La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Lázaro es llamado a salir del sepulcro

Capítulo 60 · 8 min de lectura · 11 min de escucha

Lázaro es llamado a salir del sepulcro

MIENTRAS JESÚS seguía en Betábara, y pensaba comenzar pronto su viaje por Perea, le llegó una noticia que le hizo cambiar sus planes por un tiempo.

En Betania, cerca de Jerusalén, como recordarás, vivían sus queridos amigos Marta, María y Lázaro. Las dos hermanas enviaron a Jesús, a Betábara, este recado:

«Señor, tu amigo Lázaro está muy enfermo».

No pidieron a Jesús que viniera a curar a Lázaro, pero esperaban que viniera, aunque eso significaba un viaje de sesenta millas desde Betábara hasta Betania. Pero Jesús no fue enseguida a ver al enfermo. Dijo:

«Esta enfermedad no terminará en su muerte; su fin será dar gloria a Dios y al Hijo de Dios».

Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que Lázaro estaba muy enfermo, se quedó dos días más en Betábara. Luego, después de eso, dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».

Al oír esto, los discípulos se sorprendieron mucho. Le dijeron: «Pero, Maestro, hace muy poco los de Judea intentaban apedrearte. ¿No es peligroso que vuelvas allá?».

«¿No tiene el día doce horas? —respondió Jesús—. Si uno anda de día, no tropieza, porque tiene la luz del sol; pero si anda de noche, sí tropieza, porque no tiene luz».

Luego añadió: «Nuestro amigo Lázaro se ha dormido; voy a despertarlo».

«Maestro, si se ha dormido —dijeron los discípulos—, se pondrá bien».

Pensaban que Jesús hablaba de descansar durmiendo, lo cual habría sido señal de que la fiebre estaba pasando; pero Jesús quería decir que Lázaro dormía el sueño de la muerte. Entonces les dijo con palabras claras:

«Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros de no haber estado allí, porque ahora aprenderéis a creer en mí más plenamente. Venid, vamos a él».

Entonces Tomás, uno de sus doce discípulos, a quien también llamaban «Dídimo», palabra que significa «el Gemelo», dijo a sus compañeros:

«Vamos también nosotros; y si él muere, moriremos con él».

Así que desde Betábara fueron otra vez a Betania, que estaba a dos millas de Jerusalén; un viaje de unas sesenta millas. Cuando Jesús llegó a Betania, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. En la casa, con Marta y María, había varios amigos que habían venido a mostrar su cariño a las hermanas llorando con ellas la muerte de su hermano.

Alguien entró en la habitación y le dijo a Marta que Jesús venía y que ya estaba cerca de la aldea. Ella se levantó sin hacer ruido y se apresuró a salir al encuentro de Jesús, mientras María se quedaba sentada en la habitación. Cuando Marta vio a Jesús, le dijo con tristeza:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Y aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará».

«Tu hermano volverá a la vida», dijo Jesús.

«Ya sé que resucitará —dijo Marta— cuando todos los muertos sean resucitados, en el día postrero».

«Yo mismo —dijo Jesús— soy el que devuelve la vida a los muertos. El que cree en mí volverá a vivir, aunque muera; y todo el que vive creyendo en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?».

«Sí, Señor —dijo ella—, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo según la promesa».

Dicho esto, Marta volvió a la casa, dejando a Jesús todavía fuera de la aldea. Y le dijo en voz baja a su hermana María:

«El Maestro está aquí y pregunta por ti».

Al oír esto, María se levantó a toda prisa y fue al lugar donde estaba Jesús. Los amigos que estaban con ella, al verla salir de la casa, pensaron que iba al sepulcro a llorar allí, y la siguieron para llorar con ella. En aquella tierra era costumbre, y todavía lo es, que los que habían perdido a un ser querido se reunieran junto a su tumba día tras día para llorarlo allí.

Pero María no fue al sepulcro de su hermano. Fue a donde estaba Jesús, que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado; y se echó a sus pies, diciendo, como su hermana había dicho antes:

«¡Ay, Maestro! ¡Si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!».

Cuando Jesús la vio llorar a gritos, y vio también llorar a gritos a los amigos que estaban con ella, él también se turbó y se angustió mucho.

«¿Dónde lo habéis puesto?», preguntó.

«Ven y ve, Maestro», le respondieron.

Entonces Jesús se echó a llorar, compadecido de las dos hermanas.

«¡Cuánto debía de quererlo!», se decían los judíos unos a otros. Pero algunos de ellos dijeron:

«¿No podía este hombre, que le dio la vista a un ciego, haber impedido que este muriera?».

Gimiendo otra vez, pero en silencio, Jesús llegó al sepulcro. Como muchas tumbas de aquella tierra, era una cueva en la ladera rocosa de una colina, y una gran piedra le tapaba la entrada.

«Quitad la piedra», ordenó Jesús.

«Maestro —dijo Marta—, recuerda que lleva cuatro días muerto, y a estas alturas el cuerpo ya puede oler mal».

«¿No te dije —respondió Jesús— que, si tan solo crees en mí, verás la gloria de Dios?».

Quitaron la piedra de la entrada de la cueva, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, gracias te doy por haber escuchado mi oración. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de los que están a mi alrededor, para que crean que tú me has enviado».

Entonces Jesús llamó a gran voz:

«¡Lázaro! ¡Sal fuera!».

Del sepulcro salió el hombre que había estado muerto. Apenas podía andar, porque tenía las manos y los pies envueltos en vendas; también la cara la tenía cubierta con un paño atado.

«Desatadlo —dijo Jesús—, ¡y dejadlo ir!».

Le quitaron el paño de la cara y le desenrollaron las vendas del cuerpo; ¡y Lázaro se puso de pie, vivo y sano, delante de toda la gente! ¡Qué felices estaban Marta y María al abrazarlo y sentir su carne tibia, con la sangre de la vida corriendo otra vez por sus venas!

Cuando los judíos que habían venido a visitar a Marta y María vieron esta obra maravillosa —devolver la vida a un hombre que llevaba cuatro días en el sepulcro—, muchos de ellos creyeron en Jesús. Estos contaron la historia a otros, y el número de creyentes fue creciendo más y más.

Algunos de los que habían visto la resurrección de Lázaro, o habían oído hablar de ella, fueron a Jerusalén y contaron a los fariseos, los enemigos de Jesús, lo que había sucedido. Estos se lo dijeron a los principales sacerdotes, y los sacerdotes y los fariseos convocaron el gran concilio para hablar de estas cosas y decidir qué hacer con Jesús.

Este gran concilio era una junta o grupo de hombres importantes que, después del gobernador romano, gobernaba a los judíos. Lo formaban setenta y dos hombres, algunos de ellos sacerdotes y otros escribas o maestros de la ley. Se reunían en una sala del templo reservada para ellos, y eran el tribunal más alto del país para juzgar a quienes fueran acusados de haber quebrantado las leyes.

Cuando este concilio se reunió y oyó lo que Jesús había hecho, y que la gente, en mayor número que nunca, empezaba a creer en él, se dijeron unos a otros: «¿Qué vamos a hacer, ahora que ese Jesús ha hecho otra obra, más maravillosa aún que todas las anteriores? Si lo dejamos así, todo el pueblo creerá en él y querrá hacerlo su Rey. Entonces vendrán los romanos, destruirán nuestro templo y ya no nos dejarán vivir como nación».

Pero uno de los hombres de aquel concilio era el sumo sacerdote, que se llamaba Caifás. Este les dijo:

«Estáis completamente equivocados. No entendéis que, sea Jesús o no un profeta que viene de Dios, es mejor que muera un solo hombre a que todo el pueblo sea destruido. Pongámonos todos de acuerdo en que Jesús muera, y en que el pueblo de Israel se salve de la muerte».

Estas palabras del sumo sacerdote Caifás significaban más de lo que él mismo sabía al decirlas. Siendo sumo sacerdote, estaba pronunciando, sin saberlo, una profecía: que Jesús iba a morir por el pueblo; porque eso era lo que Jesús haría muy pronto. Iba a morir por los pecados del pueblo; no solo por el pueblo judío, sino por todos los pueblos del mundo. Por su muerte, Jesús iba a reunir en un solo cuerpo a todos los hijos de Dios esparcidos por todas las tierras.

En aquella reunión del concilio, los jefes decidieron que Jesús tenía que morir. No todos estaban de acuerdo, porque Nicodemo, que mucho tiempo antes había ido de noche a hablar con Jesús, y un miembro rico del concilio llamado José —de quien oiremos hablar más adelante—, y unos pocos más, eran amigos de Jesús. Pero sus enemigos eran tantos y tan feroces que estos pocos amigos de Jesús no se atrevieron a hablar en su favor. Así que se votó que Jesús fuera condenado a muerte.

Jesús, que lo sabía todo, conocía sus planes; y sabía que, cuando llegara la hora, había de morir. Pero esa hora aún no había llegado, porque había prometido predicar su evangelio en Perea, al otro lado del Jordán. Por eso se fue a un pueblo a orillas del desierto, llamado Efraín, y allí se quedó unas semanas con sus discípulos.

Se acercaba la gran fiesta de la Pascua, y mucha gente subía a Jerusalén para prepararse para la fiesta. Andaban buscando a Jesús, y se decían unos a otros mientras paseaban por los atrios del templo:

«¿Qué os parece? ¿Creéis que Jesús vendrá a la fiesta?».

Los principales sacerdotes y los fariseos más destacados habían dado orden de que, si alguien averiguaba dónde estaba Jesús, se lo dijera, para poder enviar hombres a arrestarlo.


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