Capítulo 45 · 4 min de lectura · 6 min de escucha
Jesús en una tierra extranjera
CON SU sermón sobre «El pan de vida», pronunciado en la sinagoga de Capernaúm, Jesús terminó su obra entre el pueblo de Galilea. Había vivido en aquella tierra más de un año; la había recorrido de un extremo a otro; había hablado en la mayoría de sus aldeas y ciudades, y había enviado a sus discípulos a predicar en otros muchos lugares. Todos en Galilea habían oído a Jesús o habían oído hablar de él. Si no creían en él ni en su evangelio, era porque no querían.
Ahora tenía Jesús por delante otra obra, y muy importante: la preparación de sus doce discípulos. Estos hombres, los apóstoles, como más tarde se les llamó, habían estado con él casi un año. Habían escuchado su predicación y habían oído sus sermones muchas veces, una y otra vez; porque en distintos lugares Jesús daba a la gente las mismas enseñanzas; y los doce oían en cada lugar aquellas enseñanzas y parábolas, porque Jesús quería que estos hombres oyeran sus palabras hasta saberlas de memoria y poder darlas como mensaje suyo a otros que no habían oído al mismo Jesús.
Una de las razones por las que tenemos en los cuatro evangelios, los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, tantas de las enseñanzas y parábolas de Jesús, es que los discípulos las oyeron tantas veces, las aprendieron y pudieron contarlas a otros; y así, por lo menos treinta años después de que Jesús se fue de la tierra, sus palabras se recordaban y pudieron ponerse por escrito.
Pero, además de las enseñanzas públicas de Jesús, como el Sermón del Monte y las parábolas, había otras grandes verdades del evangelio que no se le podían dar al pueblo, porque no estaba preparado para ellas y no podía entenderlas. Podemos ver lo desconcertada que quedó la gente sencilla con sus palabras acerca del «pan de vida». Jesús vio que era necesario llevar aparte a los doce discípulos, a solas, para enseñarles algunas de las verdades más profundas de su evangelio. En Galilea no podía estar a solas con estos hombres; porque adondequiera que fuese, siempre llegaban muchos enfermos para ser sanados, y otros que traían a hombres dominados por espíritus malos y rogaban a Jesús que los echara fuera. Además, en todas partes estaban los fariseos y los escribas, con sus preguntas, pidiendo milagros y tratando de poner al pueblo en contra de Jesús. Dondequiera que estuviese Jesús, siempre había una multitud a su alrededor, y no encontraba tiempo para enseñar a sus discípulos algunas verdades que necesitaban conocer.
Decidió irse de Galilea a algún lugar tranquilo donde nadie supiera de su llegada. Al noroeste de Galilea había una tierra estrecha, al otro lado de los montes del Líbano, junto al gran mar Mediterráneo. Se llamaba Fenicia, por el pueblo que vivía allí, los fenicios; y también se la llamaba «la tierra de Tiro y Sidón», por sus dos ciudades principales. La gente que vivía en aquel país no era judía, y pocos de ellos hablaban siquiera la lengua de los judíos. Jesús pensó que aquel sería un lugar tranquilo donde podría hablar a solas con sus discípulos.
Jesús y los doce salieron de Capernaúm sin llamar la atención y cruzaron a pie las montañas hasta esta tierra de Tiro y Sidón. Allí encontraron una casa y entraron en ella, con la intención de vivir allí por un tiempo. Jesús no quería que nadie supiera que había llegado; pero no pudo esconderse. Una mujer de aquella tierra oyó hablar de él, y enseguida fue a Jesús, se echó a sus pies y le rogó que fuera a echar fuera un espíritu malo de su hija.
Esta mujer no era del pueblo judío. Era extranjera, de una raza mezclada de sirios y fenicios, un pueblo llamado «cananeo». Clamaba en voz alta y no dejaba de clamar:
«¡Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David! Mi hijita está terriblemente atormentada por un espíritu inmundo. ¿No quieres venir, por favor, a ayudarla?».
Al principio Jesús no le respondió ni una palabra. Pero sus discípulos le dijeron: «¡Oh Maestro, despide a esta mujer, porque está haciendo mucho ruido y nos molesta!». Para ellos no era más que una gentil, una mujer pagana, y los judíos, aun los que seguían a Jesús, miraban con gran desprecio a toda esa gente. No sabían que Jesús había sido enviado para salvar no solo a los judíos, sino también a los gentiles.
Jesús quería enseñar a sus discípulos una lección: que un gentil podía tener la misma fe que un judío. Dijo a la mujer:
«No he sido enviado a tu pueblo, sino solamente a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
Pero la mujer siguió tras él. Se arrodilló delante de Jesús y le dijo: «¡Maestro, socórreme!».
Él le dijo: «Deja que primero se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros».
«Es verdad, Señor —dijo la mujer—; pero los perrillos, debajo de la mesa, sí recogen algunas de las migajas de los hijos».
Entonces Jesús le dijo: «Oh mujer, grande es tu fe. Se te concede lo que pides, como quieres. El espíritu malo ha salido de tu hija».
La mujer creyó la palabra de Jesús. Se apresuró a volver a su casa y encontró a su hija sana y descansando sobre su cama.
Capítulo 45 completado
Jesús en una tierra extranjera