesús. El beso de la reconciliación lo gozamos en nuestra conversión, y fue dulce como la miel que destila del panal. El beso de la aceptación está todavía tibio en nuestra frente, pues sabemos que él ha aceptado nuestras personas y nuestras obras por su rica gracia. El beso de la comunión diaria y presente es el que anhelamos que se repita día tras día, hasta que se transforme en el beso de la recepción, que saca al alma de la tierra, y en el beso de la consumación, que la llena del gozo del cielo. La fe es nuestro andar, pero la comunión sentida es nuestro reposo. La fe es el camino, pero la comunión con Jesús es el pozo del que bebe el peregrino. Oh amante de nuestras almas, no seas un extraño para nosotros; que los labios de tu bendición se encuentren con los labios de nuestra petición; que los labios de tu plenitud toquen los labios de nuestra necesidad, y al instante se dará el beso.
2 de abril
«Y no le respondió ni una palabra». (Mateo 27:14)
Nunca había sido tardo en hablar cuando podía bendecir a los hijos de los hombres, pero no quiso decir una sola palabra en su propio favor. «Nunca ha hablado hombre así como este hombre», y nunca hombre calló como él. ¿Fue este silencio singular la señal de su perfecto sacrificio de sí mismo? ¿Mostraba que no quería pronunciar una palabra para detener la inmolación de su sagrada persona, que había consagrado como ofrenda por nosotros? ¿Se había entregado tan por completo que no quería intervenir en su propio favor, ni en lo más mínimo, sino ser atado y muerto como víctima que no lucha ni se queja? ¿Fue este silencio un tipo de la indefensión del pecado? Nada puede decirse para atenuar o excusar la culpa humana; y por eso aquel que llevó todo su peso permaneció sin habla ante su juez. ¿No es el silencio paciente la mejor respuesta a un mundo contradictor? La resistencia serena responde a algunas preguntas de manera infinitamente más concluyente que la elocuencia más elevada. Los mejores apologistas del cristianismo en los primeros tiempos fueron sus mártires. El yunque rompe una multitud de martillos soportando tranquilamente sus golpes. ¿No nos dio el silencioso Cordero de Dios un gran ejemplo de sabiduría? Donde cada palabra era ocasión de nueva blasfemia, el camino del deber era no dar combustible a la llama del pecado. Lo ambiguo y lo falso, lo indigno y lo mezquino, pronto se derribarán y se refutarán a sí mismos; por eso la verdad puede permitirse callar, y halla en el silencio su sabiduría. Evidentemente nuestro Señor, con su silencio, dio un cumplimiento notable de la profecía. Una larga defensa de sí mismo habría sido contraria a la predicción de Isaías: «Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca». Con su silencio demostró de manera concluyente que era el verdadero Cordero de Dios. Como tal lo saludamos esta mañana. Quédate con nosotros, Jesús, y en el silencio de nuestro corazón haznos oír la voz de tu amor.
3 de abril
«Tomaron, pues, a Jesús, y se lo llevaron». (Juan 19:16)
Había pasado toda la noche en agonía; había pasado las primeras horas de la mañana en la sala de Caifás; lo habían llevado a toda prisa de Caifás a Pilato, de Pilato a Herodes, y de Herodes otra vez a Pilato; le quedaban, por tanto, muy pocas fuerzas, y sin embargo no se le permitió ni refrigerio ni descanso. Estaban ansiosos de su sangre, y por eso lo sacaron a morir, cargado con la cruz. ¡Oh dolorosa procesión! Bien pueden llorar las hijas de Salem. Alma mía, llora tú también.
¿Qué aprendemos aquí al ver a nuestro bendito Señor conducido afuera? ¿No percibimos aquella verdad que estaba representada en sombra por el macho cabrío expiatorio? ¿No traía el sumo sacerdote el macho cabrío y ponía ambas manos sobre su cabeza, confesando los pecados del pueblo, para que así esos pecados fueran puestos sobre el animal y se apartaran del pueblo? Luego un hombre destinado para ello llevaba el macho cabrío al desierto, y este se llevaba los pecados del pueblo, de modo que, si se los buscaba, no se los podía hallar. Ahora vemos a Jesús llevado ante los sacerdotes y los príncipes, que lo declaran culpable; Dios mismo le imputa a él nuestros pecados: «el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros»; «por nosotros lo hizo pecado»; y, como sustituto de nuestra culpa, llevando nuestro pecado sobre sus hombros, representado por la cruz, vemos al gran Macho Cabrío Expiatorio llevado por los oficiales designados de la justicia. Amado, ¿puedes sentirte seguro de que él llevó tu pecado? Al mirar la cruz sobre sus hombros, ¿representa tu pecado? Hay un modo por el cual puedes saber si llevó o no tu pecado. ¿Has puesto tu mano sobre su cabeza, has confesado tu pecado y has confiado en él? Entonces tu pecado no está sobre ti; todo él ha sido transferido por bendita imputación a Cristo, y él lo lleva sobre su hombro como una carga más pesada que la cruz.
No dejes que la escena se desvanezca hasta que te hayas regocijado en tu propia liberación y hayas adorado al amoroso Redentor sobre quien fueron puestas tus iniquidades.
4 de abril
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». (2 Corintios 5:21)
¡Cristiano que lloras! ¿Por qué lloras? ¿Lloras por tus propias corrupciones? Mira a tu Señor perfecto, y recuerda que estás completo en él; eres a los ojos de Dios tan perfecto como si nunca hubieras pecado; más aún, el Señor, justicia nuestra, ha puesto sobre ti un vestido divino, de modo que tienes más que la justicia del hombre: tienes la justicia de Dios. Oh tú, que lloras a causa del pecado innato y de la depravación, recuerda que ninguno de tus pecados puede condenarte. Has aprendido a aborrecer el pecado; pero has aprendido también a saber que el pecado no es tuyo: fue puesto sobre la cabeza de Cristo. Tu posición no está en ti mismo, está en Cristo; tu aceptación no está en ti mismo, sino en tu Señor; eres tan acepto a Dios hoy, con toda tu pecaminosidad, como lo serás cuando estés delante de su trono, libre de toda corrupción. ¡Oh, te ruego que te aferres a este precioso pensamiento: la perfección en Cristo! Porque estás «completo en él». Revestido del vestido de tu Salvador, eres santo como el Santo. «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros». Cristiano, regocíjese tu corazón, porque eres «acepto en el Amado»: ¿qué tienes que temer? Que tu rostro lleve siempre una sonrisa; vive cerca de tu Maestro; vive en los arrabales de la Ciudad Celestial; porque pronto, cuando llegue tu hora, subirás adonde está sentado tu Jesús, y reinarás a su diestra; y todo esto porque el Señor divino, «que no conoció pecado, por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él».
5 de abril
«Le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús». (Lucas 23:26)
Vemos en Simón llevando la cruz una imagen de la obra de la Iglesia a través de todas las generaciones: ella es la portadora de la cruz tras Jesús. Observa, pues, cristiano: Jesús no padece de tal modo que excluya tu padecer. Él lleva una cruz, no para que tú escapes de ella, sino para que la soportes. Cristo te exime del pecado, pero no del dolor. Recuérdalo, y espera padecer.
Pero consolémonos con este pensamiento: que en nuestro caso, como en el de Simón, no es nuestra cruz, sino la cruz de Cristo la que llevamos. Cuando te molesten por tu piedad, cuando tu religión te traiga la prueba de crueles burlas, recuerda entonces que no es tu cruz, es la cruz de Cristo; ¡y qué delicia es llevar la cruz de nuestro Señor Jesús!
Llevas la cruz tras él. Tienes una compañía bendita; tu senda está marcada con las huellas de tu Señor. La marca de su hombro enrojecido de sangre está sobre esa pesada carga. Es su cruz, y él va delante de ti como el pastor va delante de sus ovejas. Toma tu cruz cada día y síguelo.
No olvides tampoco que llevas esta cruz en compañía. Algunos opinan que Simón solo llevó un extremo de la cruz, y no toda ella. Es muy posible; Cristo pudo haber llevado la parte más pesada, junto al travesaño, y Simón el extremo más liviano. Ciertamente así es contigo: tú no llevas sino el extremo liviano de la cruz; Cristo llevó el extremo más pesado.
Y recuerda que, aunque Simón tuvo que llevar la cruz por muy poco tiempo, eso le dio una honra duradera. Así también la cruz que nosotros llevamos es, a lo sumo, solo por un poco de tiempo, y luego recibiremos la corona, la gloria. Ciertamente deberíamos amar la cruz y, en vez de rehuirla, tenerla por muy preciosa, puesto que obra para nosotros «un sobremanera alto y eterno peso de gloria».
6 de abril
«Salgamos, pues, a él, fuera del campamento». (Hebreos 13:13)
Jesús, llevando su cruz, salió a padecer fuera de la puerta. La razón por la que el cristiano deja el campamento del pecado y de la religión del mundo no es que le guste ser singular, sino que Jesús lo hizo así; y el discípulo debe seguir a su Maestro. Cristo «no era del mundo»: su vida y su testimonio fueron una protesta constante contra la conformidad con el mundo. Nunca hubo un afecto tan desbordante por los hombres como el que encuentras en él; pero aun así estaba apartado de los pecadores. De igual modo, el pueblo de Cristo debe «salir a él». Deben tomar su posición «fuera del campamento», como testigos de la verdad. Deben estar preparados para andar por el camino estrecho y angosto. Deben tener corazones audaces, firmes, como de león, que amen a Cristo primero y a su verdad después, y a Cristo y su verdad por encima de todo el mundo. Jesús quiere que su pueblo «salga fuera del campamento» para su propia santificación. No puedes crecer en la gracia en un grado elevado mientras estés conformado al mundo. La vida de separación puede ser una senda de tristeza, pero es el camino real de la seguridad; y aunque la vida separada te cueste muchas punzadas y haga de cada día una batalla, es, después de todo, una vida feliz. Ningún gozo puede superar al del soldado de Cristo: Jesús se le revela con tanta gracia y le da tan dulce refrigerio que el guerrero siente más calma y paz en su lucha diaria que otros en sus horas de descanso. El camino de santidad es el camino de la comunión. Así es como esperaremos ganar la corona, si la gracia divina nos capacita para seguir fielmente a Cristo «fuera del campamento». La corona de gloria seguirá a la cruz de la separación. Un momento de vergüenza será bien recompensado con honra eterna; un breve tiempo de testimonio no parecerá nada cuando estemos «siempre con el Señor».
7 de abril
«Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi gloria en infamia?». (Salmo 4:2)
Un escritor instructivo ha hecho una triste lista de los honores que el pueblo cegado de Israel concedió a su Rey tanto tiempo esperado.
1. Le dieron una procesión de honor, en la que tomaron parte legionarios romanos, sacerdotes judíos, hombres y mujeres, llevando él mismo su cruz. Este es el triunfo que el mundo concede a aquel que viene a derribar a los más terribles enemigos del hombre. Gritos de burla son sus únicas aclamaciones, y crueles escarnios sus únicos himnos de alabanza.
2. Le ofrecieron el vino de honor. En lugar de una copa de oro de vino generoso, le ofrecieron la bebida estupefaciente de los condenados a muerte, que él rehusó porque quería conservar intacto el gusto con el cual gustar la muerte; y después, cuando clamó: «Tengo sed», le dieron vinagre mezclado con hiel, acercado a su boca en una esponja. ¡Oh miserable y detestable inhospitalidad para con el Hijo del Rey!
3. Se le proveyó una guardia de honor, que mostró su estima por él jugándose a los dados sus vestidos, de los que se habían apoderado como botín. Tal fue la guardia personal del adorado del cielo: un piquete de cuatro brutales jugadores.
4. Se le halló un trono de honor sobre el madero sangriento; los hombres rebeldes no quisieron conceder a su legítimo Señor un lugar de reposo más cómodo. La cruz era, de hecho, la plena expresión del sentir del mundo hacia él. «Ahí tienes —parecían decir—, Hijo de Dios: así es como habría que tratar a Dios mismo, si pudiéramos alcanzarlo».
5. El título de honor era nominalmente «Rey de los judíos», pero la nación cegada lo repudió expresamente, y en realidad lo llamó «Rey de ladrones», al preferir a Barrabás y al colocar a Jesús en el lugar de mayor vergüenza, entre dos ladrones. Su gloria fue así en todo vuelta en infamia por los hijos de los hombres, pero todavía alegrará los ojos de los santos y de los ángeles por los siglos de los siglos.
8 de abril
«Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco qué se hará?». (Lucas 23:31)
Entre otras interpretaciones de esta sugestiva pregunta, la siguiente está llena de enseñanza: «Si el sustituto inocente de los pecadores sufre así, ¿qué se hará cuando el pecador mismo, el árbol seco, caiga en manos de un Dios airado?». Cuando Dios vio a Jesús en el lugar del pecador, no lo perdonó; y cuando encuentre a los no regenerados sin Cristo, no los perdonará. Oh pecador, Jesús fue llevado por sus enemigos: así serás tú arrastrado por demonios al lugar que te está destinado. Jesús fue desamparado por Dios; y si él, que solo era pecador por imputación, fue desamparado, ¿cuánto más lo serás tú? «Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani?»: ¡qué grito tan terrible! Pero ¿cuál será tu clamor cuando digas: «¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¿Por qué me has desamparado?», y te llegue la respuesta: «Por cuanto desechasteis todo consejo mío, y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis»? Si Dios no perdonó a su propio Hijo, ¡cuánto menos te perdonará a ti! ¡Qué látigos de alambre ardiente serán los tuyos cuando la conciencia te azote con todos sus terrores! Vosotros, los más ricos, los más alegres, los pecadores más justos en su propia opinión, ¿quién querría estar en vuestro lugar cuando Dios diga: «Levántate, oh espada, contra el hombre que me rechazó; hiérelo, y que sienta el escozor para siempre»? Jesús fue escupido: pecador, ¡qué vergüenza será la tuya! No podemos resumir en una palabra toda la masa de dolores que cayó sobre la cabeza de Jesús, que murió por nosotros; por eso nos es imposible decirte qué torrentes, qué océanos de dolor han de pasar sobre tu espíritu si mueres tal como estás ahora. Puedes morir así; puedes morir ahora. ¡Por las agonías de Cristo, por sus heridas y por su sangre, no atraigáis sobre vosotros la ira que vendrá! Confía en el Hijo de Dios, y no morirás jamás.
9 de abril
«Y lo seguía una gran multitud del pueblo, y de mujeres, las cuales lo lloraban y lamentaban». (Lucas 23:27)
En medio de la turba vociferante que acosaba al Redentor hacia su fin, había algunas almas llenas de gracia cuya amarga angustia buscaba desahogo en llantos y lamentos: música adecuada para acompañar aquella marcha de dolor. Cuando mi alma puede ver con la imaginación al Salvador llevando su cruz al Calvario, se une a las mujeres piadosas y llora con ellas; porque, en verdad, hay verdadera causa de dolor, una causa más honda de lo que pensaban aquellas mujeres que lloraban. Ellas lamentaban la inocencia maltratada, la bondad perseguida, el amor que sangraba, la mansedumbre a punto de morir; pero mi corazón tiene una causa más honda y más amarga para llorar. Mis pecados fueron los azotes que desgarraron aquellos benditos hombros y coronaron de espinas aquellas sienes sangrantes: mis pecados gritaron: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!», y pusieron la cruz sobre sus hombros llenos de gracia. Que fuera llevado a morir es dolor suficiente para toda una eternidad; pero que yo haya sido su asesino es un dolor mayor, infinitamente mayor, del que una pobre fuente de lágrimas puede expresar.
Por qué amaban y lloraban aquellas mujeres no es difícil de adivinar; pero no podían tener mayores razones de amor y de dolor que las que tiene mi corazón. La viuda de Naín vio a su hijo devuelto a la vida; pero yo mismo he sido resucitado a una vida nueva. La suegra de Pedro fue sanada de la fiebre; pero yo, de la plaga mayor del pecado. De la Magdalena fueron echados siete demonios; pero de mí, una legión entera. María y Marta fueron favorecidas con sus visitas; pero él mora conmigo. Su madre llevó su cuerpo; pero él está formado en mí, la esperanza de gloria. Ya que en nada me quedo atrás de las santas mujeres en deuda, no me quede atrás de ellas en gratitud ni en dolor.
«Entre el amor y el dolor dividido mi corazón,
con mis lágrimas lavaré sus pies;
constante, permaneciendo en mi corazón,
lloraré por aquel que murió para salvar».
10 de abril
«El lugar que se llama Calvario». (Lucas 23:33)
La colina del consuelo es la colina del Calvario; la casa de la consolación está construida con la madera de la cruz; el templo de la bendición celestial está fundado sobre la roca hendida, hendida por la lanza que traspasó su costado. Ninguna escena de la historia sagrada alegra tanto el alma como la tragedia del Calvario.
«¿No es extraño que la hora más oscura
que jamás amaneció sobre la tierra pecadora
toque el corazón con poder más tierno,
para consolarlo, que el júbilo de un ángel?
¿Que a la cruz se vuelvan los ojos del que llora
antes que adonde arden las estrellas de Belén?».
La luz brota de la medianoche en pleno mediodía del Gólgota, y toda hierba del campo florece con dulzura bajo la sombra del árbol antes maldito. En ese lugar de sed la gracia ha cavado una fuente que mana siempre aguas puras como el cristal, cada una de cuyas gotas puede aliviar los males de la humanidad. Vosotros, los que habéis tenido vuestras temporadas de conflicto, confesaréis que no fue en el Olivete donde hallasteis consuelo, ni en el monte Sinaí, ni en el Tabor; sino que Getsemaní, Gabata y el Gólgota han sido para vosotros un medio de consuelo. Las hierbas amargas de Getsemaní os han quitado muchas veces las amarguras de la vida; el azote de Gabata ha ahuyentado muchas veces vuestras preocupaciones, y los gemidos del Calvario han puesto en fuga todos los demás gemidos. Así nos da el Calvario un consuelo raro y rico. Nunca habríamos conocido el amor de Cristo en toda su altura y profundidad si él no hubiera muerto; ni podríamos adivinar el hondo afecto del Padre si no hubiera dado a su Hijo para que muriera. Las misericordias comunes que disfrutamos cantan todas del amor, así como la caracola, cuando la acercamos al oído, susurra del mar profundo de donde vino; pero si deseamos oír el océano mismo, no debemos mirar las bendiciones de cada día, sino los sucesos de la crucifixión. El que quiera conocer el amor, que se retire al Calvario y vea morir al Varón de dolores.
11 de abril
«He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron». (Salmo 22:14)
¡Jamás contempló la tierra o el cielo un espectáculo de dolor más triste! En alma y cuerpo, nuestro Señor se sintió débil como agua derramada en tierra. El encajar de la cruz en su hoyo lo había sacudido con gran violencia, había tensado todos los ligamentos, había hecho doler cada nervio y había dislocado más o menos todos sus huesos. Cargado con su propio peso, el augusto sufriente sentía aumentar la tensión a cada momento de aquellas seis largas horas. Su sensación de desfallecimiento y de debilidad general era abrumadora; y a su propia conciencia llegó a no ser más que una masa de miseria y de desmayo. Cuando Daniel vio la gran visión, describe así lo que sintió: «No quedó en mí fuerza, antes mi vigor se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno». ¡Cuánto más desfallecido debió de estar nuestro Profeta mayor cuando vio la terrible visión de la ira de Dios y la sintió en su propia alma! Para nosotros, sensaciones como las que soportó nuestro Señor habrían sido insoportables, y una bondadosa inconsciencia habría venido en nuestro auxilio; pero en su caso, fue herido y sintió la espada; apuró la copa y gustó cada gota.
«¡Oh Rey del Dolor! (título extraño, pero verdadero,
que de todos los reyes solo a ti se debe)
¡Oh Rey de las Heridas! ¿Cómo lloraré por ti,
que en todo dolor te me anticipas?».
Al arrodillarnos ante el trono de nuestro Salvador, ahora ascendido, recordemos bien el camino por el cual lo preparó como trono de gracia para nosotros; bebamos en espíritu de su copa, para ser fortalecidos para nuestra hora de pesadumbre, cuando quiera que llegue. En su cuerpo natural padeció cada miembro, y así ha de ser en el espiritual; pero así como de todas sus penas y dolores su cuerpo salió ileso a la gloria y al poder, así también su cuerpo místico saldrá del horno sin que siquiera el olor del fuego haya pasado por él.
12 de abril
«Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas». (Salmo 22:14)
Nuestro bendito Señor experimentó un terrible desfallecimiento y derretimiento del alma. «El ánimo del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?». La profunda depresión del espíritu es la más dolorosa de todas las pruebas; todo lo demás no es nada a su lado. Bien podía el Salvador sufriente clamar a su Dios: «No te alejes de mí», porque más que en ningún otro tiempo el hombre necesita a su Dios cuando su corazón se derrite dentro de él a causa de la pesadumbre. Creyente, acércate a la cruz esta mañana, y adora humildemente al Rey de gloria, que una vez fue abatido mucho más bajo que cualquiera de nosotros en aflicción de ánimo y angustia interior; y observa su idoneidad para ser un Sumo Sacerdote fiel, que puede compadecerse de nuestras debilidades. Especialmente aquellos de nosotros cuya tristeza brota directamente de que se nos ha retirado el sentir presente del amor de nuestro Padre, entremos en comunión cercana e íntima con Jesús. No cedamos a la desesperación, puesto que por esta habitación oscura pasó el Maestro antes que nosotros. Nuestras almas pueden a veces anhelar y desfallecer, y tener sed hasta la angustia, por contemplar la luz del rostro del Señor: en tales momentos, sostengámonos con el dulce hecho de la compasión de nuestro gran Sumo Sacerdote. Bien pueden olvidarse nuestras gotas de tristeza en el océano de sus penas; pero ¡cuán alto debería elevarse nuestro amor! Entra, oh amor fuerte y profundo de Jesús, como el mar en la pleamar de las mareas vivas; cubre todas mis facultades, ahoga todos mis pecados, lava todas mis preocupaciones, levanta mi alma atada a la tierra y hazla flotar hasta los pies de mi Señor; y que allí yazca yo, pobre concha rota, arrojada a la orilla por su amor, sin virtud ni valor alguno, atreviéndome solo a susurrarle que, si acerca a mí su oído, oirá dentro de mi corazón débiles ecos de las vastas olas de su propio amor, que me han traído adonde es mi delicia yacer: a sus pies para siempre.
13 de abril
«Mi amado es para mí un manojito de mirra». (Cantares 1:13)
Bien puede escogerse la mirra como figura de Jesús a causa de su preciosidad, su perfume, su agrado, sus cualidades curativas, preservadoras y desinfectantes, y su relación con el sacrificio. Pero ¿por qué se le compara con «un manojito de mirra»? En primer lugar, por la abundancia. No es una gota de ella; es un cofre lleno. No es una ramita o una flor de ella, sino un manojo entero. Hay en Cristo lo suficiente para todas mis necesidades; no sea yo lento en servirme de él. Nuestro amado es comparado también con un «manojito» por la variedad: porque en Cristo no solo está la única cosa necesaria, sino que «en él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente»; todo lo necesario está en él. Toma a Jesús en sus distintos caracteres, y verás una variedad maravillosa: Profeta, Sacerdote, Rey, Esposo, Amigo, Pastor. Considéralo en su vida, muerte, resurrección, ascensión y segunda venida; contémplalo en su virtud, mansedumbre, valor, abnegación, amor, fidelidad, verdad y justicia: por todas partes es un manojo de preciosidades. Es un «manojito de mirra» para preservación: no mirra suelta para dejarla caer al suelo o pisotearla, sino mirra atada, mirra para guardarla en un cofre. Debemos valorarlo como nuestro mejor tesoro; debemos apreciar sus palabras y sus ordenanzas; y debemos guardar nuestros pensamientos acerca de él y nuestro conocimiento de él como bajo llave, no sea que el diablo nos robe algo. Además, Jesús es un «manojito de mirra» por ser algo especial; el emblema sugiere la idea de una gracia que distingue y discrimina. Desde antes de la fundación del mundo fue apartado para su pueblo; y da su perfume solo a los que saben entrar en comunión con él, tener trato íntimo con él. ¡Oh pueblo bienaventurado, al que el Señor ha admitido en sus secretos, y para el cual se aparta a sí mismo! ¡Oh escogidos y dichosos los que son así llevados a decir: «Mi amado es para mí un manojito de mirra»!
14 de abril
«Todos los que me ven me escarnecen; estiran los labios, menean la cabeza». (Salmo 22:7)
La burla fue un gran ingrediente del dolor de nuestro Señor. Judas se burló de él en el huerto; los principales sacerdotes y los escribas lo escarnecieron; Herodes lo menospreció; los criados y los soldados se mofaron de él y lo insultaron brutalmente; Pilato y sus guardias ridiculizaron su realeza; y en el madero le arrojaron toda clase de bromas horribles y escarnios espantosos. El ridículo siempre es difícil de soportar, pero cuando estamos en un dolor intenso es tan despiadado, tan cruel, que nos hiere en lo más vivo. Imagina al Salvador crucificado, atormentado por una angustia que sobrepasa con mucho toda conjetura mortal, y luego representa aquella multitud abigarrada, todos meneando la cabeza o estirando los labios con el más amargo desprecio hacia una pobre víctima que sufre. Sin duda debía de haber en el Crucificado algo más de lo que ellos podían ver; de lo contrario, una multitud tan grande y tan mezclada no lo habría honrado unánimemente con semejante desprecio. ¿No era el mal confesando, en el momento mismo de su mayor triunfo aparente, que después de todo no podía hacer más que burlarse de aquella bondad victoriosa que reinaba entonces en la cruz? Oh Jesús, «despreciado y desechado entre los hombres», ¿cómo pudiste morir por hombres que te trataron tan mal? En esto hay un amor asombroso, un amor divino, sí, un amor sin medida. También nosotros te despreciamos en los días en que no éramos regenerados, y aun después de nuestro nuevo nacimiento hemos ensalzado el mundo en nuestro corazón; y sin embargo tú sangras para sanar nuestras heridas, y mueres para darnos vida. ¡Ojalá pudiéramos ponerte en un trono alto y glorioso en el corazón de todos los hombres! Haríamos resonar tus alabanzas por tierra y mar, hasta que los hombres te adoraran tan universalmente como una vez te rechazaron unánimes.
«¡Tus criaturas te agravian, oh soberano Bien!
No eres amado, porque no eres comprendido:
esto es lo que más me aflige: que vanos afanes seduzcan
a hombres ingratos, indiferentes a tu sonrisa».
15 de abril
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». (Salmo 22:1)
Contemplamos aquí al Salvador en lo más hondo de sus dolores. Ningún otro lugar muestra tan bien los padecimientos de Cristo como el Calvario, y ningún otro momento en el Calvario está tan lleno de agonía como aquel en que su clamor desgarra el aire: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». En ese momento la debilidad física se unía a una aguda tortura mental por la vergüenza y la ignominia por las que tuvo que pasar; y para que su dolor llegara a su colmo, sufrió una agonía espiritual que sobrepasa toda expresión, resultante de la retirada de la presencia de su Padre. Esta fue la negra medianoche de su horror; fue entonces cuando descendió al abismo del sufrimiento. Ningún hombre puede penetrar el pleno significado de estas palabras. Algunos de nosotros pensamos a veces que nosotros podríamos clamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Hay temporadas en que el resplandor de la sonrisa de nuestro Padre queda eclipsado por nubes y tinieblas; pero recordemos que Dios nunca nos desampara realmente. En nosotros es solo un desamparo aparente, pero en el caso de Cristo fue un desamparo real. Nos afligimos por un pequeño retiro del amor de nuestro Padre; pero el verdadero apartarse del rostro de Dios de su Hijo, ¿quién calculará cuán honda fue la agonía que le causó?
En nuestro caso, nuestro clamor es dictado a menudo por la incredulidad; en el suyo, fue la expresión de un hecho terrible, porque Dios se había apartado realmente de él por un tiempo. Oh tú, pobre alma angustiada, que una vez viviste a la luz del rostro de Dios, pero ahora estás en tinieblas, recuerda que él no te ha desamparado realmente. Dios entre las nubes es tan nuestro Dios como cuando resplandece con todo el brillo de su gracia; pero puesto que aun el pensamiento de que nos ha desamparado nos causa agonía, ¿cuál debió de ser el dolor del Salvador cuando exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»?
16 de abril
«La sangre preciosa de Cristo». (1 Pedro 1:19)
Al pie de la cruz, vemos manos, pies y costado, todos destilando arroyos carmesí de sangre preciosa. Es «preciosa» por su eficacia redentora y expiatoria. Por ella son expiados los pecados del pueblo de Cristo; por ella son redimidos de debajo de la ley; son reconciliados con Dios, hechos uno con él. La sangre de Cristo es también «preciosa» por su poder purificador; «nos limpia de todo pecado». «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos». Por la sangre de Jesús no queda una sola mancha sobre ningún creyente, ni arruga ni cosa semejante. ¡Oh sangre preciosa, que nos limpia, que quita las manchas de nuestra abundante iniquidad y nos permite estar aceptos en el Amado, a pesar de las muchas maneras en que nos hemos rebelado contra nuestro Dios! La sangre de Cristo es igualmente «preciosa» por su poder preservador. Bajo la sangre rociada estamos a salvo del ángel destructor. Recuerda que es el hecho de que Dios ve la sangre la verdadera razón por la que somos librados. He aquí consuelo para nosotros cuando el ojo de la fe se nubla, porque el ojo de Dios sigue siendo el mismo. La sangre de Cristo es «preciosa» también por su influencia santificadora. La misma sangre que justifica quitando el pecado vivifica después, en su acción posterior, la nueva naturaleza y la lleva adelante a someter el pecado y a cumplir los mandamientos de Dios. No hay motivo de santidad tan grande como el que brota de las venas de Jesús. Y «preciosa», indeciblemente preciosa, es esta sangre, porque tiene un poder vencedor. Escrito está: «Ellos le han vencido por la sangre del Cordero». ¿Cómo podrían haber hecho otra cosa? El que pelea con la preciosa sangre de Jesús pelea con un arma que no puede conocer la derrota. ¡La sangre de Jesús! El pecado muere en su presencia, la muerte deja de ser muerte, las puertas del cielo se abren. ¡La sangre de Jesús! ¡Marcharemos adelante, venciendo y para vencer, mientras podamos confiar en su poder!
17 de abril
«Os habéis acercado a la sangre rociada, que habla mejor que la de Abel». (Hebreos 12:24)
Lector, ¿has venido tú a la sangre rociada? La pregunta no es si has llegado a conocer una doctrina, o a observar unas ceremonias, o a cierta forma de experiencia, sino ¿has venido a la sangre de Jesús? La sangre de Jesús es la vida de toda piedad verdadera. Si de veras has venido a Jesús, sabemos cómo viniste: el Espíritu Santo te llevó allí dulcemente. Viniste a la sangre rociada sin méritos propios. Culpable, perdido e impotente, viniste a tomar esa sangre, y solo esa sangre, como tu esperanza eterna. Viniste a la cruz de Cristo con el corazón tembloroso y dolorido; y ¡oh, qué sonido tan precioso fue para ti oír la voz de la sangre de Jesús! El goteo de su sangre es como la música del cielo para los penitentes hijos de la tierra. Estamos llenos de pecado, pero el Salvador nos manda alzar los ojos hacia él, y mientras contemplamos sus heridas que manan, cada gota de sangre, al caer, clama: «Consumado es; he puesto fin al pecado; he traído la justicia perdurable». ¡Oh dulce lenguaje de la preciosa sangre de Jesús! Si has venido una vez a esa sangre, vendrás a ella constantemente. Tu vida será «puestos los ojos en Jesús». Toda tu conducta se resumirá en esto: «Acercándoos a él». No a quien he venido, sino a quien estoy siempre viniendo. Si alguna vez has venido a la sangre rociada, sentirás tu necesidad de venir a ella cada día. El que no desea lavarse en ella cada día nunca se ha lavado en ella en absoluto. El creyente siente siempre que es su gozo y su privilegio que haya todavía un manantial abierto. Las experiencias pasadas son alimento dudoso para los cristianos; solo un acercarse presente a Cristo puede darnos gozo y consuelo. Esta mañana rociemos de nuevo con sangre el poste de nuestra puerta, y luego comamos del Cordero, seguros de que el ángel destructor tiene que pasar de largo.
18 de abril
«Ella ató el cordón de grana a la ventana». (Josué 2:21)
Rahab dependía, para su preservación, de la promesa de los espías, a quienes miraba como representantes del Dios de Israel. Su fe era sencilla y firme, pero también muy obediente. Atar el cordón de grana a la ventana era en sí un acto muy insignificante, pero ella no se atrevió a correr el riesgo de omitirlo. Ven, alma mía, ¿no hay aquí una lección para ti? ¿Has estado atenta a toda la voluntad de tu Señor, aun cuando algunos de sus mandamientos parezcan no esenciales? ¿Has guardado, a su manera, las dos ordenanzas del bautismo de los creyentes y de la Cena del Señor? Si las descuidas, eso revela mucha desobediencia carente de amor en tu corazón. Sé de aquí en adelante irreprensible en todas las cosas, hasta en atar un hilo, si eso es materia de mandamiento.
Este acto de Rahab presenta una lección más solemne todavía. ¿He confiado implícitamente en la preciosa sangre de Jesús? ¿He atado el cordón de grana a mi ventana como con un nudo gordiano, de modo que mi confianza nunca pueda ser quitada? ¿O puedo mirar hacia el Mar Muerto de mis pecados, o hacia la Jerusalén de mis esperanzas, sin ver la sangre, y sin verlo todo en relación con su bendito poder? El transeúnte puede ver un cordón de un color tan llamativo si cuelga de la ventana: bueno será para mí si mi vida hace que la eficacia de la expiación sea visible a todos los que miran. ¿De qué hay que avergonzarse? Que miren los hombres o los demonios si quieren: la sangre es mi gloria y mi canto. Alma mía, hay Uno que verá ese cordón de grana aun cuando tú, por la debilidad de tu fe, no puedas verlo; Jehová, el Vengador, lo verá y pasará de largo sobre ti. Los muros de Jericó cayeron a plomo: la casa de Rahab estaba sobre el muro, y sin embargo quedó en pie, inconmovible; mi naturaleza está edificada en el muro de la humanidad, y aun así, cuando la destrucción hiera a la raza, yo estaré seguro. Alma mía, ata de nuevo el hilo de grana a la ventana, y descansa en paz.
19 de abril
«Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo». (Mateo 27:51)
No fue pequeño el milagro obrado al rasgarse un velo tan fuerte y tan grueso; pero no se pretendía solamente una exhibición de poder: muchas lecciones se nos enseñaron con ello. La antigua ley de las ordenanzas fue quitada, y como una vestidura gastada, rasgada y puesta a un lado. Cuando Jesús murió, todos los sacrificios quedaron terminados, porque todos se cumplieron en él, y por eso el lugar donde se presentaban quedó marcado con una señal evidente de caducidad. Aquella rasgadura también reveló todas las cosas ocultas de la antigua dispensación: ahora se podía ver el propiciatorio, y la gloria de Dios resplandecía sobre él. Por la muerte de nuestro Señor Jesús tenemos una clara revelación de Dios, pues él «no era como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro». La vida y la inmortalidad han sido ahora sacadas a la luz, y cosas que estuvieron escondidas desde la fundación del mundo se manifiestan en él. La ceremonia anual de la expiación quedó así abolida. La sangre expiatoria, que una vez al año se rociaba detrás del velo, fue ahora ofrecida una vez para siempre por el gran Sumo Sacerdote, y por eso el lugar del rito simbólico fue deshecho. Ya no se necesita sangre de becerros ni de corderos, porque Jesús ha entrado detrás del velo con su propia sangre. De ahí que ahora se permita el acceso a Dios, y que este sea el privilegio de todo creyente en Cristo Jesús. No es un pequeño espacio abierto por el que podamos atisbar el propiciatorio, sino que la rasgadura llega de arriba abajo. Podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia celestial. ¿Erraremos si decimos que la apertura del Lugar Santísimo, de esta manera maravillosa, por el clamor expirante de nuestro Señor fue figura de la apertura de las puertas del paraíso a todos los santos en virtud de la Pasión? Nuestro Señor que sangró tiene la llave del cielo; él abre y ninguno cierra; entremos con él en los lugares celestiales, y sentémonos allí con él hasta que nuestros enemigos comunes sean puestos por estrado de sus pies.
20 de abril
«Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte». (Hebreos 2:14)
Oh hijo de Dios, la muerte ha perdido su aguijón, porque el poder del diablo sobre ella ha sido destruido. Deja, pues, de temer el morir. Pide gracia a Dios el Espíritu Santo para que, por un conocimiento íntimo y una fe firme en la muerte de tu Redentor, seas fortalecido para aquella hora temible. Viviendo cerca de la cruz del Calvario podrás pensar en la muerte con agrado, y darle la bienvenida con intenso deleite cuando llegue. Es dulce morir en el Señor: es una bendición del pacto dormir en Jesús. La muerte ya no es destierro; es un regreso del exilio, un volver a casa, a las muchas moradas donde ya habitan nuestros seres queridos. La distancia entre los espíritus glorificados en el cielo y los santos que militan en la tierra parece grande; pero no lo es. No estamos lejos de casa: un instante nos llevará allí. La vela está desplegada; el alma se ha lanzado al mar. ¿Cuánto durará su travesía? ¿Cuántos vientos fatigosos han de azotar la vela antes de que sea arriada en el puerto de la paz? ¿Cuánto tiempo será zarandeada esa alma sobre las olas antes de llegar a aquel mar que no conoce tormenta? Escucha la respuesta: «Ausentes del cuerpo, y presentes al Señor». Aquella nave acaba de zarpar, pero ya está en su puerto. No hizo más que desplegar la vela, y ya estaba allí. Como aquella barca de antaño en el lago de Galilea, la tormenta la había zarandeado, pero Jesús dijo: «Calla, enmudece», y al instante llegó a tierra. No pienses que media un largo período entre el instante de la muerte y la eternidad de gloria. Cuando los ojos se cierran en la tierra, se abren en el cielo. Los caballos de fuego no tardan ni un instante en el camino. Entonces, oh hijo de Dios, ¿qué tienes que temer en la muerte, viendo que por la muerte de tu Señor su maldición y su aguijón han sido destruidos? Ahora no es más que una escalera de Jacob, cuyo pie está en la oscura tumba, pero cuya cima llega hasta la gloria eterna.
21 de abril
«Yo sé que mi Redentor vive». (Job 19:25)
La médula del consuelo de Job está en esa pequeña palabra «mi»: «mi Redentor», y en el hecho de que el Redentor vive. ¡Oh, asirse de un Cristo vivo! Tenemos que hacerlo nuestro antes de poder disfrutarlo. ¿De qué me sirve el oro que está en la mina? Hay hombres que son mendigos en el Perú y que piden su pan en California. Es el oro que tengo en mi bolsa el que satisfará mis necesidades, comprando el pan que me hace falta. Así, un Redentor que no me redime a mí, un vengador que nunca saldrá en defensa de mi sangre, ¿de qué me valdría? No te des por satisfecho hasta que por la fe puedas decir: «Sí, me arrojo en los brazos de mi Señor vivo; y él es mío». Puede que lo sostengas con mano débil; casi te parece presunción decir: «Él vive como mi Redentor»; pero recuerda que, si tienes fe aunque sea como un grano de mostaza, esa pequeña fe te da derecho a decirlo. Pero hay aquí también otra palabra que expresa la firme confianza de Job: «Yo sé». Decir: «Así lo espero, así lo confío» es reconfortante; y hay miles en el redil de Jesús que casi nunca pasan de ahí. Pero para llegar a la esencia del consuelo tienes que decir: «Yo sé». Los «si», los «pero» y los «quizás» son asesinos seguros de la paz y del consuelo. Las dudas son cosas lúgubres en tiempos de tristeza. ¡Como avispas, pican el alma! Si tengo alguna sospecha de que Cristo no es mío, entonces hay vinagre mezclado con la hiel de la muerte; pero si sé que Jesús vive para mí, entonces la oscuridad no es oscura: aun la noche resplandece en torno a mí. Ciertamente, si Job, en aquellos siglos anteriores a la venida y al advenimiento de Cristo, pudo decir «Yo sé», nosotros no deberíamos hablar con menos certeza. No permita Dios que nuestra certeza sea presunción. Asegurémonos de que nuestras evidencias son correctas, no sea que edifiquemos sobre una esperanza sin fundamento; y luego no nos contentemos con el mero cimiento, porque es desde las habitaciones altas desde donde se goza de la vista más amplia. Un Redentor vivo, verdaderamente mío, es gozo inefable.
22 de abril
«A éste ha Dios ensalzado». (Hechos 5:31)
Jesús, nuestro Señor, una vez crucificado, muerto y sepultado, está sentado ahora en el trono de la gloria. El lugar más alto que el cielo ofrece es suyo por derecho indiscutible. Es dulce recordar que la exaltación de Cristo en el cielo es una exaltación representativa. Él está exaltado a la diestra del Padre, y aunque como Jehová tenía glorias eminentes en las que las criaturas finitas no pueden participar, como Mediador los honores que Jesús lleva en el cielo son la herencia de todos los santos. Es delicioso considerar cuán estrecha es la unión de Cristo con su pueblo. Somos realmente uno con él; somos miembros de su cuerpo; y su exaltación es nuestra exaltación. Él nos dará que nos sentemos en su trono, así como él ha vencido y se ha sentado con su Padre en su trono; él tiene una corona, y nos da coronas también a nosotros; él tiene un trono, pero no se contenta con tener un trono para sí solo: a su diestra ha de estar su reina, vestida de «oro de Ofir». Él no puede ser glorificado sin su esposa. Alza ahora los ojos a Jesús, creyente; que el ojo de tu fe lo contemple con muchas diademas sobre su cabeza; y recuerda que un día serás semejante a él, cuando lo veas tal como él es; no serás tan grande como él, no serás tan divino, pero aun así participarás, en cierta medida, de los mismos honores, y gozarás de la misma felicidad y la misma dignidad que él posee. Conténtate con vivir desconocido por un poco de tiempo, y con andar tu fatigoso camino por los campos de la pobreza, o por las colinas de la aflicción; porque dentro de poco reinarás con Cristo, pues él «nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos por los siglos de los siglos». ¡Oh, qué pensamiento tan maravilloso para los hijos de Dios! Tenemos ahora a Cristo como nuestro glorioso representante en los atrios del cielo, y pronto vendrá y nos tomará consigo, para que estemos allí con él, para contemplar su gloria y para compartir su gozo.
23 de abril
«Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó». (Romanos 8:37)
Vamos a Cristo en busca de perdón, y luego, con demasiada frecuencia, miramos a la ley en busca de poder para combatir nuestros pecados. Pablo nos reprende así: «¡Oh gálatas insensatos!, ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?». Lleva tus pecados a la cruz de Cristo, porque solo allí puede ser crucificado el viejo hombre: somos crucificados juntamente con él. La única arma con que combatir el pecado es la lanza que traspasó el costado de Jesús. Para poner un ejemplo: quieres vencer un genio colérico; ¿cómo te pones a la obra? Es muy posible que nunca hayas probado el camino correcto, que es ir a Jesús con él. ¿Cómo obtuve yo la salvación? Vine a Jesús tal como era, y confié en él para que me salvara. De la misma manera tengo que matar mi genio colérico. Es la única manera en que puedo llegar a matarlo. Tengo que ir con él a la cruz y decir a Jesús: «Señor, confío en ti para que me libres de él». Esta es la única manera de darle el golpe mortal. ¿Eres codicioso? ¿Sientes que el mundo te enreda? Puedes luchar contra este mal todo el tiempo que quieras, pero si es tu pecado que te asedia, nunca serás librado de él de ninguna manera sino por la sangre de Jesús. Llévalo a Cristo. Dile: «Señor, he confiado en ti, y tu nombre es Jesús, porque tú salvas a tu pueblo de sus pecados: Señor, este es uno de mis pecados; ¡sálvame de él!». Las ordenanzas no son nada sin Cristo como medio de mortificación. Tus oraciones, y tus arrepentimientos, y tus lágrimas, todo ello junto, no vale nada separado de él. «Nadie sino Jesús puede hacer bien a los pecadores desvalidos»; ni tampoco a los santos desvalidos. Tienes que ser vencedor por medio de aquel que te ha amado, si has de ser vencedor en absoluto. Nuestros laureles han de crecer entre sus olivos en Getsemaní.
24 de abril
«A causa, pues, de todo esto, nosotros hacemos fiel pacto». (Nehemías 9:38)
Hay muchas ocasiones en nuestra experiencia en que podemos, con toda razón y con provecho, renovar nuestro pacto con Dios. Después de recobrarnos de una enfermedad, cuando, como a Ezequías, se nos ha añadido un nuevo plazo de años a la vida, conviene hacerlo. Después de cualquier liberación de la angustia, cuando nuestros gozos vuelven a brotar, visitemos otra vez el pie de la cruz y renovemos nuestra consagración. Hagámoslo especialmente después de cualquier pecado que haya contristado al Espíritu Santo o haya traído deshonra sobre la causa de Dios; miremos entonces a aquella sangre que puede emblanquecernos más que la nieve, y ofrezcámonos de nuevo al Señor. No solo nuestras aflicciones deben confirmar nuestra dedicación a Dios, sino que también nuestra prosperidad debe hacer lo mismo. Si alguna vez encontramos ocasiones que merecen llamarse «misericordias que coronan», entonces, ciertamente, si él nos ha coronado, nosotros debemos coronar también a nuestro Dios; saquemos de nuevo todas las joyas de la regalía divina que se han guardado en el joyero de nuestro corazón, y que nuestro Dios se siente en el trono de nuestro amor, vestido de ropas reales. Si aprendiéramos a sacar provecho de nuestra prosperidad, no necesitaríamos tanta adversidad. Si recogiéramos de un beso todo el bien que podría reportarnos, no sentiríamos tan a menudo el escozor de la vara. ¿Hemos recibido últimamente alguna bendición que apenas esperábamos? ¿Ha puesto el Señor nuestros pies en lugar espacioso? ¿Podemos cantar misericordias multiplicadas? Entonces este es el día de poner la mano sobre los cuernos del altar y decir: «Átame aquí, Dios mío; átame aquí con cuerdas, para siempre». Puesto que necesitamos que Dios cumpla nuevas promesas, ofrezcamos oraciones renovadas para que nuestros antiguos votos no queden deshonrados. Hagamos con él esta mañana un pacto fiel, a causa de los sufrimientos de Jesús que durante el último mes hemos estado considerando con gratitud.
25 de abril
«Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven». (Cantares 2:10)
¡He aquí, oigo la voz de mi Amado! ¡Me habla a mí! El buen tiempo sonríe sobre la faz de la tierra, y él no quiere que yo esté espiritualmente dormida mientras la naturaleza a mi alrededor despierta de su descanso invernal. Me manda: «Levántate», y con razón; porque bastante tiempo he estado echada entre los tiestos de la mundanalidad. Él ha resucitado, yo he resucitado en él; ¿por qué, pues, he de estar pegada al polvo? Quisiera levantarme hacia él, apartándome de amores, deseos, afanes y aspiraciones más bajos. Me llama con el dulce título de «amiga mía», y me tiene por hermosa; este es un buen argumento para que me levante. Si él me ha exaltado así, y me considera tan hermosa, ¿cómo puedo demorarme en las tiendas de Cedar y hallar compañeros afines entre los hijos de los hombres? Me manda: «Ven». Me llama más y más lejos de todo lo egoísta, rastrero, mundano y pecaminoso; sí, me llama a salir del mundo exteriormente religioso que no lo conoce, y que no tiene simpatía alguna por el misterio de la vida superior. «Ven» no tiene sonido áspero a mi oído, porque ¿qué hay que me retenga en este desierto de vanidad y de pecado? Oh Señor mío, ojalá pudiera ir, pero estoy enredada entre los espinos y no puedo librarme de ellos como quisiera. Quisiera, si fuera posible, no tener ojos, ni oídos, ni corazón para el pecado. Tú me llamas a ti diciendo: «Ven», y es en verdad un llamado melodioso. Venir a ti es volver a casa del destierro, llegar a tierra saliendo de la tormenta furiosa, llegar al reposo tras largo trabajo, llegar a la meta de mis anhelos y a la cumbre de mis deseos. Pero, Señor, ¿cómo puede levantarse una piedra?, ¿cómo puede un terrón de barro salir del pozo de la desesperación? Oh, levántame, atráeme. Tu gracia puede hacerlo. Envía tu Espíritu Santo a encender en mi corazón llamas sagradas de amor, y seguiré levantándome hasta dejar atrás la vida y el tiempo, y de veras irme contigo.
26 de abril
«Haced esto en memoria de mí». (1 Corintios 11:24)
¡Parece, pues, que los cristianos pueden olvidar a Cristo! No habría necesidad de esta amorosa exhortación si no existiera la temible suposición de que nuestra memoria podría resultar traicionera. Y no es una mera suposición: está, ¡ay!, demasiado bien confirmada en nuestra experiencia, no como una posibilidad, sino como un hecho lamentable. Parece casi imposible que quienes han sido redimidos por la sangre del Cordero que murió, y amados con amor eterno por el eterno Hijo de Dios, puedan olvidar a ese Salvador lleno de gracia; pero, aunque sorprenda al oído, es, ¡ay!, demasiado evidente a la vista para que podamos negar el delito. ¡Olvidar a aquel que nunca nos olvidó! ¡Olvidar a aquel que derramó su sangre por nuestros pecados! ¡Olvidar a aquel que nos amó hasta la muerte! ¿Puede ser posible? Sí, no solo es posible, sino que la conciencia confiesa que es una falta demasiado triste en todos nosotros, que lo dejamos estar como un caminante que se detiene a pasar una sola noche. Aquel a quien deberíamos hacer inquilino permanente de nuestra memoria no es en ella más que un visitante. La cruz, donde uno pensaría que la memoria se detendría y el olvido sería un intruso desconocido, es profanada por los pies del olvido. ¿No os dice vuestra conciencia que esto es verdad? ¿No os halláis olvidadizos de Jesús? Alguna criatura os roba el corazón, y os olvidáis de aquel en quien debería estar puesto vuestro afecto. Algún negocio terrenal absorbe vuestra atención cuando deberíais fijar firmemente la mirada en la cruz. Es el incesante bullicio del mundo, la atracción constante de las cosas terrenales, lo que aparta el alma de Cristo. Mientras la memoria guarda demasiado bien una hierba venenosa, deja marchitarse la rosa de Sarón. Encomendémonos a nosotros mismos atar alrededor del corazón un celestial «no me olvides» por Jesús, nuestro Amado, y, sea lo que sea lo que dejemos escapar, aferrémonos a él.
27 de abril
«Dios, el Dios nuestro». (Salmo 67:6)
Es extraño cuán poco uso hacemos de las bendiciones espirituales que Dios nos da, pero es más extraño aún cuán poco uso hacemos de Dios mismo. Aunque él es «el Dios nuestro», acudimos muy poco a él y muy poco le pedimos. ¡Cuán rara vez pedimos consejo de mano del Señor! ¡Cuán a menudo emprendemos nuestros asuntos sin buscar su dirección! ¡En nuestras aflicciones, cuán constantemente nos esforzamos por llevar nuestras cargas nosotros mismos, en lugar de echarlas sobre el Señor, para que él nos sustente! No es porque no podamos, pues el Señor parece decir: «Soy tuyo, alma; ven y sírvete de mí como quieras; puedes venir libremente a mis almacenes, y cuanto más a menudo, más bienvenida serás». Es culpa nuestra si no disponemos con libertad de las riquezas de nuestro Dios. Entonces, ya que tienes semejante amigo, y él te invita, saca de él cada día. Nunca padezcas necesidad mientras tengas un Dios a quien acudir; nunca temas ni desmayes mientras tengas a Dios para ayudarte; ve a tu tesoro y toma lo que necesites: allí está todo lo que puedas desear. Aprende la divina destreza de hacer que Dios lo sea todo para ti. Él puede suplirte de todo, o, mejor aún, puede ser para ti en lugar de todo. Permíteme instarte, pues, a que hagas uso de tu Dios. Haz uso de él en la oración. Acude a él a menudo, porque es tu Dios. ¡Oh! ¿Dejarás de usar un privilegio tan grande? Vuela a él, cuéntale todas tus necesidades. Úsalo constantemente por la fe en todo tiempo. Si alguna providencia oscura te ha nublado, usa a tu Dios como «sol»; si algún enemigo fuerte te ha cercado, halla en Jehová un «escudo», porque él es sol y escudo para su pueblo. Si has perdido el camino en los laberintos de la vida, úsalo como «guía», porque él te dirigirá. Seas lo que seas, y estés donde estés, recuerda que Dios es precisamente lo que necesitas, y precisamente donde lo necesitas, y que él puede hacer todo lo que necesitas.
28 de abril
«Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar». (Salmo 119:49)
Sea cual sea tu necesidad particular, fácilmente puedes hallar en la Biblia alguna promesa adecuada a ella. ¿Estás desfallecido y débil porque tu camino es áspero y estás cansado? He aquí la promesa: «Él da esfuerzo al cansado». Cuando leas una promesa así, llévala de vuelta al gran Prometedor, y pídele que cumpla su propia palabra. ¿Estás buscando a Cristo, y tienes sed de una comunión más estrecha con él? Esta promesa brilla sobre ti como una estrella: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». Lleva continuamente esa promesa al trono; no alegues ninguna otra cosa, sino acude a Dios una y otra vez con esta: «Señor, tú lo has dicho; haz como has dicho». ¿Estás angustiado a causa del pecado, y abrumado con la pesada carga de tus iniquidades? Escucha estas palabras: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones, y no me acordaré de tus pecados». No tienes mérito propio que alegar para que él te perdone, pero alega sus compromisos escritos y él los cumplirá. ¿Temes no poder perseverar hasta el fin, temes que, después de haberte creído hijo de Dios, resultes ser un réprobo? Si ese es tu estado, lleva al trono esta palabra de gracia y alégala: «Los montes se moverán, y los collados temblarán, pero el pacto de mi amor no se apartará de ti». Si has perdido el dulce sentir de la presencia del Salvador y lo buscas con el corazón entristecido, recuerda las promesas: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros»; «Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias». Banquetea tu fe con la propia palabra de Dios, y, sean cuales sean tus temores o necesidades, acude al Banco de la Fe con el pagaré de tu Padre, diciendo: «Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar».
29 de abril
«Mi esperanza eres tú en el día malo». (Jeremías 17:17)
El camino del cristiano no siempre está iluminado por el sol; tiene sus temporadas de oscuridad y de tormenta. Es verdad que está escrito en la Palabra de Dios: «Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz»; y es una gran verdad que la religión está hecha para dar al hombre felicidad aquí abajo además de dicha allá arriba; pero la experiencia nos dice que, si la senda del justo es «como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto», sin embargo, a veces esa luz se eclipsa. En ciertos períodos las nubes cubren el sol del creyente, y anda en tinieblas y no ve luz. Hay muchos que se han regocijado en la presencia de Dios por una temporada; se han calentado al sol en las primeras etapas de su carrera cristiana; han andado por los «delicados pastos» junto a las «aguas de reposo», pero de repente descubren que el cielo glorioso se ha nublado; en lugar de la tierra de Gosén tienen que pisar el arenoso desierto; en vez de aguas dulces hallan arroyos turbios, amargos a su gusto, y dicen: «Seguramente, si yo fuera hijo de Dios, esto no me sucedería». ¡Oh, no digas eso, tú que andas en tinieblas! Los mejores santos de Dios tienen que beber el ajenjo; los hijos más queridos de él tienen que llevar la cruz. Ningún cristiano ha gozado de prosperidad perpetua; ningún creyente puede impedir siempre que su arpa cuelgue de los sauces. Quizá el Señor te asignó al principio un camino llano y sin nubes porque eras débil y tímido. Él templó el viento para el cordero recién esquilado, pero ahora que eres más fuerte en la vida espiritual, tienes que entrar en la experiencia más madura y más áspera de los hijos adultos de Dios. Necesitamos vientos y tempestades para ejercitar nuestra fe, para arrancar la rama podrida de la confianza en uno mismo y para arraigarnos más firmemente en Cristo. El día malo nos revela el valor de nuestra gloriosa esperanza.
30 de abril
«Y se quejaron todos los hijos de Israel». (Números 14:2)
Hay murmuradores entre los cristianos hoy, como los hubo antiguamente en el campamento de Israel. Hay quienes, cuando cae la vara, claman contra la dispensación que los aflige. Preguntan: «¿Por qué soy afligido así? ¿Qué he hecho para ser castigado de esta manera?». ¡Una palabra contigo, oh murmurador! ¿Por qué has de murmurar contra las dispensaciones de tu Padre celestial? ¿Puede tratarte con más dureza de la que mereces? Considera qué rebelde fuiste en otro tiempo, ¡y él te ha perdonado! Ciertamente, si él en su sabiduría ve conveniente castigarte ahora, no deberías quejarte. Después de todo, ¿eres herido con tanta dureza como merecen tus pecados? Considera la corrupción que hay en tu pecho, y entonces, ¿te extrañará que haga falta tanta vara para sacarla? Pésate a ti mismo, y discierne cuánta escoria está mezclada con tu oro; ¿y piensas que el fuego es demasiado ardiente para purgar tanta escoria como tienes? ¿No prueba ese espíritu tuyo, orgulloso y rebelde, que tu corazón no está enteramente santificado? ¿No son esas palabras murmuradoras contrarias a la naturaleza santa y sumisa de los hijos de Dios? ¿No es necesaria la corrección? Pero si insistes en murmurar contra el castigo, ten cuidado, porque les irá mal a los murmuradores. Dios siempre castiga dos veces a sus hijos si no soportan con paciencia el primer golpe. Pero sabe una cosa: «No aflige ni entristece de su corazón a los hijos de los hombres». Todas sus correcciones son enviadas por amor, para purificarte y atraerte más cerca de él. Ciertamente te ayudará a soportar el castigo con resignación el poder reconocer la mano de tu Padre. Porque «el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos». «Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor».
Capítulo 4 completado
Abril