La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
El martes por la mañana en el templo

Capítulo 76 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

El martes por la mañana en el templo

OTRA VEZ, el martes por la mañana de aquella gran semana, la última semana de la vida de nuestro Salvador en la tierra, salió con sus discípulos de Betania para ir a Jerusalén. Mientras subían por el monte de los Olivos, llegaron a la higuera a la que Jesús había hablado la mañana anterior. Seguía en pie en la ladera, pero seca y muerta, con sus hojas secas ya amarillas, susurrando con el viento.

«¡Maestro, mira!», dijo Pedro, «¡la higuera a la que dijiste aquellas palabras ayer se ha secado del todo!»

«Tened fe en Dios», respondió Jesús. «En verdad os digo que si alguno de vosotros dijera a este monte que tenemos delante: “Levántate y échate en el mar”, y no tuviera ninguna duda en su mente, sino que creyera que lo que dice sucederá, le será hecho. Por eso os digo: todo lo que pidáis a Dios en oración, creed que Dios os lo da, y será vuestro. Pero recordad también esto: siempre que os pongáis de pie para orar, si tenéis algo contra alguien, perdonadle. Entonces, y solo entonces, vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestros pecados contra él».

Otra vez llegaron a Jerusalén y cruzaron el atrio de los gentiles, ahora tranquilo y libre de la confusión de la mañana anterior: nadie compraba, nadie vendía y nadie pasaba cargas por él hacia la ciudad. Entraron en el Tesoro, donde Jesús había enseñado y sanado el día anterior; y lo encontraron ya lleno de gente que se había reunido con la esperanza de volver a escuchar las palabras del gran Maestro.

Pero en el templo no solo había gente amiga de Jesús y deseosa de oírle; también estaban allí los principales sacerdotes, los maestros de la ley y los miembros del gran concilio, dispuestos a hacer todo lo que pudieran contra él. Estos hombres estaban muy enojados con Jesús por lo que había hecho el día anterior. Se abrieron paso entre la multitud hasta Jesús y le dijeron, con aire de señores:

«¿Qué derecho tienes para venir aquí y actuar como un gobernante? ¿Quién te dio el derecho de hacer lo que hiciste ayer?»

«Yo os haré una pregunta», respondió Jesús enseguida, «y si me la contestáis, entonces os diré quién me ha dado el derecho de hacer lo que he hecho aquí en el templo. ¿Qué decís de Juan el Bautista? ¿Hablaba las palabras de Dios como su mensajero? ¿O hablaba solo sus propias palabras, sin autoridad ni poder de Dios? ¡Respondedme a esa pregunta!»

Esta respuesta de Jesús los desconcertó; y comenzaron a hablar entre ellos, mientras la multitud que los rodeaba miraba.

«¿Qué diremos?», se susurraban unos a otros. «Si decimos: “Juan el Bautista hablaba de parte de Dios”, él preguntará: “Entonces, ¿por qué no creísteis sus palabras ni le obedecisteis?”. No, digamos: “Hablaba solo como hombre, sin autoridad ni poder de Dios”. Pero entonces, si decimos eso, el pueblo nos apedreará, porque todos creen que Juan era un verdadero profeta de Dios».

Así que, después de un rato, estos hombres dijeron a Jesús: «No podemos contestar tu pregunta. No sabemos si Juan hablaba las palabras de Dios o sus propias palabras».

Entonces dijo Jesús: «Tampoco yo os diré quién me ha dado el poder para hacer estas cosas».

Porque Jesús sabía bien que si estos hombres no habían creído cuando Juan el Bautista decía: «Así dice el Señor», tampoco le creerían a él cuando decía: «Yo solo hago lo que mi Padre me manda hacer».


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