Vida de Antonio
Prefacio

Capítulo 1 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

Prefacio

Vida y conducta de nuestro santo padre Antonio, escrita y enviada a los monjes de tierras extranjeras por nuestro padre entre los santos, Atanasio, obispo de Alejandría.

El obispo Atanasio a los hermanos de tierras extranjeras.

Habéis entrado en una noble emulación con los monjes de Egipto, decididos a igualarlos o a superarlos en vuestro ejercicio en el camino de la virtud. Porque ya hay monasterios entre vosotros, y el nombre de monje goza de reconocimiento público. Con razón, pues, todos aprobarán este propósito, y Dios, en respuesta a vuestras oraciones, le dará cumplimiento. Ahora bien, puesto que me pedisteis que os diera cuenta del modo de vida del bienaventurado Antonio, y deseáis saber cómo comenzó la ascesis, quién era y qué clase de hombre fue antes de ella, cómo terminó su vida y si es verdad lo que de él se cuenta, para que también vosotros os dispongáis a imitarlo, acepté de muy buena gana vuestro encargo, porque también para mí el solo recuerdo de Antonio es una gran ayuda. Y sé que vosotros, cuando lo hayáis oído, además de admirar al hombre, desearéis emular su propósito, pues para los monjes la vida de Antonio es modelo suficiente de disciplina ascética. Por tanto, no neguéis crédito a lo que habéis oído de quienes os trajeron noticias de él; pensad más bien que solo os han contado unas pocas cosas, pues en todo caso difícilmente pudieron referir con detalle hechos de tanta importancia. Y ya que yo, a petición vuestra, he traído a la memoria algunos hechos acerca de él, y os enviaré en una carta cuanto pueda contar, no dejéis de preguntar a quienes zarpan de aquí, pues quizá, cuando todos hayan contado lo suyo, el relato apenas estará a la altura de sus méritos. Por esta razón deseaba, al recibir vuestra carta, mandar llamar a algunos de los monjes, sobre todo a los que solían estar con él con más frecuencia, para enviaros cualquier detalle nuevo que pudiera averiguar. Pero como la temporada de navegación tocaba a su fin y el portador de las cartas tenía prisa, me apresuré a escribir a vuestra piedad lo que yo mismo sé, por haberlo visto muchas veces, y lo que pude aprender de él, pues fui durante mucho tiempo su servidor y le vertía agua sobre las manos; atento en todo a la verdad, para que nadie deje de creer por oír demasiado, ni, por el contrario, desprecie al hombre por oír demasiado poco.

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