Capítulo 1 · 54 min de lectura · 1 h 9 min de escucha
Enero
1 de enero
«Y comieron del fruto de la tierra de Canaán aquel año». (Josué 5:12)
Las fatigosas peregrinaciones de Israel habían terminado del todo, y el reposo prometido se había alcanzado. Ya no más tiendas errantes, serpientes ardientes, fieros amalecitas ni desiertos aullantes: llegaron a la tierra que fluía leche y miel, y comieron del trigo añejo de la tierra. Tal vez este año, amado lector cristiano, este sea tu caso o el mío. Gozosa es la perspectiva, y si la fe está en activo ejercicio, nos dará un deleite sin mezcla. Estar con Jesús en el reposo que queda para el pueblo de Dios es, en verdad, una esperanza alentadora, y esperar esta gloria tan pronto es una doble dicha. La incredulidad se estremece ante el Jordán que todavía corre entre nosotros y la buena tierra, pero tengamos por seguro que ya hemos padecido más males de los que la muerte, en su peor forma, puede causarnos. Desterremos todo pensamiento temeroso y regocijémonos con muy grande gozo ante la perspectiva de que este año comenzaremos a estar «siempre con el Señor».
Una parte de la hueste se quedará este año en la tierra para servir a su Señor. Si esto nos tocara en suerte, no hay razón para que el texto de Año Nuevo no siga siendo verdad. «Los que hemos creído entramos en el reposo». El Espíritu Santo es las arras de nuestra herencia; él nos da «la gloria comenzada aquí abajo». En el cielo están seguros, y así también nosotros somos guardados en Cristo Jesús; allí triunfan sobre sus enemigos, y nosotros también tenemos victorias. Los espíritus celestiales gozan de comunión con su Señor, y esto no se nos niega a nosotros; ellos descansan en su amor, y nosotros tenemos perfecta paz en él; ellos cantan himnos en su alabanza, y es nuestro privilegio bendecirlo también. Este año recogeremos frutos celestiales en suelo terrenal, donde la fe y la esperanza han hecho del desierto un huerto del Señor. Antiguamente el hombre comió pan de ángeles; ¿y por qué no ahora? ¡Oh, quién tuviera gracia para alimentarse de Jesús, y así comer del fruto de la tierra de Canaán este año!
2 de enero
«Perseverad en la oración». (Colosenses 4:2)
Es interesante observar qué gran porción de la Sagrada Escritura está dedicada al tema de la oración, ya sea proporcionando ejemplos, inculcando preceptos o pronunciando promesas. Apenas abrimos la Biblia cuando leemos: «Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre del Señor»; y justo cuando estamos por cerrar el volumen, el «Amén» de una ferviente súplica llega a nuestro oído. Los ejemplos abundan. Aquí encontramos a un Jacob que lucha; allá, a un Daniel que oraba tres veces al día, y a un David que con todo su corazón clamaba a su Dios. En el monte vemos a Elías; en el calabozo, a Pablo y a Silas. Tenemos multitud de mandatos y miríadas de promesas. ¿Qué nos enseña esto, sino la sagrada importancia y la necesidad de la oración? Podemos estar seguros de que todo lo que Dios ha hecho prominente en su Palabra, quiso que fuera notorio en nuestras vidas. Si ha dicho mucho acerca de la oración, es porque sabe que tenemos mucha necesidad de ella. Tan hondas son nuestras necesidades, que hasta que estemos en el cielo no debemos dejar de orar. ¿No te falta nada? Entonces temo que no conoces tu pobreza. ¿No tienes ninguna misericordia que pedir a Dios? ¡Entonces, que la misericordia del Señor te muestre tu miseria! Un alma sin oración es un alma sin Cristo. La oración es el balbuceo del niño creyente, el grito del creyente que combate, el réquiem del santo moribundo que se duerme en Jesús. Es el aliento, la consigna, el consuelo, la fuerza, la honra del cristiano. Si eres hijo de Dios, buscarás el rostro de tu Padre y vivirás en el amor de tu Padre. Ora para que este año seas santo, humilde, celoso y paciente; para que tengas una comunión más estrecha con Cristo y entres más a menudo en la casa del banquete de su amor. Ora para que seas ejemplo y bendición para otros, y para que vivas más para la gloria de tu Maestro. El lema para este año ha de ser: «Perseverad en la oración».
3 de enero
«Te daré por pacto al pueblo». (Isaías 49:8)
Jesucristo mismo es la suma y la sustancia del pacto, y también uno de sus dones. Él es propiedad de todo creyente. Creyente, ¿puedes calcular lo que has obtenido en Cristo? «En él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente». Considera esa palabra, «Dios», y su infinitud, y medita luego en «hombre perfecto» y en toda su hermosura; porque todo lo que Cristo, como Dios y hombre, tuvo jamás o puede tener, es tuyo: por puro y gratuito favor, traspasado a ti para que sea tu propiedad vinculada para siempre. Nuestro bendito Jesús, como Dios, es omnisciente, omnipresente, omnipotente. ¿No te consolará saber que todos estos grandes y gloriosos atributos son enteramente tuyos? ¿Tiene él poder? Ese poder es tuyo para sostenerte y fortalecerte, para vencer a tus enemigos y para preservarte hasta el fin. ¿Tiene él amor? Pues bien, no hay una sola gota de amor en su corazón que no sea tuya; puedes sumergirte en el inmenso océano de su amor y decir de todo él: «Es mío». ¿Tiene él justicia? Puede parecer un atributo severo, pero aun ese es tuyo, porque por su justicia él se encargará de que todo lo que se te ha prometido en el pacto de gracia te sea asegurado con toda certeza. Y todo lo que él tiene como hombre perfecto es tuyo. Como hombre perfecto, el deleite del Padre reposaba sobre él. Fue aceptado por el Altísimo. Oh creyente, la aceptación de Cristo por parte de Dios es tu aceptación; porque ¿no sabes que el amor que el Padre puso en un Cristo perfecto lo pone en ti ahora? Pues todo lo que Cristo hizo es tuyo. Esa perfecta justicia que Jesús obró cuando, por su vida sin mancha, guardó la ley y la hizo honorable, es tuya y te es imputada. Cristo está en el pacto.
«Dios mío, soy tuyo: ¡qué gozo divino!
¡Qué dicha saber que el Salvador es mío!
En el Cordero del cielo tres veces feliz soy,
y mi corazón danza al oír su nombre».
4 de enero
«Creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo». (2 Pedro 3:18)
«Creced en la gracia»: no en una sola gracia, sino en toda gracia. Crece en esa gracia que es la raíz, la fe. Cree las promesas con más firmeza que hasta ahora. Que la fe aumente en plenitud, constancia y sencillez. Crece también en el amor. Pide que tu amor se haga más amplio, más intenso, más práctico, influyendo en cada pensamiento, palabra y obra. Crece asimismo en la humildad. Procura estar muy abajo y conocer más de tu propia nada. A medida que creces hacia abajo en humildad, procura también crecer hacia arriba, acercándote más a Dios en la oración y teniendo una comunión más íntima con Jesús. Que Dios el Espíritu Santo te capacite para «crecer en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador». Quien no crece en el conocimiento de Jesús rehúsa ser bendecido. Conocerlo es «vida eterna», y avanzar en su conocimiento es aumentar en felicidad. Quien no anhela conocer más de Cristo, todavía no sabe nada de él. Quien ha probado este vino tendrá sed de más, porque aunque Cristo satisface, es una satisfacción tal que el apetito no se empalaga, sino que se aviva. Si conoces el amor de Jesús, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así anhelarás tú tragos más hondos de su amor. Si no deseas conocerlo mejor, entonces no lo amas, porque el amor siempre clama: «Más cerca, más cerca». Estar lejos de Cristo es el infierno; pero la presencia de Jesús es el cielo. No descanses, pues, satisfecho sin un trato cada vez más íntimo con Jesús. Procura conocer más de él en su naturaleza divina, en su relación humana, en su obra consumada, en su muerte, en su resurrección, en su gloriosa intercesión presente y en su futuro advenimiento real. Permanece junto a la cruz y escudriña el misterio de sus heridas. Un aumento del amor a Jesús y una comprensión más perfecta de su amor por nosotros es una de las mejores pruebas del crecimiento en la gracia.
5 de enero
«Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas». (Génesis 1:4)
Bien podía ser buena la luz, puesto que brotó de aquel decreto de bondad: «Sea la luz». Nosotros, que la disfrutamos, deberíamos estar más agradecidos por ella de lo que estamos, y ver más de Dios en ella y por ella. Salomón dice que la luz física es suave, pero la luz del evangelio es infinitamente más preciosa, porque revela las cosas eternas y ministra a nuestra naturaleza inmortal. Cuando el Espíritu Santo nos da luz espiritual y abre nuestros ojos para contemplar la gloria de Dios en la faz de Jesucristo, vemos el pecado en sus verdaderos colores y a nosotros mismos en nuestra verdadera condición; vemos al Dios Santísimo tal como él se revela, el plan de misericordia tal como él lo propone, y el mundo venidero tal como la Palabra lo describe. La luz espiritual tiene muchos rayos y colores prismáticos, pero ya sean conocimiento, gozo, santidad o vida, todos son divinamente buenos. Si la luz recibida es así de buena, ¡cómo será la luz esencial, y cuán glorioso será el lugar donde él se revela! Oh Señor, ya que la luz es tan buena, danos más de ella, y más de ti mismo, la luz verdadera.
Tan pronto como hay una cosa buena en el mundo, se hace necesaria una división. La luz y las tinieblas no tienen comunión; Dios las ha separado; no las confundamos nosotros. Los hijos de luz no deben tener comunión con las obras, las doctrinas ni los engaños de las tinieblas. Los hijos del día deben ser sobrios, honrados y valientes en la obra de su Señor, dejando las obras de las tinieblas a quienes habitarán en ellas para siempre. Nuestras iglesias deberían, por medio de la disciplina, separar la luz de las tinieblas, y nosotros deberíamos hacer lo mismo mediante nuestra clara separación del mundo. En el juicio, en la acción, en lo que oímos, en lo que enseñamos, en nuestras compañías, debemos discernir entre lo precioso y lo vil, y mantener la gran distinción que el Señor hizo el primer día del mundo. Oh Señor Jesús, sé tú nuestra luz durante todo este día, porque tu luz es la luz de los hombres.
6 de enero
«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros». (1 Pedro 5:7)
Es una manera feliz de calmar la tristeza poder sentir: «ÉL tiene cuidado de mí». ¡Cristiano!, no deshonres la religión llevando siempre un ceño de preocupación; ven, echa tu carga sobre tu Señor. Vas tambaleándote bajo un peso que tu Padre ni siquiera sentiría. Lo que a ti te parece una carga aplastante sería para él apenas como el polvo menudo de la balanza. Nada hay tan dulce como
«Yacer pasivo en las manos de Dios,
y no conocer más voluntad que la suya».
Oh hijo del sufrimiento, ten paciencia; Dios no te ha pasado por alto en su providencia. El que alimenta a los gorriones te proveerá también de lo que necesitas. No te sientes a desesperar; espera siempre, espera sin cesar. Toma las armas de la fe contra un mar de dificultades, y tu resistencia pondrá fin, al cabo, a tus angustias. Hay Uno que tiene cuidado de ti. Su ojo está fijo en ti, su corazón late de compasión por tu aflicción, y su mano omnipotente te traerá todavía la ayuda que necesitas. La nube más oscura se deshará en lluvias de misericordia. La tiniebla más negra dará paso a la mañana. Si eres de su familia, él vendará tus heridas y sanará tu corazón quebrantado. No dudes de su gracia a causa de tu tribulación; cree más bien que él te ama tanto en tiempos de angustia como en tiempos de felicidad. ¡Qué vida serena y tranquila podrías llevar si dejaras la provisión en manos del Dios de la providencia! Con un poco de aceite en la botija y un puñado de harina en la tinaja, Elías sobrevivió al hambre, y tú harás lo mismo. Si Dios tiene cuidado de ti, ¿por qué has de afanarte tú también? ¿Puedes confiarle tu alma y no tu cuerpo? Él nunca se ha negado a llevar tus cargas; nunca ha desfallecido bajo su peso. ¡Ven, pues, alma!, acaba con la inquietud quejumbrosa y deja todos tus asuntos en la mano de un Dios lleno de gracia.
7 de enero
«Para mí el vivir es Cristo». (Filipenses 1:21)
El creyente no siempre vivió para Cristo. Comenzó a hacerlo cuando Dios el Espíritu Santo lo convenció de pecado y cuando, por la gracia, fue llevado a ver al Salvador moribundo haciendo propiciación por su culpa. Desde el momento del nuevo y celestial nacimiento, el hombre comienza a vivir para Cristo. Jesús es para los creyentes la única perla preciosa, por la cual estamos dispuestos a desprendernos de todo lo que tenemos. Él ha ganado tan completamente nuestro amor, que este late solo por él; para su gloria quisiéramos vivir, y en defensa de su evangelio quisiéramos morir; él es el modelo de nuestra vida, y el patrón según el cual quisiéramos esculpir nuestro carácter. Las palabras de Pablo significan más de lo que la mayoría piensa; implican que el propósito y fin de su vida era Cristo; más aún, su vida misma era Jesús. En palabras de un antiguo santo, comía, bebía y dormía vida eterna. Jesús era su mismo aliento, el alma de su alma, el corazón de su corazón, la vida de su vida. ¿Puedes decir, como cristiano profeso, que vives a la altura de este ideal? ¿Puedes decir honestamente que para ti el vivir es Cristo? Tu trabajo, ¿lo haces para Cristo? ¿No lo haces para engrandecerte a ti mismo y para provecho de tu familia? Quizá preguntes: «¿Es esa una razón mezquina?». Para el cristiano, sí lo es. Él profesa vivir para Cristo; ¿cómo puede vivir para otro objeto sin cometer un adulterio espiritual? Muchos hay que ponen en práctica este principio en alguna medida; pero ¿quién hay que se atreva a decir que ha vivido enteramente para Cristo como el apóstol? Sin embargo, solo esta es la verdadera vida del cristiano: su fuente, su sustento, su forma, su fin, todo reunido en una palabra: Cristo Jesús. Señor, acéptame; aquí me presento, pidiendo vivir solo en ti y para ti. Sea yo como el buey que está entre el arado y el altar, para trabajar o para ser sacrificado; y sea mi lema: «Dispuesto para lo uno o lo otro».
8 de enero
«El pecado de las cosas santas». (Éxodo 28:38)
¡Qué velo se levanta con estas palabras, y qué revelación se nos hace! Será humillante y provechoso para nosotros detenernos un rato a contemplar este triste espectáculo. Los pecados de nuestro culto público, su hipocresía, formalismo, tibieza, irreverencia, divagación del corazón y olvido de Dios: ¡qué medida tan colmada tenemos ahí! Nuestra obra para el Señor, su rivalidad, egoísmo, descuido, flojedad, incredulidad: ¡qué masa de contaminación hay ahí! Nuestras devociones privadas, su relajamiento, frialdad, negligencia, somnolencia y vanidad: ¡qué montaña de tierra muerta hay ahí! Si miráramos con más cuidado, hallaríamos que este pecado es mucho mayor de lo que parece a primera vista. El doctor Payson, escribiendo a su hermano, dice: «Mi parroquia, lo mismo que mi corazón, se parece mucho al huerto del perezoso; y lo que es peor, encuentro que muchísimos de mis deseos de mejorar ambos proceden del orgullo, de la vanidad o de la indolencia. Miro las malas hierbas que cubren mi huerto y exhalo un ferviente deseo de que fueran arrancadas. Pero ¿por qué? ¿Qué impulsa ese deseo? Puede ser que yo quiera salir a pasear y decirme: “¡Qué bien cuidado está mi huerto!”. Esto es orgullo. O puede ser que mis vecinos miren por encima del muro y digan: “¡Qué bien florece su huerto!”. Esto es vanidad. O puedo desear la destrucción de las malas hierbas porque estoy cansado de arrancarlas. Esto es indolencia». De modo que aun nuestros deseos de santidad pueden estar contaminados por malos motivos. Bajo los céspedes más verdes se esconden los gusanos; no necesitamos buscar mucho para descubrirlos. ¡Qué alentador es pensar que, cuando el sumo sacerdote llevaba el pecado de las cosas santas, llevaba sobre su frente las palabras «Santidad al Señor»! Y así también, mientras Jesús lleva nuestro pecado, presenta ante el rostro de su Padre no nuestra falta de santidad, sino su propia santidad. ¡Oh, quién tuviera gracia para contemplar a nuestro gran Sumo Sacerdote con el ojo de la fe!
9 de enero
«Yo seré su Dios». (Jeremías 31:33)
¡Cristiano!, aquí tienes todo lo que puedes necesitar. Para ser feliz te falta algo que te satisfaga; ¿y no basta con esto? Si puedes verter esta promesa en tu copa, ¿no dirás con David: «Mi copa está rebosando; tengo más de lo que el corazón puede desear»? Cuando esto se cumple, «Yo soy tu Dios», ¿no eres dueño de todas las cosas? El deseo es insaciable como la muerte, pero aquel que lo llena todo en todos puede llenarlo. ¿Quién puede medir la capacidad de nuestros anhelos? Pero la riqueza inconmensurable de Dios puede más que desbordarla. Te pregunto: ¿no estás completo cuando Dios es tuyo? ¿Te falta algo fuera de Dios? ¿No basta su suficiencia total para satisfacerte, aunque todo lo demás fallara? Pero tú quieres más que una serena satisfacción; deseas un deleite arrebatador. Ven, alma, aquí hay música digna del cielo en esta tu porción, porque Dios es el Hacedor del cielo. Ni toda la música que brota de dulces instrumentos o que se arranca de cuerdas vivas puede dar una melodía como esta dulce promesa: «Yo seré su Dios». He aquí un mar profundo de dicha, un océano sin orillas de deleite; ven, baña en él tu espíritu; nada por una era y no hallarás orilla; sumérgete por toda la eternidad y no hallarás fondo. «Yo seré su Dios». Si esto no hace brillar tus ojos y latir tu corazón con dicha, entonces, sin duda, tu alma no está en un estado sano. Pero tú quieres más que deleites presentes: anhelas algo sobre lo cual ejercer la esperanza; ¿y qué más puedes esperar que el cumplimiento de esta gran promesa: «Yo seré su Dios»? Esta es la obra maestra de todas las promesas; su disfrute hace un cielo aquí abajo y hará un cielo allá arriba. Mora en la luz de tu Señor, y deja que tu alma esté siempre arrebatada por su amor. Saca el meollo y la grosura que esta porción te ofrece. Vive a la altura de tus privilegios y alégrate con gozo inefable.
10 de enero
«Me está guardada la corona de justicia». (2 Timoteo 4:8)
¡Tú que dudas! Muchas veces has dicho: «Temo que nunca entraré en el cielo». ¡No temas! Todo el pueblo de Dios entrará allí. Me encanta el pintoresco dicho de un moribundo que exclamó: «No tengo miedo de ir a casa; lo he enviado todo por delante; el dedo de Dios está en el pestillo de mi puerta, y estoy preparado para que él entre». «Pero —le dijo uno—, ¿no tiene miedo de perder su herencia?». «No —respondió él—, no; hay una corona en el cielo que el ángel Gabriel no podría llevar; no le irá bien a ninguna cabeza sino a la mía. Hay un trono en el cielo que el apóstol Pablo no podría ocupar; fue hecho para mí, y lo tendré». ¡Oh cristiano, qué pensamiento tan gozoso! Tu porción está segura; «queda un reposo». «Pero ¿no podría perderla?». No, es un patrimonio inalienable. Si soy hijo de Dios, no lo perderé. Es mío tan seguramente como si ya estuviera allí. Ven conmigo, creyente, sentémonos en la cumbre del Nebo y contemplemos la buena tierra, la tierra de Canaán. ¿Ves ese pequeño río de la muerte que brilla a la luz del sol, y al otro lado ves los pináculos de la ciudad eterna? ¿Observas la tierra deleitosa y a todos sus gozosos habitantes? Sabe, pues, que si pudieras volar al otro lado, verías escrito sobre una de sus muchas moradas: «Esta queda para fulano; reservada solo para él. Será arrebatado para morar para siempre con Dios». Pobre alma que dudas, mira la hermosa herencia; es tuya. Si crees en el Señor Jesús, si te has arrepentido del pecado, si has sido renovado de corazón, eres del pueblo del Señor, y hay un lugar reservado para ti, una corona guardada para ti, un arpa provista especialmente para ti. Nadie más tendrá tu porción; está reservada en los cielos para ti, y la tendrás dentro de poco, porque no habrá tronos vacíos en la gloria cuando todos los escogidos hayan sido recogidos.
11 de enero
«Estos no tienen raíces». (Lucas 8:13)
Alma mía, examínate esta mañana a la luz de este texto. Has recibido la palabra con gozo; tus sentimientos se han conmovido y se ha producido una viva impresión; pero recuerda que recibir la palabra en el oído es una cosa, y recibir a Jesús en lo más hondo del alma es otra muy distinta; el sentimiento superficial a menudo va unido a una dureza interior de corazón, y una viva impresión de la palabra no siempre es duradera. En la parábola, en uno de los casos la semilla cayó sobre un terreno de fondo rocoso, cubierto con una delgada capa de tierra; cuando la semilla comenzó a echar raíz, su crecimiento hacia abajo fue estorbado por la dura piedra, y por eso gastó su fuerza en empujar su verde brote hacia lo alto tanto como pudo; pero, al no tener humedad interior que le viniera del alimento de la raíz, se secó. ¿Es este mi caso? ¿He estado haciendo buena apariencia en la carne sin tener una vida interior que le corresponda? El buen crecimiento se da hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo. ¿Estoy arraigado en una fidelidad y un amor sinceros a Jesús? Si mi corazón sigue sin ablandarse y sin ser fertilizado por la gracia, la buena semilla puede germinar por un tiempo, pero al final tiene que secarse, porque no puede florecer en un corazón rocoso, no quebrantado, no santificado. Tema yo una piedad tan rápida en crecer y tan falta de resistencia como la calabacera de Jonás; calcule yo el costo de ser seguidor de Jesús; sobre todo, sienta yo la energía de su Espíritu Santo, y entonces poseeré en mi alma una semilla permanente y duradera. Si mi mente sigue tan obstinada como lo era por naturaleza, el sol de la prueba la abrasará, y mi duro corazón ayudará a arrojar el calor con más fuerza aún sobre la semilla mal cubierta; mi religión pronto morirá, y mi desesperación será terrible. Por tanto, oh Sembrador celestial, ara primero mi corazón y luego echa en mí la verdad, y haz que te dé una abundante cosecha.
12 de enero
«Vosotros sois de Cristo». (1 Corintios 3:23)
«Vosotros sois de Cristo». Eres suyo por donación, porque el Padre te dio al Hijo; suyo por su compra sangrienta, porque él pagó el precio de tu redención; suyo por dedicación, porque te has consagrado a él; suyo por parentesco, porque llevas su nombre y has sido hecho uno de sus hermanos y coherederos. Esfuérzate en mostrar al mundo, en la práctica, que eres el siervo, el amigo, la esposa de Jesús. Cuando seas tentado a pecar, responde: «No puedo hacer este grande mal, porque soy de Cristo». Principios inmortales prohíben pecar al amigo de Cristo. Cuando tengas delante riquezas que se pueden ganar pecando, di que eres de Cristo, y no las toques. ¿Estás expuesto a dificultades y peligros? Mantente firme en el día malo, recordando que eres de Cristo. ¿Te encuentras donde otros están sentados ociosos, sin hacer nada? Levántate al trabajo con todas tus fuerzas; y cuando el sudor esté en tu frente y seas tentado a holgazanear, clama: «No, no puedo detenerme, porque soy de Cristo. Si no hubiera sido comprado con sangre, podría ser como Isacar, echado entre dos cargas; pero soy de Cristo y no puedo holgazanear». Cuando el canto de sirena del placer quiera apartarte del camino recto, responde: «Tu música no puede hechizarme; soy de Cristo». Cuando la causa de Dios te llame, da tus bienes y date a ti mismo, porque eres de Cristo. Nunca desmientas tu profesión. Sé siempre de aquellos cuyos modales son cristianos, cuyo hablar es como el del Nazareno, cuya conducta y conversación exhalan de tal modo el aroma del cielo, que todos los que te vean sepan que eres del Salvador, reconociendo en ti sus rasgos de amor y su semblante de santidad. «¡Soy romano!» era antaño una razón para la integridad; mucho más, entonces, sea este tu argumento para la santidad: «¡Soy de Cristo!».
13 de enero
«Josafat había hecho naves de Tarsis, las cuales habían de ir a Ofir por oro; mas no fueron, porque se rompieron en Ezión-geber» (1 Reyes 22:48)
Las naves de Salomón habían regresado sanas y salvas, pero los barcos de Josafat nunca llegaron a la tierra del oro. La providencia hace prosperar a uno y frustra los deseos de otro, en el mismo negocio y en el mismo lugar; y sin embargo, el gran Gobernador es tan bueno y sabio en una ocasión como en otra. Que tengamos hoy gracia, al recordar este texto, para bendecir al Señor por las naves rotas en Ezión-geber tanto como por los barcos cargados de bendiciones temporales; no envidiemos a los que tienen más éxito, ni murmuremos por nuestras pérdidas como si fuéramos probados de un modo singular y especial. Como Josafat, podemos ser preciosos a los ojos del Señor, aunque nuestros planes terminen en desengaño.
La causa secreta de la pérdida de Josafat merece mucho que la notemos, porque es la raíz de muchísimos de los sufrimientos del pueblo del Señor: fue su alianza con una familia pecadora, su comunión con pecadores. En 2 Crónicas 20:37 se nos dice que el Señor envió un profeta a declarar: «Por cuanto has hecho compañía con Ocozías, el Señor ha destruido tus obras». Esta fue una corrección paternal que parece haberle sido de bendición; porque en el versículo que sigue a nuestro texto de esta mañana lo encontramos negándose a permitir que sus siervos navegaran en las mismas naves con los del rey impío. ¡Ojalá la experiencia de Josafat sirviera de advertencia al resto del pueblo del Señor, para que eviten unirse en yugo desigual con los incrédulos! Una vida de miseria suele ser la suerte de quienes se unen en matrimonio, o de cualquier otra manera elegida por ellos mismos, con los hombres del mundo. ¡Oh, quién tuviera tal amor a Jesús que, como él, fuéramos santos, inocentes, limpios y apartados de los pecadores! Porque si no es así con nosotros, podemos esperar oír a menudo: «El Señor ha destruido tus obras».
14 de enero
«Grande para salvar». (Isaías 63:1)
Por las palabras «para salvar» entendemos toda la gran obra de la salvación, desde el primer deseo santo hasta la santificación completa. Las palabras son multum in parvo: ciertamente, aquí está toda la misericordia en una sola palabra. Cristo no solo es «grande para salvar» a los que se arrepienten, sino que puede hacer que los hombres se arrepientan. Él llevará al cielo a los que creen; pero además es poderoso para dar a los hombres corazones nuevos y para obrar la fe en ellos. Es poderoso para hacer que el hombre que aborrece la santidad la ame, y para constreñir al que desprecia su nombre a doblar la rodilla ante él. Es más, este no es todo el sentido, porque el poder divino se ve igualmente en la obra posterior. La vida del creyente es una serie de milagros obrados por «el Dios fuerte». La zarza arde, pero no se consume. Él es poderoso para guardar santo a su pueblo después de haberlo hecho santo, y para preservarlo en su temor y en su amor hasta que consume su existencia espiritual en el cielo. El poder de Cristo no consiste en hacer un creyente y luego dejarlo que se las arregle por sí mismo; sino que el que comienza la buena obra la lleva adelante; el que imparte el primer germen de vida en el alma muerta, prolonga la existencia divina y la fortalece hasta que rompe toda atadura de pecado y el alma salta de la tierra, perfeccionada en gloria. Creyente, aquí hay aliento. ¿Estás orando por algún ser querido? ¡Oh, no abandones tus oraciones, porque Cristo es «grande para salvar»! Tú no tienes poder para recuperar al rebelde, pero tu Señor es todopoderoso. Echa mano de ese brazo poderoso y despiértalo para que despliegue su fuerza. ¿Te turba tu propio caso? No temas, porque su fuerza te basta. Ya sea para comenzar en otros o para continuar la obra en ti, Jesús es «grande para salvar»; y la mejor prueba de ello está en el hecho de que te ha salvado a ti. ¡Qué mil misericordias que no lo hayas hallado poderoso para destruir!
15 de enero
«Haz conforme a lo que has dicho». (2 Samuel 7:25)
Las promesas de Dios nunca fueron hechas para echarlas a un lado como papel inservible; él quiso que se usaran. El oro de Dios no es dinero de avaro, sino que está acuñado para negociar con él. Nada agrada más a nuestro Señor que ver sus promesas en circulación; le encanta ver a sus hijos presentárselas y decir: «Señor, haz conforme a lo que has dicho». Glorificamos a Dios cuando alegamos sus promesas. ¿Crees que Dios será más pobre por darte las riquezas que ha prometido? ¿Sueñas que será menos santo por darte santidad? ¿Imaginas que será menos puro por lavarte de tus pecados? Él ha dicho: «Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana». La fe se aferra a la promesa del perdón, y no se demora diciendo: «Esta es una promesa preciosa; ¿será verdad?», sino que va derecho al trono con ella y alega: «Señor, aquí está la promesa: “Haz conforme a lo que has dicho”». Nuestro Señor responde: «Sea hecho contigo como quieres». Cuando un cristiano se apropia de una promesa, si no la lleva a Dios, lo deshonra; pero cuando se apresura al trono de la gracia y clama: «Señor, no tengo nada que me recomiende sino esto: “Tú lo has dicho”», entonces su deseo le será concedido. Nuestro celestial Banquero se deleita en pagar sus propios pagarés. Nunca dejes que la promesa se oxide. Desenvaina la espada de la promesa y úsala con santa violencia. No pienses que Dios se molestará porque le recuerdes con insistencia sus promesas. Le encanta oír los fuertes clamores de las almas necesitadas. Su deleite es conceder favores. Él está más dispuesto a oír que tú a pedir. El sol no se cansa de brillar, ni la fuente de manar. Es la naturaleza de Dios cumplir sus promesas; por tanto, ve enseguida al trono con: «Haz conforme a lo que has dicho».
16 de enero
«Yo te ayudaré, dice el Señor». (Isaías 41:14)
Esta mañana oigamos al Señor Jesús hablar a cada uno de nosotros: «Yo te ayudaré». «Poca cosa es para mí, tu Dios, ayudarte. Considera lo que ya he hecho. ¡Cómo! ¿No ayudarte? Pues te compré con mi sangre. ¡Cómo! ¿No ayudarte? He muerto por ti; y si he hecho lo mayor, ¿no haré lo menor? ¡Ayudarte! Es lo más pequeño que jamás haré por ti; he hecho más, y haré más. Antes de que el mundo comenzara te escogí. Hice el pacto por ti. Dejé a un lado mi gloria y me hice hombre por ti; entregué mi vida por ti; y si hice todo esto, ciertamente te ayudaré ahora. Al ayudarte, te estoy dando lo que ya compré para ti. Si necesitaras mil veces más ayuda, te la daría; poco es lo que requieres comparado con lo que yo estoy dispuesto a darte. Para ti es mucho lo que necesitas, pero para mí no es nada concederlo. ¿Ayudarte? ¡No temas! Si hubiera una hormiga a la puerta de tu granero pidiendo ayuda, no te arruinaría darle un puñado de tu trigo; y tú no eres más que un diminuto insecto a la puerta de mi plena suficiencia. Yo te ayudaré».
Alma mía, ¿no es esto suficiente? ¿Necesitas más fuerza que la omnipotencia de la Trinidad unida? ¿Quieres más sabiduría que la que hay en el Padre, más amor que el que se muestra en el Hijo, o más poder que el que se manifiesta en las influencias del Espíritu? ¡Trae acá tu cántaro vacío! Sin duda este pozo lo llenará. Apresúrate, reúne tus carencias y tráelas aquí: tu vacío, tus penas, tus necesidades. He aquí, este río de Dios está lleno para abastecerte; ¿qué más puedes desear? Sal, alma mía, con esta tu fuerza. ¡El Dios eterno es tu ayudador!
«No temas, que yo soy contigo; ¡oh, no desmayes!
Yo, yo soy tu Dios, y siempre te ayudaré».
17 de enero
«Y miré, y he aquí, el Cordero estaba sobre el monte de Sión». (Apocalipsis 14:1)
El apóstol Juan tuvo el privilegio de mirar dentro de las puertas del cielo, y al describir lo que vio, comienza diciendo: «Miré, y he aquí, ¡el Cordero!». Esto nos enseña que el objeto principal de contemplación en el estado celestial es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Ninguna otra cosa atrajo tanto la atención del apóstol como la persona de aquel Ser divino que nos ha redimido con su sangre. Él es el tema de los cánticos de todos los espíritus glorificados y de los santos ángeles. Cristiano, aquí hay gozo para ti: tú has mirado, y has visto al Cordero. A través de tus lágrimas tus ojos han visto al Cordero de Dios quitando tus pecados. Regocíjate, pues. Dentro de poco, cuando tus ojos hayan sido enjugados de las lágrimas, verás al mismo Cordero exaltado en su trono. Es el gozo de tu corazón tener comunión diaria con Jesús; tendrás ese mismo gozo en un grado más alto en el cielo; gozarás de la visión constante de su presencia; morarás con él para siempre. «Miré, y he aquí, ¡el Cordero!». Pues ese Cordero es el cielo mismo; porque, como dice el buen Rutherford: «El cielo y Cristo son la misma cosa»; estar con Cristo es estar en el cielo, y estar en el cielo es estar con Cristo. Aquel prisionero del Señor escribe con gran dulzura en una de sus fervientes cartas: «Oh mi Señor Jesucristo, si pudiera estar en el cielo sin ti, sería un infierno; y si pudiera estar en el infierno y tenerte todavía, sería para mí un cielo, porque tú eres todo el cielo que quiero». Es verdad, ¿no es así, cristiano? ¿No lo dice así tu alma?
«No todas las arpas de lo alto
pueden hacer un lugar celestial,
si Dios retira su morada
o tan solo esconde su faz».
Todo lo que necesitas para ser dichoso, supremamente dichoso, es «estar con Cristo».
18 de enero
«Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios». (Hebreos 4:9)
¡Qué diferente será el estado del creyente en el cielo de lo que es aquí! Aquí ha nacido para el trabajo y para sufrir el cansancio, pero en la tierra de los inmortales la fatiga nunca se conoce. Deseoso de servir a su Maestro, encuentra que su fuerza no está a la altura de su celo; su clamor constante es: «Ayúdame a servirte, oh Dios mío». Si es verdaderamente activo, tendrá mucho trabajo; no demasiado para su voluntad, pero más que suficiente para sus fuerzas, de modo que exclamará: «No estoy cansado del trabajo, pero estoy cansado en él». ¡Ah, cristiano!, el caluroso día del cansancio no dura para siempre; el sol se acerca al horizonte; volverá a salir con un día más brillante que cuantos hayas visto, sobre una tierra donde sirven a Dios día y noche, y sin embargo descansan de sus trabajos. Aquí el reposo es solo parcial; allí es perfecto. Aquí el cristiano está siempre inquieto; siente que todavía no ha alcanzado. Allí todos están en reposo; han alcanzado la cumbre del monte; han subido al seno de su Dios. Más alto no pueden ir. ¡Ah, obrero agotado por la fatiga, piensa tan solo cuándo descansarás para siempre! ¿Puedes concebirlo? Es un reposo eterno; un reposo que «queda». Aquí mis mejores gozos llevan en la frente la palabra «mortal»; mis hermosas flores se marchitan; mis copas delicadas se apuran hasta las heces; mis aves más dulces caen ante las flechas de la Muerte; mis días más placenteros se oscurecen en noches; y las mareas altas de mi dicha bajan en reflujos de tristeza; pero allí todo es inmortal: el arpa permanece sin herrumbre, la corona sin marchitarse, el ojo sin oscurecerse, la voz sin titubear, el corazón sin vacilar, y el ser inmortal queda enteramente absorto en un deleite infinito. ¡Día feliz, feliz, cuando lo mortal sea absorbido por la vida y comience el Sábado eterno!
19 de enero
«Lo busqué, y no lo hallé». (Cantares 3:1)
Dime dónde perdiste la compañía de Cristo, y te diré el lugar más probable para encontrarlo. ¿Perdiste a Cristo en tu aposento por descuidar la oración? Entonces es allí donde debes buscarlo y encontrarlo. ¿Perdiste a Cristo por el pecado? No hallarás a Cristo de ninguna otra manera sino abandonando el pecado y procurando, por el Espíritu Santo, hacer morir el miembro en que mora la concupiscencia. ¿Perdiste a Cristo por descuidar las Escrituras? Debes hallar a Cristo en las Escrituras. Es un proverbio verdadero: «Busca una cosa donde la dejaste caer; allí está». Así que busca a Cristo donde lo perdiste, porque él no se ha ido. Pero es trabajo duro volver atrás en busca de Cristo. Bunyan nos cuenta que el peregrino encontró el tramo de camino de vuelta al Cenador del Descanso, donde había perdido su rollo, el más duro que jamás había recorrido. Es más fácil avanzar veinte millas que retroceder una milla en busca de la prueba perdida.
Cuídate, pues, cuando encuentres a tu Maestro, de aferrarte a él. Pero ¿cómo es que lo has perdido? ¡Cualquiera habría pensado que nunca te separarías de un amigo tan precioso, cuya presencia es tan dulce, cuyas palabras son tan consoladoras y cuya compañía te es tan querida! ¿Cómo es que no lo vigilaste en todo momento por temor a perderlo de vista? Sin embargo, ya que lo has dejado ir, ¡qué misericordia que lo estés buscando, aunque gimas con tristeza: «¡Quién me diera saber dónde hallarlo!»! Sigue buscando, porque es peligroso estar sin tu Señor. Sin Cristo eres como una oveja sin pastor; como un árbol sin agua en sus raíces; como una hoja seca en la tempestad, sin estar unida al árbol de la vida. Búscalo de todo tu corazón, y él se dejará hallar por ti; solo entrégate de lleno a la búsqueda, y en verdad lo descubrirás todavía, para tu gozo y alegría.
20 de enero
«Y fue Abel pastor de ovejas». (Génesis 4:2)
Como pastor, Abel santificó su trabajo para la gloria de Dios, y ofreció un sacrificio de sangre sobre su altar, y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda. Este temprano tipo de nuestro Señor es sumamente claro y nítido. Como la primera franja de luz que tiñe el oriente al salir el sol, no lo revela todo, pero manifiesta con claridad el gran hecho de que el sol está llegando. Al ver a Abel, pastor y a la vez sacerdote, ofreciendo a Dios un sacrificio de olor grato, distinguimos a nuestro Señor, que presenta ante su Padre un sacrificio que Jehová mira siempre con agrado. Abel fue aborrecido por su hermano, aborrecido sin causa; y así también lo fue el Salvador: el hombre natural y carnal aborreció al hombre aceptado en quien se hallaba el Espíritu de gracia, y no descansó hasta que su sangre fue derramada. Abel cayó, y roció su altar y su sacrificio con su propia sangre, y en ello representa al Señor Jesús, muerto por la enemistad del hombre mientras servía como sacerdote delante del Señor. «El buen pastor su vida da por las ovejas». Lloremos por él al contemplarlo muerto por el odio de los hombres, manchando los cuernos de su altar con su propia sangre. La sangre de Abel habla. «Y el Señor dijo a Caín: La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra». La sangre de Jesús tiene una lengua poderosa, y el sentido de su clamor, que prevalece, no es venganza, sino misericordia. ¡Es precioso por encima de toda preciosidad estar junto al altar de nuestro buen Pastor!, verlo allí sangrando como el sacerdote inmolado, y oír luego su sangre que habla paz a todo su rebaño: paz en nuestra conciencia, paz entre judío y gentil, paz entre el hombre y su Hacedor ofendido, paz a lo largo de todas las edades de la eternidad para los hombres lavados en la sangre. Abel es el primer pastor en el orden del tiempo, pero nuestros corazones pondrán siempre a Jesús primero en el orden de la excelencia. Tú, gran Pastor de las ovejas, nosotros, el pueblo de tu prado, te bendecimos de todo corazón al verte inmolado por nosotros.
21 de enero
«Y luego todo Israel será salvo». (Romanos 11:26)
Cuando Moisés cantó junto al mar Rojo, su gozo era saber que todo Israel estaba a salvo. Ni una gota de espuma cayó de aquel muro sólido hasta que el último del Israel de Dios hubo plantado con seguridad su pie en la otra orilla. Hecho esto, al instante las aguas volvieron a su lugar, pero no antes. Parte de aquel cántico decía: «Condujiste en tu misericordia a este pueblo, al cual redimiste». En el tiempo postrero, cuando los escogidos canten el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, será la gloria de Jesús decir: «De los que me diste, ninguno de ellos perdí». En el cielo no habrá un trono vacío.
«Pues toda la raza escogida
se reunirá en torno al trono,
bendecirá la guía de su gracia
y dará a conocer sus glorias».
Todos los que Dios ha escogido, todos los que Cristo ha redimido, todos los que el Espíritu ha llamado, todos los que creen en Jesús, cruzarán sin peligro el mar que nos separa. No todos hemos desembarcado aún a salvo:
«Parte de la hueste ha cruzado ya las aguas,
y parte las está cruzando ahora».
La vanguardia del ejército ya ha llegado a la orilla. Nosotros vamos marchando por los abismos; en este día seguimos de cerca a nuestro Caudillo hasta el corazón del mar. Tengamos buen ánimo: la retaguardia pronto estará donde ya está la vanguardia; el último de los escogidos pronto habrá cruzado el mar, y entonces se oirá el cántico de triunfo, cuando todos estén seguros. Pero ¡oh, si faltara uno!, ¡oh, si uno de su familia escogida fuera desechado!, ello produciría una discordia eterna en el cántico de los redimidos y cortaría las cuerdas de las arpas del paraíso, de modo que nunca más se podría arrancar música de ellas.
22 de enero
«Hijo del Hombre, ¿qué es el palo de la vid más que todo palo, o el sarmiento que está entre los árboles del bosque?» (Ezequiel 15:2)
Estas palabras son para humillar al pueblo de Dios; son llamados la vid de Dios, pero ¿qué son por naturaleza más que los demás? Por la bondad de Dios han llegado a ser fructíferos, porque fueron plantados en buena tierra; el Señor los ha guiado sobre los muros del santuario, y dan fruto para su gloria; pero ¿qué son sin su Dios? ¿Qué son sin la influencia continua del Espíritu, que engendra en ellos la fecundidad? Oh creyente, aprende a rechazar el orgullo, puesto que no tienes motivo para él. Seas lo que seas, no tienes nada de qué enorgullecerte. Cuanto más tienes, más deudor eres de Dios; y no deberías enorgullecerte de aquello que te hace deudor. Considera tu origen; mira atrás, a lo que eras. Considera lo que habrías sido de no ser por la gracia divina. Mírate a ti mismo tal como eres ahora. ¿No te reprocha tu conciencia? ¿No se presentan ante ti tus mil extravíos para decirte que no eres digno de ser llamado su hijo? Y si él ha hecho de ti algo, ¿no aprendes por ello que es la gracia la que te ha distinguido? Gran creyente, habrías sido un gran pecador si Dios no te hubiera distinguido. Oh tú, que eres valiente por la verdad, habrías sido igual de valiente por el error si la gracia no te hubiera alcanzado. Por tanto, no te enorgullezcas: aunque tengas una gran hacienda, un amplio dominio de gracia, hubo un tiempo en que no tenías una sola cosa que llamar tuya, excepto tu pecado y tu miseria. ¡Oh extraña ceguera, que tú, que todo lo has recibido prestado, pienses en exaltarte! ¡Un pobre pensionista que depende de la generosidad de su Salvador, uno cuya vida muere si no recibe nuevas corrientes de vida de Jesús, y aun así orgulloso! ¡Qué vergüenza, oh necio corazón!
23 de enero
«He ensalzado a un escogido de mi pueblo». (Salmo 89:19)
¿Por qué fue Cristo escogido de entre el pueblo? Habla, corazón mío, porque los pensamientos del corazón son los mejores. ¿No fue para que pudiera ser nuestro hermano, en el bendito lazo de la sangre común? ¡Oh, qué parentesco hay entre Cristo y el creyente! El creyente puede decir: «Tengo un Hermano en el cielo; puedo ser pobre, pero tengo un Hermano que es rico, y que es Rey; ¿y permitirá él que me falte algo mientras está en su trono? ¡Oh, no! Él me ama; él es mi Hermano». Creyente, lleva este bendito pensamiento como un collar de diamantes al cuello de tu memoria; póntelo como un anillo de oro en el dedo del recuerdo, y úsalo como el sello mismo del Rey, sellando las peticiones de tu fe con la confianza del éxito. Él es un hermano nacido para la angustia; trátalo como tal.
Cristo fue escogido también de entre el pueblo para que conociera nuestras necesidades y se compadeciera de nosotros. «Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». En todas nuestras penas tenemos su compasión. Tentación, dolor, desengaño, debilidad, cansancio, pobreza: él lo conoce todo, porque lo ha sentido todo. Recuerda esto, cristiano, y deja que te consuele. Por difícil y doloroso que sea tu camino, está marcado por las pisadas de tu Salvador; y aun cuando llegues al oscuro valle de sombra de muerte y a las aguas profundas de la creciente del Jordán, hallarás allí sus huellas. En todos los lugares adonde vamos, él ha sido nuestro precursor; cada carga que tenemos que llevar fue puesta una vez sobre los hombros de Emanuel.
«Su camino fue mucho más áspero y oscuro que el mío;
¿sufrió Cristo, mi Señor, y he de quejarme yo?».
¡Ánimo! Pies reales han dejado un rastro rojo de sangre en el camino y han consagrado para siempre la senda espinosa.
24 de enero
«Ciertamente él te librará del lazo del cazador». (Salmo 91:3)
Dios libra a su pueblo del lazo del cazador en dos sentidos: de él, y fuera de él. Primero, lo libra del lazo, no le permite entrar en él; y segundo, si llegara a quedar atrapado en él, lo saca fuera de él. La primera promesa es la más preciosa para algunos; la segunda es la mejor para otros.
«Él te librará del lazo». ¿Cómo? A menudo la aflicción es el medio por el cual Dios nos libra. Dios sabe que nuestra apostasía pronto terminaría en nuestra destrucción, y en su misericordia envía la vara. Nosotros decimos: «Señor, ¿por qué es esto?», sin saber que nuestra aflicción ha sido el medio de librarnos de un mal mucho mayor. Muchos han sido así salvados de la ruina por sus penas y sus cruces; estas han espantado a los pájaros lejos de la red. Otras veces, Dios guarda a su pueblo del lazo del cazador dándole gran fuerza espiritual, de modo que, cuando es tentado a hacer el mal, dice: «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?». Pero ¡qué cosa tan bendita es que, si el creyente cae en una mala hora en la red, Dios lo sacará de ella! Oh descarriado, abátete, pero no desesperes. Aunque hayas sido un errante, oye lo que dice tu Redentor: «Convertíos, hijos rebeldes; yo tendré misericordia de vosotros». Pero dices que no puedes volver, porque eres un cautivo. Entonces escucha la promesa: «Ciertamente él te sacará del lazo del cazador». Todavía serás sacado de todo mal en que hayas caído, y aunque nunca dejarás de arrepentirte de tus caminos, el que te ha amado no te desechará; te recibirá y te hará oír gozo y alegría, para que se recreen los huesos que él ha abatido. Ningún ave del paraíso morirá en la red del cazador.
25 de enero
«De las misericordias del Señor haré memoria, de las alabanzas del Señor, conforme a todo lo que el Señor nos ha dado». (Isaías 63:7)
¿Y no puedes tú hacer esto? ¿No hay misericordias que hayas experimentado? ¡Cómo! Aunque ahora estés sombrío, ¿puedes olvidar aquella hora bendita en que Jesús te salió al encuentro y te dijo: «Ven a mí»? ¿No puedes recordar aquel momento arrebatador en que rompió tus grilletes, arrojó tus cadenas por tierra y dijo: «Vine a romper tus ataduras y a ponerte en libertad»? O si has olvidado el amor de tus desposorios, sin duda habrá algún precioso mojón a lo largo del camino de la vida, no del todo cubierto de musgo, en el que puedas leer un feliz memorial de su misericordia para contigo. ¡Cómo! ¿Nunca tuviste una enfermedad como la que ahora padeces, y no te restableció él? ¿Nunca antes fuiste pobre, y no suplió él tus necesidades? ¿Nunca antes estuviste en apuros, y no te libró él? Levántate, ve al río de tu experiencia, arranca unos cuantos juncos y trénzalos en una arquilla, donde tu niña, la fe, pueda flotar segura sobre la corriente. No olvides lo que tu Dios ha hecho por ti; hojea el libro de tus recuerdos y considera los días antiguos. ¿No puedes recordar el monte de Mizar? ¿Nunca te salió el Señor al encuentro en el Hermón? ¿Nunca has subido a las Montañas Deliciosas? ¿Nunca has sido socorrido en el tiempo de necesidad? No, yo sé que sí. Vuelve, pues, un poco atrás, a las escogidas misericordias de ayer, y aunque todo esté oscuro ahora, enciende las lámparas del pasado: brillarán a través de las tinieblas, y confiarás en el Señor hasta que apunte el día y huyan las sombras. «Acuérdate, oh Señor, de tus piedades y de tus misericordias, que son perpetuas».
26 de enero
«Vuestro Padre celestial». (Mateo 6:26)
El pueblo de Dios es doblemente hijo suyo: son su linaje por la creación, y son sus hijos por la adopción en Cristo. Por eso tienen el privilegio de llamarlo: «Padre nuestro que estás en los cielos». ¡Padre! ¡Oh, qué palabra tan preciosa es esa! Aquí hay autoridad: «Si soy yo padre, ¿dónde está mi honra?». Si sois hijos, ¿dónde está vuestra obediencia? Aquí hay afecto mezclado con autoridad; una autoridad que no provoca rebelión; una obediencia exigida que se rinde con la mayor alegría, y que no se negaría aunque se pudiera. La obediencia que los hijos de Dios le rinden debe ser una obediencia amorosa. No te entregues al servicio de Dios como los esclavos a la faena de su capataz, sino corre por el camino de sus mandamientos porque es el camino de tu Padre. Presenta tu cuerpo como instrumento de justicia, porque la justicia es la voluntad de tu Padre, y su voluntad debe ser la voluntad de su hijo. ¡Padre! Aquí hay un atributo regio tan dulcemente velado en amor, que la corona del Rey se olvida ante el rostro del Rey, y su cetro no llega a ser una vara de hierro, sino un cetro de plata de misericordia; y aun el cetro parece olvidarse en la tierna mano del que lo empuña. ¡Padre! Aquí hay honra y amor. ¡Qué grande es el amor de un padre por sus hijos! Lo que la amistad no puede hacer, y la mera benevolencia no intentará, el corazón y la mano de un padre tienen que hacerlo por sus hijos. Son su linaje: tiene que bendecirlos; son sus hijos: tiene que mostrarse fuerte en su defensa. Si un padre terrenal vela por sus hijos con amor y cuidado incesantes, ¿cuánto más nuestro Padre celestial? ¡Abba, Padre! El que puede decir esto ha pronunciado una música mejor que la que pueden alcanzar querubines o serafines. Hay cielo en la profundidad de esa palabra: ¡Padre! Allí está todo lo que puedo pedir, todo lo que mis necesidades pueden reclamar, todo lo que mis anhelos pueden desear. Lo tengo todo en todo por toda la eternidad cuando puedo decir: «Padre».
27 de enero
«Y de su plenitud tomamos todos». (Juan 1:16)
Estas palabras nos dicen que hay una plenitud en Cristo. Hay una plenitud de Deidad esencial, porque «en él habita toda la plenitud de la Deidad». Hay una plenitud de humanidad perfecta, porque en él, corporalmente, se reveló esa Deidad. Hay una plenitud de eficacia expiatoria en su sangre, porque «la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado». Hay una plenitud de justicia justificadora en su vida, porque «ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Hay una plenitud de poder divino en su intercesión, porque «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». Hay una plenitud de victoria en su muerte, porque por medio de la muerte destruyó al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo. Hay una plenitud de eficacia en su resurrección de entre los muertos, porque por ella «nos ha regenerado en esperanza viva». Hay una plenitud de triunfo en su ascensión, porque «subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres». Hay una plenitud de bendiciones de toda clase y forma: una plenitud de gracia para perdonar, de gracia para regenerar, de gracia para santificar, de gracia para preservar y de gracia para perfeccionar. Hay una plenitud en todo tiempo: una plenitud de consuelo en la aflicción, una plenitud de dirección en la prosperidad. Una plenitud de todo atributo divino, de sabiduría, de poder, de amor; una plenitud que sería imposible abarcar con la mirada, y mucho menos explorar. «Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud». ¡Oh, qué plenitud tiene que ser esta de la cual todos toman! Plenitud, en verdad, tiene que haber cuando la corriente fluye siempre, y sin embargo el manantial brota tan libre, tan rico, tan lleno como siempre. Ven, creyente, y haz que se supla toda tu necesidad; pide con largueza y recibirás con largueza, porque esta «plenitud» es inagotable, y está atesorada donde todos los necesitados pueden alcanzarla: en Jesús, Emanuel, Dios con nosotros.
28 de enero
«Perfecto en Cristo Jesús». (Colosenses 1:28)
¿No sientes en tu propia alma que la perfección no está en ti? ¿No te lo enseña cada día? Cada lágrima que se desliza de tus ojos llora «imperfección»; cada palabra áspera que sale de tus labios murmura «imperfección». Demasiadas veces has visto tu propio corazón como para soñar por un momento con alguna perfección en ti mismo. Pero en medio de esta triste conciencia de imperfección, aquí tienes consuelo: eres «perfecto en Cristo Jesús». A los ojos de Dios estás «completo en él»; aun ahora eres «acepto en el Amado». Pero hay una segunda perfección, que aún ha de realizarse, y que está asegurada a toda la descendencia. ¿No es delicioso esperar el tiempo en que toda mancha de pecado será quitada del creyente, y será presentado sin falta delante del trono, sin mancha ni arruga ni cosa semejante? La iglesia de Cristo será entonces tan pura que ni siquiera el ojo de la Omnisciencia verá en ella mancha ni defecto; tan santa y tan gloriosa, que Hart no fue más allá de la verdad cuando dijo:
«Vestido con las ropas de mi Salvador,
santo como el Santo».
Entonces conoceremos, gustaremos y sentiremos la dicha de esta frase inmensa, aunque breve: «Completos en Cristo». No será sino entonces cuando comprenderemos plenamente las alturas y las profundidades de la salvación de Jesús. ¿No salta de gozo tu corazón al pensarlo? Negro como eres, un día serás blanco; inmundo como eres, serás limpio. ¡Oh, qué salvación tan maravillosa es esta! Cristo toma un gusano y lo transforma en un ángel; Cristo toma una cosa negra y deforme y la hace limpia e incomparable en su gloria, sin par en su hermosura y digna de ser compañera de los serafines. Alma mía, detente y admira esta bendita verdad de la perfección en Cristo.
29 de enero
«Las cosas que no se ven». (2 Corintios 4:18)
En nuestra peregrinación cristiana es bueno, por lo general, mirar hacia adelante. Adelante está la corona, y más allá está la meta. Ya sea por la esperanza, por el gozo, por el consuelo o por avivar nuestro amor, el futuro tiene que ser, después de todo, el gran objeto del ojo de la fe. Mirando al futuro vemos el pecado echado fuera, el cuerpo de pecado y de muerte destruido, el alma hecha perfecta y apta para participar de la herencia de los santos en luz. Mirando aún más lejos, el ojo iluminado del creyente puede ver el río de la muerte ya pasado, la sombría corriente vadeada, y alcanzadas las colinas de luz sobre las que se levanta la ciudad celestial; se ve a sí mismo entrar por las puertas de perla, aclamado como más que vencedor, coronado por la mano de Cristo, abrazado por los brazos de Jesús, glorificado con él y sentado junto con él en su trono, así como él ha vencido y se ha sentado con el Padre en su trono. El pensamiento de este futuro bien puede aliviar la oscuridad del pasado y la tristeza del presente. Los gozos del cielo compensarán sin duda las penas de la tierra. ¡Silencio, silencio, dudas mías! La muerte no es más que un estrecho arroyo, y pronto lo habrás vadeado. El tiempo, ¡qué corto!; la eternidad, ¡qué larga! La muerte, ¡qué breve!; la inmortalidad, ¡qué interminable! Me parece que ya ahora como de los racimos de Escol y bebo del pozo que está junto a la puerta. ¡El camino es tan, tan corto! Pronto estaré allí.
«Cuando el mundo me desgarra el corazón
con su más recia tormenta de afanes,
mis alegres pensamientos, subiendo al cielo,
hallan refugio contra la desesperación.
La radiante visión de la fe me sostendrá
hasta que acabe el peregrinaje de la vida;
podrán turbarme temores y afligirme penas,
pero al fin llegaré a mi hogar».
30 de enero
«Y cuando oigas ruido como de marcha por las copas de las balsameras, entonces te moverás». (2 Samuel 5:24)
Los miembros de la iglesia de Cristo deberían ser muy dados a la oración, buscando siempre que la unción del Santo repose sobre sus corazones, para que venga el reino de Cristo y se haga su «voluntad, como en el cielo, así también en la tierra»; pero hay tiempos en que Dios parece favorecer especialmente a Sion, y tales épocas deberían ser para ellos como el «ruido como de marcha por las copas de las balsameras». Debemos entonces orar el doble, tener el doble de fervor, luchando ante el trono más de lo que solíamos. La acción debe ser entonces pronta y vigorosa. La marea está subiendo: ¡rememos ahora con valor hacia la orilla! ¡Oh, quién nos diera derramamientos de Pentecostés y trabajos de Pentecostés! Cristiano, en tu propia vida hay tiempos en que oyes «ruido como de marcha por las copas de las balsameras». Tienes un poder especial en la oración; el Espíritu de Dios te da gozo y alegría; la Escritura se te abre; las promesas se te aplican; andas en la luz del rostro de Dios; tienes una libertad y una soltura particulares en la devoción, y una comunión más estrecha con Cristo de lo que solías. Pues bien, en esos períodos gozosos en que oyes el «ruido como de marcha por las copas de las balsameras», es el momento de moverte; ahora es el tiempo de librarte de cualquier mal hábito, mientras Dios el Espíritu ayuda tu flaqueza. Despliega tu vela; pero recuerda lo que a veces cantas:
«Yo solo puedo desplegar la vela;
¡tú, tú has de soplar la brisa propicia!».
Solo asegúrate de tener la vela izada. No pierdas el viento por falta de preparación. Busca la ayuda de Dios, para ser más diligente en el deber cuando seas fortalecido en la fe; para ser más constante en la oración cuando tengas más libertad ante el trono; para ser más santo en tu conducta mientras vives más cerca de Cristo.
31 de enero
«El Señor, justicia nuestra». (Jeremías 23:6)
Siempre dará al cristiano la mayor calma, sosiego, alivio y paz pensar en la perfecta justicia de Cristo. ¡Cuán a menudo están abatidos y tristes los santos de Dios! No creo que debieran estarlo. No creo que lo estarían si siempre pudieran ver su perfección en Cristo. Hay algunos que siempre están hablando de la corrupción, de la depravación del corazón y de la maldad innata del alma. Eso es muy cierto, pero ¿por qué no ir un poco más allá y recordar que somos «perfectos en Cristo Jesús»? No es de extrañar que quienes se detienen en su propia corrupción tengan semblantes tan abatidos; pero, sin duda, si traemos a la memoria que «Cristo nos ha sido hecho justicia», tendremos buen ánimo. ¿Qué importa que me aflijan las angustias, que Satanás me asalte, que haya muchas cosas que pasar antes de llegar al cielo? Todo eso está hecho para mí en el pacto de la gracia divina; nada falta en mi Señor; Cristo lo ha hecho todo. En la cruz dijo: «¡Consumado es!»; y si está consumado, entonces estoy completo en él, y puedo alegrarme con gozo inefable y glorificado, «no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe». No hallarás de este lado del cielo un pueblo más santo que el de quienes reciben en su corazón la doctrina de la justicia de Cristo. Cuando el creyente dice: «Vivo solo de Cristo; descanso solo en él para mi salvación; y creo que, por indigno que sea, estoy salvado en Jesús», entonces surge como motivo de gratitud este pensamiento: «¿No viviré para Cristo? ¿No lo amaré y lo serviré, puesto que soy salvo por sus méritos?». «El amor de Cristo nos constriñe», «para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos». Si somos salvos por una justicia imputada, valoraremos en gran manera la justicia impartida.
Capítulo 1 completado
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