Capítulo 3 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
A solas con Dios
«Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará.» Mateo 6:6.
Después de haber llamado a sus primeros discípulos, Jesús les dio su primera enseñanza pública en el Monte. Allí les expuso el Reino de Dios, sus leyes y su vida. En ese Reino, Dios no es solo Rey, sino Padre; no solo lo da todo, sino que él mismo es todo. Su bienaventuranza está únicamente en conocerlo a él y tener comunión con él. Por eso era cosa natural que la revelación de la oración y de la vida de oración formara parte de su enseñanza acerca del nuevo Reino que vino a establecer. Moisés no dio mandamiento ni reglamento alguno respecto a la oración; aun los profetas dicen poco directamente sobre el deber de orar; es Cristo quien enseña acerca de la oración.
Lo primero que el Señor enseña a sus discípulos es que han de tener un lugar secreto para la oración; cada uno debe tener algún rincón solitario donde pueda estar a solas con su Dios. Todo maestro necesita un aula. Hemos aprendido a conocer y aceptar a Jesús como nuestro único maestro en la escuela de la oración. Ya nos enseñó en Samaria que la adoración no está ya limitada a tiempos y lugares; que la adoración, la verdadera adoración espiritual, es cosa del espíritu y de la vida; el hombre entero, en toda su vida, ha de ser adoración en espíritu y en verdad. Él quiere que cada uno escoja por sí mismo el lugar fijo donde pueda encontrarse con él cada día. Ese aposento interior, ese lugar solitario, es el aula de Jesús.
Ese lugar puede estar en cualquier parte; ese lugar puede cambiar de un día a otro si tenemos que cambiar de morada; pero el lugar secreto tiene que existir, con el tiempo de quietud en que el alumno se pone en presencia del Maestro, para ser preparado por él a adorar al Padre. Solo allí, pero allí con toda certeza, viene Jesús a nosotros para enseñarnos a orar.
Un maestro siempre desea que su aula sea luminosa y atractiva, llena de la luz y del aire del cielo, un lugar al que los alumnos anhelen venir y en el que les guste quedarse. En sus primeras palabras sobre la oración en el Sermón del Monte, Jesús procura presentarnos el aposento interior a su luz más atractiva. Si escuchamos con atención, pronto notamos qué es lo principal que tiene que decirnos sobre nuestra permanencia allí. Tres veces usa el nombre de Padre: «Ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará». Mateo 6:6. «Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis». Mateo 6:8.
Lo primero en la oración en lo secreto es esto: tengo que encontrarme con mi Padre. La luz que brilla en el aposento ha de ser la luz del rostro del Padre. El aire fresco del cielo con que Jesús quiere llenar la atmósfera en la que he de respirar y orar es el amor paternal de Dios, la infinita paternidad de Dios. Así, cada pensamiento o petición que exhalemos será una confianza sencilla, cordial e infantil en el Padre. Así nos enseña el Maestro a orar: nos lleva a la presencia viva del Padre. Lo que allí pidamos tiene que ser eficaz. Escuchemos con atención lo que el Señor tiene que decirnos. Primero: «Ora a tu Padre que está en secreto». Mateo 6:6.
Dios es un Dios que se oculta al ojo carnal. Mientras en nuestra adoración a Dios estemos ocupados principalmente con nuestros propios pensamientos y ejercicios, no nos encontraremos con aquel que es Espíritu, el Invisible. Pero al hombre que se aparta de todo lo que es del mundo y de los hombres, y se dispone a esperar solo en Dios, el Padre se le revelará.
A medida que abandona, renuncia y deja fuera al mundo y la vida del mundo, y se entrega para ser conducido por Cristo al secreto de la presencia de Dios, la luz del amor del Padre se levantará sobre él.
El secreto del aposento interior y de la puerta cerrada, la separación completa de todo lo que nos rodea, es una imagen de aquel santuario espiritual interior, el secreto del tabernáculo de Dios, detrás del velo, donde nuestro espíritu entra verdaderamente en contacto con el Invisible. Y así se nos enseña, desde el comienzo mismo de nuestra búsqueda del secreto de la oración eficaz, a recordar que es en el aposento interior, donde estamos a solas con el Padre, donde aprenderemos a orar como es debido.
El Padre está en secreto. Con estas palabras Jesús nos enseña dónde nos espera, dónde se le puede hallar siempre. Los cristianos se quejan a menudo de que su oración privada no es lo que debería ser. Se sienten débiles y pecadores, su corazón está frío y oscuro; es como si tuvieran tan poco por qué orar, y en ese poco, poca o ninguna fe o gozo. Se desaniman y se apartan de la oración pensando que no pueden acudir al Padre como deberían o como desearían. ¡Hijo de Dios! Escucha a tu Maestro. Él te dice que, cuando vayas a la oración privada, tu primer pensamiento ha de ser: el Padre está en secreto, el Padre me espera allí. Precisamente porque tu corazón está frío y sin oración, entra en la presencia del Padre amoroso. Como el padre se compadece de los hijos, así se compadece el Señor de ti. No pienses en lo poco que tienes para llevar a Dios, sino en lo mucho que él quiere darte. Sencillamente ponte delante de él y alza la mirada a su rostro; piensa en su amor, su amor maravilloso, tierno y compasivo.
Dile simplemente cuán pecaminoso, frío y oscuro está todo: es el corazón amoroso del Padre el que dará luz y calor al tuyo.
Oh, haz lo que dice Jesús: cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en secreto. ¿No es maravilloso poder estar a solas con Dios, el Dios infinito, y luego alzar la mirada y decir: ¡Padre mío! «Y tu Padre que ve en secreto te recompensará» Mateo 6:6. Aquí Jesús nos asegura que la oración en secreto no puede quedar sin fruto: su bendición se manifestará en nuestra vida. Mientras estamos a solas con Dios en secreto, necesitamos confiarle nuestra vida delante de los hombres; él nos recompensará en público; él se encargará de que la respuesta a la oración se haga manifiesta en su bendición sobre nosotros. Nuestro Señor quiere enseñarnos así que, así como la infinita Paternidad y Fidelidad es aquello con lo que Dios nos sale al encuentro en secreto, así de nuestra parte debe haber la sencillez infantil de la fe, la confianza en que nuestra oración ciertamente atrae una bendición.
«Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan». Hebreos 11:6. La bendición del aposento no depende del sentimiento fuerte o ferviente con que oro, sino del amor y del poder del Padre a quien confío mis necesidades. Por eso el Maestro tiene un solo deseo: recuerda que tu Padre ve y oye en secreto; ve allí, quédate allí y sal de nuevo de allí con confianza: él te recompensará. Confía en él para ello; depende de él: la oración al Padre no puede ser en vano; él te recompensará en público.
Para confirmar aún más esta fe en el amor paternal de Dios, Cristo pronuncia una tercera palabra: «Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis». Mateo 6:8. A primera vista podría parecer que este pensamiento hace menos necesaria la oración: Dios sabe mucho mejor que nosotros lo que necesitamos. Pero a medida que comprendemos más hondamente lo que la oración es realmente, esta verdad nos ayudará a fortalecer nuestra fe. Nos enseñará que no necesitamos, como los gentiles, obligar con la multitud y la insistencia de nuestras palabras a un Dios reacio a escucharnos. Nos llevará a una santa reflexión y al silencio en la oración, al sugerirnos la pregunta: ¿Sabe realmente mi Padre que necesito esto? Y cuando el Espíritu nos haya llevado a la certeza de que nuestra petición es de veras algo que, según la Palabra, necesitamos para la gloria de Dios, nos dará una confianza maravillosa para decir: Mi Padre sabe que lo necesito y que debo tenerlo. Y si hay alguna demora en la respuesta, nos enseñará a perseverar con quietud: ¡Padre! Tú sabes que lo necesito.
Oh, la bendita libertad y sencillez de un niño, que Cristo nuestro Maestro quisiera cultivar en nosotros cuando nos acercamos a Dios: alcemos los ojos al Padre hasta que su Espíritu la obre en nosotros. A veces en nuestras oraciones, cuando corremos el peligro de estar tan ocupados con nuestras peticiones fervientes y apremiantes que olvidamos que el Padre sabe y oye, quedémonos quietos y digamos sencillamente con calma: Mi Padre ve, mi Padre oye, mi Padre sabe; esto ayudará a nuestra fe a tomar la respuesta y a decir: Sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho.
Y ahora, tú que has entrado en la escuela de Cristo para aprender a orar, toma estas lecciones, ponlas en práctica y confía en que él te perfeccionará en ellas. Permanece mucho en el aposento interior, con la puerta cerrada: apartado de los hombres, encerrado con Dios; es allí donde el Padre te espera, y es allí donde Jesús te enseñará a orar. Estar a solas en secreto con el Padre: este es tu gozo más alto. Estar seguro de que el Padre recompensará en público la oración secreta, de modo que no puede quedar sin bendición: esta es tu fuerza día tras día. Y saber que el Padre sabe que necesitas lo que pides: esta es tu libertad para presentarle toda necesidad, con la seguridad de que tu Dios la suplirá conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.
Bendito Salvador, con todo mi corazón te bendigo por haber establecido el aposento interior como la escuela donde te encuentras a solas con cada uno de tus alumnos y le revelas al Padre. ¡Oh, Señor mío! Fortalece de tal modo mi fe en el tierno amor y la bondad del Padre, que cada vez que me sienta pecador o turbado, mi primer pensamiento instintivo sea ir adonde sé que el Padre me espera y donde la oración nunca puede quedar sin bendición. Que el pensamiento de que él conoce mi necesidad antes que yo pida me lleve, en el gran reposo de la fe, a confiar en que dará lo que su hijo necesita. Oh, que el lugar de la oración secreta llegue a ser para mí el lugar más amado de la tierra.
¡Señor! Óyeme cuando te pido que bendigas los aposentos de oración de tu pueblo creyente en todas partes. Que tu maravillosa revelación de la ternura de un Padre libre a todos los cristianos jóvenes de todo pensamiento de la oración secreta como un deber o una carga, y los lleve a considerarla el mayor privilegio de su vida, un gozo y una bendición. Haz volver a todos los que están desanimados porque no encuentran nada que traerte en oración. Hazles comprender que solo tienen que venir con su vacío a aquel que tiene todo para dar y se deleita en darlo. Que su único pensamiento no sea lo que ellos tienen que traer al Padre, sino lo que el Padre espera darles.
Y bendice especialmente el aposento interior de todos tus siervos que trabajan para ti, como el lugar donde la verdad de Dios y la gracia de Dios se les revelan, donde cada día son ungidos con aceite fresco, donde se renuevan sus fuerzas y reciben por fe las bendiciones con que han de bendecir a sus semejantes. Señor, en el aposento acércanos a todos más a ti y al Padre. Amén.
Capítulo 3 completado
A solas con Dios