La vida, experiencia y labores del evangelio ·Un Breve Discurso a los Amigos de Aquel que No Tiene Quien le Ayude

Capítulo 11 · 23 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Un Breve Discurso a los Amigos de Aquel que No Tiene Quien le Ayude

SIENTO una inexpresable gratitud hacia vosotros, que os habéis consagrado a la causa de la raza africana; habéis obrado la liberación de muchos de una servidumbre peor que la de Egipto; vuestras labores son incesantes por su completa redención de la cruel sujeción en que se hallan. Vosotros sentís nuestras aflicciones; os condoléis con nosotros en la desgarradora

angustia de cuando el esposo es separado de la esposa, y los padres de los hijos, que ya nunca más han de encontrarse en este mundo. La lágrima de la sensibilidad se desliza de vuestros ojos al ver los sufrimientos que nos impiden multiplicarnos. Vuestra justa indignación se enciende ante los medios empleados para reponer el lugar del niño asesinado; veis a nuestra raza destruida más eficazmente de lo que estuvo en poder de Faraón efectuar sobre los hijos de Israel; hacéis sonar la trompeta contra el poderoso mal; hacéis temblar a los tiranos; os esforzáis por elevar al esclavo a la dignidad de hombre; tomáis a nuestros hijos de la mano para conducirlos por la senda de la virtud, con vuestro cuidado de su educación; no os avergonzáis de llamar hermanos a los más abyectos de nuestra raza, hijos de un mismo Padre, que de una sangre ha hecho todas las naciones de la tierra. Nada pedís por esto para vosotros mismos, nada sino lo que es digno de la causa en que estáis empeñados; nada sino que seamos amigos de nosotros mismos, y no fortalezcamos los lazos de la opresión con una mala conducta, después de ser sacados de la casa de servidumbre. Aquel que se ha levantado para abogar por nuestra causa, y os ha alistado como voluntarios en el servicio, añada a vuestro número, hasta que vengan príncipes de Egipto, y Etiopía extienda sus manos a Dios.

RICHARD ALLEN.



Vosotros, ministros llamados a predicar,
y también maestros y exhortadores,
¡Despertad! ved perderse vuestra mies;
¡Levantaos! no hay reposo para vosotros.


Pensad en aquel estricto mandamiento
que Dios sobre sus maestros ha puesto:
la sangre de los pecadores que mueren sin aviso
caerá sobre la cabeza de su pastor.


Mas, oh amados hermanos, ¡manos a la obra!
ved las naciones en angustia;
el Señor de los ejércitos impida su ruina,
antes que pase el día de la gracia.


Leemos de guerras y grandes conmociones,
antes del grande y terrible día:
¡Oh pecadores! dejad vuestros pecaminosos caminos,
y no malgastéis vuestro tiempo en vano.


Mas, ¡oh amados pecadores! no es eso todo lo terrible;
habéis de comparecer ante vuestro Dios,
para dar cuenta de vuestros hechos,
y de cómo gastasteis vuestro tiempo aquí.

La primera y grande obra de nuestro Salvador fue la de la salvación de las almas de los hombres; y con todo, hallamos que, de las multitudes que venían o eran traídas a él aquejadas de enfermedades y dolencias, nunca dejó pasar una ocasión de hacer bien a sus cuerpos, ni despidió a uno solo de los que acudieron a él sin una perfecta curación; aunque a veces, para prueba de su fe, se dejó importunar. Y que también socorrió a menudo las necesidades de los pobres con dinero, es claro por varios pasajes de su vida, uno de los cuales bastará por ahora, a saber: cuando Satanás hubo entrado en Judas, y nuestro bendito Salvador hubo dicho: “Lo que haces, hazlo pronto”, ninguno de los demás discípulos entendió con qué intención había hablado así; pues algunos de ellos pensaron, porque Judas tenía la bolsa o caja común, que o bien le había ordenado comprar lo necesario para la fiesta, o (como sin duda era usual, pues de otro modo no lo habrían supuesto) que diese algo a los pobres.

A esta prueba incontestable, sacada de la práctica de nuestro Salvador, pueden añadirse sus repetidos preceptos y exhortaciones; porque sus ejemplos y sus doctrinas fueron siempre de una misma pieza. Un mandamiento nuevo, dice, os doy: que os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Os digo a los que oís: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian. Amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando nada a cambio; y vuestro galardón será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. De estos pocos pasajes puede recogerse la naturaleza, la extensión y la necesidad de la caridad cristiana. En su naturaleza es pura y desinteresada, ajena a toda esperanza o mira de retribución o recompensa mundana de parte de las personas que socorremos. Hemos de hacer bien, y prestar, no esperando nada a cambio. En su extensión es ilimitada y universal; y aunque requiere que se tenga especial consideración con nuestros hermanos cristianos, no se ciñe a personas, países ni lugares algunos,

sino que abarca a toda la humanidad, tanto a los extraños como a los parientes o conocidos, tanto a los enemigos como a los amigos, tanto a los malos e ingratos como a los buenos y agradecidos. No tiene otra medida que el amor de Dios hacia nosotros, que dio a su Hijo unigénito, y el amor de nuestro Salvador, que puso su vida por nosotros, aun cuando éramos sus enemigos. Alcanza no solo al bien del alma, sino también a la asistencia que sea necesaria para el suministro de las necesidades corporales de nuestros semejantes.

Y la absoluta necesidad de practicar este deber es la misma que la de ser cristianos; siendo esta la única señal segura por la cual podemos ser conocidos y distinguidos de aquellos que no son cristianos ni discípulos de Cristo. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.

Oíd a San Pablo, hablando de este excelentísimo camino o deber, y juzgad luego, hermanos míos, de la necesidad de ponerlo en práctica. Si yo hablase lenguas de hombres y de ángeles, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese don de profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve.

Pero estos puntos recibirán mucha luz de la consideración del segundo, a saber: los beneficios y ventajas que nacen de la práctica de la caridad cristiana.

En lo cual, como la presente ocasión más especialmente nos lo señala, podemos hacer una breve y general reseña de las ventajas y beneficios que acompañan al ejercicio de aquella rama particular de la caridad cristiana, que consiste en aplicar y otorgar alguna parte de nuestros bienes, o del producto de nuestras labores, al alivio y sostén de los pobres y necesitados; o en contribuir a tales obras de piedad y misericordia como se destinan e idean para el verdadero bien y el mejoramiento de la condición de nuestros hermanos indigentes, sea por vías de caridad públicas o privadas. Y por esto empleamos nuestros talentos para la gloria de Dios y el bienestar de nuestras propias almas inmortales.

Considerad, hermanos míos, que todo lo que tenemos y somos nos es confiado por Dios Todopoderoso. En él vivimos, y nos movemos, y somos. Del Señor es la tierra, y la plenitud (o abundancia) de ella. No somos, por consiguiente, más que sus siervos o mayordomos; los talentos son todos suyos; es su hacienda la que él distribuye entre nosotros, a unos más, a otros menos, según le ha placido confiarnos nuestras respectivas porciones o partes; y a él hemos de dar cuenta, en el gran día del ajuste, de cada centavo, tanto de la ganancia como del principal.

Nuestro bendito Señor no nos ha entregado sus bienes como un caudal muerto, para atesorarlo, o para que yazga sin provecho en nuestras propias manos. Espera que los pongamos en usos propios y provechosos, y que los acrecentemos en valor haciendo bien con ellos, cuantas veces tengamos ocasión de emplearlos en el verdadero interés y bienestar de sus pobres hijos y súbditos. Al hacer actos de misericordia y caridad, reconocemos nuestra dependencia de Dios y su absoluto derecho a cuanto poseemos por su generosidad y bondad; lo glorificamos en sus criaturas, y lo reverenciamos con una debida y alegre obediencia a sus mandamientos. Al aplicar nuestros bienes a las pompas y vanidades de este mundo malvado, o a la gratificación de las pecaminosas concupiscencias de la carne, negamos el derecho de Dios a lo que él ha tenido a bien poner en nuestras manos; y lo desconocemos como nuestro Señor al emplear su hacienda en caminos expresamente contrarios a sus órdenes; con lo cual glorificamos a Satanás, a quien renunciamos en nuestro bautismo, y deshonramos vergonzosísimamente a nuestro Hacedor con el abuso de sus talentos. Cuando, por tanto, seamos llamados a rendir cuentas ante aquel tremendo tribunal, ante el cual los más ricos y poderosos de la tierra comparecerán tan desnudos y desamparados como el más pobre mendigo, y cuando nada sino la bondad de nuestra causa, y la misericordia de nuestro juez, pueda prestarnos el menor apoyo, si en aquel estricto y solemne examen no tenemos mejores cuentas que presentar que estas: tanto gastado en lujo y prodigalidad, en rapiña y opresión; tanto en un pleito enojoso y litigioso, o en otras ociosas e inútiles diversiones, pero poco o nada en caridad. ¡Chelines y libras en nuestra vanidad y locura, pero apenas unos pocos peniques en hacer bien! ¡Con qué vergüenza y confusión

inclinaremos nuestras cabezas, y desearemos que las peñas y los montes nos cubran, no solo de la vista de nuestro justamente ofendido Señor, sino de los ojos de los ángeles y de los hombres, todos testigos de nuestra deshonra!

Acaso diga alguno: “Pues bien, yo me he abstenido de libertinaje, de locura y de ociosidad; he ganado mi honrado centavo, y lo he guardado, y he acumulado una cómoda provisión para mi familia.” Sea así; esto es loable y digno de alabanza, y sería de desear que muchos más en este país hiciesen otro tanto. Pero ¿no puede preguntársele a uno tal: has sido, además, caritativo? ¿has sido tan diligente en atesorar tesoros en el cielo, como lo has sido en amontonar las perecederas riquezas de este mundo? ¿Has extendido tu mano, según tuviste ocasión, más allá del círculo de tu propia casa y familia? ¿Tienen tus vecinos más pobres motivo para bendecirte por tu bondadosa y caritativa asistencia? ¿Has dedicado alguna porción de tus labores a Dios, que las bendijo, haciendo bien a algún otro fuera de los tuyos? ¿Ha gustado alguna vez el forastero, la viuda o el huérfano de tu generosidad? Si nunca has hecho cosas de esta clase, sino que hasta ahora has desdeñado, pasado por alto o aplazado ocasiones de este género, tu talento está aún escondido en un pañuelo, yace aún enterrado en la tierra, encogido dentro de ti mismo. Y considera además que los verdaderos pobres y necesitados son los representantes de Cristo. No podemos, por cierto, dudarlo, si miramos en el relato que el mismo Salvador hace del juicio final, en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, que claramente nos muestra que la indagación en aquel grande y solemne día será muy particular acerca de nuestras obras de misericordia y caridad: “En cuanto lo hicisteis, o en cuanto no lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis, o a mí no lo hicisteis.” Cuando, por tanto, se presente un objeto de caridad, o una ocasión de hacer bien, el prudente cristiano no deliberará ni una sola vez: ¿socorreré a este hombre o a esta mujer? ¿asistiré a esta viuda, a este huérfano, o a este pobre niño? No: más bien lo considera como una demanda que le hace Cristo mismo, y temería tanto tardar o rehusar el pago en tal caso, como si viera a su Señor y Salvador pedírselo en persona. La cuestión, por tanto, es para él esta: ¿No me enseñan expresamente las santas Escrituras

que cuanto haga a mis hermanos que están en necesidad, se me contará como si lo hubiera hecho a Cristo mismo? ¿Puedo socorrerlos a ellos sin socorrerle a él, o puedo descuidarlos a ellos sin desdeñarle a él? ¿Qué esperanza podría yo tener de ser recibido y aceptado por él en el día postrero, o de que entonces atienda a mis clamores por misericordia y perdón, si fuese yo desatento a las peticiones que ahora me hace por medio de sus miembros y representantes? Deseo ardientemente que mi Señor tenga misericordia de mí; por tanto, mostraré yo con alegría misericordia a este su hermano, por pequeño o despreciable que parezca. Anhelo ardientemente que mi Señor me muestre bondad en el gran día del ajuste; por tanto, aprovecharé la presente ocasión de hacer bien, que él, en su buena voluntad hacia mí, ahora ofrece a mi aceptación.

El acostumbrarnos a estos actos aparta nuestros afectos de las cosas terrenales, nos enseña a estar sueltos del mundo, y nos asegura tesoros en el cielo.

Para gentes que están de corazón enamoradas de este mundo, que no ven mayor felicidad que la que la riqueza o el poder sobre la tierra pueden darles, tales ventajas, lo reconozco, no son en modo alguno atractivas. Hablarles de poner sus afectos en posesiones más allá de la sepultura, o de disminuir sus ganancias presentes con la esperanza de beneficios futuros, es muy semejante a poner el más hermoso paisaje ante un ciego, o los manjares más delicados ante quien ha perdido el paladar.

La persona que tiene el debido cuidado de su salvación eterna; que sabe por experiencia cuán propenso es el amor de las cosas terrenales a desviar sus afectos de las de naturaleza celestial; que recuerda que no debe amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo, porque la amistad de este mundo es enemistad con Dios, y que cualquiera que quiera ser amigo (o amador) del mundo, se constituye enemigo de Dios; que reflexiona en que vendrá un tiempo en que ha de separarse de todo lo que aquí le es querido: cuán necesario es, por tanto, desprender su mente de estas cosas perecederas, para que no le den pena ni desasosiego al dejarlas, y está convencido de que el mundo entero es de infinitamente menor valor que la más pequeña heredad en el reino de los cielos. Uno tal está siempre dispuesto a ejercitarse en actos de misericordia y caridad; entregando una parte,

cuantas veces se ofrece ocasión de hacer bien, en señal de su prontitud para entregar el todo cuando quiera que Dios se sirva pedírselo; y se regocija en los medios que se le conceden de atesorar tesoros no sujetos a desgaste, rapiña ni corrupción, a la pequeña costa de una insignificante suma acá; más aún, está pronto, si pareciere necesario, a seguir el consejo de nuestro Salvador a su pequeño rebaño: “Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejecen, tesoro en los cielos que no falta.”

En suma, el amor de este mundo es un pesado lastre sobre el alma, que la encadena abajo, y le impide su vuelo hacia el cielo. Los actos habituales de caridad la desprenden de él poco a poco, y la ayudan en su lucha por soltarse y remontarse a lo alto.

Una persona moribunda daría el mundo entero, si estuviese en su posesión, por cualquier racional seguridad de ser aceptada por Dios, y de una heredad en el reino de los cielos; ¿por qué, pues, ha de descuidar todo hombre que sabe que un día ha de morir, el asegurársela para sí con tales obras de misericordia en su salud y su vigor, como le será dado confiar que le ayudarán a alcanzar misericordia en la hora de la muerte? Bienaventurados los misericordiosos, dice nuestro querido Redentor, porque ellos alcanzarán misericordia.

Otra ventaja que nace de los actos de misericordia y caridad es que nos aseguran la bendición y protección del cielo.

Bienaventurado, dice el rey David, el que piensa en el pobre y el menesteroso; en el día malo lo librará el Señor. El Señor lo guardará y le conservará la vida, y será bienaventurado en la tierra; y no lo entregarás a la voluntad de sus enemigos. El Señor lo sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad. Ser tardo y renuente en dar limosna arguye una fuerte desconfianza en la providencia, ya sea de que Dios no pueda o no quiera reponernos lo que así damos. Suponer que no puede, es negar su poder Todopoderoso, y por consiguiente que es Dios. Imaginar que no querrá, es sospechar de su verdad, quien no solo ha prometido tesoros eternos en el cielo, sino que también ha empeñado su palabra segura de que lo pagará, aun sobre la tierra, como si le fuera prestado a él mismo.

El que se compadece del pobre, presta al Señor; y él le devolverá lo que ha prestado.

¡Con cuánta razón encargó nuestro Salvador tan solemnemente a sus discípulos que se guardasen de la avaricia, puesto que vemos que linda tan de cerca con la infidelidad! ¡Cuán extrañamente inconsecuente es consigo mismo el hombre de estrecho corazón, con sus propios principios asentados! Desea una bendición sobre todo lo que tiene; anhela ardientemente la riqueza y la prosperidad, y con todo no halla en su corazón el gastar un poco de lo que tiene para asegurar esa bendición, esa prosperidad que busca para sí y para su familia, haciendo esas buenas y caritativas acciones que la Providencia pone en su camino, y que Dios le ha asegurado que se la comprarán. ¡Cuánto más racionalmente obra el cristiano benévolo y de corazón abierto, y sobre qué seguros y firmes principios procede! Esta bagatela, se dice a sí mismo, que ahora otorgo, acaso me cause algún pequeño inconveniente presente; pero es dada a Dios, y él nunca permitirá que yo sienta su falta. Mi Salvador me ha asegurado bondadosamente cuanto es necesario en este mundo, prometiendo que, si busco primeramente el reino de Dios y su justicia, también estas cosas, tras las cuales otros se afanan y sudan, a menudo sin más fruto que la vejación y el desengaño, me serán añadidas. Aquí tengo puestas ante mí bendiciones tanto terrenales como celestiales, de modo que no puedo dejar de recibir una recompensa de parte de Dios, aunque él me haya ordenado expresamente no esperar nada a cambio de aquellos a quienes doy. Así pues, segaré ciertamente conforme a mi siembra: en este mundo, si Dios lo ve por bien para mí, pero muy de cierto en las bendiciones del venidero, si no desmayo ni me impaciento. Mi limosna subirá delante de Dios por memorial; y como él ha tomado sobre sí el pago, estoy convencido de que aun un vaso de agua fría así otorgado, por quienes no tienen más que dar, no perderá su recompensa; porque Jesús lo ha prometido, y en él todas las promesas de Dios son sí y amén.

Habiendo recorrido así los puntos propuestos, y mostrado la naturaleza, la extensión y la necesidad de la caridad cristiana; habiendo señalado los beneficios y ventajas que nacen de su práctica, y cómo nos asegura las bendiciones tanto de este mundo como del mundo venidero,

resta ahora que se consideren algunas objeciones comunes, con una breve aplicación al presente designio. Las objeciones, lo sé, son muchas; y cada persona reacia a contribuir a una propuesta caritativa hallará alguna de una u otra clase, para desviar el golpe que parece apuntar a su mismo corazón. Con todo, por numerosas que sean, parecen tan insignificantes que merecen poca consideración particular, y bien podrían examinarse todas juntas.

Bien puede suponerse que todas las objeciones a las contribuciones caritativas nacen de la avaricia, o de una renuencia a desprenderse del centavo presente. La avaricia es, en verdad, un Goliat, un gigante de la primera magnitud, que está siempre pronto a desafiar y tener en nada los mejor formados argumentos y motivos sacados de la razón y de la Escritura, todos los ejércitos del Dios vivo. Todos los comunes pretextos de prudencia en el modo o el tiempo de dar la caridad, todas las insinuaciones de reservarla para mejores fines, se concentran por lo general en la avaricia, en el amor al dinero: y cuán miserable fruto haya de esperarse de la raíz de todos los males, como expresamente la llama San Pablo, júzguelo cada uno por sí mismo.

Mas la respuesta a todos tales pretextos de prudencia en el dar, en suma, es esta: puedes engañarte en cuanto al objeto, pero nunca puedes engañarte en tu intención de caridad, por indigno que sea el objeto; más aún, si yo otorgase dinero a alguien en aparente necesidad, que pudiera abusar de él para malos fines, con todo la buena intención santifica mi don, lo consagra a Dios, y me asegura una bendición, porque fue hecho en su nombre y por amor a él; mientras que todo el abuso de él recae sobre la culpable cabeza del vil sujeto que así bajamente da mal empleo a mi buena obra. Bien puede esto ser una razonable objeción contra el darle una segunda vez a esa misma persona, pero no puede ser excusa alguna para retirar mi mano del socorro de cualquier otro objeto que en otra ocasión pueda parecer en verdadera necesidad de caridad.

Y ¡oh! considerad qué cosa tan gozosa ha de ser para una persona en la hora de su muerte tener una conciencia libre de ofensa, y ver a su bendito Salvador, con los brazos extendidos, presto a recibirla cuando el aliento deje el cuerpo, y diciendo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel,

sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.” ¿No son estos, hermanos y hermanas míos, placeres dignos de buscarse? ¿no son estos privilegios, esta libertad, y estas posesiones de mucho mayor valor que millares de mundos como este en que vivimos, el cual todos hemos de dejar en breve tiempo, y no podemos llevar con nosotros a otra vida? ¿Y podréis jamás admirar bastante la bondad de Dios, o serle jamás lo bastante agradecidos por su amorosa benignidad, quien ha puesto estas glorias y estos goces tanto al alcance del más pobre esclavo como del mayor príncipe que vive? Porque no son el poder y la alta posición los que pueden comprar estas posesiones celestiales: solo se ganan con la bondad y el servicio de Dios; y el más humilde de nosotros puede servir a Dios tan bien como la persona más rica de aquí abajo, y, por ese medio, adornar en todo la doctrina del Señor vuestro Dios, y traer más honra a Cristo que muchos de más alto rango y condición, que no son tan cuidadosos de sus almas como vosotros podéis serlo.

Cuando, por tanto, dejemos este impertinente e insociable mundo, y todos nuestros buenos y viejos amigos que se han ido al cielo antes que nosotros salgan a nuestro encuentro tan pronto como desembarquemos en la ribera de la eternidad, y, con infinitas felicitaciones por nuestra segura llegada, nos conduzcan a la compañía de los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires, y nos introduzcan en un íntimo trato con ellos, y con todas aquellas valerosas y generosas almas que, por sus gloriosos ejemplos, se han recomendado al mundo; cuando seamos amigos familiares de ángeles y arcángeles; y todos los cortesanos del cielo nos llamen hermanos, y nos den la bienvenida al gozo de su Señor, y seamos recibidos en su gloriosa sociedad con todas las tiernas ternuras y caricias de aquellos celestiales amantes. ¡Qué poderosa adición a nuestra felicidad será esta! Hay, en verdad, algunas otras adiciones a la felicidad del cielo, tales como la gloria y magnificencia del lugar, que es el cielo altísimo, o las regiones superiores y más puras del éter, que nuestro Salvador llama Paraíso.

En el temple de toda mente perversa hay una fuerte antipatía a los placeres del cielo, los cuales, siendo todos

castos, puros y espirituales, nunca pueden avenirse con el viciado paladar de un alma vil y degenerada. Pues ¿qué concordia puede haber entre un espíritu rencoroso y diabólico, y la fuente de todo amor y bondad? ¿entre uno sensual y carnalizado, que no entiende otros placeres sino solo los de la carne, y aquellos puros y virginales espíritus que ni comen ni beben, sino que viven para siempre de sabiduría, santidad, amor y contemplación? Ciertamente, hasta que nuestra mente sea templada al estado celestial, y seamos de la misma disposición que Dios, los ángeles y los santos, no hay placer en el cielo que pueda sernos agradable. Porque, como en lo esencial seremos del mismo temple y disposición cuando entremos en la otra vida que como somos al dejar esta, siendo inimaginable que se obre en nosotros un cambio total meramente por pasar de un mundo a otro, y por tanto, como en este mundo es la semejanza la que congrega y asocia a los seres, así sin duda es también en el otro mundo, de suerte que si llevamos allá con nosotros nuestras perversas y diabólicas disposiciones (como ciertamente lo haremos, a menos que las subyuguemos y mortifiquemos aquí), no habrá compañía apta para asociarnos con ella, sino solo el diabólico y condenado espectro de los hombres perversos, con quienes nuestros míseros espíritus, ya unidos por una semejanza de naturaleza, se mezclarán tan pronto como sean excomulgados de la sociedad de los mortales.

Porque ¿a dónde habrían de acudir en bandada sino a las aves de su misma pluma?, ¿con quiénes habrían de asociarse sino con aquellos espíritus malignos, a quienes ya están unidos por una comunidad de naturaleza? De modo que, suponiendo que, cuando arriben a la eternidad, se dejase a su propia elección ir al cielo o al infierno, a la sociedad de los bienaventurados o de los condenados, es claro que el cielo no sería lugar para ellos; que el aire de aquella brillante región de eterno día jamás se avendría con sus negras e infernales naturalezas, pues, ¡ay!, ¿qué harían entre aquellos bienaventurados seres que la habitan? ¿a cuyas naturalezas semejantes a Dios, a la contemplación divina y a los celestiales empleos, tienen tan gran repugnancia y aversión? De suerte que, además de tener derecho al cielo, es necesario, para gozarlo, que estemos antecedentemente dispuestos y capacitados para él. Y siendo así, Dios ha tenido a bien, en su gracia,

hacer que aquellas mismas virtudes que son las propias disposiciones y capacitaciones de nuestros espíritus para el cielo sean la condición de nuestro derecho a él, para que así, con una y la misma labor, nos hiciésemos acreedores a él y nos capacitásemos para gozarlo.

FIN.

La vida, experiencia y labores del evangelio Richard Allen

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