La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
El pan de vida

Capítulo 44 · 5 min de lectura · 6 min de escucha

El pan de vida

A LA mañana siguiente del día en que Jesús había alimentado a las cinco mil personas con los cinco panes, la multitud se reunió una vez más, con la esperanza de ver de nuevo a Jesús; y algunos esperaban que se repitiera el milagro, es decir, aquella obra maravillosa. La tarde anterior habían visto a los doce discípulos salir al lago en su barca, y se habían fijado en que Jesús no navegaba con ellos. Pensaron que Jesús todavía debía de estar allí, y lo buscaron por todos lados a su alrededor, sin saber que durante la noche él había andado sobre el mar para ayudar a sus discípulos en la tormenta. Como no lograban encontrar a Jesús, pensaron que seguramente habría vuelto a su casa en Capernaúm. Hallaron algunas otras barcas en la orilla, y en ellas cruzaron el lago hasta Capernaúm.

Encontraron a Jesús en la sinagoga de Capernaúm, y le dijeron: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?».

«Os digo la verdad —respondió Jesús—: no me buscáis por las señales de poder que visteis, sino porque comisteis del pan que yo os di y os saciasteis. No trabajéis por la comida que no dura, sino por la que permanece para vida eterna; ese pan os lo dará el Hijo del hombre, porque sobre él ha puesto el Padre su sello de poder».

Jesús quería que entendieran que la verdad que él podía darles era para el alma más de lo que la comida era para el cuerpo, porque les daría la vida de Dios, que nunca se acaba.

«¿De qué manera —le preguntaron— podemos hacer la obra que Dios quiere que hagamos?».

«La obra que Dios quiere que hagáis —respondió Jesús— es que creáis en aquel a quien Dios os ha enviado como su mensajero».

«Pues bien —dijeron a Jesús—, muéstranos la señal que pruebe que has venido de Dios, y entonces creeremos en ti. ¿Qué obra haces tú? Nuestros padres, con Moisés en el desierto, comieron el maná que Moisés les dio. Recuerda que está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Ya ves que la gente quería que Jesús mostrara otra vez su poder repitiendo el milagro de los panes y dándoles más pan de la misma manera.

«En verdad os digo —respondió Jesús— que no fue Moisés quien dio a vuestros padres el pan del cielo; fue mi Padre, el Señor Dios. Y mi Padre os da ahora el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo».

«Maestro —le dijeron—, ¡danos siempre ese pan!».

«Yo soy el pan que da la vida —respondió Jesús—. El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás. Pero, como os he dicho, me habéis visto, y aun así no creéis en mí. Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que viene a mí, jamás lo echaré fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me envió; y su voluntad es esta: que no pierda ni a uno solo de todos los que él me ha dado, sino que los resucite para vida en el gran día postrero. Porque la voluntad de mi Padre es que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna; y yo mismo lo resucitaré en el día postrero».

Los judíos que oyeron a Jesús comenzaron a murmurar contra él porque había dicho: «Yo soy el pan que descendió del cielo».

«¿No es este Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir: “Del cielo he descendido”?».

No podían entender sus palabras, y estaban enojados con él porque no quería volver a hacer el milagro de darles pan. Además, ahora descubrían que Jesús no estaba dispuesto a ser un rey como el que ellos querían, uno que se sentara en un trono y viviera en un palacio, que levantara un ejército para echar a los romanos y que hiciera de los judíos un pueblo que gobernara sobre la tierra. Era, como hemos visto, el tiempo de la Pascua, y una de las razones de que hubiera multitudes tan grandes alrededor de Jesús era que todos esperaban que él guiara al pueblo a Jerusalén y ocupara su lugar como rey de Israel. Pero aquel año Jesús no fue a la fiesta en Jerusalén, como acostumbraba hacer, porque tenía otros planes para sí mismo y para sus discípulos.

Cuando la multitud que seguía a Jesús vio que él no quería ser rey como ellos deseaban, que no haría maravillas para que ellos las contemplaran, y que sus palabras eran tales que no podían entenderlas, casi todos se volvieron contra Jesús. Se marcharon, y dejaron a los doce discípulos solos con él.

Jesús dijo a los doce: «¿Queréis iros vosotros también?».

Simón Pedro respondió por todos: «Señor, ¿a quién iremos si te dejamos? Tú tienes las palabras que nos darán vida eterna. Y nosotros creemos y estamos seguros de que tú eres el Santo de Dios».

Estos hombres no entendían todas las palabras de Jesús, pero habían aprendido a amarlo y a creer que él era el Rey prometido. Estaban dispuestos a quedarse con él hasta la muerte.

«¿No os escogí yo a vosotros para que fuerais los doce? —dijo Jesús—. Y, sin embargo, aun entre vosotros hay uno que está haciendo la obra del diablo».

Ellos no sabían de quién hablaba; pero se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, aquel de los doce discípulos que un año después había de entregar a su Maestro a la muerte. En aquel tiempo ni siquiera el mismo Judas sabía esto. Jesús, que podía leer el corazón de los hombres, veía en Judas las señales, desconocidas aun para él mismo, de que llegaría a cometer aquella acción terrible.


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