Capítulo 12 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha
Diciembre
1 de diciembre
«El verano y el invierno tú los formaste». (Salmo 74:17)
Alma mía, comienza este mes invernal con tu Dios. Las frías nieves y los vientos penetrantes te recuerdan que él guarda su pacto con el día y con la noche, y contribuyen a asegurarte que también guardará aquel glorioso pacto que ha hecho contigo en la persona de Cristo Jesús. El que es fiel a su palabra en el curso de las estaciones de este pobre mundo contaminado por el pecado, no se mostrará infiel en su trato con su propio Hijo amado.
El invierno en el alma no es de ningún modo una estación agradable, y si ahora mismo pesa sobre ti, te resultará muy doloroso; pero hay este consuelo, a saber, que es el Señor quien lo forma. Él envía las ráfagas cortantes de la adversidad para helar los brotes de la esperanza; derrama la escarcha como ceniza sobre los prados, antes verdes, de nuestro gozo; echa su hielo como pedazos, congelando los arroyos de nuestro deleite. Todo lo hace él; él es el gran Rey del Invierno y gobierna en los dominios de la helada; por tanto, no puedes murmurar. Pérdidas, cruces, pesadumbre, enfermedad, pobreza y otros mil males son enviados por el Señor, y nos llegan con un sabio propósito. Las heladas matan los insectos dañinos y ponen límite a las enfermedades desatadas; rompen los terrones y endulzan el suelo. ¡Ojalá siguieran siempre tan buenos resultados a nuestros inviernos de aflicción!
¡Cuánto apreciamos el fuego en estos días! ¡Qué agradable es su resplandor alegre! Apreciemos de la misma manera a nuestro Señor, que es la fuente constante de calor y consuelo en todo tiempo de angustia. Acerquémonos a él, y hallemos en él gozo y paz en el creer. Envolvámonos en las cálidas vestiduras de sus promesas, y salgamos a las labores propias de la estación, porque mal sería ser como el perezoso que no ara a causa del frío; pues pedirá en el verano y no hallará nada.
2 de diciembre
«Toda tú eres hermosa, amor mío». (Cantares 4:7)
La admiración del Señor por su Iglesia es maravillosísima, y su descripción de la hermosura de ella es muy ardiente. No es solamente hermosa, sino «toda hermosa». Él la contempla en sí mismo, lavada en su sangre expiatoria y vestida de su justicia meritoria, y la considera llena de gracia y hermosura. No es de extrañar que así sea, puesto que lo que admira no es sino su propia excelencia perfecta; porque la santidad, la gloria y la perfección de su Iglesia son sus propias vestiduras gloriosas sobre los hombros de su propia esposa amadísima. No es simplemente pura, ni bien proporcionada: ¡es positivamente encantadora y hermosa! ¡Tiene un mérito real! Las deformidades del pecado le han sido quitadas; pero más aún, ha obtenido por medio de su Señor una justicia meritoria por la cual se le confiere una hermosura real. Los creyentes reciben una justicia positiva cuando llegan a ser «aceptos en el Amado» (Ef. 1:6). Ni es la Iglesia apenas encantadora: lo es en grado superlativo. Su Señor la llama «Oh hermosa entre las mujeres». Tiene un valor y una excelencia reales con los que no puede rivalizar toda la nobleza y la realeza del mundo. Si Jesús pudiera cambiar a su esposa escogida por todas las reinas y emperatrices de la tierra, o aun por los ángeles del cielo, no lo haría, porque la pone en primer lugar, la primera de todas: «hermosa entre las mujeres». Como la luna, ella eclipsa con mucho a las estrellas. Ni es esta una opinión de la que él se avergüence, pues invita a todos los hombres a escucharla. Pone delante de ella un «he aquí», una nota especial de exclamación que invita a prestar atención y la retiene. «He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa» (Cnt. 4:1). Su opinión la publica ya desde ahora, y un día, desde el trono de su gloria, declarará su verdad delante del universo reunido. «Venid, benditos de mi Padre» (Mt. 25:34), será su solemne afirmación de la hermosura de sus escogidos.
3 de diciembre
«No hay mancha en ti». (Cantares 4:7)
Habiendo declarado que su Iglesia está positivamente llena de hermosura, nuestro Señor confirma su alabanza con una preciosa negación: «No hay mancha en ti». Como si al Esposo se le hubiera ocurrido que el mundo criticón insinuaría que solo había mencionado las partes hermosas de ella, y había omitido a propósito aquellos rasgos deformes o manchados, lo resume todo declarándola universal y enteramente hermosa, y totalmente libre de mancha. Una mancha puede quitarse pronto, y es lo más pequeño que puede desfigurar la hermosura; pero aun de esta pequeña imperfección es librado el creyente a los ojos de su Señor. Si hubiera dicho que no hay ninguna cicatriz horrible, ninguna deformidad espantosa, ninguna úlcera mortal, aun así nos habríamos maravillado; pero cuando testifica que ella está libre de la más leve mancha, quedan incluidas todas esas otras formas de contaminación, y se ahonda el asombro. Si solo hubiera prometido quitar todas las manchas más adelante, habríamos tenido motivo eterno de gozo; pero cuando habla de ello como cosa ya hecha, ¿quién puede contener las emociones más intensas de satisfacción y deleite? Oh alma mía, aquí tienes tuétano y grosura; come hasta saciarte, y quédate satisfecha con manjares reales.
Cristo Jesús no tiene contienda con su esposa. Ella se aparta de él a menudo y contrista a su Espíritu Santo, pero él no permite que las faltas de ella afecten su amor. A veces reprende, pero siempre de la manera más tierna y con las intenciones más bondadosas: aun entonces la llama «amor mío». No hay memoria de nuestras necedades; él no abriga malos pensamientos acerca de nosotros, sino que perdona y ama tanto después de la ofensa como antes de ella. Bueno es para nosotros que así sea, porque si Jesús recordara las injurias tanto como nosotros, ¿cómo podría tener comunión con nosotros? Muchas veces un creyente se disgusta con el Señor por algún leve giro de la providencia, pero nuestro precioso Esposo conoce demasiado bien nuestros necios corazones para ofenderse por nuestros malos modales.
4 de diciembre
«Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad». (Hechos 18:10)
Esto debería ser un gran estímulo para procurar hacer el bien, puesto que Dios tiene, entre los más viles de los viles, los más réprobos, los más disolutos y borrachos, un pueblo escogido que ha de ser salvo. Cuando les llevas la Palabra, lo haces porque Dios te ha ordenado para ser el mensajero de vida para sus almas, y ellos tienen que recibirla, pues así reza el decreto de la predestinación. Están tan redimidos por la sangre como los santos que están delante del trono eterno. Son propiedad de Cristo, y sin embargo quizá son amantes de la taberna y aborrecedores de la santidad; pero si Jesucristo los compró, los tendrá. Dios no es injusto para olvidar el precio que su Hijo ha pagado. No permitirá que la sustitución de su Hijo sea en ningún caso una cosa ineficaz y muerta. Decenas de miles de redimidos no están todavía regenerados, pero regenerados han de ser; y este es nuestro consuelo cuando salimos a ellos con la Palabra vivificadora de Dios.
Más aún, Cristo intercede por estos impíos delante del trono. «Mas no ruego solamente por estos», dice el gran Intercesor, «sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos». Pobres almas ignorantes, nada saben de orar por sí mismas, pero Jesús ora por ellas. Sus nombres están en su pectoral, y dentro de poco tendrán que doblar su rodilla obstinada, exhalando el suspiro del arrepentimiento delante del trono de la gracia. «No era tiempo de higos». La hora predestinada no ha sonado; pero, cuando llegue, obedecerán, porque Dios tendrá a los suyos; tendrán que hacerlo, porque al Espíritu no se le puede resistir cuando sale con plenitud de poder: tendrán que llegar a ser siervos voluntarios del Dios vivo. «Tu pueblo se te ofrecerá de buena voluntad en el día de tu poder». «Justificará a muchos». «Verá el fruto de la aflicción de su alma». «Yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos».
5 de diciembre
«Pedid, y se os dará». (Mateo 7:7)
Sabemos de un lugar en Inglaterra, que todavía existe, donde se reparte una ración de pan a todo transeúnte que quiera pedirla. Sea quien sea el viajero, no tiene más que llamar a la puerta del Hospital de la Santa Cruz, y allí está la ración de pan para él. Jesucristo ama tanto a los pecadores que ha edificado un Hospital de la Santa Cruz, de modo que siempre que un pecador tenga hambre, no tiene más que llamar para que su necesidad sea suplida. Más aún, ha hecho algo mejor: ha añadido a este Hospital de la Cruz un baño; y siempre que un alma esté negra y sucia, no tiene más que ir allí para ser lavada. La fuente está siempre llena, siempre eficaz. Ningún pecador entró jamás en ella para descubrir que no podía lavar sus manchas. Pecados que eran como la grana y el carmesí han desaparecido todos, y el pecador ha quedado más blanco que la nieve. Como si esto no bastara, hay unido a este Hospital de la Cruz un guardarropa, y el pecador que se presenta simplemente como pecador puede ser vestido de la cabeza a los pies; y si quiere ser soldado, no solo puede recibir un vestido para el uso ordinario, sino una armadura que lo cubra desde la planta del pie hasta la coronilla. Si pide una espada, se le dará, y también un escudo. Nada que sea bueno para él le será negado. Tendrá dinero para sus gastos mientras viva, y tendrá una herencia eterna de tesoro glorioso cuando entre en el gozo de su Señor.
Si todas estas cosas se obtienen con solo llamar a la puerta de la misericordia, oh alma mía, llama con fuerza esta mañana, y pide grandes cosas a tu generoso Señor. No dejes el trono de la gracia hasta que todas tus necesidades hayan sido presentadas delante del Señor, y hasta que por la fe tengas una consoladora perspectiva de que todas serán suplidas. Ninguna timidez debe detenerte cuando Jesús invita. Ninguna incredulidad debe estorbarte cuando Jesús promete. Ninguna frialdad de corazón debe retenerte cuando tales bendiciones pueden obtenerse.
6 de diciembre
«Cual el celestial, tales también los celestiales». (1 Corintios 15:48)
La cabeza y los miembros son de una misma naturaleza, y no como aquella monstruosa imagen que Nabucodonosor vio en su sueño. La cabeza era de oro fino, pero el vientre y los muslos eran de bronce, las piernas de hierro, y los pies, en parte de hierro y en parte de barro. El cuerpo místico de Cristo no es una combinación absurda de opuestos; los miembros eran mortales, y por eso Jesús murió; la Cabeza glorificada es inmortal, y por eso el cuerpo es también inmortal, pues así reza el testimonio: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis». Como es nuestra amorosa Cabeza, así es el cuerpo, y cada miembro en particular. Una Cabeza escogida y miembros escogidos; una Cabeza acepta y miembros aceptos; una Cabeza viva y miembros vivos. Si la cabeza es de oro puro, todas las partes del cuerpo son también de oro puro. Así hay una doble unión de naturaleza como base para la comunión más íntima. Detente aquí, lector piadoso, y mira si puedes contemplar sin un asombro extático la condescendencia infinita del Hijo de Dios al elevar así tu miseria a una bendita unión con su gloria. Eres tan bajo que, recordando tu mortalidad, puedes decir a la corrupción: «Mi padre eres tú», y al gusano: «Mi hermana eres tú»; y sin embargo, en Cristo eres tan honrado que puedes decir al Todopoderoso: «Abba, Padre», y al Dios encarnado: «Tú eres mi hermano y mi esposo». Ciertamente, si el parentesco con familias antiguas y nobles hace que los hombres se tengan en mucho, nosotros tenemos de qué gloriarnos por encima de todos ellos. Que el creyente más pobre y más despreciado eche mano de este privilegio; que una indolencia insensata no lo haga descuidar el trazar su linaje, y que no permita que ningún necio apego a las vanidades presentes ocupe sus pensamientos hasta excluir este honor glorioso y celestial de la unión con Cristo.
7 de diciembre
«Lo vil del mundo escogió Dios». (1 Corintios 1:28)
Recorre las calles a la luz de la luna, si te atreves, y verás entonces pecadores. Vigila cuando la noche está oscura, y el viento aúlla, y la ganzúa rechina en la cerradura, y verás entonces pecadores. Ve a aquella cárcel, recorre sus pabellones y observa a los hombres de cejas pesadas y salientes, hombres con quienes no querrías encontrarte de noche, y allí hay pecadores. Ve a los reformatorios, y fíjate en los que han mostrado una desenfrenada depravación juvenil, y verás allí pecadores. Cruza los mares hasta el lugar donde un hombre roerá un hueso del que aún humea carne humana, y allí hay un pecador. Ve adonde quieras: no necesitas registrar la tierra para hallar pecadores, porque abundan bastante; puedes hallarlos en cada callejón y calle de cada ciudad, pueblo, aldea y caserío. Por los tales murió Jesús. Si me eliges el ejemplar más grosero de la humanidad, con tal que sea nacido de mujer, todavía tendré esperanza de él, porque Jesucristo vino a buscar y a salvar a los pecadores. El amor que elige ha seleccionado a algunos de los peores para hacerlos los mejores. Las piedrecillas del arroyo, la gracia las convierte en joyas para la corona real. La escoria sin valor la transforma él en oro puro. El amor redentor ha apartado a muchos de los peores de la humanidad para que sean la recompensa de la pasión del Salvador. La gracia eficaz llama a muchos de los más viles de los viles a sentarse a la mesa de la misericordia; por tanto, que nadie desespere.
Lector, por aquel amor que se asoma a los ojos llorosos de Jesús, por aquel amor que fluye de aquellas heridas sangrantes, por aquel amor fiel, aquel amor fuerte, aquel amor puro, desinteresado y perdurable; por el corazón y por las entrañas de la compasión del Salvador, te conjuramos a que no te apartes como si nada de esto te importara; antes cree en él, y serás salvo. Confíale tu alma, y él te llevará a la diestra de su Padre en gloria eterna.
8 de diciembre
«Mas tienes unas pocas personas en Sardis que no han ensuciado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas». (Apocalipsis 3:4)
Podemos entender que esto se refiere a la justificación. «Andarán en vestiduras blancas»; es decir, gozarán de un sentido constante de su propia justificación por la fe; entenderán que la justicia de Cristo les es imputada, que todos ellos han sido lavados y hechos más blancos que la nieve recién caída.
Además, se refiere al gozo y la alegría, porque las vestiduras blancas eran trajes de fiesta entre los judíos. Los que no han ensuciado sus vestiduras tendrán siempre el rostro resplandeciente; entenderán lo que quiso decir Salomón cuando dijo: «Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, porque tus obras ya son agradables a Dios». El que es acepto a Dios llevará vestiduras blancas de gozo y alegría mientras anda en dulce comunión con el Señor Jesús. ¿De dónde vienen tantas dudas, tanta desdicha y tanto lamento? Es porque tantos creyentes ensucian sus vestiduras con el pecado y el error, y por eso pierden el gozo de su salvación y la consoladora comunión del Señor Jesús; aquí abajo no andan en vestiduras blancas.
La promesa se refiere también a andar en vestiduras blancas delante del trono de Dios. Los que no han ensuciado aquí sus vestiduras andarán con toda certeza en vestiduras blancas allá arriba, donde las huestes vestidas de blanco cantan perpetuos aleluyas al Altísimo. Poseerán gozos inconcebibles, una felicidad que supera los sueños, una dicha que la imaginación no conoce, una bienaventuranza que ni el mayor alcance del deseo ha logrado tocar. Los «perfectos de camino» tendrán todo esto, no por mérito ni por obras, sino por gracia. Andarán con Cristo en vestiduras blancas, porque él los ha hecho «dignos». En su dulce compañía beberán de las fuentes vivas de aguas.
9 de diciembre
«Por tanto, el Señor esperará para tener piedad de vosotros». (Isaías 30:18)
Dios a menudo tarda en responder a la oración. Tenemos varios ejemplos de ello en la Sagrada Escritura. Jacob no obtuvo la bendición del ángel hasta cerca del amanecer: tuvo que luchar toda la noche por ella. A la pobre mujer sirofenicia no se le respondió palabra durante largo rato. Pablo rogó al Señor tres veces que le fuera quitado «el aguijón en la carne», y no recibió seguridad alguna de que le sería quitado, sino en su lugar la promesa de que la gracia de Dios le bastaría. Si has estado llamando a la puerta de la misericordia y no has recibido respuesta, ¿te diré por qué el poderoso Hacedor no ha abierto la puerta para dejarte entrar? Nuestro Padre tiene razones propias para hacernos esperar así. A veces es para mostrar su poder y su soberanía, para que los hombres sepan que el Señor tiene derecho a dar o a retener. Con más frecuencia la demora es para nuestro provecho. Quizá se te hace esperar para que tus deseos sean más fervientes. Dios sabe que la demora avivará y aumentará el deseo, y que si te hace esperar verás tu necesidad con más claridad y buscarás con más ahínco; y que apreciarás tanto más la misericordia por haberse hecho esperar tanto. Puede haber también algo malo en ti que necesite ser quitado antes de que se te dé el gozo del Señor. Quizá tus ideas acerca del plan del evangelio están confusas, o tal vez estás poniendo un poco de confianza en ti mismo en lugar de confiar sencilla y enteramente en el Señor Jesús. O bien Dios te hace aguardar un tiempo para desplegar al fin más plenamente ante ti las riquezas de su gracia. Todas tus oraciones están archivadas en el cielo, y si no son contestadas inmediatamente, de ningún modo están olvidadas, sino que dentro de poco se cumplirán para tu deleite y satisfacción. No dejes que la desesperación te haga callar; antes persevera constante en la súplica ferviente.
10 de diciembre
«Y así estaremos siempre con el Señor». (1 Tesalonicenses 4:17)
Aun las visitas más dulces de Cristo, ¡qué breves son, y qué pasajeras! En un momento nuestros ojos lo ven, y nos alegramos con gozo inefable y glorioso; pero otra vez, un poco de tiempo, y no lo vemos, porque nuestro Amado se aparta de nosotros; como el gamo o el cervatillo salta sobre los montes de la separación; se ha ido a la tierra de los aromas, y ya no apacienta entre los lirios.
«Si hoy se digna bendecirnos
con el sentir del pecado perdonado,
mañana tal vez nos aflija
y nos haga sentir la plaga interior».
¡Oh, qué dulce es la perspectiva del tiempo en que no lo contemplaremos de lejos, sino que lo veremos cara a cara; en que no será como un caminante que se detiene solo una noche, sino que nos envolverá eternamente en el seno de su gloria! No lo veremos por breve tiempo, sino que
«millones de años nuestros ojos asombrados
recorrerán las hermosuras de nuestro Salvador;
y por miríadas de siglos adoraremos
las maravillas de su amor».
En el cielo no habrá interrupciones de afanes ni de pecado; ningún llanto empañará nuestros ojos; ningún negocio terrenal distraerá nuestros pensamientos dichosos; nada nos impedirá contemplar para siempre al Sol de justicia con ojos incansables. ¡Oh, si es tan dulce verlo de vez en cuando, cuán dulce será contemplar aquel bendito rostro por siempre, sin que jamás se interponga una nube, y sin tener nunca que apartar los ojos para mirar un mundo de cansancio y de aflicción! Día bendito, ¿cuándo amanecerás? ¡Levántate, oh sol que no tiene ocaso! Los goces de los sentidos pueden dejarnos cuando quieran, porque esto nos dará gloriosa compensación. Si morir no es más que entrar en una comunión ininterrumpida con Jesús, entonces la muerte es en verdad ganancia, y la gota negra es sorbida en un mar de victoria.
11 de diciembre
«Fiel es el que os llama, el cual también lo hará». (1 Tesalonicenses 5:24)
El cielo es un lugar donde nunca pecaremos; donde cesará nuestra constante vigilancia contra un enemigo infatigable, porque no habrá tentador que enrede nuestros pies. Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los cansados. El cielo es la «herencia incontaminada»; es la tierra de la santidad perfecta, y por tanto de la seguridad completa. Pero ¿no gustan los santos, aun en la tierra, algunas veces los goces de una dichosa seguridad? La doctrina de la palabra de Dios es que todos los que están en unión con el Cordero están seguros; que todos los justos proseguirán su camino; que los que han encomendado su alma a la custodia de Cristo hallarán en él un guardador fiel e inmutable. Sostenidos por tal doctrina, podemos gozar de seguridad aun en la tierra; no de aquella seguridad alta y gloriosa que nos libra de todo tropiezo, sino de aquella santa seguridad que nace de la firme promesa de Jesús de que ninguno de los que creen en él perecerá jamás, sino que estará con él donde él está. Creyente, reflexionemos a menudo con gozo en la doctrina de la perseverancia de los santos, y honremos la fidelidad de nuestro Dios con una santa confianza en él.
¡Que nuestro Dios haga sentir a tu corazón tu seguridad en Cristo Jesús! ¡Que te asegure que tu nombre está esculpido en su mano, y te susurre al oído la promesa: «No temas, que yo soy contigo»! Míralo a él, el gran Fiador del pacto, como fiel y verdadero, y por tanto obligado y comprometido a presentarte a ti, el más débil de la familia, junto con todo el linaje escogido, delante del trono de Dios; y en tan dulce contemplación beberás el zumo del vino adobado de las granadas del Señor, y gustarás los delicados frutos del Paraíso. Tendrás un anticipo de los goces que arrebatan las almas de los santos perfectos allá arriba, si puedes creer con fe que no vacila que «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará».
12 de diciembre
«Sus caminos son eternos». (Habacuc 3:6)
Lo que ha hecho una vez, lo volverá a hacer. Los caminos del hombre son variables, pero los caminos de Dios son eternos. Hay muchas razones para esta verdad tan consoladora; entre ellas las siguientes: los caminos del Señor son el resultado de una sabia deliberación; él hace todas las cosas según el consejo de su propia voluntad. La acción humana es con frecuencia el resultado precipitado de la pasión o del temor, y la siguen el pesar y el cambio; pero nada puede tomar por sorpresa al Todopoderoso, ni suceder de otro modo que como él lo ha previsto. Sus caminos son el fruto de un carácter inmutable, y en ellos se ven claramente los atributos fijos y establecidos de Dios. A menos que el Eterno mismo pueda sufrir cambio, sus caminos, que son él mismo en acción, deben permanecer para siempre iguales. ¿Es él eternamente justo, lleno de gracia, fiel, sabio, tierno? Entonces sus caminos han de distinguirse siempre por esas mismas excelencias. Los seres obran según su naturaleza: cuando esa naturaleza cambia, su conducta varía también; pero puesto que en Dios no puede haber sombra de variación, sus caminos permanecerán eternamente iguales. Además, no hay razón exterior que pueda invertir los caminos divinos, ya que son la encarnación de un poder irresistible. El profeta dice que la tierra es hendida con ríos, que los montes tiemblan, que el abismo alza sus manos, y que el sol y la luna se detienen, cuando el Señor sale para la salvación de su pueblo. ¿Quién puede detener su mano, o decirle: ¿Qué haces? Pero no es solo el poder lo que da estabilidad; los caminos de Dios son la manifestación de los principios eternos de la justicia, y por tanto nunca pueden pasar. El mal engendra decadencia y acarrea ruina, pero lo verdadero y lo bueno tienen en sí una vitalidad que los siglos no pueden disminuir.
Vayamos esta mañana a nuestro Padre celestial con confianza, recordando que Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos, y que en él el Señor es siempre bondadoso con su pueblo.
13 de diciembre
«Sal sin tasa». (Esdras 7:22)
La sal se usaba en toda ofrenda encendida al Señor, y por sus propiedades preservadoras y purificadoras era el grato emblema de la gracia divina en el alma. Es digno de nuestra atenta consideración que, cuando Artajerjes dio sal a Esdras el sacerdote, no puso límite a la cantidad; y podemos estar completamente seguros de que, cuando el Rey de reyes distribuye la gracia entre su real sacerdocio, la provisión no es escatimada por él. A menudo estamos estrechos en nosotros mismos, pero nunca en el Señor. El que quiera recoger mucho maná hallará que puede tener tanto como desee. No hay en Jerusalén un hambre tal que los ciudadanos tengan que comer el pan por peso y beber el agua por medida. Algunas cosas en la economía de la gracia son medidas; por ejemplo, nuestro vinagre y nuestra hiel se nos dan con tal exactitud que nunca tenemos una sola gota de más; pero de la sal de la gracia no se pone límite: «Pide lo que quieras, y te será dado». Los padres necesitan cerrar con llave la alacena de la fruta y los tarros de dulces, pero no hay necesidad de guardar el salero bajo llave, porque pocos niños comerán de él con demasiada avidez. Un hombre puede tener demasiado dinero o demasiada honra, pero no puede tener demasiada gracia. Cuando Jesurún engordó en la carne, tiró coces contra Dios; pero no hay temor de que un hombre llegue a estar demasiado lleno de gracia: una plétora de gracia es imposible. Más riqueza trae más afán, pero más gracia trae más gozo. Aumentar la sabiduría es aumentar el dolor, pero la abundancia del Espíritu es plenitud de gozo. Creyente, ve al trono por una gran provisión de sal celestial. Sazonará tus aflicciones, que son insípidas sin sal; preservará tu corazón, que se corrompe si falta la sal; y matará tus pecados, así como la sal mata a los reptiles. Necesitas mucho; busca mucho, y ten mucho.
14 de diciembre
«Irán de poder en poder». (Salmo 84:7)
Irán de poder en poder. Hay diversas traducciones de estas palabras, pero todas contienen la idea de progreso.
Nuestra propia buena traducción de la versión autorizada nos basta esta mañana. «Irán de poder en poder». Es decir, se harán cada vez más fuertes. Por lo general, si vamos caminando, vamos del vigor a la debilidad; comenzamos frescos y en buena disposición para el viaje, pero al poco el camino se vuelve áspero y el sol quema; nos sentamos a la vera del camino, y luego volvemos a seguir penosamente nuestra fatigosa marcha. Pero el peregrino cristiano, habiendo obtenido nuevas provisiones de gracia, está tan vigoroso después de años de viaje y lucha fatigosos como cuando partió. Quizá no esté tan exaltado y animoso, ni tal vez tan ardiente y precipitado en su celo como lo estuvo antes, pero es mucho más fuerte en todo lo que constituye el poder verdadero, y camina, si más despacio, con mucha más seguridad. Algunos veteranos de cabellos grises se han mantenido tan firmes en su asimiento de la verdad, y tan celosos en difundirla, como lo fueron en sus días de juventud; pero, ¡ay!, hay que confesar que a menudo sucede lo contrario, porque el amor de muchos se enfría y abunda la maldad; mas este es pecado de ellos, y no falta de la promesa, que sigue en pie: «Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán». Los espíritus inquietos se sientan y se atormentan por el futuro. «¡Ay!», dicen, «vamos de aflicción en aflicción». Muy cierto, oh hombre de poca fe, pero también vas de poder en poder. Nunca hallarás un haz de aflicción que no lleve atada en medio la gracia suficiente. Dios dará la fuerza de la edad madura junto con la carga asignada a los hombros ya crecidos.
15 de diciembre
«Orfa besó a su suegra, mas Rut se quedó con ella». (Rut 1:14)
Ambas tenían afecto por Noemí, y por eso emprendieron con ella el camino de regreso a la tierra de Judá. Pero llegó la hora de la prueba; Noemí, con gran desinterés, puso delante de cada una las pruebas que les esperaban, y les pidió que, si buscaban reposo y comodidad, volvieran a sus amigos moabitas. Al principio ambas declararon que unirían su suerte a la del pueblo del Señor; pero tras pensarlo más, Orfa, con mucho pesar y un beso respetuoso, dejó a su suegra, a su pueblo y a su Dios, y volvió a sus amigos idólatras, mientras que Rut se entregó de todo corazón al Dios de su suegra. Una cosa es amar los caminos del Señor cuando todo marcha bien, y otra muy distinta es aferrarse a ellos en medio de todos los desalientos y dificultades. El beso de la profesión exterior es muy barato y fácil, pero el aferrarse en la práctica al Señor, que debe manifestarse en una santa decisión por la verdad y la santidad, no es cosa tan pequeña. ¿Cómo está el caso con nosotros? ¿Está nuestro corazón firme en Jesús? ¿Está la víctima atada con cuerdas a los cuernos del altar? ¿Hemos calculado el costo, y estamos solemnemente dispuestos a sufrir toda pérdida mundana por amor del Maestro? La ganancia posterior será una recompensa abundante, porque los tesoros de Egipto no son de comparar con la gloria que ha de ser manifestada. De Orfa no se oye hablar más; en su cómodo reposo y en su placer idólatra su vida se desvanece en la oscuridad de la muerte; pero Rut vive en la historia y en el cielo, porque la gracia la ha puesto en el noble linaje del que nació el Rey de reyes. Benditos entre las mujeres serán aquellos que por amor de Cristo pueden renunciar a todo; pero olvidados, y peor que olvidados, serán los que en la hora de la tentación violentan su conciencia y vuelven atrás al mundo. ¡Oh, que esta mañana no nos contentemos con la forma de la devoción, que puede no ser mejor que el beso de Orfa, sino que el Espíritu Santo obre en nosotros un aferrarse de todo nuestro corazón a nuestro Señor Jesús!
16 de diciembre
«Venid a mí». (Mateo 11:28)
El clamor de la religión cristiana es la palabra amable: «Ven». La ley judía decía con aspereza: «Ve, mira bien tus pasos en la senda por la que has de andar. Quebranta los mandamientos, y perecerás; guárdalos, y vivirás». La ley era una dispensación de terror, que empujaba a los hombres delante de sí como con un azote; el evangelio atrae con cuerdas de amor. Jesús es el buen Pastor que va delante de sus ovejas, mandándoles que lo sigan, y guiándolas siempre hacia adelante con la dulce palabra: «Ven». La ley repele, el evangelio atrae. La ley muestra la distancia que hay entre Dios y el hombre; el evangelio tiende un puente sobre ese abismo espantoso y lleva al pecador al otro lado.
Desde el primer momento de tu vida espiritual hasta que seas introducido en la gloria, el lenguaje de Cristo para contigo será: «Ven, ven a mí». Como una madre tiende el dedo a su niño pequeño y lo anima a caminar diciéndole «Ven», así hace Jesús. Él irá siempre delante de ti, mandándote que lo sigas como el soldado sigue a su capitán. Siempre irá delante de ti para allanarte el camino y despejar tu senda, y oirás su voz alentadora llamándote en pos de él durante toda la vida; y en la hora solemne de la muerte, las dulces palabras con que te introducirá en el mundo celestial serán: «Venid, benditos de mi Padre».
Más aún, este no es solo el clamor de Cristo para ti, sino que, si eres creyente, es también tu clamor a Cristo: «¡Ven! ¡Ven!». Anhelarás su segunda venida; dirás: «Ven pronto; así sea, ven, Señor Jesús». Suspirarás por una comunión más cercana e íntima con él. Así como su voz para ti es «Ven», tu respuesta a él será: «Ven, Señor, y permanece conmigo. Ven, y ocupa tú solo el trono de mi corazón; reina allí sin rival, y conságrame por entero a tu servicio».
17 de diciembre
«Me he acordado de ti». (Jeremías 2:2)
Notemos que Cristo se deleita en pensar en su Iglesia y en contemplar su hermosura. Como el pájaro vuelve a menudo a su nido, y como el caminante se apresura hacia su hogar, así la mente persigue continuamente el objeto de su elección. No podemos mirar demasiadas veces aquel rostro que amamos; deseamos tener siempre a la vista nuestras cosas preciosas. Así sucede también con nuestro Señor Jesús. Desde toda la eternidad «sus delicias eran con los hijos de los hombres»; sus pensamientos avanzaban hacia el tiempo en que sus escogidos nacerían en el mundo; los contemplaba en el espejo de su presciencia. «En tu libro», dice, «estaban escritos todos mis miembros, que fueron luego formados, cuando aún no existía ninguno de ellos» (Sal. 139:16). Cuando el mundo fue asentado sobre sus columnas, él estaba allí, y estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Muchas veces antes de su encarnación descendió a esta tierra de abajo en semejanza de hombre; en las llanuras de Mamre (Gn. 18), junto al vado de Jaboc (Gn. 32:24-30), bajo los muros de Jericó (Jos. 5:13) y en el horno de fuego de Babilonia (Dn. 3:19, 25), el Hijo del Hombre visitó a su pueblo. Porque su alma se deleitaba en ellos, no podía descansar lejos de ellos, pues su corazón suspiraba por ellos. Nunca estuvieron ausentes de su corazón, porque había escrito sus nombres en sus manos y los había grabado en su costado. Así como el pectoral que contenía los nombres de las tribus de Israel era el ornamento más brillante que llevaba el sumo sacerdote, así los nombres de los escogidos de Cristo eran sus joyas más preciosas, y resplandecían sobre su corazón. Nosotros podemos olvidar a menudo meditar en las perfecciones de nuestro Señor, pero él nunca deja de acordarse de nosotros. Reprendámonos por nuestros olvidos pasados, y pidamos gracia para llevarlo siempre en el más tierno recuerdo. Señor, pinta en las pupilas de mi alma la imagen de tu Hijo.
18 de diciembre
«Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos». (Joel 2:13)
Rasgarse los vestidos y otras señales exteriores de emoción religiosa se manifiestan con facilidad y son con frecuencia hipócritas; pero sentir verdadero arrepentimiento es mucho más difícil, y por consiguiente mucho menos común. Los hombres atenderán a las reglas ceremoniales más numerosas y minuciosas, porque tales cosas agradan a la carne; pero la verdadera religión es demasiado humillante, demasiado escudriñadora del corazón, demasiado profunda para el gusto de los hombres carnales; prefieren algo más ostentoso, endeble y mundano. Las observancias exteriores son cómodas por un tiempo; el ojo y el oído quedan complacidos; la presunción se alimenta, y la justicia propia se envanece; pero son engañosas al final, porque en el trance de la muerte y en el día del juicio el alma necesita algo más sólido que ceremonias y ritos en que apoyarse. Aparte de la piedad vital, toda religión es completamente vana; ofrecida sin un corazón sincero, toda forma de culto es una farsa solemne y una burla insolente de la majestad del cielo.
El rasgar el corazón es obrado por Dios y sentido con solemnidad. Es un dolor secreto que se experimenta personalmente, no como mera forma, sino como una obra profunda que conmueve el alma, realizada por el Espíritu Santo en lo más íntimo del corazón de cada creyente. No es un asunto del que solo se hable y en el que solo se crea, sino algo que todo hijo vivo del Dios vivo siente aguda y sensiblemente. Es poderosamente humillante y purifica por completo del pecado; pero además es una dulce preparación para aquellas consolaciones llenas de gracia que los espíritus soberbios y no humillados son incapaces de recibir; y es claramente distintivo, porque pertenece a los escogidos de Dios, y solo a ellos.
El texto nos manda rasgar nuestro corazón, pero por naturaleza es duro como el mármol: ¿cómo, entonces, puede hacerse? Debemos llevarlo al Calvario: la voz de un Salvador moribundo partió una vez las rocas, y es igual de poderosa ahora. Oh bendito Espíritu, haznos oír los gritos de muerte de Jesús, y nuestro corazón será rasgado como los hombres rasgan sus vestiduras en el día del duelo.
19 de diciembre
«La suerte se echa en el regazo; mas del Señor es toda la decisión de ella». (Proverbios 16:33)
Si la decisión de la suerte es del Señor, ¿de quién es la disposición de toda nuestra vida? Si el simple echar de una suerte es guiado por él, ¡cuánto más los acontecimientos de toda nuestra vida!, sobre todo cuando nuestro bendito Salvador nos dice: «Aun vuestros cabellos están todos contados; ni un pajarillo cae a tierra sin vuestro Padre». Traería una santa calma a tu mente, querido amigo, si siempre recordaras esto. Libraría tanto tu mente de la ansiedad que podrías andar mejor en paciencia, quietud y alegría, como debe hacerlo un cristiano. Cuando un hombre está ansioso, no puede orar con fe; cuando está turbado por el mundo, no puede servir a su Maestro: sus pensamientos están sirviéndose a sí mismo. Si buscaras «primeramente el reino de Dios y su justicia», todas las cosas te serían añadidas. Te entrometes en los asuntos de Cristo y descuidas los tuyos cuando te inquietas por tu suerte y tus circunstancias. Has estado intentando hacer la tarea de «proveer» y olvidando que a ti te toca obedecer. Sé sabio y ocúpate en obedecer, y deja que Cristo se encargue de proveer. Ven y examina el almacén de tu Padre, y pregúntate si te dejará morir de hambre mientras tiene almacenada tan gran abundancia en su granero. ¡Mira su corazón misericordioso; mira si alguna vez puede mostrarse cruel! Mira su sabiduría inescrutable; mira si alguna vez se equivocará. Sobre todo, alza los ojos a Jesucristo, tu Intercesor, y pregúntate: mientras él intercede, ¿puede tu Padre tratarte sin bondad? Si se acuerda aun de los pajarillos, ¿olvidará a uno de los más pequeños de sus pobres hijos? «Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo».
Alma mía, descansa feliz en tu humilde condición,
sin esperar ni desear ser estimada o grande;
recibir la impronta de la Voluntad divina,
sea esa tu gloria, y sean esas tus riquezas.
20 de diciembre
«Sí, con amor eterno te he amado». (Jeremías 31:3)
A veces el Señor Jesús le dice a su Iglesia sus pensamientos de amor. «No le basta decirlo a sus espaldas, sino que en su misma presencia le dice: “Toda tú eres hermosa, amor mío”. Es verdad que este no es su método ordinario; él es un amante sabio, y sabe cuándo retener la expresión de su amor y cuándo dejarla salir; pero hay tiempos en que no hace de ello ningún secreto; tiempos en que lo pone fuera de toda duda en el alma de su pueblo» (Sermones de R. Erskine). Al Espíritu Santo le place a menudo, de la manera más llena de gracia, dar testimonio a nuestro espíritu del amor de Jesús. Toma de lo de Cristo y nos lo revela. No se oye ninguna voz desde las nubes, ni se ve ninguna visión en la noche, pero tenemos un testimonio más seguro que cualquiera de estas cosas. Si un ángel volara desde el cielo e informara personalmente al santo del amor del Salvador hacia él, la evidencia no sería ni un ápice más satisfactoria que la que da en el corazón el Espíritu Santo. Pregunta a aquellos del pueblo del Señor que han vivido más cerca de las puertas del cielo, y te dirán que han tenido temporadas en que el amor de Cristo hacia ellos ha sido un hecho tan claro y seguro que no podían dudar de él más de lo que podían poner en duda su propia existencia. Sí, amado creyente, tú y yo hemos tenido tiempos de refrigerio de la presencia del Señor, y entonces nuestra fe se ha elevado a las más altas cumbres de la certidumbre. Hemos tenido confianza para reclinar la cabeza sobre el pecho de nuestro Señor, y no hemos dudado más del afecto de nuestro Maestro hacia nosotros de lo que dudó Juan cuando estaba en aquella bendita postura; más aún, ni siquiera tanto: porque la oscura pregunta «Señor, ¿soy yo el que te ha de entregar?» ha sido alejada de nosotros. Él nos ha besado con los besos de su boca, y ha matado nuestras dudas con la estrechez de su abrazo. Su amor ha sido para nuestras almas más dulce que el vino.
21 de diciembre
«Con todo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo». (2 Samuel 23:5)
Este pacto es divino en su origen. «Él ha hecho conmigo pacto perpetuo». ¡Oh, esa gran palabra: Él! Detente, alma mía. Dios, el Padre eterno, ha hecho positivamente un pacto contigo; sí, aquel Dios que con una palabra llamó al mundo a la existencia; él, inclinándose desde su majestad, te toma de la mano y hace un pacto contigo. ¿No es un acto cuya asombrosa condescendencia podría arrebatar nuestros corazones para siempre, si de veras pudiéramos comprenderla? «ÉL ha hecho conmigo un pacto». No es que un rey haya hecho un pacto conmigo, lo cual ya sería algo; sino que el Príncipe de los reyes de la tierra, Shaddai, el Señor Todosuficiente, el Dios de los siglos, el Elohim eterno: «Él ha hecho conmigo pacto perpetuo». Pero fíjate en que es particular en su aplicación. «Con todo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo». Aquí está su dulzura para cada creyente. Nada me importa que haya hecho la paz para el mundo; ¡quiero saber si ha hecho la paz para mí! Poco es que haya hecho un pacto; quiero saber si ha hecho un pacto conmigo. ¡Bendita es la seguridad de que ha hecho un pacto conmigo! Si Dios el Espíritu Santo me da seguridad de esto, entonces su salvación es mía, su corazón es mío, él mismo es mío: él es mi Dios.
Este pacto es eterno en su duración. Un pacto perpetuo significa un pacto que no tuvo principio y que nunca, nunca tendrá fin. ¡Qué dulce es, en medio de todas las incertidumbres de la vida, saber que «el fundamento de Dios está firme», y tener la propia promesa de Dios: «No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios»! Como David moribundo, cantaré de esto, aunque mi casa no sea así para con Dios como mi corazón desea.
22 de diciembre
«Te fortaleceré». (Isaías 41:10)
Dios tiene una poderosa reserva con que cumplir este compromiso, porque puede hacer todas las cosas. Creyente, hasta que puedas secar el océano de la omnipotencia, hasta que puedas hacer pedazos las altísimas montañas de la fuerza todopoderosa, nunca tendrás por qué temer. No pienses que la fuerza del hombre podrá jamás vencer el poder de Dios. Mientras se mantengan en pie las enormes columnas de la tierra, tienes razón suficiente para permanecer firme en tu fe. El mismo Dios que dirige la tierra en su órbita, que alimenta el horno ardiente del sol y despabila las lámparas del cielo, ha prometido proveerte de fuerza cada día. Mientras él pueda sostener el universo, no sueñes que se mostrará incapaz de cumplir sus propias promesas. Recuerda lo que hizo en los días antiguos, en las generaciones pasadas. Recuerda cómo él dijo, y fue hecho; cómo mandó, y existió. ¿Se cansará el que creó el mundo? Él cuelga la tierra sobre nada; ¿será incapaz de sostener a sus hijos el que hace esto? ¿Será infiel a su palabra por falta de poder? ¿Quién es el que refrena la tempestad? ¿No anda él sobre las alas del viento, y pone las nubes por su carroza, y sostiene el océano en el hueco de su mano? ¿Cómo podría fallarte? Habiendo dejado escrita una promesa tan fiel como esta, ¿te permitirás por un momento el pensamiento de que ha prometido más de lo que puede, y de que ha ido más allá de su poder para cumplir? ¡Ah, no! Ya no puedes dudar.
Oh tú, que eres mi Dios y mi fortaleza, puedo creer que esta promesa se cumplirá, porque el ilimitado depósito de tu gracia jamás podrá agotarse, y el rebosante almacén de tu fuerza jamás podrá ser vaciado por tus amigos ni saqueado por tus enemigos.
«Que los débiles sean todos fuertes ahora,
y hagan del brazo del Señor su canción».
23 de diciembre
«Amigo, sube más arriba». (Lucas 14:10)
Cuando la vida de la gracia comienza en el alma, nos acercamos en verdad a Dios, pero con gran temor y temblor. El alma consciente de su culpa, y humillada por ella, queda sobrecogida por la solemnidad de su posición; es echada por tierra por el sentido de la grandeza del Señor, en cuya presencia está. Con sincera timidez ocupa el último lugar.
Pero más adelante, a medida que el cristiano crece en la gracia, aunque nunca olvidará la solemnidad de su posición, ni perderá jamás aquel santo temor que debe rodear al hombre de gracia cuando está en la presencia del Dios que puede crear o destruir, su temor queda despojado de todo su terror; se convierte en santa reverencia, y deja de ser un pavor que todo lo ensombrece. Es llamado a subir más arriba, a un acceso mayor a Dios en Cristo Jesús. Entonces el hombre de Dios, andando entre los esplendores de la Deidad, y cubriéndose el rostro, como los gloriosos querubines, con aquellas dos alas gemelas, la sangre y la justicia de Jesucristo, se acercará al trono con reverencia y con el espíritu inclinado; y viendo allí a un Dios de amor, de bondad y de misericordia, percibirá más el carácter de Dios en el pacto que su Deidad absoluta. Verá en Dios más su bondad que su grandeza, y más su amor que su majestad. Entonces el alma, inclinándose con tanta humildad como antes, gozará de una libertad más sagrada en la intercesión; porque, mientras está postrada ante la gloria del Dios infinito, será sostenida por la conciencia refrescante de estar en la presencia de una misericordia sin límites y de un amor infinito, y por la convicción de ser acepta «en el Amado». Así el creyente es invitado a subir más arriba, y es capacitado para ejercer el privilegio de regocijarse en Dios y de acercarse a él con santa confianza, diciendo: «Abba, Padre».
«Así vayamos de poder en poder,
y crezcamos cada día en la gracia,
hasta que, alzados al fin a tu imagen,
te veamos cara a cara».
24 de diciembre
«Por amor de vosotros se hizo pobre». (2 Corintios 8:9)
El Señor Jesucristo era eternamente rico, glorioso y exaltado; pero «por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico». Así como el santo rico no puede ser sincero en su comunión con sus hermanos pobres si no les ministra de sus bienes en sus necesidades, así también (pues la misma regla vale para la cabeza que entre los miembros) era imposible que nuestro divino Señor tuviera comunión con nosotros si no nos hubiera impartido de su propia riqueza abundante, y no se hubiera hecho pobre para enriquecernos. Si hubiera permanecido en su trono de gloria, y nosotros hubiéramos seguido en las ruinas de la caída sin recibir su salvación, la comunión habría sido imposible por ambas partes. Nuestra posición tras la caída, aparte del pacto de gracia, hacía tan imposible que el hombre caído se comunicara con Dios como lo es que Belial tenga concordia con Cristo. Por tanto, para que la comunión pudiera lograrse, era necesario que el pariente rico otorgara su hacienda a sus parientes pobres, que el Salvador justo diera a sus hermanos pecadores de su propia perfección, y que nosotros, los pobres y culpables, recibiéramos de su plenitud gracia sobre gracia; para que así, dando y recibiendo, el Uno descendiera de las alturas y el otro ascendiera de las profundidades, y pudieran abrazarse en verdadera y cordial comunión. La pobreza tiene que ser enriquecida por aquel en quien hay tesoros infinitos antes de atreverse a tener comunión; y la culpa tiene que perderse en la justicia imputada e impartida antes de que el alma pueda andar en comunión con la pureza. Jesús tiene que vestir a su pueblo con sus propias vestiduras, o no podrá admitirlo en su palacio de gloria; y tiene que lavarlo en su propia sangre, o de lo contrario estará demasiado contaminado para el abrazo de su comunión.
¡Oh creyente, en esto consiste el amor! Por amor de ti el Señor Jesús «se hizo pobre», para elevarte a la comunión consigo mismo.
25 de diciembre
«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel». (Isaías 7:14)
Bajemos hoy a Belén, y en compañía de los pastores asombrados y de los magos que adoran, veamos al que nació Rey de los judíos, porque nosotros por la fe podemos reclamar parte en él, y podemos cantar: «Un niño nos es nacido, hijo nos es dado». Jesús es Dios encarnado, nuestro Señor y nuestro Dios, y sin embargo nuestro hermano y amigo; adorémoslo y admirémoslo. Notemos desde la primera mirada su concepción milagrosa. Fue algo nunca oído antes, y sin paralelo después, que una virgen concibiera y diera a luz un Hijo. La primera promesa decía así: «La simiente de la mujer», no la descendencia del varón. Puesto que la mujer atrevida abrió el camino en el pecado que trajo la pérdida del paraíso, ella, y solo ella, trae al mundo al que recobra el paraíso. Nuestro Salvador, aunque verdaderamente hombre, era en cuanto a su naturaleza humana el Santo de Dios. Inclinémonos con reverencia ante el santo Niño cuya inocencia devuelve a la humanidad su antigua gloria; y pidamos que él sea formado en nosotros, la esperanza de gloria. No dejes de notar su humilde ascendencia. A su madre se la describe sencillamente como «una virgen», no como una princesa, ni una profetisa, ni una matrona de grandes posesiones. Es verdad que por sus venas corría sangre de reyes; ni era su mente débil e inculta, pues sabía cantar con suma dulzura un cántico de alabanza; pero aun así, ¡qué humilde su condición, qué pobre el hombre con quien estaba desposada, y qué miserable el alojamiento que se ofreció al Rey recién nacido!
Emanuel, Dios con nosotros en nuestra naturaleza, en nuestra tristeza, en la obra de nuestra vida, en nuestro castigo, en nuestro sepulcro, y ahora con nosotros, o más bien nosotros con él, en la resurrección, la ascensión, el triunfo y el esplendor de la segunda venida.
26 de diciembre
«El postrer Adán». (1 Corintios 15:45)
Jesús es la cabeza federal de sus escogidos. Así como en Adán todo heredero de carne y sangre tiene una parte personal, porque él es la cabeza del pacto y el representante de la raza considerada bajo la ley de las obras, así también bajo la ley de la gracia toda alma redimida es una con el Señor del cielo, puesto que él es el segundo Adán, el Fiador y Sustituto de los escogidos en el nuevo pacto de amor. El apóstol Pablo declara que Leví estaba en los lomos de Abraham cuando Melquisedec le salió al encuentro: es una verdad cierta que el creyente estaba en los lomos de Jesucristo, el Mediador, cuando en la antigua eternidad los acuerdos del pacto de gracia fueron decretados, ratificados y asegurados para siempre. Así, todo lo que Cristo ha hecho, lo ha obrado para todo el cuerpo de su Iglesia. Fuimos crucificados en él y sepultados con él (lee Col. 2:10-13), y para hacerlo aún más maravilloso, hemos resucitado con él e incluso ascendido con él a los asientos de lo alto (Ef. 2:6). Es así como la Iglesia ha cumplido la ley, y es «acepta en el Amado». Es así como el Dios justo la mira con complacencia, porque la ve en Jesús, y no la mira como separada de su cabeza del pacto. Como Redentor Ungido de Israel, Cristo Jesús no tiene nada aparte de su Iglesia, sino que todo lo que tiene lo posee para ella. La justicia de Adán era nuestra mientras él la mantuvo, y su pecado fue nuestro en el momento en que lo cometió; y de la misma manera, todo lo que el segundo Adán es o hace es nuestro tanto como suyo, puesto que él es nuestro representante. He aquí el fundamento del pacto de gracia. Este sistema lleno de gracia de representación y sustitución, que movió a Justino Mártir a exclamar: «¡Oh bendito cambio, oh dulce permuta!», es el mismo cimiento del evangelio de nuestra salvación, y ha de recibirse con fe firme y gozo arrebatado.
27 de diciembre
«¿Crece el junco sin lodo?». (Job 8:11)
El junco es esponjoso y hueco, y así es el hipócrita: no hay en él sustancia ni estabilidad. Se mece de un lado a otro con cada viento, así como los formalistas ceden a toda influencia; por esta razón el junco no es quebrado por la tempestad, ni los hipócritas son turbados por la persecución. No quisiera de buena gana ser un engañador ni ser engañado; quizá el texto de este día me ayude a examinarme para saber si soy hipócrita o no. El junco vive por naturaleza en el agua, y debe su misma existencia al lodo y a la humedad en que ha echado raíz; que el lodo se seque, y el junco se marchita muy pronto. Su verdor depende por completo de las circunstancias: la abundancia presente de agua lo hace florecer, y la sequía lo destruye al instante. ¿Es este mi caso? ¿Sirvo a Dios solo cuando estoy en buena compañía, o cuando la religión es provechosa y respetable? ¿Amo al Señor solo cuando recibo de sus manos consuelos temporales? Si es así, soy un vil hipócrita, y como el junco que se marchita, pereceré cuando la muerte me prive de los goces exteriores. Pero ¿puedo afirmar con sinceridad que, cuando los consuelos corporales han sido pocos y mi entorno ha sido más bien adverso a la gracia que de alguna ayuda para ella, he mantenido todavía asida mi integridad? Entonces tengo esperanza de que hay en mí una piedad genuina y viva. El junco no puede crecer sin lodo, pero las plantas que planta la diestra del Señor pueden florecer, y florecen, aun en el año de sequía. El hombre piadoso a menudo crece mejor cuando sus circunstancias mundanas decaen. El que sigue a Cristo por la bolsa es un Judas; los que lo siguen por los panes y los peces son hijos del diablo; pero los que lo acompañan por amor a él mismo son sus amados. Señor, haz que halle mi vida en ti, y no en el lodo del favor o la ganancia de este mundo.
28 de diciembre
«Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios». (Gálatas 2:20)
Cuando el Señor en su misericordia pasó junto a nosotros y nos vio en nuestra sangre, lo primero que dijo fue: «Vive»; y esto lo hizo primero porque la vida es una de las cosas absolutamente esenciales en los asuntos espirituales, y hasta que nos es otorgada somos incapaces de participar de las cosas del reino. Ahora bien, la vida que la gracia confiere a los santos en el momento en que son vivificados no es otra que la vida de Cristo, que, como la savia del tronco, corre hacia nosotros, los pámpanos, y establece una conexión viva entre nuestras almas y Jesús. La fe es la gracia que percibe esta unión, habiendo procedido de ella como su primer fruto. Es el cuello que une el cuerpo de la Iglesia a su Cabeza toda gloriosa.
«¡Oh fe, vínculo de unión con el Señor!,
¿no es este tu oficio? ¿Y tu nombre apropiado,
en la economía de los tipos del evangelio
y de sus símbolos adecuados, el cuello de la Iglesia,
que la identifica en voluntad y obra
con aquel que ascendió?».
La fe se ase del Señor Jesús con un asimiento firme y resuelto. Conoce su excelencia y su valor, y ninguna tentación puede inducirla a poner su confianza en otra parte; y Cristo Jesús se deleita tanto en esta gracia celestial que nunca deja de fortalecerla y sostenerla con el abrazo amoroso y el sostén todosuficiente de sus brazos eternos. Aquí, pues, queda establecida una unión viva, sensible y deleitosa, que derrama corrientes de amor, confianza, simpatía, complacencia y gozo, de las cuales a la esposa y al esposo les encanta beber. Cuando el alma puede percibir con evidencia esta unidad entre ella y Cristo, se puede sentir el pulso que late por ambos, y la misma sangre que fluye por las venas de cada uno. Entonces el corazón está tan cerca del cielo como puede estarlo en la tierra, y está preparado para gozar de la clase de comunión más sublime y espiritual.
29 de diciembre
«Hasta aquí nos ayudó el Señor». (1 Samuel 7:12)
La expresión «hasta aquí» parece una mano que señala en dirección al pasado. Veinte años o setenta, y aun así: «¡Hasta aquí nos ayudó el Señor!». En la pobreza, en la riqueza, en la enfermedad, en la salud, en casa, fuera, en la tierra, en el mar, en la honra, en la deshonra, en la perplejidad, en el gozo, en la prueba, en el triunfo, en la oración, en la tentación: «¡Hasta aquí nos ayudó el Señor!». Nos encanta mirar a lo largo de una extensa avenida de árboles. Es delicioso contemplar de un extremo a otro la larga perspectiva, una especie de templo verde con sus columnas ramificadas y sus arcos de hojas; así también mira a lo largo de las largas naves de tus años, las verdes ramas de la misericordia sobre tu cabeza y las fuertes columnas de la bondad y la fidelidad que sostienen tus gozos. ¿No hay pájaros cantando en aquellas ramas? Sin duda debe de haber muchos, y todos cantan de la misericordia recibida «hasta aquí».
Pero la expresión también señala hacia adelante. Porque cuando un hombre llega a cierta marca y escribe «hasta aquí», todavía no está en el final; aún queda distancia por recorrer. Más pruebas, más gozos; más tentaciones, más triunfos; más oraciones, más respuestas; más trabajos, más fuerzas; más combates, más victorias; y luego vienen la enfermedad, la vejez, la dolencia, la muerte. ¿Se acabó entonces? ¡No! Hay más todavía: despertar a la semejanza de Jesús, tronos, arpas, cánticos, salmos, vestiduras blancas, el rostro de Jesús, la compañía de los santos, la gloria de Dios, la plenitud de la eternidad, la infinitud de la dicha. Oh, ten buen ánimo, creyente, y con confianza agradecida levanta tu «Ebenezer», porque
el que hasta aquí te ha ayudado
te ayudará en todo tu camino.
Leído a la luz del cielo, ¡qué perspectiva tan gloriosa y maravillosa desplegará tu «hasta aquí» ante tus ojos agradecidos!
30 de diciembre
«Mejor es el fin del negocio que su principio». (Eclesiastés 7:8)
Mira al Señor y Maestro de David; mira su principio. Fue despreciado y desechado entre los hombres; varón de dolores, experimentado en quebranto. ¿Quieres ver el fin? Está sentado a la diestra de su Padre, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. «Como él es, así somos nosotros en este mundo». Debes llevar la cruz, o nunca llevarás la corona; debes vadear el lodo, o nunca andarás sobre el pavimento de oro. Anímate, pues, pobre cristiano. «Mejor es el fin del negocio que su principio». Mira ese gusano que se arrastra: ¡qué despreciable es su aspecto! Es el principio de una cosa. Observa aquel insecto de alas espléndidas que juguetea en los rayos del sol, libando en las campanillas de las flores, lleno de felicidad y de vida: ese es su fin. Esa oruga eres tú, hasta que seas envuelto en la crisálida de la muerte; pero cuando Cristo aparezca, serás semejante a él, porque lo verás como él es. Conténtate con ser como él, gusano y no hombre, para que, como él, quedes saciado cuando despiertes a su semejanza. Aquel diamante de aspecto tosco se pone en la rueda del lapidario. Él lo corta por todos lados. Pierde mucho, mucho de lo que a él mismo le parecía valioso. El rey es coronado; la diadema se coloca sobre la cabeza del monarca al alegre son de la trompeta. Un rayo centelleante brilla desde aquella corona, y resplandece precisamente de aquel diamante que hace poco tan duramente había sido atormentado por el lapidario. Puedes atreverte a compararte con tal diamante, porque eres uno del pueblo de Dios; y este es el tiempo del proceso de talla. Deja que la fe y la paciencia tengan su obra completa, porque en el día en que la corona sea puesta sobre la cabeza del Rey eterno, inmortal, invisible, un rayo de gloria saldrá de ti. «Serán míos», dice el Señor, «en el día en que yo reúna mis joyas». «Mejor es el fin del negocio que su principio».
31 de diciembre
«En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». (Juan 7:37)
La paciencia tuvo su obra completa en el Señor Jesús, y hasta el último día de la fiesta suplicó a los judíos, así como en este último día del año suplica con nosotros y espera para tener piedad de nosotros. Admirable en verdad es la longanimidad del Salvador al soportar a algunos de nosotros año tras año, a pesar de nuestras provocaciones, rebeliones y resistencia a su Espíritu Santo. ¡Maravilla de maravillas que todavía estemos en la tierra de la misericordia!
La compasión se expresó con toda claridad, porque Jesús alzó la voz, lo cual implica no solo la fuerza de su voz, sino la ternura de su tono. Nos ruega que nos reconciliemos. «Os rogamos», dice el apóstol, «como si Dios os suplicara por medio nuestro». ¡Qué términos tan fervientes y conmovedores son estos! ¡Cuán profundo debe de ser el amor que hace al Señor llorar por los pecadores, y, como una madre, atraer a sus hijos a su seno! Ciertamente, al llamado de tal clamor vendrán nuestros corazones dispuestos.
Se ha hecho provisión con toda abundancia; está provisto todo lo que el hombre puede necesitar para apagar la sed de su alma. A su conciencia la expiación le trae paz; a su entendimiento el evangelio le trae la más rica instrucción; para su corazón la persona de Jesús es el objeto más noble de afecto; al hombre entero la verdad tal como es en Jesús le proporciona el alimento más puro. La sed es terrible, pero Jesús puede quitarla. Aunque el alma estuviera totalmente desfallecida, Jesús podría restaurarla.
La proclamación se hace con toda libertad: todo sediento es bienvenido. No se hace otra distinción que la de la sed. Sea la sed de avaricia, de ambición, de placer, de conocimiento o de descanso, el que la padece está invitado. La sed puede ser mala en sí misma, y no ser señal de gracia, sino más bien marca de un pecado desordenado que anhela ser satisfecho con tragos más profundos de concupiscencia; pero no es la bondad de la criatura lo que le trae la invitación: el Señor Jesús la envía gratuitamente y sin acepción de personas.
La persona se declara con toda plenitud. El pecador debe venir a Jesús, no a obras, ordenanzas o doctrinas, sino a un Redentor personal, que llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. El Salvador que sangra, que muere y que resucita es la única estrella de esperanza para el pecador. ¡Oh, que tengamos gracia para venir ahora y beber, antes de que el sol se ponga sobre el último día del año!
No se insinúa siquiera espera ni preparación alguna. Beber representa una recepción para la cual no se requiere ninguna aptitud. Un necio, un ladrón, una ramera pueden beber; y así la pecaminosidad del carácter no es obstáculo para la invitación a creer en Jesús. No necesitamos copa de oro ni cáliz enjoyado para llevar el agua al sediento; la boca de la pobreza es bienvenida a inclinarse y beber del raudal que fluye. Labios llagados, leprosos, inmundos pueden tocar la corriente del amor divino; no pueden contaminarla, sino que ellos mismos serán purificados. Jesús es la fuente de la esperanza. Querido lector, oye la voz amorosa del querido Redentor que nos clama a cada uno de nosotros:
«SI ALGUNO TIENE SED,
VENGA
A MÍ
Y BEBA».
Capítulo 12 completado
Diciembre