Vida y diario de David Brainerd
Desde que comenzó el estudio de la teología hasta que recibió licencia para predicar

Capítulo 3 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Desde que comenzó el estudio de la teología hasta que recibió licencia para predicar

1 de abril de 1742-29 de julio de 1742.

En la primavera de 1742 Brainerd fue a vivir con el reverendo señor Mills, de Ripton, para proseguir con él sus estudios para la obra del ministerio. Allí pasó la mayor parte del tiempo hasta que recibió licencia para predicar; pero con frecuencia iba a caballo a visitar a los ministros de los alrededores, en particular al señor Cooke, de Stratford, al señor Graham, de Southbury, y al señor Bellamy, de Bethlehem. Lo que sigue son extractos de su diario de este periodo.

1 de abril de 1742.—«Parece que estoy decayendo en cuanto a mi vida y mi fervor en las cosas divinas; hoy no he tenido en la oración un acceso tan libre a Dios como de costumbre en los últimos tiempos. ¡Oh, que Dios me humillara profundamente en el polvo delante de él! Merezco el infierno cada día por no amar más a mi Señor, quien, confío, “me amó y se entregó a sí mismo por mí; y cada vez que se me concede ejercitar de nuevo alguna gracia, quedo de nuevo en deuda con el Dios de toda gracia por su asistencia especial. “¿Dónde, pues, está la jactancia?”. Sin duda “queda excluida”, cuando pensamos cuán dependientes somos de Dios para la existencia y para cada acto de gracia. ¡Oh, si alguna vez llego al cielo, será porque a Dios le place, y por nada más; pues nunca hice nada por mí mismo sino alejarme de Dios! Mi alma quedará asombrada ante las inescrutables riquezas de la gracia divina cuando llegue a las moradas que el bendito Salvador ha ido delante a preparar.

2 de abril.—«Por la tarde, en la oración secreta, me sentí muy resignado, tranquilo y sereno. ¿Qué son todas las tormentas de este mundo inferior si Jesús, por su Espíritu, viene andando sobre el mar? Hace algún tiempo sentía mucho gozo ante la perspectiva de que los paganos fueran traídos a Cristo, y deseaba que el Señor me empleara a mí en esa obra; pero ahora mi alma desea con más frecuencia morir, para estar con Cristo. ¡Oh, que mi alma estuviera envuelta en el amor divino, y que crecieran mis anhelos de Dios! Por la noche fui refrescado en la oración con la esperanza del avance del reino de Cristo en el mundo.

Día del Señor, 4 de abril.—«Mi corazón andaba errante y sin vida. Por la noche Dios me dio fe en la oración, enterneció en cierta medida mi alma y me dio a gustar una dulzura divina. ¡Oh, Dios mío bendito! Déjame subir cerca de él, y amar, y anhelar, e implorar, y luchar, y extenderme hacia él, y pedir ser librado del cuerpo de pecado y de muerte. ¡Ay! Mi alma se lamentaba al pensar que alguna vez pudiera volver a perder de vista a su amado. “Ven, Señor Jesús. Amén”.

6 de abril.—«Salí a caminar esta mañana; tuve un sentido conmovedor de mi propia vileza, y clamé a Dios que me limpiara y me diera arrepentimiento y perdón. Entonces comencé a hallar dulce el orar; y podía pensar con gozo en padecer los mayores sufrimientos por la causa de Cristo; y me hallé dispuesto, si Dios así lo ordenaba, a sufrir el destierro de mi tierra natal, entre los paganos, para poder hacer algo por su salvación, en angustias y muertes de cualquier clase. Luego Dios me concedió luchar fervientemente por otros, por el reino de Cristo en el mundo y por queridos amigos cristianos.

8 de abril.—«Hoy tuve mayores esperanzas respecto de los paganos. ¡Oh, que Dios trajera a gran número de ellos a Jesucristo! No puedo sino esperar que veré aquel día glorioso. Todo en este mundo me parece sumamente vil y pequeño; así me parezco yo mismo. Hoy tuve en la oración un pequeño amanecer de consuelo; pero especialmente esta noche creo que tuve algo de fe y de poder de intercesión ante Dios. Se me concedió implorar a Dios por el crecimiento de la gracia en mí; y muchos de los queridos hijos de Dios pesaban entonces sobre mi alma. ¡Bendito sea el Señor! Es bueno luchar por las bendiciones divinas.

9 de abril.—«La mayor parte de mi devoción de la mañana transcurrió sin dulzura perceptible; pero tuve una deliciosa perspectiva de llegar al mundo celestial. Estoy más asombrado que nunca de tales pensamientos; porque me veo infinitamente vil e indigno. Ninguna pobre criatura tiene más necesidad de la gracia divina que yo, y nadie abusa de ella más de lo que yo he abusado y sigo abusando.

Día del Señor, 11 de abril.—«Por la mañana sentí muy poca vida; pero mi corazón se movió en cierta medida a la gratitud hacia Dios por su asombrosa gracia y condescendencia conmigo, en las influencias y ayudas pasadas de su Espíritu. Después tuve alguna dulzura en el pensamiento de llegar al mundo celestial. ¡Oh, quién viera aquel día feliz! Después del culto público, Dios me dio una ayuda especial en la oración; luché con mi amado Señor, y la intercesión se me hizo una ocupación deliciosa. Por la noche, mientras contemplaba la luz en el norte, me deleité en la contemplación de la gloriosa mañana de la resurrección.

12 de abril.—«Esta mañana agradó al Señor alzar sobre mí la luz de su rostro en la oración secreta, e hizo de aquel tiempo algo muy precioso para mi alma. Aunque últimamente he estado tan abatido en cuanto a mis esperanzas de ser útil en el futuro a la causa de Dios, ahora tuve mucho ánimo. Fui especialmente ayudado a interceder e implorar por las pobres almas, por la extensión del reino de Cristo en el mundo, y por una gracia especial para mí mismo, que me capacitara para servicios especiales. Mi fe me levantó por encima del mundo y quitó todos aquellos montes por encima de los cuales últimamente no podía mirar. No necesitaba el favor de los hombres para apoyarme; porque sabía que el favor de Cristo era infinitamente mejor, y que no importaba cuándo, ni adónde, ni cómo Cristo me enviara, ni con qué pruebas me siguiera ejercitando, con tal que yo fuera preparado para su obra y su voluntad.

14 de abril.—«Mi alma anhelaba la comunión con Cristo y la mortificación de la corrupción que mora en mí, especialmente del orgullo espiritual. ¡Oh, viene un día dulce en el que “descansarán los cansados”! Mi alma ha gozado hoy de mucha dulzura con la esperanza de su pronta llegada.

15 de abril.—«Mis deseos estaban claramente centrados en Dios, y hoy varias veces hallé en mi alma una atracción sensible hacia él. Sé que anhelo a Dios, y la conformidad con su voluntad en pureza y santidad interior, diez mil veces más que cualquier cosa de aquí abajo.

Día del Señor, 18 de abril.—«Me retiré temprano esta mañana al bosque para orar; tuve la ayuda del Espíritu de Dios y la fe en ejercicio; y se me concedió implorar con fervor por el avance del reino de Cristo en el mundo, e interceder por queridos amigos ausentes. Al mediodía Dios me concedió luchar con él y sentir, según confío, el poder del amor divino en la oración. Por la noche me vi infinitamente en deuda con Dios y tuve una visión de mis faltas en el deber. Me parecía que no había hecho, por así decirlo, nada por Dios, y que solo había vivido para él unas pocas horas de mi vida.

19 de abril.—«Aparté este día para el ayuno y la oración a Dios pidiendo su gracia; especialmente que me preparara para la obra del ministerio, que me diera ayuda y dirección divinas en mis preparativos para esa gran obra, y que a su debido tiempo me enviara a su mies. Así pues, por la mañana procuré implorar la presencia divina para el día, y no sin algo de vida. Antes del mediodía sentí el poder de la intercesión por las almas preciosas e inmortales, por el avance del reino de mi amado Señor y Salvador en el mundo; y a la vez una dulcísima resignación, y aun consuelo y gozo, al pensar en sufrir penalidades, angustias y aun la muerte misma por promoverlo; y tuve una amplitud especial al implorar por la iluminación y conversión de los pobres paganos. Por la tarde Dios estuvo conmigo de verdad. ¡Oh, fue en verdad una compañía bendita! Dios me concedió agonizar de tal manera en la oración que quedé empapado de sudor, aunque estaba a la sombra y con viento fresco. Mi alma se volcaba mucho por el mundo; me esforzaba por alcanzar multitudes de almas. Creo que tuve más amplitud por los pecadores que por los hijos de Dios; aunque sentía que podría pasar mi vida clamando por ambos. Gocé grandemente de la comunión con mi amado Salvador. Creo que nunca en mi vida sentí un desprendimiento tan completo de este mundo, ni estuve tan entregado a Dios en todo. ¡Oh, que siempre viva para mi bendito Dios y de él! Amén, amén.

20 de abril.—«Hoy cumplo veinticuatro años. ¡Oh, cuánta misericordia he recibido el año pasado! ¡Cuántas veces Dios “ha hecho pasar su bien delante de mí”! ¡Y cuán pobremente he cumplido los votos que hice hace un año, de ser enteramente del Señor y estar para siempre consagrado a su servicio! El Señor me ayude a vivir más para su gloria en el tiempo venidero. Este ha sido para mí un día dulce y feliz; bendito sea Dios. Creo que mi alma nunca se volcó tanto en intercesión por otros como esta noche. Esta noche tuve una lucha fervientísima con el Señor por mis enemigos; y casi nunca había anhelado tanto vivir para Dios y estar enteramente consagrado a él; deseaba gastar mi vida en su servicio y para su gloria.

21 de abril. «Sentí mucha calma y resignación; y Dios de nuevo me concedió luchar por muchas almas, y me dio fervor en el dulce deber de la intercesión. Últimamente gozo de más dulzura en la intercesión por otros que en ninguna otra parte de la oración. Mi bendito Señor realmente me dejó acercarme a él e implorarle.

Día del Señor, 25 de abril. «Esta mañana pasé unas dos horas en los deberes secretos, y se me concedió, más de lo ordinario, agonizar por las almas inmortales. Por la noche me enterneció sobremanera el amor divino, y tuve algún sentido vivo de la bienaventuranza del mundo de arriba. Estas palabras me acompañaron con mucha dulzura divina, Salmo 84:7: “Irán de fortaleza en fortaleza; cada uno de ellos comparecerá ante Dios en Sión”. ¡Oh, el acceso tan cercano que Dios nos da a veces cuando nos dirigimos a él! Bien puede llamarse esto “comparecer ante Dios”: lo es en verdad, en el verdadero sentido espiritual y en el sentido más dulce. Creo que en muchos meses no he tenido tal poder de intercesión, tanto por los hijos de Dios como por los pecadores muertos, como el que he tenido esta noche. Deseaba y anhelaba la venida de mi amado Señor; anhelaba unirme a las huestes angélicas en alabanzas, del todo libre de imperfección. ¡Oh, el momento bendito se apresura! Todo lo que deseo es ser más santo, más semejante a mi amado Señor. ¡Oh, quién tuviera santificación! Mi alma misma suspira por la completa restauración de la bendita imagen de mi Salvador, para estar preparado para los benditos goces y ocupaciones del mundo celestial.

«Adiós, mundo vano; mi alma te despide;
«mi Salvador me enseñó a abandonarte.
«Tus encantos podrán agradar a una mente SENSUAL,
«mas no complacer a un alma hecha para Dios.
«Deja de tentarme; cesa, pues, de llamar a mi alma;
«está fija por la gracia: mi Dios será mi TODO.
«Mientras él me deja contemplar así glorias celestiales,
«tus bellezas se marchitan; no hay lugar para ti en mi corazón».

«El Señor refrescó mi alma con muchos pasajes dulces de su palabra. ¡Oh, la nueva Jerusalén! Mi alma la anhelaba. ¡Oh, el cántico de Moisés y del Cordero! ¡Y aquel cántico bendito que nadie puede aprender sino los que “fueron redimidos de entre los de la tierra”!

«Señor, soy aquí un extranjero solitario;
«la tierra no puede dar verdadero consuelo;
«con todo, ausente de mi más amado,
«mi alma se deleita en clamar “¡Señor mío!”.
«Jesús, mi Señor, mi único amor,
«posee mi alma y no te apartes de ella;
«concédeme visitas benignas, Paloma celestial;
«entonces mi Dios tendrá todo mi corazón».

27 de abril. «Me levanté y me retiré temprano para mis devociones secretas; y en la oración agradó a Dios derramar tan inefables consuelos en mi alma, que durante algún tiempo no pude hacer otra cosa que decir una y otra vez: “¡Oh, mi dulce Salvador! ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”. Si hubiera tenido mil vidas, mi alma las habría entregado todas de una vez con alegría por estar con Cristo. Mi alma nunca antes había gozado tanto del cielo; fue el tiempo de comunión con Dios más refinado y más espiritual que jamás haya sentido.

28 de abril.—«Me retiré a mi lugar habitual de recogimiento, con gran paz y tranquilidad; pasé unas dos horas en los deberes secretos, y me sentí casi como ayer por la mañana, solo que más débil y más rendido. Parecía depender enteramente de mi amado Señor, destetado de toda otra dependencia. No sabía qué decir a mi Dios, sino solamente reclinarme en su pecho, por así decirlo, y exhalar mis deseos de una perfecta conformidad con él en todas las cosas. Deseos sedientos de perfecta santidad y anhelos insaciables poseían mi alma. Dios me era tan precioso que el mundo, con todos sus goces, era infinitamente vil. No estimaba el favor de los hombres más que unos guijarros. El Señor era mi TODO, y me deleitaba grandemente que él lo gobernara todo. Creo que mi fe y mi dependencia de Dios casi nunca se elevaron tanto. Lo veía como tal fuente de bondad que me parecía imposible volver a desconfiar de él, o inquietarme en modo alguno por cualquier cosa que me sucediera. Ahora tenía gran satisfacción en orar por los amigos ausentes y por la extensión del reino de Cristo en el mundo. Gran parte del poder de estos goces divinos permaneció conmigo durante el día. Por la noche mi corazón pareció derretirse, y confío que fue verdaderamente humillado por la corrupción que mora en mí, y “gemía como la paloma”. Sentía que toda mi desdicha procedía de ser yo un pecador. Con resignación podía dar la bienvenida a todas las demás pruebas; pero el pecado pesaba gravemente sobre mí; porque Dios me descubrió la corrupción de mi corazón. Me acosté con el corazón apesadumbrado, porque era un pecador; aunque no dudaba en lo más mínimo del amor de Dios. ¡Oh, que Dios “limpiara mis escorias y quitara todo mi estaño”, y me hiciera diez veces más puro!

1 de mayo.—«Se me concedió clamar a Dios con fervor pidiendo las cualidades necesarias para el ministerio, que él se manifestara para el avance de su propio reino y que trajera a los paganos. Tuve mucha ayuda en mis estudios. Esta ha sido para mí una semana provechosa; he gozado en mi alma de muchas comunicaciones del bendito Espíritu.

3 de mayo.—«Tuve un sentido de mi vil ingratitud. Por la mañana me retiré a mi lugar habitual de recogimiento y lloré por mi mal trato hacia mi amado Señor; pasé el día en ayuno y oración. Dios me dio mucho poder para luchar por su causa y su reino; y fue un día feliz para mi alma. Dios estuvo conmigo todo el día; y estuve más por encima del mundo que nunca en mi vida.

13 de mayo.—(En Wethersfield). «Vi tanto de la maldad de mi corazón que anhelaba escapar de mí mismo. Nunca antes había pensado que hubiera tanto orgullo espiritual en mi alma. Me sentí casi aplastado hasta la muerte por mi propia vileza. ¡Oh, qué “cuerpo de muerte” hay en mí! ¡Señor, libra mi alma! No pude hallar ningún lugar conveniente para retirarme, y estuve muy atribulado. Por la tarde fui a caballo a Hartford; tuve algún refrigerio y consuelo en ejercicios religiosos con amigos cristianos; pero anhelaba más retiro. ¡Oh, el andar más íntimo con Dios es el cielo más dulce que se puede gozar en la tierra!

14 de junio.—«Sentí algo de la dulzura de la comunión con Dios y de la fuerza constriñente de su amor; ¡cuán admirablemente cautiva el alma y hace que todos los deseos y afectos se centren en Dios! Aparté este día para el ayuno y la oración en secreto, para suplicar a Dios que me dirigiera y bendijera en cuanto a la gran obra que tengo en mira, la de predicar el evangelio, y que el Señor volviera a mí y, personalmente, “alzara sobre mí la luz de su rostro”. Tuve poca vida y poder antes del mediodía; hacia la mitad de la tarde Dios me concedió luchar ardientemente en intercesión por amigos ausentes; pero justo al anochecer el Señor me visitó maravillosamente en la oración. Creo que mi alma nunca antes había estado en tal agonía. No sentía ninguna restricción, porque los tesoros de la gracia divina se me abrieron. Luché por los amigos ausentes, por la recolección de almas, por multitudes de pobres almas, y por muchos que yo creía hijos de Dios, en muchos lugares lejanos. Estuve en tal agonía, desde media hora antes de la puesta del sol hasta casi el anochecer, que quedé todo empapado de sudor; y sin embargo me parecía que había desperdiciado el día y no había hecho nada. ¡Oh, mi amado Salvador sudó sangre por las pobres almas! Anhelaba más compasión hacia ellas. Seguí sintiéndome en una disposición dulce, bajo el sentido del amor y la gracia divinos; y me acosté en esa disposición, con el corazón puesto en Dios.

15 de junio.—«Tuve los anhelos más ardientes de Dios. Al mediodía, en mi retiro secreto, no pude hacer otra cosa que decir a mi amado Señor, en una dulce calma, que él sabía que yo no deseaba nada sino a él mismo, nada sino la santidad; que él me había dado estos deseos, y que solo él podía darme lo deseado. Nunca me había sentido tan desprendido de mí mismo ni tan enteramente consagrado a Dios. Mi corazón estuvo absorto en Dios la mayor parte del día. Por la noche tuve tal visión del alma como ensanchada, por así decirlo, para contener más santidad, que parecía a punto de separarse de mi cuerpo. Entonces luché en agonía por las bendiciones divinas; mi corazón se volcó en oración por algunos amigos cristianos más que nunca antes. Me siento ahora de manera distinta de como me sentí jamás con cualesquiera goces anteriores: más comprometido a vivir para Dios para siempre, y menos complacido con mis propias disposiciones. No estoy satisfecho con mis disposiciones, ni me siento en absoluto más tranquilo después de tales luchas que antes; porque me parece demasiado poco, aunque pudiera estar siempre así. ¡Oh, cuán lejos me quedo de mi deber aun en mis momentos más dulces!

18 de junio.—«Considerando mi gran falta de idoneidad para la obra del ministerio, mi presente insensibilidad y mi total incapacidad para hacer nada por la gloria de Dios en ese camino, sintiéndome muy desvalido y muy perplejo acerca de lo que el Señor quería que yo hiciera, aparté este día para orar a Dios, y pasé la mayor parte del día en ese deber, pero me sentí asombrosamente desamparado la mayor parte del día. Con todo, hallé a Dios cerca en su gracia, una vez en particular: mientras imploraba más compasión por las almas inmortales, mi corazón pareció abrirse de pronto, y se me concedió clamar con gran ardor durante unos minutos. ¡Oh, me angustiaba pensar que ofreciera servicios tan muertos y fríos al Dios vivo! Mi alma parecía suspirar por la santidad, por una vida de constante consagración a Dios. Pero a veces casi me pierdo en la búsqueda de esta bienaventuranza, y estoy a punto de hundirme, porque continuamente me quedo corto y no alcanzo mi deseo. ¡Oh, que el Señor me ayude a resistir todavía un poco, hasta que llegue la feliz hora de la liberación!

30 de junio.—«Pasé este día solo en el bosque, en ayuno y oración; sufrí los conflictos más terribles en mi alma. Me vi tan vil que estuve a punto de decir: “Ahora pereceré por la mano de Saúl”. Pensaba que no tenía fuerza para mantenerme firme en la causa de Dios, sino que casi tenía miedo del sonido de una hoja movida. Pasé casi todo el día en oración, sin cesar. No soportaba pensar que los cristianos me mostraran algún respeto. Casi desesperaba de prestar algún servicio en el mundo; no podía sentir ninguna esperanza ni consuelo respecto de los paganos, cosa que solía darme algún refrigerio en las horas más oscuras de esta clase. Pasé el día en amargura de alma. Hacia la noche me sentí un poco mejor; y después gocé de alguna dulzura en la oración secreta.

1 de julio.—«Tuve algún gozo en la oración esta mañana; y mucho más de lo habitual en la oración secreta esta noche, y no deseé nada tan ardientemente como que Dios hiciera conmigo exactamente lo que le placiera.

2 de julio.—«Me sentí sosegado en la oración secreta por la mañana. Mis deseos subieron hoy a Dios mientras viajaba; por la noche estuve consolado. Bendito sea Dios por todos mis consuelos.

3 de julio.—«Mi corazón pareció hundirse de nuevo. La deshonra que se me impuso en el colegio parecía abatir mi ánimo, pues abre la boca a los adversarios. No tenía otro refugio sino Dios. Bendito sea su nombre, porque puedo ir a él en todo tiempo y hallarlo como ayuda».

Día del Señor, 4 de julio.—«Tuve considerable ayuda. Por la noche me retiré y gocé de un tiempo feliz en la oración secreta. Agradó a Dios darme el ejercicio de la fe, y por medio de ella acercó a mi alma el mundo invisible y eterno, que me pareció dulce. Esperaba que mi fatigosa peregrinación en el mundo fuera corta, y que no tardaría en ser llevado a mi hogar celestial y a la casa de mi Padre. Estaba resignado a la voluntad de Dios: a esperar su tiempo, a hacer su obra y a sufrir lo que le placiera. Sentí gratitud a Dios por todos mis penosos desamparos de estos últimos tiempos; porque estoy persuadido de que han sido un medio para hacerme más humilde y mucho más resignado. Me sentía contento de ser pequeño, de no ser nada y de yacer en el polvo. Gocé de vida y consuelo implorando por los queridos hijos de Dios y por el reino de Cristo en el mundo; y mi alma suspiraba ardientemente por la santidad y el gozo de Dios. “Ven, Señor Jesús, ven pronto”.

29 de julio.—«Fui examinado por la Asociación reunida en Danbury en cuanto a mi saber y también a mi experiencia en la religión, y recibí de ella licencia para predicar el evangelio de Cristo. Después me sentí muy consagrado a Dios; me uní en oración con uno de los ministros, amigo mío muy particular, en un lugar conveniente; y me acosté resuelto a vivir consagrado a Dios todos mis días».

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