Capítulo 62 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
En la sinagoga y en el banquete
MIENTRAS JESÚS estaba en Perea, en los días de reposo entraba en las sinagogas y hablaba allí; y en todas partes la sinagoga se llenaba de gente deseosa de escucharlo. Un día de reposo vio en la sinagoga a una mujer que desde hacía dieciocho años andaba encorvada y no podía de ninguna manera enderezarse. Cuando Jesús la vio, la llamó.
«Mujer —le dijo—, quedas libre de tu enfermedad».
Puso las manos sobre ella, y al instante le vino la fuerza. Se enderezó y, a gran voz, alabó a Dios por su curación. Pero el presidente de la junta de la sinagoga se disgustó mucho de que Jesús hubiera hecho esto en el día de reposo. Y dijo a la gente:
«Hay seis días en la semana para trabajar; venid en uno de ellos a que os curen, y no en el santo día de reposo».
«¡Hombres de corazón falso, que fingís servir a Dios! —dijo el Señor Jesús—. ¿No desata cada uno de vosotros en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y esta mujer, hija de Abraham nuestro padre, a quien el maligno ha tenido atada durante estos dieciocho años, ¿no debía ser liberada en el día de reposo?».
Al decir esto, todos los que se le oponían se avergonzaron; mientras que el pueblo se alegraba de ver todas sus obras maravillosas. Mientras Jesús recorría los pueblos y aldeas, siempre camino de Jerusalén, repitió muchas de las parábolas y enseñanzas que había dado en otras partes del país, como «La puerta estrecha», «La semilla de mostaza», «La levadura en la masa» y otras.
La tierra de Perea, donde ahora enseñaba, pertenecía al reino de Herodes. Algunos fariseos, que eran enemigos de Jesús, vinieron a decirle:
«Más te vale irte de esta tierra, porque el rey Herodes quiere matarte».
Esto lo dijeron, no para salvarle la vida a Jesús, sino para hacerle salir de su tierra. Pero Jesús les respondió:
«Id y decidle a esa zorra que hoy y mañana echo fuera espíritus malos y curo enfermedades, y que al tercer día terminaré mi obra. Pero hoy, mañana y pasado mañana debo seguir mi camino, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos a mi alrededor, como la gallina junta a sus pollitos debajo de sus alas! ¡Pero no quisiste venir! En verdad, vuestra casa os es dejada para ser destruida. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: “Bendito el que viene en nombre del Señor”».
En cierto lugar, uno de los jefes, que era fariseo, lo invitó a comer en su casa. Había a la mesa otros fariseos y gente que no era amiga de Jesús, y lo vigilaban de cerca. Jesús vio en la sala a un hombre que estaba hinchado por la hidropesía; y preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos:
«¿Permite la ley curar a un enfermo en el día de reposo, o no?».
Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús puso las manos sobre el hombre, lo curó y lo despidió. Después dijo:
«¿Hay alguno de vosotros que, si en el día de reposo ve que su asno o su buey ha caído en un pozo, no lo saque enseguida sin esperar a un día de trabajo?».
No le pudieron responder a esta pregunta. Él notó que los invitados a la comida escogían para sí los mejores puestos, cerca de la cabecera de la mesa; y les dio este consejo:
«Cuando te inviten a un banquete de bodas, no ocupes uno de los mejores puestos. Puede que hayan invitado a alguien de más categoría que tú; y que entonces el que da el banquete venga a ti y te diga: “¡Oye, déjale sitio a este hombre!”. Entonces tendrás que levantarte avergonzado e irte a un puesto al final de la mesa. No; cuando llegues al banquete, ve al último puesto; así, cuando el que da el banquete te vea, te dirá: “Amigo, sube más arriba”, y recibirás honra delante de todos los demás invitados. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Jesús dijo también al jefe que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, porque ellos a su vez te pueden invitar a ti, y así quedarás pagado. No; cuando des una comida, invita a los pobres, a los lisiados, a los que han perdido un brazo y a los ciegos. Entonces Dios te dará su bendición; porque esa gente no te lo puede pagar; y recibirás tu recompensa cuando Dios levante a los buenos de sus tumbas para la vida eterna».
Uno de los que estaban a la mesa oyó estas palabras de Jesús y exclamó: «¡Dichoso el que se siente a ese banquete en el reino de Dios!».
Jesús le respondió contándole la parábola de «La cena y las excusas». Dijo:
«Había una vez un hombre que daba una gran cena, a la que había invitado a muchos de sus amigos. A la hora de la cena, envió a su siervo a decir a los invitados: “¡Venid enseguida, que ya está todo preparado!”. Pero todos, como de común acuerdo, empezaron a rechazar la invitación. El primero le dijo al siervo:
«“He comprado un terreno y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes”.
«El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me des por excusado”.
«Otro dijo: “No puedo ir, porque acabo de casarme”.
«El siervo volvió a casa y le contó a su amo todas estas respuestas. Entonces el dueño de la casa se enojó mucho. Y le dijo a su siervo:
«“Sal enseguida a las calles y callejas de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.
«Pronto volvió el siervo, diciendo: “Señor, tus órdenes se han cumplido; pero todavía queda sitio para más”.
«“Sal al campo —dijo el dueño de la casa—, por los caminos y los vallados, y haz que la gente entre, para que se llene mi casa; porque os digo que ninguno de los que fueron invitados probará mi cena”».
Capítulo 62 completado
En la sinagoga y en el banquete