Capítulo 2 · 9 min de lectura · 12 min de escucha
Los verdaderos adoradores
«Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren». Juan 4:23-24.
Estas palabras de Jesús a la mujer de Samaria son su primera enseñanza registrada sobre el tema de la oración. Nos dan unos primeros vislumbres maravillosos del mundo de la oración. El Padre busca adoradores: nuestra adoración satisface su corazón amoroso y es para él un gozo. Busca verdaderos adoradores, pero encuentra a muchos que no son como él quisiera que fuesen.
La verdadera adoración es la que se da en espíritu y en verdad. El Hijo ha venido para abrir el camino a esta adoración en espíritu y en verdad, y para enseñárnosla. Y así, una de nuestras primeras lecciones en la escuela de la oración ha de ser comprender qué significa orar en espíritu y en verdad, y saber cómo podemos alcanzarlo.
A la mujer de Samaria, nuestro Señor le habló de una adoración triple. Está, en primer lugar, la adoración ignorante de los samaritanos: «Vosotros adoráis lo que no sabéis» Juan 4:22. La segunda es la adoración entendida del judío, que tiene el verdadero conocimiento de Dios: «Nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos». Juan 4:22. Y luego, la nueva, la adoración espiritual que él mismo ha venido a introducir: «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Juan 4:23. Por el contexto es evidente que las palabras «en espíritu y en verdad» no significan, como a menudo se piensa, con fervor, de corazón, con sinceridad.
Los samaritanos tenían los cinco libros de Moisés y cierto conocimiento de Dios; sin duda había entre ellos más de uno que buscaba a Dios en oración con honradez y con fervor.
Los judíos tenían la verdadera y plena revelación de Dios en su palabra, tal como había sido dada hasta entonces; había entre ellos hombres piadosos que invocaban a Dios de todo corazón. Y, sin embargo, no lo hacían «en espíritu y en verdad», en el pleno sentido de estas palabras.
Jesús dice: «Mas la hora viene, y ahora es» Juan 4:23. Solo en él y por medio de él la adoración de Dios será en espíritu y en verdad.
Entre los cristianos todavía se encuentran las tres clases de adoradores. Algunos, en su ignorancia, apenas saben lo que piden: oran con fervor y, sin embargo, reciben poco. Hay otros que tienen un conocimiento más correcto, que procuran orar con toda su mente y todo su corazón, y a menudo oran con el mayor fervor, y aun así no alcanzan la plena bienaventuranza de la adoración en espíritu y en verdad. Es a esta tercera clase a la que debemos pedir a nuestro Señor Jesús que nos lleve; debemos ser enseñados por él a adorar en espíritu y en verdad. Solo esto es adoración espiritual; solo esto nos hace adoradores tales como el Padre busca.
En la oración, todo dependerá de que entendamos bien y practiquemos la adoración en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» Juan 4:24. El primer pensamiento que el Maestro sugiere aquí es que debe haber armonía entre Dios y sus adoradores; tal como es Dios, así ha de ser su adoración. Esto concuerda con un principio que rige en todo el universo: buscamos correspondencia entre un objeto y el órgano al cual se revela o se entrega. El ojo tiene una aptitud interior para la luz, y el oído para el sonido.
El hombre que quiera adorar verdaderamente a Dios, que quiera hallar y conocer y poseer y disfrutar a Dios, debe estar en armonía con él y debe tener capacidad para recibirlo. Porque Dios es Espíritu, debemos adorar en espíritu. Como es Dios, así es su adorador.
¿Y qué significa esto? La mujer le había preguntado a nuestro Señor si era Samaria o Jerusalén el verdadero lugar de adoración. Él responde que desde ahora la adoración ya no ha de limitarse a un lugar determinado: «Mujer, créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre» Juan 4:21. Así como Dios es Espíritu, no sujeto al espacio ni al tiempo, sino siempre y en todas partes el mismo en su infinita perfección, así su adoración ya no estaría desde entonces limitada por lugar ni por forma, sino que sería espiritual, como Dios mismo es espiritual. Una lección de profunda importancia. Cuánto sufre nuestro cristianismo por esto: porque está confinado a ciertos tiempos y lugares.
Un hombre que procura orar con fervor en la iglesia o en su aposento pasa la mayor parte de la semana o del día con un espíritu enteramente contrario a aquel con el que oró. Su adoración fue obra de un lugar o de una hora fijos, no de todo su ser. Dios es Espíritu: él es el Eterno y el Inmutable; lo que él es, lo es siempre y en verdad. Así también nuestra adoración ha de ser en espíritu y en verdad: su adoración ha de ser el espíritu de nuestra vida; nuestra vida ha de ser adoración en espíritu, como Dios es Espíritu.
«Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» Juan 4:24. El segundo pensamiento que se nos presenta es que esta adoración en el espíritu ha de venir de Dios mismo. Dios es Espíritu: solo él tiene Espíritu para dar. Para esto envió a su Hijo: para capacitarnos para una adoración tan espiritual, dándonos el Espíritu Santo. Es de su propia obra de lo que habla Jesús cuando dice dos veces: «la hora viene», Juan 4:23, y luego añade: «y ahora es».
Él vino a bautizar con el Espíritu Santo; el Espíritu no podía brotar hasta que él fuera glorificado (Juan 1:33, 7:37-38, 16:7). Fue cuando hubo puesto fin al pecado y entrado con su sangre en el Lugar Santísimo, y allí recibido en favor nuestro el Espíritu Santo (Hechos 2:33), cuando pudo enviárnoslo como el Espíritu del Padre. Fue cuando Cristo nos hubo redimido, y nosotros en él hubimos recibido la posición de hijos, cuando el Padre envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, el cual clama: «Abba, Padre». La adoración en espíritu es la adoración del Padre en el Espíritu de Cristo, el Espíritu de filiación.
Esta es la razón por la que Jesús usa aquí el nombre de Padre. Nunca vemos que uno de los santos del Antiguo Testamento se apropie personalmente del nombre de hijo ni llame a Dios su Padre. La adoración del Padre solo es posible para aquellos a quienes se ha dado el Espíritu del Hijo. La adoración en espíritu solo es posible para aquellos a quienes el Hijo ha revelado al Padre, y que han recibido el espíritu de filiación. Solo Cristo abre el camino y enseña la adoración en espíritu y en verdad. Eso no significa únicamente con sinceridad. Tampoco significa solamente de acuerdo con la verdad de la Palabra de Dios. La expresión tiene un sentido profundo y divino. Jesús es «el unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Juan 1:14. «Porque la ley por medio de Moisés fue dada, mas la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» Juan 1:17. Jesús dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Juan 14:6.
En el Antiguo Testamento todo era sombra y promesa; Jesús trajo y dio la realidad, la sustancia de las cosas que se esperan. En él, las bendiciones y los poderes de la vida eterna son nuestra posesión y experiencia efectivas. Jesús está lleno de gracia y de verdad; el Espíritu Santo es el Espíritu de verdad; por medio de él, la gracia que hay en Jesús es verdaderamente nuestra, y la verdad es una comunicación real que procede de la vida divina. Así pues, la adoración en espíritu es adoración en verdad: comunión viva y efectiva con Dios, una verdadera correspondencia y armonía entre el Padre, que es Espíritu, y el hijo que ora en el espíritu.
Lo que Jesús le dijo a la mujer de Samaria, ella no pudo entenderlo de inmediato. Hacía falta Pentecostés para revelar su pleno sentido. Al entrar por primera vez en la escuela de la oración, apenas estamos preparados para captar semejante enseñanza. La entenderemos mejor más adelante. Comencemos tan solo, y recibamos la lección tal como él nos la da. Somos carnales y no podemos ofrecer a Dios la adoración que él busca. Pero Jesús vino a dar el Espíritu, y nos lo ha dado. Que la disposición con la que nos pongamos a orar sea la que las palabras de Cristo nos han enseñado. Que haya una profunda confesión de nuestra incapacidad para ofrecer a Dios la adoración que le agrada; la docilidad de niño que espera en él para ser instruida; la fe sencilla que se entrega al soplo del Espíritu.
Sobre todo, aferrémonos a la bendita verdad —ya veremos que el Señor tiene más que decirnos acerca de ella— de que el conocimiento de la paternidad de Dios, la revelación de su infinito amor de Padre en nuestros corazones, la fe en el amor infinito que nos da a su Hijo y a su Espíritu para hacernos hijos, es en verdad el secreto de la oración en espíritu y en verdad. Este es el camino nuevo y vivo que Cristo nos abrió. Tener a Cristo el Hijo, y al Espíritu del Hijo, morando en nosotros y revelándonos al Padre, es lo que nos hace verdaderos adoradores espirituales.
¡Bendito Señor! Adoro el amor con que enseñaste a una mujer que te había negado un vaso de agua lo que debe ser la adoración de Dios. Me regocijo en la certeza de que no instruirás menos ahora a tu discípulo, que viene a ti con un corazón que anhela orar en espíritu y en verdad. ¡Oh, mi santo Maestro! Enséñame este bendito secreto.
Enséñame que la adoración en espíritu y en verdad no procede del hombre, sino que viene solo de ti; que no es solo cosa de tiempos y ocasiones, sino el desbordamiento de una vida en ti. Enséñame a acercarme a Dios en oración con la honda conciencia de mi ignorancia y de no tener nada en mí mismo que ofrecerle y, al mismo tiempo, de la provisión que tú, mi Salvador, haces para que el soplo del Espíritu obre en mis balbuceos de niño. Te bendigo porque en ti soy hijo y tengo la libertad de acceso de un hijo; porque en ti tengo el espíritu de filiación y de adoración en verdad. Enséñame, sobre todo, bendito Hijo del Padre, cómo es la revelación del Padre la que da confianza en la oración; y que el infinito amor de Padre que hay en el corazón de Dios sea mi gozo y mi fuerza para una vida de oración y de adoración.
Amén.
Capítulo 2 completado
Los verdaderos adoradores