Capítulo 77 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
Tres parábolas de advertencia
INMEDIATAMENTE después de responder a la pregunta de los sacerdotes y los gobernantes, Jesús contó tres parábolas, una tras otra; y todas iban dirigidas a sus enemigos. La primera fue «La parábola de los dos hijos».
«¿Qué os parece esto?», dijo Jesús. «Había un hombre que tenía dos hijos. Fue al hijo mayor y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. “Sí, señor”, dijo el joven, “iré”. Pero aunque había prometido ir, faltó a su promesa, porque no fue.
«Entonces el padre habló a su segundo hijo como había hablado al primero: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Este le dijo a su padre: “No iré”. Pero después se arrepintió y fue a trabajar a la viña. Ahora decidme: ¿cuál de estos dos hijos hizo lo que su padre le mandó?»
Ellos le respondieron: «El segundo».
«En verdad os digo», dijo Jesús, «que los publicanos y las mujeres de mala vida entran en el reino de Dios en vez de vosotros, que os creéis mejores que los demás. Porque vino Juan el Bautista y os mostró cómo vivir, y no le quisisteis creer ni hacer lo que decía. Pero los publicanos y las mujeres de mala vida le creyeron y se apartaron de sus malos caminos para volverse a Dios. Y aun cuando visteis que ellos se volvían del mal al bien, no quisisteis buscar a Dios después de ellos ni seguir las palabras de Juan».
Luego Jesús contó a estos gobernantes otra parábola, llamada «La parábola de los labradores malvados».
«Oíd otra parábola», dijo. «Un hombre que era dueño de unas tierras plantó en ellas una viña. Le puso una cerca alrededor, cavó dentro un lagar y edificó una torre en medio de la viña, para que un vigilante estuviera atento contra los ladrones. Luego la arrendó a unos labradores, para que la cuidaran y, en el tiempo de las uvas maduras, le enviaran su parte del fruto o su valor en dinero. Después de arrendar la viña, se fue a otro país.
«Cuando se acercó el tiempo de la vendimia, el tiempo de recoger las uvas, envió a sus siervos por su parte del fruto. Pero en vez de darle lo que le pertenecía, los labradores agarraron a sus siervos. A un siervo lo azotaron y lo echaron, a otro lo mataron y a un tercero lo apedrearon. Por segunda vez el dueño envió otros siervos, más que la primera vez; y los labradores los trataron de la misma manera. Y así sucedió con muchos otros: a unos los golpearon y a otros los mataron.
«El dueño de la viña tenía un hijo, un joven a quien amaba muchísimo. Por último les envió a este hijo, diciéndose: “Seguramente respetarán a mi hijo y no lo tratarán como han tratado a los siervos”.
«Pero aquellos hombres, en cuanto lo vieron, dijeron: “Este es el que ha de ser dueño de la viña cuando muera su padre. Matémoslo, y la viña será nuestra”. Así que, cuando llegó, lo agarraron, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la viña.
«Ahora os pregunto», dijo Jesús: «cuando venga el dueño de aquella viña, ¿qué hará a aquellos labradores?»
Ellos respondieron: «Destruirá por completo a esos hombres viles y crueles, y arrendará su viña a otros labradores que le den cada año su parte del fruto».
«¿Nunca habéis leído este versículo?», dijo Jesús.
«La piedra que desecharon los edificadores
ha venido a ser la principal piedra del ángulo;
el Señor ha hecho esto,
y es cosa maravillosa a nuestros ojos».
«Os digo», añadió Jesús, «que el reino de Dios os será quitado y será dado a un pueblo que dé a Dios sus frutos. Sí, y el que caiga sobre esta piedra será quebrantado; ¡y sobre quien esta piedra caiga, lo hará polvo!»
Cuando los principales sacerdotes, los fariseos y los gobernantes oyeron estas parábolas, comprendieron enseguida que las decía contra ellos. Deseaban apoderarse de Jesús, pero temían a la multitud que lo rodeaba, porque toda la gente sencilla lo tenía por un profeta que hablaba la palabra de Dios.
Jesús contó una tercera parábola: la de «Las bodas del hijo del rey». Esta, contada en el templo, se parecía en algunas partes a otra, «La parábola de la gran cena», que ya había contado en Perea; pero otras partes de ella, como veremos, eran distintas de aquella parábola.
«Había un rey», dijo Jesús, «que dio una gran cena en las bodas de su hijo. Envió a sus siervos a los que habían sido invitados a la fiesta, pero no quisieron venir. Una vez más envió otros siervos y les mandó decir a los invitados:
«“Mi cena está ya preparada; los toros y los animales engordados han sido sacrificados; todo está listo; venid a la fiesta”.
«Pero ellos no hicieron caso de sus palabras, y se fueron, uno a su campo y otro a su tienda. Y algunos agarraron a sus siervos, los maltrataron y hasta los mataron. Esto enojó mucho al rey. Envió su ejército, dio muerte a aquellos asesinos y quemó su ciudad.
«Entonces el rey dijo a sus siervos: “El banquete de bodas está preparado; pero los que estaban invitados no eran dignos de él. Salid a las calles de la ciudad y a los caminos del campo, e invitad a la boda a todos los que encontréis”. Los siervos salieron a los caminos y trajeron a la fiesta a todos los que encontraron, tanto malos como buenos. Así la cena de bodas tuvo muchos invitados.
«Cuando el rey entró a ver a los invitados, vio entre ellos a un hombre que no llevaba traje de boda. Porque a cada invitado, al llegar a la casa, se le daba un hermoso traje para llevarlo durante la cena.
«“Amigo”, le dijo el rey a este hombre, “¿cómo entraste aquí sin traje de boda?”.
«El hombre se quedó callado, porque no tenía nada que decir. Entonces dijo el rey a sus siervos:
«“Atadlo de pies y manos, y echadlo fuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y crujir de dientes. Porque os digo que muchos son llamados, pero pocos escogidos”».
Capítulo 77 completado
Tres parábolas de advertencia