Mañana tras mañana
Marzo

Capítulo 3 · 54 min de lectura · 1 h 9 min de escucha

Marzo

1 de marzo

«Levántate, viento del norte, y ven, viento del sur; sopla en mi huerto, despréndanse sus aromas». (Cantares 4:16)

Cualquier cosa es mejor que la calma muerta de la indiferencia. Nuestras almas pueden desear sabiamente el viento del norte de la prueba, si solo así puede ser santificado para hacer brotar el perfume de nuestras virtudes. Mientras no pueda decirse: «El Señor no estaba en el viento», no retrocederemos ante la ráfaga más invernal que jamás haya soplado sobre las plantas de la gracia. ¿No se sometió humildemente la esposa, en este versículo, a las reprensiones de su Amado, rogándole tan solo que enviara su gracia de alguna forma, y sin poner condiciones sobre la manera particular en que debía venir? ¿No llegó ella, como nosotros, a cansarse tan por completo de la muerte espiritual y de una calma impía, que suspiraba por cualquier visitación que la despertara a la acción? Sin embargo, desea también el cálido viento del sur del consuelo, las sonrisas del amor divino, el gozo de la presencia del Redentor; estas cosas son a menudo poderosamente eficaces para despertar nuestra vida perezosa. Desea uno u otro, o ambos, con tal de poder deleitar a su Amado con los aromas de su huerto. No soporta ser estéril, ni nosotros tampoco. ¡Qué pensamiento tan alentador, que Jesús pueda hallar consuelo en nuestras pobres y débiles virtudes! ¿Será posible? Parece demasiado bueno para ser verdad. Bien podemos buscar la prueba, o aun la muerte misma, si con ello somos ayudados a alegrar el corazón de Emanuel. ¡Ojalá nuestro corazón fuera triturado hasta hacerse polvo, si tan solo por ese quebranto pudiera ser glorificado nuestro dulce Señor Jesús! Las virtudes que no se ejercitan son como perfumes delicados que dormitan en los cálices de las flores: la sabiduría del gran Labrador dispone causas diversas y opuestas para producir el único resultado deseado, y hace que tanto la aflicción como la consolación hagan brotar las gratas fragancias de la fe, el amor, la paciencia, la esperanza, la resignación, el gozo y las demás hermosas flores del huerto. Que conozcamos por dulce experiencia lo que esto significa.

2 de marzo

«Y todos los de Israel descendían a los filisteos para afilar cada uno su reja, su azadón, su hacha o su sacho». (1 Samuel 13:20)

Estamos empeñados en una gran guerra contra los filisteos del mal. Hay que usar toda arma que esté a nuestro alcance. La predicación, la enseñanza, la oración, las ofrendas: todo debe entrar en acción, y los talentos que se han tenido por demasiado humildes para el servicio deben emplearse ahora. El azadón, el hacha y el sacho pueden ser útiles para matar filisteos; las herramientas toscas pueden dar golpes duros, y no hace falta matar con elegancia, con tal de que se haga con eficacia. Cada momento, a tiempo y fuera de tiempo; cada fragmento de capacidad, instruida o sin instruir; cada oportunidad, favorable o desfavorable, debe aprovecharse, porque nuestros enemigos son muchos y nuestras fuerzas, escasas.

La mayoría de nuestras herramientas necesitan afilarse; necesitamos agudeza de percepción, tacto, energía, prontitud; en una palabra, una completa aptitud para la obra del Señor. El sentido común práctico es cosa muy escasa entre quienes dirigen las empresas cristianas. Podríamos aprender de nuestros enemigos si quisiéramos, y así hacer que los filisteos afilen nuestras armas. Esta mañana fijémonos en lo suficiente para avivar nuestro celo durante este día con la ayuda del Espíritu Santo. Mira la energía de los papistas, cómo recorren mar y tierra para hacer un prosélito: ¿han de monopolizar ellos todo el fervor? Observa a los devotos paganos, ¡qué torturas soportan al servicio de sus ídolos! ¿Solo ellos han de mostrar paciencia y abnegación? Contempla al príncipe de las tinieblas: ¡qué perseverante en sus esfuerzos, qué desvergonzado en sus intentos, qué osado en sus planes, qué reflexivo en sus maquinaciones, qué enérgico en todo! Los demonios están unidos como un solo hombre en su infame rebelión, mientras que nosotros, los creyentes en Jesús, estamos divididos en nuestro servicio a Dios y casi nunca trabajamos unánimes. ¡Ojalá aprendamos de la diligencia infernal de Satanás a andar de un lado a otro como buenos samaritanos, buscando a quién bendecir!

3 de marzo

«Te he escogido en horno de aflicción». (Isaías 48:10)

Consuélate, creyente probado, con este pensamiento: Dios dice: «Te he escogido en horno de aflicción». ¿No llega esta palabra como una lluvia suave que mitiga la furia de la llama? Más aún, ¿no es una armadura de amianto contra la cual el calor no tiene poder? Venga la aflicción: Dios me ha escogido. Pobreza, puedes entrar a zancadas por mi puerta, pero Dios ya está en la casa, y él me ha escogido. Enfermedad, puedes entrometerte, pero tengo un bálsamo a mano: Dios me ha escogido. Me suceda lo que me suceda en este valle de lágrimas, sé que él me ha «escogido». Si aún necesitas mayor consuelo, creyente, recuerda que tienes contigo en el horno al Hijo del Hombre. En esa silenciosa habitación tuya se sienta a tu lado Uno a quien no has visto, pero a quien amas; y muchas veces, sin que tú lo sepas, mulle toda tu cama en tu aflicción y alisa tu almohada. Estás en la pobreza; pero en esa humilde casa tuya el Señor de la vida y de la gloria es un visitante frecuente. Le gusta venir a estos lugares desolados para visitarte. Tu amigo se mantiene muy cerca de ti. No puedes verlo, pero puedes sentir la presión de sus manos. ¿No oyes su voz? Aun en el valle de sombra de muerte te dice: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios». Recuerda aquellas nobles palabras de César: «No temas: llevas a César y toda su fortuna». No temas, cristiano; Jesús está contigo. En todas tus pruebas de fuego, su presencia es a la vez tu consuelo y tu seguridad. Nunca abandonará a uno a quien ha escogido para sí. «No temas, porque yo estoy contigo» es su firme palabra de promesa a sus escogidos en el «horno de aflicción». ¿No te asirás, pues, firmemente de Cristo, y dirás:

«Por aguas y por llamas, si Jesús me guía,

iré tras él adondequiera que vaya»?

4 de marzo

«Bástate mi gracia». (2 Corintios 12:9)

Si ninguno de los santos de Dios fuera pobre y probado, no conoceríamos ni la mitad de bien los consuelos de la gracia divina. Cuando encontramos al errante que no tiene dónde recostar la cabeza y que, aun así, puede decir: «Todavía confiaré en el Señor»; cuando vemos al indigente que pasa hambre a pan y agua y que, aun así, se gloría en Jesús; cuando vemos a la viuda desconsolada, abrumada por la aflicción y, sin embargo, con fe en Cristo, ¡oh, qué honra reporta esto al evangelio! La gracia de Dios se ilustra y se engrandece en la pobreza y en las pruebas de los creyentes. Los santos se sostienen bajo todo desaliento, creyendo que todas las cosas les ayudan a bien, y que de males aparentes brotará al final una bendición real; que su Dios, o bien obrará pronto su liberación, o bien, con toda seguridad, los sostendrá en la angustia mientras le plazca mantenerlos en ella. Esta paciencia de los santos demuestra el poder de la gracia divina. Hay un faro mar adentro: es una noche serena, y no puedo saber si el edificio es firme; la tempestad debe rugir a su alrededor, y entonces sabré si resiste. Así ocurre con la obra del Espíritu: si no estuviera rodeada muchas veces de aguas tempestuosas, no sabríamos que es verdadera y fuerte; si los vientos no soplaran contra ella, no sabríamos cuán firme y segura es. Las obras maestras de Dios son esos hombres que se mantienen en medio de las dificultades firmes y constantes:

«Serenos en medio del clamor confuso,

seguros de la victoria».

El que quiera glorificar a su Dios debe contar con encontrarse con muchas pruebas. Nadie puede ser ilustre delante del Señor si sus combates no son muchos. Si, pues, tu senda es muy probada, regocíjate en ella, porque así mostrarás mejor la gracia todosuficiente de Dios. En cuanto a que él te falle, ni lo sueñes; aborrece ese pensamiento. El Dios que ha bastado hasta ahora merece nuestra confianza hasta el fin.

5 de marzo

«No durmamos como los demás». (1 Tesalonicenses 5:6)

Hay muchas maneras de fomentar la vigilancia cristiana. Entre otras, permíteme aconsejar encarecidamente a los cristianos que conversen juntos acerca de los caminos del Señor. Cristiano y Esperanzado, mientras viajaban hacia la Ciudad Celestial, se dijeron: «Para prevenir la modorra en este lugar, entremos en buena plática». Cristiano preguntó: «Hermano, ¿por dónde comenzaremos?». Y Esperanzado respondió: «Por donde Dios comenzó con nosotros». Entonces Cristiano cantó esta canción:

«Cuando los santos se adormezcan, vengan acá,

y oigan cómo estos dos peregrinos platican juntos;

sí, aprendan de ellos de todos modos,

a mantener así abiertos sus ojos soñolientos y adormilados.

La comunión de los santos, si se lleva bien,

los mantiene despiertos, y eso a pesar del infierno».

Los cristianos que se aíslan y andan solos están muy expuestos a adormecerse. Busca la compañía cristiana, y ella te mantendrá despierto, renovado y animado a avanzar con más rapidez por el camino del cielo. Pero, mientras así tomas «dulce consejo» con otros en los caminos de Dios, cuida de que el tema de vuestra conversación sea el Señor Jesús. Que el ojo de la fe esté siempre puesto en él; que tu corazón esté lleno de él; que tus labios hablen de su valía. Amigo, vive cerca de la cruz, y no te dormirás. Esfuérzate por grabar en ti un profundo sentido del valor del lugar al que te diriges. Si recuerdas que vas camino del cielo, no te dormirás por el camino. Si piensas que el infierno está detrás de ti y el diablo te persigue, no te entretendrás. ¿Dormiría el homicida con el vengador de la sangre a sus espaldas y la ciudad de refugio delante de él? Cristiano, ¿dormirás mientras las puertas de perla están abiertas, mientras los cantos de los ángeles esperan que te unas a ellos, mientras una corona de oro aguarda tu frente? ¡Ah, no! En santa comunión, seguid velando y orando para que no entréis en tentación.

6 de marzo

«Os es necesario nacer de nuevo». (Juan 3:7)

La regeneración es un tema que yace en la base misma de la salvación, y debemos ser muy diligentes en asegurarnos de que de verdad hemos «nacido de nuevo», porque son muchos los que se imaginan que lo han hecho y no es así. Ten por seguro que el nombre de cristiano no es la naturaleza de cristiano; y que haber nacido en una tierra cristiana y ser reconocido como alguien que profesa la religión cristiana no sirve absolutamente de nada si no se le añade algo más: el «nacer de nuevo» es algo tan misterioso que las palabras humanas no pueden describirlo. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu». No obstante, es un cambio que se conoce y se siente: se conoce por las obras de santidad y se siente por una experiencia de la gracia. Esta gran obra es sobrenatural. No es una operación que el hombre realiza por sí mismo: se infunde un principio nuevo que obra en el corazón, renueva el alma y afecta al hombre entero. No es un cambio de mi nombre, sino una renovación de mi naturaleza, de modo que no soy el hombre que solía ser, sino un hombre nuevo en Cristo Jesús. Lavar y vestir un cadáver es muy distinto de darle vida: el hombre puede hacer lo primero; solo Dios puede hacer lo segundo. Si, pues, has «nacido de nuevo», tu reconocimiento será este: «Oh Señor Jesús, Padre eterno, tú eres mi Padre espiritual; si tu Espíritu no hubiera soplado en mí el aliento de una vida nueva, santa y espiritual, estaría hasta hoy “muerto en delitos y pecados”. Mi vida celestial procede enteramente de ti; a ti te la atribuyo. “Mi vida está escondida con Cristo en Dios”. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». Que el Señor nos conceda estar bien seguros en este punto vital, porque no estar regenerado es no estar salvado, no estar perdonado, estar sin Dios y sin esperanza.

7 de marzo

«Tened fe en Dios». (Marcos 11:22)

La fe es el pie del alma con el que esta puede marchar por el camino de los mandamientos. El amor puede hacer que los pies se muevan con más rapidez; pero la fe es el pie que lleva al alma. La fe es el aceite que permite que las ruedas de la santa devoción y de la piedad ferviente giren bien; y sin fe se quitan las ruedas al carro, y avanzamos pesadamente. Con fe puedo hacerlo todo; sin fe no tendré ni la inclinación ni el poder para hacer nada en el servicio de Dios. Si quieres encontrar a los hombres que mejor sirven a Dios, debes buscar a los hombres de mayor fe. Una fe pequeña salvará a un hombre, pero una fe pequeña no puede hacer grandes cosas para Dios. El pobre Poca-Fe no habría podido luchar contra «Apolión»; hacía falta «Cristiano» para eso. El pobre Poca-Fe no habría podido matar al «Gigante Desesperación»; hacía falta el brazo de «Gran-Corazón» para derribar a aquel monstruo. Una fe pequeña irá al cielo con toda certeza, pero a menudo tiene que esconderse en una cáscara de nuez, y con frecuencia lo pierde todo menos sus joyas. Poca-Fe dice: «Es un camino áspero, sembrado de espinas punzantes y lleno de peligros; tengo miedo de ir»; pero Gran-Fe recuerda la promesa: «Hierro y bronce serán tu calzado; como tus días, así será tu fuerza», y así se aventura con valentía. Poca-Fe se queda abatida, mezclando sus lágrimas con la corriente; pero Gran-Fe canta: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y por los ríos, no te anegarán», y vadea la corriente de inmediato. ¿Quieres estar confortado y feliz? ¿Quieres disfrutar de la religión? ¿Quieres tener la religión de la alegría y no la de la tristeza? Entonces «tened fe en Dios». Si amas las tinieblas y te conformas con morar en la tristeza y la miseria, conténtate con una fe pequeña; pero si amas la luz del sol y quieres cantar canciones de júbilo, procura con empeño este don mejor: una «gran fe».

8 de marzo

«Es necesario que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios». (Hechos 14:22)

El pueblo de Dios tiene sus pruebas. Nunca fue el propósito de Dios, cuando escogió a su pueblo, que fuera un pueblo sin pruebas. Fueron escogidos en el horno de la aflicción; nunca fueron escogidos para la paz mundana y el gozo terrenal. Nunca se les prometió estar libres de la enfermedad y de los dolores de la mortalidad; antes bien, cuando su Señor redactó la carta de sus privilegios, incluyó los castigos entre las cosas que inevitablemente habrían de heredar. Las pruebas forman parte de nuestra porción; fueron predestinadas para nosotros en el último legado de Cristo. Tan ciertamente como las estrellas son formadas por sus manos y sus órbitas fijadas por él, así de ciertamente nos son asignadas nuestras pruebas: él ha ordenado su tiempo y su lugar, su intensidad y el efecto que tendrán sobre nosotros. Los hombres buenos nunca deben esperar escapar de las aflicciones; si lo esperan, quedarán decepcionados, porque ninguno de sus predecesores estuvo libre de ellas. Fíjate en la paciencia de Job; acuérdate de Abraham, porque él tuvo sus pruebas, y por su fe en medio de ellas llegó a ser el «padre de los creyentes». Estudia bien las biografías de todos los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires, y no descubrirás a ninguno de aquellos a quienes Dios hizo vasos de misericordia que no fuera hecho pasar por el fuego de la aflicción. Desde antiguo está ordenado que la cruz de la tribulación quede grabada en todo vaso de misericordia, como la marca real por la que se distinguen los vasos de honra del Rey. Pero aunque la tribulación sea así la senda de los hijos de Dios, ellos tienen el consuelo de saber que su Maestro la recorrió antes que ellos; tienen su presencia y su compasión para animarlos, su gracia para sostenerlos y su ejemplo para enseñarles a soportar; y cuando lleguen al «reino», este compensará con creces las «muchas tribulaciones» por las que pasaron para entrar en él.

9 de marzo

«Sí, todo él es codiciable». (Cantares 5:16)

La belleza suprema de Jesús lo atrae todo; no es tanto para ser admirada como para ser amada. Él es más que agradable y hermoso: es codiciable, digno de todo amor. Ciertamente el pueblo de Dios puede justificar plenamente el uso de esta palabra de oro, porque él es objeto de su amor más ardiente, un amor fundado en la excelencia intrínseca de su persona, en la perfección completa de sus encantos. Mirad, oh discípulos de Jesús, los labios de vuestro Maestro, y decid: «¿No son dulcísimos?». ¿No hacen sus palabras arder vuestro corazón dentro de vosotros mientras os habla en el camino? Adoradores de Emanuel, levantad la vista a su cabeza de oro finísimo, y decidme: ¿no os son preciosos sus pensamientos? ¿No está vuestra adoración endulzada con afecto cuando os inclináis humildemente ante ese semblante que es como el Líbano, escogido como los cedros? ¿No hay un encanto en cada uno de sus rasgos, y no está toda su persona tan perfumada con la fragancia de sus buenos ungüentos que por eso lo aman las doncellas? ¿Hay un solo miembro de su glorioso cuerpo que no sea atractivo? ¿Una sola parte de su persona que no sea un nuevo imán para nuestras almas? ¿Un solo oficio que no sea un fuerte cordón para atar vuestro corazón? Nuestro amor no está puesto como un sello solo sobre su corazón de amor; está fijado también sobre su brazo de poder; ni hay una sola parte de él en la que no se fije. Ungimos toda su persona con el dulce nardo de nuestro amor ferviente. Quisiéramos imitar toda su vida; quisiéramos copiar todo su carácter. En todos los demás seres vemos alguna carencia; en él hay toda perfección. Aun los mejores de sus santos favorecidos han tenido manchas en sus vestidos y arrugas en la frente; él no es sino hermosura. Todos los soles terrenales tienen sus manchas: el mismo mundo hermoso tiene su desierto; no podemos amar por entero la cosa más hermosa; pero Cristo Jesús es oro sin aleación, luz sin tinieblas, gloria sin nube: «Sí, todo él es codiciable».

10 de marzo

«En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido». (Salmo 30:6)

«Moab ha reposado sobre sus heces, y no fue trasegado de vaso en vaso». Dale a un hombre riquezas; que sus barcos le traigan continuamente ricos cargamentos; que los vientos y las olas parezcan sus siervos para llevar sus naves por el seno del inmenso abismo; que sus tierras produzcan en abundancia; que el tiempo sea propicio para sus cosechas; que el éxito lo acompañe sin interrupción; que se destaque entre los hombres como un comerciante próspero; que goce de salud constante; permítele marchar por el mundo con nervio firme y mirada brillante, y vivir feliz; dale un espíritu animoso; que tenga siempre una canción en los labios; que sus ojos chispeen siempre de alegría; y la consecuencia natural de una situación tan cómoda en cualquier hombre, aunque sea el mejor cristiano que haya respirado jamás, será la presunción. Aun David dijo: «No seré jamás conmovido»; y nosotros no somos mejores que David, ni la mitad de buenos. Hermano, guárdate de los tramos llanos del camino; si los estás pisando, o si el camino es áspero, da gracias a Dios por ello. Si Dios nos meciera siempre en la cuna de la prosperidad; si siempre nos hiciera saltar sobre sus rodillas la fortuna; si no hubiera alguna mancha en la columna de alabastro; si no hubiera unas cuantas nubes en el cielo; si no tuviéramos algunas gotas amargas en el vino de esta vida, nos embriagaríamos de placer, soñaríamos que «estamos firmes»; y firmes estaríamos, pero sobre un pináculo; como el hombre dormido en lo alto del mástil, a cada momento estaríamos en peligro.

Bendecimos, pues, a Dios por nuestras aflicciones; le damos gracias por nuestros cambios; ensalzamos su nombre por la pérdida de bienes; porque sentimos que, si no nos hubiera castigado así, podríamos habernos vuelto demasiado confiados. La prosperidad mundana continua es una prueba de fuego.

«Las aflicciones, aunque parezcan severas,

muchas veces son enviadas por misericordia».

11 de marzo

«El pecado... sobremanera pecaminoso». (Romanos 7:13)

Guárdate de tener en poco el pecado. En el momento de la conversión, la conciencia es tan tierna que tememos el más leve pecado. Los recién convertidos tienen una santa timidez, un temor piadoso de ofender a Dios. Pero, ¡ay!, muy pronto el delicado vello de estas primicias es arrancado por el trato rudo del mundo que nos rodea: la sensitiva de la piedad joven se convierte más adelante en un sauce, demasiado flexible, demasiado fácil de doblegar. Es tristemente cierto que aun un cristiano puede volverse poco a poco tan insensible que el pecado que antes lo sobresaltaba ya no lo alarma en lo más mínimo. Poco a poco los hombres se familiarizan con el pecado. El oído en el que ha retumbado el cañón no advierte los sonidos leves. Al principio un pequeño pecado nos sobresalta; pero pronto decimos: «¿No es cosa pequeña?». Luego viene otro, mayor, y luego otro, hasta que poco a poco empezamos a considerar el pecado como un mal sin importancia; y después sigue una presunción impía: «No hemos caído en pecado manifiesto. Es verdad que tropezamos un poco, pero en lo principal nos mantuvimos en pie. Quizá hayamos pronunciado una palabra impía, pero en cuanto a la mayor parte de nuestra conducta, ha sido coherente». Así atenuamos el pecado; le echamos un manto encima; lo llamamos con nombres delicados. Cristiano, guárdate de tener en poco el pecado. Cuida de no caer poco a poco. ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No es un veneno? ¿Quién conoce su poder mortal? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No echan a perder las viñas las zorras pequeñas? ¿No construye el diminuto insecto del coral una roca que hace naufragar una armada? ¿No derriban los golpes pequeños robles altísimos? ¿No desgasta las piedras el gotear continuo? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¡Ciñó de espinas la cabeza del Redentor y traspasó su corazón! Le hizo sufrir angustia, amargura y dolor. Si pudieras pesar el menor pecado en la balanza de la eternidad, huirías de él como de una serpiente y aborrecerías toda especie de mal. Mira todo pecado como aquello que crucificó al Salvador, y verás que es «sobremanera pecaminoso».

12 de marzo

«Amarás a tu prójimo». (Mateo 5:43)

«Ama a tu prójimo». Quizá él nada en riquezas, y tú eres pobre y vives en tu pequeña casita junto a su señorial mansión; ves cada día sus haciendas, su lino fino y sus suntuosos banquetes; Dios le ha dado estos dones; no codicies su riqueza, ni pienses duramente de él. Conténtate con tu propia suerte, si no puedes mejorarla, pero no mires a tu prójimo deseando que estuviera como tú. Ámalo, y entonces no lo envidiarás.

Quizá, por el contrario, eres rico, y cerca de ti viven los pobres. No desdeñes llamarlos prójimos. Reconoce que estás obligado a amarlos. El mundo los llama tus inferiores. ¿En qué son inferiores? Son mucho más tus iguales que tus inferiores, porque «de una sangre ha hecho Dios todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra». Es tu abrigo el que es mejor que el suyo, pero tú no eres en modo alguno mejor que ellos. Son hombres, ¿y qué eres tú más que eso? Cuida de amar a tu prójimo aunque esté en harapos o hundido en lo más hondo de la pobreza.

Pero quizá digas: «No puedo amar a mis prójimos, porque por todo lo que hago me devuelven ingratitud y desprecio». Tanto más lugar para el heroísmo del amor. ¿Quisieras ser un guerrero de colchón de plumas, en lugar de sostener el duro combate del amor? El que más se atreve, más gana; y si es áspera tu senda de amor, recórrela con valentía, amando todavía a tus prójimos en las buenas y en las malas. Amontona ascuas de fuego sobre sus cabezas, y si son difíciles de complacer, no procures complacer a ellos, sino complacer a tu Maestro; y recuerda que, si ellos desprecian tu amor, tu Maestro no lo ha despreciado, y tu acción le es tan acepta como si les hubiera sido acepta a ellos. Ama a tu prójimo, porque al hacerlo sigues las pisadas de Cristo.

13 de marzo

«¿Para qué nos estamos aquí hasta que muramos?». (2 Reyes 7:3)

Querido lector, este librito fue escrito principalmente para la edificación de los creyentes, pero si todavía no eres salvo, nuestro corazón se conmueve por ti, y quisiéramos decirte una palabra que pueda serte de bendición. Abre tu Biblia y lee la historia de los leprosos, y fíjate en su situación, que era muy parecida a la tuya. Si te quedas donde estás, perecerás sin remedio; si vas a Jesús, lo peor que puede pasarte es morir. «Quien nada arriesga, nada gana», dice el viejo refrán, y en tu caso el riesgo no es grande. Si te quedas quieto en una sombría desesperación, nadie podrá compadecerte cuando llegue tu ruina; pero si murieras habiendo buscado misericordia, si tal cosa fuera posible, serías objeto de la compasión de todos. Nadie que se niegue a mirar a Jesús escapa; pero tú sabes que, en todo caso, algunos que creen en él son salvos, porque algunos de tus propios conocidos han recibido misericordia: ¿por qué no tú? Los ninivitas dijeron: «¿Quién sabe?». Obra con la misma esperanza y pon a prueba la misericordia del Señor. Perecer es algo tan espantoso que, aunque no hubiera más que una paja a la que asirse, el instinto de conservación debería llevarte a extender la mano. Hasta aquí te hemos hablado en tu propio terreno de incredulidad; ahora quisiéramos asegurarte, como de parte del Señor, que si lo buscas, lo hallarás. Jesús no echa fuera a ninguno de los que vienen a él. No perecerás si confías en él; al contrario, hallarás un tesoro mucho más rico que el que recogieron los pobres leprosos en el campamento abandonado de Siria. Que el Espíritu Santo te dé valor para ir de inmediato, y no creerás en vano. Cuando tú mismo seas salvo, anuncia las buenas nuevas a otros. No calles; díselo primero a la casa del Rey y únete a ellos en comunión; que el portero de la ciudad, el ministro, sea informado de tu descubrimiento, y luego proclama las buenas nuevas por todas partes. El Señor te salve antes de que se ponga el sol de este día.

14 de marzo

«Así que, el que piensa estar firme, mire no caiga». (1 Corintios 10:12)

Es un hecho curioso que exista algo así como enorgullecerse de la gracia. Un hombre dice: «Tengo una gran fe, no caeré; el pobre Poca-Fe quizá caiga, pero yo nunca». «Tengo un amor ferviente», dice otro, «puedo mantenerme firme; no hay peligro de que me extravíe». El que se jacta de la gracia tiene poca gracia de la que jactarse. Algunos de los que hacen esto se imaginan que sus virtudes pueden sostenerlos, sin saber que la corriente debe fluir constantemente desde el manantial, o de lo contrario el arroyo pronto se secará. Si no llega a la lámpara un chorro continuo de aceite, aunque hoy arda con brillo, mañana humeará, y su olor será nocivo. Cuida de no gloriarte en tus virtudes; pon toda tu gloria y tu confianza en Cristo y en su fuerza, porque solo así podrás ser guardado de caer. Dedícate mucho más a la oración. Pasa más tiempo en santa adoración. Lee las Escrituras con más fervor y constancia. Vigila tu vida con más cuidado. Vive más cerca de Dios. Toma como modelo los mejores ejemplos. Que tu conversación tenga fragancia del cielo. Que tu corazón esté perfumado de afecto por las almas de los hombres. Vive de tal modo que los hombres reconozcan en ti que has estado con Jesús y has aprendido de él; y cuando llegue aquel día feliz en que aquel a quien amas diga: «Sube más arriba», sea tu dicha oírle decir: «Has peleado la buena batalla, has acabado la carrera, y desde ahora te está guardada la corona de justicia que no se marchita». ¡Adelante, cristiano, con cuidado y cautela! ¡Adelante, con santo temor y temblor! ¡Adelante, con fe y confianza solo en Jesús, y sea tu petición constante: «Susténtame conforme a tu palabra»! Él es poderoso, y solo él, «para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con gran alegría».

15 de marzo

«Esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús». (2 Timoteo 2:1)

Cristo tiene en sí mismo gracia sin medida, pero no la ha retenido para sí. Como el depósito se vacía en las tuberías, así Cristo ha derramado su gracia para su pueblo. «De su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia». Parece tener solo para repartirnos. Está como la fuente, que mana siempre, pero que corre solo para llenar los cántaros vacíos y los labios sedientos que se acercan a ella. Como un árbol, da dulce fruto, no para que cuelgue de las ramas, sino para que lo recojan los necesitados. La gracia, sea su obra perdonar, limpiar, preservar, fortalecer, iluminar, vivificar o restaurar, ha de obtenerse siempre de él gratuitamente y sin precio; ni hay una sola forma de la obra de la gracia que él no haya concedido a su pueblo. Así como la sangre del cuerpo, aunque fluye del corazón, pertenece por igual a cada miembro, así los influjos de la gracia son la herencia de todo santo unido al Cordero; y en esto hay una dulce comunión entre Cristo y su Iglesia, puesto que ambos reciben la misma gracia. Cristo es la cabeza sobre la que primero se derrama el aceite; pero el mismo aceite corre hasta el borde mismo de las vestiduras, de modo que el santo más humilde recibe una unción del mismo costoso licor que cayó sobre la cabeza. Esta es la verdadera comunión: cuando la savia de la gracia fluye del tronco a la rama, y cuando se percibe que el tronco mismo se sostiene con el mismo alimento que nutre la rama. A medida que día tras día recibimos gracia de Jesús, y reconocemos con más constancia que viene de él, lo contemplaremos en comunión con nosotros y gozaremos de la dicha de la comunión con él. Hagamos uso diario de nuestras riquezas, y acudamos siempre a él como a nuestro propio Señor en el pacto, tomando de él la provisión de todo lo que necesitamos con tanta libertad como los hombres toman dinero de su propia bolsa.

16 de marzo

«Forastero soy contigo». (Salmo 39:12)

Sí, oh Señor, forastero contigo, pero no para ti. Toda mi enemistad natural contigo la ha quitado eficazmente tu gracia; y ahora, en comunión contigo, camino por este mundo pecador como un peregrino en tierra extraña. Tú eres un forastero en tu propio mundo. El hombre te olvida, te deshonra, establece nuevas leyes y costumbres ajenas, y no te conoce. Cuando tu amado Hijo vino a lo suyo, los suyos no lo recibieron. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Nunca fue un extranjero ave tan rara entre los moradores de un país como tu amado Hijo entre los hermanos de su madre. No es de extrañar, pues, que yo, que vivo la vida de Jesús, sea desconocido y forastero aquí abajo. Señor, no quisiera ser ciudadano donde Jesús fue extranjero. Su mano traspasada ha soltado las cuerdas que antes ataban mi alma a la tierra, y ahora me encuentro forastero en el país. Mi habla les parece una lengua extravagante a estos babilonios entre los que habito; mis modales son singulares y mis acciones extrañas. Un tártaro se sentiría más en casa en Cheapside que yo jamás en las guaridas de los pecadores. Pero he aquí la dulzura de mi suerte: soy forastero contigo. Tú eres mi compañero de sufrimientos, mi compañero de peregrinación. ¡Oh, qué gozo andar errante en tan bendita compañía! Mi corazón arde dentro de mí por el camino cuando tú me hablas, y aunque sea un extranjero de paso, soy mucho más dichoso que los que se sientan en tronos, y estoy mucho más en casa que los que habitan en sus casas artesonadas.

«No tengo ya lugar ni tiempo:

mi patria está en todo clima;

puedo estar sereno y libre de afán

en cualquier ribera, pues allí está Dios.

Mientras buscamos un lugar, o lo rehuimos,

el alma no halla dicha en ninguno;

mas con un Dios que guíe nuestro camino,

igual gozo es partir o quedarse».

17 de marzo

«Acordaos de los pobres». (Gálatas 2:10)

¿Por qué permite Dios que tantos de sus hijos sean pobres? Podría hacerlos ricos a todos si quisiera; podría dejar sacos de oro a sus puertas; podría enviarles una gran renta anual; o podría esparcir alrededor de sus casas abundancia de provisiones, como una vez hizo que las codornices yacieran en montones alrededor del campamento de Israel e hizo llover pan del cielo para alimentarlos. No hay necesidad alguna de que sean pobres, salvo que él ve que es lo mejor. «Suyos son los millares de animales en los collados»: él podría proveerles; podría hacer que los más ricos, los más grandes y los más poderosos trajeran todo su poder y sus riquezas a los pies de sus hijos, porque el corazón de todos los hombres está bajo su dominio. Pero no quiere hacerlo; permite que padezcan necesidad, permite que languidezcan en la penuria y la oscuridad. ¿Por qué? Hay muchas razones: una es darnos a los que hemos sido favorecidos con lo suficiente una oportunidad de mostrar nuestro amor a Jesús. Mostramos nuestro amor a Cristo cuando le cantamos y cuando le oramos; pero si no hubiera en el mundo hijos de la necesidad, perderíamos el dulce privilegio de evidenciar nuestro amor socorriendo con limosnas a sus hermanos más pobres; él ha dispuesto que así demostremos que nuestro amor no consiste solo de palabra, sino de obra y en verdad. Si de veras amamos a Cristo, nos preocuparemos por aquellos a quienes él ama. Los que le son queridos a él nos serán queridos a nosotros. Miremos, pues, como un privilegio, y no como un deber, el aliviar a los pobres del rebaño del Señor, recordando las palabras del Señor Jesús: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Sin duda esta seguridad es lo bastante dulce, y este motivo lo bastante fuerte, para llevarnos a ayudar a otros con mano dispuesta y corazón amoroso, recordando que todo lo que hacemos por su pueblo Cristo lo acepta bondadosamente como hecho a él mismo.

18 de marzo

«Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». (Gálatas 3:26)

La paternidad de Dios es común a todos sus hijos. ¡Ah, Poca-Fe, cuántas veces has dicho: «¡Ojalá tuviera el valor de Gran-Corazón, para poder blandir su espada y ser tan valiente como él! Pero, ¡ay!, tropiezo en cada paja, y una sombra me atemoriza». Escucha, Poca-Fe. Gran-Corazón es hijo de Dios, y tú eres hijo de Dios también; y Gran-Corazón no es ni un ápice más hijo de Dios que tú. Pedro y Pablo, los apóstoles tan favorecidos, eran de la familia del Altísimo; y también lo eres tú; el cristiano débil es tan hijo de Dios como el fuerte.

«Este pacto permanece firme,

aunque se inclinen las viejas columnas de la tierra;

el fuerte, el endeble y el débil

son ahora uno en Jesús».

Todos los nombres están en el mismo registro familiar. Uno puede tener más gracia que otro, pero Dios, nuestro Padre celestial, tiene el mismo tierno corazón para con todos. Uno puede hacer obras más poderosas y traer más gloria a su Padre, pero aquel cuyo nombre es el más pequeño en el reino de los cielos es tan hijo de Dios como el que está entre los valientes del Rey. Que esto nos anime y nos consuele cuando nos acerquemos a Dios y digamos: «Padre nuestro».

Sin embargo, aunque nos consuele saber esto, no nos contentemos con una fe débil, sino pidamos, como los apóstoles, que nos sea aumentada. Por débil que sea nuestra fe, si es fe verdadera en Cristo, llegaremos al cielo al fin, pero no honraremos mucho a nuestro Maestro en nuestra peregrinación, ni abundaremos en gozo y paz. Si quieres, pues, vivir para la gloria de Cristo y ser feliz en su servicio, procura ser lleno del espíritu de adopción cada vez más plenamente, hasta que el perfecto amor eche fuera el temor.

19 de marzo

«Se fortaleció en fe». (Romanos 4:20)

Cristiano, cuida bien de tu fe; porque recuerda que la fe es el único medio por el cual puedes obtener bendiciones. Si queremos bendiciones de Dios, nada puede hacerlas descender sino la fe. La oración no puede hacer bajar respuestas del trono de Dios si no es la oración ferviente del hombre que cree. La fe es el mensajero angélico entre el alma y el Señor Jesús en la gloria. Si se retira ese ángel, no podemos ni enviar arriba la oración ni recibir las respuestas. La fe es el hilo telegráfico que une la tierra y el cielo, por el cual los mensajes de amor de Dios vuelan tan rápido que antes que clamemos él responde, y mientras aún estamos hablando él nos oye. Pero si se rompe ese hilo telegráfico de la fe, ¿cómo podremos recibir la promesa? ¿Estoy en angustia? Por la fe puedo obtener ayuda en la angustia. ¿Me acosa el enemigo? Mi alma se apoya por la fe en su amado Refugio. Pero quita la fe, y en vano clamo a Dios. No hay camino entre mi alma y el cielo. En lo más crudo del invierno, la fe es un camino por el que pueden viajar los caballos de la oración; sí, y tanto mejor con la helada cortante; pero bloquea el camino, ¿y cómo podremos comunicarnos con el gran Rey? La fe me une con la divinidad. La fe me reviste del poder de Dios. La fe pone de mi lado la omnipotencia de Jehová. La fe asegura en mi defensa cada atributo de Dios. Me ayuda a desafiar a las huestes del infierno. Me hace marchar triunfante sobre la cerviz de mis enemigos. Pero sin fe, ¿cómo puedo recibir algo del Señor? ¡No piense el que duda, que es semejante a la onda del mar, que recibirá cosa alguna de Dios! Oh, pues, cristiano, vigila bien tu fe; porque con ella puedes ganarlo todo, por pobre que seas, pero sin ella no puedes obtener nada. «Si puedes creer, al que cree todo le es posible».

20 de marzo

«Mi amado». (Cantares 2:8)

Este era un nombre de oro que la Iglesia antigua solía dar al Ungido del Señor en sus momentos de mayor gozo. Cuando llegaba el tiempo de la canción de las aves y se oía en su tierra la voz de la tórtola, el canto de amor de ella era más dulce que ambos, cuando cantaba: «Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios». Siempre, en su cantar de los cantares, lo llama por ese nombre delicioso: «¡Mi amado!». Aun en el largo invierno, cuando la idolatría había marchitado el huerto del Señor, sus profetas hallaban ocasión de dejar a un lado por un breve tiempo la carga del Señor y decir, como dijo Isaías: «Ahora cantaré a mi amado el cantar de mi amado acerca de su viña». Aunque los santos nunca habían visto su rostro, aunque todavía no se había hecho carne ni había habitado entre nosotros, ni el hombre había contemplado su gloria, él era sin embargo la consolación de Israel, la esperanza y el gozo de todos los escogidos, el «amado» de todos los que eran rectos delante del Altísimo. Nosotros, en los días de verano de la Iglesia, también solemos hablar de Cristo como el más amado de nuestra alma, y sentimos que es muy precioso, «señalado entre diez mil» y «todo él codiciable». Tan cierto es que la Iglesia ama a Jesús y lo reclama como su amado, que el apóstol se atreve a desafiar al universo entero a separarla del amor de Cristo, y declara que ni las persecuciones, ni la angustia, ni la aflicción, ni el peligro, ni la espada han podido hacerlo; antes bien, se gloría gozoso: «En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».

¡Ojalá te conociéramos más, oh tú, siempre precioso!

«Mi única posesión es tu amor;

en la tierra abajo o en el cielo arriba

no tengo otro tesoro;

y aunque con ferviente súplica oro

y te importuno día tras día,

nada más te pido».

21 de marzo

«Seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo». (Juan 16:32)

Pocos tuvieron comunión con los dolores de Getsemaní. La mayoría de los discípulos no estaban lo bastante adelantados en la gracia para ser admitidos a contemplar los misterios de «la agonía». Ocupados con la fiesta de la pascua en sus propias casas, representan a los muchos que viven de la letra, pero que son meros niños en cuanto al espíritu del evangelio. Solo a doce, más aún, solo a once, se dio el privilegio de entrar en Getsemaní y ver «esta grande visión». De los once, ocho quedaron a distancia; tuvieron comunión, pero no de esa clase íntima a la que son admitidos los varones muy amados. Solo tres muy favorecidos pudieron acercarse al velo del misterioso dolor de nuestro Señor; dentro de ese velo ni aun ellos debían entrar: había que dejar en medio la distancia de un tiro de piedra. Él debía pisar el lagar solo, y de los pueblos nadie había de estar con él. Pedro y los dos hijos de Zebedeo representan a los pocos santos eminentes y experimentados a quienes se puede inscribir como «padres»; estos, habiendo hecho negocio en las muchas aguas, pueden medir en alguna medida las enormes olas atlánticas de la pasión de su Redentor. A algunos espíritus escogidos se les concede, para bien de otros y para fortalecerlos para conflictos futuros, especiales y tremendos, entrar en el círculo interior y oír las súplicas del Sumo Sacerdote que sufre; tienen la participación de sus padecimientos y son hechos conformes a su muerte. Sin embargo, ni aun estos pueden penetrar en los lugares secretos del dolor del Salvador. «Tus padecimientos desconocidos» es la notable expresión de la liturgia griega: había una cámara interior en el dolor de nuestro Maestro, cerrada al conocimiento y a la comunión humanos. Allí Jesús queda «solo». ¡Aquí Jesús fue más que nunca un «don inefable»! ¿No tiene razón Watts cuando canta:

«Y todos los gozos ignotos que él da

fueron comprados con agonías ignotas»?

22 de marzo

«Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, y oró». (Mateo 26:39)

Hay varios rasgos instructivos en la oración de nuestro Salvador en su hora de prueba. Fue una oración solitaria. Se apartó incluso de sus tres discípulos favorecidos. Creyente, dedícate mucho a la oración a solas, sobre todo en tiempos de prueba. La oración en familia, la oración en grupo, la oración en la iglesia no bastarán; son muy preciosas, pero el incienso mejor molido humeará en tu incensario en tus devociones privadas, donde ningún oído escucha sino el de Dios.

Fue una oración humilde. Lucas dice que se arrodilló, pero otro evangelista dice que «se postró sobre su rostro». ¿Dónde, pues, debe estar tu lugar, tú, humilde siervo del gran Maestro? ¡Qué polvo y ceniza deberían cubrir tu cabeza! La humildad nos da un buen apoyo para el pie en la oración. No hay esperanza de prevalecer ante Dios si no nos humillamos para que él nos exalte a su debido tiempo.

Fue una oración filial. «Abba, Padre». Hallarás que alegar tu adopción es una fortaleza en el día de la prueba. No tienes derechos como súbdito; los has perdido por tu traición; pero nada puede hacer perder a un hijo el derecho a la protección de su padre. No temas decir: «Padre mío, oye mi clamor».

Observa que fue una oración perseverante. Oró tres veces. No ceses hasta que prevalezcas. Sé como la viuda importuna, cuyo continuo venir le consiguió lo que su primera súplica no pudo obtener. Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.

Por último, fue una oración de resignación. «Pero no como yo quiero, sino como tú». Cede, y Dios cede. Sea como Dios quiere, y Dios decidirá lo mejor. Conténtate con dejar tu oración en sus manos, pues él sabe cuándo dar, y cómo dar, y qué dar, y qué retener. Rogando así, con fervor, con insistencia, pero con humildad y resignación, ciertamente prevalecerás.

23 de marzo

«Y fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra». (Lucas 22:44)

La presión mental que surgió de la lucha de nuestro Señor con la tentación forzó de tal modo su cuerpo a una excitación antinatural que sus poros despidieron grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Esto demuestra cuán tremendo debió de ser el peso del pecado, cuando pudo aplastar al Salvador hasta hacerle destilar grandes gotas de sangre. Esto pone de manifiesto el poder inmenso de su amor. Es una observación muy bella del viejo Isaac Ambrose que la resina que mana del árbol sin cortarlo es siempre la mejor. Este precioso árbol de alheña dio las especias más dulces cuando fue herido bajo los látigos nudosos y cuando fue traspasado por los clavos en la cruz; pero mira: da su mejor especia cuando no hay látigo, ni clavo, ni herida. Esto pone de manifiesto el carácter voluntario de los sufrimientos de Cristo, puesto que, sin lanza, la sangre brotó libremente. No hace falta aplicar la sanguijuela ni usar el bisturí; mana espontáneamente. No hace falta que los príncipes clamen: «Sube, oh pozo»; por sí misma fluye en torrentes carmesí. Cuando los hombres sufren un gran dolor de ánimo, al parecer la sangre se agolpa en el corazón. Las mejillas palidecen; sobreviene un desmayo; la sangre se ha retirado hacia dentro como para nutrir al hombre interior mientras pasa por su prueba. Pero mira a nuestro Salvador en su agonía: se olvida tan por completo de sí mismo que, en vez de que su agonía empuje la sangre al corazón para nutrirse a sí mismo, la empuja hacia fuera para regar la tierra. La agonía de Cristo, por cuanto lo derrama sobre el suelo, retrata la plenitud de la ofrenda que hizo por los hombres.

¿No percibimos cuán intensa debió de ser la lucha por la que pasó? ¿Y no oiremos la voz con que nos habla a nosotros? «Aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado». Contempla al gran Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, y suda hasta la sangre antes que ceder ante el gran tentador de tu alma.

24 de marzo

«Fue oído a causa de su temor». (Hebreos 5:7)

¿Surgió este temor de la sugestión infernal de que estaba completamente abandonado? Puede haber pruebas más duras que esta, pero sin duda ser completamente abandonado es una de las peores. «Mira —dijo Satanás—, ¡no tienes un amigo en ninguna parte! Tu Padre ha cerrado contra ti las entrañas de su compasión. Ni un ángel de sus atrios extenderá la mano para ayudarte. Todo el cielo se ha apartado de ti; te han dejado solo. Mira a los compañeros con quienes has tomado dulce consejo: ¿qué valen? Hijo de María, mira allí a tu hermano Jacobo, mira allí a tu amado discípulo Juan y a tu osado apóstol Pedro: ¡cómo duermen los cobardes cuando tú estás en tus padecimientos! ¡He aquí que no te queda un amigo en el cielo ni en la tierra! Todo el infierno está contra ti. He agitado mi guarida infernal. He enviado mis mensajes por todas las regiones, convocando a todo príncipe de las tinieblas para que se lance sobre ti esta noche, y no escatimaremos flechas; usaremos todo nuestro poder infernal para abrumarte: ¿y qué harás tú, solitario?». Puede ser que esta fuera la tentación; creemos que lo fue, porque la aparición de un ángel que lo fortalecía disipó ese temor. Fue oído a causa de su temor; ya no estaba solo, sino que el cielo estaba con él. Puede ser que esta sea la razón por la que acudió tres veces a sus discípulos, como lo expresa Hart:

«Tres veces corrió de aquí para allá,

como si buscara alguna ayuda del hombre».

Quería ver por sí mismo si era realmente cierto que todos los hombres lo habían abandonado; los encontró a todos dormidos; pero quizá obtuvo algún débil consuelo al pensar que dormían, no por traición, sino de tristeza: el espíritu a la verdad estaba dispuesto, pero la carne era débil. En todo caso, fue oído a causa de su temor. Jesús fue oído en su más hondo dolor; alma mía, tú también serás oída.

25 de marzo

«¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?». (Lucas 22:48)

«Engañosos son los besos del enemigo». Que esté yo en guardia cuando el mundo pone cara de amor, porque, si puede, me entregará como entregó a mi Maestro: con un beso. Siempre que un hombre está a punto de apuñalar a la religión, suele profesar por ella una reverencia muy grande. Que me guarde de la hipocresía de rostro meloso que es escudero de la herejía y de la incredulidad. Conociendo el engaño de la iniquidad, que sea yo prudente como la serpiente para descubrir y evitar los designios del enemigo. El joven falto de entendimiento fue extraviado por el beso de la mujer extraña: que mi alma sea tan bondadosamente instruida durante todo este día que «la mucha suavidad de las palabras» del mundo no tenga efecto alguno sobre mí. ¡Espíritu Santo, no permitas que yo, pobre y frágil hijo de hombre, sea entregado con un beso!

Pero ¿y si yo fuera culpable del mismo pecado maldito de Judas, aquel hijo de perdición? He sido bautizado en el nombre del Señor Jesús; soy miembro de su Iglesia visible; me siento a la mesa de la comunión: todos estos son otros tantos besos de mis labios. ¿Soy sincero en ellos? Si no, soy un vil traidor. ¿Vivo en el mundo tan despreocupadamente como los demás, y sin embargo hago profesión de ser seguidor de Jesús? Entonces expondré la religión al ridículo y llevaré a los hombres a hablar mal del santo nombre por el cual soy llamado. Ciertamente, si obro con tal incoherencia, soy un Judas, y mejor me fuera no haber nacido. ¿Me atrevo a esperar que estoy limpio en este asunto? Entonces, oh Señor, guárdame así. Oh Señor, hazme sincero y verdadero. Presérvame de todo camino falso. Nunca permitas que traicione a mi Salvador. Te amo, Jesús, y aunque a menudo te entristezco, quisiera permanecer fiel hasta la muerte. Oh Dios, no permitas que yo sea un profesante de altos vuelos que al fin caiga en el lago de fuego por haber entregado a mi Maestro con un beso.

26 de marzo

«Jesús les respondió: Si me buscáis a mí, dejad ir a estos por su camino». (Juan 18:8)

¡Observa, alma mía, el cuidado que Jesús mostró, aun en su hora de prueba, por las ovejas de su mano! La pasión dominante es fuerte en la muerte. Se entrega al enemigo, pero interpone una palabra de poder para dejar libres a sus discípulos. En cuanto a sí mismo, como oveja delante de sus trasquiladores, enmudece y no abre su boca; pero por amor de sus discípulos habla con energía omnipotente. En esto consiste el amor: un amor constante, que se olvida de sí, fiel. Pero ¿no hay aquí mucho más de lo que se encuentra en la superficie? ¿No tenemos en estas palabras el alma y el espíritu mismos de la expiación? El Buen Pastor da su vida por las ovejas, y alega que por eso deben quedar libres. El Fiador es atado, y la justicia exige que aquellos en cuyo lugar está como sustituto sigan su camino. En medio de la servidumbre de Egipto, esa voz resuena como palabra de poder: «Dejad ir a estos por su camino». De la esclavitud del pecado y de Satanás han de salir los redimidos. En cada celda de las mazmorras de Desesperación resuena el eco: «Dejad ir a estos por su camino», y salen Abatimiento y Mucho-Miedo. Satanás oye la voz bien conocida, y levanta el pie de la cerviz del caído; y la Muerte la oye, y la tumba abre sus puertas para que se levanten los muertos. Su camino es de progreso, santidad, triunfo y gloria, y nadie se atreverá a detenerlos en él. No habrá león en su camino, ni bestia fiera subirá por él. «La cierva de la aurora» ha atraído sobre sí a los crueles cazadores, y ahora los corzos y las ciervas más tímidos del campo pueden pacer en perfecta paz entre los lirios de sus amores. La nube de tormenta ha estallado sobre la cruz del Calvario, y los peregrinos de Sion nunca serán heridos por los rayos de la venganza. Ven, corazón mío, regocíjate en la inmunidad que tu Redentor te ha asegurado, y bendice su nombre todo el día y cada día.

27 de marzo

«Entonces todos los discípulos, dejándolo, huyeron». (Mateo 26:56)

Él nunca los abandonó, pero ellos, con un temor cobarde por sus vidas, huyeron de él al principio mismo de sus padecimientos. Este es solo un ejemplo instructivo de la fragilidad de todos los creyentes si se les deja a sí mismos; no son, en el mejor de los casos, sino ovejas, y huyen cuando viene el lobo. Todos habían sido advertidos del peligro, y habían prometido morir antes que dejar a su Maestro; y sin embargo, los sobrecogió un pánico repentino y pusieron pies en polvorosa. Puede ser que yo, al comenzar este día, haya fortalecido mi ánimo para soportar una prueba por amor del Señor, y me imagine seguro de mostrar una fidelidad perfecta; pero desconfíe yo mucho de mí mismo, no sea que, teniendo el mismo corazón malo de incredulidad, me aparte de mi Señor como lo hicieron los apóstoles. Una cosa es prometer, y otra muy distinta cumplir. Habría sido para su eterna honra haber permanecido con toda hombría al lado de Jesús; huyeron de la honra; ¡que yo sea guardado de imitarlos! ¿Dónde podrían haber estado tan seguros como cerca de su Maestro, que en seguida podía pedir doce legiones de ángeles? Huyeron de su verdadera seguridad. Oh Dios, no permitas que yo también haga el necio. La gracia divina puede hacer valiente al cobarde. El pábilo que humea puede arder como fuego sobre el altar cuando el Señor lo quiere. Estos mismos apóstoles, que eran tímidos como liebres, llegaron a ser osados como leones después que el Espíritu descendió sobre ellos; y así también el Espíritu Santo puede hacer valiente mi espíritu cobarde para confesar a mi Señor y dar testimonio de su verdad.

¡Qué angustia debió de llenar al Salvador al ver a sus amigos tan infieles! Este fue un ingrediente amargo de su copa; pero esa copa ha sido apurada hasta el fondo; no le añada yo otra gota. Si abandono a mi Señor, lo crucificaré de nuevo y lo expondré a vituperio. Guárdame, oh bendito Espíritu, de un fin tan vergonzoso.

28 de marzo

«El amor de Cristo, que excede a todo conocimiento». (Efesios 3:19)

El amor de Cristo, en su dulzura, su plenitud, su grandeza y su fidelidad, excede toda comprensión humana. ¿Dónde se hallará un lenguaje que describa su amor incomparable, sin igual, hacia los hijos de los hombres? Es tan vasto e ilimitado que, así como la golondrina no hace más que rozar el agua sin sumergirse en sus profundidades, así todas las palabras descriptivas no hacen más que tocar la superficie, mientras debajo yacen profundidades inmensurables. Bien pudo decir el poeta:

«¡Oh amor, abismo sin fondo!»,

porque este amor de Cristo es en verdad inmensurable e insondable; nadie puede alcanzarlo. Antes de que podamos tener una idea justa del amor de Jesús, debemos comprender su gloria anterior en su altura de majestad, y su encarnación en la tierra en todas sus profundidades de vergüenza. Pero ¿quién puede contarnos la majestad de Cristo? Cuando estaba entronizado en los más altos cielos, era Dios verdadero de Dios verdadero; por él fueron hechos los cielos y todo su ejército. Su propio brazo omnipotente sostenía las esferas; las alabanzas de querubines y serafines lo rodeaban perpetuamente; el coro pleno de los aleluyas del universo fluía sin cesar hasta el pie de su trono: reinaba supremo sobre todas sus criaturas, Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. ¿Quién puede contar entonces su altura de gloria? ¿Y quién, por otra parte, puede contar cuán bajo descendió? Ser hombre ya era algo; ser varón de dolores era mucho más; sangrar, y morir, y padecer, era mucho para aquel que era el Hijo de Dios; pero padecer una agonía tan sin igual, soportar una muerte de vergüenza y el abandono de su Padre: esta es una profundidad de amor condescendiente que la mente más inspirada no podrá sondear jamás. ¡En esto consiste el amor! Y verdaderamente es un amor que «excede a todo conocimiento». Oh, que este amor llene nuestros corazones de gratitud y adoración, y nos lleve a manifestaciones prácticas de su poder.

29 de marzo

«Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia». (Hebreos 5:8)

Se nos dice que el Capitán de nuestra salvación fue perfeccionado por medio de los padecimientos; por tanto, nosotros, que somos pecadores y estamos muy lejos de ser perfectos, no debemos extrañarnos si somos llamados a pasar también por padecimientos. ¿Será coronada de espinas la cabeza, y serán mecidos los demás miembros del cuerpo en el delicado regazo de la comodidad? ¿Debe Cristo atravesar mares de su propia sangre para ganar la corona, y hemos de caminar nosotros al cielo a pie enjuto, en zapatillas de plata? No; la experiencia de nuestro Maestro nos enseña que el sufrimiento es necesario, y el verdadero hijo de Dios no debe ni querría escapar de él aunque pudiera. Pero hay un pensamiento muy consolador en el hecho de que Cristo fuera «perfeccionado por medio de los padecimientos»: que puede compadecerse plenamente de nosotros. «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades». En esta compasión de Cristo hallamos un poder que sostiene. Uno de los primeros mártires dijo: «Puedo soportarlo todo, porque Jesús padeció, y ahora padece en mí; se compadece de mí, y esto me hace fuerte». Creyente, aférrate a este pensamiento en todos los tiempos de agonía. Que el pensamiento de Jesús te fortalezca mientras sigues sus pisadas. Halla un dulce apoyo en su compasión; y recuerda que sufrir es cosa honrosa: sufrir por Cristo es gloria. Los apóstoles se gozaron de ser tenidos por dignos de hacerlo. En la misma medida en que el Señor nos dé gracia para sufrir por Cristo, para sufrir con Cristo, en esa misma medida nos honra. Las joyas del cristiano son sus aflicciones. Las insignias reales de los reyes que Dios ha ungido son sus angustias, sus tristezas y sus penas. No rehuyamos, pues, ser honrados. No nos apartemos de ser exaltados. Las penas nos exaltan, y las angustias nos levantan. «Si sufrimos, también reinaremos con él».

30 de marzo

«Fue contado con los transgresores». (Isaías 53:12)

¿Por qué permitió Jesús ser inscrito entre los pecadores? Esta maravillosa condescendencia estaba justificada por muchas y poderosas razones. En tal carácter podía ser mejor su abogado. En algunos juicios hay una identificación del defensor con el cliente, y a los ojos de la ley no pueden considerarse separados el uno del otro. Ahora bien, cuando el pecador es llevado ante el tribunal, Jesús mismo comparece allí. Él se presenta para responder a la acusación. Señala su costado, sus manos, sus pies, y desafía a la Justicia a presentar algo contra los pecadores a quienes representa; alega su sangre, y alega tan triunfalmente, siendo contado con ellos y teniendo parte con ellos, que el Juez proclama: «Dejadlos ir por su camino; libradlos de descender al sepulcro, porque él ha hallado redención». Nuestro Señor Jesús fue contado con los transgresores para que ellos sintieran sus corazones atraídos hacia él. ¿Quién puede temer a uno que está escrito en la misma lista que nosotros? Ciertamente podemos acudir a él con confianza y confesar nuestra culpa. El que está contado con nosotros no puede condenarnos. ¿No fue puesto en la lista de los transgresores para que nosotros fuéramos escritos en el registro carmesí de los santos? Él era santo, y estaba escrito entre los santos; nosotros éramos culpables, y estábamos contados entre los culpables; él traslada su nombre de aquella lista a esta negra acusación, y nuestros nombres son quitados de la acusación y escritos en el registro de los aceptados, porque se ha hecho un traspaso completo entre Jesús y su pueblo. Todo nuestro caudal de miseria y de pecado lo ha tomado Jesús; y todo lo que Jesús tiene viene a nosotros. Su justicia, su sangre y todo lo que tiene nos lo da como dote. Regocíjate, creyente, en tu unión con aquel que fue contado entre los transgresores; y demuestra que eres verdaderamente salvo siendo contado manifiestamente con los que son nuevas criaturas en él.

31 de marzo

«Por su llaga fuimos nosotros curados». (Isaías 53:5)

Pilato entregó a nuestro Señor a los lictores para que lo azotaran. El azote romano era un instrumento de tortura de lo más terrible. Estaba hecho de tendones de buey, y entre los tendones iban entretejidos aquí y allá huesos afilados; de modo que cada vez que caía el látigo, estos trozos de hueso producían desgarros espantosos y arrancaban la carne del hueso. El Salvador fue, sin duda, atado a la columna y azotado así. Ya había sido golpeado antes; pero esta flagelación de los lictores romanos fue probablemente la más cruel de todas. Alma mía, detente aquí y llora sobre su pobre cuerpo herido.

Creyente en Jesús, ¿puedes contemplarlo sin lágrimas, mientras está ante ti como el espejo del amor agonizante? Es a la vez blanco como el lirio por su inocencia y rojo como la rosa por el carmesí de su propia sangre. Al sentir la sanidad segura y bendita que su llaga ha obrado en nosotros, ¿no se derrite nuestro corazón a la vez de amor y de dolor? Si alguna vez hemos amado a nuestro Señor Jesús, sin duda sentiremos ahora ese afecto ardiendo en nuestro pecho.

«Mirad cómo está el paciente Jesús,

¡ultrajado en su más baja condición!

Pecadores han atado las manos del Todopoderoso

y escupido en el rostro de su Creador.

Sus sienes, rasgadas y heridas por espinas,

derraman de todas partes ríos de sangre;

su espalda es azotada con látigos nudosos,

pero azotes más crueles desgarran su corazón».

Quisiéramos ir a nuestros aposentos a llorar; pero ya que nuestros quehaceres nos llaman, primero rogaremos a nuestro Amado que imprima la imagen de su ser ensangrentado en las tablas de nuestro corazón durante todo el día, y al caer la noche volveremos a tener comunión con él y a lamentar que nuestro pecado le haya costado tan caro.

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