Capítulo 57 · 7 min de lectura · 9 min de escucha
El ciego del estanque de Siloé
UNA MAÑANA del día de reposo —que no era domingo, sino sábado, el día en que los judíos descansaban e iban al culto—, Jesús y sus discípulos se dirigían a la reunión en el templo cuando pasaron junto a un ciego. Ya habían visto antes a aquel hombre y sabían que había sido ciego toda su vida. Había venido al mundo sin vista, para gran tristeza de su padre y de su madre, y vivía de las monedillas que la gente le daba al pasar camino del templo.
Los judíos creían que toda enfermedad era causada por algún pecado; que si un hombre enfermaba, era porque había cometido alguna mala acción y estaba siendo castigado por ella; y que si un niño nacía ciego, o mudo, o lisiado, tenía que ser porque su padre o su madre habían pecado contra la ley de Dios. Algunos de los escribas, que eran los maestros de la ley, decían que cada alma vivía muchas veces en la tierra; que cuando un hombre moría, su alma pasaba a un cuerpo que nacía en ese mismo momento; y que si el recién nacido era ciego o enfermo, era porque había obrado mal en alguna vida anterior. Ninguna de estas cosas se cree hoy, desde que Cristo enseñó a los hombres; pero casi toda la gente las tenía por ciertas cuando Jesús estaba en la tierra.
Al pasar los discípulos junto a aquel ciego, uno de ellos preguntó a Jesús:
«Maestro, ¿de quién fue el pecado que hizo que este hombre naciera ciego? ¿Fue culpa de sus padres? ¿O fue culpa suya?».
«Este hombre no nació ciego por culpa suya, ni de su padre ni de su madre —respondió Jesús—. Fue para que Dios mostrara en él una obra maravillosa. Mientras dura la luz del día, debemos hacer la obra de Dios; pronto vendrá la noche, cuando ya no podremos trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo y doy luz a los hombres».
Dicho esto, escupió en el suelo, mezcló la saliva con el polvo, hizo barro y lo untó en los ojos del hombre. Luego le dijo al ciego:
«Ahora ve al estanque de Siloé y lávate».
El estanque de Siloé era un gran depósito de agua, o aljibe, al sureste de la ciudad, donde se juntan el valle del torrente de Cedrón y el valle de Hinom. Para llegar allí, el ciego, con dos grandes manchas de barro en la cara, tenía que cruzar la ciudad de Jerusalén, pasando entre todas las multitudes que iban a adorar. Bajó al estanque de Siloé, descendió por sus escalones hasta el agua y se lavó el barro de la cara. En un instante, sus ojos blancos y sin vista brillaron con una luz nueva. Levantó la mirada, ¡y por primera vez en toda su vida pudo ver!
Mientras iba a casa de su padre, todos los que lo veían notaban lo distinto que parecía. Todos lo habían conocido como un ciego que iba a tientas hasta el lugar donde solía sentarse a mendigar. La gente se preguntaba:
«¿No es este el mismo ciego que pedía limosna en la calle?».
Unos decían: «Sí, es el mismo».
Pero otros decían: «No, no puede ser él; es uno que se le parece un poco».
Él decía: «Yo soy el mismo».
«Entonces, ¿cómo recibiste la vista?», le preguntaban.
«El hombre a quien llaman Jesús —respondió— hizo barro, me lo puso en los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate los ojos”. Así que fui, me los lavé y recibí la vista».
«¿Dónde está ese hombre que te curó?», le preguntaron.
«No lo sé», respondió.
Llevaron al que había sido ciego ante los fariseos, que eran los jefes del pueblo. Ya hemos visto que los fariseos siempre fueron enemigos de Jesús. Así que los fariseos le pidieron que contara otra vez cómo había recibido la vista, y él les dijo:
«El hombre que se llama Jesús me untó barro en los ojos, me los lavé y ahora veo».
Algunos de los fariseos dijeron: «Ese Jesús no puede venir de Dios, porque no guarda el día de reposo».
Los escribas habían establecido una regla: mezclar barro en el día de reposo era trabajar; llevarlo de un lugar a otro era cargar un peso; y dar cualquier tratamiento a un enfermo en el día de reposo, a menos que fuera necesario para salvarle la vida, era quebrantar el día de reposo. Así que, a sus ojos, Jesús, al curar al ciego, había quebrantado las reglas del día de reposo de más de una manera.
Pero otros decían: «¿Cómo puede un hombre malo hacer obras tan maravillosas? ¿No es esta curación una señal de que Dios está con él?».
Así que entre ellos había dos partidos con opiniones distintas acerca de Jesús. Volvieron a preguntar al ciego:
«¿Qué dices tú de ese hombre que te abrió los ojos?».
«Digo que es un profeta de Dios», respondió el hombre.
Sin embargo, muchos de los judíos no quisieron creer que aquel hombre hubiera nacido ciego y hubiera recibido la vista, hasta que mandaron llamar a su padre y a su madre.
«¿Es este vuestro hijo —les preguntaron—, el hijo que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
«Este es nuestro hijo —respondieron sus padres—, y nació ciego; de eso estamos seguros. Pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos, ni tampoco sabemos quién le abrió los ojos. Preguntadle a él —ya tiene edad—; él puede hablar por sí mismo».
Sus padres hablaron así porque tenían miedo de los judíos, pues los jefes habían acordado que cualquiera que dijera que Jesús era el Cristo fuera expulsado de la sinagoga. Por eso habían dicho: «Edad tiene; preguntadle a él». Así que los fariseos volvieron a llamar al hombre que había sido ciego y le dijeron:
«Da a Dios toda la alabanza por tu vista; nosotros sabemos que ese Jesús es un hombre malo».
«Yo no sé nada de que sea un hombre malo; una cosa sí sé: que antes era ciego y ahora veo».
«¿Qué te hizo? —le preguntaron—. ¿Cómo te abrió los ojos?».
«Ya os lo he contado todo —respondió él—, y parece que no escucháis. ¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que pensáis haceros sus discípulos?».
Entonces se enfurecieron con él y le dijeron: «Tú serás su discípulo, pero nosotros somos discípulos de Moisés y obedecemos sus leyes. Sabemos que Dios habló a Moisés; pero ese, ¡no sabemos ni de dónde viene!».
«¡Pues esto sí que es extraño! —respondió el hombre—. Vosotros no sabéis de dónde viene, y sin embargo él me abrió los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los hombres malos; pero si alguno teme a Dios y hace su voluntad, a ese Dios lo escucha. Desde que el mundo comenzó, nunca se oyó que alguien abriera los ojos de uno que nació ciego. Si ese Jesús no viniera de Dios, no podría hacer nada».
«¿Tú pretendes enseñarnos a nosotros? —le contestaron—. ¿Tú, que naciste siendo un pecador?».
Entonces lo expulsaron de la sinagoga; le prohibieron sentarse en las reuniones y entrar en el templo, y desde entonces ninguno de ellos quería ni siquiera dirigirle la palabra. Jesús oyó que lo habían echado de la sinagoga; lo buscó y, cuando lo encontró, le preguntó:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
«Dime quién es —dijo el hombre—, y creeré en él».
«Ya lo has visto —respondió Jesús—, y es el que ahora está hablando contigo».
El hombre dijo: «Sí creo, Señor», y se postró rostro en tierra delante de él.
Y Jesús dijo: «Yo vine a este mundo para poner a los hombres a esta prueba: para que los que no ven, y saben que son ciegos como lo era este hombre, puedan ver; y para que los que creen que ven se queden ciegos».
Algunos de los fariseos que oyeron esto comprendieron que era un reproche para ellos, porque no sabían ver en Jesús a un enviado de Dios. Y dijeron:
«¡Entonces nosotros también somos ciegos!».
«Si de verdad fuerais ciegos —dijo Jesús—, no tendríais pecado del que responder; pero como decís: “Nosotros vemos”, vuestro pecado permanece contra vosotros».
Otra vez los judíos se dividieron por las palabras de Jesús. Unos decían: «¡Está loco! ¿Para qué lo escucháis?».
Pero otros decían: «Estas no son palabras de un loco. ¿Puede un loco abrirle los ojos a un ciego?».
Capítulo 57 completado
El ciego del estanque de Siloé