Capítulo 63 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
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EN ESTE TIEMPO, mientras Jesús estaba en Perea predicando por los pueblos, lo seguían multitudes más grandes que nunca, que decían creer en él como el hijo de David y el Rey de Israel. La mayoría de esta gente veía que él iba camino de Jerusalén, y entre ellos corrió el rumor de que, cuando llegara a esa ciudad, ocuparía el trono que había sido del rey David; y que no solo sería rey de aquella tierra, sino que guiaría al pueblo judío a conquistar todas las tierras. Muchísimos de los que seguían a Jesús no tenían idea de lo que significaba ser sus discípulos. Esperaban grandes cosas —riquezas, honra y poder—, pero no sabían nada de los sufrimientos que Jesús tenía que soportar y que sus seguidores tendrían que afrontar en los días que pronto vendrían.
Jesús no quería tener seguidores tan descuidados y tan irreflexivos como estos. Les dijo palabras que parecían duras y severas, pero cuyo fin era hacerles pensar en lo que tendrían que afrontar si querían estar entre los que creían en él. Volviéndose hacia las multitudes que se agolpaban a su alrededor, les dijo en voz alta:
«Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. ¡El que no lleva su propia cruz y no camina siguiendo mis pasos no puede ser mi discípulo!».
Jesús no quería decir exactamente todo lo que sus palabras parecían decir. No quería que los hijos y las hijas odiaran de verdad a sus padres y a sus madres, ni que los padres odiaran a sus propios hijos; pero sí quería decir que nadie debía decir: «Mi padre y mi madre no consienten en que yo siga a Jesús, y por eso no puedo ser su discípulo». Ni quería que los padres dijeran: «Tengo hijos que cuidar, y no debo creer en Jesús ni hacerme su discípulo». Quería que los que lo seguían sin pensar se preguntaran si estaban dispuestos a perderlo todo por amor a Cristo y a servirle, sin importar quiénes se le opusieran ni lo que ellos mismos tuvieran que sufrir a su servicio.
«¿Quién de vosotros —dijo Jesús—, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene dinero suficiente para terminarla? Si solo puede poner los cimientos y luego tiene que dejar la obra sin acabar, todos los que vean la pared a medio hacer se burlarán de él y dirán: “¡Este empezó a construir, pero no pudo terminar!”.
«¿O qué rey sale a hacer la guerra contra otro rey, y no se sienta primero a pensar si con diez mil soldados podrá pelear contra el rey que viene contra él con veinte mil? Si no se atreve a enfrentarse con su enemigo, entonces, mientras el ejército del otro todavía está muy lejos, le envía un mensajero para pedirle condiciones de paz. Así será con cada uno de vosotros que no esté dispuesto a renunciar a todo lo que tiene: no puede ser mi discípulo».
Lo que Jesús quería decir era esto: «Si queréis estar entre mis seguidores, pensad si seréis capaces de resistir hasta el fin. Y pensad también si os atreveréis a afrontar el odio y la oposición que tendréis que vencer para llegar a ser mis discípulos». Y siguió diciendo palabras como estas:
«Todo verdadero discípulo mío es como la sal; y la sal es buena mientras conserva su sabor salado. Pero si pierde su sabor y se vuelve insípida, ¿hay alguna manera de volver a hacerla sal buena? Ya no sirve ni para la tierra ni siquiera para el estercolero, sino que la gente la tira porque no sirve para nada. Así será con todo el que pierda en sí mismo la sal de mi vida. Y ahora, no dejéis que estas palabras mías os entren por un oído y os salgan por el otro. ¡Escuchad, y pensad en lo que os he dicho!».
Capítulo 63 completado
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