Señor, enséñanos a orar
El único Maestro

Capítulo 1 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

El único Maestro

«Y aconteció que estando él orando en un lugar, como acabó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.”» Lucas 11:1.

Los discípulos habían estado con Cristo y lo habían visto orar. Habían aprendido a comprender algo de la relación entre su admirable vida pública y su vida secreta de oración. Habían aprendido a creer en él como Maestro en el arte de orar. Nadie podía orar como él. Y así acudieron a él con la petición: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1). Y, pasados los años, nos habrían dicho que pocas cosas de las que él les enseñó fueron más maravillosas o más benditas que sus lecciones sobre la oración. Y todavía hoy sucede que, mientras él está orando en cierto lugar, los discípulos que lo ven así ocupado sienten la necesidad de repetir la misma petición: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1).

A medida que crecemos en la vida cristiana, el pensamiento de nuestro amado Maestro y la fe en su intercesión que nunca falla se vuelven más preciosos, y la esperanza de ser semejantes a Cristo en su intercesión cobra un atractivo antes desconocido. Y al verlo orar, y recordar que no hay nadie que pueda orar como él, ni nadie que pueda enseñar como él, sentimos que la petición de los discípulos, «Señor, enséñanos a orar», es justamente lo que necesitamos.

Y al pensar que todo lo que él es y tiene, y él mismo, es verdaderamente nuestro, y que él mismo es nuestra vida, nos sentimos seguros de que no tenemos más que pedir, y él se deleitará en llevarnos a una comunión más íntima consigo y en enseñarnos a orar tal como él ora.

¡Vengan, hermanos míos! ¿No iremos al bendito Maestro a pedirle que inscriba de nuevo también nuestros nombres en esa escuela que él mantiene siempre abierta para quienes anhelan continuar sus estudios en el divino arte de la oración y la intercesión? Sí, digamos hoy mismo al Maestro, como lo dijeron ellos entonces: «Señor, enséñanos a orar». Al meditar, hallaremos que cada palabra de la petición que le presentamos está llena de significado.

«Señor, enséñanos a orar». Sí, a orar. Esto es lo que necesitamos que se nos enseñe. Aunque en sus comienzos la oración es tan sencilla que el niño más débil puede orar, es al mismo tiempo la obra más alta y más santa a la que el hombre puede elevarse. Es comunión con el Invisible y Santísimo. Los poderes del mundo eterno han sido puestos a su disposición. Es la esencia misma de la verdadera religión, el canal de todas las bendiciones, el secreto del poder y de la vida. No solo para nosotros mismos, sino para otros, para la Iglesia y para el mundo. Es en la oración donde Dios nos ha dado el derecho de asirnos de él y de su fuerza. Es en la oración donde las promesas aguardan su cumplimiento, el reino su venida y la gloria de Dios su plena revelación. ¡Y para esta bendita obra, qué perezosos e ineptos somos! Solo el Espíritu de Dios puede capacitarnos para hacerla bien. ¡Con qué rapidez nos dejamos engañar y nos conformamos con la forma, mientras falta el poder!

Nuestra formación temprana, la enseñanza de la Iglesia, la influencia del hábito, la agitación de las emociones: ¡con qué facilidad nos llevan a una oración que no tiene poder espiritual y que vale poco! La oración verdadera, la que se ase de la fuerza de Dios, la que puede mucho, aquella para la cual las puertas del cielo se abren de verdad de par en par, ¿quién no clamaría por ella? ¡Oh, si alguien me enseñara a orar! Jesús ha abierto una escuela en la que instruye a sus redimidos, especialmente a quienes lo desean, a quienes quieren tener poder en la oración. ¿No entraremos en ella con esta petición? ¡Señor, es justamente esto lo que necesitamos que se nos enseñe! ¡Oh, enséñanos a orar!

«Señor, enséñanos a orar». Sí, a nosotros, Señor. Hemos leído en tu Palabra con qué poder oraba entonces tu pueblo creyente, y qué grandes maravillas se obraron en respuesta a sus oraciones. Y si esto ocurrió bajo el Antiguo Pacto, en el tiempo de la preparación, ¿cuánto más no darás ahora, en estos días del cumplimiento, a tu pueblo esta señal segura de tu presencia en medio de él? Hemos oído las promesas dadas a tus apóstoles acerca del poder de la oración en tu nombre, y hemos visto cuán gloriosamente experimentaron su verdad. Sabemos con certeza que pueden hacerse verdad también en nosotros. Oímos continuamente, aun en estos días, qué gloriosas muestras de tu poder sigues dando a quienes confían plenamente en ti, Señor. Todos ellos son hombres sujetos a semejantes pasiones que nosotros; enséñanos a orar así también a nosotros.

Las promesas son para nosotros; los poderes y los dones del mundo celestial son para nosotros. Enséñanos a orar de modo que recibamos en abundancia. También a nosotros nos has confiado tu obra; también de nuestra oración depende la venida de tu reino; también por nuestra oración glorificarás tu nombre: «Señor, enséñanos a orar». Sí, a nosotros, Señor; nos ofrecemos como aprendices; de veras queremos ser enseñados por ti. «Señor, enséñanos a orar».

«Señor, enséñanos a orar». Sí, ahora sentimos la necesidad de que se nos enseñe a orar. Al principio no hay obra que parezca tan sencilla; más adelante, ninguna resulta más difícil; y se nos arranca esta confesión: No sabemos orar como conviene. Es verdad que tenemos la Palabra de Dios, con sus promesas claras y seguras; pero el pecado ha oscurecido tanto nuestra mente que no siempre sabemos cómo aplicar la Palabra. En las cosas espirituales no siempre buscamos lo más necesario, o fallamos al no orar conforme a la ley del santuario.

En las cosas temporales somos aún menos capaces de valernos de la maravillosa libertad que nuestro Padre nos ha dado de pedir lo que necesitamos. Y aun cuando sabemos qué pedir, ¿cuánto nos falta todavía para que la oración sea aceptable?

Debe ser para la gloria de Dios, en plena entrega a su voluntad, en plena certidumbre de fe, en el nombre de Jesús, y con una perseverancia que, si es necesario, se niega a aceptar un no. Todo esto hay que aprenderlo. Solo puede aprenderse en la escuela de mucha oración, pues la práctica hace al maestro. En medio de la dolorosa conciencia de nuestra ignorancia e indignidad, en la lucha entre creer y dudar, se aprende el arte celestial de la oración eficaz. Porque, aun cuando no lo recordamos, hay Uno, el Autor y Consumador de la fe y de la oración, que vela sobre nuestro orar y cuida de que, en todos los que confían en él para ello, su educación en la escuela de la oración sea llevada hasta la perfección. Con tal que el tono profundo de toda nuestra oración sea la docilidad que nace del sentido de nuestra ignorancia y de la fe en él como Maestro perfecto, podemos estar seguros de que seremos enseñados y aprenderemos a orar con poder. Sí, podemos contar con ello: él nos enseña a orar.

«Señor, enséñanos a orar». Nadie puede enseñar como Jesús, nadie sino Jesús; por eso clamamos a él: «Señor, enséñanos a orar». Un alumno necesita un maestro que conozca su oficio, que tenga el don de enseñar, que con paciencia y amor descienda a las necesidades del alumno. ¡Bendito sea Dios! Jesús es todo esto y mucho más. Él sabe lo que es la oración. Es Jesús, que ora él mismo, quien nos enseña a orar. Él sabe lo que es la oración. La aprendió en medio de las pruebas y las lágrimas de su vida terrenal. En el cielo sigue siendo su obra amada: allí su vida es oración. Nada le deleita más que encontrar a quienes pueda llevar consigo a la presencia del Padre, a quienes pueda revestir de poder para atraer con su oración la bendición de Dios sobre los que los rodean, a quienes pueda formar para ser sus colaboradores en la intercesión por la cual el reino ha de manifestarse en la tierra. Él sabe enseñar. Unas veces por la urgencia de la necesidad sentida, otras por la confianza que inspira el gozo. Aquí por la enseñanza de la Palabra, allá por el testimonio de otro creyente que sabe lo que es ver contestada su oración.

Por su Espíritu Santo tiene acceso a nuestro corazón y nos enseña a orar mostrándonos el pecado que estorba la oración, o dándonos la seguridad de que agradamos a Dios. Enseña dándonos no solo pensamientos sobre qué pedir o cómo pedir, sino infundiendo en nosotros el espíritu mismo de la oración, viviendo dentro de nosotros como el gran Intercesor. Bien podemos decir, y con el mayor gozo: «¿Qué enseñador semejante a él?» Jesús nunca enseñó a sus discípulos a predicar, sino solo a orar. No habló mucho de lo que se necesitaba para predicar bien, pero sí mucho de orar bien. Saber hablar con Dios es más que saber hablar a los hombres. No el poder con los hombres, sino el poder con Dios es lo primero. A Jesús le encanta enseñarnos a orar.

¿Qué les parece, mis amados condiscípulos? ¿No sería justamente lo que necesitamos pedir al Maestro que durante un mes nos diera un curso de lecciones especiales sobre el arte de la oración? Al meditar en las palabras que él pronunció en la tierra, entreguémonos a su enseñanza con la más plena confianza de que, con un maestro así, haremos progresos. Tomemos tiempo no solo para meditar, sino para orar, para permanecer al pie del trono y ser formados en la obra de la intercesión. Hagámoslo con la seguridad de que, en medio de nuestros balbuceos y temores, él está llevando adelante su obra de la manera más hermosa. Él infundirá en nosotros su propia vida, que es toda oración. Así como nos hace partícipes de su justicia y de su vida, nos hará también partícipes de su intercesión. Como miembros de su cuerpo, como sacerdocio santo, tomaremos parte en su obra sacerdotal de interceder y prevalecer ante Dios en favor de los hombres. Sí, digamos con el mayor gozo, aunque seamos ignorantes y débiles: «Señor, enséñanos a orar».

¡Bendito Señor! Te complace hacerme partícipe de tu gloria en el cielo: que ore sin cesar y esté siempre como sacerdote en la presencia de mi Dios. ¡Señor Jesús! Te pido en este día que inscribas mi nombre entre los que confiesan que no saben orar como conviene, y te pido especialmente un curso de enseñanza en la oración. Señor, enséñame a permanecer contigo en la escuela y a darte tiempo para formarme. Que un profundo sentido de mi ignorancia, del maravilloso privilegio y poder de la oración, y de la necesidad del Espíritu Santo como Espíritu de oración, me lleve a desechar las ideas de lo que creo saber y me haga arrodillarme ante ti con verdadera docilidad y pobreza de espíritu.

Lléname, Señor, de la confianza de que con un maestro como tú aprenderé a orar. Con la seguridad de que tengo por maestro a Jesús, que está siempre orando al Padre y que con su oración gobierna los destinos de su Iglesia y del mundo, no tendré temor. Todo cuanto necesite saber de los misterios del mundo de la oración, tú me lo revelarás. Y cuando no me sea dado saber, me enseñarás a ser fuerte en la fe, dando gloria a Dios. ¡Bendito Señor! Tú no avergonzarás a tu discípulo que confía en ti, ni él, por tu gracia, te avergonzará tampoco a ti. Amén.

Capítulo 1 completado

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