Capítulo 9 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
El niño presentado en el templo
AUNQUE JESÚS nació en un establo y durmió en un pesebre, no se quedó mucho tiempo en aquel lugar. Al cabo de unos días José pudo encontrar una casa más cómoda, adonde llevaron a la joven madre y a su niño. Los judíos eran muy bondadosos con los forasteros de su propio pueblo, y los recibían en sus casas cuando pasaban por sus ciudades.
José y su familia estuvieron en Belén algunas semanas, quizá algunos meses. Puede que pensaran quedarse a vivir en Belén y criar a este niño, el Hijo de David, en la misma ciudad de David, donde podría prepararse mejor para la vida que le esperaba, fuera cual fuera, que en la aldea campesina de Nazaret.
El día en que Jesús cumplió cuarenta días, lo llevaron con su madre a Jerusalén, que estaba a solo seis millas de Belén. Allí lo presentaron en el templo, en una ceremonia que mostraba que era entregado a Dios y que sería criado como hijo de Dios. Era costumbre de los judíos que, cuando nacía el primer hijo de una familia, se ofreciera por él una ofrenda sobre el altar del templo y se dijeran oraciones. Una familia rica ofrecía por su primer hijo un cordero, que se mataba y se quemaba sobre el altar como regalo a Dios en lugar del niño. Si la familia era pobre, o de gente trabajadora, los padres ofrecían un par de tórtolas o de palominos. José y María llevaron un par de tórtolas, y estuvieron allí de pie mientras las quemaban sobre el altar, con María sosteniendo a su niño en brazos.
En aquel momento había en el templo un anciano llamado Simeón. Era un hombre bueno, que oraba a Dios con mucho fervor para vivir hasta ver al Mesías, el Rey de Israel, el Cristo de Dios, que había sido prometido por medio de los profetas de antaño. Y Dios le había dicho a Simeón que no moriría hasta que hubiera visto al Cristo. Aquella mañana le había parecido oír una voz que le decía: «Ve al templo». Él obedeció, sin saber por qué lo enviaban a aquel lugar aquel día.
Cuando José y María entraron en el templo con el niño Jesús, la voz del Señor volvió a hablar a Simeón, diciéndole:
«Este niño es el Hijo de David, el Rey de Israel».
El anciano se acercó, extendió los brazos y tomó en ellos al niño; lo estrechó contra su pecho y, alzando los ojos al cielo, dijo en verso hebreo:
«Ahora, Señor, puedes dejar ir a tu siervo
en paz, conforme a tu palabra.
Porque estos ojos míos han visto a tu Salvador,
a quien has enviado a todos los pueblos:
luz que alumbre a las naciones,
y gloria de tu propio pueblo Israel».
José y María se llenaron de asombro ante lo que hacía y decía aquel anciano, a quien nunca habían visto y no conocían. Pero, al devolverles el niño a los brazos, pidió a Dios que bendijera a José y a María.
«Escucha —dijo—: este niño será causa de que muchos caigan y se levanten en Israel. Será señal de la misericordia de Dios, pero muchos hablarán contra él. Y a ti, madre, una tristeza como una espada te traspasará el alma; y así se descubrirán los pensamientos de muchos corazones».
Aquellas palabras parecieron muy extrañas en aquel momento; pero mucho tiempo después, cuando Jesús ya era un hombre, María comprobó cuán ciertas eran, al ver a los enemigos que se juntaban contra su hijo y, al final, al mirarlo mientras moría en la cruz. Entonces, de verdad, una espada atravesó el alma de María.
En ese mismo momento se acercó al pequeño grupo una mujer. Era muy anciana, de más de noventa años; y como era viuda y adoraba a Dios con gran devoción, pasaba casi todos sus días en el templo, orando. Dios le había hablado también a ella con la promesa de un Cristo que había de venir, el Salvador y Rey. También ella vio en este niñito al Mesías prometido, y en voz alta dio gracias y alabanzas a Dios. Todos los que la oían se maravillaban de sus palabras, y se maravillaban aún más al mirar a aquel padre y aquella madre, vestidos con sencillez, con su niño, todos claramente del campo; y por el modo de hablar de José y María se notaba que venían de Galilea, allá lejos, en el norte.
Así, cuando Jesús era todavía un niño muy pequeño, de solo cuarenta días, aquí en Jerusalén unas pocas personas lo habían mirado y habían hablado de él como del Rey de Israel que había de venir.
José y María llevaron al niño de vuelta a su nueva casa en Belén; y María tuvo más cosas que guardar en su callado corazón mucho tiempo después de aquel día en el templo.
Capítulo 9 completado
El niño presentado en el templo