Capítulo 59 · 5 min de lectura · 6 min de escucha
Jesús envía a los setenta
DESPUÉS DE SALIR de Jerusalén, en tiempos de la fiesta de la Dedicación, Jesús cruzó el Jordán y siguió el río aguas arriba hasta un lugar situado unas doce o trece millas al sur del mar de Galilea; el lugar donde Juan lo había bautizado y donde, poco después de su bautismo, encontró a sus primeros seguidores. Este lugar tenía dos nombres: «Betábara», que significa «el pueblo del vado», es decir, el sitio donde se podía cruzar el río a pie; y «Betania al otro lado del Jordán», para distinguirlo de la otra Betania, cerca de Jerusalén, donde vivían Marta y María.
Los doce discípulos estaban con Jesús en Betábara, junto con algunos que habían venido con él desde Jerusalén y Judea. Además, cuando se corrió la noticia por Galilea de que Jesús estaba en aquel lugar, muchos más se apresuraron a ir a su encuentro; de modo que pronto se reunió a su alrededor un gran número de seguidores. Jesús estaba ahora cerca de la frontera de la tierra que queda al oriente del Jordán, llamada Perea. Esta palabra significa «más allá», y la tierra se llamaba así porque estaba «más allá del Jordán», vista desde Judea.
Jesús nunca había visitado esa tierra, aunque había predicado en todas las demás partes del país: en Judea, al sur; en Galilea, al norte; en Decápolis, al noreste; y hasta en Samaria, donde la gente no era judía, sino samaritana. Ahora decidió recorrer Perea predicando, como había predicado en todas las demás partes de la tierra. Pero en Perea su tiempo tenía que ser corto, porque solo faltaban tres meses para la fiesta de la Pascua, y para entonces debía estar en Jerusalén. Para preparar al pueblo de Perea para su llegada, y para reunir a todos los que pudieran venir a escucharlo, escogió los lugares de aquella tierra que iba a visitar. Luego llamó a setenta hombres de entre sus seguidores y los envió de dos en dos a esas ciudades y a las aldeas de los alrededores, para predicar al pueblo y anunciarle que Jesús pronto llegaría entre ellos.
A estos setenta predicadores Jesús les dio las mismas órdenes que había dado a los doce algunos meses antes, cuando los envió a predicar en Galilea. Les dijo:
«No llevéis bolsa con dinero, ni alforja para la comida, ni un par de sandalias de repuesto. No os detengáis a saludar a nadie que os encontréis por el camino. En cualquier casa donde entréis, decid primero: “¡Paz sea a esta casa!”. Y si hay allí alguien con espíritu de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, volverá a vosotros. Quedaos en esa misma casa mientras estéis en aquella ciudad, y comed y bebed lo que os ofrezcan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa. En cualquier pueblo que visitéis, si la gente os recibe, comed lo que os den; sanad a los enfermos; y no dejéis de decir a la gente en todas partes: “El reino de Dios llega muy pronto”.
«Pero en cualquier pueblo que visitéis, si la gente no os recibe ni escucha vuestro mensaje, salid a las calles de aquel lugar y decid en voz alta: “Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos como señal contra vosotros; pero sabed esto: que el reino de Dios pronto llegará a vosotros”. Os digo que en el día de Dios, cuando él juzgue a los hombres, el castigo de Sodoma será más llevadero que el castigo de aquel pueblo».
Los setenta hombres salieron de Betábara de dos en dos, formando treinta y cinco parejas. Visitaron todas las ciudades y aldeas del país de Perea adonde Jesús los había enviado, los lugares que él pensaba visitar más tarde; dieron a la gente el mensaje de Jesús, que el reino de Dios estaba a punto de aparecer, y así despertaron en todas partes el interés del pueblo por la venida de Jesús. Su tarea terminó en pocas semanas, pues treinta y cinco parejas de hombres podían visitar muchos lugares en poco tiempo; y cuando volvieron a Betábara, encontraron que Jesús todavía estaba allí.
Contaron a Jesús qué lugares habían visitado y cómo habían hecho muchas curaciones en su nombre y por el poder que él les había dado. Llenos de alegría, le dijeron a Jesús:
«¡Maestro, hasta los espíritus malos nos obedecen cuando usamos tu nombre!».
Y Jesús les respondió: «Sí, yo he visto a Satanás, el jefe de los espíritus malos, caer del cielo como un relámpago. Recordad que os he dado poder para pisar serpientes y escorpiones, y para pisotear todo el poder del enemigo; y nada os hará daño de ninguna manera. Solo que no os alegréis simplemente porque los espíritus malos se os sujetan; alegraos más bien porque vuestros nombres están escritos en el cielo como hijos de Dios».
Mientras Jesús estaba en Betábara, mucha gente venía a verlo y a escuchar sus palabras. Como aquel era uno de los lugares donde Juan el Bautista había predicado tres años antes, comparaban a Jesús con Juan, y muchos de ellos decían:
«Juan el Bautista nunca hizo obras maravillosas como señales de que Dios lo había enviado; pero habló de este hombre, y todo lo que dijo de este hombre era verdad».
Y mientras Jesús estuvo en Betábara, mucha gente creyó en él y se hizo seguidora suya.
Capítulo 59 completado
Jesús envía a los setenta