Vida de Antonio
Cómo Antonio reverenciaba a todos los ordenados

Capítulo 28 · 2 min de lectura · 2 min de escucha

Cómo Antonio reverenciaba a todos los ordenados

67. Además de esto, era tolerante de carácter y humilde de espíritu. Porque, aun siendo el hombre que era, observaba con el mayor rigor la norma de la Iglesia, y quería que todos los clérigos fueran honrados por encima de él. Pues no se avergonzaba de inclinar la cabeza ante obispos y presbíteros, y si alguna vez un diácono acudía a él en busca de ayuda, conversaba con él sobre lo provechoso, pero le cedía el lugar en la oración, sin avergonzarse de aprender él mismo. Porque a menudo hacía preguntas y deseaba escuchar a los presentes, y si alguno decía algo útil, confesaba que había sacado provecho. Y además su rostro tenía una gracia grande y admirable. También este don lo había recibido del Salvador. Porque si se hallaba en medio de una gran multitud de monjes y alguien que no lo conocía de antes deseaba verlo, al instante, adelantándose, pasaba de largo junto a los demás y se dirigía apresuradamente a Antonio, como atraído por su aspecto. Y, sin embargo, no sobresalía entre los demás ni por su estatura ni por su corpulencia, sino por la serenidad de su porte y la pureza de su alma. Porque, como su alma estaba libre de turbaciones, su aspecto exterior era tranquilo; así, por el gozo de su alma tenía un rostro alegre, y por los movimientos de su cuerpo se podía percibir el estado de su alma, como está escrito: «Cuando el corazón está alegre, el rostro se hermosea; pero cuando está triste, se abate». Así Jacob reconoció el designio que Labán tenía en su corazón, y dijo a sus mujeres: «El semblante de vuestro padre no es como ayer y antes de ayer». Así Samuel reconoció a David, porque tenía ojos alegres y dientes blancos como la leche. Así se reconocía a Antonio, porque nunca estaba turbado, pues su alma estaba en paz; nunca estaba abatido, pues su mente estaba gozosa.

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