Mañana tras mañana
Febrero

Capítulo 2 · 51 min de lectura · 1 h 5 min de escucha

Febrero

1 de febrero

«Y cantarán en los caminos del Señor». (Salmo 138:5)

El momento en que los cristianos comienzan a cantar en los caminos del Señor es cuando pierden por primera vez su carga al pie de la cruz. Ni siquiera los cánticos de los ángeles parecen tan dulces como el primer cántico de arrobamiento que brota de lo más íntimo del alma del hijo de Dios perdonado. Ya sabes cómo lo describe John Bunyan. Dice que cuando el pobre Peregrino perdió su carga ante la cruz, dio tres grandes saltos y siguió su camino cantando:

«¡Bendita cruz! ¡Bendito sepulcro! ¡Y más bendito aún sea

el Hombre que allí fue avergonzado por mí!».

Creyente, ¿recuerdas el día en que cayeron tus grilletes? ¿Recuerdas el lugar donde Jesús te salió al encuentro y te dijo: «Con amor eterno te he amado; deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados; nunca más te serán recordados»? ¡Oh, qué tiempo tan dulce es aquel en que Jesús quita el dolor del pecado! Cuando el Señor perdonó por primera vez mi pecado, estaba tan gozoso que apenas podía contenerme de danzar. En el camino a casa, desde el lugar donde había sido puesto en libertad, pensaba que tenía que contar a las piedras de la calle la historia de mi liberación. Tan llena de gozo estaba mi alma, que quería hablar a cada copo de nieve que caía del cielo del maravilloso amor de Jesús, que había borrado los pecados de uno de los primeros de los rebeldes. Pero no es solo al comienzo de la vida cristiana cuando los creyentes tienen motivo para cantar; mientras viven descubren razones para cantar en los caminos del Señor, y la experiencia de su constante misericordia los lleva a decir: «Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca». Procura, hermano, engrandecer al Señor este día.

«Mientras pisemos esta tierra desierta,

nuevas misericordias pedirán nuevos cánticos».

2 de febrero

«Sin derramamiento de sangre no se hace remisión». (Hebreos 9:22)

Esta es la voz de la verdad inalterable. En ninguna de las ceremonias judías se quitaban los pecados, ni siquiera en figura, sin derramamiento de sangre. En ningún caso y de ningún modo puede perdonarse el pecado sin expiación. Está claro, pues, que no hay esperanza para mí fuera de Cristo; porque no hay otro derramamiento de sangre que valga siquiera un pensamiento como expiación del pecado. ¿Creo yo, entonces, en él? ¿Está la sangre de su expiación verdaderamente aplicada a mi alma? Todos los hombres están al mismo nivel en cuanto a su necesidad de él. Por muy morales, generosos, amables o patriotas que seamos, la regla no se cambiará para hacer una excepción con nosotros. El pecado no cederá ante nada menos poderoso que la sangre de aquel a quien Dios ha puesto como propiciación. ¡Qué bendición que exista ese único camino de perdón! ¿Por qué habríamos de buscar otro?

Las personas de religión meramente formal no pueden entender cómo podemos regocijarnos de que todos nuestros pecados nos sean perdonados por amor de Cristo. Sus obras, sus oraciones y sus ceremonias les dan un consuelo muy pobre; y bien pueden estar inquietos, porque están descuidando la única gran salvación y procurando obtener la remisión sin sangre. Alma mía, siéntate y contempla la justicia de Dios, obligada a castigar el pecado; mira todo ese castigo ejecutado sobre tu Señor Jesús, y póstrate con humilde gozo y besa los amados pies de aquel cuya sangre ha hecho expiación por ti. Es en vano, cuando la conciencia está despierta, huir a los sentimientos y a las evidencias en busca de consuelo: ese es un hábito que aprendimos en el Egipto de nuestra servidumbre legal. El único remedio para una conciencia culpable es contemplar a Jesús sufriendo en la cruz. «La sangre es su vida», dice la ley levítica; y tengamos por seguro que es también la vida de la fe, del gozo y de toda otra santa gracia.

«¡Oh, qué dulce es ver correr

la preciosa sangre de mi Salvador,

sabiendo con divina certeza

que él ha hecho mi paz con Dios!».

3 de febrero

«Así que, hermanos, deudores somos». (Romanos 8:12)

Como criaturas de Dios, todos somos deudores suyos: debemos obedecerle con todo nuestro cuerpo, alma y fuerzas. Habiendo quebrantado sus mandamientos, como todos lo hemos hecho, somos deudores de su justicia, y le debemos una suma enorme que no podemos pagar. Pero del cristiano puede decirse que no debe nada a la justicia de Dios, porque Cristo ha pagado la deuda que su pueblo tenía; por esta razón el creyente debe tanto más al amor. Soy deudor de la gracia de Dios y de su misericordia perdonadora; pero no soy deudor de su justicia, porque él nunca me acusará de una deuda ya pagada. Cristo dijo: «¡Consumado es!», y con ello quiso decir que todo lo que su pueblo debía quedó borrado para siempre del libro de memoria. Cristo ha satisfecho por completo la justicia divina; la cuenta está saldada; el acta está clavada en la cruz; el recibo está dado, y ya no somos deudores de la justicia de Dios. Pero precisamente porque no somos deudores de nuestro Señor en ese sentido, llegamos a ser diez veces más deudores de Dios de lo que habríamos sido de otro modo. Cristiano, detente y reflexiona un momento. ¡Qué deudor eres de la soberanía divina! ¡Cuánto debes a su amor desinteresado, pues dio a su propio Hijo para que muriera por ti! Considera cuánto debes a su gracia perdonadora, pues después de diez mil afrentas te ama tan infinitamente como siempre. Considera lo que debes a su poder: cómo te ha levantado de tu muerte en el pecado, cómo ha preservado tu vida espiritual, cómo te ha guardado de caer, y cómo, aunque mil enemigos han acechado tu senda, has podido seguir adelante en tu camino. Considera lo que debes a su inmutabilidad. Aunque tú has cambiado mil veces, él no ha cambiado ni una. Estás tan endeudado como es posible estarlo con cada atributo de Dios. A Dios te debes a ti mismo y todo lo que tienes: preséntate en sacrificio vivo, que no es más que tu culto racional.

4 de febrero

«El amor del Señor». (Oseas 3:1)

Creyente, mira atrás a través de toda tu experiencia, y piensa en el camino por donde el Señor tu Dios te ha conducido en el desierto, y cómo te ha alimentado y vestido cada día; cómo ha soportado tus malos modales; cómo ha aguantado todas tus murmuraciones y todos tus anhelos por las ollas de carne de Egipto; cómo ha abierto la peña para abastecerte y te ha alimentado con el maná que descendía del cielo. Piensa en cómo su gracia te ha bastado en todas tus aflicciones; cómo su sangre ha sido tu perdón en todos tus pecados; cómo su vara y su cayado te han infundido aliento. Cuando hayas mirado así atrás al amor del Señor, deja que la fe contemple su amor en el futuro, porque recuerda que el pacto y la sangre de Cristo contienen algo más que el pasado. El que te ha amado y perdonado nunca dejará de amarte y perdonarte. Él es el Alfa, y será también la Omega; él es el primero, y será el último. Por tanto, piénsalo: cuando pases por el valle de sombra de muerte, no tendrás que temer mal alguno, porque él está contigo. Cuando te halles en las frías aguas del Jordán, no tendrás que temer, porque la muerte no puede separarte de su amor; y cuando entres en los misterios de la eternidad, no tendrás que temblar: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Ahora, alma, ¿no se ha refrescado tu amor? ¿No te hace esto amar a Jesús? ¿No inflama tu corazón un vuelo por las llanuras sin límites del éter del amor, y no te obliga a deleitarte en el Señor tu Dios? Ciertamente, al meditar en «el amor del Señor», nuestro corazón arde dentro de nosotros, y anhelamos amarlo más.

5 de febrero

«El Padre ha enviado al Hijo para ser Salvador del mundo». (1 Juan 4:14)

Es un dulce pensamiento que Jesucristo no salió sin el permiso, la autoridad, el consentimiento y la ayuda de su Padre. Fue enviado por el Padre para ser el Salvador de los hombres. Somos demasiado propensos a olvidar que, aunque hay distinciones en cuanto a las personas de la Trinidad, no hay distinciones de honra. Con demasiada frecuencia atribuimos la honra de nuestra salvación, o al menos la profundidad de su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Este es un error muy grande. ¿Qué si Jesús vino? ¿No lo envió su Padre? Si habló maravillosamente, ¿no derramó su Padre la gracia en sus labios, para que fuera un ministro competente del nuevo pacto? Quien conoce al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como debe conocerlos, nunca pone a uno por delante de otro en su amor; los ve en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, a todos igualmente ocupados en la obra de la salvación. Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el Hombre Cristo Jesús? ¿Has puesto tu apoyo solo en él? ¿Y estás unido a él? Entonces cree que estás unido al Dios del cielo. Puesto que eres hermano del Hombre Cristo Jesús y tienes la más estrecha comunión con él, por ello estás ligado a Dios el Eterno, y «el Anciano de días» es tu Padre y tu amigo. ¿Has considerado alguna vez la profundidad de amor que hay en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre preparó a su Hijo para la gran empresa de la misericordia? Si no, sea esta tu meditación de hoy. ¡El Padre lo envió! Contempla ese tema. Piensa cómo Jesús obra lo que el Padre quiere. En las heridas del Salvador moribundo mira el amor del gran YO SOY. Que cada pensamiento acerca de Jesús esté unido también al Dios eterno, por siempre bendito, porque «el Señor quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento».

6 de febrero

«Orando en todo tiempo». (Efesios 6:18)

¡Qué multitud de oraciones hemos elevado desde el primer momento en que aprendimos a orar! Nuestra primera oración fue una oración por nosotros mismos: pedimos que Dios tuviera misericordia de nosotros y borrara nuestro pecado. Él nos oyó. Pero cuando hubo deshecho como a nube nuestros pecados, tuvimos aún más oraciones por nosotros mismos. Hemos tenido que orar pidiendo gracia santificadora, gracia que nos impulse y gracia que nos refrene; hemos sido llevados a anhelar una nueva seguridad de fe, la consoladora aplicación de la promesa, la liberación en la hora de la tentación, ayuda en el tiempo del deber y socorro en el día de la prueba. Nos hemos visto obligados a acudir a Dios por nuestras almas, como mendigos constantes que lo piden todo. Dad testimonio, hijos de Dios: nunca habéis podido conseguir nada para vuestras almas en otra parte. Todo el pan que vuestra alma ha comido ha descendido del cielo, y toda el agua que ha bebido ha brotado de la roca viva: Cristo Jesús el Señor. Vuestra alma nunca se ha enriquecido por sí misma; siempre ha vivido de la generosidad diaria de Dios; y por eso vuestras oraciones han subido al cielo pidiendo una gama casi infinita de misericordias espirituales. Vuestras necesidades eran innumerables, y por eso las provisiones han sido infinitamente grandes, y vuestras oraciones han sido tan variadas como incontables las misericordias. ¿No tenéis, pues, motivo para decir: «Amo al Señor, pues ha oído mi voz y mis súplicas»? Porque así como vuestras oraciones han sido muchas, así también lo han sido las respuestas de Dios. Os ha oído en el día de la angustia, os ha fortalecido y os ha ayudado, aun cuando lo deshonrabais temblando y dudando ante el propiciatorio. Recordad esto, y que llene vuestro corazón de gratitud a Dios, que así ha oído con tanta gracia vuestras pobres y débiles oraciones. «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios».

7 de febrero

«Levantaos, y andad». (Miqueas 2:10)

Se acerca la hora en que nos llegará el mensaje, como les llega a todos: «Levántate y sal de la casa en que has habitado, de la ciudad en que has hecho tus negocios, de tu familia, de tus amigos. Levántate y emprende tu último viaje». ¿Y qué sabemos del viaje? ¿Y qué sabemos del país al que nos dirigimos? Algo hemos leído de él, y algo nos ha revelado el Espíritu; pero ¡qué poco sabemos de los reinos del más allá! Sabemos que hay un río negro y tempestuoso llamado «Muerte». Dios nos manda cruzarlo, prometiendo estar con nosotros. ¿Y qué viene después de la muerte? ¿Qué mundo de maravillas se abrirá ante nuestra vista asombrada? ¿Qué escena de gloria se desplegará ante nuestros ojos? Ningún viajero ha vuelto jamás para contarlo. Pero sabemos lo bastante de la tierra celestial como para acoger con gozo y alegría el llamado a ir allá. El viaje de la muerte puede ser oscuro, pero podemos emprenderlo sin temor, sabiendo que Dios está con nosotros mientras andamos por el valle sombrío, y que por eso no tenemos que temer mal alguno. Partiremos de todo lo que hemos conocido y amado aquí, pero iremos a la casa de nuestro Padre, al hogar de nuestro Padre, donde está Jesús, a aquella regia «ciudad con fundamentos, cuyo artífice y hacedor es Dios». Esta será nuestra última mudanza: para morar para siempre con aquel a quien amamos, en medio de su pueblo, en la presencia de Dios. Cristiano, medita mucho en el cielo; eso te ayudará a seguir adelante y a olvidar la fatiga del camino. Este valle de lágrimas no es más que la senda hacia la patria mejor; este mundo de dolor no es más que el escalón hacia un mundo de dicha.

«Prepáranos, Señor, por tu gracia divina,

para tus atrios radiantes en lo alto;

manda luego a nuestro espíritu que se eleve y se una

al coro del cielo».

8 de febrero

«Y llamarás su nombre Jesús». (Mateo 1:21)

Cuando una persona nos es querida, todo lo relacionado con ella se nos vuelve querido por causa de ella. Así, tan preciosa es la persona del Señor Jesús en la estima de todos los verdaderos creyentes, que todo lo que tiene que ver con él lo consideran de un valor inestimable, por encima de todo precio. «Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos», dijo David, como si las mismas vestiduras del Salvador estuvieran tan perfumadas por su persona que no pudiera menos que amarlas. Cierto es que no hay un lugar donde aquel pie santo haya pisado, ni una palabra que aquellos labios benditos hayan pronunciado, ni un pensamiento que su amorosa Palabra haya revelado, que no nos sea precioso por encima de todo precio. Y esto es verdad de los nombres de Cristo: todos son dulces al oído del creyente. Ya sea llamado el Esposo de la iglesia, su Novio, su Amigo; ya sea nombrado el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, el Rey, el Profeta o el Sacerdote; cada título de nuestro Maestro, Siloh, Emanuel, Admirable, el Consejero poderoso, cada nombre es como el panal que destila miel, y deliciosas son las gotas que de él destilan. Pero si hay un nombre más dulce que otro al oído del creyente, es el nombre de Jesús. ¡Jesús! Es el nombre que mueve las arpas del cielo a la melodía. ¡Jesús!, la vida de todos nuestros gozos. Si hay un nombre más encantador, más precioso que otro, es este nombre. Está tejido en la misma urdimbre y trama de nuestra salmodia. Muchos de nuestros himnos comienzan con él, y apenas alguno que valga algo termina sin él. Es la suma total de todas las delicias. Es la música con que repican las campanas del cielo; un cántico en una palabra; un océano por su contenido, aunque una gota por su brevedad; un oratorio sin igual en dos sílabas; una reunión de los aleluyas de la eternidad en cinco letras.

«Jesús, amo tu nombre encantador;

es música a mi oído».

9 de febrero

«Y consultó David al Señor». (2 Samuel 5:23)

Cuando David hizo esta consulta, acababa de pelear contra los filisteos y había obtenido una señalada victoria. Los filisteos subieron con grandes ejércitos, pero con la ayuda de Dios David los había puesto en fuga fácilmente. Observa, sin embargo, que cuando vinieron por segunda vez, David no subió a pelear contra ellos sin consultar al Señor. Ya había vencido una vez, y podría haber dicho, como muchos han dicho en otros casos: «Volveré a vencer; puedo estar completamente seguro de que, si vencí una vez, triunfaré otra vez. ¿Para qué detenerme a buscar la dirección del Señor?». No así David. Había ganado una batalla con la fuerza del Señor; no quiso aventurarse a otra hasta haberse asegurado de lo mismo. Preguntó: «¿Subiré contra ellos?». Esperó hasta que se dio la señal de Dios. Aprende de David a no dar un paso sin Dios. Cristiano, si quieres conocer el camino del deber, toma a Dios por tu brújula; si quieres guiar tu barco por las oscuras olas, pon el timón en la mano del Todopoderoso. Muchas rocas podrían evitarse si dejáramos que nuestro Padre tomara el timón; muchos bajíos o arenas movedizas podríamos esquivar si dejáramos a su soberana voluntad el escoger y el mandar. Decía el puritano: «Tan cierto como que un cristiano se sirve por su propia mano, se cortará los dedos»; esta es una gran verdad. Decía otro antiguo teólogo: «El que se adelanta a la nube de la providencia de Dios va en un recado de necio»; y así es. Debemos observar cómo nos guía la providencia de Dios; y si la providencia se demora, demorémonos hasta que llegue. El que se adelanta a la providencia se alegrará mucho de volver corriendo atrás. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar» es la promesa de Dios a su pueblo. Llevémosle, pues, todas nuestras perplejidades, y digamos: «Señor, ¿qué quieres que haga?». No salgas de tu aposento esta mañana sin consultar al Señor.

10 de febrero

«Sé tener abundancia». (Filipenses 4:12)

Hay muchos que saben «estar humillados» y que no han aprendido a «tener abundancia». Cuando se les pone en lo alto de un pináculo, se les va la cabeza y están a punto de caer. El cristiano deshonra su profesión mucho más a menudo en la prosperidad que en la adversidad. Es algo peligroso ser próspero. El crisol de la adversidad es una prueba menos severa para el cristiano que la vasija de refinar de la prosperidad. ¡Oh, cuánta flaqueza del alma y cuánto descuido de las cosas espirituales se han producido precisamente por las misericordias y los dones de Dios! Sin embargo, esto no es algo inevitable, porque el apóstol nos dice que sabía tener abundancia. Cuando tenía mucho, sabía usarlo. Una gracia abundante lo capacitaba para soportar una prosperidad abundante. Cuando llevaba las velas llenas, iba cargado con mucho lastre, y así navegaba seguro. Se necesita más que habilidad humana para llevar con mano firme la copa rebosante del gozo mortal; pero Pablo había aprendido esa habilidad, porque declara: «En todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre». Es una lección divina saber estar saciado, porque los israelitas estuvieron saciados una vez, pero mientras la carne estaba todavía en su boca, la ira de Dios vino sobre ellos. Muchos han pedido misericordias para satisfacer los antojos de su propio corazón. La hartura de pan ha producido a menudo hartura de sangre, y esta ha traído consigo la liviandad de espíritu. Cuando tenemos mucho de las misericordias providenciales de Dios, sucede a menudo que tenemos poco de la gracia de Dios y poca gratitud por los dones que hemos recibido. Estamos saciados y nos olvidamos de Dios; satisfechos con la tierra, nos contentamos con prescindir del cielo. Ten por seguro que es más difícil saber estar saciado que saber tener hambre: tan desesperada es la inclinación de la naturaleza humana al orgullo y al olvido de Dios. Procura pedir en tus oraciones que Dios te enseñe a «estar saciado».

«No dejes que los dones de tu amor

alejen de ti nuestro corazón».

11 de febrero

«Y les reconocían que habían estado con Jesús». (Hechos 4:13)

El cristiano debería ser un retrato asombrosamente fiel de Jesucristo. Has leído vidas de Cristo bella y elocuentemente escritas, pero la mejor vida de Cristo es su biografía viviente, escrita en las palabras y las acciones de su pueblo. Si fuéramos lo que profesamos ser, y lo que deberíamos ser, seríamos retratos de Cristo; sí, retratos tan asombrosamente parecidos a él, que el mundo no tendría que examinarnos durante horas para decir: «Bueno, parece que se le asemeja algo»; sino que, en cuanto nos vieran, exclamarían: «Ha estado con Jesús; ha sido enseñado por él; es como él; ha captado la idea misma del santo Hombre de Nazaret, y la pone por obra en su vida y en sus acciones de cada día». El cristiano debería ser como Cristo en su valentía. Nunca te avergüences de reconocer tu religión; tu profesión nunca te deshonrará: cuida de no deshonrarla tú a ella. Sé como Jesús, muy valiente por tu Dios. Imítalo en su espíritu amoroso; piensa con bondad, habla con bondad y obra con bondad, para que los hombres digan de ti: «Ha estado con Jesús». Imita a Jesús en su santidad. ¿Era celoso por su Señor? Sélo tú también; anda siempre haciendo bienes. No malgastes el tiempo: es demasiado precioso. ¿Se negaba a sí mismo, sin mirar nunca a su propio interés? Haz tú lo mismo. ¿Era devoto? Sé tú ferviente en tus oraciones. ¿Tenía deferencia a la voluntad de su Padre? Sométete así tú a él. ¿Era paciente? Aprende así a soportar. Y lo mejor de todo, como el más alto retrato de Jesús, procura perdonar a tus enemigos como él lo hizo; y que aquellas sublimes palabras de tu Maestro, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», resuenen siempre en tus oídos. Perdona, como esperas ser perdonado. Amontona ascuas de fuego sobre la cabeza de tu enemigo con tu bondad hacia él. Devolver bien por mal, recuérdalo, es semejante a Dios. Sé, pues, semejante a Dios; y de todas las maneras y por todos los medios, vive de tal modo que todos digan de ti: «Ha estado con Jesús».

12 de febrero

«Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación». (2 Corintios 1:5)

Hay una bendita proporción. El Gobernador de la providencia lleva una balanza: en este platillo pone las pruebas de su pueblo, y en aquel pone sus consolaciones. Cuando el platillo de la prueba está casi vacío, siempre hallarás el platillo de la consolación casi en el mismo estado; y cuando el platillo de las pruebas está lleno, hallarás el de la consolación igual de pesado. Cuando más se amontonan las nubes negras, tanto más brillante se nos revela la luz. Cuando la noche se pone amenazante y se acerca la tempestad, el Capitán celestial está siempre más cerca de su tripulación. Es algo bendito que, cuando estamos más abatidos, es precisamente cuando más somos levantados por las consolaciones del Espíritu. Una razón es que las pruebas hacen más lugar para la consolación. Los corazones grandes solo pueden formarse mediante grandes aflicciones. La pala de la aflicción cava más hondo el depósito del consuelo y hace más lugar para la consolación. Dios entra en nuestro corazón, lo encuentra lleno, comienza a quebrar nuestras comodidades y a vaciarlo; entonces hay más lugar para la gracia. Cuanto más humilde esté un hombre, más consuelo tendrá siempre, porque estará más preparado para recibirlo. Otra razón por la que a menudo somos más felices en nuestras aflicciones es esta: entonces tenemos el trato más íntimo con Dios. Cuando el granero está lleno, el hombre puede vivir sin Dios; cuando la bolsa revienta de oro, intentamos pasar con menos oración. Pero en cuanto se nos quitan nuestras calabaceras, necesitamos a nuestro Dios; en cuanto se limpia la casa de ídolos, nos vemos obligados a honrar a Jehová. «De lo profundo, oh Señor, a ti clamo». No hay clamor tan bueno como el que sale desde el pie de los montes; ninguna oración es ni la mitad de sincera que la que sube desde lo profundo del alma, a través de hondas pruebas y aflicciones. Por eso ellas nos llevan a Dios, y somos más felices; porque la cercanía de Dios es felicidad. Ven, creyente atribulado, no te inquietes por tus pesadas aflicciones, porque son heraldos de grandes misericordias.

13 de febrero

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios». (1 Juan 3:1,2)

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre». Considera quiénes éramos y lo que sentimos ser aún ahora, cuando la corrupción es poderosa en nosotros, y te maravillarás de nuestra adopción. Sin embargo, somos llamados «hijos de Dios». ¡Qué alto parentesco es el de hijo, y qué privilegios trae consigo! ¡Qué cuidado y qué ternura espera el hijo de su padre, y qué amor siente el padre por el hijo! Pero todo eso, y más que eso, lo tenemos ahora por medio de Cristo. En cuanto al inconveniente pasajero de padecer con el hermano mayor, lo aceptamos como un honor: «Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él». Nos contentamos con ser desconocidos con él en su humillación, porque hemos de ser exaltados con él. «Amados, ahora somos hijos de Dios». Eso es fácil de leer, pero no tan fácil de sentir. ¿Cómo está tu corazón esta mañana? ¿Estás en lo más hondo de la tristeza? ¿Se levanta la corrupción dentro de tu espíritu, y la gracia parece una pobre chispa pisoteada? ¿Casi te falla la fe? No temas: no es de tus gracias ni de tus sentimientos de lo que has de vivir; has de vivir sencillamente por la fe en Cristo. Con todas estas cosas en contra nuestra, ahora, en lo más hondo de nuestra tristeza, dondequiera que estemos, ahora, tanto en el valle como en el monte, «Amados, ahora somos hijos de Dios». «Ah, pero —dices—, ¡mira cómo estoy vestido! Mis gracias no brillan; mi justicia no resplandece con gloria visible». Pero lee lo que sigue: «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él». El Espíritu Santo purificará nuestra mente, y el poder divino refinará nuestro cuerpo; entonces le veremos tal como él es.

14 de febrero

«Y diariamente le fue dada su comida de parte del rey de continuo, una ración para cada día, todos los días de su vida». (2 Reyes 25:30)

Joaquín no fue despedido del palacio del rey con una provisión para varios meses, sino que su sustento le era dado como una pensión diaria. En esto ilustra bien la feliz condición de todo el pueblo del Señor. Una porción diaria es todo lo que un hombre realmente necesita. No necesitamos las provisiones de mañana; ese día aún no ha amanecido, y sus necesidades todavía no han nacido. La sed que podamos padecer en el mes de junio no necesita ser saciada en febrero, porque todavía no la sentimos; si tenemos lo suficiente para cada día a medida que llegan los días, nunca conoceremos la necesidad. Lo suficiente para el día es todo lo que podemos disfrutar. No podemos comer, beber ni vestir más que la provisión de alimento y ropa del día; lo que sobra solo nos da el afán de guardarlo y la inquietud de vigilar contra el ladrón. Un bastón ayuda al viajero, pero un haz de bastones es una carga pesada. Lo suficiente no solo vale tanto como un banquete, sino que es todo lo que el mayor glotón puede disfrutar de verdad. Esto es todo lo que deberíamos esperar; anhelar más que esto es ingratitud. Cuando nuestro Padre no nos da más, deberíamos contentarnos con su ración diaria. El caso de Joaquín es el nuestro: tenemos una porción segura, una porción dada de parte del rey, una porción de gracia y una porción perpetua. Aquí hay, sin duda, motivo de gratitud.

Amado lector cristiano, en las cosas de la gracia necesitas una provisión diaria. No tienes reservas de fuerza. Día tras día has de buscar ayuda de lo alto. Es una seguridad muy dulce saber que se te ha provisto una porción diaria. En la palabra, por medio del ministerio, por la meditación, en la oración y esperando en Dios, recibirás nuevas fuerzas. En Jesús está guardado para ti todo lo necesario. Disfruta, pues, de tu ración continua. Nunca pases hambre mientras el pan diario de la gracia esté sobre la mesa de la misericordia.

15 de febrero

«A él sea gloria ahora y para siempre». (2 Pedro 3:18)

El cielo estará lleno de las incesantes alabanzas de Jesús. ¡Eternidad!, tus años sin número correrán su curso sin fin, pero por los siglos de los siglos, «a él sea gloria». ¿No es él «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»? «A él sea gloria». ¿No es él rey para siempre, Rey de reyes y Señor de señores, el Padre eterno? «A él sea gloria para siempre». Nunca cesarán sus alabanzas. Lo que fue comprado con sangre merece durar mientras dure la inmortalidad. La gloria de la cruz nunca debe eclipsarse; el brillo del sepulcro y de la resurrección nunca debe empañarse. ¡Oh Jesús!, tú serás alabado para siempre. Mientras vivan los espíritus inmortales, mientras permanezca el trono del Padre, por siempre, por siempre, a ti sea la gloria. Creyente, esperas con anhelo el tiempo en que te unirás a los santos de lo alto para atribuir toda la gloria a Jesús; pero ¿lo glorificas ahora? Las palabras del apóstol son: «A él sea gloria ahora y para siempre». ¿No harás de ello tu oración en este día? «Señor, ayúdame a glorificarte; soy pobre: ayúdame a glorificarte con el contentamiento; estoy enfermo: ayúdame a darte honra con la paciencia; tengo talentos: ayúdame a ensalzarte empleándolos para ti; tengo tiempo: Señor, ayúdame a redimirlo para servirte; tengo un corazón para sentir: Señor, que ese corazón no sienta otro amor que el tuyo, ni arda con otra llama que el afecto por ti; tengo una cabeza para pensar: Señor, ayúdame a pensar en ti y para ti; tú me has puesto en este mundo para algo: Señor, muéstrame qué es, y ayúdame a cumplir el propósito de mi vida. No puedo hacer mucho; pero así como la viuda echó sus dos blancas, que eran todo su sustento, así, Señor, echo yo en tu tesoro mi tiempo y también mi eternidad; soy todo tuyo; tómame y capacítame para glorificarte ahora, en todo lo que digo, en todo lo que hago y con todo lo que tengo».

16 de febrero

«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación». (Filipenses 4:11)

Estas palabras nos muestran que el contentamiento no es una inclinación natural del hombre. «La mala hierba crece deprisa». La codicia, el descontento y la murmuración son tan naturales al hombre como los espinos al suelo. No necesitamos sembrar cardos y zarzas; brotan con bastante naturalidad, porque son nativos de la tierra; y así, no necesitamos enseñar a los hombres a quejarse: se quejan con bastante rapidez sin ninguna educación. Pero las cosas preciosas de la tierra tienen que cultivarse. Si queremos trigo, tenemos que arar y sembrar; si queremos flores, tiene que haber un jardín y todo el cuidado del jardinero. Pues bien, el contentamiento es una de las flores del cielo, y si queremos tenerlo, hay que cultivarlo; no crecerá en nosotros por naturaleza; solo la nueva naturaleza puede producirlo, y aun entonces debemos tener especial cuidado y vigilancia para conservar y cultivar la gracia que Dios ha sembrado en nosotros. Pablo dice: «He aprendido a contentarme»; como quien dice que hubo un tiempo en que no sabía hacerlo. Le costó algún trabajo llegar al misterio de esa gran verdad. Sin duda, a veces pensó que lo había aprendido, y luego se vino abajo. Y cuando por fin lo alcanzó, y pudo decir: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación», era un anciano de cabellos blancos, al borde de la tumba, un pobre prisionero encerrado en el calabozo de Nerón en Roma. Bien podríamos estar dispuestos a soportar las enfermedades de Pablo y compartir con él el frío calabozo, si nosotros también pudiéramos llegar de algún modo a su buen grado. No te hagas la idea de que puedes estar contento sin aprender, o aprender sin disciplina. No es una facultad que se ejerza de manera natural, sino una ciencia que se adquiere poco a poco. Lo sabemos por experiencia. Hermano, acalla esa murmuración, por natural que sea, y sigue siendo un alumno diligente en el Colegio del Contentamiento.

17 de febrero

«Y habitó Isaac junto al pozo del Viviente que me ve». (Génesis 25:11)

Agar había hallado allí una vez liberación, e Ismael había bebido del agua que tan misericordiosamente le reveló el Dios que vive y ve a los hijos de los hombres; pero aquella fue una visita meramente ocasional, como las que los mundanos hacen al Señor en tiempos de necesidad, cuando les conviene. Claman a él en la angustia, pero lo abandonan en la prosperidad. Isaac habitó allí, e hizo del pozo del Dios viviente que todo lo ve su fuente constante de provisión. El curso habitual de la vida de un hombre, la morada de su alma, es la verdadera prueba de su estado. Tal vez la visitación providencial que experimentó Agar impresionó la mente de Isaac y lo llevó a reverenciar aquel lugar; su nombre misterioso se lo hizo querido; sus frecuentes meditaciones a la orilla del pozo al caer la tarde le hicieron familiar aquel lugar; su encuentro allí con Rebeca había hecho que su espíritu se sintiera como en casa junto a aquel sitio; pero, lo mejor de todo, el hecho de que allí gozaba de comunión con el Dios viviente le había hecho escoger aquel suelo santo para su morada. Aprendamos a vivir en la presencia del Dios viviente; pidamos al Espíritu Santo que hoy, y todos los días, podamos sentir: «Tú, Dios, me ves». Que el Señor Jehová sea para nosotros como un pozo, deleitoso, consolador, inagotable, que salte para vida eterna. La vasija de la criatura se agrieta y se seca, pero el pozo del Creador nunca falla; dichoso el que habita junto al pozo, y así tiene a mano provisiones abundantes y constantes. El Señor ha sido un ayudador seguro para otros: su nombre es Shaddai, Dios Todosuficiente; nuestro corazón ha tenido a menudo un trato delicioso con él; por medio de él nuestra alma ha hallado a su glorioso Esposo, el Señor Jesús; y en él vivimos, nos movemos y somos en este día. Habitemos, pues, en la más estrecha comunión con él. Glorioso Señor, constríñenos para que nunca te dejemos, sino que habitemos junto al pozo del Dios viviente.

18 de febrero

«Hazme entender por qué contiendes conmigo». (Job 10:2)

Tal vez, oh alma probada, el Señor está haciendo esto para desarrollar tus gracias. Hay algunas de tus gracias que nunca serían descubiertas si no fuera por tus pruebas. ¿No sabes que tu fe nunca se ve tan grandiosa en tiempo de verano como en el invierno? El amor es muy a menudo como una luciérnaga, que da poca luz si no es en medio de la oscuridad que la rodea. La esperanza misma es como una estrella: no se ve en el sol de la prosperidad, y solo se descubre en la noche de la adversidad. Las aflicciones son a menudo el fondo negro sobre el que Dios engasta las joyas de las gracias de sus hijos, para que brillen mejor. Hace poco estabas de rodillas diciendo: «Señor, temo que no tengo fe; hazme saber que tengo fe». ¿No era esto, en realidad, aunque quizá sin darte cuenta, orar pidiendo pruebas? Porque ¿cómo puedes saber que tienes fe hasta que tu fe sea ejercitada? Ten por seguro que Dios a menudo nos envía pruebas para que nuestras gracias sean descubiertas y para que tengamos certeza de su existencia. Además, no se trata solo de descubrirlas: el verdadero crecimiento en la gracia es el resultado de las pruebas santificadas. Dios a menudo nos quita nuestras comodidades y nuestros privilegios para hacernos mejores cristianos. Él adiestra a sus soldados, no en tiendas de comodidad y lujo, sino sacándolos fuera y acostumbrándolos a marchas forzadas y a duro servicio. Les hace vadear arroyos, cruzar ríos a nado, escalar montañas y caminar muchas largas millas con pesadas mochilas de tristeza a la espalda. Pues bien, cristiano, ¿no explicará esto las aflicciones por las que estás pasando? ¿No está el Señor sacando a la luz tus gracias y haciéndolas crecer? ¿No es esta la razón por la que contiende contigo?

«Las pruebas endulzan la promesa;

las pruebas dan nueva vida a la oración;

las pruebas me llevan a sus pies,

me abaten y allí me mantienen».

19 de febrero

«Así dice el Señor Dios: Aún seré solicitado de la casa de Israel para hacerles esto». (Ezequiel 36:37)

La oración es la precursora de la misericordia. Vuelve a la historia sagrada, y encontrarás que casi nunca vino una gran misericordia a este mundo sin ser anunciada por la súplica. Lo has comprobado en tu propia experiencia personal. Dios te ha dado muchos favores que no pediste, pero aun así, en tu caso, una gran oración ha sido siempre el preludio de una gran misericordia. Cuando hallaste por primera vez la paz por medio de la sangre de la cruz, habías estado orando mucho e intercediendo fervientemente ante Dios para que quitara tus dudas y te librara de tus angustias. Tu seguridad fue el resultado de la oración. Siempre que has tenido gozos elevados y arrebatadores, te has visto obligado a considerarlos como respuestas a tus oraciones. Cuando has tenido grandes liberaciones de duras aflicciones y poderosas ayudas en grandes peligros, has podido decir: «Busqué al Señor, y él me oyó, y me libró de todos mis temores». La oración es siempre el prefacio de la bendición. Va delante de la bendición como la sombra de la bendición. Cuando la luz del sol de las misericordias de Dios se levanta sobre nuestras necesidades, proyecta la sombra de la oración muy lejos sobre la llanura. O, para usar otra ilustración, cuando Dios amontona una colina de misericordias, él mismo brilla detrás de ellas y proyecta sobre nuestro espíritu la sombra de la oración, de modo que podemos estar seguros de que, si oramos mucho, nuestras súplicas son las sombras de la misericordia. Así, la oración está unida a la bendición para mostrarnos su valor. Si tuviéramos las bendiciones sin pedirlas, las tendríamos por cosas comunes; pero la oración hace nuestras misericordias más preciosas que los diamantes. Las cosas que pedimos son preciosas, pero no nos damos cuenta de lo preciosas que son hasta que las hemos buscado con fervor.

«La oración hace que se retire la nube oscura;

la oración sube la escala que vio Jacob;

da ejercicio a la fe y al amor;

trae toda bendición de lo alto».

20 de febrero

«Dios, que consuela a los abatidos». (2 Corintios 7:6)

¿Y quién consuela como él? Ve a algún pobre hijo de Dios, melancólico y angustiado; dile dulces promesas y susúrrale al oído escogidas palabras de consuelo: es como el áspid sordo, que no oye la voz del encantador, por más hábil que el encantador sea. Está bebiendo hiel y ajenjo, y por más que lo consueles, solo obtendrás de él una o dos notas de triste resignación; no le sacarás salmos de alabanza, ni aleluyas, ni sonetos gozosos. Pero que venga Dios a su hijo, que alce sobre él su rostro, y los ojos del que llora brillarán de esperanza. ¿No le oyes cantar:

«Es el paraíso si tú estás aquí;

si te apartas, es el infierno»?

Tú no habrías podido alegrarlo, pero el Señor lo ha hecho; «él es el Dios de toda consolación». No hay bálsamo en Galaad, pero hay bálsamo en Dios. No hay médico entre las criaturas, pero el Creador es Jehová-rafa. Es maravilloso cómo una sola palabra dulce de Dios da para cánticos enteros a los cristianos. Una palabra de Dios es como un trozo de oro, y el cristiano es el batidor de oro, que puede martillar esa promesa durante semanas enteras. Así que, pobre cristiano, no tienes por qué sentarte a desesperar. Ve al Consolador y pídele que te dé consolación. Eres un pobre pozo seco. Habrás oído decir que, cuando una bomba está seca, primero hay que echarle agua, y entonces sacarás agua; y así, cristiano, cuando estés seco, ve a Dios, pídele que derrame su gozo en tu corazón, y entonces tu gozo será cumplido. No acudas a tus conocidos terrenales, porque al fin y al cabo los hallarás consoladores como los de Job; sino ve primero y ante todo a tu «Dios, que consuela a los abatidos», y pronto dirás: «En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma».

21 de febrero

«Él ha dicho». (Hebreos 13:5)

Si tan solo podemos asir estas palabras por la fe, tenemos en la mano un arma que todo lo vence. ¿Qué duda no será muerta por esta espada de dos filos? ¿Qué temor hay que no caiga herido de muerte ante esta flecha del arco del pacto de Dios? Las angustias de la vida y los dolores de la muerte, las corrupciones de dentro y los lazos de fuera, las pruebas de arriba y las tentaciones de abajo, ¿no parecerán todas ellas leves aflicciones cuando podamos escondernos tras el baluarte de «Él ha dicho»? Sí; ya sea para deleite en nuestra quietud o para fuerza en nuestro conflicto, «Él ha dicho» tiene que ser nuestro recurso diario. Y esto puede enseñarnos el valor extremo de escudriñar las Escrituras. Puede haber en la Palabra una promesa que se ajuste exactamente a tu caso, pero quizá no la conoces, y por eso te pierdes su consuelo. Eres como los presos en un calabozo: puede haber en el manojo una llave que abriría la puerta, y podrías ser libre; pero si no la buscas, puedes seguir preso, aunque la libertad esté tan cerca. Puede haber una medicina poderosa en la gran farmacopea de la Escritura, y aun así puedes seguir enfermo si no examinas y escudriñas las Escrituras para descubrir lo que «Él ha dicho». ¿No deberías, además de leer la Biblia, llenar ricamente tu memoria con las promesas de Dios? Puedes recordar los dichos de los grandes hombres; atesoras los versos de poetas renombrados; ¿no deberías tener un conocimiento profundo de las palabras de Dios, para poder citarlas con prontitud cuando quieras resolver una dificultad o derribar una duda? Puesto que «Él ha dicho» es la fuente de toda sabiduría y el manantial de todo consuelo, deja que more en ti en abundancia, como «una fuente de agua que salte para vida eterna». Así crecerás sano, fuerte y feliz en la vida divina.

22 de febrero

«Mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte Dios de Jacob». (Génesis 49:24)

La fuerza que Dios da a sus Josés es una fuerza real; no es un valor jactancioso, una ficción, algo de lo que los hombres hablan pero que acaba en humo; es verdadera fuerza, fuerza divina. ¿Por qué resiste José la tentación? Porque Dios le da ayuda. No hay nada que podamos hacer sin el poder de Dios. Toda fuerza verdadera viene del «Fuerte Dios de Jacob». Observa de qué manera tan benditamente familiar da Dios esta fuerza a José: «Los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte Dios de Jacob». Así se representa a Dios poniendo sus manos sobre las manos de José, colocando sus brazos sobre los brazos de José. Como el padre enseña a sus hijos, así enseña el Señor a los que le temen. Pone sus brazos sobre ellos. ¡Maravillosa condescendencia! Dios Todopoderoso, Eterno, Omnipotente, se inclina desde su trono y pone su mano sobre la mano del niño, extendiendo su brazo sobre el brazo de José, para que sea fortalecido. Esta fuerza era también fuerza del pacto, porque se atribuye al «Fuerte Dios de Jacob». Ahora bien, dondequiera que leas en la Biblia acerca del Dios de Jacob, debes recordar el pacto con Jacob. A los cristianos les encanta pensar en el pacto de Dios. Todo el poder, toda la gracia, todas las bendiciones, todas las misericordias, todos los consuelos, todo lo que tenemos, fluye hacia nosotros desde el manantial, a través del pacto. Si no hubiera pacto, entonces sí que fracasaríamos; porque toda la gracia procede de él, como la luz y el calor proceden del sol. Ningún ángel sube ni baja sino por aquella escala que vio Jacob, en cuya cumbre estaba un Dios de pacto. Cristiano, puede ser que los arqueros te hayan causado amargura, te hayan asaeteado y te hayan herido, pero tu arco se mantiene aún poderoso; asegúrate, pues, de atribuir toda la gloria al Dios de Jacob.

23 de febrero

«No te dejaré». (Hebreos 13:5)

Ninguna promesa es de interpretación privada. Lo que Dios ha dicho a un santo, lo ha dicho a todos. Cuando abre un pozo para uno, es para que todos beban. Cuando abre la puerta del granero para repartir alimento, quizá haya un hombre hambriento que sea la ocasión de que se abra, pero todos los santos hambrientos pueden acercarse y comer también. Que diera la palabra a Abraham o a Moisés no importa, oh creyente; te la ha dado a ti como a uno de la descendencia del pacto. No hay bendición tan alta que sea demasiado elevada para ti, ni misericordia tan amplia que sea demasiado extensa para ti. Alza ahora tus ojos al norte y al sur, al oriente y al occidente, porque todo esto es tuyo. Sube a la cumbre del Pisga y contempla el límite más lejano de la promesa divina, porque toda la tierra es tuya. No hay un arroyo de agua viva del que no puedas beber. Si la tierra fluye leche y miel, come la miel y bebe la leche, porque ambas son tuyas. Atrévete a creer, porque él ha dicho: «No te dejaré, ni te desampararé». En esta promesa Dios lo da todo a su pueblo. «Yo no te dejaré». Entonces ningún atributo de Dios puede dejar de estar empeñado a nuestro favor. ¿Es poderoso? Se mostrará fuerte a favor de los que confían en él. ¿Es amor? Entonces con misericordia eterna tendrá compasión de nosotros. Cualesquiera que sean los atributos que componen el carácter de la Deidad, todos y cada uno de ellos, en toda su plenitud, estarán empeñados de nuestro lado. Por decirlo todo en una palabra: no hay nada que puedas desear, nada que puedas pedir, nada que puedas necesitar en el tiempo o en la eternidad; nada en la vida, nada en la muerte; nada en este mundo, nada en el venidero; nada ahora, nada en la mañana de la resurrección, nada en el cielo, que no esté contenido en este texto: «No te dejaré, ni te desampararé».

24 de febrero

«Haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán». (Ezequiel 34:26)

He aquí una misericordia soberana: «Les daré la lluvia en su tiempo». ¿No es una misericordia soberana, divina? Porque ¿quién puede decir: «Les daré lluvias», sino Dios? Solo hay una voz que puede hablar a las nubes y ordenarles que engendren la lluvia. ¿Quién envía la lluvia sobre la tierra? ¿Quién esparce los aguaceros sobre la hierba verde? ¿No soy yo, el Señor? Así también la gracia es don de Dios, y no puede crearla el hombre. Es también una gracia necesaria. ¿Qué haría la tierra sin lluvias? Puedes romper los terrones, puedes sembrar tus semillas, pero ¿qué puedes hacer sin la lluvia? Igual de absolutamente necesaria es la bendición divina. En vano trabajas hasta que Dios derrama su lluvia abundante y envía la salvación desde lo alto. Además, es una gracia abundante. «Les enviaré lluvias». No dice: «Les enviaré gotas», sino «lluvias». Así sucede con la gracia. Cuando Dios da una bendición, por lo general la da en tal medida que no hay espacio suficiente para recibirla. ¡Gracia abundante! ¡Ah, cuánto necesitamos gracia abundante para mantenernos humildes, para hacernos hombres de oración, para hacernos santos; gracia abundante para hacernos celosos, para preservarnos a lo largo de esta vida y, al fin, para llevarnos a puerto en el cielo! No podemos pasar sin lluvias de gracia que nos empapen. Además, es una gracia oportuna. «Haré descender la lluvia en su tiempo». ¿Cuál es tu tiempo esta mañana? ¿Es tiempo de sequía? Entonces es el tiempo de las lluvias. ¿Es un tiempo de gran pesadumbre y de nubes negras? Entonces es el tiempo de las lluvias. «Como tus días, así será tu fuerza». Y he aquí una bendición variada. «Te daré lluvias de bendición». La palabra está en plural. Toda clase de bendiciones enviará Dios. Todas las bendiciones de Dios van juntas, como eslabones de una cadena de oro. Si da la gracia que convierte, dará también la gracia que consuela. Enviará «lluvias de bendición». Levanta hoy la mirada, oh planta reseca, y abre tus hojas y tus flores para recibir un riego celestial.

25 de febrero

«La ira que vendrá». (Mateo 3:7)

Es agradable recorrer una comarca cuando la tormenta ya ha descargado toda su furia; oler la frescura de las hierbas cuando la lluvia ha pasado, y contemplar las gotas que relucen como los diamantes más puros a la luz del sol. Esa es la situación del cristiano. Atraviesa una tierra donde la tormenta ya descargó toda su furia sobre la cabeza de su Salvador, y si caen todavía algunas gotas de tristeza, destilan de nubes de misericordia, y Jesús lo alienta con la seguridad de que no son para su destrucción. ¡Pero qué terrible es presenciar la llegada de una tempestad: notar los presagios de la tormenta; observar a las aves del cielo cuando abaten sus alas; ver al ganado que agacha la cabeza aterrado; percibir el semblante del cielo que se ennegrece, y mirar al sol que ya no brilla y a los cielos airados y ceñudos! ¡Qué terrible es aguardar el temible avance de un huracán —como los que a veces se desatan en los trópicos—, esperar con espantosa aprensión hasta que el viento se lance con furia, arrancando de raíz los árboles, desprendiendo las rocas de sus pedestales y derribando todas las moradas del hombre! Y sin embargo, pecador, esa es tu situación presente. Aún no han caído gotas ardientes, pero viene una lluvia de fuego. Aún no aúllan a tu alrededor vientos terribles, pero la tempestad de Dios está reuniendo su temible artillería. Por ahora las inundaciones están contenidas por la misericordia, pero pronto se abrirán las compuertas; los rayos de Dios están todavía en su depósito, pero ¡he aquí que la tempestad se apresura, y qué espantoso será el momento en que Dios, vestido de venganza, avance con furor! ¿Dónde, dónde, dónde, oh pecador, esconderás tu cabeza, o adónde huirás? ¡Ojalá la mano de la misericordia te lleve ahora a Cristo! Él se te ofrece gratuitamente en el evangelio: su costado abierto es la roca de refugio. Tú conoces tu necesidad de él; cree en él, échate sobre él, y entonces la furia pasará de largo para siempre.

26 de febrero

«La salvación es del Señor». (Jonás 2:9)

La salvación es obra de Dios. Solo él vivifica al alma «muerta en delitos y pecados», y es él también quien mantiene al alma en su vida espiritual. Él es a la vez el «Alfa y la Omega». «La salvación es del Señor». Si soy un hombre de oración, es Dios quien me hace orar; si tengo virtudes, son dones de Dios para mí; si persevero en una vida coherente, es porque él me sostiene con su mano. No hago absolutamente nada por mi propia preservación, salvo lo que Dios mismo obra primero en mí. Todo lo que tengo, toda mi bondad, viene solo del Señor. En lo que peco, eso es mío; pero en lo que obro rectamente, eso es de Dios, entera y completamente. Si he rechazado a un enemigo espiritual, la fuerza del Señor dio vigor a mi brazo. ¿Vivo delante de los hombres una vida consagrada? No soy yo, sino Cristo que vive en mí. ¿Estoy santificado? No me limpié a mí mismo: el Espíritu Santo de Dios me santifica. ¿Estoy destetado del mundo? Me destetan los castigos de Dios, santificados para mi bien. ¿Crezco en conocimiento? El gran Maestro me enseña. Todas mis joyas fueron labradas por un arte celestial. En Dios hallo todo lo que necesito; pero en mí mismo no hallo nada sino pecado y miseria. «Él solamente es mi roca y mi salvación». ¿Me alimento de la Palabra? Esa Palabra no sería alimento para mí si el Señor no la hiciera alimento para mi alma y no me ayudara a alimentarme de ella. ¿Vivo del maná que desciende del cielo? ¿Qué es ese maná sino Jesucristo mismo encarnado, cuyo cuerpo como y cuya sangre bebo? ¿Recibo continuamente nuevo aumento de fuerzas? ¿De dónde saco mi vigor? Mi socorro viene de los collados del cielo: sin Jesús nada puedo hacer. Como el pámpano no puede llevar fruto si no permanece en la vid, tampoco yo, si no permanezco en él. Lo que Jonás aprendió en el gran abismo, apréndalo yo esta mañana en mi aposento: «La salvación es del Señor».

27 de febrero

«Porque tú has puesto al Señor, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación». (Salmo 91:9)

Los israelitas en el desierto estaban continuamente expuestos al cambio. Cada vez que la columna se detenía, se plantaban las tiendas; pero al día siguiente, antes de que saliera el sol de la mañana, sonaba la trompeta, el arca se ponía en marcha, y la columna de fuego y de nube abría el camino por los estrechos desfiladeros de la montaña, cuesta arriba por la ladera o a lo largo del árido yermo del desierto. Apenas tenían tiempo de descansar un poco cuando oían la voz: «¡Adelante! Este no es vuestro reposo; ¡todavía tenéis que seguir caminando hacia Canaán!». Nunca permanecían mucho tiempo en un mismo lugar. Ni siquiera los pozos y las palmeras podían detenerlos. Sin embargo, tenían en su Dios un hogar permanente: su columna de nube era el techo de su casa, y su llama por la noche, el fuego de su hogar. Debían avanzar de lugar en lugar, cambiando continuamente, sin tener nunca tiempo de establecerse y decir: «Ahora estamos seguros; en este lugar habitaremos». «Sin embargo —dice Moisés—, aunque siempre estamos cambiando, Señor, tú has sido nuestra morada de generación en generación». El cristiano no conoce cambio alguno respecto de Dios. Puede ser rico hoy y pobre mañana; puede estar enfermo hoy y sano mañana; puede ser feliz hoy, y mañana estar afligido; pero no hay cambio alguno en su relación con Dios. Si él me amó ayer, me ama hoy. Mi inamovible mansión de reposo es mi bendito Señor. Que se malogren las perspectivas; que se marchiten las esperanzas; que se seque el gozo; que el moho lo destruya todo: nada he perdido de lo que tengo en Dios. Él es «mi fuerte habitación, adonde puedo recurrir continuamente». Soy peregrino en el mundo, pero estoy en casa en mi Dios. En la tierra ando errante, pero en Dios habito en una morada tranquila.

28 de febrero

«De él es mi esperanza». (Salmo 62:5)

Es privilegio del creyente usar este lenguaje. Si espera algo del mundo, pobre «esperanza» es esa en verdad. Pero si mira a Dios para que supla sus necesidades, ya sea en bendiciones temporales o espirituales, su «esperanza» no será vana. Constantemente puede girar contra el banco de la fe y ver suplida su necesidad con las riquezas de la misericordia de Dios. Esto sé: prefiero tener a Dios por banquero antes que a todos los Rothschild. Mi Señor nunca deja de honrar sus promesas; y cuando se las presentamos ante su trono, nunca nos las devuelve sin respuesta. Por eso esperaré solo a su puerta, porque él siempre la abre con la mano de su gracia generosa. En esta misma hora lo pondré a prueba de nuevo. Pero tenemos «esperanzas» más allá de esta vida. Pronto moriremos; y entonces nuestra «esperanza es de él». ¿No esperamos que, cuando yazcamos en el lecho de enfermedad, él envíe ángeles que nos lleven a su seno? Creemos que, cuando el pulso sea débil y el corazón lata pesadamente, algún mensajero angélico se pondrá a nuestro lado, nos mirará con ojos amorosos y susurrará: «¡Espíritu hermano, ven!». Al acercarnos a la puerta celestial, esperamos oír la acogedora invitación: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Esperamos arpas de oro y coronas de gloria; confiamos en estar pronto entre la multitud de los resplandecientes delante del trono; aguardamos y anhelamos el tiempo en que seremos semejantes a nuestro glorioso Señor, porque «le veremos como él es». Entonces, si estas son tus «esperanzas», alma mía, vive para Dios; vive con el deseo y el propósito de glorificar a aquel de quien procede toda tu provisión, y por cuya gracia en tu elección, redención y llamamiento tienes alguna «esperanza» de la gloria venidera.

29 de febrero

«Con misericordia te he atraído». (Jeremías 31:3)

Los truenos de la ley y los terrores del juicio sirven todos para traernos a Cristo; pero la victoria final la logra la misericordia. El pródigo se encaminó a la casa de su padre empujado por la necesidad; pero su padre lo vio cuando aún estaba lejos y corrió a su encuentro; de modo que los últimos pasos que dio hacia la casa de su padre los dio con el beso todavía tibio en la mejilla y la bienvenida todavía sonando como música en sus oídos.

«La ley y el terror solo endurecen

mientras obran por sí solos;

mas sentir el perdón comprado con sangre

derrite un corazón de piedra».

El Maestro llegó una noche a la puerta y llamó con la mano de hierro de la ley; la puerta se sacudió y tembló sobre sus goznes; pero el hombre amontonó contra la puerta todos los muebles que pudo encontrar, porque dijo: «No dejaré entrar a ese hombre». El Maestro se alejó, pero al cabo de un tiempo volvió, y con su propia mano suave, usando sobre todo la parte que el clavo había atravesado, llamó otra vez, ¡oh, con tanta suavidad y ternura! Esta vez la puerta no se sacudió, sino que, cosa extraña, se abrió, y allí, de rodillas, se encontró al anfitrión antes reacio, gozoso de recibir a su huésped. «Entra, entra; has llamado de tal manera que mis entrañas se conmueven por ti. No podía soportar la idea de que tu mano traspasada dejara su marca de sangre en mi puerta, y de que te marcharas sin techo, “tu cabeza llena de rocío, y tus cabellos de las gotas de la noche”. Me rindo, me rindo, tu amor ha conquistado mi corazón». Así sucede en todos los casos: la misericordia gana la batalla. Lo que Moisés con las tablas de piedra nunca pudo hacer, Cristo lo hace con su mano traspasada. Tal es la doctrina del llamamiento eficaz. ¿La entiendo por experiencia? ¿Puedo decir: «Él me atrajo, y yo lo seguí, gozoso de confesar la voz divina»? Si es así, que siga atrayéndome, hasta que por fin me siente a la cena de las bodas del Cordero.

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