Capítulo 7 · 27 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Una Narración de los Procedimientos de la Gente de Color
De los procedimientos de la Gente de Color durante la terrible calamidad de Filadelfia, en el año de 1793; y una refutación de algunas censuras vertidas contra ellos en ciertas publicaciones. Por Absalom Jones y Richard Allen.
A consecuencia de una representación parcial de la conducta de las personas que fueron empleadas para cuidar a los enfermos en el calamitoso estado de la ciudad de Filadelfia, fuimos solicitados por muchos de los que se sintieron agraviados por ello, y, por consejo de varios ciudadanos respetables, a dar un paso al frente y declarar los hechos tal como realmente fueron; y viendo que, por nuestra situación, a causa del cargo que tomamos sobre nosotros, teníamos más plena y generalmente a nuestro alcance conocer y observar la conducta y el proceder de quienes estaban así empleados.
A principios de septiembre apareció en los papeles públicos una solicitud a la gente de color, para que se presentara a asistir a los enfermos afligidos, moribundos y abandonados; con una especie de aseguramiento de que las personas de nuestro color no estaban expuestas a contraer el contagio. Ante lo cual nosotros y unos pocos más nos reunimos y deliberamos cómo obrar en ocasión tan verdaderamente alarmante y melancólica. Tras alguna conversación, hallamos libertad para salir, confiando en aquel que puede preservar en medio de un horno de fuego ardiente. Persuadidos de que era nuestro deber hacer todo el bien que pudiéramos a nuestros sufrientes semejantes, salimos a ver dónde podríamos ser útiles. El primero que visitamos fue un hombre en el callejón de Emsley, que se moría, y su esposa yacía muerta en aquel momento dentro de la casa. No había quien asistiese sino dos pobres niños desvalidos. Administramos el alivio que pudimos, y acudimos a los administradores de los pobres para que enterrasen a la mujer. Aquel día visitamos más de veinte familias: ¡fueron en verdad escenas de aflicción! Plugo al Señor fortalecernos, y quitar de nosotros todo temor, y disponer nuestros corazones a ser todo lo útiles que fuese posible. A fin de regular mejor nuestra conducta, acudimos al día siguiente al alcalde, para consultar con él cómo proceder de modo de ser más útiles. El primer objeto que recomendó
fue una estricta atención a los enfermos, y la procuración de enfermeros. De esto se ocuparon Absalom Jones y William Gray; y para que los afligidos supiesen a dónde acudir, el alcalde anunció al público que, dirigiéndose a ellos, serían provistos. Poco después, al aumentar la mortandad, la dificultad de conseguir que se llevaran un cadáver era tal que pocos estaban dispuestos a hacerlo, aun cuando se ofrecían grandes recompensas. Se puso la mirada en la gente de color. Entonces ofrecimos nuestros servicios en los papeles públicos, anunciando que retiraríamos a los muertos y procuraríamos enfermeros. Nuestros servicios fueron fruto de una verdadera sensibilidad; no buscábamos paga ni recompensa, hasta que el aumento del mal hizo nuestra labor tan ardua que no bastábamos para el servicio que habíamos asumido. La mortandad, aumentando rápidamente, nos obligó a recurrir a la ayuda de quinientos hombres en el terrible cargo de sepultar a los muertos. A ellos, con gran renuencia, se les persuadió a unírsenos. Era muy raro, en aquel tiempo, hallar a alguien que se acercase, y mucho menos que tocase, a una persona enferma o muerta.
Cuando la enfermedad se hizo general, y varios de los médicos murieron, y la mayor parte de los sobrevivientes estaban agotados por la enfermedad o la fatiga, aquel buen hombre, el Dr. Rush, nos llamó más directamente a atender a los enfermos, sabiendo que ambos sabíamos sangrar. Nos dijo que podíamos acrecentar nuestra utilidad atendiendo a sus instrucciones, y, en consecuencia, nos indicó dónde procurar la medicina debidamente preparada, con las debidas indicaciones de cómo administrarla, y en qué estadios del mal sangrar; y que, cuando nos halláramos incapaces de juzgar lo que convenía hacer, acudiésemos a él, y él, si podía, los atendería en persona, o enviaría a Edward Fisher, su discípulo, lo cual hizo con frecuencia; y el Sr. Fisher manifestó su humanidad con una afectuosa atención al alivio de ellos. Esto no ha sido para nosotros pequeña satisfacción; pues pensamos que, cuando no se podía obtener un médico, hemos sido los instrumentos en las manos de Dios para salvar la vida de algunos centenares de nuestros sufrientes semejantes.
Nos sentimos sensiblemente agraviados por los epítetos censorios de muchos que no prestaron la menor ayuda en el tiempo de la necesidad, y que, sin embargo, son liberales en su censura de nosotros, por los precios pagados por nuestros servicios, cuando nadie
sabía cómo hacer una propuesta a quienes deseaban que los asistiesen. Al principio no hicimos cobro alguno, sino que lo dejamos a los que servíamos, al retirar a sus muertos, para que dieran lo que tuviesen por conveniente. No pusimos precio hasta que la recompensa fue fijada por aquellos a quienes habíamos servido. Después de pagar a la gente que debía asistirnos, nuestra compensación fue mucho menor de lo que muchos creerán.
Aseguramos al público que todo el dinero que recibimos por los enterramientos, y por los ataúdes que nosotros mismos compramos y procuramos, no ha cubierto el gasto de los jornales que hubimos de pagar a quienes empleamos para asistirnos. El siguiente estado de cuentas está hecho con exactitud:
Dinero recibido.—El monto total del dinero recibido por enterrar a los muertos, y por enterrar camas, es £233 10 4
Dinero pagado por ataúdes, por los cuales no recibimos nada 33 00 0
Por el alquiler de cinco hombres, tres de ellos 70 días cada uno, y los otros dos 63 días cada uno, a 22s. 6d. por día 378 00 0
[Total] 411 00 0
Deudas que se nos deben, de las cuales esperamos poco, 110 00 0
De este estado de cuentas, por cuya verdad respondemos solemnemente, es evidente, y sentimos vivamente la fuerza del hecho, que quedamos con una pérdida de nuestro bolsillo de 177 9 8
Además del costo de los coches fúnebres, el sustento de nuestras familias durante setenta días (que fue el periodo de nuestras labores) y el sostenimiento de los cinco hombres contratados, durante los respectivos tiempos en que estuvieron empleados; gastos que, junto con diversas dádivas que ocasionalmente hicimos a familias pobres, bien podrían razonable y propiamente introducirse, para mostrar nuestra situación real en cuanto a las ganancias; pero basta con exhibir al público, por las partidas arriba especificadas de dinero pagado y dinero recibido, sin tomar en cuenta los demás gastos, que por el empleo en que estuvimos ocupados perdimos £177 9s. 8d. Pero si a esa suma se añaden los demás gastos que efectivamente hemos pagado, ¡cuánto más no podremos decir que hemos padecido! Lo dejamos al juicio del público.
Acaso les parezca extraño a algunos que saben cuán constantemente estuvimos ocupados, que no hayamos recibido más dinero que £233 10s. 4d. Pero repetimos nuestra afirmación de que este es el hecho; y añadimos otro, que servirá para explicarlo mejor: hemos enterrado a varios centenares de personas pobres y forasteras, por cuyo servicio nunca recibimos ni jamás pedimos compensación alguna.
Lo que más nos ha herido es un párrafo parcial y censorio, en la 2ª edición del relato del Sr. Carey sobre la enfermedad, &c., en Filadelfia, páginas 76 y 77, donde denigra únicamente a los negros, por haberse aprovechado de la afligida situación de la gente.
Que se pagaron algunos precios exorbitantes, lo admitimos; pero ¿cómo llegaron a exigirse? La razón es clara. Con dificultad podían conseguirse personas que supliesen las necesidades de los enfermos como enfermeros; las solicitudes se hacían cada vez más numerosas, y la consecuencia fue que, cuando los procurábamos a seis dólares por semana, y los llamábamos a ir donde se los necesitaba, hallábamos que se habían ido a otra parte. Aquí había una decepción. Al indagar la causa, hallábamos que habían sido atraídos por otros que ofrecían mayores jornales, hasta llegar a ganar de dos a cuatro dólares por día. No teníamos freno alguno sobre la gente. Era natural que personas en pobres circunstancias aceptaran una recompensa voluntaria y generosa; sobre todo ante la repugnancia de muchos de los enfermos, cuando la naturaleza se estremecía ante el pensamiento del contagio, y la tarea encomendada se agravaba por la locura del enfermo, y por quedar muy a solas con ellos. Si al Sr. Carey se le hubiese solicitado tal empresa, por paga, pregúntase: ¿qué habría exigido? Mas el Sr. Carey, aunque elegido miembro de aquella banda de dignos varones que tan eminentemente se distinguieron por sus labores en socorro de los enfermos y desvalidos, sin embargo, poco después de su elección, los dejó luchando con su ardua y arriesgada tarea, abandonando la ciudad. Cierto es que el Sr. Carey no era asalariado, y tenía derecho a huir, y, a su regreso, a abogar por la causa de quienes huyeron; con todo, pensamos que hizo mal en dar un relato tan parcial e injurioso de los enfermeros de color; si estos se han aprovechado de la aflicción pública, ¿lo han hecho más de lo que él ha hecho de su deseo de información? Nosotros
creemos que él ha ganado más dinero con la venta de sus “Retazos” que una docena de los mayores extorsionadores entre los enfermeros de color. Los grandes precios pagados no escaparon a la observación de aquel digno y vigilante magistrado, Matthew Clarkson, alcalde de la ciudad y presidente del comité. Mandó llamarnos, y nos pidió que usáramos nuestra influencia para aminorar los jornales de los enfermeros. Pero, al informarle de la causa, esto es, la de que la gente pujaba una contra otra, se concluyó que era innecesario intentar nada sobre ese punto; por tanto, se dejó a la gente interesada. Que hubo unos pocos entre la gente de color culpables de saquear a los afligidos, lo reconocemos; pero que solo a ellos se señale y se mencione, lo tenemos por parcial e injurioso. Conocemos a otros tantos blancos que fueron culpables de ello; pero esto se pasa por alto, mientras a los negros se les expone a la censura. ¿Es mayor crimen que un negro hurte que el que un blanco haga de corsario?
No deseamos ofender; pero cuando se hace un intento no provocado de pintarnos más negros de lo que somos, se hace menos necesario ser en exceso cautelosos por ese motivo; por tanto, nos tomaremos la libertad de contar la conducta de algunos de los blancos.
Sabemos que seis libras fueron exigidas y pagadas a una mujer blanca por meter un cadáver en un ataúd; y cuarenta dólares fueron exigidos y pagados a cuatro hombres blancos por bajarlo por las escaleras.
El Sr. y la Sra. Taylor murieron ambos en una misma noche. Una mujer blanca tenía el cuidado de ellos. Después de muertos, acudió a Jacob Servoss, Esq., por su paga, exigiendo seis libras por amortajarlos. Al ver un bulto junto a ella, él sospechó que había hurtado. Al registrarla, se hallaron en su bolsillo las hebillas del Sr. Taylor, junto con otras cosas.
Una anciana señora, la Sra. Malony, fue confiada al cuidado de una mujer blanca. Murió. Se nos llamó para retirar el cadáver. Cuando llegamos, la mujer yacía tan ebria que no sabía lo que hacíamos; pero sabíamos que llevaba en el dedo uno de los anillos de la Sra. Malony.
Es ingrato señalar la mala y despiadada conducta de cualquier color; sin embargo, la defensa que hemos emprendido
nos obliga a advertir que, aunque apenas se podía conseguir por entonces a persona alguna de buen carácter, con todo, solo dos mujeres de color estaban en aquel tiempo en el hospital; y estas fueron retenidas, y las demás despedidas, cuando aquello fue reducido a orden y buen gobierno.
Las malas consecuencias que muchos de los de nuestro color temen de una relación parcial de nuestra conducta son que predispondrá las mentes de la gente en general contra nosotros; porque es imposible que un solo individuo pueda tener conocimiento de todos; por tanto, en algún día futuro, cuando alguno de los más virtuosos, movido por los más loables motivos a servir a los enfermos, entre al servicio de una familia que le sea desconocida, y se descubra que es uno de aquellos desdichados estigmatizados, ¿cuál supondremos que será la consecuencia? ¿No es razonable pensar que la persona será aborrecida, despreciada, y quizá despedida de su empleo, para gran desventaja suya? ¿No sería esto duro? ¿y no tenemos, por tanto, suficiente razón para buscar reparación? Podemos asegurar al público con certeza que hemos visto más humanidad, más verdadera sensibilidad de parte de los pobres de color que de los pobres blancos. Mientras que muchos de los primeros, por su propia voluntad, prestaron servicios donde la extrema necesidad lo pedía, la generalidad de los pobres blancos estaban tan consternados que, en lugar de intentar ser útiles, en cierto modo se escondieron. Un caso notable de esto: un pobre hombre, afligido y moribundo, se hallaba en la ventana de su aposento, orando y rogando a cuantos pasaban que le ayudasen con un trago de agua. Pasó un buen número de blancos, y en vez de conmoverse por la aflicción del pobre hombre, se apresuraban cuanto podían para alejarse del alcance de sus clamores, hasta que al fin subió un caballero que parecía ser extranjero. No podía pasar de largo, pero no tuvo resolución bastante para entrar en la casa. Tenía ocho dólares en la mano, y se los ofreció a varios como recompensa por dar al pobre hombre un trago de agua; pero todos rehusaron, hasta que llegó un pobre hombre de color. El caballero le ofreció los ocho dólares, si aliviaba al pobre hombre con un poco de agua. “Amo”, respondió el bondadoso individuo, “yo suministraré agua al caballero, pero de ningún modo tomaré vuestro dinero por ello”; ni se le pudo persuadir
a aceptar su dádiva. Entró, suministró agua al pobre desdichado, y le prestó cuanto servicio pudo.
Un pobre hombre de color, llamado Sampson, iba constantemente de casa en casa donde había aflicción, sin asistencia, sin paga ni recompensa. Fue herido por el mal, y murió. Después de su muerte, su familia fue abandonada por aquellos a quienes él había servido.
Sarah Bass, una viuda de color, dio toda la ayuda que pudo en varias familias, por lo cual no recibió cosa alguna; y cuando algo se le ofrecía, lo dejaba a la voluntad de aquellos a quienes servía.
Una mujer de color cuidó a Richard Mason y a su hijo. Murieron. La viuda de Richard, considerando el riesgo que la pobre mujer había corrido, y por observar los temores que a veces reposaban en su ánimo, esperaba que exigiría algo considerable; pero al preguntarle cuánto pedía, su respuesta fue: “cincuenta centavos por día”. La Sra. Mason le dio a entender que no era suficiente para su asistencia. Ella respondió que era bastante por lo que había hecho, y no tomaría más. Los sentimientos de la Sra. Mason fueron tales que le fijó una renta vitalicia de seis libras al año de por vida. Su nombre era Mary Scott.
Una anciana de color cuidó —con gran diligencia y atención. Ya recuperado, él le preguntó qué debía darle por sus servicios; ella respondió: “una comida, amo, en un frío día de invierno”. Y así iba de un lugar a otro, prestando todo servicio que estaba en su poder, sin mira alguna a la recompensa.
A una joven de color se le pidió que velara una noche a un hombre blanco y a su esposa, que estaban muy graves. No se podía conseguir a ninguna otra persona. Se le ofrecieron grandes jornales; ella respondió: “no iré por dinero: si voy por dinero, Dios lo verá, y acaso haga que yo contraiga el mal y muera; pero si voy y no tomo dinero, quizá él salve mi vida”.[”] Fue hacia las 9 en punto, y los halló a ambos en el suelo. No pudo procurar candela ni otra luz; pero permaneció con ellos unas dos horas, y luego los dejó. Ambos murieron aquella noche. Después ella enfermó gravemente con la fiebre. Su vida fue salvada.
Cæsar Cranchal, un hombre de color, ofreció sus servicios para atender a los enfermos, y dijo: “no tomaré vuestro dinero;
no venderé mi vida por dinero”. Se dice que murió de flujo de vientre.
A un muchacho de color, en casa de la viuda Gilpin, se le confiaron las llaves de su joven amo cuando este dejó la ciudad, y desempeñó sus asuntos con la mayor honradez y diligencia: habiendo descargado una embarcación por él en ese tiempo, y cargándola de nuevo.
Una mujer que cuidó a David Bacon cobró con ejemplar moderación, y dijo que no quería más.
Puede decirse, en vindicación de la conducta de quienes mostraron ignorancia o incapacidad en el cuidado de enfermos, que este es, en sí mismo, un arte considerable, derivado tanto de la experiencia como del ejercicio de los más finos sentimientos de la humanidad. De esta experiencia, las nueve décimas partes de los empleados eran, probablemente, del todo ajenas.
No recordamos tales actos de humanidad de parte de los pobres blancos, en todo el recorrido en que hemos estado ocupados. Podríamos mencionar muchos otros casos de igual naturaleza, pero lo juzgamos innecesario.
Nos es ingrato hacer estas observaciones, pero la justicia hacia nuestro color lo exige. El Sr. Carey nos hace a William Gray y a nosotros un cumplido; dice que nuestros servicios, y los de otros de nuestro color, han sido muy grandes, &c. Al nombrarnos, deja a esos otros en el arriesgado trance de ser clasificados con los que llama los “más viles”. Los pocos que se descubrió que merecían censura pública fueron llevados a la justicia, lo cual debiera haber bastado, sin ser ventilados en su “Bagatela” de panfleto; lo cual nos mueve a ser más particulares, y a esforzarnos por recobrar la estima del público para nuestros amigos y la gente de color, en cuanto se les halle dignos; pues concebimos, y la experiencia lo prueba, que un mal nombre es más fácil de dar que de quitar. Tenemos muchos enemigos no provocados, que nos envidian la libertad de que gozamos, y se alegran de oír cualquier queja contra nuestro color, sea justa o injusta; a consecuencia de lo cual nos esforzamos con mayor empeño, con todo nuestro poder, en advertir, reprender y exhortar a nuestros amigos africanos a guardar una conciencia sin ofensa hacia Dios y hacia los hombres; y, al mismo tiempo, no seríamos remisos en intervenir cuando estigmas u opresión parezcan dirigidos, o se intenten, contra ellos injustamente;
y confiamos en que quedaremos justificados ante los sinceros y juiciosos por tal conducta.
Podemos asegurar al público que tantos blancos como negros fueron sorprendidos hurtando, aunque el número de estos últimos, empleados como enfermeros, era veinte veces mayor que el de los primeros, y que hay, en nuestra opinión, tan gran proporción de blancos como de negros inclinados a tales prácticas; y más bien es de admirar que ocurrieran tan pocos casos de hurto y robo, considerando las grandes ocasiones que había para tales cosas. No sabemos de más de cinco personas de color sospechosas de algo clandestino, entre el gran número de los empleados. La gente se alegraba de conseguir a cualquier persona que la asistiera. Se prefería a una persona de color, porque se suponía que no eran tan propensas a contraer el mal. Los más indignos eran aceptables; de modo que no habría sido de extrañar que hubieran ocurrido veinte motivos de queja por cada uno que ha habido. Se ha alegado que muchos de los enfermos fueron descuidados por los enfermeros; no nos maravilla, considerando su situación: en muchos casos, en pie noche y día, sin nadie que los relevara, rendidos de fatiga y de falta de sueño, no podían, en muchos casos, prestar la asistencia que era necesaria. Donde nosotros visitábamos, los motivos de queja por este concepto no eran numerosos. La condición de los enfermeros, en muchos casos, era digna de compasión: el paciente delirando y espantoso de ver. Con frecuencia se requerían dos personas para impedir que huyeran; otros hicieron intentos de arrojarse por una ventana; en muchos aposentos se los sujetaba con clavos, y se mantenía la puerta con llave, para impedir que huyeran o se rompieran el cuello; otros yacían vomitando sangre, y gritando lo bastante para helar de horror. Así se hallaban muchos de los enfermeros, solos, hasta que el paciente moría; luego eran llamados a otra escena de aflicción, y así estuvieron, durante una semana o diez días, abandonados a hacer lo que podían, sin descanso suficiente, teniendo muchos de ellos a algunos de sus más queridos allegados enfermos al mismo tiempo, y padeciendo necesidad, mientras su esposo, esposa, padre, madre, &c., estaban ocupados en el servicio de los blancos. Mencionamos esto para mostrar la diferencia entre este y el cuidado de enfermos en los casos comunes. Hemos padecido
por igual con los blancos; nuestra aflicción ha sido muy grande, pero en gran parte desconocida para los blancos. Pocos han sido los blancos que nos prestaron atención, mientras las personas de color estaban ocupadas en el servicio de otros. Podemos asegurar al público que hemos llegado a llevar a enterrar cuatro y cinco personas de color en un solo día. En varios casos, cuando han sido acometidas por el mal mientras cuidaban, fueron arrojadas de la casa, errantes y desamparadas, hasta que hallaron refugio donde pudieron (pues muchas de ellas no eran admitidas en sus antiguos hogares); languidecieron a solas, y sabemos de una que aun murió en un establo. Otros obraron con mayor ternura: cuando sus enfermeros enfermaban, procuraban que se les diese el debido cuidado en sus casas. Sabemos de dos casos de esto. Aun hasta el día de hoy es opinión generalmente aceptada en esta ciudad que nuestro color no era tan propenso a la enfermedad como los blancos. Esperamos que nuestros amigos nos perdonen por poner este asunto en su verdadero estado.
Se informó al público que en las Indias Occidentales y otros lugares donde había estado esta terrible plaga, se había observado que los negros no eran afectados por ella. Feliz habría sido para vosotros, y mucho más para nosotros, si esta observación se hubiese verificado en nuestra experiencia.
Cuando la gente de color enfermaba y moría, se nos engañaba y se nos decía que no era del mal reinante, hasta que se hizo demasiado notorio para negarlo; entonces se nos decía que unos pocos habían muerto, pero no muchos. Así se nos arrancaban nuestros servicios a riesgo de nuestras vidas. Y aun así nos acusáis de extorsionaros un poco de dinero.
El registro de mortandad del año 1793, publicado por Matthew Whitehead y John Ormrod, escribientes, y Joseph Dolby, sepulturero, convencerá a cualquier hombre razonable que lo examine de que murió tanta gente de color, en proporción, como de los demás. En 1792 fueron enterrados 67 de nuestro color, y en 1793 la cifra ascendió a 305: así los entierros entre nosotros han aumentado más de cuatro veces. ¿No fue esto, en gran medida, efecto de los servicios de la injustamente denigrada gente de color?
Acaso le sea grato al lector saber cómo hallamos afectados a los enfermos por la enfermedad. Nuestras ocasiones de oírlos y verlos han sido muy grandes. Eran acometidos por un escalofrío, un dolor de cabeza, un
estómago revuelto, con dolores en los miembros y en la espalda. Así comenzaba, por lo general, la enfermedad; pero no todos eran afectados de igual modo. Algunos parecían solo levemente afectados por algunos de aquellos síntomas. Lo que nos confirmaba en la opinión de que una persona estaba herida era el color de sus ojos. En unos hacía estragos con más furia que en otros. Algunos languidecieron por siete y diez días, y parecían mejorar el día, o algunas horas, antes de morir, mientras que otros eran arrebatados en uno, dos o tres días; pero sus dolencias eran semejantes. Algunos perdían la razón, y deliraban con toda la furia que la locura puede producir, y morían en fuertes convulsiones; otros conservaban su razón hasta el fin, y parecían más bien dormirse que morir. No pudimos menos que observar que los primeros eran de fuertes pasiones, y los últimos de temperamento apacible. Muchos murieron en una especie de abatimiento: concluían que debían partir (pues tal era la frase para morir), y así, en una especie de fijo y determinado estado de ánimo, se iban.
Nos llenaba de temor reverente el que personas sanas nos solicitaran hacernos cargo de ellas en su enfermedad, y de su funeral. Tales solicitudes se nos han hecho. Muchos se comportaban como si pensaran que debían morir y no vivir; algunos se han tendido en el suelo para que se les tomara la medida para sus ataúdes y sus sepulturas.
Un caballero se presentó una tarde a pedir que se le consiguiera un buen enfermero para cuando enfermara, y que se dirigiera su funeral, y dio indicaciones particulares de cómo quería que se llevara a cabo. Pareció una circunstancia sorprendente, pues el hombre parecía en aquel momento gozar de perfecta salud; pero, acudiendo a verlo dos o tres días después, hallamos a una mujer muerta en la casa, y al hombre tan acabado que administrarle algo para su recobro era inútil: murió aquella tarde. Mencionamos esto como un ejemplo del abatimiento y la desesperación que se apoderaron de las mentes de millares, y somos de la opinión de que agravó el caso de muchos; mientras que otros que se sostenían con ánimo se levantaron de nuevo, cuando probablemente, de otro modo, habrían muerto.
Cuando la mortandad llegó a su mayor grado, era imposible procurar suficiente asistencia; por tanto, muchos, cuyos amigos y parientes los habían abandonado, murieron sin ser vistos ni asistidos. Los hemos hallado en diversas
situaciones: unos yaciendo en el suelo, tan ensangrentados como si hubieran sido sumergidos en sangre, sin señal alguna de haber tenido siquiera un trago de agua para su alivio; otros yaciendo en una cama con la ropa puesta, como si hubiesen llegado fatigados y se hubiesen tendido a descansar; algunos parecían haber caído muertos en el suelo, por la postura en que los hallamos.
Ciertamente nuestra tarea fue dura; sin embargo, por misericordia se nos concedió seguir adelante.
Una cosa observamos en varios casos: cuando se nos llamaba, a la primera aparición del mal, a sangrar, la persona con frecuencia, al abrírsele una vena, y antes de terminar la operación, sentía un cambio para mejor, y expresaba alivio en sus dolencias principales; y adoptamos la práctica de extraerles más sangre de la usual en otros casos. Estos, por lo general, se recuperaban; los que omitían la sangría por un tiempo considerable, después de acometidos por la enfermedad, rara vez expresaban cambio alguno que sintieran en la operación.
Sentimos una gran satisfacción al creer que hemos sido útiles a los enfermos, y por ello damos públicamente gracias al Doctor Benjamin Rush por habernos capacitado para serlo. Hemos sangrado a más de ochocientas personas, y declaramos que no hemos recibido por ello ni el valor de un dólar y medio. Estábamos dispuestos a imitar la benevolencia del doctor, quien, enfermo o sano, mantenía su casa abierta día y noche, para prestar cuanta asistencia pudiera en este tiempo de tribulación.
Varios casos conmovedores ocurrieron mientras estábamos ocupados en enterrar a los muertos. Se nos ha llamado a enterrar a algunos que, cuando llegábamos, hallábamos solos; en otros lugares hallábamos a un padre muerto, y no se veía sino a pequeñas e inocentes criaturas, cuya ignorancia las llevaba a pensar que su padre dormía; a causa de su situación, y de su tierno balbuceo, hemos quedado tan heridos, y tan lastimados nuestros sentimientos, que casi resolvíamos retirarnos de nuestra empresa; pero, viendo a otros tan remisos, seguíamos adelante.
Un caso conmovedor: una mujer murió; se nos mandó llamar para enterrarla. Al entrar en la casa, y meter el ataúd, una querida e inocente criatura nos abordó con: “mamá está dormida, ¡no la despertéis!”; pero cuando nos vio ponerla en el ataúd, la aflicción de la niña fue tan
grande que casi nos venció. Cuando preguntó por qué poníamos a su mamá en la caja, no supimos cómo responderle, sino que la encomendamos al cuidado de una vecina, y la dejamos con el corazón apesadumbrado. En otros lugares, adonde hemos ido a recoger el cadáver de un padre, y hemos hallado a un grupo de pequeñuelos solos, algunos de ellos en cierta medida capaces de comprender su situación; sus llantos, y la inocente confusión de los pequeños, parecían casi más de lo que la naturaleza humana puede soportar. Hemos recogido a niños pequeños que vagaban sin saber a dónde (cuyos padres habían sido arrebatados), y los hemos llevado al orfanato; pues en aquel tiempo el pavor que reinaba en las mentes de la gente era tan general que era caso raro ver a un vecino visitar a otro, y los amigos, cuando se encontraban en las calles, se temían unos a otros; mucho menos admitirían en sus casas al desamparado huérfano que hubiese estado donde estaba la enfermedad. Este extremo parecía, en algunos casos, tener apariencia de barbarie. Con renuencia recordamos las muchas ocasiones que estuvieron en poder de los individuos de ser útiles a sus semejantes, y que, por el terror de aquellos tiempos, se dejaron pasar.
Un hombre de color, cabalgando por la calle, vio a un hombre empujar a una mujer fuera de una casa; la mujer se tambaleó y cayó de bruces en la cuneta, y no fue capaz de volverse. El hombre de color pensó que estaba ebria, pero, observando que corría peligro de asfixiarse, se apeó, y, al levantar a la mujer, la halló perfectamente sobria, pero tan acabada por el mal que no era capaz de valerse por sí misma. El hombre de duro corazón que la había arrojado cerró la puerta y la abandonó. En tal situación, ella habría podido perecer en pocos minutos. Tuvimos noticia de ello, y la llevamos a Bush Hill. Muchos de los blancos, que debieran ser dechados que nosotros siguiéramos, han obrado de un modo que haría estremecer a la humanidad. Recordamos un caso de crueldad del cual confiamos que ningún hombre de color sería culpable: dos hermanas, mujeres blancas ordenadas y decentes, estaban enfermas de la fiebre. Una de ellas se recuperó, al punto de llegar a la puerta. Un vecino blanco la vio, y en tono airado le preguntó si su hermana había muerto o no. Ella respondió: “no”; ante lo cual él replicó: “maldita sea, si no muere antes de la
mañana, ¡yo haré que muera!”. La pobre mujer, horrorizada ante tal expresión de este monstruo de hombre, dio una modesta respuesta, ante lo cual él tomó una tina de agua, y se la habría arrojado encima si no lo hubiese impedido un hombre de color. Fue entonces y sacó un par de aves de un gallinero (que se les habían dado para su alimento), y las arrojó a un callejón abierto. Consiguió lo que deseaba: la pobre mujer a la que él haría morir murió aquella noche.
Un hombre blanco amenazó con dispararnos si pasábamos frente a su casa con un cadáver. Lo enterramos a él tres días después.
Nos ha dolido ver a las viudas venir a nosotros, llorando y retorciéndose las manos, y en muy grande aflicción, a causa de la muerte de sus esposos; no teniendo quien las ayudara, se veían obligadas a venir a que les enterrásemos a sus maridos. Sus vecinos tenían miedo de ir en su ayuda, o de condolerse con ellas. Atribuimos tan poco amistosa conducta a la fragilidad de la naturaleza humana.
No obstante el cumplido que nos ha pagado el Sr. Carey, hemos hallado que se han difundido rumores de que tomamos entre cien y doscientas camas de las casas donde la gente moría. Tales calumniadores como estos, que propagan tan deliberadas mentiras, son peligrosos, aunque despreciables; y deseamos que, si alguna persona tiene la menor sospecha de nosotros, procure llevarnos al castigo que tan atroz conducta merecería; y de este modo el inocente quedará limpio de reproche, y el culpable, conocido.
Concluiremos ahora con el siguiente proverbio, que juzgamos aplicable a los de nuestro color que expusieron sus vidas en la reciente y afligente dispensación:
A Dios y al soldado todos veneran
en tiempo de guerra, y no antes;
cuando la guerra acaba y todo se endereza,
a Dios se olvida y al soldado se desdeña.