La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Un baile y el precio que se pagó por él

Capítulo 41 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Un baile y el precio que se pagó por él

DURANTE CASI todo el año en que Jesús enseñó y predicó en Galilea, Juan el Bautista estuvo en la cárcel de Herodes, en un lugar solitario llamado Maqueronte, al este del río Jordán, cerca del mar Muerto. Recordarás que Juan fue encarcelado porque la reina del rey Herodes, Herodías, se enojó contra él cuando Juan le dijo a Herodes que no le era lícito quitarle la esposa a su hermano y tomarla para sí. Herodías odiaba a Juan y muchas veces procuró que lo mataran, pero Herodes tenía a Juan en gran estima y no permitía que le quitaran la vida.

Pero al fin llegó para Herodías la ocasión de llevar a cabo su propósito. En el cumpleaños del rey Herodes, este ofreció en Maqueronte, que no era solo una cárcel sino también un palacio, un gran banquete a sus señores, a los capitanes de su ejército y a los hombres principales de su reino. En aquel banquete entró la hija de Herodías, una muchacha joven, y bailó delante de los invitados. Herodes y los que estaban con él quedaron tan encantados con el baile de la muchacha que el rey le hizo una promesa muy necia. Le dijo:

«Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré». Y fue aún más lejos, y hasta le juró: «Te daré todo lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino».

La muchacha salió adonde estaba su madre y le dijo: «¿Qué pediré?».

Y Herodías le respondió entre dientes, con odio: «Pide la cabeza de Juan el Bautista».

La muchacha entró enseguida y a toda prisa adonde estaba el rey, y le dijo: «Quiero que me des aquí, en un plato, la cabeza de Juan el Bautista».

El rey se disgustó mucho y se enojó en gran manera. Sabía que su esposa Herodías había llevado a la muchacha a hacer aquella petición, y le habría gustado no cumplir su promesa. Pero, como había dado su palabra y le daba vergüenza retirarla delante de todos los nobles de su banquete, ordenó a sus guardias, muy a disgusto, que se hiciera lo que ella quería. Ellos entraron en la cárcel y, con una espada afilada, le cortaron la cabeza a Juan el Bautista, el hombre mejor y más noble de todo su reino. Pusieron la cabeza en un plato y se la dieron a la muchacha, que se la llevó a su madre. ¡Así, el hombre a quien Jesús llamó «profeta, y más que profeta» fue muerto para satisfacer el capricho de una muchacha que bailaba y de su malvada madre!

Los pocos seguidores que aún permanecían fieles a Juan el Bautista y lo visitaban en la cárcel tomaron su cuerpo sin cabeza y lo sepultaron. Luego fueron a Jesús y le contaron toda la triste historia de la muerte de Juan.

Pero Herodes todavía no había terminado con Juan el Bautista. Pronto comenzó a oír historias maravillosas acerca del nuevo profeta, Jesús el nazareno, que se había levantado en lugar de Juan. Oyó que Jesús mostraba poderes asombrosos: que los enfermos eran sanados, los leprosos quedaban limpios, los ciegos recibían la vista y, lo más maravilloso de todo, los muertos eran resucitados.

La gente se decía unos a otros: «¿Quién es este gran Profeta que hace todas estas maravillas?».

Algunos decían: «Este es el antiguo profeta Elías, que ha vuelto a la tierra».

Otros decían: «Si no es Elías, puede ser Jeremías o algún otro de los profetas de los tiempos antiguos».

Pero Herodes se llenó de un miedo terrible, porque su conciencia lo atormentaba a causa de sus malas obras. Dijo:

«Yo sé quién es este. Es Juan el Bautista, a quien yo mandé cortar la cabeza. Ha vuelto a la vida. ¡Por él suceden todas estas cosas maravillosas!».

¡Así la cabeza ensangrentada de Juan el Bautista, como un fantasma terrible, se alzó ante los ojos del rey Herodes!


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