Capítulo 11 · 53 min de lectura · 1 h 8 min de escucha
Noviembre
1 de noviembre
«La iglesia que está en tu casa». (Filemón 2)
¿Hay una Iglesia en esta casa? ¿Son miembros de ella los padres, los hijos, los amigos, los criados, todos? ¿O hay algunos todavía sin convertir? Detengámonos aquí y dejemos que la pregunta dé la vuelta: ¿Soy yo miembro de la Iglesia que hay en esta casa? ¡Cómo saltaría de gozo el corazón del padre, y cómo se llenarían de santas lágrimas los ojos de la madre, si desde el mayor hasta el menor todos fueran salvos! Oremos por esta gran misericordia hasta que el Señor nos la conceda. Probablemente el objeto más querido de los deseos de Filemón había sido que toda su casa fuera salva; pero al principio no se le concedió en su plenitud. Tenía un criado malvado, Onésimo, que, después de perjudicarlo, huyó de su servicio. Las oraciones de su amo lo siguieron, y al fin, como Dios lo dispuso, Onésimo fue llevado a oír predicar a Pablo; su corazón fue tocado, y volvió a Filemón, no solo para ser un criado fiel, sino un hermano amado, añadiendo un miembro más a la Iglesia que había en casa de Filemón. ¿Falta esta mañana algún criado o hijo inconverso? Haz súplica especial para que, al volver a su hogar, alegre todos los corazones con la buena noticia de lo que la gracia ha hecho. ¿Está presente alguno así? Que tome parte en esa misma ferviente súplica.
Si hay una Iglesia así en nuestra casa, ordenémosla bien, y que todos obren como a la vista de Dios. Movámonos en los asuntos comunes de la vida con una santidad, diligencia, bondad e integridad cuidadosas. Se espera más de una Iglesia que de una familia ordinaria; el culto familiar, en tal caso, debe ser más devoto y sincero; el amor interno debe ser más cálido e ininterrumpido, y la conducta externa más santificada y más semejante a Cristo. No tenemos por qué temer que lo reducido de nuestro número nos excluya de la lista de las iglesias, porque el Espíritu Santo ha inscrito aquí una iglesia familiar en el libro de memoria inspirado. Como Iglesia, acerquémonos ahora a la gran Cabeza de la única Iglesia universal, y supliquémosle que nos dé gracia para brillar delante de los hombres para la gloria de su nombre.
2 de noviembre
«Porque yo, el Señor, no cambio». (Malaquías 3:6)
Bueno es para nosotros que, en medio de toda la inestabilidad de la vida, haya Uno a quien el cambio no puede afectar; Uno cuyo corazón nunca puede alterarse y en cuya frente la mutabilidad no puede trazar arrugas. Todas las demás cosas han cambiado; todas las cosas están cambiando. El sol mismo se oscurece con la edad; el mundo se va envejeciendo; ya ha comenzado a doblarse la vestidura gastada; los cielos y la tierra pronto pasarán; perecerán, se envejecerán como un vestido; pero hay Uno, el único que tiene inmortalidad, cuyos años no se acabarán y en cuya persona no hay cambio. El deleite que siente el marinero cuando, después de haber sido zarandeado durante muchos días, vuelve a pisar la tierra firme, es la satisfacción del cristiano cuando, en medio de todos los cambios de esta vida turbulenta, apoya el pie de su fe sobre esta verdad: «Porque yo, el Señor, no cambio».
La estabilidad que el ancla da al barco cuando por fin ha hallado dónde aferrarse es como la que la esperanza del cristiano le proporciona cuando se fija en esta gloriosa verdad. En Dios «no hay mudanza, ni sombra de variación». Cualesquiera que fueran sus atributos en el pasado, lo son ahora; su poder, su sabiduría, su justicia, su verdad, permanecen igualmente inalterados. Él ha sido siempre el refugio de su pueblo, su fortaleza en el día de la angustia, y sigue siendo su Ayudador seguro. Es inmutable en su amor. Ha amado a su pueblo con «amor eterno»; lo ama ahora tanto como siempre, y cuando todas las cosas terrenales se hayan derretido en la última conflagración, su amor llevará todavía el rocío de su juventud. ¡Preciosa es la seguridad de que él no cambia! La rueda de la providencia gira, pero su eje es el amor eterno.
«La muerte y el cambio siempre afanan,
el hombre decae y los siglos pasan;
mas su misericordia nunca mengua:
Dios es sabiduría, Dios es amor».
3 de noviembre
«He aquí, él ora». (Hechos 9:11)
Las oraciones son advertidas al instante en el cielo. En el momento en que Saulo comenzó a orar, el Señor lo oyó. He aquí consuelo para el alma angustiada que ora. Muchas veces un pobre quebrantado de corazón dobla la rodilla, pero solo puede expresar su lamento en el lenguaje de los suspiros y las lágrimas; sin embargo, ese gemido ha hecho vibrar de música todas las arpas del cielo; esa lágrima ha sido recogida por Dios y atesorada en el lacrimatorio del cielo. «Pon mis lágrimas en tu redoma» implica que son recogidas mientras corren. El suplicante cuyos temores ahogan sus palabras será bien entendido por el Altísimo. Quizá solo pueda mirar hacia arriba con ojos empañados; pero «la oración es el caer de una lágrima». Las lágrimas son los diamantes del cielo; los suspiros son parte de la música de la corte de Jehová y se cuentan entre «los acordes más sublimes que llegan a la majestad en las alturas». No pienses que tu oración, por débil o temblorosa que sea, pasará inadvertida. La escala de Jacob es alta, pero nuestras oraciones se apoyarán en el Ángel del pacto y así subirán por sus peldaños estrellados. Nuestro Dios no solo oye la oración, sino que también ama oírla. «No se olvidó del clamor de los humildes». Es cierto que él no hace caso de las miradas altivas ni de las palabras soberbias; no le importan la pompa y el boato de los reyes; no escucha el estruendo de la música marcial; no atiende al triunfo y al orgullo del hombre; pero dondequiera que haya un corazón henchido de dolor, o un labio que tiembla de angustia, o un hondo gemido, o un suspiro de arrepentimiento, el corazón de Jehová está abierto; él lo anota en el registro de su memoria; pone nuestras oraciones, como pétalos de rosa, entre las páginas de su libro de memoria, y cuando al fin se abra el volumen, brotará de él una preciosa fragancia.
«La fe no pide señal del cielo
que muestre que la oración es aceptada;
nuestro Sacerdote está en su santo lugar
y responde desde el trono de la gracia».
4 de noviembre
«Porque mi poder se perfecciona en la debilidad». (2 Corintios 12:9)
Un requisito primordial para servir a Dios con algún éxito, y para hacer la obra de Dios bien y triunfalmente, es el sentido de nuestra propia debilidad. Cuando el guerrero de Dios marcha a la batalla fuerte en su propio poder, cuando se jacta: «Sé que venceré; mi propio brazo y mi espada vencedora me darán la victoria», la derrota no está lejos. Dios no saldrá con el hombre que marcha con sus propias fuerzas. El que así cuenta con la victoria ha contado mal, porque «no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos». Los que salen a pelear jactándose de su valentía volverán con sus vistosos estandartes arrastrados por el polvo y su armadura manchada de deshonra. Los que sirven a Dios deben servirle a su manera y con su fuerza, o él nunca aceptará su servicio. Lo que el hombre hace sin la ayuda de la fuerza divina, Dios nunca puede reconocerlo. Los meros frutos de la tierra él los desecha; solo cosechará aquel trigo cuya semilla fue sembrada desde el cielo, regada por la gracia y madurada por el sol del amor divino. Dios vaciará todo lo que tienes antes de poner en ti lo suyo; primero limpiará tus graneros antes de llenarlos con lo mejor del trigo. El río de Dios está lleno de aguas, pero ni una sola gota de él brota de fuentes terrenales. Dios no quiere que en sus batallas se use otra fuerza que la que él mismo imparte. ¿Estás lamentando tu propia debilidad? Cobra ánimo, porque tiene que haber conciencia de debilidad antes de que el Señor te dé la victoria. Tu vacío no es sino la preparación para ser llenado, y tu abatimiento no es sino el preparativo para tu exaltación.
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte;
la gracia es mi escudo, y Cristo mi canto».
5 de noviembre
«Ninguna arma forjada contra ti prosperará». (Isaías 54:17)
Este día es notable en la historia de Inglaterra por dos grandes liberaciones que Dios obró a nuestro favor. En este día, en 1605, se descubrió la conspiración de los papistas para destruir nuestras Cámaras del Parlamento.
«Mientras para nuestros príncipes preparaban
en hondas cavernas una trampa ardiente,
él disparó del cielo un rayo penetrante
y sacó a la luz la oscura traición».
Y en segundo lugar, hoy es el aniversario del desembarco del rey Guillermo III en Torbay, por el cual se frustró la esperanza del predominio papista y se aseguró la libertad religiosa, en 1688.
Este día debería celebrarse, no con las saturnales de los muchachos, sino con los cánticos de los santos. Nuestros antepasados puritanos hacían de él con gran devoción un tiempo especial de acción de gracias. Se conserva un registro de los sermones anuales que Matthew Henry predicó en este día. Nuestro sentimiento protestante y nuestro amor a la libertad deberían hacernos considerar su aniversario con santa gratitud. Exclamen nuestros corazones y nuestros labios: «Con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado las maravillas que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos». Tú has hecho de esta nación el hogar del evangelio; y cuando el enemigo se ha levantado contra ella, tú la has protegido. Ayúdanos a ofrecer cánticos repetidos por liberaciones repetidas. Concédenos cada vez más aborrecimiento del Anticristo, y apresura el día de su completa extinción. Hasta entonces y siempre, creemos la promesa: «Ninguna arma forjada contra ti prosperará». ¿No debería pesar en el corazón de todo amante del evangelio de Jesús, en este día, el suplicar por el derrocamiento de las falsas doctrinas y la extensión de la verdad divina? ¿No sería bueno examinar nuestro propio corazón y echar fuera cualquier trasto papista de justicia propia que pueda estar escondido en él?
6 de noviembre
«Yo derramaré aguas sobre el sediento». (Isaías 44:3)
Cuando un creyente ha caído en un estado de ánimo bajo y triste, a menudo intenta salir de él castigándose con temores sombríos y lúgubres. Ese no es el modo de levantarse del polvo, sino de seguir en él. Tanto valdría encadenar el ala del águila para hacerla remontarse, como dudar para aumentar nuestra gracia. No es la ley, sino el evangelio, lo que salva al principio al alma que busca; y no es una servidumbre legal, sino la libertad del evangelio, lo que puede restaurar después al creyente desfallecido. El temor servil no hace volver a Dios al descarriado; son los dulces requiebros del amor los que lo atraen al pecho de Jesús. ¿Tienes sed esta mañana del Dios vivo, y eres desdichado porque no puedes hallarlo para deleite de tu corazón? ¿Has perdido el gozo de la religión, y es esta tu oración: «Vuélveme el gozo de tu salvación»? ¿Eres consciente también de que estás estéril como la tierra seca; de que no estás dando a Dios el fruto que él tiene derecho a esperar de ti; de que no eres tan útil en la Iglesia o en el mundo como tu corazón desea? Entonces aquí tienes exactamente la promesa que necesitas: «Yo derramaré aguas sobre el sediento». Recibirás la gracia que tanto necesitas, y la tendrás hasta el último alcance de tus necesidades. El agua refresca al sediento: serás refrescado; tus deseos serán satisfechos. El agua vivifica la vida vegetal dormida: tu vida será vivificada por nueva gracia. El agua hincha los brotes y hace madurar los frutos: tendrás una gracia que fructifica; serás hecho fructífero en los caminos de Dios. Cualquier buena cualidad que haya en la gracia divina, la gozarás en plenitud. Todas las riquezas de la gracia divina las recibirás en abundancia; quedarás, por así decirlo, empapado de ella; y así como a veces los prados se inundan cuando los ríos se desbordan y los campos se convierten en lagunas, así serás tú: la tierra sedienta se convertirá en manantiales de aguas.
7 de noviembre
«He aquí que en las palmas de mis manos te he esculpido». (Isaías 49:16)
Sin duda parte del asombro que se concentra en la palabra «He aquí» es provocado por la lamentación incrédula de la frase anterior. Sion dijo: «Me dejó el Señor, y el Señor se olvidó de mí». ¡Cuán asombrada parece estar la mente divina ante esta perversa incredulidad! ¿Qué puede haber más sorprendente que las dudas y temores infundados del pueblo favorecido de Dios? La amorosa palabra de reprensión del Señor debería hacernos sonrojar; él clama: «¿Cómo puedo haberte olvidado, si te he esculpido en las palmas de mis manos? ¿Cómo te atreves a dudar de que te recuerdo constantemente, cuando el memorial está puesto en mi misma carne?». ¡Oh incredulidad, qué extraña maravilla eres! No sabemos qué nos asombra más, si la fidelidad de Dios o la incredulidad de su pueblo. Él cumple su promesa mil veces, y sin embargo la próxima prueba nos hace dudar de él. Él nunca falla; nunca es un pozo seco; nunca es como un sol poniente, un meteoro pasajero o un vapor que se disipa; y sin embargo estamos tan continuamente afligidos por ansiedades, acosados por sospechas y turbados por temores como si nuestro Dios fuera el espejismo del desierto. «He aquí» es una palabra destinada a despertar admiración. Aquí, en verdad, tenemos un tema para maravillarnos. Bien pueden asombrarse el cielo y la tierra de que unos rebeldes obtengan una cercanía tan grande al corazón del amor infinito como para estar escritos en las palmas de sus manos. «Te he esculpido». No dice: «Tu nombre». El nombre está ahí, pero eso no es todo: «Te he esculpido». ¡Mira la plenitud de esto! He esculpido tu persona, tu imagen, tu caso, tus circunstancias, tus pecados, tus tentaciones, tus debilidades, tus necesidades, tus obras; te he esculpido a ti, todo lo tuyo, todo lo que te concierne; te he puesto allí por entero. ¿Dirás alguna vez otra vez que tu Dios te ha abandonado, cuando te ha esculpido en sus propias palmas?
8 de noviembre
«Por tanto, de la manera que habéis recibido a Cristo Jesús el Señor». (Colosenses 2:6)
La vida de fe se presenta como un recibir, acto que implica precisamente lo contrario de cualquier cosa parecida al mérito. Es simplemente la aceptación de un regalo. Así como la tierra bebe la lluvia, como el mar recibe los ríos, como la noche acepta la luz de las estrellas, así nosotros, sin dar nada, participamos gratuitamente de la gracia de Dios. Los santos no son por naturaleza pozos ni arroyos; no son más que cisternas en las que fluye el agua viva; son vasos vacíos en los que Dios derrama su salvación. La idea de recibir implica un sentido de realización, que hace del asunto una realidad. Uno no puede muy bien recibir una sombra; recibimos lo que es sustancial: así sucede en la vida de fe; Cristo se vuelve real para nosotros. Mientras estamos sin fe, Jesús es para nosotros un mero nombre, una persona que vivió hace mucho tiempo, tanto que su vida no es ya para nosotros más que historia. Por un acto de fe, Jesús se convierte en una persona real en la conciencia de nuestro corazón. Pero recibir significa también asir o tomar posesión de. Lo que recibo se hace mío: me apropio de lo que se me da. Cuando recibo a Jesús, él se hace mi Salvador, tan mío que ni la vida ni la muerte podrán arrebatármelo. Todo esto es recibir a Cristo: tomarlo como don gratuito de Dios, hacerlo real en mi corazón y apropiármelo como mío.
La salvación puede describirse como el ciego que recibe la vista, el sordo que recibe el oído, el muerto que recibe la vida; pero no solo hemos recibido estas bendiciones, sino que hemos recibido a Cristo Jesús mismo. Es verdad que él nos dio vida de entre los muertos. Nos dio el perdón del pecado; nos dio la justicia imputada. Todas estas son cosas preciosas, pero no nos contentamos con ellas; hemos recibido a Cristo mismo. El Hijo de Dios ha sido derramado en nosotros, y lo hemos recibido y nos lo hemos apropiado. ¡Qué corazón tan lleno debe de ser el que tiene a Jesús, si el cielo mismo no puede contenerlo!
9 de noviembre
«Así andad en él». (Colosenses 2:6)
Si hemos recibido a Cristo mismo en lo más íntimo de nuestro corazón, nuestra nueva vida manifestará su íntimo trato con él mediante un andar de fe en él. Andar implica acción. Nuestra religión no ha de quedar confinada a nuestro aposento; tenemos que llevar a efecto práctico lo que creemos. Si un hombre anda en Cristo, entonces obra como Cristo obraría; porque, estando Cristo en él como su esperanza, su amor, su gozo, su vida, él es el reflejo de la imagen de Jesús; y los hombres dicen de ese hombre: «Es como su Maestro; vive como Jesucristo». Andar significa progreso. «Así andad en él»: avanzad de gracia en gracia, corred hacia adelante hasta alcanzar el grado más alto de conocimiento que un hombre pueda lograr acerca de nuestro Amado. Andar implica continuidad. Tiene que haber un permanecer perpetuo en Cristo. ¡Cuántos cristianos piensan que por la mañana y por la noche deben venir a la compañía de Jesús, y que luego pueden dar su corazón al mundo todo el día! Pero esa es una pobre manera de vivir; deberíamos estar siempre con él, siguiendo sus pisadas y haciendo su voluntad. Andar implica también hábito. Cuando hablamos del andar y la conducta de un hombre, nos referimos a sus hábitos, al curso constante de su vida. Ahora bien, si a veces gozamos de Cristo y luego lo olvidamos; si a veces lo llamamos nuestro y enseguida lo soltamos, eso no es un hábito; no andamos en él. Tenemos que mantenernos junto a él, aferrarnos a él, no soltarlo nunca, sino vivir y tener nuestro ser en él. «De la manera que habéis recibido a Cristo Jesús el Señor, así andad en él»: perseverad en el mismo camino en que comenzasteis, y así como al principio Cristo Jesús fue el objeto de vuestra fe, la fuente de vuestra vida, el principio de vuestra acción y el gozo de vuestro espíritu, así sea él lo mismo hasta el fin de la vida; lo mismo cuando andéis por el valle de sombra de muerte y entréis en el gozo y el reposo que quedan para el pueblo de Dios. Oh Espíritu Santo, capacítanos para obedecer este precepto celestial.
10 de noviembre
«El eterno Dios es tu refugio». (Deuteronomio 33:27)
La palabra refugio puede traducirse por «morada» o «lugar de habitación», lo cual sugiere el pensamiento de que Dios es nuestra morada, nuestro hogar. Hay plenitud y dulzura en la metáfora, porque nuestro hogar es querido para nuestro corazón, aunque sea la cabaña más humilde o la buhardilla más pobre; y mucho más querido es nuestro bendito Dios, en quien vivimos, y nos movemos, y somos. Es en casa donde nos sentimos seguros: dejamos fuera al mundo y moramos en tranquila seguridad. Así, cuando estamos con nuestro Dios, «no tememos mal alguno». Él es nuestro abrigo y nuestro retiro, nuestro refugio permanente. En casa tomamos nuestro descanso; es allí donde hallamos reposo después de la fatiga y el trabajo del día. Y así nuestro corazón halla descanso en Dios cuando, cansados del conflicto de la vida, nos volvemos a él, y nuestra alma mora tranquila. En casa, además, soltamos el corazón; no tenemos miedo de ser malentendidos ni de que nuestras palabras sean mal interpretadas. Así, cuando estamos con Dios, podemos tener comunión libremente con él, abriéndole todos nuestros deseos ocultos; porque si «el secreto del Señor es para los que le temen», los secretos de los que le temen deben estar, y tienen que estar, con su Señor. El hogar es también el lugar de nuestra felicidad más verdadera y más pura: y es en Dios donde nuestro corazón halla su deleite más profundo. Tenemos en él un gozo que supera con mucho a todo otro gozo. Es también por el hogar por lo que trabajamos y nos afanamos. Pensar en él nos da fuerza para llevar la carga diaria y agiliza los dedos para cumplir la tarea; y en este sentido podemos decir también que Dios es nuestro hogar. El amor a él nos fortalece. Pensamos en él en la persona de su amado Hijo; y una mirada al rostro sufriente del Redentor nos constriñe a trabajar en su causa. Sentimos que tenemos que trabajar, porque tenemos hermanos que aún han de ser salvos, y tenemos que alegrar el corazón de nuestro Padre trayendo a casa a sus hijos errantes; quisiéramos llenar de santa alegría a la sagrada familia entre la cual moramos. ¡Felices los que así tienen al Dios de Jacob por su refugio!
11 de noviembre
«Acá abajo los brazos eternos». (Deuteronomio 33:27)
Dios, el Dios eterno, es él mismo nuestro sostén en todo tiempo, y especialmente cuando nos hundimos en una profunda angustia. Hay temporadas en que el cristiano se hunde muy bajo en la humillación. Bajo un hondo sentido de su gran pecaminosidad, se humilla delante de Dios hasta el punto de que apenas sabe cómo orar, porque a sus propios ojos parece tan indigno. Pues bien, hijo de Dios, recuerda que, cuando estás en tu peor y más bajo momento, aun entonces «acá abajo», debajo de ti, están «los brazos eternos». El pecado puede arrastrarte todo lo bajo que quiera, pero la gran expiación de Cristo sigue estando por debajo de todo. Puede que hayas descendido a las profundidades, pero no puedes haber caído tan bajo como para estar más allá de «lo sumo»; y él salva hasta lo sumo. Además, el cristiano a veces se hunde muy hondo en duras pruebas que vienen de fuera. Se le quita todo apoyo terrenal. ¿Y entonces? Aun así, debajo de él están «los brazos eternos». No puede caer tan hondo en la angustia y la aflicción que la gracia del pacto de un Dios siempre fiel no lo siga rodeando. El cristiano puede estar hundiéndose bajo la angustia que viene de dentro por un feroz conflicto, pero aun entonces no puede ser llevado tan bajo que quede fuera del alcance de «los brazos eternos»: están debajo de él; y mientras es sostenido así, todos los esfuerzos de Satanás por dañarlo de nada sirven.
Esta seguridad de sostén es un consuelo para todo obrero cansado pero ferviente en el servicio de Dios. Implica una promesa de fuerza para cada día, de gracia para cada necesidad y de poder para cada deber. Y, además, cuando llegue la muerte, la promesa seguirá en pie. Cuando estemos en medio del Jordán, podremos decir con David: «No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo». Descenderemos a la tumba, pero no bajaremos más, porque los brazos eternos impiden que sigamos cayendo. A lo largo de toda la vida, y al final de ella, seremos sostenidos por «los brazos eternos», brazos que ni desfallecen ni pierden su fuerza, porque «el Dios eterno no desfallece, ni se fatiga».
12 de noviembre
«La prueba de vuestra fe». (1 Pedro 1:7)
Una fe no probada puede ser fe verdadera, pero con seguridad será una fe pequeña, y es probable que siga raquítica mientras carezca de pruebas. La fe nunca prospera tanto como cuando todas las cosas están en su contra: las tempestades son sus entrenadoras, y los relámpagos sus iluminadores. Cuando reina la calma en el mar, por más que despliegues las velas, la nave no avanza hacia su puerto; porque sobre un océano dormido también la quilla duerme. Que se desaten los vientos aullando, y que se levanten las aguas; entonces, aunque la nave se balancee, y su cubierta sea barrida por las olas, y su mástil cruja bajo la presión de la vela llena e hinchada, es entonces cuando avanza hacia el puerto deseado. No hay flores de un azul tan hermoso como las que crecen al pie del glaciar helado; no hay estrellas que brillen tanto como las que resplandecen en el cielo polar; no hay agua tan dulce como la que brota en medio de la arena del desierto; y no hay fe tan preciosa como la que vive y triunfa en la adversidad. La fe probada trae experiencia. No habrías creído en tu propia debilidad si no te hubieras visto obligado a pasar por los ríos; y nunca habrías conocido la fuerza de Dios si no hubieras sido sostenido en medio de las inundaciones. La fe crece en solidez, en seguridad y en intensidad cuanto más se ejercita con la tribulación. La fe es preciosa, y su prueba también lo es.
Que esto, sin embargo, no desanime a los que son jóvenes en la fe. Tendrás pruebas de sobra sin buscarlas: se te medirá la porción completa a su debido tiempo. Mientras tanto, si todavía no puedes reclamar el fruto de una larga experiencia, da gracias a Dios por la gracia que tienes; alábalo por el grado de santa confianza al que has llegado; anda conforme a esa regla, y tendrás todavía cada vez más de la bendición de Dios, hasta que tu fe traslade montes y venza imposibles.
13 de noviembre
«Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo». (Juan 15:4)
¿Cómo comenzaste a dar fruto? Fue cuando viniste a Jesús y te echaste sobre su gran expiación y descansaste en su justicia consumada. ¡Ah, qué fruto tenías entonces! ¿Recuerdas aquellos primeros días? Entonces, en verdad, la vid florecía, aparecía la uva tierna, brotaban los granados, y las eras de especias despedían su fragancia. ¿Has decaído desde entonces? Si es así, te exhortamos a recordar aquel tiempo de amor, y arrepentirte, y hacer tus primeras obras. Ocúpate sobre todo en aquellas prácticas que por experiencia has comprobado que te acercan más a Cristo, porque es de él de quien proceden todos tus frutos. Cualquier ejercicio santo que te lleve a él te ayudará a dar fruto. El sol es, sin duda, un gran obrero en la formación del fruto entre los árboles del huerto; y Jesús lo es todavía más entre los árboles de su jardín de gracia. ¿Cuándo has sido más estéril? ¿No ha sido cuando has vivido más lejos del Señor Jesucristo, cuando has aflojado en la oración, cuando te has apartado de la sencillez de tu fe, cuando tus gracias han absorbido tu atención en lugar de tu Señor, cuando has dicho: «Mi monte está firme, no seré jamás conmovido», y has olvidado dónde reside tu fuerza? ¿No ha sido entonces cuando tu fruto ha cesado? A algunos de nosotros se nos ha enseñado que nada tenemos fuera de Cristo mediante terribles humillaciones del corazón delante del Señor; y cuando hemos visto la completa esterilidad y muerte de todo poder de la criatura, hemos clamado angustiados: «De él ha de hallarse todo mi fruto, porque ningún fruto puede venir jamás de mí». La experiencia pasada nos enseña que cuanto más sencillamente dependemos de la gracia de Dios en Cristo y esperamos en el Espíritu Santo, más fruto llevaremos para Dios. ¡Oh, confiar en Jesús tanto para el fruto como para la vida!
14 de noviembre
«Exterminaré a los que se postran jurando por el Señor y jurando por Malcam». (Sofonías 1:5)
Tales personas se creían seguras porque estaban con ambos bandos: iban con los seguidores de Jehová y al mismo tiempo se inclinaban ante Malcam. Pero la doblez es abominable para Dios, y su alma aborrece la hipocresía. El idólatra que se entrega abiertamente a su dios falso tiene un pecado menos que el que lleva su sacrificio contaminado y detestable al templo del Señor mientras su corazón está con el mundo y sus pecados. Estar con la liebre y correr con los perros es la política de un cobarde. En los asuntos comunes de la vida diaria, el hombre de doble ánimo es despreciado; pero en la religión es repugnante en sumo grado. El castigo que se pronuncia en el versículo que tenemos delante es terrible, pero bien merecido; porque ¿cómo habría de perdonar la justicia divina al pecador que conoce el bien, lo aprueba y profesa seguirlo, y mientras tanto ama el mal y le da dominio en su corazón?
Alma mía, examínate esta mañana y mira si eres culpable de doblez. Profesas ser seguidor de Jesús: ¿lo amas de verdad? ¿Es recto tu corazón para con Dios? ¿Eres de la familia del anciano Honesto, o eres pariente del Sr. Interesado? Tener nombre de que vivo vale poco si en realidad estoy muerto en delitos y pecados. Tener un pie en la tierra de la verdad y otro en el mar de la falsedad acarreará una caída terrible y una ruina total. Cristo será todo o nada. Dios llena todo el universo, y por eso no hay lugar para otro dios; si él reina, pues, en mi corazón, no habrá espacio para otro poder que reine. ¿Descanso solamente en Jesús crucificado, y vivo solamente para él? ¿Es mi deseo hacerlo así? ¿Está mi corazón resuelto a hacerlo? Si es así, bendita sea la poderosa gracia que me ha llevado a la salvación; y si no, oh Señor, perdona mi triste ofensa, y une mi corazón para que tema tu nombre.
15 de noviembre
«La porción del Señor es su pueblo». (Deuteronomio 32:9)
¿Cómo son suyos? Por su propia elección soberana. Él los escogió y puso en ellos su amor. Esto lo hizo enteramente al margen de cualquier bondad que hubiera en ellos en aquel momento, o de cualquier bondad que previera en ellos. Tuvo misericordia del que quiso tener misericordia, y ordenó una compañía escogida para vida eterna; así, pues, son suyos por su elección libre de toda coacción.
No solo son suyos por elección, sino por compra. Él los ha comprado y pagado hasta el último centavo, y por eso no puede haber disputa sobre su título. No con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la preciosa sangre del Señor Jesucristo, ha sido plenamente redimida la porción del Señor. No hay hipoteca sobre su heredad; ningún litigante contrario puede entablar pleito; el precio se pagó en audiencia pública, y la Iglesia es propiedad plena del Señor para siempre. Mira la marca de sangre sobre todos los escogidos, invisible para el ojo humano, pero conocida por Cristo, porque «conoce el Señor a los que son suyos»; no olvida a ninguno de aquellos a quienes ha redimido de entre los hombres; cuenta las ovejas por las que dio su vida, y recuerda bien la Iglesia por la cual se entregó a sí mismo.
Son suyos también por conquista. ¡Qué batalla libró en nosotros antes de que quisiéramos ser ganados! ¡Cuánto tiempo puso sitio a nuestro corazón! ¡Cuántas veces nos envió condiciones de rendición! Pero nosotros atrancamos nuestras puertas y fortificamos nuestros muros contra él. ¿No recordamos aquella hora gloriosa en que tomó nuestro corazón por asalto? ¿Cuando apoyó su cruz contra el muro y escaló nuestras murallas, plantando sobre nuestras fortalezas la bandera roja como la sangre de su misericordia omnipotente? Sí, en verdad somos los cautivos conquistados por su amor omnipotente. Así escogidos, comprados y sometidos, los derechos de nuestro divino Dueño son inalienables: nos regocijamos de que nunca podemos ser nuestros; y deseamos, día tras día, hacer su voluntad y mostrar su gloria.
16 de noviembre
«Mi porción es el Señor, dijo mi alma». (Lamentaciones 3:24)
No dice: «El Señor es en parte mi porción», ni «El Señor está en mi porción»; sino que él mismo constituye la suma total de la herencia de mi alma. Dentro de la circunferencia de ese círculo está todo lo que poseemos o deseamos. El Señor es mi porción. No meramente su gracia, ni su amor, ni su pacto, sino Dios mismo. Él nos ha escogido por porción suya, y nosotros lo hemos escogido a él por la nuestra. Es verdad que el Señor debe primero escoger nuestra herencia por nosotros, pues de lo contrario jamás la escogeríamos nosotros mismos; pero si de veras somos llamados conforme al propósito del amor que elige, podemos cantar:
«Amado por mi Dios, por él
de intenso amor me abraso;
elegido antes del tiempo,
yo a mi vez lo elijo».
El Señor es nuestra porción suficiente en todo. Dios se basta a sí mismo; y si Dios es suficiente en sí mismo, ha de serlo también para nosotros. No es fácil satisfacer los deseos del hombre. Cuando sueña que está satisfecho, pronto despierta para percibir que todavía hay algo más allá, y enseguida la sanguijuela de su corazón clama: «¡Trae, trae!». Pero todo lo que podemos desear se halla en nuestra porción divina, de modo que preguntamos: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra». Bien podemos «deleitarnos en el Señor», que nos da a beber del torrente de sus delicias. Nuestra fe extiende sus alas y se remonta como un águila al cielo del amor divino, como a su morada propia. «Las cuerdas nos cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que nos ha tocado». Regocijémonos en el Señor siempre; mostremos al mundo que somos un pueblo feliz y bienaventurado, y así lo induciremos a exclamar: «Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros».
17 de noviembre
«A él sea gloria por siglos» (Romanos 11:36)
«A él sea gloria por siempre». Este debería ser el deseo único del cristiano. Todos los demás anhelos deben estar subordinados a este y ser tributarios de él. El cristiano puede desear prosperidad en sus negocios, pero solo en la medida en que le ayude a promover esto: «A él sea gloria por siempre». Puede desear alcanzar más dones y más gracias, pero solo para que «a él sea gloria por siempre». No obras como debes cuando te mueve cualquier otro motivo que no sea la mirada sencilla puesta en la gloria de tu Señor. Como cristiano, eres «de Dios, y por Dios»; vive, pues, «para Dios». Que nada haga latir tu corazón con tanta fuerza como el amor a él. Que esta ambición encienda tu alma; sea este el fundamento de toda empresa en que te embarques, y este tu motivo sustentador siempre que tu celo amenace con enfriarse; haz de Dios tu único objeto. Ten por seguro que donde empieza el yo, empieza la tristeza; pero si Dios es mi deleite supremo y mi único objeto,
«Lo mismo me da que el amor disponga
mi vida o mi muerte, que me dé reposo o dolor».
Que tu deseo de la gloria de Dios sea un deseo creciente. Lo bendijiste en tu juventud; no te conformes con las alabanzas que le diste entonces. ¿Te ha prosperado Dios en tus negocios? Dale más, puesto que él te ha dado más. ¿Te ha dado Dios experiencia? Alábalo con una fe más firme que la que ejercitabas al principio. ¿Crece tu conocimiento? Entonces canta con más dulzura. ¿Disfrutas de tiempos más felices que los que tuviste antes? ¿Has sido restaurado de la enfermedad, y se ha tornado tu tristeza en paz y gozo? Entonces dale más música; pon más brasas y más incienso aromático en el incensario de tu alabanza. Hónralo en la práctica de tu vida, poniendo el «Amén» a esta doxología a tu grande y bondadoso Señor mediante tu servicio personal y una santidad cada vez mayor.
18 de noviembre
«Fuente cerrada, fuente sellada». (Cantares 4:12)
En esta metáfora, que se refiere a la vida interior del creyente, tenemos con toda claridad la idea de secreto. Es una fuente cerrada: así como en Oriente había manantiales sobre los cuales se levantaba un edificio, de modo que nadie podía llegar a ellos sino quienes conocían la entrada secreta, así es el corazón del creyente cuando ha sido renovado por la gracia: hay dentro una vida misteriosa que ninguna habilidad humana puede tocar. Es un secreto que ningún otro hombre conoce; más aún, que el mismo hombre que lo posee no puede contar a su prójimo. El texto no solo incluye el secreto, sino también la separación. No es la fuente común, de la que puede beber cualquier transeúnte; es una fuente guardada y reservada de todas las demás; es una fuente que lleva una marca particular, el sello real de un rey, de modo que todos pueden percibir que no es una fuente común, sino una fuente que tiene dueño y que está puesta aparte, sola y por sí misma. Así sucede con la vida espiritual. Los escogidos de Dios fueron separados en el decreto eterno; fueron separados por Dios en el día de la redención; y son separados por la posesión de una vida que los demás no tienen; y les es imposible sentirse como en casa con el mundo o deleitarse en sus placeres. Está también la idea de consagración. La fuente cerrada se reserva para el uso de una persona determinada; y así es el corazón del cristiano. Es una fuente guardada para Jesús. Todo cristiano debería sentir que lleva sobre sí el sello de Dios, y debería poder decir con Pablo: «De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús». Hay otra idea destacada: la de seguridad. ¡Oh, cuán firme y segura es la vida interior del creyente! Aunque todos los poderes de la tierra y del infierno se aliaran contra ella, ese principio inmortal seguiría existiendo, porque el que lo dio empeñó su vida para preservarlo. ¿Y «quién es aquel que os podrá dañar», cuando Dios es tu protector?
19 de noviembre
«Evita las cuestiones necias». (Tito 3:9)
Nuestros días son pocos, y se emplean mucho mejor en hacer el bien que en disputar sobre asuntos que, en el mejor de los casos, son de importancia secundaria. Los antiguos escolásticos hicieron muchísimo daño con sus incesantes discusiones sobre temas sin ninguna importancia práctica; y nuestras iglesias sufren mucho por pequeñas guerras sobre puntos abstrusos y cuestiones sin importancia. Después de haberse dicho todo lo que se puede decir, ninguna de las partes queda más sabia, de modo que la discusión no promueve el conocimiento más que el amor, y es necio sembrar en un campo tan estéril. Las cuestiones sobre puntos en que la Escritura calla, sobre misterios que pertenecen solo a Dios, sobre profecías de interpretación dudosa y sobre meras formas de observar ceremonias humanas son todas necias, y los sabios las evitan. Nuestra tarea no es hacer ni responder preguntas necias, sino evitarlas por completo; y si observamos el precepto del apóstol (Tito 3:8) de procurar ocuparnos en buenas obras, nos encontraremos demasiado ocupados en asuntos provechosos como para interesarnos mucho en contiendas indignas, pendencieras e innecesarias.
Hay, sin embargo, algunas preguntas que son todo lo contrario de necias, que no debemos evitar, sino afrontar con justicia y honradez, como estas: ¿Creo en el Señor Jesucristo? ¿Estoy renovado en el espíritu de mi mente? ¿Ando no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu? ¿Estoy creciendo en la gracia? ¿Adorna mi conducta la doctrina de Dios mi Salvador? ¿Estoy esperando la venida del Señor, y velando como debe hacerlo un siervo que aguarda a su señor? ¿Qué más puedo hacer por Jesús? Preguntas como estas reclaman con urgencia nuestra atención; y si hemos sido dados a las sutilezas, dirijamos ahora nuestra capacidad crítica a un servicio mucho más provechoso. Seamos pacificadores, y procuremos guiar a otros, tanto con nuestro precepto como con nuestro ejemplo, a «evitar las cuestiones necias».
20 de noviembre
«Abogaste, Señor, la causa de mi alma». (Lamentaciones 3:58)
Observa con cuánta seguridad habla el profeta. No dice: «Espero, confío, a veces pienso que Dios ha abogado la causa de mi alma»; sino que habla de ello como de un hecho indiscutible. «Abogaste, Señor, la causa de mi alma». Sacudámonos, con la ayuda del Consolador lleno de gracia, esas dudas y temores que tanto estropean nuestra paz y nuestro consuelo. Sea esta nuestra oración: que acabemos con la voz áspera y graznadora de la conjetura y la sospecha, y podamos hablar con la voz clara y melodiosa de la plena certidumbre. Fíjate con cuánta gratitud habla el profeta, ¡atribuyendo toda la gloria solo a Dios! Notarás que no hay una sola palabra acerca de sí mismo ni de sus propios alegatos. No atribuye su liberación en ninguna medida a hombre alguno, y mucho menos a su propio mérito; sino que dice «tú»: «Abogaste, Señor, la causa de mi alma; tú redimiste mi vida». El cristiano debe cultivar siempre un espíritu agradecido; y especialmente después de cada liberación deberíamos preparar un cántico para nuestro Dios. La tierra debería ser un templo lleno de los cánticos de santos agradecidos, y cada día debería ser un incensario que humea con el dulce incienso de la acción de gracias. ¡Qué gozoso parece Jeremías mientras registra la misericordia del Señor! ¡Con qué triunfo eleva su canto! Ha estado en la mazmorra profunda, y aun ahora no es otro que el profeta llorón; y sin embargo, en el mismo libro que se llama «Lamentaciones», clara como el cántico de María cuando golpeaba con los dedos el pandero, aguda como la nota de Débora cuando salió al encuentro de Barac con gritos de victoria, oímos la voz de Jeremías que sube al cielo: «Abogaste la causa de mi alma; redimiste mi vida». Oh hijos de Dios, buscad una experiencia viva de la misericordia del Señor, y cuando la tengáis, hablad de ella con seguridad; cantad con gratitud; aclamad con triunfo.
21 de noviembre
«No contristéis al Espíritu Santo». (Efesios 4:30)
Todo lo que el creyente tiene ha de venir de Cristo, pero viene únicamente por el cauce del Espíritu de gracia. Además, así como todas las bendiciones fluyen hacia ti por medio del Espíritu Santo, así también nada bueno puede salir de ti, sea pensamiento santo, adoración devota o acto lleno de gracia, sin la obra santificadora del mismo Espíritu. Aunque la buena semilla esté sembrada en ti, permanece aletargada si él no obra en ti así el querer como el hacer, por su buena voluntad. ¿Deseas hablar por Jesús? ¿Cómo podrás, si el Espíritu Santo no toca tu lengua? ¿Deseas orar? ¡Ay, qué tarea tan torpe es si el Espíritu no intercede por ti! ¿Deseas vencer el pecado? ¿Quieres ser santo? ¿Quieres imitar a tu Maestro? ¿Deseas elevarte a las más altas cumbres de la espiritualidad? ¿Anhelas ser hecho semejante a los ángeles de Dios, lleno de celo y ardor por la causa del Maestro? No puedes sin el Espíritu: «Sin mí nada podéis hacer». ¡Oh pámpano de la vid, no puedes dar fruto sin la savia! ¡Oh hijo de Dios, no tienes vida dentro de ti aparte de la vida que Dios te da por medio de su Espíritu! No lo contristemos, pues, ni lo provoquemos a ira con nuestro pecado. No lo apaguemos en el más débil de sus impulsos en nuestra alma; fomentemos cada sugerencia suya, y estemos prontos a obedecer cada inspiración. Si el Espíritu Santo es en verdad tan poderoso, no intentemos nada sin él; no comencemos ningún proyecto, ni llevemos adelante ninguna empresa, ni concluyamos ningún negocio sin implorar su bendición. Rindámosle el debido homenaje de sentir nuestra completa debilidad aparte de él, y luego dependamos solo de él, haciendo nuestra esta oración: «Abre mi corazón y todo mi ser a tu venida, y sostenme con tu Espíritu libre cuando haya recibido ese Espíritu en mi interior».
22 de noviembre
«Sirvió Israel por mujer, y por mujer fue pastor». (Oseas 12:12)
Jacob, mientras reconvenía a Labán, describe así su propia fatiga: «Estos veinte años he estado contigo. Nunca te traje lo arrebatado por las fieras; yo pagaba el daño; lo hurtado así de día como de noche, de mi mano lo requerías. De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos». Aún más fatigosa que esta fue la vida de nuestro Salvador aquí abajo. Veló sobre todas sus ovejas hasta que pudo dar como su última cuenta: «De los que me diste, ninguno de ellos perdí». Su cabeza estaba llena de rocío, y sus cabellos de las gotas de la noche. El sueño huyó de sus ojos, porque pasaba toda la noche en oración, luchando por su pueblo. Una noche había que interceder por Pedro; luego otro reclama su intercesión entre lágrimas. Ningún pastor sentado bajo los cielos fríos, mirando a las estrellas, pudo jamás proferir tales quejas por la dureza de su trabajo como las que Jesucristo podría haber presentado, si hubiera querido hacerlo, por la severidad de su servicio para conseguir a su esposa:
«Los montes fríos y el aire de la medianoche
fueron testigos del fervor de su oración;
el desierto conoció sus tentaciones,
su conflicto y también su victoria».
Es dulce meditar en el paralelo espiritual de que Labán exigiera todas las ovejas de mano de Jacob. Si las despedazaban las fieras, Jacob debía reponerlas; si alguna moría, él debía responder como fiador por todas. ¿No fue la fatiga de Jesús por su Iglesia la fatiga de quien estaba bajo la obligación de fiador de llevar a cada creyente sano y salvo a la mano de aquel que se los había encomendado? Mira a Jacob en su fatiga, y verás una figura de aquel de quien leemos: «Como pastor apacentará su rebaño».
23 de noviembre
«Comunión con él». (1 Juan 1:6)
Cuando fuimos unidos a Cristo por la fe, fuimos introducidos en una comunión tan completa con él que fuimos hechos uno con él, y sus intereses y los nuestros llegaron a ser mutuos e idénticos. Tenemos comunión con Cristo en su amor. Lo que él ama, nosotros lo amamos. Él ama a los santos, y nosotros también. Él ama a los pecadores, y nosotros también. Él ama a la pobre raza humana que perece, y anhela ver los desiertos de la tierra transformados en el huerto del Señor, y nosotros también. Tenemos comunión con él en sus deseos. Él desea la gloria de Dios; nosotros también trabajamos por ella. Él desea que los santos estén con él donde él está; nosotros también deseamos estar allí con él. Él desea echar fuera el pecado; he aquí, nosotros luchamos bajo su bandera. Él desea que el nombre de su Padre sea amado y adorado por todas sus criaturas; nosotros oramos cada día: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Tenemos comunión con Cristo en sus padecimientos. No somos clavados en la cruz, ni morimos de muerte cruel, pero cuando él es vituperado, nosotros somos vituperados; y es cosa muy dulce ser censurado por su causa, ser despreciado por seguir al Maestro, tener al mundo en contra. El discípulo no debe estar por encima de su Señor. En nuestra medida tenemos comunión con él en sus trabajos, sirviendo a los hombres con la palabra de verdad y con obras de amor. Nuestra comida y nuestra bebida, como las suyas, es hacer la voluntad del que nos envió y acabar su obra. Tenemos también comunión con Cristo en sus gozos. Somos felices en su felicidad, nos regocijamos en su exaltación. ¿Has probado alguna vez ese gozo, creyente? No hay deleite más puro ni más intenso que se pueda conocer de este lado del cielo que el de tener cumplido en nosotros el gozo de Cristo, para que nuestro gozo sea completo. Su gloria nos aguarda para completar nuestra comunión, porque su Iglesia se sentará con él en su trono, como su amadísima esposa y reina.
24 de noviembre
«El Señor glorioso nos será un lugar de anchos ríos y arroyos». (Isaías 33:21)
Los ríos anchos y los arroyos producen fertilidad y abundancia en la tierra. Los lugares cercanos a los grandes ríos se distinguen por la variedad de sus plantas y por sus copiosas cosechas. Todo esto es Dios para su Iglesia. Teniendo a Dios, ella tiene abundancia. ¿Qué puede pedir que él no le dé? ¿Qué necesidad puede mencionar que él no supla? «Y el Señor de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos». ¿Queréis el pan de vida? Cae como maná del cielo. ¿Queréis corrientes refrescantes? La roca os sigue, y esa Roca es Cristo. Si padeces alguna necesidad, es culpa tuya; si estás estrecho, no lo estás en él, sino en tus propias entrañas. Los ríos anchos y los arroyos apuntan también al comercio. Nuestro glorioso Señor es para nosotros un lugar de mercancía celestial. Por medio de nuestro Redentor tenemos comercio con el pasado; la riqueza del Calvario, los tesoros del pacto, las riquezas de los antiguos días de la elección, los depósitos de la eternidad: todo nos llega bajando por la ancha corriente de nuestro bondadoso Señor. Tenemos comercio también con el futuro. ¡Qué galeras, cargadas hasta la línea del agua, nos llegan desde el milenio! ¡Qué visiones tenemos de los días del cielo sobre la tierra! Por medio de nuestro glorioso Señor tenemos comercio con los ángeles; comunión con los espíritus resplandecientes lavados en la sangre, que cantan delante del trono; más aún, y mejor todavía, tenemos comunión con el Infinito. Los ríos anchos y los arroyos tienen el propósito especial de presentar la idea de seguridad. Antiguamente los ríos eran una defensa. ¡Oh amados, qué defensa es Dios para su Iglesia! El diablo no puede cruzar este ancho río de Dios. ¡Cuánto desearía poder desviar la corriente! Pero no temáis, porque Dios permanece inmutablemente el mismo. Satanás podrá inquietarnos, pero no puede destruirnos; ninguna galera de remos invadirá nuestro río, ni por él pasará gran nave.
25 de noviembre
«Para pregonar a los cautivos libertad». (Lucas 4:18)
Nadie sino Jesús puede dar libertad a los cautivos. La verdadera libertad viene solo de él. Es una libertad otorgada con justicia; porque el Hijo, que es heredero de todas las cosas, tiene derecho a hacer libres a los hombres. Los santos honran la justicia de Dios, que ahora asegura su salvación. Es una libertad que ha sido comprada a gran precio. Cristo la pronuncia con su poder, pero la compró con su sangre. Él te hace libre, pero es por medio de sus propias ataduras. Tú sales libre porque él llevó tu carga por ti; eres puesto en libertad porque él padeció en tu lugar. Pero, aunque comprada a gran precio, él la da gratuitamente. Jesús no nos pide nada como preparación para esta libertad. Nos encuentra sentados en cilicio y ceniza, y nos manda vestirnos con el hermoso atavío de la libertad; nos salva tal como somos, y todo ello sin nuestra ayuda ni nuestro mérito. Cuando Jesús hace libre, la libertad es inalienable para siempre; ninguna cadena puede volver a atar. Diga el Maestro: «Cautivo, yo te he librado», y queda hecho para siempre. Satanás podrá tramar para esclavizarnos, pero si el Señor está de nuestra parte, ¿de quién temeremos? El mundo, con sus tentaciones, podrá procurar enredarnos, pero más poderoso es el que está con nosotros que todos los que están contra nosotros. Las maquinaciones de nuestro propio corazón engañoso podrán acosarnos y molestarnos, pero el que comenzó en nosotros la buena obra la llevará adelante y la perfeccionará hasta el fin. Los adversarios de Dios y los enemigos del hombre podrán juntar sus ejércitos y venir contra nosotros con furia concentrada, pero si Dios absuelve, ¿quién es el que condenará? No es más libre el águila que sube a su nido entre las rocas y luego se remonta por encima de las nubes, que el alma a quien Cristo ha librado. Si ya no estamos bajo la ley, sino libres de su maldición, que nuestra libertad se manifieste en la práctica sirviendo a Dios con gratitud y deleite. «Yo soy tu siervo, hijo de tu sierva; tú rompiste mis prisiones». «Señor, ¿qué quieres que yo haga?».
26 de noviembre
«Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas». (Eclesiastés 9:10)
«Todo lo que te viniere a la mano para hacer» se refiere a obras que son posibles. Hay muchas cosas que nuestro corazón halla por hacer y que nunca haremos. Bueno es que estén en nuestro corazón; pero si queremos ser útiles de manera eminente, no debemos contentarnos con trazar planes en el corazón y hablar de ellos; debemos llevar a la práctica «todo lo que nos viniere a la mano para hacer». Una buena obra vale más que mil teorías brillantes. No esperemos grandes oportunidades ni una clase distinta de trabajo, sino hagamos precisamente las cosas que día tras día nos «vienen a la mano para hacer». No tenemos otro tiempo en el cual vivir. El pasado se ha ido; el futuro no ha llegado; nunca tendremos otro tiempo que el presente. No esperes, pues, a que tu experiencia haya llegado a la madurez antes de intentar servir a Dios. Procura dar fruto ahora. Sirve a Dios ahora, pero cuida la manera en que realizas lo que te viene a la mano para hacer: «hazlo según tus fuerzas». Hazlo con prontitud; no malgastes tu vida pensando en lo que te propones hacer mañana, como si eso pudiera compensar la ociosidad de hoy. Nadie ha servido jamás a Dios haciendo las cosas mañana. Si honramos a Cristo y somos bendecidos, es por las cosas que hacemos hoy. Todo lo que hagas por Cristo, pon en ello toda tu alma. No le des a Cristo un poco de trabajo descuidado, hecho por rutina de vez en cuando; sino que, cuando le sirvas, hazlo con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Pero ¿dónde está la fuerza del cristiano? No está en sí mismo, porque él es la debilidad perfecta. Su fuerza reside en el Señor de los ejércitos. Busquemos, pues, su ayuda; procedamos con oración y fe, y cuando hayamos hecho lo que nos «viniere a la mano para hacer», esperemos en el Señor su bendición. Lo que hagamos así estará bien hecho, y no dejará de producir su efecto.
27 de noviembre
«Josué, el sumo sacerdote, el cual estaba delante del ángel del Señor». (Zacarías 3:1)
En Josué el sumo sacerdote vemos una figura de todos y cada uno de los hijos de Dios, que han sido hechos cercanos por la sangre de Cristo y han sido enseñados a ministrar en las cosas santas y a entrar en lo que está detrás del velo. Jesús nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y aun aquí en la tierra ejercemos el sacerdocio de una vida consagrada y de un servicio santificado. Pero de este sumo sacerdote se dice que «estaba delante del ángel del Señor», es decir, en pie para ministrar. Esta debería ser la posición perpetua de todo verdadero creyente. Todo lugar es ahora templo de Dios, y su pueblo puede servirle tan verdaderamente en sus ocupaciones diarias como en su casa. Han de estar siempre «ministrando», ofreciendo el sacrificio espiritual de la oración y la alabanza, y presentándose a sí mismos en «sacrificio vivo». Pero fíjate dónde es que Josué está para ministrar: es delante del ángel del Señor. Solo por medio de un mediador podemos nosotros, pobres seres contaminados, llegar a ser sacerdotes para Dios. Presento lo que tengo delante del mensajero, el ángel del pacto, el Señor Jesús; y por medio de él mis oraciones hallan aceptación, envueltas en sus oraciones; mis alabanzas se vuelven dulces al ser atadas con manojos de mirra, áloe y casia del propio huerto de Cristo. Si no puedo traerle más que mis lágrimas, él las pondrá con sus propias lágrimas en su propia redoma, porque él también lloró una vez; si no puedo traerle más que mis gemidos y suspiros, él los aceptará como sacrificio agradable, porque una vez tuvo el corazón quebrantado y suspiró profundamente en su espíritu. Yo mismo, estando en él, soy acepto en el Amado; y todas mis obras contaminadas, aunque en sí mismas no son más que objeto de aborrecimiento divino, son recibidas de tal manera que Dios percibe en ellas olor grato. Él está satisfecho y yo soy bendecido. Mira, pues, la posición del cristiano: «un sacerdote, en pie, delante del ángel del Señor».
28 de noviembre
«Mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de la verdad que hay en ti, así como tú andas en la verdad». (3 Juan 3)
La verdad estaba en Gayo, y Gayo andaba en la verdad. Si lo primero no hubiera sido así, lo segundo jamás habría ocurrido; y si no pudiera decirse de él lo segundo, lo primero habría sido mera apariencia. La verdad debe entrar en el alma, penetrarla y saturarla, o de lo contrario no tiene ningún valor. Las doctrinas sostenidas como cuestión de credo son como pan en la mano, que no da ningún alimento al cuerpo; pero la doctrina aceptada por el corazón es como alimento digerido, que por asimilación sostiene y edifica el cuerpo. En nosotros la verdad ha de ser una fuerza viva, una energía activa, una realidad que mora dentro, parte de la trama y la urdimbre de nuestro ser. Si está en nosotros, ya no podemos desprendernos de ella. Un hombre puede perder sus vestidos o sus miembros, pero sus órganos interiores son vitales, y no se le pueden arrancar sin la pérdida total de la vida. Un cristiano puede morir, pero no puede negar la verdad. Ahora bien, es una ley de la naturaleza que lo interior afecta a lo exterior, como la luz brilla desde el centro de la linterna a través del cristal; por tanto, cuando la verdad se enciende dentro, su resplandor pronto irradia en la vida y la conducta exteriores. Se dice que el alimento de ciertos gusanos colorea los capullos de seda que hilan; y así también el sustento del que vive la naturaleza interior de un hombre da su tinte a cada palabra y obra que procede de él. Andar en la verdad implica una vida de integridad, santidad, fidelidad y sencillez: el producto natural de aquellos principios de verdad que el evangelio enseña y que el Espíritu de Dios nos capacita para recibir. Podemos juzgar los secretos del alma por su manifestación en la conducta del hombre. Concédenos hoy, oh Espíritu lleno de gracia, ser regidos y gobernados por tu autoridad divina, de modo que nada falso ni pecaminoso reine en nuestro corazón, no sea que extienda su influencia maligna a nuestro andar diario entre los hombres.
29 de noviembre
«No andarás chismeando entre tu pueblo... Reprenderás sin falta a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado». (Levítico 19:16, 17)
La murmuración destila un triple veneno, porque daña al que la cuenta, al que la oye y a la persona de quien se cuenta. Sea el rumor verdadero o falso, este precepto de la Palabra de Dios nos prohíbe propagarlo. La reputación del pueblo del Señor debería ser muy preciosa a nuestros ojos, y deberíamos tener por vergüenza ayudar al diablo a deshonrar a la Iglesia y el nombre del Señor. Algunas lenguas necesitan freno más que espuela. Muchos se jactan de derribar a sus hermanos, como si con ello se levantaran a sí mismos. Los hijos sabios de Noé echaron un manto sobre su padre, y el que lo expuso se acarreó una terrible maldición. Puede que nosotros mismos, en alguno de estos días oscuros, necesitemos la paciencia y el silencio de nuestros hermanos; prestémoslos con alegría a quienes los necesitan ahora. Sea esta nuestra regla familiar y nuestro compromiso personal: no hablar mal de nadie.
Sin embargo, el Espíritu Santo nos permite censurar el pecado, y prescribe la manera en que debemos hacerlo. Debe hacerse reprendiendo a nuestro hermano cara a cara, no injuriándolo a sus espaldas. Este proceder es varonil, fraternal, semejante al de Cristo, y con la bendición de Dios será útil. ¿Retrocede la carne ante él? Entonces debemos cargar más la conciencia y mantenernos en la tarea, no sea que, consintiendo el pecado en nuestro amigo, lleguemos a ser partícipes de él. Centenares han sido librados de pecados graves gracias a las advertencias oportunas, sabias y afectuosas de ministros y hermanos fieles. Nuestro Señor Jesús nos ha dado un ejemplo lleno de gracia de cómo tratar a los amigos que yerran en la advertencia que dio a Pedro, en la oración con que la precedió y en la manera bondadosa con que soportó la jactanciosa negativa de Pedro de que necesitara tal advertencia.
30 de noviembre
«Y Amasías dijo al varón de Dios: Pero ¿qué haremos respecto a los cien talentos que he dado al ejército de Israel? Y el varón de Dios respondió: El Señor puede darte mucho más que esto». (2 Crónicas 25:9)
Una pregunta muy importante le pareció esta al rey de Judá, y quizá tenga todavía más peso para el cristiano probado y tentado. Perder dinero nunca es agradable, y cuando lo exige un principio, la carne no siempre está dispuesta a hacer el sacrificio. «¿Por qué perder lo que puede emplearse tan útilmente? ¿No puede la verdad misma comprarse demasiado cara? ¿Qué haremos sin ello? ¡Acuérdate de los hijos y de nuestros escasos ingresos!». Todas estas cosas, y mil más, tentarían al cristiano a extender su mano hacia la ganancia injusta, o a abstenerse de llevar a cabo sus convicciones de conciencia cuando implican una pérdida seria. No todos los hombres pueden ver estos asuntos a la luz de la fe; y aun entre los seguidores de Jesús, la doctrina de «hay que vivir» tiene bastante peso.
El Señor puede darte mucho más que esto es una respuesta muy satisfactoria a la pregunta ansiosa. Nuestro Padre tiene los cordones de la bolsa, y lo que perdemos por amor de él puede devolverlo mil veces. A nosotros nos toca obedecer su voluntad, y podemos descansar seguros de que él proveerá para nosotros. Al final el Señor no será deudor de nadie. Los santos saben que un grano de paz del corazón vale más que una tonelada de oro. El que envuelve una buena conciencia en un abrigo raído ha ganado una riqueza espiritual mucho más deseable que cualquiera que haya perdido. La sonrisa de Dios y un calabozo bastan para un corazón sincero; su ceño fruncido y un palacio serían un infierno para un espíritu lleno de gracia. Que suceda lo peor, que se vayan todos los talentos: no hemos perdido nuestro tesoro, porque está arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Mientras tanto, aun ahora, el Señor hace que los mansos hereden la tierra, y no quita el bien a los que andan en integridad.
Capítulo 11 completado
Noviembre