La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Jesús condenado a muerte

Capítulo 95 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Jesús condenado a muerte

CUANDO PILATO envió a Jesús al rey Herodes, se sintió aliviado, porque, por un lado, no quería mandar matar a Jesús, que era un hombre inocente; y, por otro lado, no quería ofender a los gobernantes judíos poniéndolo en libertad. Pensaba que ya se había librado de sus dificultades, cuando de repente vio que le traían de vuelta a Jesús, y que los sacerdotes clamaban, como antes, que se le diera muerte.

Muy a disgusto, Pilato volvió a sentarse en su trono, obligado a juzgar a Jesús una vez más y sin poder evitar tomar una decisión sobre su causa. Precisamente cuando iba a comenzar el nuevo juicio de Jesús, le llegó un mensaje de su esposa, que aumentó su inquietud y su temor. La esposa de Pilato le mandó a decir:

«Esposo mío, te ruego que no permitas que le hagan ningún daño a ese hombre bueno; porque hoy he sufrido mucho a causa de un sueño que tuve acerca de él».

Este mensaje hizo que Pilato deseara todavía más no ceder ante los judíos ni dar muerte a Jesús. Pensó en un nuevo plan para salvar la vida de Jesús; y con esta idea dijo a los principales sacerdotes y a los jefes:

«Me habéis traído a este hombre acusado del crimen de querer levantar al pueblo contra el gobierno, y yo he examinado su causa y he hallado que las acusaciones son falsas. No ha hecho las cosas de que lo acusáis; y no hay nada malo en sus actos, por lo que yo puedo ver. Tampoco Herodes le ha hallado culpa alguna, pues nos lo ha devuelto. No ha hecho nada que merezca la muerte. Pero merece algún castigo por causar todo este alboroto y agitación. Mandaré que lo azoten bien, y después lo soltaré».

Pero todos a una voz gritaron: «¡Fuera con este! ¡A la cruz con él! ¡No lo sueltes: suéltanos a Barrabás!».

Era costumbre en la fiesta de la Pascua, como señal de la alegría de aquellos días, poner en libertad a algún preso, a cualquier hombre de la cárcel que el pueblo pidiera. Había en aquel tiempo en la cárcel un hombre llamado Barrabás, que había encabezado a un grupo de judíos contra los gobernantes romanos, y en la pelea había matado a un hombre. Lo habían condenado a muerte, pero la gente no lo tenía en menos por haber peleado contra los romanos, a quienes ellos también odiaban y a quienes con gusto habrían echado del país si no hubieran temido su poder. La multitud comenzó a pedir a gritos a Pilato que hiciera lo que se hacía todos los años y soltara a algún preso.

«¿Queréis —preguntó Pilato— que os suelte a este hombre, Jesús, el Rey de los judíos?».

Pero los principales sacerdotes y los gobernantes judíos andaban entre la multitud, persuadiéndola para que no pidiera a Jesús, sino a Barrabás. Y el pueblo gritó, como si todos fueran un solo hombre:

«¡No queremos a este; queremos a Barrabás!».

Esto no era lo que Pilato esperaba. Había pensado que, según la costumbre de la fiesta, podría soltar a Jesús y al mismo tiempo complacer al pueblo. Dijo a la multitud:

«¿Qué haré, pues, con Jesús, el hombre a quien llaman el Cristo?».

«¡Mándalo a la cruz! ¡Que muera en la cruz!», rugieron con todas sus fuerzas.

«Pues ¿qué mal ha hecho? —preguntó Pilato a la multitud—. No hallo en él nada que merezca la muerte. ¡Haré que lo azoten, y lo soltaré!».

Entonces, por orden de Pilato, los soldados llevaron a Jesús a la sala de la guardia. Le quitaron toda la ropa, lo ataron a una de las columnas y lo azotaron con látigos pesados que le desgarraban la carne. Para burlarse de él, como de uno que se decía «Rey», le pusieron un manto de color escarlata; tejieron una corona de espinas y se la apretaron sobre la cabeza hasta que le corrió la sangre; le pusieron en la mano una caña, como si fuera el cetro de un rey; se arrodillaron delante de él y le decían: «¡Viva el Rey de los judíos!». Lo golpeaban con las manos una y otra vez; le pegaban con la caña, y le escupían en la cara.

Pilato pensó que si el pueblo veía a Jesús tal como estaba, coronado de espinas y cubierto de sangre, sentiría lástima de él y no pediría que lo mataran. Dijo a los judíos:

«Os lo voy a sacar para que lo veáis; pero entended que yo no hallo en él nada malo».

Entonces sacaron a Jesús a las gradas del palacio. Tenía el rostro manchado de sangre; en la cabeza llevaba la corona de espinas, y sobre los hombros el manto escarlata. Y Pilato dijo a la multitud:

«¡Mirad, he aquí el hombre!».

Pero si Pilato esperaba que la vista de Jesús, tan doliente y triste, despertara la compasión del pueblo, pronto vio que se equivocaba. Guiados por los principales sacerdotes y sus oficiales, gritaron a grandes voces:

«¡A la cruz con él! ¡Que sea crucificado!».

Ser crucificado era ser clavado en una cruz, que luego se levantaba y se dejaba en pie hasta que el hombre que sufría en ella moría. ¡Esto era lo que la multitud de judíos, delante del palacio de Pilato, le pedía que hiciera con Jesús, que no había hecho ningún mal, sino solo bien!

Pilato les respondió: «Podéis tomarlo vosotros y crucificarlo, si queréis. Yo no quiero tener nada que ver con esto; porque no hallo que haya hecho nada malo».

Los gobernantes de los judíos respondieron a Pilato: «¡Pero nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se ha hecho pasar por Hijo de Dios!».

Cuando Pilato oyó esto, tuvo todavía más miedo, porque le parecía que había algo extraño en aquel hombre, Jesús. No sabía qué hacer. Entró en el palacio y llevó a Jesús consigo.

«¿De dónde eres tú?», le dijo Pilato a Jesús.

Jesús no le dio respuesta. Pilato le dijo:

«¿No me quieres hablar? ¿No sabes que tengo poder para soltarte o para mandarte a la cruz, como yo quiera?».

«Ningún poder tendrías sobre mí —respondió Jesús— si no te hubiera sido dado de arriba. Dios te dio ese poder para que lo usaras para el bien y no para el mal. Hay un hombre cuyo pecado es mayor que el tuyo, ¡y es el sumo sacerdote que me ha entregado a ti!». Jesús quería que Pilato comprendiera que no era más que un hombre débil, que cedía a la voluntad del sumo sacerdote, y que él, como gobernador, debía tener criterio propio y hacer solo lo que era recto a los ojos de Dios.

Todo esto hizo que Pilato deseara todavía más no dar muerte a Jesús, sino soltarlo. Pero los gobernantes de los judíos le gritaron:

«¡Si sueltas a este hombre, que se ha llamado rey, no eres amigo de César, el emperador de Roma! ¡Cualquiera que se hace rey se pone por encima del emperador que está sobre todos nosotros!».

Pilato sabía que César, el emperador, era muy celoso y se enojaría mucho si supiera que algún hombre intentaba hacerse rey. Muy a su pesar, Pilato decidió que sería más seguro para él dejar que mataran a Jesús que hacerse enemigo del emperador de Roma. Así que Pilato volvió a sentarse en el trono e hizo traer a Jesús delante de él. Era ya la hora de la salida del sol, las seis de la mañana. Pilato dijo a los judíos:

«¡He aquí vuestro rey!».

«¡Mátalo! ¡Mátalo! —aullaron los judíos—. ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

«Este no es nuestro rey —gritaron los sacerdotes y los gobernantes—. ¡No tenemos más rey que César, el emperador!».

Pilato quiso mostrar a los judíos que dar muerte a Jesús era obra de ellos y no suya. Mandó traer una vasija con agua y, delante de todos, se lavó las manos. Luego, extendiendo las manos, gritó al pueblo:

«¡Mis manos están limpias de la sangre de este hombre bueno! ¡Os digo que no ha hecho nada que merezca la muerte! ¡Esto es obra vuestra, no mía!».

«Esta sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos que vendrán después de nosotros», respondieron los judíos.

Entonces Pilato, sentado en su trono, sentenció que se hiciera lo que ellos querían: que Barrabás, ladrón y homicida, fuera puesto en libertad, y que Jesús, que no había hecho ningún mal, sino solo bien, fuera enviado a la cruz.


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