La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Jesús llevado al Calvario

Capítulo 96 · 6 min de lectura · 7 min de escucha

Jesús llevado al Calvario

EN NUESTRO TIEMPO, y en todos los países bien gobernados, cuando un hombre ha sido condenado a muerte, lo llevan a la cárcel y lo guardan allí con seguridad durante algunos días, para que pueda prepararse para morir. A nadie se le permite hacerle daño; le dan buena comida, y se le permite vivir en paz sus últimos días. Pero en los tiempos antiguos, cuando Jesús estaba entre los hombres, a los presos condenados a morir los trataban con la mayor crueldad. Se burlaban de ellos, los golpeaban y les escupían durante una hora o más, y luego los llevaban a la muerte.

Así sucedió con Jesús aquel día. Después de que los soldados lo trataron de manera vergonzosa, le quitaron el manto escarlata y le pusieron sus propios vestidos. Luego le cargaron sobre los hombros heridos el pesado madero de su cruz, y lo llevaron desde el palacio de Pilato por las calles de Jerusalén hacia una colina que estaba fuera de la muralla de la ciudad. A esta colina la llamaban en la lengua hebrea, el idioma del pueblo judío, «Gólgota», palabra que significa «Lugar de la Calavera». En la lengua de los romanos, la palabra que significaba «Lugar de la Calavera» era «Calvaria», y de esta palabra viene que al lugar donde Jesús fue crucificado se le haya llamado «el monte Calvario».

No se sabe con certeza dónde estaba el verdadero monte Calvario, el lugar de la cruz de Cristo. Durante mucho tiempo se creyó que era una pequeña colina al oeste de la ciudad; y sobre esa colina se construyó en los años siguientes una gran iglesia, llamada «La iglesia del Santo Sepulcro», porque dentro de esa iglesia muestran no solo el lugar donde la gente creía que estuvo la cruz, sino también la tumba o sepulcro en que fue sepultado Jesús. A esta iglesia van miles de personas cada año, pensando que pueden ver los mismos lugares donde el Salvador murió y fue sepultado.

Pero la mayoría de los que han estudiado con cuidado todo lo que se puede saber acerca de la ciudad de Jerusalén y de las colinas que la rodean, han creído que el verdadero Calvario no estaba donde hoy se levanta la gran iglesia del Santo Sepulcro, sino en algún otro lugar. Muchos piensan que era una pequeña colina redondeada y cubierta de hierba, justo fuera de la ciudad, por el lado norte. La ladera de esta colina que mira hacia la ciudad es muy empinada, y en ella hay dos grandes cuevas. Cuando uno se para sobre la muralla de la ciudad y mira esta colina redondeada, con sus dos agujeros, piensa en una calavera, que es la cabeza de un hombre sin la piel ni la carne, con los dos huecos de los ojos. Quizá a esta colina la llamaron «el lugar de la calavera» porque se parece mucho a una calavera. Puede ser que en esta colina en forma de calavera fuera crucificado Jesús.

Jesús caminaba por las calles de la ciudad, agobiado bajo el pesado madero de su cruz, que llevaba sobre los hombros. Los soldados lo arrastraban, y algunos lo hacían avanzar a golpes, cuando de pronto, agotado por el sufrimiento y desfallecido por la pérdida de sangre y la falta de alimento, cayó al suelo, sin poder llevar más su carga. En ese momento, un hombre que venía del campo a Jerusalén se encontró con los soldados y con la multitud que llevaba a Jesús. Este hombre se llamaba Simón. No era Simón Pedro, el discípulo de Jesús, sino otro Simón, que había venido de una ciudad muy lejana de África, llamada Cirene. Los soldados agarraron a este hombre y lo obligaron a ayudar a Jesús a llevar la cruz, hasta que llegaron al Calvario.

Detrás de los soldados que habían recibido la orden de crucificar a Jesús iba una multitud de sacerdotes judíos y de escribas, los maestros de la ley, y un gentío de la gente más baja del pueblo, todos gritando a voz en cuello su alegría porque iban a dar muerte a Jesús, como si hubiera sido el hombre más malvado de todo el país. Pero entre ellos había unos pocos amigos de Jesús, y algunas de las mujeres que lo habían conocido y amado, y que ahora lloraban por las injusticias que le hacían.

Jesús se volvió y habló a estas mujeres:

«Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque vienen días en que dirán: “Dichosas las que no tienen hijos que sufran y mueran”. En aquellos días comenzarán a decir a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a los collados: “Cubridnos”. Si esto es lo que hacen ahora, al principio, ¿qué harán después, al final?».

Aun en aquellos terribles momentos Jesús no pensaba en sí mismo ni en sus propios sufrimientos, sino en las tristezas que pronto vendrían sobre otros.

Hay una historia que se cuenta de Jesús en el camino al Calvario, que no se encuentra en ninguno de los evangelios y que quizá no sea cierta. Se dice que una buena mujer, llamada Verónica, estaba junto a la calle cuando pasó Jesús. Al ver su rostro cubierto de sudor, de polvo y de sangre, se acercó a él y le limpió la cara con un lienzo. Cuando miró su lienzo, vio que en él había quedado impreso el retrato de Jesús; y lo guardó desde entonces como su mayor tesoro.

Sacaron a Jesús por la puerta de la muralla de la ciudad y subieron por la ladera de la colina del Calvario, dondequiera que estuviese esa colina. Allí tendieron la cruz en el suelo y extendieron a Jesús sobre ella. Le clavaron las manos y los pies para sujetar su cuerpo a la cruz. Luego la levantaron con Jesús en ella, y dejaron caer el extremo de abajo en un hoyo para que quedara de pie.

Junto con Jesús habían llevado a otros dos hombres, que habían sido ladrones y estaban condenados a morir en la cruz. A estos dos hombres los crucificaron con Jesús, uno a su derecha y el otro a su izquierda, y a Jesús en medio de ellos, como si hubiera sido el más malvado de los tres.

Jesús sabía que los soldados romanos que lo clavaron a la cruz no eran sus enemigos, como lo eran los judíos, sino que solamente obedecían las órdenes que sus oficiales les habían dado. Oró a Dios por ellos.

«Padre —dijo Jesús—, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Eran las nueve de la mañana del viernes cuando pusieron a Jesús en la cruz; y estuvo allí colgado, vivo, durante seis horas terribles, hasta las tres de la tarde.


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